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Reto Mayo19: La corriente.
#1
A la altura de la capital el río era tan ancho y corría tan manso que los barqueros podían maniobrar a su antojo, ya fuese usando las pértigas cerca de la orilla o remando en la parte profunda del cauce. A pesar de ello, cada año chocaban unos contra otros, se producían discusiones a gritos e intercambios de insultos que habrían terminado en pelea de producirse en tierra firme. La cantidad de barcazas que llegaban en la víspera de la Feria del Mivos era tal que podía cruzarse hasta la otra orilla caminando por esa mezcla de puente flotante y pueblo en miniatura.
 Desde el agua podían verse las coloridas carretas que llegaban a las afueras de Rande por la calzada. Los “feriantes de secano”, como los llamaba la gente del río, también comenzaban a ocupar sus lugares en la extensa explanada, a montar sus barracas, tenderetes o pequeños escenarios. Tampoco perdían el tiempo el puñado de habitantes de la ciudad encargados de levantar pabellones, extender y aplanar el albero o adornar las improvisadas calles con linternas de papel de arroz pintado.
 Cuando la barcaza cuadrada quedó bien sujeta a otras dos embarcaciones Luvel Costelo se quitó la descolorida camisa sin mangas, se secó con ella el sudor de la cara y echó un largo trago del botijo rojizo que colgaba a la sombra, en una de las ventanas de la choza que ocupaba casi la mitad de la cubierta.
 Ese año estaba en cuarta fila, contando desde el amarradero, cosa que no le preocupaba. La suya era la única barraca dedicada al lanzamiento de cuchillos, un arte milenario cada vez menos popular en aquella tierra de espadachines. Sin embargo no eran pocos los lugareños que se acercaban a probar suerte lanzando los ligeros puñales de acero contra las dianas, o a contemplar la maestría de Luvel, a quien no le importaba lucirse varias veces al día para atraer clientela. El premio por acertar tres veces era un magnífico cuchillo de monte con mango de hueso tallado, un trofeo que rara vez tenía que entregar. Al contrario que en otras barracas allí no había trampa ni cartón; simplemente era difícil.
 Apenas había atornillado a la cubierta una de las gruesas tablas donde colocaba las dianas cuando vio a su hija salir de la choza. Se había quitado el pañuelo de la cabeza para hacerse una coleta y llevaba puesto por bandolera el viejo bolso de cuero del que nunca se separaba, uno de los pocos recuerdos que le quedaban de su madre. La muchacha había heredado el cuerpo fibroso y un tanto desgarbado de Luvel, así como el rostro alargado y la encrespada cabellera castaña de su difunta compañera. Por desgracia no había heredado ni un ápice de la puntería del feriante, quien había desistido de transmitirle su oficio. Al menos se manejaba bien con la pértiga y el remo, era hábil pescando con arpón en los remansos y poniendo trampas para cangrejos.
  —¿Necesitas ayuda con eso?
  —No. Vete a dar una vuelta si quieres.
 La joven asintió, dio media vuelta y se alejó entre las húmedas calles que formaban las cubiertas de las barcazas. Sus pies descalzos siempre pisaban en el lugar justo. Luvel soltó un profundo suspiro cuando la perdió de vista. Por mucho que le agradase tenerla de nuevo en casa, habría preferido que se quedase en Harcia, el pueblo donde había pasado gran parte de su infancia con sus tíos maternos. Tenía casi dieciocho años y a Luvel le preocupaba su futuro. No estaba hecha para ser feriante, y le costaba imaginársela siendo madre y esposa. Nunca había mostrado interés por ningún oficio, ni por el arte o las armas. No se podía decir que no tuviese ningún talento, pero el único talento que mostraba de cuando en cuando era uno que a su padre no le agradaba en absoluto. El lanzador de cuchillos echó otro trago de agua y continuó trabajando bajo el brillante sol del Valle.

