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Reto May19: El Maestro
#1
Era el día más feliz de su vida. El maestro Reyavn le tocó el hombro con su lanza adamantina y lo instó con un gesto de la mano a ponerse en pie. En el rostro del anciano paladín brillaban una mirada y una sonrisa llenas de orgullo.

—Alzaos ahora, paladines de la Orden Zendai. De ahora en adelante ya no sois simples monjes de Bram’Vus’Zhain, sino los brazos y piernas de nuestra diosa de la luz, Zarua. Que ella os de fuerzas en las batallas por venir.

Jeodeirn obedeció a su maestro y le devolvió una sonrisa tímida. Los otros monjes que iban a ser investidos ese día, Imaa y Tarreg, también se pusieron en pie.

—¿Cuándo nos vas a dar las lanzas adamantinas? —preguntó Tarreg con su típica voz bravucona.
—Recibiréis vuestras lanzas cuando hayáis probado que sois dignos de usarlas.
—¡Pero si llevamos tres años entrenando! —dijo Tarreg.

Imaa miró a otro lado, sonrojándose, y Jeodeirn le dio un golpe amistoso a Tarreg en el hombro. Los dos muchachos intercambiaron sonrisas. El maestro Reyavn parpadeó impasiblemente.

—No hablo de habilidad, discípulo Tarreg, pues esa prueba ya la habéis pasado. Hablo de convicción en el código Zendai. No solo conocimiento en los dogmas de la diosa Zarua, sino en probar a través de vuestras acciones que realmente estáis comprometidos a seguirlos.

Las sonrisas se borraron de los rostros de los jóvenes. Los tres miraron al ascético paladín a los ojos y asintieron con determinación.

—Jamás te fallaremos, maestro Reyavn.
—Confío en que no lo hagáis, paladín Jeodeirn.

***

Era bien entrada la noche, pero eso no impedía que los paladines chocaran cuernos de hidromiel entre canciones y risas. Por lo regular no solían beber, ya que eso iba en contra de la vida devota en el monasterio, pero aquella era una noche excepcional. Habían derrotado a las huestes de Jacqueux Lestrane, también conocido como el último nigromante de Weseia. El mismísimo rey Melaker había alabado la formidable defensa del flanco derecho que los paladines de Bram’Vus’Zain llevaron a cabo. Los soldados del rey festejaban por todo el campamento, y el maestro Reyavn y sus hombres consideraron que sería una descortesía no unirse a ellos.

—¡Os juro por la diosa Zarua que el hacha me dio de lleno en la cabeza! —gritaba Tarreg mientras despilfarraba hidromiel a cada movimiento brusco que hacía —. La vi venir un segundo demasiado tarde y pensé que ese sería el fin de mis días matando necromantes. Sentí el frío filo en mi cara y la sangre manar a chorros. Eso no me detuvo de enterrarle mi lanza en el cuello a ese hechicero de malas artes. Seguí peleando y peleando, y por mi madre que se me llegó a pasar por la cabeza que algún tipo de brujería me estaba manteniendo alejado del mundo de los muertos y que me había convertido en parte de las huestes del nigromante. Pero fue después de la batalla, cuando me vi el reflejo, que me di cuenta de que el pobre bastardo solo me había cortado media oreja. Serán poderosos conjuradores y todo lo que quieras, pero estos necromantes no saben blandir un hacha ni aunque les corten los huevos por ello.
—Lo que pasa es que tienes la cabeza más dura que el tronco de un árbol, Tarreg —dijo Jeodeirn.

Los demás paladines estallaron en carcajadas. Incluso el maestro Reyavn, que por lo regular era el que mejor mantenía la compostura, casi escupió su bebida.

—No es lo único que tengo duro, así que no me “jeodas” —dijo Tarreg—. Fue la dureza de los paladines de Bram’Vus’Zhain la que nos ganó la batalla de hoy, ¿verdad, muchachos?

Los demás paladines chocaron sus cuernos contra la mesa al son de sus vítores.

—Para nada —repuso una mujer esbelta y con el pelo arreglado en una coleta, vestida con túnica verde y azul—. Nadie niega la valentía de los paladines, pero seamos francos aquí: lo que ganó la batalla fue el ingenio y la pericia de los alquimistas de la corte real.
—¡Baaah! —gritó Tarreg haciendo un ademán de la mano —, ¡qué van a ganar esos pichas flojas con su veneno de rata!

Todos los paladines aplaudieron su comentario. Todos menos Jeodeirn. Incluso el maestro Reyavn asintió, aprobando las palabras de Tarreg, pero Jeodeirn no podía estar más en desacuerdo. Durante la batalla, los alquimistas de la corte real proporcionaron centenares de tarros llenos de un líquido parduzco. En cuanto las huestes de Jacqueux se desplegaron, los tarros fueron lanzados con catapultas. Al estrellarse con el ejército enemigo, una neblina verde se formó, esparciéndose entre las líneas de conjuradores como dedos fantasmales. La neblina duró unos pocos minutos, pero cuando salieron de ella, la mayoría de las necromantes caminaban desorientados, dando tumbos de un lado para otro, atacando a enemigos invisibles, algunos incluso arremetiendo contra sus propios compañeros en armas. Jeodeirn divisó a algunos hombres arrojándose sobre sus propias lanzas. Fue aquel caos inicial lo que le dio la delantera al ejército del rey Melaker.

