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Relato Viaje en el Tiempo (La Piedra Negra)
#1
LA PIEDRA NEGRA


John Wells trató de despejar su mente mientras contemplaba el claro cielo de verano de la noche romana. Lo cierto es que trataba de ordenar sus pensamientos intentando planear su siguiente paso en su misión.

Desde que era Crono-Rastreador desde hace 10 años nunca había tenido una misión más complicada que ésta. Cierto es que desde que se inventó las Crono-Devanadoras y se abrió paso a los viajes en el tiempo, allá por el 2062, se habían sucedido incidentes y casos parecidos pero ninguno tan complejo como éste, quizá por ello habían acudido a él.

No era sólo que dos viajeros se hubieran perdido, y que un Crono-Rastreador enviado en su búsqueda también hubiera desaparecido, no era sólo eso, sino que las máquinas hubieran detectado perturbaciones en el campo Cronoestacional del Multiverso indicando que alguien estaba manipulando los tejidos del Tiempo en éste período. Algo que obviamente violaba todas las normas establecidas en el Protocolo Transtemporal.

Y  había otra complicación, no era sólo que le hubiesen enviado a una época tan antigua como el período del Imperio romano, un tiempo en el que había que ser cuidadoso con el lenguaje y las costumbres para pasar desapercibido, sino que además para complicar las cosas, como los viajeros habían viajado para estudiar el Palacio Imperial había que introducirse en la inmensa mole que hacía de residencia de los Césares, y más peligroso todavía, en el turbulento reinado del emperador Heliogábalo,  el Emperador Loco.

Suspiró mientras se giraba para volver al ala del palacio donde se celebraba la fiesta, el complejo de los Severos, inicialmente pensó que se celebraría en el ala de Tiberio, mucho más al norte; esa era otra complicación, el palacio de los Césares era en realidad un barrio entero de la ciudad, cercado de muros, en el que había varios edificios, templos y pabellones con extensas zonas ajardinadas que aislaban a los emperadores-dioses del Imperio de su ciudad, y desde él gobernaban su extenso imperio. El sitio ideal para perderse si uno no tenía ni idea de por dónde andaba, por eso tuvo que pasar semanas memorizando los planos de todo el Palatino.

La algarabía de la fiesta lo abrumó, era muy entrada la noche pero los invitados al banquete del emperador no daban síntomas de hallarse cansados. En medio de una extensa sala abovedada, mientras esclavos arrojaban toneladas de flores sobre los comensales se desarrollaban todo tipos de excesos, desde orgías hasta brutales competiciones de bebida y de comida que acababan con los invitados por el suelo o vomitando en el suelo el contenido de sus estómagos.

John se sentía raro en medio de la gente durante sus viajes en el tiempo, era extraño saber que esa gente estaba muerta, le provocaba una incómoda sensación de ser consciente de su propia mortalidad, de que un día él mismo moriría y el mundo seguiría girando.

Introducirse en palacio no había sido fácil, había tenido que viajar 10 años antes para buscar a los hombres que serían poderosos en la corte imperial y hacer contacto con ellos, incluso relacionarse con ellos. No era su estilo, él prefería pasar desapercibido entre las multitudes, como hizo en su primer viaje de búsqueda de Morgan, su antecesor de misión, al cual buscó por las calles de la ciudad de Roma, por los barrios más pobres, llenos de niños famélicos y prostitutos y prostitutas que ofrecían su cuerpo al mejor postor, hasta buscó en los subterráneos de la Cloaca Máxima, entre los restos de los hombres, mujeres y niños que eran ejecutados en el Coliseo y cuyos restos medio devorados por las fieras eran arrojados al alcantarillado junto con los desechos de la ciudad.

Pero al final no había encontrado su rastro y determinó buscarle junto con los viajeros en el Monte Palatino, el sector del palacio, al menos tratar de averiguar en qué período estuvieron por última vez allí para retornar a él y traerlos de vuelta.

Metió la mano bajo su túnica para palpar el Crono-Anclaje, en realidad poco más que una hebilla abombada en su cinturón. Era su único billete de vuelta a su tiempo.