   Los barqueros tenían fama de maleducados entre la gente de las ciudades y los pueblos, pero cumplían sus propias reglas de etiqueta, tradiciones y leyes. Por ejemplo, debían pedir permiso antes de abordar la embarcación de otra persona. Esta norma de cortesía quedaba anulada durante las ferias, y tanto la gente del río como la de tierra podía moverse con libertad por las cubiertas, siempre que no estorbase o entrase en las viviendas de los tripulantes. Se colocaban pequeñas pasarelas entre las regalas, toldos que se retiraban al ponerse el sol y altos postes decorativos unidos por cuerdas de las que colgaban las mismas linternas de papel que en la ribera. Para Verna todo aquello era un recuerdo que cobraba vida a cada paso que daba, cada vez que daba una larga zancada o un pequeño salto para llegar hasta la siguiente cubierta. La mayoría de los feriantes estaban enfrascados en alguna tarea y los que advertían su presencia la reconocían y la saludaban.
 Tardó poco en llegar hasta la última hilera de barcazas, tan cerca de la otra orilla que pudo ver con claridad la cicatriz en el lomo de un gato que cazaba ratas de agua entre las espadañas y las flores moradas de los cardos. Río arriba dominaba la vista el inmenso puente de piedra que conectaba las dos mitades de Rande. Y sentado a la sombra de un toldo, con los pies dentro del agua, estaba la persona a quien buscaba Verna. Era un muchacho un par de años más joven que ella, vestido solo con unos pantalones remangados hasta la rodilla. Observaba al gato cazador mientras daba breves caladas a una larga pipa de madera con aire distraído. La mezcla de hierbas que se quemaba en la pequeña cazoleta de bronce era otro de los motivos de la mala fama de los barqueros.
 No se percató de la presencia de la recién llegada hasta que se sentó a su lado y le dio un sonoro beso en la mejilla mientras le revolvía el cabello, negro y rizado. Tras el sobresalto inicial, el chico la abrazó con fuerza y fingió que pretendía tirarla al agua.
 —¡Prima! Ya era hora.
 —Acabamos de llegar. Ya sabes que a mi padre le da igual amarrar en cualquier parte.
 Aunque compartían apellido y se trataban de primos, Verna y Pino pertenecían a dos ramas distintas de la familia Costelo y su parentesco era muy lejano. A simple vista no se parecían en nada. Pino era más bien bajo, de cuerpo atlético y bien formado a pesar de su edad. Tenía los ojos verdes y un rostro simétrico en el que destacaban la mandíbula cuadrada y los pómulos marcados. Verna le quitó la pipa de la mano, dio una larga calada y golpeó el agua con el pie. El gato de la orilla la miró durante un momento y se marchó, molesto por aquel escándalo en su coto de caza.
 —Te has cansado del pueblo, ¿eh? No me extraña. Harcia es el lugar más aburrido en el que estado.
 —No lo sabes bien, primo —Verna dio otra calada y le pasó la pipa a su dueño—. Cuando terminé la escuela pensé que mis tíos me buscarían un buen trabajo, pero me metieron en una casa.
 —¿En una casa?
 —Sí, de criada, ya sabes. Fregar, lavar ropa...
 Pino intentó imaginarse a su prima como criada, con uniforme y haciendo reverencias. Sufrió un ataque de risa tan violento que acabó tumbado en la cubierta mientras Verna le daba fuertes pellizcos con una sonrisa sádica en los labios.
 —¡Calla, imbécil! No me hagas arrepentirme de haberte traído un regalo.
 El muchacho se incorporó, aún riendo y frotándose los puntos donde los dedos habían enrojecido su piel morena. Verna se puso el bolso sobre los muslos y sacó un pañuelo doblado, de un tejido tan suave como la seda pero más grueso y resistente. Era rojo y tenía arabescos blancos y negros por toda su superficie. Cuando se lo entregó a Pino este lo extendió y admiró la calidad y belleza del tejido.
 —Es muy bonito... Y parece caro. Muchas gracias, prima —Dicho esto se lo colocó en la cabeza, anudándolo a la altura de la nuca—. Me lo pondré para el torneo. Así me reconocerán desde lejos.
 En cuanto pronunció las palabras Pino se dio cuenta de que no podría hacerlo. Cuando Verna te hacía un regalo no era buena idea exhibirlo en público.
 —Es robado, ¿verdad?