—Yo creo que los alquimistas fueron de gran ayuda en la batalla —dijo el joven paladín.

La alquimista vestida de verde y azul asintió y señaló a Jeodeirn.

—Ese es el único paladín con sentido común aquí.

Aquello pareció llamar la atención del maestro Reyavn. El anciano paladín negó con la cabeza, fingió que bostezaba, y dijo:

—Discúlpenme, caballeros, pero las obviedades son mi brebaje para dormir. — Los demás paladines carcajearon. El maestro aguardó a que cesaran—. Por supuesto que los alquimistas fueron de gran ayuda. Obvio. Pero fue no solo la fuerza y disciplina de nuestros paladines, sino por encima de todo, su fe en Zarua la que decidió la victoria. No pretendo quitarle méritos a quienes lo merecen, por supuesto. Está fuera de mi poder hacer tal cosa, y sería absurdo siquiera intentarlo. —Sonrió con modestia—. Más es innegable la voluntad de la diosa de la luz en el devenir de nuestro destino. Su luz estaba en nuestros puños, en nuestros escudos, y en nuestras lanzas, lo pude sentir con gran fervor.

Todos escuchaban sin hacer ni el más mínimo ruido. Cuando el maestro hablaba, sus discípulos no osaban interrumpir un solo sonido que saliera de su boca. Únicamente cuando se hubieron asegurado de que había terminado se dispusieron a decir algo.

—Yo también lo sentí, maestro.
—Y yo.
—Yo también.
—Yo sentí cómo me daba fuerzas en la batalla.
—Sí, yo también.
—A mí me habló. Me dijo que esta era la lucha para decidir nuestra victoria sobre las fuerzas del mal.

El maestro paladín Reyavn asintió. Jeodeirn vaciló unos instantes antes de decir:

—Yo también pude sentirla, maestro. Su luz me curaba y me daba fuerzas para luchar.  
—Bueno, bueno —dijo la alquimista—, no era mi intención apagar vuestro fervor de paladín. ¿Dónde está el barril del hidromiel? Estoy seca.

Siguieron festejando por el resto de la noche. La gran tienda de campaña cubría media docena de largas mesas llenas a rebosar de comida y bebida, todo cortesía del rey Melaker. Tarreg no daba acabado de contar su historia del hachazo que le dieron en la cabeza, y mostraba con júbilo el corte recién cosido que le corría del mentón hasta un lado de la cabeza, con media oreja cercenada en el medio. Jeodeirn trató de convencerlo de que se fuera a dormir y dejara curar la herida, pero el hombre estaba hasta arriba de hidromiel y de los brebajes contra el dolor que los curanderos le dieron. No fue hasta que cayó de culo que Jeodeirn al fin pudo agarrarlo de los hombros y llevarlo a su tienda.

—Llévalo a su tienda, discípulo Jeodeirn. Ha bebido demasiado —dijo el maestro Reyavn.
Jeodeirn fingió dar un profundo bostezo.
—Lo siento, maestro, pero las obviedades son mi brebaje para dormir —dijo con una sonrisa.

El maestro parpadeó impasiblemente. Jeodeirn aguardó a que riera o dijera algo, pero eso nunca llegó. Sin saber qué hacer o decir, le volvió a sonreír y luego se dio la vuelta y se dispuso a llevar a su amigo a su tienda. Por el camino, plagado de hogueras y caballeros celebrando, se topó con la alquimista de antes sentada en un tocón. Tenía varios libros en su regazo.

—Creo que te has confundido. Esto no es la biblioteca —le dijo Jeodeirn mientras Tarreg balbuceaba entre hipidos.  
—Sí, los toneles de vino siendo lanzados por todas partes me hizo darme cuenta —respondió la mujer—. Los paladines no sois los únicos que sabéis pasarla bien. Algunos alquimistas de la corte tenían pensado tirar estos libros a la hoguera ahora que la batalla ha acabado. Su venganza por los muchos quebraderos de cabeza que les han dado, según han dicho.

Jeodeirn abrió mucho los ojos, ligeramente sorprendido.

—¿Y el alquimista maestro se lo permite?
—Claro que no, idiota. De todas formas, tampoco es que nadie eche en falta estos libros. Son todos grimorios iniciales para alquimistas novatos. Hay docenas de estos en cualquier aula del colegio de alquimia, pero igualmente, es una tragedia quemar libros, da igual lo abundantes que sean. ¿Quieres uno?

Le ofreció uno de los tomos. La cubierta era de cuero carcomido y tenía inscrito el título “Principios de la alquimia”. Las letras estaban tan gastadas que apenas se podía leer.