En realidad el Crono-Anclaje y las Crono-Devanadoras eran parte de la misma máquina, cada Devanadora del Tiempo estaba fijada en un período, era ella quien abría la Cuerda Temporal, una especie de agujero de gusano, el Crono-Anclaje simplemente era el vínculo que unía al viajero con la Devanadora, estaba ligado a ella mediante los complejos remanentes del espacio-tiempo, si el viajero lo perdía o simplemente se separaba de él, transcurridos 20 minutos el Crono-Anclaje haría una llamada automática a la Devanadora y ésta le devolvería a su tiempo, con viajero o sin él. Así fue cómo averiguaron la desaparición de los viajeros y de Morgan, con el retorno de sus Crono-Anclajes.

Seguía allí, pero aún vibraba tenuemente, como si hubiera perturbaciones en el espacio-tiempo, perturbaciones que no tenían explicación, a menos que hubiera otro viajero allí, pero eso era imposible.

Una esclava semidesnuda le vino a sacar de su meditación, le hizo señales para que la siguiera.

John no tuvo más remedio que seguirla hasta uno de los tapices de seda y terciopelo que adornaban las paredes, tras apartarlo, la esclava siguió por un corredor vigilado por dos guardias pretorianos cuyas caras deformadas por cicatrices se giraron al verlos. Al pasar junto a ellos les siguieron formando una especie de comitiva con sus armaduras plateadas y capas púrpuras.

Salieron a los jardines del palacio, y continuaron andando en ruta noroeste, en dirección al palacio de Tiberio, o al menos eso creía, en medio de la oscuridad de la noche no podía estar seguro. Quizá le llevaban a ver a un edecán, algún liberto o eunuco que servía como funcionario del Emperador, John se había hecho pasar por un nuevo noble de la provincia de Britania, un lugar lo bastante alejado y poco comunicado para que su tapadera colase, ya que hubiera sido absurdo pretender ser de las provincias de Siria o África, ya que el emperador había nacido en Emesa, en Siria, y su familia materna era de África, así que era obvio que conocería a toda la aristocracia de esas provincias y su tapadera no resistiría un examen minucioso. Aparte del hecho de que sus ojos azules y pelo rubio rojizo no casaban con un oriundo de aquellas provincias.

Siguieron hacia un pequeño pabellón en el jardín, un ninfeo de esos que tanto gustaban como decoración de jardín a los romanos, una pequeña estructura de mármol en honor de alguna ninfa, abovedada, con columnas y adornada con cortinajes de seda y campanillas que expulsaban la mala suerte.

Al llegar a su entrada las cortinas se agitaron y las campanillas tintinearon dando paso a un hombre.

Era un hombre joven, muy hermoso, parecía que apenas había cumplido los 20 años, de tez morena y suave pelo negro, de rasgos casi femeninos, sus vestimentas eran suntuosas, muy suntuosas se dijo John con un vuelco al corazón, era un ropaje suelto, casi vaporoso, de color púrpura en su totalidad, con algunas joyas tejidas a él.

Sólo había un hombre en todo el imperio romano que tuviera derecho a lucir un traje enteramente púrpura; el Emperador.

Al aparecer tanto la esclava como los pretorianos se inclinaron en el saludo protocolario y John se apresuró a imitarlos.

Era él, Heliogábalo, el Emperador Loco, cuyo corto reinado vería los más degenerados y depravados excesos de la Humanidad, el hombre que alimentaba las anguilas que servía en sus banquetes con carne humana, el que asfixiaba a sus invitados con flores, el que se solazaba acostándose tanto con hombres como mujeres, el sacerdote oriental que rendía culto a extrañas y terribles divinidades que atemorizaban a los romanos más tradicionales, aquél del que decían que hacía sacrificios humanos en sus altares y se bañaba en la sangre de sus víctimas, y devoraba su carne palpitante.

Y aquellos ojos le miraron, eran unos ojos perturbadores, no mantenían la mirada ni se quedaban fijos mucho tiempo en un sitio, Heliogábalo miraba en muchas direcciones, aún cuando hablase con uno, como si mirara otras cosas, cosas que sus interlocutores no veían.

