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[Fanfic] Las Enseñanzas de un Brujo II
#1
Nota del autor: Este relato está dedicado a Sashka, por el simple motivo de que sin su insistencia se habría quedado donde merecía estar antes de esta revisión (en lo profundo de mi notebook). ¡Gracias por tu ayuda, amiga!

Pedido del autor: Aquel alma agradecida que lea este relato de principio a fin, haría bien en ver el perfil de @Sashka y dejarle un punto positivo a su reputación. Donde diga "deje su comentario" escriban esto: "Por haberme ahorrado las guarradas de Franco, gracias!". De verdad, lo merece.

Ahora sí, el relato:



LAS ENSEÑANZAS DE UN BRUJO II (maldita porquería que no me lo centra)

A caballo llegaron entre la niebla, guiados por los cuervos. 
Ninguno de los dos alzó la vista al pasar bajo el destartalado cartel de bienvenida, siguieron hasta el final de calle envueltos en sus largos ropajes oscuros. Aquellos que les vieron pasar en dirección al cementerio dirían después que eran espectros que venían al pueblo a llevarse a los pecadores que yacían bajo tierra. Aquellos a los que ayudaron más tarde, dirían lo mismo.
Desmontaron al llegar a la entrada del camposanto, atando sus monturas a unos árboles cercanos, luego traspusieron la verja. Siguiendo el caminito empedrado que nacía de ella, anduvieron hasta una enorme haya, bajo la cual estaban reunidas unas veinte personas. Rodeaban una tumba abierta donde descansaba un ataúd.
Ambos brujos se mezclaron con ellos.
El orador siguió hablando sin interrupción, hasta que en un determinado momento un sujeto calvo y rechoncho cogió una piedra del suelo y la arrojó con rabia hacia las ramas del árbol: los cuervos huyeron entre burlas.
—¡Váyanse, malditos pájaros del averno! —exclamó el sujeto.
Vesemir le reconoció como familiar directo de la víctima.
Geralt estaba concentrado en otra cosa. Las jóvenes mujeres entre la gente le miraban con claro interés a pesar de las circunstancias y de la capucha que le ocultaba gran parte del rosto, y él disfrutaba de ello haciéndose el desentendido. Logró esto hasta que sin querer posó los ojos en una de las mujeres. Era joven, tal vez rondaba los veinte, y como las demás vestía un largo vestido negro. Pero a Geralt lo que le atrajo no fue su figura de mujer, sino unos ojos delineados de negro, fijos en él desde detrás del velo. El brujo sintió que esos ojos, unidos a la particular forma de su nariz, le invitaban a mirarla, y lo hizo por un tiempo que fue incapaz de calcular.
Se sobresaltó cuando Vesemir le codeó por un lado.
—Esperaremos a que termine —dijo el maestro brujo—, mi vieja intuición me dice que aquí hay dinero para nosotros. Y ya sabes, mi vieja…
—Tu vieja intuición no falla, lo sé —le cortó Geralt, y al alzar la mirada para encontrar a la joven, ya no volvió a verla.
 