—Tal vez le eche un vistazo.
La alquimista asintió con una sonrisa.
—Hazlo, por favor. Y como se te ocurra quemarlo, te mato.

***


Jeodeirn no podía esperar en darle al maestro la buena noticia. Casi un año de investigación alquímica al fin daba sus frutos. La alquimista, cuyo nombre era Danishy, le enseñó mucho de alquimia durante el transcurso del año, entre otras cosas más personales. Juntos se dedicaron a investigar un método alquímico para luchar contra demonios. Ojalá pudiera brindar con hidromiel, pero el maestro Reyavn había prohibido bebidas alcohólicas en el monasterio desde la fiesta en el campamento del rey después de la batalla. Desde que derrotaron al nigromante Jaqueux Lestrane, los señores de los demonios habían comenzado a brotar de sus cuevas como una peste.

—Lo llamamos “aceite purificador”, aunque tan solo es un nombre provisional —le dijo Jeodeirn en la sala de conferencias del monasterio.
—¿Y dices que este aceite brilla cuando hay un demonio cerca?

El maestro Reyavn parecía escéptico.

—Siempre y cuando se haya mezclado primero con la sangre de un demonio. El aceite emitirá un brillo parduzco si un demonio con esa misma sangre ronda cerca. Danishy y unos cuantos alquimistas más hemos estado catalogando la sangre que hemos ido recogiendo en nuestras…
—Suena a un proyecto fascinante, paladín Jeodeirn —lo interrumpió el maestro—. Pero aquí no hacemos eso. Somos guerreros de nuestra diosa de la luz, no hombres de ciencia. Eres libre de unirte a los alquimistas de la corte y realizar esos experimentos con tu… amiga, si eso es lo que tu corazón desea. Siempre te recordaremos con añoranza en el monasterio.

Las mejillas de Jeodeirn se pusieron rojas. Frunció el ceño mientras mantenía sus ojos fijos en el maestro, el cual le devolvía la mirada impasiblemente. Estaba de rodillas sobre la tarima donde daba sus sermones. Lo que parecía el inicio de una sonrisa se formó en sus labios por un brevísimo momento. Jeodeirn se agitó inquieto mientras permanecía de rodillas delante de él.

—Me ofendes, maestro. Yo soy un paladín de Bram’Vus’Zhain, portador de la luz de Zarua. Te juré lealtad en este mismo salón.
El maestro Reyavn se puso en pie. Bajó los escalones que daban a la tarima y se posicionó delante de Jeodeirn. El joven paladín evitó tener que alzar la vista para mirarlo a los ojos y prefirió concentrarse en sus pies. Al poco rato, el maestro le dio permiso para levantarse.
—¿De verdad me guardas lealtad, paladín Jeodeirn? Muy bien. Sígueme.

No era común que el maestro le pidiera a uno de sus discípulos que lo siguiera. No sabía si considerarlo un honor o algo de lo que preocuparse.
Terminó por conducirlo por un entramado de pasillos y escaleras hasta llegar a una mazmorra llena de armas y armaduras. Un arsenal de lo más poco común, más parecido a un mausoleo.

—Aquí —señaló un cofre que más parecía un ataúd por lo largo que era.
—¿Qué hay ahí? —preguntó el paladín.
—Ábrelo y lo sabrás.

Jeodeirn tuvo que mirar una vez más al maestro para verificar sus palabras en sus ojos. Nada en el monasterio se podía tocar o usar sin su permiso. No era común que dejara a nadie fisgonear en sus cosas así porque sí. Por un momento el paladín se preguntó si aquello sería una prueba de su lealtad, un truco para medir su templanza. Pero aquello no podía ser. El maestro nunca mentía o engañaba.
Se inclinó y abrió el cofre.

—Esto… esto es… ¿lo que creo que es?

Se volvió al maestro. Éste asintió. Jeodeirn sonrió como un niño.

—Es una lanza adamantina.

Jeodeirn procuró respirar levemente mientras hablaba. No quería que una sola gota de su saliva dañase la perfecta lanza. Era de metal blanco como la luna, adornada con runas escritas en Zendaico, la lengua más antigua y sagrada que existía y que solamente los altos ministros de la orden Zendai conocía, incluido el maestro Reyavn.

—Nada puede romperla —comenzó el maestro—. Es un arma hecha para destruir el mal. Únicamente el mal puede sucumbir a su filo. Miles de demonios, practicantes de las artes oscuras, conjuradores de espectros y admiradores del mal podrían arremeter contra esta lanza, y todos ellos habían de perecer. Esta es la auténtica arma purificadora, no esa alquimia. Solamente aquellos que son dignos pueden empuñarla. Solamente aquellos que vivirán y morirán por la diosa de la luz y por el código Zendai. Solamente tú, paladín Jeodeirn, puedes usarla.