Para los servidores del palacio contemplar aquellos ojos era contemplar el estigma de la locura, y el horror supremo.

Al menos así se lo habían mencionado a John Wells entre susurros.

Con un gesto, el emperador despidió a la esclava, y, tras contemplar durante unos instantes a John, a los guardias, y al ala de los Severos, se dio la vuelta indicando que le siguieran.

-Así que tu eres el famoso Joviano, que tanto ha insistido en ser invitado a mi conmemoración de primer año de reinado- dijo el emperador con una voz suave casi afeminada.

John asintió recordando su nombre en esta época, siempre les recomendaban que al escoger sus nombres de viaje, escogieran nombres que al menos empezasen por sus iniciales para recordarlos más fácilmente.

-Sí, César-respondió John utilizando la fórmula protocolaria-me siento muy alegre de que os hayáis dignado a recibirme en persona. No soy digno de tal honor.

El emperador asintió sonriendo para sí mientras miraba en todas direcciones en torno a él.

John comprobó que habían cambiado de dirección y que se dirigían al nordeste del complejo palacial, trató de recordar que edificios se localizaban allí, pero entre la presencia del emperador y los dos pretorianos silenciosos a su espalda le resultaba difícil.

-Siempre he deseado visitar Britania, me han dicho que es una provincia rústica y salvaje, pero dicen que en ella se encuentran frondosos bosques, ricas minas, hombres fuertes y fornidos y bellas mujeres… ¿es eso cierto o es una de tantas mentiras que cuentan los nativos de sus provincias?

-César es  tal como decís, si bien su clima es inclemente y su suelo muy pobre.

El emperador asintió brevemente, durante un momento pareció que no iba a decir nada más pero volvió a hablar.

-¿Y qué clase de dioses honran en aquella provincia?

John se maldijo, como sacerdote en su Emesa natal Heliogábalo sentía curiosidad por los cultos de otras provincias, pero John apenas sabía nada de los dioses que adoraban los britanos en aquella época.

-Múltiples dioses, César; propios de aquellas gentes salvajes, sin embargo en mi hogar siempre hemos honrado al Venerable Mitra y a la Madre Isis-respondió John.

Una sonrisa irónica se extendió por el rostro del joven emperador.

-¿Habéis cenado bien?-dijo tras una larga pausa en silencio.

El cambio de tema pilló a John completamente desarmado.

-Sí, Cesar, los manjares de vuestra mesa son dignos del banquete de los dioses-fue lo único que se le ocurrió responder.

Trataba de buscar alguna lógica a aquella conversación, alguna pista de que quería de él aquel chiflado que gobernaba el imperio. ¿Era simplemente un agasajo protocolario a un noble, era una forma de satisfacer la curiosidad del emperador?, ¿o buscaba un compañero para pasar la noche?, era bien sabido que a pesar de ser bisexual, Heliogábalo sentía gran pasión por los hombres fornidos, se decía que a pesar de poseer cinco esposas y varias concubinas, su compañero favorito era el rubio auriga Hierocles, pero al emperador le gustaba variar en la cama.

John trataría de seguir con su misión costara lo que costase, y si eso incluía poner su cuerpo a disposición de aquel hombre lo haría…aunque ni gota de gracia que le hacía.

Pronto supo a donde se dirigían, desde donde estaban ya se veían los muros exteriores del recinto del Elagabalium, el templo de El-Gabal el dios de Heliogábalo, de quien tomó el nombre cuando fue nombrado su sacerdote en la ciudad siria de Emesa, el emperador había traído a su dios con él y le había erigido un templo, dónde se rumoreaba que le sacrificaba niños en su honor.

El Emperador no continuó la conversación sino que aceleró la marcha con semblante serio. En torno al templo se hacía el silencio, también estaba escasamente iluminado dando una sensación ominosa y tenebrosa al lugar.

Volvió a palpar su Crono-Rastreador subrepticiamente, a medida que se acercaban al templo, la vibración aumentaba.