En el momento en que echaron la última palada sobre la tumba, y cuando ya la gente había comenzado a marcharse, el sujeto que arrojó la piedra se les acercó con el ceño fruncido.
—Aquí vamos —dijo por lo bajo Vesemir, y tosió para ocultar sus palabras.
—No les conozco a ustedes —dijo el sujeto, cruzándose de brazos y echando hacia delante su voluminoso vientre—. ¿Quiénes son?
Con disimulo, Vesemir miró a un lado y dejó que el otro advirtiera sus dos espadas al hombro.
—¿Brujos? —siseó el hombre, agachó la cabeza con los ojos entornados para espiar bajo las capuchas—. ¡Sí! ¡Esos ojos! Que me rompa una pierna si acaso no son brujos.
A Geralt le extrañó que el hombre no soltara alguna frase agresiva, algún mote despectivo. A Vesemir no, Vesemir conocía las actitudes de quienes solicitarían su ayuda a la brevedad.
—Brujos —asintió el viejo maestro, echándose atrás la capucha. Miró a su pupilo por sobre el hombro, con un movimiento de las cejas le instó a imitarle—. Este es Geralt. Yo soy Vesemir. Le doy mis condolencias por la pérdida.
El gordo escupió al piso.
—Me cago en las condolencias —dijo—. De ná’ sirven, mi hija está ahora ahí abajo, encerrada en ese sucio cajón, y las putas condolencias no la levantaran.
—Nada lo hará, señor —replicó Vesemir.
—A menos que se convierta en una aparición —dijo Geralt, dando un paso al frente para tomar la iniciativa y demostrarle a su maestro que ya era capaz de pactar un precio por su cuenta.
—¿U… una aparición? —tartamudeó el sujeto.
—Y de las feas. Nada de la belleza que tuvo en vida. Ahora que lo pienso, no tengo idea por qué se le alargan las lenguas hasta alcanzar medio metro…
—¡Nunca! ¡No es posible que eso le suceda a mi hija!
—¿No? —preguntó Geralt—. Claro que no, ¿en qué pensaba? —Cruzó los brazos, se encogió de hombros—. Bueno, a menos que haya dejado algo sin resolver… una gallina que alimentar, un pantalón que tejer, un encargo que su padre le haya hecho…
Ambos brujos notaron que el sujeto había comenzado a sudar, oyeron el chasquido de su garganta cuando tragó.
—¿Y cómo… cómo se evita tal horror?
—Dándole paz al muerto —contestó el joven brujo, sin un ápice de sentimiento.
—¿Paz? ¿Paz? ¡Por supuesto! ¡Si era preciso lo que yo iba a decirles! ¡Hay que cazar al monstruo que la mato!
Geralt miró a Vesemir de soslayo, con una sonrisa torcida.
—¿Y qué clase de monstruo es ese? ¿Alguien le ha visto?
—Nadie, joven brujo. Nadie. Oh, pero es una maldito monstruo, eso seguro, cruel y mal habido, el bastardo me la… me la violó antes de…
Al oír esa palabra, Vesemir dio un manotazo a su pupilo y le hizo a un lado.
—Los brujos matamos monstruos —dijo el brujo maestro, y aclaró—: Bestias no humanas. Esas bestias no violan, señor. Le reitero mis condolencias.
Tras una sutil reverencia, el anciano brujo hizo un gesto con la cabeza a Geralt y giró listo para marcharse.
—Aguarden, aguarden, brujos. —El gordo corrió tras ellos y tras ponerles una manaza en los hombros les obligó a dar la vuelta—. Tienen que ayudarme, por favor. Las heridas que tenía mi hija… el carnicero dijo que no eran de cuchillo, sino de… garras, garras largas.
Vesemir soltó un suspiro, miró a su pupilo y sus ojos dijeron ‹‹Haz que valga la pena››.
Geralt asintió una vez con la cabeza.
—Haremos esto —dijo—. Investigaremos la muerte de su hija hasta hallar pruebas de si es un monstruo o no. Si no lo es, nos iremos del pueblo. —Geralt miró lo largo del hombre de arriba abajo—. Con cien monedas de las tuyas. Si es un monstruo… bueno, el precio aumentará de manera considerable, eso dalo por seguro.
El gordo bufó y pataleó, mas al final aceptó el trato.
—Bien —dijo Vesemir—, ahora díganos cuanto sabe y quién puede saber más.
 
Aquella mañana hablaron con el carnicero, y este les contó con mayor detalle la magnitud y forma de las heridas de la joven (a falta de un matasanos en la aldea, sobre él habían caído las labores de examen). Dijo que tenía marcas de estrangulamiento en el cuello, una mordida en el hombro, que sus pechos estaban arañados, y que su entrepierna tenía sangre.
Ambos brujos se habían mantenido inexpresivos durante todo el relato. Al regresar a la calle, sin embargo, ambos sintieron la necesidad de ir a la taberna y beber algo. Lo más fuerte que hubiera.
Mientras bebían sentados ante una de las mesas, silenciosos y cabizbajos en el leve bullicio del lugar, un anciano se les acercó, acomodó con dificultad una silla y tomó asiento junto a ellos.
Geralt le miró con algo de interés. Los ojos del anciano tenían el color gris celeste de los ciegos.
—Brujos —dijo el viejo—. Oh, sí, solo los brujos beben en silencio si tienen compañía. Y el ruido del metal contra el cuero…
—¿Qué quieres, viejo? —preguntó Geralt. Su maestro le miró con una cuota de enfado, él se encogió de hombros—. Vamos, Vesemir, mírale, ¿cómo quieres que le llame?
—Anciano —dijo el maestro brujo, arrastrando su tarro hacia el ciego—. ¿Está al tanto de algo que dos brujos deban saber?
—Hum —rumió el viejo—. Hum.
—¿Hum? —gruñó Geralt.
Vesemir hizo una seña clara a su pupilo, el joven brujo negó con la cabeza enérgicamente. Pero como el maestro le mantuvo la mirada, señal inequívoca de que hablaba muy en serio, Geralt dio un último trago a su vaso y luego lo arrastró hasta dejarlo delante del extraño viejo.
Este sonrió con una sonrisa de cuatro dientes antes de beber uno tras otro y de una sola una vez el contenido de ambos tarros.
—Hum, resulta que conozco cierta historia que podría explicar ciertos asesinatos —pronuncio el viejo.
—Genial —dijo Geralt con fastidio, echándose atrás en la silla—. Emborrachamos al vejestorio para que se invente una de las buenas.
—¿Inventar? —tronó el ciego—. Oh, no, con la de cosas que suceden en la vida real, ¿para qué uno habría de inventar otras que les compitan? —Chasqueó la lengua contra el paladar—. Nada de eso, brujos. Paren sus orejas y óiganme bien, porque no es ésta una historia hecha para repetirse.
Justo en ese momento, al mirar a un lado para dejar patente su molestia, la mirada de Geralt se encontró con la de la joven mujer del cementerio, esa cuyos ojos le habían hipnotizado. Y ahora ya no tenía el velo, y el brujo leyó lo que le decían: ‹‹atrévete, atrévete y verás››.
La mujer se encaminó hacia la puerta.
La juventud, y el poco entusiasmo que le despertaba el tener que escuchar los desvaríos de ese viejo, llevaron a Geralt a atreverse.
—Creo que necesito algo de aire —dijo, y sin mirar a Vesemir se levantó y fue tras la mujer.
 