¿Cómo pudo, por un solo segundo, dudar del maestro? ¿Cómo pudo, aunque con el más mínimo alzamiento de su voz, osar desafiarlo? ¿Cómo pudo, con no mirarlo a la cara aunque fuera por un solo momento, mostrarle irreverencia? Rápidamente se puso de rodillas mientras lágrimas le caían por las mejillas. Debería besarle los pies y suplicarle que lo sentenciase a mil años de penitencia por sus insolencias y malos pensamientos. El maestro era bondadoso, compasivo, amable y generoso. De su boca solo salía sabiduría y de sus actos buenas intenciones. La vanidad, arrogancia, egoísmo u odio no podían afectarlo, igual que los demonios no podían quebrar la lanza adamantina.

—De entre Tarreg e Imaa, considero que tú eres quien más se merece esto. Creo que tus aportaciones serán decisivas en la capilla que voy a construir para ganar el favor de la diosa de la luz. Cógela, Jeodeirn —le dijo el maestro con el asomo de una sonrisa—. Es tuya hasta el fin de tus días.

Jeodeirn se limpió las mejillas, se puso en pie y se apresuró a obedecer. El peso de la lanza era leve, pero el tacto denotaba la dureza del metal con la que estaba hecha. No tuvo más que moverla un poco para cortar el escaso aire que había en la mazmorra. Las vibraciones recorrían el filo desde la punta hasta las palmas de su mano con la intensidad de un rayo. Sentía como si pudiera cortar columnas de piedra y perforar armaduras de acero sin apenas esfuerzo.

—¿Podré confiar en que sabrás usarla, paladín Jeodeirn?
El joven paladín volvió a sentir ganas de llorar.
—Ni lo dude por un segundo, maestro.

***


—Tarreg se encuentra en estado grave, pero sobrevivirá —dijo el curandero.

Jeodeirn respiró aliviado.
El maestro los había vuelto a mandar a otra expedición en busca de una de las Gemas del Cielo que tanto necesitaba para su capilla. Se vieron obligados a asaltar un baluarte lleno de adoradores de demonios para conseguir hacerse con ella. Mientras tomaban la torre central, uno de esos paganos le dio a Tarreg en el vientre con una flecha. Consiguieron salvarlo gracias a la benevolencia de la diosa de la luz.

—Con Tarreg ya son veinticinco heridos en esta… expedición —dijo Imaa mientras le daba agua a Tarreg de una cuchara—. Y los muertos…
—Lo sé, Imaa —le espetó Jeodeirn— Yo estuve allí.
—Al menos hemos conseguido la Gema del Cielo. La capilla de nuestro maestro debería estar finalizada antes del próximo solsticio.
—Sí, por no decir que Danishy y yo hemos hecho un hallazgo muy interesante. Luego te contaré —Jeodeirn se inclinó y le dio un beso a Tarreg en la frente —. Ponte bien, compañero. Si un hacha no pudo contigo, esto no es nada.

Se dirigió a la salida de la estancia.

—¿A dónde vas? —le preguntó Imaa.
—A tomar un trago.

Algunos monjes solían colar vino e hidromiel en la bodega debajo de la biblioteca. Jeodeirn, Tarreg e Imaa solían ir allí de cuando en cuando a beber algo bajo la promesa de que no se lo contarían al maestro.
Cuando llegó a la bodega, dos monjes que habían vuelto de la expedición con él se hallaban bebiendo vino. Se llenó un cuerno y se sentó con ellos a hablar de la vida, de la muerte, de la diosa de la luz y, especialmente, de la batalla. Estaban a punto de hablar del maestro Reyavn cuando oyeron la puerta de arriba abrirse y unos pasos bajar por la escalinata que daba a la bodega. Rápidamente, los dos monjes y Jeodeirn vaciaron sus bebidas en los barriles y los cubrieron con un mantel. Cuando la puerta de la bodega se abrió, vieron que era nada menos que el maestro en persona acompañado de los paladines más veteranos.

—Buenas noches, monjes. Buenas noches, paladín Jeodeirn —los saludó.
—Maestro Reyavn —Jeodeirn lo saludó con un gesto de la cabeza.
—Buenas noches, maestro —dijeron los dos monjes al unísono, poniéndose firmes.
—Te he estado buscando por todas partes, paladín Jeodeirn —le dijo el maestro sin andarse con rodeos —. He oído que has encontrado algo en el baluarte de esos paganos.

El joven paladín sonrió y asintió con entusiasmo. De su morral sacó una vara dorada y roja con símbolos intricados tallados en la madera. Brillaba como el oro pulido debajo de las capas de suciedad y polvo.

—Danishy ha sometido un trozo de esta madera a varios procesos alquímicos. Dice que posee propiedades muy parecidas al metal de las lanzas adamantinas. Encontramos varias en uno de los sepulcros que había en las catacumbas del baluarte, en el mismo donde se hallaba la Gema del Cielo. Ella se llevó el resto a su taller en la capital, y yo traje este para…
—Paladín Jeodeirn —lo interrumpió el maestro—. Quiero que dejes esa vara en el suelo inmediatamente.
Como por arte de un sortilegio, el silencio absoluto se hizo en la estancia. Los paladines veteranos permanecían detrás del maestro Reyavn, impasibles como estatuas. Los monjes se agitaron, como si hubieran oído un estruendo, y miraban a Jeodeirn dubitativos. El paladín trató de mantener la compostura.
—¿Y puedo preguntar a qué se debe eso, maestro?
—Hazlo, paladín Jeodeirn. Por favor, no hagas esto más difícil, te lo suplico. Deja esa vara en el suelo ahora mismo.

