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Relato Steampunk
#1
Bueno, aunque todavía mi tiempo no me permite dedicarme a los retos (el próximo mes estaré más libre, intentaré acercarme de nuevo a esa buena costumbre que tenía), he decidido ir colgando los relatos que había publicado en los retos del antiguo foro de Fantasía épica (D.E.P), y que he recuperado de una carpeta que tenía por ahí. Supongo que los relatos se perdieron con la debacle del antiguo foro, así que pretendo ir colgándolos poco a poco. Y para empezar, pondré aquí el relato que envié al reto steampunk que se celebró por entonces. Así iré aportando poco a poco algo más al foro Cool
Nada es sencillo, excepto la creencia en la sencillez
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#2
Agua y Hierro

La proa de hierro del buque partía las oscuras aguas del mar en las últimas horas de la noche. Sobre el puente el capitán Jean de Beauchamp acababa de relevar a la guardia nocturna, junto a su timonel Kebler miraba al norte con sus gemelos extensibles.

Beauchamp estaba orgulloso de su navío, la fragata blindada Oriente, un buque de 5.500 toneladas y 540 hombres que era una de los navíos de la VI Flota Imperial. También estaba orgulloso de hallarse allí, 14 de Noviembre de 1861 el día de la invasión de la Gran Bretaña por parte de las tropas del Emperador Napoleón III. Y es que desde que era niño, su padre le había contado como los Beauchamp habían estado al servicio de la Armada Imperial desde sus inicios, desde el abuelo Marcel que sirvió en los buques del gran Napoleón I, fundador del Imperio, y que había presenciado sus victorias en el Báltico y Dinamarca, hasta su padre y sus tíos, que sirvieron a Napoleón  II en su lucha por el trono austríaco de su abuelo, hasta la conquista de Grecia y Creta a los otomanos. Ahora le tocaba a él escribir una nueva página de los Beauchamp en la Armada,  y no es que fuera nuevo en estas lides, ya era un veterano de las guerras y luchas en Argel y Trípoli, y en la guerra contra el imperio ruso en Crimea y el Báltico hacía 6 años.

Jean inspiró el aire fresco de la madrugada, por oriente ya se teñía el cielo de un color rosáceo y dorado; alzó la vista hacia el cielo para ver la flota de globos aerostáticos, impulsados por hélices a vapor, que seguía a los buques de combate y que atacarían a los británicos desde el cielo.

Esta expedición se había preparado muy bien, concluyó, al menos desde las muertes de la Reina Victoria y su hija del mismo nombre hacía un año y medio, y la de su hijo Eduardo hacía 6 meses; lo que dejaba el trono de Gran Bretaña en manos de su otra hija Alicia casada con el hijo del Emperador, el joven Príncipe Imperial Napoleón, lo que le otorgaba el derecho de sentarse en el trono británico y anexionar a ésta última nación europea al poder imperial de los Bonaparte. Claro que los británicos aducían que la herencia debía pasar a Alfredo, el hermano menor, debido a que era varón. Tras su coronación, Napoleón III no tuvo más remedio que declarar la guerra a los británicos.

Unos pasos le sacaron de sus meditaciones, allí estaba su segundo al mando el teniente de navío López, un tipo bajo y cascarrabias, con una tupida barba y un ojo de cristal.

-Mi capitán- musitó López -creo que nos acercamos a la costa, al menos dicen las señales de los heliógrafos de los globos y los buques vecinos.

-Ya he visto las señales, las llevo viendo desde hace 20 minutos. ¿Dónde diablos estaba?

-En las calderas, capitán- respondió López -antes de subir quería comprobar que aún teníamos combustible suficiente. Vamos casi a 13 nudos, es la velocidad máxima de nuestro barco.

Beauchamp asintió brevemente, su fragata blindada no podía competir en velocidad con las potentes máquinas de los cruceros acorazados que eran las naves insignia de la flota, pero no necesitaba tanta velocidad, ni desplazaba las toneladas de los cruceros, ni era una cañonera que necesitase mucha velocidad, su labor era de escolta contra los buques enemigos.