Se encontraron detrás de la posada. El brujo había seguido el perfume de la mujer hasta allí, el aroma dulzón de la miel. La joven parecía estar esperándole, se había sentado en un banquito que nacía de la pared, y miraba hacia el bosque que se extendía delante de ella. Geralt se le sentó al lado, permanecieron en silencio durante varios minutos.
—¿Por qué fuiste? —dijo de pronto la mujer.
El joven brujo de cabellos blancos no le comprendió, pero al cabo sintió sobre él la mirada de esos ojos negros y fue obligado a entender.
—Oh. Los cuervos. Vesemir dice que un brujo debe guiarse por los cuervos en lugar que por el sol. —Guardó silencio hasta que la joven dejó de mirarle, él aún no se había atrevido a girar hacia ella la cabeza—. Tú también estabas allí.
De soslayo advirtió como ella asentía con suavidad.
—Era mi hermana —reveló—. Mi hermana gemela.
Geralt la miró, ahora fue la joven la que le evitó manteniendo la vista al frente.
—Lo siento —dijo el brujo. Mentía, no sentía nada.
—Yo lo sabía —expresó ella—. Sabía que iba a ser ella quien se fuera primero. Y joven. Demasiado buena para este mundo tan oscuro.
—Le daré paz. Mataremos al culpable.
Sus miradas se encontraron por fin.
—Ya está en paz —dijo ella—. Nada perturba su descanso ahora, nada opaca su belleza. ¿Quieres hacerme un favor, brujo? Vete del pueblo, vete tú y tu amigo. El dinero que te prometió… mi padre no lo tiene, le traerás problema, brujo.
Y dicho esto, la joven se marchó en silencio.
 
A mediodía ambos brujos echaron a caminar por el sendero del bosque, siguiendo la pista que el viejo ciego le había dado a Vesemir.
—¿Entonces qué fue lo que te dijo? —preguntó Geralt.
—¿Ahora sí te interesas? —le recriminó el maestro, con un tono llano. Luego agregó, más burlón—: Ya no hay ninguna jovencita cerca, ¿verdad?
El joven brujo murmuró lo bajo.
—Olvidas que tengo el mismo oído que tú, Lobo. —Vesemir soltó una pequeña carcajada.
Geralt se mordió los labios para no decir lo que pensaba.
—Resulta que hay una historia bastante interesante alrededor de la curandera que vive en este bosque —le explicó el maestro brujo—. Una que menciona cierto hijo.
—¿La típica historia de la bruja solitaria que tuvo un hijo con un diablo? —bromeó Geralt—. Oh, sí, que interesante. Y dime, ¿por casualidad esta curandera vive en una casa de jengibre y le regala chocolates a los niños?
—No te burles de las historias, Lobo. Todas tienen por lo menos un detalle que es cierto. —Siguió caminando unos cuantos pasos, luego soltó—: Y si, es la típica historia de la bruja que tuvo un hijo con un demonio. Un hijo deforme, para más precisión. El anciano ciego dijo que fue lo último que vio antes de perder la vista, hace ya tres décadas.
—Puras chapuzas, Vesemir. Y lo sabes.
—Shh, mira, allí está la cabaña. —El viejo brujo se detuvo—. Geralt. Yo iré a la casa y hablaré con ella. Tú date una vuelta por alrededores y… asegúrate que todo marche bien.
Se separaron bajo el arco del jardín del cual colgaba el cráneo de un ciervo. Geralt se alejó por un costado, pesado y sin mucho ánimo, sentía que estaban perdiendo el tiempo otra vez. Incluso llego a murmurar que su maestro estaba un tanto chocho y su olfato para estas cosas ya comenzaba a fallar.
Anduvo durante un rato, caminando entre las huertas, dándole nombres a las hierbas que veía para entretenerse con algo. No las conocía a todas, sin embargo, y eso le molestó al punto que dejó de hacerlo pronto. Si Vesemir llegaba a enterarse de ello, le haría repasar noche tras noche por enésima vez esos viejos compendios de herboristas amontonados en Kaer Morhen.
Pasaron unos diez minutos antes de que algo llamara verdaderamente su atención. Y no fue algo que vio, sino que escuchó: un ruido distinto bajo el peso de su cuerpo. Al agacharse, advirtió que bajo una hiedra con flores celestes se asomaba un trozo de madera. En cuanto vio las cadenas, cortadas y llenas de herrumbre entre la hierba, supo que aquello era una trampilla y que había sido violada.
Mirando hacia la casa, Geralt advirtió que una de las ventanas de esta daba hacia allí, incluso vislumbraba la silueta de la anciana a través del cristal. Mejor apartarse de allí antes de que le viera.
 
