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Reto Mayo19: Bajo el Puente
#1
BAJO EL PUENTE



Bajo el puente, en aquella especie de túnel angosto que atravesaba la carretera, que daba paso a una torrentera casi siempre seca, allí era donde él se refugiaba desde niño cuando quería paz, cuando quería alejarse de los gritos de su padre, de los maltratos de los demás niños o del ruido ensordecedor del mundo.

A medida que pasaron los años y crecieron los problemas o, mejor dicho, fue consciente de otros problemas, necesitó ese paréntesis con más asiduidad.
Casi cada tarde, al salir del instituto, sus pasos le llevaban a su rincón inexorablemente.
Se dejó caer con descuido contra el sucio muro, rompiendo las telas de araña que los abnegados bichos habían vuelto a tejer desde el día anterior, sacó una hoja de papel y un lápiz y se dispuso a dibujar con la carpeta sobre las rodillas. No llevaba mucho rato allí cuando la Rumi apareció en la entrada del túnel, como de costumbre.
—Hola, Fran —dijo ella sin dejar de mascar un chicle, siempre llevaba un chicle en la boca, cosa que le había valido su apodo: Rumi, de rumiante.
—Hola —respondió él sin levantar la vista.
— ¿Qué estás dibujando?
—Un hada.
—¡Guau! —exclamó la muchacha sentándose junto a él—. ¡Estoy deseando verla volar! La estás haciendo para mí, ¿verdad? ¡Gracias! Ya sabes cuánto me gustan.
—No sé si volará. ¿Has traído polvos de esos?
—Qué va, no tengo dinero, y el Juanfra ya no me fía.
—Vaya mierda… Pues sin los polvos no creo que vuele. No estoy de humor.
—Ya… Ayer noche se oyeron los gritos en toda la calle…—confesó ella, incumpliendo el mandato sagrado del barrio: nunca nadie oía nada. La muchacha acarició con cuidado un morado en la mandíbula de Fran—. Te ha pegado… tu padre, digo… Menudo hijo de puta.
—Ayer me enfrenté a él, Rumi, no pude quedarme quieto mientras pegaba a mi madre…
—Dios…  
—Qué mierda de vida…—dijo él pellizcándose el puente de la nariz sin soltar el lápiz—. Un día me iré, no lo soportaré más y me iré…
— ¡No digas eso! —se enfadó ella—. Sin tus dibujos, sin tu magia, mi vida sería una completa basura, Fran. Si te fueras, mi mundo se tambalearía hasta los cimientos… Nadie más que tú me traga, y yo paso también de esos imbéciles del instituto.
— ¿De qué color la quieres hoy? —cambió de tema el muchacho, intentando mitigar el sentimiento de culpa que le invadió tras las palabras de la Rumi. Porque sabía que un día se marcharía sin mirar atrás.
—Mmmmm… Rosa.
Fran sacó tres rotuladores de distintos tonos rosas y destapó uno de ellos. La Rumi no perdía detalle, le encantaba ver cómo el trabajo del chico cobraba forma.
— ¿Por qué nunca le has hablado a nadie de tu don, Fran?
—Me da un poco de miedo lo que pueda pasar si lo digo.
Poco antes de acabar, Fran levantó el rotulador.
—Cierra los ojos —le dijo.
Ella obedeció con una sonrisa; después escuchó el roce de la punta del instrumento contra el papel hasta que terminó.
Notó contra su rostro algo liviano y suave acariciándola intermitentemente, como si alguien la fustigase con una brizna de hierba, le hacía cosquillas: sabía lo que era y abrió unos ojos llenos de ilusión buscando a su hada.
Y, en efecto, allí estaba, volando próxima a su nariz, tocando su piel con las alas en su vuelo: un hada rosa hermosísima que reía sin ruido, jugando con ella. La visión nubló sus ojos de lágrimas, pues contemplar algo así era todo un privilegio: era su hada, la más hermosa de todas, un regalo de la persona a quien ella más quería en este mundo.
Como las otras veces, el hada se cansó pronto y se marchó hacia el bosque. La Rumi adoptó una expresión triste al verla alejarse, siempre sentía un repentino vacío cuando sus hadas se iban.
A Fran, sin embargo, le daba igual.
—Creo que esta era la más bonita que has hecho hasta ahora, Fran.
—Siempre me dices lo mismo.
—Será que cada día que pasa te superas. Oye, ¿a dónde se van tus hadas? —quiso saber, mirando la silueta vacía en la hoja de papel.
Fran se encogió de hombros.  
—Mis hadas son libres.