Al pensar en ello masculló por lo bajo, lo cierto es que gran parte de la flota británica había sido destruida en la Batalla de Les Écréhous, un grupo de islotes en las Islas Anglonormandas, a sólo 8 millas de Francia. La Oriente estaba escoltando varios mercantes en Normandía cuando la flota imperial destruyó a la mayor parte de los buques de guerra británicos. Jean maldecía su suerte por haberse perdido esa batalla, podría ser la única batalla naval de la guerra y un Beauchamp había faltado a su cita con el destino.

Y ahora allí estaban, más de 300 barcos entre navíos de guerra y transportes, dirigiéndose a Plymouth, el principal puerto del sur de Inglaterra.

Pasaron las horas, el Sol siguió alzándose sobre el mar, mientras la flota proseguía su rumbo, y ahora ya se veía la costa británica. El plan se basaba en un ataque doble, allí la flota se dividiría en dos; las cañoneras de ruedas y las corbetas de hélice se dirigirían a la desembocadura del Támesis, seguirían el curso del río y bombardearían Londres y sus muelles, la mitad de los globos aerostáticos girarían sus hélices y les seguirían para bombardear la ciudad, no tomarían la ciudad (no tenían tropas para ello), pero sembrarían el pánico entre la población y el gobierno.

El resto de la flota de buques y globos atacaría la base naval de Plymouth, donde se concentraba ahora lo que quedaba de la flota británica, la arrasarían y desembarcarían a las tropas imperiales reclutadas por toda Europa, desde la desembocadura del Tajo hasta las planicies polacas. Y una vez hecho esto, se desplazarían rápidamente hacia Londres, usando los ferrocarriles, exterminando toda oposición, una vez controlado Londres, toda Gran Bretaña caería, quedarían focos de resistencia, obviamente, peo sin un gobierno central para dirigirlos todo acabaría en cuestión de meses, un plan sencillo, rápido y ágil…siempre que funcionase.

A lo lejos ya se oían los cañoneos de los cruceros acorazados, habían llegado antes que ellos y ya estaban bombardeando la ciudad. Gruesas columnas de humo se levantaban en el horizonte.

Oteó con sus gemelos, veía al José I de 6.500 toneladas bombardeando desde la punta Penlee, y al Napoleón I de 8.500 toneladas descargando su furia desde la punta de Wembury; los reconocía por los inmensos mástiles de bronce de sus velas (a diferencia de los de su fragata que aún eran de madera) y por sus tres chimeneas de hierro que vomitaban humo negro al frío y despejado cielo de la mañana; y por lo que veía los baluartes de ambas puntas ya eran montones de escoria y piedras; no veía al Paulina Bonaparte de apenas 6.000 toneladas, pero supuso que estaría hacia Newton Ferrers, los arsenales del Almirantazgo que estaban totalmente cubiertos de humo negro.

Tras quitarse los gemelos, Beauchamp descargó su puño enguantado sobre la barandilla metálica del puente, “mierda, siempre llegamos tarde”, al menos podría aprovechar para internarse en el puerto y ser el primero en desembarcar tropas en tierra, quizá hasta descargar sus 34 cañones de 160 milímetros sobre el centro de Plymouth.

-¡¡¡López!!! -aulló- ¡a toda potencia!, ¡y prepara a los fusileros para el desembarco!

Mientras López bajaba a las sentinas para transmitir las órdenes a los pelotones de fusileros, se giró sobre Kebler:

-¡Kebler!, ¡gira dos cuartas a estribor, y métenos entre el José y el Napoleón!

El prusiano, tras unos momentos de duda hizo lo que le pedía. Mientras Beauchamp se giró para ver al resto de la flota, los transportes se mantenían a la espera para desembarcar todo el material para las tropas; caballos, cañones, obuses, etc.…

Las otras fragatas intentaban seguir su maniobra y meterse en plena batalla para ganar puntos ante el Almirante Le Routier que los observaba desde el acorazado Austerlitz, un monstruo inmenso de 12.000 toneladas que aún estaba intentando ponerse en posición de ataque…al menos esperaba que aquél bretón gordo estuviera observando, aunque con sus ataques de hemorroides nunca se sabía dónde estaría, si en el puente o blasfemando en el váter.