Jeodeirn se volvió a los monjes detrás suyo sin comprender. No que ellos fueran a darle ninguna pista sobre lo que estaba pasando, pero quería confirmar que no era el único que estaba completamente anonadado. Volvió la mirada al maestro tras unos momentos, sin saber qué decir.

—Ha costado mucha sangre conseguir esta vara, maestro.
—No lo volveré a repetir, paladín Jeodeirn. Deja la vara en el suelo antes de que origines discordia en todo el monasterio.

Jeodeirn volvió a darle la espalda y, sin dar ninguna muestra de emoción en su rostro, dejó la vara sobre el barril de vino. Luego se cruzó de brazos y se hizo a un lado, dejándole espacio al maestro para que la inspeccionara.
El maestro así lo hizo y, tras observar la vara sin mucho interés, se volvió a su discípulo.

—Es como me temía. La vara está poseída con espíritus maléficos de los inframundos. Puedo percibir las voces de criaturas que no son de esta tierra, sino amalgamas de hombres y bestias cubiertas en la más profunda de las oscuridades, listas para propagar el mal.

Jeodeirn permaneció impasible mientras movía el peso de su cuerpo de un pie a otro.

—¿Espíritus malévolos? ¿En serio? —trató de no reírse, pero la sombra de una sonrisa apreció en su rostro. Tenía las mejillas rojas del vino—. Pues los alquimistas más expertos de la corte del rey no opinan lo mismo. Encuentran las propiedades de esta madera altamen…
—Los alquimistas de la corte no están bendecidos con la visión de la diosa de la luz, Zarua. No pueden ver más allá de lo que sus instrumentos alquímicos les permiten ver. No menosprecio sus contribuciones al reino, pero en temas del bien y del mal no son más que niños dando sus primeros pasos. Eres paladín de Bram’Vus’Zhain, deberías saber esto muy bien.

Jeodeirn no estaba seguro de qué era lo que tenía que saber tan bien.

—Hace unos años, cuando me diste la lanza adamantina, me dijiste que mis aportaciones serían decisivas para construir la capilla con la que ganar los favores de la diosa. Creo que esta es mi aportación. La madera es muy parecida al metal de las lanzas, y estaba cerca de la Gema del Cielo. Es obvio que, juntos, formaban parte de alguna clase de ritual. Si logramos averiguar en qué consiste, podríamos…
—No sigas hablando, paladín Jeodeirn. —El maestro parpadeó impasiblemente—. Se supone que eres un paladín valiente y sabio. Deberías saber tan bien como yo que mezclar magia de los paganos con la luz de nuestra diosa Zarua podría traer destrucción de proporciones apocalípticas, tal y como está dicho en las escrituras arcanas. Si llevamos esa vara a la capilla, ¡se podría originar una explosión capaz de destruir todo el valle de Bram’Vus’Zhain!

Esta vez fue Jeodeirn el que parpadeó impasiblemente.

—¿En serio? ¿Esta vara va a destruir todo el valle?

No pudo evitar reír. El maestro permaneció impasible, pero un ligero rubor apareció en sus mejillas. Los paladines veteranos dieron un paso adelante. Los monjes parecían no encontrar sitio a donde escapar.

—Pero maestro, hombre, si los alquimistas han hecho cosas con estas varas mucho más peligrosas que ponerlas en una capilla. Y eso sólo con las herramientas de que disponían en el campamento. No me quiero imaginar lo que están haciendo en la capital. ¿Acaso habéis recibido noticia de que la capital haya explotado por los aires? ¡Venga ya, maestro! Todo el tiempo paladines y monjes están trayendo reliquias, artefactos, tesoros, baratijas, recordatorios, y a saber qué más cosas cargadas de a saber qué maleficios de todas partes del mundo. Los veo pasear por la capilla con esas cosas todos los días. ¿Y solo ahora se te ocurre decirnos que es peligroso?

El maestro se quedó petrificado, sin decir nada por un largo periodo de tiempo. Sus paladines veteranos le lanzaban ahora miradas amenazantes a Jeodeirn, pero a él no le importaba. Como nadie decía nada, Jeodeirn decidió seguir hablando.

—Cuando asaltamos el baluarte hace unas semanas, Tarreg casi perdió la vida. Muchos otros casi pierden la vida, y varios lo hicieron. Todos sangramos para conseguir esa gema. ¿Y todo para qué? ¿Para ganar el favor de la diosa? Muy bien, pues dinos, maestro, ¿para qué necesitamos su favor? Siempre hemos dispuesto de favores más que suficientes para luchar por ella. Nos pides que arriesguemos las vidas para construir esta capilla absurda, pero nunca nos dices cuál es el objetivo. ¿Dónde está tu lealtad hacia nosotros?

