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[FANFIC] LA FUERZA DEL DESTINO (SAGA GERALT DE RIVIA) CAPÍTULO 5
#1
CAPÍTULO 5



Con los estómagos satisfechos después de la comida y puesto que la puerta estaba cerrada mágicamente, nos quedamos dormidas. Ya era de noche cuando despertamos, pero Yennefer aún no estaba lo suficientemente recuperada como para conjurar un portal lo bastante potente como para llevarnos a Redania.
Resultó, además, que yo tenía razón. Al poco de despertarnos, unas garras rasparon insistentemente la puerta. Oímos gruñidos escalofriantes, algo se estampaba con fuerza contra esta, intentando echarla abajo. La puerta estaba protegida con magia, pero los ghules, alghules, graveir, cemetauros o lo que sea que fuera que nos acechaba, podían oler a los caballos y eso les incitaba a intentar entrar. Yo no estaba muy tranquila ni los caballos tampoco, pero Yennefer, al parecer, sí.
—No sé por qué estás tan nerviosa —me dijo en tono de burla—, al fin y al cabo, ¿no eres una bruja? Nunca vi a Geralt alterarse así por ningún monstruo.
—Será porque a Geralt no se le ocurriría meterse en un sitio del que no hay escapatoria. ¿Estás segura de que la puerta aguantará?
—Tú ten la espada cerca por si acaso —dijo formando una tenue bola de luz que rompió la negrura que nos rodeaba y que yo agradecí de todo corazón.
Otro golpetazo, este hizo temblar el mausoleo entero, y ambas nos sobresaltamos y nos levantamos del suelo. La puerta retumbó y soltó polvo por todas las juntas, y Yennefer dejó la expresión confiada.
—Mamá, si logra entrar… estaremos perdidas. Porque eso no es un simple ghul…
La bestia siguió golpeando hasta que la protección mágica saltó y la puerta cayó al suelo con una nube de polvo. Yo tenía ya en la mano a Zireael.
—¡Aparta, Ciri! —gritó Yennefer.
De sus manos surgió un chorro de fuego que iluminó la estancia y quemó a la bestia, que se retiró de la puerta. Pude verlo con claridad, era un graveir enorme. Aprovechando el hueco y el estupor del necrófago, salí del mausoleo y le ataqué con la espada, intentando alejarle de allí. Recordaba las lecciones de Vesemir y sabía cómo había de luchar contra eso. Sin dejar que me hiciera ni un rasguño, porque cualquier cortecito significaba envenenarse con pozoña de cadáver.

La luna estaba en cuarto menguante, pero al menos fuera se podía ver algo. No sabía si aún era capaz de realizar mis teleportaciones en la lucha, porque ahora me serían muy útiles. Probé una vez y funcionó, pero decidí no confiarme por si acaso. Así, empecé luchando a la manera clásica, pero con mucho cuidado, pues el vestido que llevaba también me estorbaba lo suyo. Yennefer salió para ayudarme con sus conjuros.
No se me estaba dando mal, pero supe que no podría aguantar mucho rato sin cansarme demasiado, así que me esforcé en acertarle de pleno en sus puntos débiles cuanto más rápido, mejor. Pero era enorme, con una fuerza descomunal. Cargó hacia mí de nuevo y yo me aparté con una media vuelta, quedé tras él y le asesté un tajo ascendente en el costado que solo sirvió para enfurecerlo más. Se giró con una agilidad que no me esperaba en una bestia tan grande y evité sus garras por los pelos, teleportándome. Yennefer, al alejarme, le lanzó más fuego. No tuve más remedio que usar la teleportación para acercarme y salir de su alcance sin peligro.
Al final logré abatirle, pero acabé agotada.
Yennefer se acercó a mí conjurando una luz tenue… pero que fue suficiente para ver lo que nos rodeaba. Había tres más deambulando entre las tumbas, que se quedaron mirándonos antes de empezar a correr hacia nosotras.
—Oh, no… —gemí.