 —Pues claro. ¿Crees que podría pagar algo así fregando suelos? —Dio el tema por zanjado y echó una mirada al arma que descansaba apoyada en uno de los postes que sostenía el toldo—. Entonces, ¿vas a participar este año en el torneo?
 El joven Costelo asintió, con una sonrisa donde se mezclaban el orgullo, el miedo y la determinación propia de alguien que va a acometer un reto importante. Durante la Feria se celebraban todo tipo de competiciones, además de las muestras y subastas de ganado que habían dado origen a la multitudinaria celebración primaveral. El evento más popular era sin duda el Torneo de Cañas, donde docenas de espadachines civiles (no podían participar soldados, guardias o milicianos) medían su habilidad empuñando espadas hechas con las cañas que crecían en las riberas del Mivos. El premio consistía en un sable de excelente acero y un permiso firmado por el alcalde de Rande que permitía llevarlo colgado del cinto dentro de la ciudad y sus alrededores. Además, varios mercaderes y artesanos de la zona obsequiaban al ganador con toda clase de regalos. Yani Garene, el vigente campeón, había recibido incluso un caballo.
  —Garene participa también este año.
  —¿Eso se puede hacer?
  —No está bien visto, pero no está prohibido —explicó Pino, con una mueca de disgusto.
  —Seguro que es un avaricioso. Es hijo de un platero, y dicen que su bisabuelo hizo fortuna trapicheando en el norte durante la guerra. Seguro que tiene un maestro de esgrima, como todos los hijos de ricachos.
 Pino volvió a sonreír y asintió. Nadie podía decir que su prima fuese una chismosa, pero siempre estaba al tanto de los rumores e historias que circulaban allí donde estuviese. Él no había tenido un maestro de esgrima, tan solo un sorprendente talento innato y la constancia necesaria para practicar a diario, ya fuese en solitario o con algún amigo a quien no le importase ser derrotado una y otra vez. Tenía más de quince años, la edad mínima para inscribirse, y estaba ansioso por demostrar su valía. Tanto Verna como la mayoría de los barqueros pensaban que el chico tenía un futuro prometedor, siempre que no se malograse y desperdiciase su don.
 —Tengo que irme. Si no ayudo a mis padres a montar el tinglado ya sabes como se ponen.
 —Que tengas suerte, primo. Por si no nos vemos antes de tu primer lance.
 Se despidió de Pino dándole un último pellizco en el abdomen y con un par de zancadas desapareció entre las barcazas igual que había llegado, sin hacer ningún ruido. El muchacho vació las cenizas de la pipa en el agua, guardó el pañuelo rojo en el bolsillo de sus remendados pantalones, agarró su espada de caña y derrotó a un contrincante imaginario antes de volver al trabajo.

    La primera y la última jornada de feria solían ser las más concurridas, sobre todo por la noche. Verna pasó el día ayudando a su padre en la barraca, cobrando a quienes se atrevían a probar suerte y recogiendo los puñales que no se clavaban y terminaban en el suelo o enganchados en la red que Luvel colocaba detrás de las dianas para que no cayesen al agua o hiriesen a alguien. Era un trabajo más digno que arrodillarse para fregar el suelo o frotar en la pila la ropa interior de un extraño, pero igual de aburrido.
 Pasada la medianoche la mayoría de los visitantes se olvidaban de los juegos y preferían beber, bailar o pasar un buen rato en las zonas oscuras cerca de la orilla. A esa hora su padre se apiadó de ella y le dio permiso para marcharse. Se colgó el viejo bolso de cuero y se agachó para lavarse las manos en el agua del río, una costumbre de los barqueros cuyo origen o significado se había olvidado con el tiempo.
 —Felicita a Pino de mi parte si lo ves. He oído que hoy ha ganado.
 —Lo haré.
 —Y ten cuidado con lo que haces. Esto no es como Harcia.
 —Ya lo sé. Es mucho más grande.
 Antes de que Luvel pudiese responder a su comentario socarrón Verna saltó a la siguiente embarcación y desapareció. Llegó al atracadero y se sumergió en el bullicio de la explanada, más concurrida a esa hora que la parte flotante de la Feria.