Apenas se dio cuenta de que estaba gritando.

—Luchar contra el mal. Poner fin a los siervos de…
—Ya pusimos fin a los necromantes, y antes de ellos a los trasgos, y antes de ellos a los sectarios. Y muchos más anteriormente. Ahora son los demonios. ¿Quién es exactamente nuestro enemigo?
—¿Quieres respuestas, paladín Jeodeirn? Muy bien. Mañana en la sala de conferencias reuniré a todos los paladines y os daré respuestas. ¿Contento?

El joven paladín suspiró varias veces. De pronto, se dio cuenta de que le había levantado la voz al maestro Reyavn. Sintió tirones de vergüenza en sus entrañas, pero ya no había vuelta atrás.

—Sí, maestro.
—Mañana te daré lo que mereces.


***

Había ochenta paladines en la sala de conferencia, todos los que habían sido investidos en el monasterio de Bram’Vus’Zhain. Además, el maestro decidió dejar asistir a los monjes también, que eran más de trescientos. Todo para escuchar su anunciamiento sobre quién era el enemigo con el que debían luchar.
El maestro Reyavn comenzó dando un largo sermón sobre la maldad y sobre las formas en que el mal corrompe a incluso los más devotos de los seguidores.

—Ahora, la noticia que todos habéis estado esperando. —Tomó aliento—. Mucho me temo, mis fieles discípulos, que ha surgido de las entrañas más profundas de la tierra un ser, un avatar de nada más y nada menos que El Demonio.

Suspiros y murmuros recorrieron la sala de conferencias como un enjambre de abejas. Jeodeirn permaneció impasible con la lanza adamantina a sus pies. Estaba junto a sus dos amigos, Imaa y Tarreg,el cual, a pesar de que todavía se estaba recuperando, no se quería perder la reunión por nada del mundo.

—Sí, discípulos. Este avatar planea reunir a hordas de demonios, trasgos, necromantes, sectarios, vampiros, conjuradores y brujos para traer el fin de los días a nuestro mundo. La diosa de la luz me mandó visiones de las legiones que está creando, y os prometo, nada ni nadie se salvará de su ira a menos que nos unamos bajo la sagrada luz de Zarua. Su obra ya ha comenzado, y nada más que aquí mismo, en nuestro monasterio. —El maestro miró directamente a Jeodeirn. El joven paladín ya sabía lo que iba a pasar antes de que pasara—. Paladín Jeodeirn, por favor, da un paso adelante.

Su corazón comenzó a latir con una fuerza que solo recordaba del campo de batalla. Años de servidumbre luchaban para hacerle obedecer las palabras de su maestro, pero a pesar de ello no lo hizo. Se quedó sentado, mirando al vacío. El maestro se puso en pie y comenzó a bajar los escalones de su tarima.

—Por favor, paladín Jeodeirn, no hagas esto más difícil. Quiero que te pongas de pie y estemos cara a cara, como iguales.

De mala gana, el paladín se levantó y se quedó en su sitio con los brazos cruzados.

—Aquí.

El maestro le señaló que diera unos pasos para posicionarse delante de él, pero Jeodeirn no obedeció. Se quedó donde estaba, con los brazos cruzados alrededor de su lanza y respirando aceleradamente.

—Muy bien. Paladín Jeodeirn, en los últimos días has puesto en gran peligro no solo el monasterio, sino el destino de todo el mundo. ¿Niegas haber traído a nuestro monasterio un objeto cargado de la más oscura y terrible de las maldiciones de los demonios?
—Sí, lo niego.
—¿Ah, sí? Paladines Nagero y Lucien, vosotros habéis sido testigos ayer del terrible artefacto que el paladín Jeodeirn trajo de su última expedición. La maldad de dicho objeto era tal que se podía sentir en la sala y en nuestros corazones.

Jeodeirn no necesitó voltearse para saber que los paladines veteranos asintieron.

—Como veis, discípulos de Bram’Vus’Zhain, lamentablemente nuestro amado paladín Jeodeirn ha sido poseído por las fuerzas del mal. Niega aquello que sus propios camaradas afirman, y trae las tinieblas y la destrucción a nuestro refugio. Aquí y ahora, yo propongo que lo exiliemos de nuestro monasterio y declaro que ya no es paladín. ¿Tienes algo más que decir en tu defensa, Jeodeirn?

El joven paladín simplemente se encogió de hombros.

—Te equivocas —dijo llanamente.
—¿Todos los paladines concurrimos en que debe ser exiliado? Que digan sí los que…
—No será necesario —dijo Jeodeirn con pesadumbre—. Me iré.
—¿Lo harás? Muy bien entonces.

El maestro dios unos pasos y se apresuró a abrazar a Jeodeirn, el cual ni se inmutó.