Levanté la espada sacando fuerzas de flaqueza y me dispuse a defenderme. Yennefer volvió a lanzar bolas de fuego contra ellos. El primero embistió y me aparté con una pirueta, rajándole la espalda cuando pasó, pero ya tenía al segundo casi encima de mí, salté a un lado mientras la espada volvía a cortar durante el salto. Al tercero no lo veía. Los dos graveir heridos volvieron a atacar, pero era consciente de que empezaban a fallarme las fuerzas. No conseguiría salir airosa luchando contra dos, y menos cuando el tercero entrara en acción.  Ya no era capaz de teleportarme y la espada comenzaba a pesar demasiado para mis cansados brazos.  Me di cuenta de que Yennefer no estaba lanzando hechizos cuando me apartaba lo suficiente, y miré en cuanto pude hacia su posición.
Yen estaba luchando con magia contra el tercer graveir. Estaba en peligro, así que me zafé de los otros dos y corrí hacia ella, a ayudarla. Fue una mala decisión, porque los otros me siguieron. Me sentía desfallecer, casi no podía mantener la espada levantada. Reculamos mientras los tres monstruos se acercaban, listos para saltarnos encima en cualquier momento.

Pero entonces oímos un ruido sordo y uno de los monstruos cayó al suelo, apenas aprecié el movimiento rápido de una sombra e inmediatamente otro más se desplomó; hubo el brillo plateado de una espada reflejando la tenue luz de la luna, un borrón blanco moviéndose en un giro por detrás del tercer graveir y también fue abatido.
Sus cabellos blancos destacaban en la semioscuridad. No podía verle más que como una oscura silueta con la empuñadura de una espada sobresaliendo de su hombro y sosteniendo otra en la mano, apuntando al suelo. Pero él sí nos veía con claridad.
—¿Ciri…? ¿Yennefer? —preguntó con un tono que denotaba perplejidad—. ¿Estáis bien?
—Estamos bien —respondió Yen.
No pude articular palabra, el estupor de tenerle de pronto delante mío me había paralizado. Por dentro sentía una garra fría estrujándome el corazón y atenazando mi garganta.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué no estáis en Nilfgaard?
—Hemos salido a dar una vuelta —dijo Yennefer. Se dio la vuelta y me miró—. Ciri, quédate aquí. Tengo que hablar con Geralt.
Le agarró del brazo y tiró de él, y se alejaron bastante mientras Geralt guardaba la espada a su espalda. Yo guardé también a Zireael al entrar en el mausoleo para calmar a los caballos, que estaban nerviosos al percibir el olor de los graveir muertos.
Desde allí, mirando furtivamente, presencié una escena que me era muy familiar. Yennefer gesticulaba airada, le hablaba en voz alta, casi a gritos; aunque no podía distinguir las palabras, era evidente que le estaba echando una buena bronca. Geralt callaba y mantenía la cabeza baja, pero de cuando en cuando me parecía que miraba hacia mí. Luego habló él durante un tiempo, después ella de nuevo, pero más tranquila. Finalmente se abrazaron, y luego regresaron.
Ella cogió las riendas de su gallardo semental y lo sacó del mausoleo, conjuró un portal.  Yo me apresuré a buscar a Kelpa.
—No, Ciri, tú no vienes.
Me quedé atónita.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Tú te quedas con Geralt, él cuidará bien de ti. Me parece que tenéis mucho de qué hablar.
—Mamá…
—Ciri… haz caso a tu madre —dijo en un tono que no admitía réplica. Me dio un fuerte abrazo—. Voy con Triss, pero iré manteniendo el contacto contigo. Cuida bien de ella, brujo.
Él asintió, ella avanzó estirando las riendas del caballo, sin montar, y desapareció por el portal. Todo quedó oscuro de nuevo cuando este se desvaneció. Ni Geralt ni yo nos movimos, nos quedamos estáticos y en silencio. Me costaba respirar, me sentía muy violenta.
—Vámonos de aquí, Ciri —dijo tras unos largos minutos.
No dije nada y fui a buscar a Kelpa, la guie hasta él de las riendas, intentando disimular el temblor de la mano que las sujetaba, y salimos del cementerio.

Entramos en la posada donde Geralt tenía habitación reservada, pero antes de subir me llevó a una de las mesas, la más alejada y solitaria de todas, y se acercó al posadero a pedir algo de cena.
El silencio entre los dos pesaba como una losa. Ni siquiera nos mirábamos. Si quería descolocarme, lo estaba consiguiendo. Su actitud me confundía y me sumía en una tensión que hacía que hasta me costara respirar, aunque también temía que empezara a hablarme. Pero no hablaba.
Cenamos aún en silencio. Cuando terminamos, a la hora de subir a dormir, por fin habló.
—Sígueme. Te llevaré a la habitación.
Le seguí, abrió la puerta y entré. Él no lo hizo.
—Cierra bien la puerta cuando me vaya. Mañana, cuando haya cobrado el contrato de los graveir, vendré a buscarte.
—¿Me dejas sola? ¿A dónde vas?
Las preguntas salieron de mi boca del mismo asombro, aunque momentos antes me preguntaba por qué demonios subía con él a la habitación. Pero no quería que le pareciera que estaba esperando que ocurriera algo, y me arrepentí tan pronto las pronuncié.
—No te preocupes por mí. Volveré mañana.
Quizá mi mirada intensa le desarmó, porque, de mala gana, añadió:
—No te dejo sola, no del todo. Estaré en la habitación de al lado.
Cerró la puerta y me dejó allí, perpleja, con mil preguntas dando vueltas en mi mente, sin entender su actitud.