Aguardaron la noche en las inmediaciones de la cabaña, esta se presentó sin luna. Tanto mejor, ellos no necesitaban la luz para moverse.
Geralt encontró la trampilla con facilidad, luego valiéndose de unos cuchillos cortaron la hiedra. Fue el joven brujo quien después cogió el tirador y lo asió hacia arriba, fue el viejo quien descendió en primer lugar.
Diez escalones tuvieron que bajar antes de apoyar las botas sobre una superficie firme. Ahí abajo la oscuridad era total, incluso para ellos. Entonces Vesemir cogió su antorcha y la encendió valiéndose de la señal Igni, enseguida el sótano se dibujó bajo la luminosidad anaranjada. Era un espacio cuadrado tan pequeño como esperaban, semejante a la celda de una mazmorra, como en estas las paredes y el suelo eran de piedra cruda.
Geralt avistó algo y avanzó y se acuclilló, luego ante la mirada atenta de su maestro alzó una cadena que yacía en el suelo. La cadena tenía grilletes. Estos estaban abiertos.
Vesemir se acercó a la pared del fondo, arrastró la mano por ella y halló los huecos de los tornillos que habían asegurado el soporte; dicho soporte había sido arrancado a la fuerza.
—Un hombre no sería capaz de hacerlo —dijo el maestro brujo.
Geralt estuvo de acuerdo.
—Y se necesita una gran fuerza para abrir estos grilletes sin la llave. —El joven brujo se movió por el sótano sin levantarse del todo, se detuvo al encontrar otro objeto—. Un cuenco.
Vesemir lo cogió al vuelo cuando el otro se lo arrojó.
—Tu amiga la anciana alimentaba a una bestia —dijo Geralt.
—A una bestia o… a su hijo —pronunció Vesemir.
El joven brujo se puso en pie y miró hacia la escalera.
—Quizá esa bestia era su hijo.
 