—Tenías tanto potencial. Me ha roto el corazón ver tu descenso hacia las artes oscuras. Espero que Zarua te muestre la luz de nuevo algún día.
—Recogeré mis cosas y me iré —dijo Jeodeirn con frialdad.

Y entonces, pudo ver de soslayo que el maestro daba un bostezo demasiado pronunciado para ser real.

—Las obviedades son mi brebaje para dormir —le susurró al oído con una sonrisa.

El maestro nunca sonreía.
La lanza adamantina atravesó la carne y el hueso como si fueran mantequilla. La primera envestida le dio al maestro de lleno en el vientre, en el mismo sitio donde Tarreg llevó el flechazo. El anciano abrió mucho los ojos y se tambaleó hacia tras, escupiendo sangre.

—¿Qué…? ¿Qué…? —farfullaba entre escupitajos.

La segunda envestida le dio en el pecho, matándolo. Su cuerpo cayó sobre su tarima de madera, rompiendo varios escalones en el proceso. Un charco de sangre no tardó en formarse.
Los primeros paladines en atacarlo fueron Imaa y Tarreg, ya que eran los que estaban más cerca. Instintivamente, sin siquiera pensar en lo que hacía, Jeodeirn le atravesó la cabeza a Imaa. Tarreg todavía estaba gravemente malherido y no pudo ni levantar la lanza antes de que Jeodeirn le atravesara la garganta. Su amigo lo miró sin reconocerlo antes de caer hacia atrás y comenzar a ahogarse en su propia sangre.
Sólo en ese momento, mientras veía a Tarreg balbucear entre gargajos, se dio cuenta de lo que había hecho. El más espantoso de los horrores se aferró a sus entrañas, como si le hubieran colgado las tripas de un garfio. Se arrodilló y acepto las docenas, centenares de manos y lanzas que lo golpeaban, que le atravesaban la carne y rompían los huesos. “Alzaos ahora, paladines de la orden Zendai”, era lo único que podía decir mientras sus sentidos lo abandonaban.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Por lo que sé, no existe la palabra necromante. Debía ser "mas es innegable", sin tilde en el "más". La frase "no daba acabado de contar su historia" está mal construida.

Has usado el cliché del bien contra el mal, eso que está tan mal visto ahora. Y me parece fenomenal, dado que creo que es tan malo como sobreexplotar una idea el convertirla en tabú, como parece estar pasando actualmente en la literatura. Bravo por ir a contracorriente. Solo he leido hasta "ni lo dude por un segundo, maestro". Tengo poco tiempo pero intentaré sacar más para acabarlo.
Responder
#3
Entretenido relato paladinesco contra las fuerzas del mal. En general está bien escrito, pero hay varios errores que se han pasado por alto en la corrección que le habrá dado el autor.
La historia en sí me ha dejado indiferente. He leído esto o parecido en demasiadas ocasiones. Es complicado darle un giro original a una historia mil veces contada, contar lo mismo pero de diferente manera, con alguna novedad que le da frescura a una vieja historia.
El cambio de actitud tan brusco de Jeodeirn ya indicaba que algo iba mal, aunque para serte sincero no me ha gustado la forma. Era demasiado basto, sin sutiliza ninguna. Pero bueno, no deja de ser un punto de vista muy subjetivo.
Suerte!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
Responder
#4
Estoy seguro de que en este relato hay más de lo que parece. O quiero que así sea... pero tengo fe en que en realidad hay detalles que no capté y justo por eso tengo dudas.
Esta capacidad alquímica de descubrir demonios.
La vara que trajeron casi al final.
Claro, la actitud del maestro, que en cada linea va soltando algo a tener en cuenta.
En un principio creí que iba a terminar de manera muy predecible, "el maestro va a morir", y aunque parezca que sí, las circunstancias en las que lo hace al igual que las palabras que dice, no sé, hay algo más, estoy casi seguro de que sí.
En cuanto al ritmo he de decir que es bueno, ni muy rápido ni muy pesado, se equilibra y se mantiene. La pluma es ligera y evita complicarse con locaciones o eventos fuera de los caminos más conocidos. Los personajes tienen las dimensiones necesarias acorde a la historia; el profundizar poco en ellos tiene el propósito de centrarse en este misterio en medio de la orden y su maestro.
Que sigo diciendo que no puede ser a lo Scooby Doo: "veamos quién esta detrás de la mascara del Demonio... ¡pero si es el maestro!"
Y habría podido traer a mis huestes infernales de no ser por estos chiquillos entrometidos
Tiene que haber algo más... Pokey
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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#5
Leido entero. Me ha sorprendido el giro de 180 grados del final. El maestro le hace una jugada muy sucia a Jeodeirn. Creo que el maestro resulta ser un sectario muy peligroso. Las ideas de no mezclar la magia de la "verdadera religión" con los de otros cultos resulta inquietante, y más aún si se suma lo que le hace al protagonista.
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#6
Me ha dado la sensación de que exponías demasiados datos en poco espacio. Sin embargo, he llegado a comprenderlo. El tema de los enviados de la luz contra las fuerzas del mal está muy visto como señaló Celembor, al igual que los objetos mágicos con forma de cristales y etc. Por lo demás me gustó ya que sentí que era una especie de analogía de la religión y el puritanismo. Al final, quienes son los demonios resultan ser los clérigos. Pues siempre quien tiene mayor poder y fe controla a los más crédulos y débiles. Esto se puede ver cuando todos afirman haber sentido la presencia de la diosa de la Luz, cuando en teoría ganaron la batalla gracias al apoyo de los alquimistas.