Aseguré la puerta, me quité la ropa y me metí en la cama. Pero el sueño, a pesar de que estaba cansadísima, no acudía. No podía dejar de pensar en Geralt y en qué demonios le pasaba. En qué le había dicho Yennefer, en qué le había dicho él, en si esa conversación tenía algo que ver con su modo de actuar.
Si alguna vez había soñado despierta pensando en una reconciliación, desde luego no había previsto algo así. No había imaginado a un Geralt indiferente o incluso enfadado, siempre había pensado que la parte ofendida era yo y que a él le correspondía la parte que debía humillarse. Tal vez algo había cambiado en estos casi tres meses de separación.
Esa idea me mortificó. ¿Qué podía haber cambiado? ¿Se había acostumbrado a mi ausencia de tal modo que, junto con sus infundadas sospechas de que le había sido infiel, ya no sentía lo mismo? ¿Habría conocido a otra mujer? ¿Se habría enfadado tanto al no ofrecerle la oportunidad de redimirse cuando me teleporté a Nilfgaard que no me lo perdonaba? ¿Me odiaba porque le había dejado para ir directa a las manos de Emhyr, por quien sentía una extraña rivalidad y antipatía?

Reparé entonces, al hacerme estas preguntas, en que también él tenía razones para estar enfadado conmigo. Me sentí mal. Confusa, intranquila, insegura, privada de la razón absoluta. Y lo peor fue que tuve que admitir que, si decidí de forma impulsiva ir a Nilfgaard con Emhyr, fue en exclusiva para hacerle daño. Porque Emhyr var Emreis era la persona que, directa e indirectamente, había destrozado mi vida y sabía que él no se lo perdonaba.

Lo que no se me ocurrió pensar fue en que Geralt me conocía perfectamente. Sabía bien que era rebelde, que cualquier intento por su parte se hubiera visto bloqueado por mí, que entraríamos en un juego al que no estaba dispuesto a jugar. Así que me respondió con la misma moneda, me obligó así a reflexionar y a estar abierta a una conversación sincera y sin trabas. Y yo actué justamente como él había previsto.

Angustiada, me levanté de la cama y comencé a dar vueltas por la habitación. Mi tensión, mis dudas, estaban llevándome a un punto que ya no podía soportar. Me dio todo igual, tenía que hablar con él ya mismo, así que me vestí y salí a la habitación de al lado. Ni siquiera me tembló el pulso cuando llamé a su puerta.
Se tomó su tiempo para abrir, a pesar de que no estaba durmiendo. Nadie tarda tanto en vestirse unos simples pantalones, pensé, pues era lo único que llevaba encima cuando me abrió. Me turbó verle así y creo que también esto lo tenía calculado.
Se quedó allí quieto, en la puerta, sin decir nada.
—Tenemos que hablar —le solté sin más preámbulos.
Él se apartó a un lado y me dejó pasar. Dudé si sentarme en la cama, pero finalmente decidí quedarme de pie. Geralt cerró la puerta y se acercó a mí.
Su rostro estaba sereno. No parecía enfadado, en realidad no parecía nada. Simplemente me miraba, curioso, esperando que hablara.
—Te escucho.
La seguridad que me llevó a su encuentro flaqueó ante la que él emanaba. Me mordí el labio, indecisa. Me sentí en desventaja, y mi corazón empezó a latir más rápido. ¿Cómo empezar? No lo sabía, no supe qué decir. Mi aplomo me abandonó por completo y, de repente, sólo quise salir de allí. Me faltaba el aire.
—Yo… me he equivocado… —balbuceé, y me di la vuelta dispuesta a salir de la habitación.
Él, entonces, me agarró de la muñeca, impidiendo mi huida.
—Ciri —me dijo, sin soltarme—, no te vayas. Si tú no sabes por dónde empezar, lo haré yo.
Le miré, pasmada, mientras sentía plenamente el contacto de su mano en mi piel, quemándome. Me asaltó la consciencia de cuánto había echado de menos sus manos sobre mí, sobre cualquier parte de mi cuerpo. Y sentí crecer en mí el anhelo de estar entre sus brazos otra vez.
—Lo siento —continuó, mirándome fijamente—. Quizá nada de lo que diga pueda reparar lo que te dije aquel día, pero fue muy difícil para mí asimilar, admitir algo que creía imposible. Estaba… loco de celos.
Su mano bajó a la mía y comenzó a acariciarla. No la retiré, necesitaba demasiado esas caricias a la vez que mi corazón se llenaba de nuevo del amor que sentía por él.
—Sé que eres fiel y honrada. Sé que nunca hubieras hecho aquello de lo que te acusé. Fui injusto e irracional, y te pido que me perdones…
—Yo… tampoco hice bien —dije entonces—. Me dejé llevar por la rabia, te abandoné sin darte ninguna oportunidad… y me fui con quien sabía que más te dolería. Arriesgué con ello la vida de nuestro hijo, pues debería saber bien a estas alturas de lo que mi padre es capaz. Así que yo también debo pedirte perdón…