Amaneció. Vesemir golpeó la puerta de la cabaña y retrocedió unos pasos, Geralt se hallaba detrás de él. Oyeron la llave encajando en el candado, el chirrido de un cerrojo que se corre, luego el quejido de las bisagras.
Al otro lado del umbral apareció la curandera y Geralt la estudió con cuidado. La piel de la anciana era de color cetrino, ligeramente rosado en las mejillas y con algunas manchas oscuras a un lado de la frente, en el nacimiento de su cabellera blanca y trenzada. Un collar de maderas pintadas le daba colorido a su aspecto.
—Ha regresado, noble brujo —dijo la anciana, con una voz un tanto aguda—. Oh, y ha traído a su hijo.
Vesemir y Geralt volvieron la vista uno hacia al otro por un instante, pero evitaron que sus miradas se cruzaran.
—Si —dijo el maestro brujo. Y al ver que la curandera se los quedó mirando con una sonrisa en el rostro, fingió una tos.
—Oh, ¿quieren pasar? He preparado té esta mañana, aún debe estar caliente.
Los brujos entraron y se sentaron ante una mesa circular, la anciana se acercó a un caldero, levantó la tapa y con un gran cucharon sirvió en dos tazas. Las dejó frente a sus visitantes antes de tomar asiento también.
—¿Qué los trae por aquí, queridos brujos? —preguntó la curandera.
Geralt sorbió un poco del té para dejar que Vesemir contestara, pero se arrepintió en el acto, pues el líquido tenía un sabor tan salado e inesperado que le hizo dar una arcada.
—¿Está bueno el té? —inquirió la anciana con una sonrisa.
El joven brujo tragó con dificultad.
—¿Es una receta suya? —quiso saber.
—Oh, sí —soltó una risita traviesa—, pero es un secreto de familia, no puedo decírtelo a ti, picarón.
Geralt dejó la taza sobre la mesa y la empujó lejos suyo, seguro que el ingrediente secreto era agua de mar.
Vesemir reprendió a su pupilo con la mirada, refunfuñando mentalmente por lo exagerados que eran los muchachos ahora. Luego bebió un sorbo del té para demostrar que los hombres de su edad podían soportar cualquier cosa. Geralt arqueó una ceja y le miró de lado, soltó una risa cuando su maestro devolvió el líquido a la taza.
—¿Qué sucede, noble brujo? ¿Acaso a usted le desagrada mi receta?
Vesemir se cubrió la boca con el guante y escupió en él disimuladamente para sacarse el mal sabor.
—Claro que me gusta —contestó—, es que está muy caliente.
—En ese caso puedo darle agua más fría…
—¡No! —replicó enseguida, alzando un poco la voz. Luego forzó una sonrisa y habló bajito—: Lo dejaré que se enfríe.
Vesemir miró a su pupilo, el maldito ahora reía solo con los ojos. El viejo brujo tosió para aclararse la garganta.
—Regresamos porque deseamos hablar con usted, señora —dijo—. De un asunto importante, en el que necesitaremos de la misma sinceridad que me demostró ayer.
Todo gesto amable desapareció del rostro de la anciana, a pesar de que mantuvo la sonrisa. Pero esta… esta decía ‹‹no lo deseas, de verdad que no››.
Vesemir la leyó en el acto, miró a su pupilo en busca de su irreverencia juvenil, pero como Geralt había leído tal cual esa expresión le señaló con la cabeza a la anciana, invitándole a hablar él mismo.
El viejo brujo volvió a toser y pronunció:
—Queremos saber acerca de su hijo, señora.
Esas palabras borraron definitivamente la sonrisa de la curandera, sus labios se fruncieron y las arrugas sobre estos se hicieron más notorias. De pronto se puso en pie, caminó hasta el caldero y cogió otra taza para servirse a ella, pero la mano le temblaba tanto que esta se le resbaló y se fragmentó en miles de piezas al estrellarse contra el suelo.
Los brujos miraron desde sus sillas sin mover un músculo, fríos como la hoja de un estilete en la oscuridad.
La anciana, sabiendo que de aquellos ojos curiosos no podría escapar, regresó sobre sus pasos y se sentó otra vez, casi dejándose caer en la silla.
—Mi hijo es bueno, brujos. —Unas lágrimas habían aparecido en sus ojos—. Es buen chico, no le haría daño a nadie…, ya no… aprendió la lección… Es distinto, especial, pero eso no le convierte en un monstruo.
—Si eso cree —dijo Geralt, agrio—, ¿por qué le mantenía encerrado bajo tierra?
Los ojos de la curandera relampaguearon hacia él, el caudal de lágrimas que se deslizaba por sus mejillas rosadas aumentó de manera considerable.
—¿Por qué? —sollozó—. ¡Para cuidarlo! ¡Es mi hijo, mi único hijo, y jamás dejaré que le hagan daño!
Bajando apenas la mirada, el joven brujo advirtió que la anciana apretaba la empuñadura de un cuchillo bajo la mesa.
—Si es un buen muchacho —habló calmo el viejo maestro—, nada debe temer de nosotros. Pero escuche bien: en el bosque que rodea su cabaña han muerto niñas, señora, jovencitas. Ayúdenos a descartar a su hijo como responsable. Díganos, sea sincera, ¿cuándo escapó de allí abajo?
La mujer miró hacia la ventana a través de la cuál Geralt la había visto a ella desde fuera, soltó un largo suspiro.
—Doce noches. Escapó hace doce noches.
Maestro y pupilo se miraron, tenían el dato de que el primero de los asesinatos había ocurrido diez días atrás.
—¿Lo ve? —dijo Geralt esbozando una sonrisa—. La primera víctima murió hace un mes —mintió—. Su hijo no ha sido, señora, lo más probable es que haya corrido lo más lejos posible de este lugar. —Miró a Vesemir, le hizo una de las tantas señas que el viejo brujo solía usar con él.
Vesemir frunció el ceño, luego cayó en la cuenta de lo que planeaba su pupilo.
—Es cierto —pronunció—, lo hemos visto decenas de veces, cien tal vez. Rara vez regresan a casa. ¿Pero usted desea que vuelva, cierto, señora? Por supuesto, es su hijo, su único hijo. Escúcheme bien entonces, pronto nos iremos del pueblo y quizá nos crucemos con él en el camino. ¿Podría describir a su hijo, de manera que podamos reconocerle y decirle lo mucho que usted le extraña?
La anciana seguía mirando hacia fuera.
—Cuando nació fue un niño hermoso, oh, aún lo recuerdo, mi bebé… —sonrió ante la imagen que se dibujó en su cabeza—. Y siguió siendo hermoso y bondadoso durante años, hasta que llegó a los quince. Entonces… una mañana, fui a despertarle y no estaba en su cama. Oh, y no regresó durante tres días. Creí que se había enfadado conmigo, que me castigaba por algo, y como era la primera vez y yo entendía que estaba creciendo lo dejé estar. —Negó con la cabeza, pesarosa, al volver la mirada hacia ellos—. Pero desde aquel día ya no volvió a ser el mismo. Durante el día no quería salir, o lo hacía cubierto de pies a cabeza a pesar de que el sol estuviera radiante fuera. Y en la noche… en la noche se escapaba hiciese lo que yo hiciese para evitarlo.
Geralt y Vesemir se miraron uno al otro, ambos pensaron lo mismo.
—¿Y que la llevó a encerrarle? —preguntó el viejo brujo.
—Más de una vez le encontraba en la cama, luego, con sangre en las ropas. —La mujer asintió, lo tenía muy presente en su memoria—. Lo toleré algunas veces, porque era mi hijo y yo creía que tal vez se juntaba con otros chicos de su edad y se divertían con rituales inofensivos y tal… pero… la última vez, hace ya cinco años, trajo ropas ensangrentadas que no eran las suyas, y tenía sangre en la boca. —La anciana volvió a llorar—. Al día siguiente le di un té de hierbas y le mandé bajar al sótano. Allí le encerré y esperé a que el somnífero hiciera efecto. Luego le encadené, Garjei me ayudó. Oh, pero le alimentaba todos los días, haciendo oídos sordos a sus suplicas. —Hizo una pausa, terminó con un hilo de voz—: Quería sangre. Mi muchacho me pedía sangre.
—¿Qué apariencia tenía cuando la asustó de verdad? —preguntó el viejo brujo, leyendo en la mirada de la curandera que algo le había llevado a no regresar allí abajo.
—Su piel se volvió gris un día, su rostro se desfiguró y ya no tenía cabello. Oh, y… tenía el cuerpo mucho más fornido, y garras en lugar de manos, y los dedos de los pies, a pesar de todo lo demás, de alguna manera eso fue lo que me aterrorizó más. Tenía cinco dedos, pero divididos en tres grupos: el pulgar por un lado, el siguiente y el del medio por otro, y los restantes en otro.
Ante esta información, los brujos se sintieron conformes, se levantaron casi de inmediato y se encaminaron hacia la puerta sin decir nada.
—¿No es nada malo, verdad, brujos? Debe ser una pequeña maldición, nada grave, ¿Verdad? ¿Verdad?
Vesemir y Geralt se marcharon sin responder una sola palabra.
 