 Nunca le había resultado difícil pasar desapercibida, y caminó durante un buen rato sin que nadie se fijase en ella. Llevaba un vestido marrón, descolorido y desgastado, heredado de su tía. La hermana de su madre era una mujer corpulenta, y la ropa que le daba siempre le quedaba demasiado holgada. Iba descalza y sus pies morenos no tardaron en adquirir el tono anaranjado de la tierra.
 Pasó junto a escenarios, algunos simples tarimas de madera a un palmo sobre el suelo, donde actuaban músicos, malabaristas, titiriteros, cómicos o ilusionistas. Culebreó entre grupos de personas sin rozar a nadie y atajó por callejones donde los muros eran de tela o tablas delgadas. Atravesó lugares donde la luz era tan intensa que la obligaba a entornar los párpados y lugares en penumbra donde apenas veía por donde pisaba. Observó sin aparente interés a personas que lucían telas finas, bordados y joyas, y a otras vestidas aún peor que ella. Bordeó el gran pabellón donde los más acaudalados y poderosos de la ciudad trasegaban los mejores licores y mordisqueaban los más suculentos manjares, y también los tenderetes donde el aspecto de la comida estaba lejos de ser apetecible.
 No dejó de caminar hasta llegar al camino que llevaba a la ciudad. Allí respiró por fin la fresca brisa nocturna, pisó la hierba de los jardines que no tenían cercas y escuchó las conversaciones de quienes regresaban a casa, a pie o en carros tirados por los robustos y pequeños caballos habituales en las calles de Rande, dóciles descendientes de los indómitos tarpanes de las llanuras. Sonrió sin disimulo al descubrir que muchos hablaban del joven y guapo barquero que se había inscrito en el Torneo de Cañas, y de la facilidad con que había derrotado a su primer contrincante.
 A medida que se adentraba en los barrios periféricos de Rande la calzada se elevaba sobre el río. Se detuvo un momento tras una balaustrada de piedra para echar un último vistazo. La explanada de la ribera y el puente de barcazas estaban envueltos en la luz amarillenta de las linternas de papel, atenuada por una fina bruma. Un extranjero que llegase en ese momento y nunca hubiese oído hablar de la Feria del Mivos tal vez pensase que se trataba de un extraño espejismo, de una ciudad mágica como las que aparecían en los cuentos y las leyendas, accesibles solo para los elegidos. La visión se volvió más irreal cuando sus ojos se humedecieron, pero no llegó a derramar ninguna lágrima.
 Se adentró en las limpias calles empedradas de un barrio de clase alta. Las mansiones de tres y hasta de cuatro plantas se recortaban contra las constelaciones de primavera. Admiró los cuidados jardines, las fachadas llenas de relieves, arcos y plantas trepadoras, las quimeras y la vegetación imposible en el hierro forjado de las verjas, las intrincadas celosías que protegían de miradas curiosas a quienes se relajaban en terrazas plagadas de toda clase de flores.
 Se detuvo ante una residencia especialmente llamativa, rodeada por un muro rematado por una elegante zarza de hierro. Estaba pensada para disuadir a los intrusos pero su creador se había molestado en forjar pequeñas hojas y frutos entre las afiladas espinas. Escuchó pisadas a poca distancia y al girar la cabeza vio a un hombre que la miraba de arriba a abajo con el ceño fruncido y los pulgares metidos en el cinto. No llevaba ninguna insignia o prenda distintiva pero estaba claro que era un guardia privado. De una cadera le colgaba una espada corta y de la otra un grueso bastón marcial con remaches metálicos. A juzgar por su piel rosada, sus ojos claros y su imponente estatura era extranjero, pero Verna no detectó ningún acento cuando habló.
 —¿Y tú que miras tanto, eh?
 La hija del feriante se dio cuenta en ese momento de que estaban solos. No había nadie más en la calle y solo se escuchaban grillos y el murmullo lejano de la Feria. Sostuvo la mirada del guardia mientras se maldecía a sí misma por su error. Lo último que quería era llamar la atención. No era ningún secreto que algunos ladrones aprovechaban noches como aquella para entrar en las casas vacías mientras sus despreocupados propietarios se divertían en la ribera. Sin decir nada, bajó la vista y se marchó por donde había venido.