[Imagen: o0l1g.jpg]

Nos quedamos mirándonos unos instantes, y luego, de repente, nos lanzamos el uno en brazos del otro.
—Te quiero, Ciri…
—Oh, Geralt… ¡Cuanto te he echado de menos!
Todo se había perdonado ya, todo se olvidó en el momento que nuestros labios se encontraron. Todo ese tiempo separados no había mermado en modo alguno lo que sentíamos el uno por el otro, seguía ahí, tan vivo como siempre. Incluso más aún.
Recorrí su pecho con mis manos, sintiendo el deseo crecer en mí, y ahogué un gemido cuando sus manos empezaron a desabotonar mi vestido. Separó su boca de la mía y sonrió.
—Tendremos que comprarte una ropa más adecuada… aunque estas muy guapa con este vestido.
—Pienso quemarlo en cuanto pueda deshacerme de él. No quiero nada que me recuerde a Nilfgaard.
—Lo quemaremos juntos.
El vestido cayó a mis pies e inmediatamente nosotros caímos sobre la cama, entre besos y caricias.
Después de hacer el amor, ninguno de los dos quería dormir. Disfrutábamos de estar juntos de nuevo, su pecho contra mi espalda, sus manos en la ya perceptible curva de mi vientre, su boca besando suavemente mi hombro. Me sentía dichosa de nuevo, contenta, completa.
—Geralt…
—Mmhmm?
—¿Qué te dijo Yennefer?
—¿Versión resumida? Que soy un idiota. Bueno, supongo que esa es la opinión general que tiene de mí.
—Geralt...
—¿Si?
—No eres ningún idiota.
—Gracias —dijo, y empezó a besarme en el cuello, haciéndome estremecer.
—Eres un brujo muy listo. Ya lo decía mi abuela, y me estoy dando cuenta de hasta qué punto.
—Y eso, ¿a qué viene?
—Nada, cosas mías…
Sus besos se hicieron más húmedos, recorrieron mi hombro y volvieron al cuello.
—Geralt…
—Mmhmm?
—Te quiero.
Una de sus manos abandonó la curva de mi vientre y se deslizó hacia abajo. Yo jadeé. De pronto levantó la cabeza, dejando los besos, y se quedó quieto.
—Esto, ¿no será malo para el bebé?
—No creo. Pero para la madre es buenísimo, así que más vale que se vaya acostumbrando.
Geralt soltó una carcajada y continuó donde lo había dejado con renovado entusiasmo.
Esa fue una de las noches más felices de nuestras vidas, a la par que, quizá, la más importante. Gracias a su astucia no quedaron cicatrices entre nosotros, sino al contrario, nuestra relación salió reforzada de todo ello. Nos quisimos aún más.
Después, con una sonrisa de satisfacción, de felicidad, en los labios, nos dormimos por fin.

N.A. Como siempre, gracias por tu ayuda Franco95
Pido trabajo por acá y por allá, claro que sí, hay, pero, ¿cuál? A éste, capturarle una náyade, al otro una ninfa, a aquél una rariesposa. Se han vuelto idiotas por completo, en las aldeas hay más putas que patatas y el tío quiere una inhumana.
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#2
Jajaja ves que es más fácil el nombre asi? Todos felices y satisfechos.
Lo que opino del capítulo ya lo sabes
"Si te van a ahorcar pide un vaso de agua. Nunca se sabe qué pasará mientras te lo traen".
 
                                                                                                                                                                                 
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