Esa noche la Rumi oyó más gritos provenientes de la casa de Fran, y al día siguiente la cara del muchacho mostraba nuevas señales de violencia. Él no delató a su padre ante la profesora, ni ante el director del instituto, ni siquiera ante la asistente social a quien el colegio hizo acudir. Pero ella, aunque se sentía orgullosa de la integridad del chico, ardía de rabia ante la injusticia que sufría.
Tras las clases, volvieron a encontrarse bajo el puente.
— ¡Fran! —le llamó ella entrando en el túnel. Corrió a reunirse con él, aterrizó a su lado y le aferró el brazo—. No vuelvas a enfrentarte a él… ¡Te matará!
—Déjame en paz, Rumi, y no me digas lo que tengo que hacer.
—Quiero ayudarte…
—No me puedes ayudar.
Ella se arrodilló frente al muchacho y cogió su rostro con ambas manos. Observó el labio partido, el pómulo abierto y el morado del día anterior.
— ¡Dios, qué cara te ha puesto, ese pedazo de bruto!
Y entonces, con un sentimiento mitad compasión, mitad amor, la Rumi depositó un suave beso en los labios de Fran, con cuidado, no queriendo hacerle daño en la herida. Por fin se había atrevido a hacerlo y ella, que parecía y tenía fama de lanzada, tembló como una hoja.
Él se dejó besar y luego, cuando la chica iba a retirarse, la retuvo abrazándola con fuerza, prolongando e intensificando aquel beso.
—Rumi…
—No me llames por mi apodo, no ahora…
—Maribel…
Los besos encendieron la llama del deseo y ambos dejaron que aquel fuego les devorara. Retozaron allí, sobre la tierra, e hicieron el amor por primera vez de un modo torpe pero lleno de ilusión. Ambos intentaron darse completamente al otro, por instinto, sin experiencia; lo consiguieron gracias al sincero amor que sentían el uno por el otro.
Y luego se miraron durante mucho rato, sin hablar.
Después, las palabras vinieron a estropear el momento.
—No vayas a tu casa esta noche… Quédate en la mía…
—No puedo dejar sola a mi madre, ¿es que acaso no lo entiendes? —se enfadó él.
—No quiero que te pase nada malo, Fran…
—Pues reza para que se muera mi padre. Así terminarían todos mis problemas…
Fran se levantó, se vistió y sacudió su ropa con las manos para desprender de ésta las briznas de hierba, con prisas, como si la noche que caía supusiera una frontera a su libertad.
La Rumi no dijo nada. Se vistió despacio, pensativa; le miró marchar con impotencia. Podía hacer algo más que rezar, como Fran había sugerido. Sabía lo que tenía que hacer. Solo La Bruja podía ayudarla en este asunto. Se estremeció con aprensión.

A pesar de la hora, se presentó en casa de la extraña mujer –a quien todo el mundo evitaba en el barrio-, y llamó, decidida, a la puerta.
— ¿Quién es? —preguntó alguien desde el otro lado.
—Necesito hablar con usted…—dijo la muchacha con voz compungida.
La puerta se abrió con un chirrido y una mujer madura quedó frente a ella, mirándola con intensidad.
—Pasa. Sabía que vendrías.
Sintió un nudo en el estómago, pero obedeció. La Bruja la condujo hasta una estancia de paredes pintadas de negro que olía a incienso, tétrica, intimidante. Cientos de velas de diversas formas y colores iluminaban la sala.
—Siéntate —le ordenó la mujer—. Sé lo que quieres de mí, me lo han dicho los Espíritus. Lo que quieres te costará caro. Provocar la muerte de alguien siempre implica perder el alma. ¿Estás dispuesta a eso?
—No me importa —respondió, tratando de disimular la aprensión que le causó que la otra conociera sus intenciones de antemano.
La Bruja la miró un instante más. Como vio una absoluta determinación en sus ojos, prosiguió.
—Solo hay un modo de hacerlo —dijo sacando una hoja de papel doblada del bolsillo de su holgado delantal—. La víctima debe leer la frase que está aquí escrita; la forma de conseguirlo es problema tuyo.
—Y, ¿morirá?
—La primera persona que lo lea caerá fulminada al momento.
Ella tomó el papel sin desplegarlo y lo guardó en la cartera, entre las hojas del libro de latín.
— ¿Cuánto le debo?
—Tu alma, chiquilla, que no es poco…

La Bruja escuchó la noticia dos días después, aunque ella ya lo sabía. Lo había sabido aún antes de que aquella infeliz se presentara ante la puerta de su casa. Los Espíritus siempre buscaban presas fáciles, y las jovencitas enamoradas solían ser las más confiadas y las más desesperadas.
La habían encontrado ahorcada bajo el puente, prendida de una cuerda atada al quitamiedos de la carretera. Suicidio, dijeron.
Aquellos que acudieron a descolgar el cuerpo, certificar su muerte, los policías y los curiosos, quedaron impresionados por la escena: bajo sus pies, diseminadas por el suelo, decenas de pequeñas hadas de papel coloreado movían sus alas muertas al son de la brisa, creando un extraño y triste efecto.
Todos dieron por sentado que se había suicidado por amor, porque no soportó la muerte del muchacho, Fran, acaecida la noche anterior; pero nadie más que La Bruja supo que también la culpa la arrastró a ello.
Porque Fran murió mientras le leía a su padre una carta dirigida a este, la carta que Maribel misma depositó en su buzón… pues Maribel ignoraba que el hombre era analfabeto.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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Mensajes en este tema
Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Joker - 12/05/2019 04:30 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Iramesoj - 12/05/2019 07:31 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Celembor - 13/05/2019 04:17 AM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Amaika - 16/05/2019 10:50 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Vikken - 17/05/2019 03:10 AM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Amaika - 17/05/2019 02:14 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Vikken - 17/05/2019 03:05 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Alhazred - 23/05/2019 06:36 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Pafman - 28/05/2019 09:27 AM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Mithrandir - 29/05/2019 01:56 AM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Shamrocky - 29/05/2019 05:04 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Sashka - 29/05/2019 08:02 PM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por Sashka - 06/06/2019 04:19 AM
RE: Reto Mayo19: Bajo el Puente - por JimmyShibaru - 10/06/2019 07:44 AM

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