 —Eso es, vuélvete al río. Y que no vuelva a verte husmeando por aquí.
 Dobló la esquina y se escabulló hacia otra calle muy parecida a la anterior, esta vez más atenta a encuentros poco deseables. Continuó observando las mansiones, centrándose sobre todo en las puertas. Si quería tener algún futuro, no debía distraerse admirando los adornos o las flores. Se colocó mejor la correa del bolso y notó el peso del cuchillo de monte con mango de hueso tallado. No había estado bien robarle a su padre, y esperaba que con el tiempo lo entendiese y la perdonase. También lamentaba no haberse despedido de Pino, pero sabía que si no se marchaba esa noche quizá no se marcharía nunca.
 No estaba hecha para ser feriante, ni para arrodillarse junto a un cubo, ni para vestir la ropa que otros desechaban, ni para vivir llevada por la corriente de un río. Verna Costelo necesitaba abrir todas las puertas que encontrase cerradas, aunque nunca encontrase lo que buscaba. Y aunque ni siquiera supiese que era lo que buscaba.

***
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Pondría coma entre "embarcaciones" y "Luvel". Salvo eso, muy bien escrito y muy cuidado el formato. Es curioso que en este reto haya dos historias sobre una ladrona. Me pregunto por qué la protagonista tiene nombre de cerveza murciana, y su primo el nombre de un árbol. El apellido Costelo imagino que viene de Frank Costello, mafioso que dominaba el terreno del juego (casinos, etc) en USA. Luvel Costelo es un feriante y las atracciones de juegos de feria tienen mala fama, por lo que el apellido es una insinuación de haber algo turbio en esa familia.

Ya veremos si iba yo mal encamimado o no.
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#3
Reconozco esta pluma, la reconocería donde fuera a pesar de los años que han pasado desde la ultima vez que compartimos espacio.
Y no pierde calidad.
Esa capacidad de crear escenarios con vividos detalles, historias sencillas de leer y una escritura que hace que las palabras se vayan volando. A decir verdad, no existe "envidia de la buena", pero si existiera, la sentiría gracias a ti.
Poco tengo que decir que no sean flores para este relato, excepto quizá su falta de conflicto verdadero. Hay descripciones apenas justas de los personajes, no existen giros ni eventos de gran relevancia. Aunque tal fue el gusto al leer esas escenas tan bien construidas, que me atrevería a la insolencia de decir que no le hacen falta. Y ojalá los hubiera tenido. La sola escena del gato pescador, como se le salpica, su enfado y retirada... no es un tiroteo ni la presentación de una bestia fantástica y sin embargo,  demuestra con sencillez cómo se logra el objetivo de este oficio: hacerte imaginar.
Y pues nada, para resumir llamaría a este relato un Dubliners y Macondo en miniatura y versión mediterránea, (lo mejor de esta obra por lejos) pero que al final no lleva a nada más allá de un bonito cuadro.  
No, es un boceto... pero uno de los buenos.
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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#4
Bueno, bueno, qué lectura más agradable. Las historia nos cuenta ese momento en que se toma una decisión que marcará el resto de nuestras vidas. El nivel de detalle y esas descripciones tan visuales han conseguido que me meta de lleno en la lectura. De hecho, es fascinante cómo sin muchas palabras nos esboza la personalidad de cada uno de los personajes que aparecen. Es un gran trabajo.
En su contra juega la falta de tensión o conflicto. La decisión de Verna parece más una consecuencia natural que otra cosa, como quien se sube en una barca en un río y se deja llevar.
Muy buen texto, autor!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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#5
Mmmm, mmmmm. A mi modo de ver este es un autor que tiene en su cabeza el mundo que describe, que ha trabajado en él. Pero también debo decir que hay demasiadas descripciones, y esto hizo que mi lectura fuese aburrida. Salteé algunas partes que sentía no me aportaban nada. El gran problema que veo en esto es la ausencia de un nudo, y sin nudo no hay historia. De que Verna se escapa porque estaba cansada de su vida no puedo decir mas que bien por ella. No me significa nada, pues parece un problema común y corriente, tal vez si la maltrataran o denigraran sería otra cosa, pero en ese caso la historia sería escapar de esa casa, ahí si tendrias un nudo que resolver.