Pasaron el resto del día preparándose para la noche. Afilaron sus espadas de plata, sus puñales, se aseguraron que llevaban en los pertrechos aceite para vampiros. Un garkain, eso es a lo que esperaban enfrentarse basándose en la descripción de la anciana. Esos pies…
Se marcharon al bosque a media tarde, llevando consigo solo lo necesario. Querían estar allí y acostumbrarse al entorno, querían hallar un claro donde la tenue luz de la luna llegara a ellos sin obstáculos. Lo hallaron, y allí se sentaron a esperar.
Las sombras fueron alargándose hasta que sus límites se hicieron difusos, la pálida luna arrancaba destellos de plata al rocío de la hierba. Geralt fue el primero en beber del elixir, mientras él se retorcía por sus efectos Vesemir cogió la gallina que su pupilo robó de un corral, la apoyó sobre un tocón de árbol y de un tajo le arrancó la cabeza. La sangre manó y chorreó por el tronco, cuando tocó pasto Geralt volvió en sí.
Con los ojos inyectados en sangre y las venas latiéndole en el rostro y todo el cuerpo, el joven brujo asintió dando la señal a Vesemir. El viejo maestro apenas si se retorció un poco al beber del elixir.
—Vamos —dijo luego, con la voz gélida—. No tardará en aparecer.
Se escabulleron hacia el límite del bosque. Allí se agazaparon tras unos matojos, con las manos apretadas alrededor de las empuñaduras de sus espadas de plata.
No tardó en aparecer, pero no era la criatura que esperaban. La figura que emergió al claro desde el otro lado del bosque era esbelta y menuda, y se movía silenciosa y elegante, con la cabeza erguida. Sin embargo, caminaba directo hacia la gallina decapitada. Y junto a este se detuvo, y al observarla retrocedió un par de pasos y se llevó las manos a la cabeza. Para echarse atrás la capucha. Geralt la reconoció enseguida: era la joven cuya mirada era un imán para la suya.
El joven brujo atinó a salir de su escondite y gritarle que se fuera, pero Vesemir le cogió con fuerza el brazo y se lo impidió. Geralt le miró con cólera.
—Hablé con ella bajo el sol, viejo tonto —le dijo, sin un ápice de cariño o burla.
Vesemir le miró un instante, luego le soltó.
Geralt salió al encuentro de la joven.
—Debes irte —espetó—. Corres peligro aquí.
La muchacha retrocedió horrorizada al ver el rostro del joven brujo, sacó del cinturón una daga.
—¡No te me acerques, brujo! —La voz le salió como un graznido agudo—. No soy presa fácil.
—Claro que lo eres. Nos has seguido, quieres que nos echemos para atrás. —Geralt negó con la cabeza—. Ya es tarde, niña. Vete, regresa por dónde has venido o saldrás lastimada.
—Eres un monstruo —siseó la joven—. Pero yo no les temo a los monstruos. Y te equivocas, no los he seguido, brujo. Camino hacia dónde hallaron muerta a la mitad de mi alma, y no daré la vuelta hasta haber llegado allí.
Y dicho esto, la mujer echó a caminar y pasó junto a él. Geralt la cogió de la muñeca, sus miradas se encontraron, ambos desafiaron al otro a apartarla. El brujo perdió, desvió la vista y divisó a Vesemir escondido tras el matojo.
De pronto le dio la espalda a su maestro. Soltó a la joven, pero fue tras ella.
 