Si vi un poco brusca la forma de contestarle Jeodeirn al maestro tras pedirle la reliquia. Fue como si de repente se rebelara. No le vi muy acorde con su carácter aunque su amigo hubiera sido herido en combate.
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#7
Es un relato entretenido y en general bien escrito, a pesar de que el autor pasó por alto algunos errores. Es algo muy visto la historia de este relato, pero aun asi lo haces bien. Sin embargo, el final no me gustó. Es precipitado, el cambio del protagonista es muy brusco, sin nada que lo hiciera al menos algo esperable. Ese giro le hubiera dado un buen plus al relato de haber estado mejor, pero acabo quitandole algunos de mis puntos.
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#8
El relato está bien. Al principio ya estaba poniendo los ojos en blanco debido a que está plagado de clichés y de expresiones, diálogos y descripciones que ya leí un millón de veces. Pero a medida que el relato va avanzando, se me hizo obvio que todo ello no era más que una cortinilla de humo, una fachada; nos hace pensar que va a ser una clásica historia de la lucha del bien contra el mal pero al final se convierte en un relato personal entre este maestro y su aprendiz. El maestro resulta ser un déspota que usa tácticas pasivo-agresivas para salirse con la suya, aunque en sus planes no cuenta con que la veneración de su aprendiz es de hecho genuina y al conocer la verdadera naturaleza de su maestro, explota de una manera inesperada para él. Y todo ello por esa broma de "las obviedades son mi brebaje para dormir" del principio.

El principal problema que tengo con el relato es que me da la sensación de que hay muchas cosas que se quedan en el aire y hacen que el final parezca quedarse cojo. El aceite que brilla al ponerlo con sangre de los malos, la vara esa hecha del mismo material que las lanzas adamantinas, el avatar del demonio que el maestro menciona al final, la gema de los cielos, el personaje de la alquimista, que es introducido pero luego solo se la menciona un par de veces y no vuelve a aparecer en el relato. Entiendo que todas estas cosas están ahí para transmitir la rivalidad que empieza a surgir entre el maestro y el aprendiz al irse los dos distanciando en sus disciplinas, pero al ser el autor tan específico con todos estos elementos, da la sensación de que son armas de chéjov que van a ser usadas más adelante. Pero eso nunca pasa, haciendo que el final resulte un tanto insatisfactorio. Hubiera estado bien si el autor hubiera expresado la idea de la rivalidad maestro-aprendiz usando recursos narrativos más vagos y generales para evitar este efecto.
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#9
El relato posee una buena prosa; al punto que me ha podido entretener, pese a que la temática me resulte excesivamente trillada. Pero he notado unos pocos errores ortográficos/ gramaticales que detallo a continuación:

"Más (mas) es innegable la voluntad de la diosa de la luz en el devenir de nuestro destino. Su luz estaba en nuestros puños, en nuestros escudos, (coma innecesaria) y en nuestras lanzas, lo pude sentir con gran fervor. "
". Se arrodilló y acepto (aceptó) las docenas"

Con respecto a la trama, me parece que además de ser muy poco original, deja demasiados hilos sueltos (esperaba un rol más protagónico de los alquimistas, especialmente de Danishy, y no entiendo en lo absoluto la razón que tuvo la escena de la lanza adamantina) y el cambio final de comportamiento del protagonista se me hace demasiado brusco e incomprensible (si bien la actitud del maestro parecía sospechosa, no me pareció que su asesinato estuviera totalmente justificado). Saludos y buena suerte
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#10
Es un relato bien escrito y bien llevado, el bien y el mal enfrentados nunca pasarán de moda porque hay muchas maneras de enfrentarse según la imaginación de cada uno, es un tema tan válido como cualquier otro. Que me besen el culo los de los clichés, coño, que cuando leo esa palabra me pongo de los nervios, como si cada historia no fuera distinta. Que guste más o menos es otra cuestión, que esté mejor o peor contada, también. Tranqui, la tuya esta bien contada. Lo que no me ha quedado claro es si en realidad el muchacho esta poseído por el mal o simplemente hasta los cojones del carca de maestro que tenía. Si fuera yo, sería lo segundo. Sólo le ha faltado, para aclararlo, acompañar el lanzazo con un "a tomar por culo ya, coñioooooo". No siendo así, supongo que estaba poseído.
Suerte en el reto, y dios te salve de los de los clichés, así se les peguen los chicles en las muelas.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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