Los chirridos de los cañones al desplazarse por los raíles de las cubiertas eran estrepitosos, igual que los gemidos de las bisagras de las troneras al abrirse; ahora se escuchaban más fuerte los duros cañoneos de los cruceros acorazados mientras se acercaban a ellos.

Mientras, al oeste, en los astilleros de Turnchapel se levantaron gruesas columnas de fuego que fueron seguidas por otras en los barrios de Barbicane y Cattedown; Jean alzó la vista, los globos estaban arrojando sus granadas incendiarias sobre la ciudad, desde allí se escuchaban los gritos y los alaridos de la gente, y les llegaba el olor a carne quemada.

López regresó al puente con la carta de Plymouth, Beauchamp se la arrancó de las manos ansioso, buscaba un objetivo virgen, no atacado; y lo encontró, Devonport y Torpoint; los principales arsenales de la ciudad, así se lo hizo saber a López.

-¡Hemos dejado atrás Heybrook Bay!, ¡en cuanto estemos a la altura de Turnchapel giraremos a babor y nos dirigiremos a Torpoint!, ¡una vez allí descargaremos plomo y fuego sobre esos perros!

López meneaba la cabeza:

-No me gusta, este paso es muy estrecho, no podremos maniobrar- objetó.

-Tonterías, tú dictarás instrucciones a Kebler, al fin y al cabo te instruiste en Cádiz, y ese puerto es tan estrecho como éste.

-No se crea- repuso dubitativo López.

-Usted hágalo- concluyó Beauchamp.

López se encogió de hombros y se dirigió al puente junto a Kebler, mientras Jean se sitúo en la amura de babor con sus gemelos para ver los objetivos.

“Maldito López, es un malnacido deprimente, que tipo más cenizo” mascullaba para sí Jean.

Ahora se escuchaban las detonaciones de los cañones del centro de Plymouth intentando, inútilmente, derribar a los globos atacantes.

El buque empezó a girar hacia la izquierda, dejando atrás a los cruceros y seguido por otras fragatas que empezaban a subir por la bahía y la ría de Plymouth

La Oriente navegaba en zigzag. “¿En zigzag?”, pensó Jean, “¿por qué en zigzag?, qué narices están haciendo”.

Se giró bruscamente buscando a Kebler con la mirada, por gestos cada vez más iracundos le ordenó que navegase en línea recta; “¿qué pretenden?, ¿qué varemos en la orilla?”

Kebler cambió de rumbo ante las protestas del capitán; era absurdo gastar carbón zigzagueando por el canal que cada vez se hacía más estrecho a medida que avanzaban hacia los astilleros y arsenales de Torpoint.

La fragata blindada Oriente enfiló en línea recta hacia el oeste, navegando a toda potencia hacia su objetivo. Que ya se veía a lo lejos; “por fin” pensó Jean, “ya era hora, no nos habríamos retrasado de no ser por las absurdas maniobras de ésos dos, ¿qué pretendían?”, la única explicación lógica fuese que temiesen que hubiera minas submarinas en el canal, pero lo lógico sería que los británicos las hubieran puesto en la entrada de la bahía y no en el canal.

Mientras, las sombras de los globos pasaban sobre ellos en su ruta hacia los cuarteles de Ince Castle y Elmgate, para bombardear a las tropas que hubiese allí. “Van a darles muy buen despertar” sonrió para sus adentros Jean.

Volvió a mirar a través de sus gemelos, los objetivos de Torpoint; “un poco más y ya los tengo”, era curioso que aún no hubiesen intentado atacarles desde las orillas.

El estruendo le arrojó contra la barandilla de la aleta de babor, el mundo daba vueltas en torno a él mientras el aire se llenaba de gritos, humo y olor a quemado.

“Mierda, hemos tocado una mina; maldita sea mi suerte”, Jean intentó levantarse del suelo, poco a poco se alejó de las planchas del suelo del barco con ayuda de sus manos.