Geralt iba con los sentidos alertas detrás de la muchacha. Sus oídos captaban el aleteo de los murciélagos a pesar del estruendo de los sapos y el ulular de los búhos. Sus ojos se movían a un lado y al otro, captaban la carrera de un ratón y el suave movimiento de una serpiente, aun cuando pegaba la vista demasiado a menudo en la espalda de la mujer, en sus caderas.
Llegaron a otro claro, más pequeño que el anterior. Había allí un túmulo de piedras, y sobre este una lámpara encendida. El brujo comprendió que ese era el lugar donde hallaron a la muchacha muerta y guardó las distancias, atento a su alrededor.
Con el rabillo del ojo advirtió que la joven se arrodillaba junto al túmulo y dejaba una flor encima. Cuando ella alzó la vista para mirarle, él desvió la suya fingiendo oír algo al otro lado.
Luego la joven se sentó en una roca separada del resto.
—¿Por qué viniste, brujo? —preguntó ella, sin mirarle.
—¿Que por qué? Porque mi trabajo es defender a la gente de los monstruos, por eso.
—Pero lo haces por dinero, y yo no te lo he ofrecido. —Ahora sí le miró—. No te he ofrecido nada.
Pero esos ojos, se dijo Geralt, esos ojos me dicen que tome lo que quiera de ti si es lo que deseo.
—Haz rápido lo que sea que debas hacer aquí —dijo el brujo, luchando contra sí mismo.
La mujer se levantó y caminó hacia él, Geralt sabía que debía retroceder, pues el peligro rondaba a su alrededor, pero los pies no le respondieron.
—Haré lo que sienta —pronunció ella, deteniéndose delante de él—, pero espero no sea rápido. Sería una decepción.
—Atrás, niña —dijo Geralt, echando un vistazo alrededor—. Es…
La joven le apoyó el dedo índice en los labios.
—Shhh, yo ya no soy una niña —le contestó,y poco a poco fue bajando el dedo a través de su mentón, su pecho,  su vientre, el brujo sintió un escalofrío difícil de dominar. La joven no se detuvo, metió la mano en sus pantalones, le agarró su masculinidad—. Y tú tampoco lo eres, brujo.
—Detente —dijo Geralt, pero ni él fue capaz de creer sus palabras.
La joven esbozó una sonrisa torcida, comenzó a acariciar hacia arriba y hacia abajo su miembro erecto, hacia arriba y hacia abajo, y el joven brujo ya no pudo contenerse. Soltando la espada, la apretó contra su cuerpo y la besó con fuerza, brusco por la inexperiencia y el deseo.
Ambos compartían esa ignorancia, pero lo único que necesitaron fueron las ganas que les consumían por dentro, como un fuego de hojas secas que se enciende súbitamente.
Pronto las ropas cayeron y la luna bañó sus cuerpos desnudos, la joven despegó sus labios de los de Geralt y se recostó de espaldas sobre el chal tendido en la hierba. Él sonrió, tanto con la boca como con los ojos.
—No te distraigas, brujo. Deja las sonrisas para después.
Geralt se recostó sobre ella, entró en ella ayudándose con una mano, soltó un ronco gruñido. El brujo empezó despacio, penetrándola con cuidado, ella echó atrás la cabeza y soltó un gemido agudo. Pero cuando Geralt sintió las piernas de la muchacha rodeando sus nalgas, y en los ojos negros brilló la exigencia, su movimiento ganó velocidad y potencia. Los gemidos de ambos acallaron los ruidos de la noche.
El colgante del lobo de Geralt golpeaba con fuerza su pecho, pero él no quería parar y sacárselo. Ante la molestia, se recostó sobre la joven, y al hacerlo la muchacha emitió un sonoro grito. El brujo lo confundió con un grito de placer y cerró los ojos, con su cabeza junto a la de la joven, pero ella comenzó a revolverse bajo él sin dejar de gemir, y él sintió de pronto algo clavándose en sus hombros y bajando por su espalda.
Aquello le dolió, y le llevó a abrir los ojos de golpe. Y entonces vio el cambio, lo que tenía debajo se retorcía y su bello rostro de mujer daba se deformaba horriblemente, y en su boca aparecieron largos colmillos.
De repente una poderosa corriente de aire le golpeó por un costado y le lanzó lejos, apartándole del monstruo. Geralt rodó por el suelo y soltó una maldición al levantarse y ver a Vesemir, espada en mano, cara a cara con el garkain. Su maestro le había apartado con la señal de Aard.
El viejo brujo y el vampiro se midieron como en una danza, Vesemir hacía giros con las muñecas para distraer la atención del monstruo con su espada, llevándole a equivocar el movimiento de los pies. Pero el Garkain se hartó pronto y se lanzó sobre él con un zarpazo. El viejo brujo se hizo atrás a tiempo, retomó su táctica.
Geralt fue a por su espada, tenía intención de ayudar, aunque fuera desnudo.
—Aparta, muchacho —lo reprendió su maestro—. No hay lugar para dos brujos aquí.
De nuevo Vesemir se echó hacia atrás cuando las garras del vampiro le arañaron el cuero de la armadura. Aún no atacó. Esperó al tercer ataque y entonces, en lugar de retroceder, saltó y tajó en ascendente y vertical, rebanando el brazo del garkain por la articulación del codo.
La criatura aulló, pero contestó con un manotazo repentino de su otro brazo y le dio al brujo en el hombro, lanzándolo por el aire; Vesemir cayó al suelo con fuerza y aturdido.
Geralt, ya armado, vio que el vampiro iba a saltar encima de su maestro. Se lanzó en carrera con rápidas zancadas, con los cabellos blancos flotando al viento, y saltó al mismo tiempo que el monstruo, dibujando un arco con la espada. El filo de la hoja de plata se encontró con el vampiro en el aire, abriéndole el vientre de lado a lado, y la criatura cayó sobre Vesemir ya sin fuerza en su ataque.
El viejo brujo lo liquidó de inmediato con su puñal de plata, luego se lo quitó de encima de un empujón.
—Puaj —gruñó Vesemir, viendo que el monstruo le había dejado encima las vísceras. Los hizo a un lado de un manotazo y logró ponerse en pie—. Necesitaré un baño, y mis ropas también.
Geralt, todavía con la respiración agitada, relajó el agarre de su espada y se irguió.
—¿Cómo lo supiste, Vesemir? —preguntó, mirándolo con fastidio—. ¿Cómo supiste que el responsable de las muertes era un maldito doppler y no un verdadero vampiro?
—Un garkain siempre es un garkain —gruñó Vesemir—, no había manera de que se transformara por la abstinencia de sangre. El hijo de la curandera imitó al vampiro que vio la primera noche, y no resistió su maldad. —El viejo brujo suspiró—. No, jamás existieron las gemelas. La chica que tú conociste yace bajo tierra.
El joven pupilo masticó su rabia.
—Y maldita sea, aunque lo sabías me dejaste solo con él. —gruñó—. Iba a matarme al acabar, Vesemir, lo que hizo no era por placer. Quería tenerme desprotegido. ¿Qué pretendías al dejar que me follara a ese bicho?
—¿Quieres la verdad, Lobo? —preguntó el maestro, y se lanzó de rodillas junto al doppler-vampiro para decapitarlo—. Es esta: me hago viejo y perezoso, y quería aprovechar todo este asunto para darte de una vez dos lecciones diferentes: no te tires a nadie en medio del trabajo, y no te fíes por la apariencia.
Geralt negó con la cabeza, miró hacia otro y dijo algo por lo bajo.
—Olvidas que tengo el mismo oído que tú —sonrió Vesemir—. Sí, todo es por las malditas lecciones. Y no hay mejor enseñanza que una experiencia que recuerdes el resto de tu vida.
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#2
Ouaaaaaaaaaah, qué  bueno!!, brutal te ha quedado!!,Has conseguido dejarlo péeeeerfecto, muy bien  explicado,  genial! Y querías dejarlo cogiendo polvo....maaadre mía!
Quiero  más,  así que ve pensando.
Y gracias por tus gracias, pero el mérito es sólo tuyo.