En fin, buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#6
Coincido con Franco, el ritmo del relato es muy lento por culpa de las descripciones, que en su mayoría no aportan nada relevante a la historia. Tampoco ayuda el hecho de que las oraciones sean tan extensas. En algunas partes también te ha pasado que te has olvidado de especificar el sujeto o has nombrado el sujeto pero no concordaba con la oración, como cuando dices "su difunta compañera" y el sujeto es Verna, no el padre.
Dejando de lado los temas de estilo, el relato tenía mucho volumen pero poco que contar. El torneo que es presentado como algo importante en la historia, y que va a protagonizar Pino, es completamente olvidado. La historia me ha dado la sensación de que iba tambaleándose de un lado a otro sin saber cuál era su núcleo central. Eso sumando el protagonismo del bolso, tan nombrado y nulo como Pino.
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#7
Bueno, el escenario está bien descrito y no me ha costado imaginármelo, aunque lo de los nombres italianos en un relato de fantasía (o eso parece) me ha despistado un poco. También se echa en falta un poco de acción. No habría estado mal presenciar ese torneo de esgrima, o saber un poco más sobre la protagonista para entender mejor por qué se marcha.
Como han dicho por arriba, es un cuadro bonito pero da la sensación de estar inacabado o incompleto.
[Imagen: 55a0bc1221755174.jpg]
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#8
Lo mejor que posee el relato es indudablemente su prosa: el vocabulario es muy bueno, las descripciones son sublimes y el ritmo de la narración es bueno. No noté ningún fallo ortográfico o gramatical. Las situaciones que se presentaron no me parecieron, per se, demasiado originales o llamativas; pero lo peor de esto es que más que un relato me pareció ser el comienzo de una novela; las situaciones se presentan como si de una introducción se tratara, pero no se llega al nudo en ningún momento -excepto al final, cuando Verna decide irse de la ciudad-.Creo que el autor debería haber escrito algún relato autoconclusivo, de los que estoy seguro que sabe hacer muy bien. Saludos y buena suerte
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#9
Buf. Pafman, eres tú? a que sí?
Estupendamente descrito, a pesar de que no me gustan las descripciones largas, estas me han mantenido interesada, que ya es raro... La historia se lee muy bien, pero coño, el final me ha parecido muy soso. Me he quedado así como "pos vale". Pero se te perdona por todo el resto del relato, no todo es el final.
Como sé que es tuyo, pues ya te hablo a ´ti directamente, vamos a dejarnos de tonterías. Siempre has tenido una prosa brillante. Siempre unas historias originales. No siempre estos finales de pegarte una patada en los huevos, afortunadamente. Ahora que lo pienso, te mereces esa patada, qué coño. Tanto trabajar la historia y la acabas así? Webón, webón, webón...

PD Coño, si Pafman se ha rajado y no concursa... Bueno, también vale para ti la critica, seas quien seas. Mientras tengas huevos pa llevarte la patada...

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#10
Ya solo con empezar el relato con esa grandísima A mayúscula en negrita me has ganado.
Cuando cambia de protagonista omnisciente (del padre a la hija) me he perdido un poco, no ha sido un cambio claro y he debido releer a empezar el párrafo desde el principio. Creo que éste es el ùnico defecto que encontré a este relato.
Bueno no, encontré otro: que es demasiado corto, o que su final es abrupto, aunque me guste. O quizàs esto se deba a que me hubiese gustado seguir leyendo pàrrafos y pàrrafos de tan amena y bien hilvanada prosa. Un gustazo.
Me ha encantado, le ha faltado quizàs un poco de chicha... digamos que si todo relato tiene una introducciòn, un desarrollo y un desenlace, en este caso pasamos dle primero a tercer punto. Que no lo veo mal, pero ya puestos a buscar pegas...
Uno de mis favoritos sin lugar a dudas, quizàs el que mejor escrito de los que he leìdo hasta ahora.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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