-¡López!- gritó- ¡López, ¿qué narices ha pasado?!

Al girarse hacia el puente maldijo en voz alta, todo el puente estaba destrozado, se había convertido en un maldito amasijo de hierros y humo, obviamente López y Kebler estaban muertos; el timón del puente ya no sería operativo, eso significaba que habría que manejar el buque con el timón auxiliar de la bodega, lo cual sería complicado ya que el piloto necesitaría ser guiado por observadores en cubierta.

Se dirigía hacia la escalera de babor cuando un segundo impacto le arrojó contra la amura de estribor. Esta vez su aturdimiento fue mayor, y el estrépito también, se había metido en un campo de minas.

-¡Mierda!- gritó, “perra suerte”.

De repente un fuerte golpe le provocó un dolor atroz en las piernas. El mundo empezó a caerse por una pendiente, a girar ante sus ojos. Intentó en vano moverse, trató de girarse en medio de fuertes dolores, le había caído un cañón de bronce en las piernas, y por el dolor supo que debía de tenerlas rotas, aunque no estaría seguro hasta que lo viese un cirujano.

Aumentaron los gritos y los estruendos, la chimenea cayó al agua; el barco estaba escorando a estribor. Llamó a gritos a sus hombres, pero el ruido del barco y las explosiones de los bombardeos no le hacían ser oído por ellos.

Un gemido prolongado le hizo girar la cabeza hacia arriba, el palo de mesana se estaba partiendo, sólo tres cables lo mantenían sujeto, si caía se llevaría por delante todo el lado de estribor abriría una brecha monstruosa en el casco, y mataría a todos los hombres de cubierta…él incluido.

“Mierda” pensó.

Intentó moverse, un chasquido le hizo girar la cabeza para comprobar que ya sólo dos cables sujetaban el palo de mesana.

“Tengo que salir de aquí, tengo que salir, tengo que recuperar el control del maldito barco”; estaba temblando, “maldita sea contrólate, mantente frío y con la cabeza despejada, saldrás de ésta”.

Un marinero pasó ante él, le llamó, el hombre se giró e intentó sacarle el cañón de encima.

Un nuevo chasquido, esta vez el palo de mesana descendió varios metros más.

-¡¡¡Qué alguien suba a ese puto palo de una puñetera vez, rodeadlo con cabestrantes, usad las poleas para levantarlo!!!

Algunos le escucharon e intentaron hacerlo, otros se arrojaban al agua; el cable que quedaba empezó a temblar, a aflojarse, a ceder.

-Maldita….perra….suerte- jadeó intentando salir de debajo del cañón.

El último cable se partió, y el inmenso palo de mesana se precipitó sobre él.
Nada es sencillo, excepto la creencia en la sencillez
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#3
Estupendo relato bélico, ambientado en una realidad alternativa en la que Europa se encuentra sometida bajo la garra francesa. Soy muy fan de los debates del tipo "¿Qué hubiera pasado si...?". Como siempre, Gran Bretaña queda como última resistencia a lo "aldea gala".

La narración tiene buen ritmo, cada vez más acelerado hasta desembocar en el climax final. Detalles como el de la ría de Plymouth (¿has estado allí?) le dotan de verosimilitud, sin faltar ciertos toques fantasiosos como el de los globos aeroestáticos. Me ha hecho gracia la nacionalidad de los miembros del puente de mando, me recordaba al típico chiste (van el francés, el alemán y el español...) pero simboliza muy bien lo que sería una Europa sometida y, por consiguiente, militarmente unida.

Espero que sigas reciclando viejos relatos Wink un saludo
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#4
(23/05/2019 08:31 AM)Daghdha escribió: Detalles como el de la ría de Plymouth (¿has estado allí?)
Pues no, pero usé un atlas y el Google Maps...el recurso de los viajeros sin pasta Blush
Cita:Espero que sigas reciclando viejos relatos Wink un saludo
Eso espero yo, seguiré sacando de la vieja carpeta...aunque solo sea para recordar viejas glorias Cool
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