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#3
Gracias otra vez! Más pronto que tarde me pondré escribir otro así te ríes de mí primero y luego te entretienes leyendo Big Grin Nah, de verdad que puede que escriba otro en algún momento del mes que viene, tendrás que esperaaaaar
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#4
"Aquellos que les vieron pasar en dirección al cementerio dirían después que eran espectros que venían al pueblo a llevarse a los pecadores que yacían bajo tierra. Aquellos a los que ayudaron más tarde, dirían lo mismo."
Joder,esta frase me gusta más cuanto más la leo! Es tan Sapkowski! Tenía que decírtelo.

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#5
Si, a mi también me gusta esa frase. De hecho, como me gustaba y este relato iba a quedar en la nada, la había usado (y a otros fragmentos) para otro relato diferente, pero era momento de que volviera a sus orígenes jejeje
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#6
Hubiera sido una lástima que este relato se oxidara olvidado en un rincón, porque lo he disfrutado de principio a fin. Es cierto que me choca un poco la actitud de Geralt; tan acostumbrado al tipo seco y perfeccionista, ver a esta especie de adolescente bravucón y algo salido me descoloca. Pero claro, como en el anterior relato que subiste, está justificado. Se trata de un brujo joven, sin experiencia, que se encuentra de prácticas tuteladas, y recién salido de Kaer Morhen lo normal es que rebose prepotencia y arrogancia por los cuatro costados. Vesemir, estupendo haciendo de maestro y "dando lecciones".

Y Sashka tiene razón, esas frases del principio son muy Sapkowski.

Espero que no sea el último relato del brujo que te leo.

PD: Sashka tus últimos relatos los leeré a lo largo de la semana, que no me da la vida con vosotros  Tongue
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#7
Reitero que lo del té es buenísimo. Es que es buenísimo!

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#8
Pues si, tienes razón que esta no es la personalidad que conocemos de Geralt, pero como dices, recién son sus comienzos como brujo, y es lógico que se crea mejor que los demás. Ya luego los tratos que recibirá durante décadas le pondrán en su lugar jejeje.Y no será el último relato que leas, pues ya estoy escribiendo otro Big Grin
Gracias por leerlo y comentar!!
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#9
Ahora si, te los ordeno.

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#10
Jaja, y yo los desórdenes por reirme en el primero, jajaja ahora ordenó yo
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