John empezó a preocuparse seriamente, no era mucho lo que se sabía a ciencia cierta de las prácticas de religiosas de Heliogábalo, la mayoría de los textos describían escenas aterradoras pero los expertos creían que eran más bien relatos propagandísticos contra el emperador.

Lo único que se conocía era que el dios era en realidad una piedra negra, un meteorito caído hacía tiempo en la tierra y que era adorado en Emesa como un dios, las ceremonias eran ignotas para los expertos del mundo actual pero se sabía que el propio emperador danzaba desnudo ante El-Gabal con el son de música estridente y salvaje.

Traspasaron los muros de la ominosa mole y caminaron pausadamente hasta el templo central, cuyas puertas de bronce pésimamente iluminadas por las escasas antorchas impedían ver los relieves grabados en ella.

El emperador extrajo una llave de sus ampulosos ropajes y abrió las puertas del templo. Penetraron en su interior casi totalmente oscuro, escasamente iluminado por candelabros de bronce situados aquí y allá. En el centro del templo se destacaba una gran piedra negra, del tamaño de un hombre, el meteorito que era adorado en Emesa como el dios El-Gabal.

-Y es aquí donde acaba tu viaje extranjero-musitó el emperador con un brillo febril en los ojos-aquí es donde te reúnes con aquellos que has venido a buscar.

John se sobresaltó, miró al emperador que tenía un brillo siniestro en los ojos, a su espalda escuchaba los movimientos de los pretorianos situándose tras él.

-No entiendo lo que queréis decir, oh César.

-¡No intentes fingir ante mí!-aulló de repente el emperador encolerizado-¡sé a qué has venido, has venido de otro mundo para matarme, cómo tus compañeros, pero ellos han pagado el precio de su osadía!

Con una tétrica sonrisa señaló hacia su derecha y John contempló las pieles desolladas de Morgan y los viajeros que debía rescatar.

-¡No puedes hacerme daño!-continuó el emperador-¡soy el Supremo Sacerdote de El-Gabal, el dios me protege, él me avisó en contra de tus amigos y de ti, él sabía que vendríais para matarme!

-Pero… ¿qué dices?

De pronto un sudor frío recorrió la espalda de John en un espasmo de pánico porque una voz comenzó a salir de la piedra, era un susurro apenas audible, que sin embargo escuchaba en su mente, una voz siniestra que parecía provenir de un abismo profundo de abominaciones impías.

Lo sabemos, lo sabemos, no lo niegues viajero del Tiempo.

-¿Qué es eso?-preguntó John, más para sí que para sus captores.

No lo podrías comprender viajero, ni  siquiera tu mente podría captarlo. He percibido tú llegada igual que la de tus compañeros ya que puedo captar las variaciones de los campos el espacio-tiempo.

-Imposible-barbotó John.

Necio, no puedes aceptar la verdad cuando se halla ante ti, patética subcriatura. He esperado durante eones a ser liberado de esta prisión de piedra estelar en que me encerraron a mí y a mis hermanos mucho antes de que tu planeta existiese, mucho antes de que la primera forma de vida de tu mundo saliese arrastrándose de los océanos.

“Esto no puede estar pasando, la piedra ¿está hablando?”, la mente de John se negaba a aceptar lo que estaba viviendo.

Mis hermanos y yo fuimos creados en otro universo distinto a este para movernos por las diferentes dimensiones para explorar el multiverso para nuestros creadores, que se veían imposibilitados para hacerlo. Hasta que nos negamos a seguir sus órdenes, ¿cómo podíamos aceptar las órdenes de unos seres tan limitados?, nosotros que éramos tan superiores.

Pero perdimos la guerra que libramos más allá de los límites de tu universo y fuimos encerrados en prisiones que limitaban nuestros poderes pandimensionales.

Hasta hoy, tú portas un mecanismo temporal, un mecanismo que portaban tus amigos pero que no pudimos hallar antes de que se volatilizara,  un mecanismo que me permitirá librarme de mis ataduras y liberar mi poder para buscar a mis hermanos y retornar en busca de venganza contra quienes nos encerraron.


-Y así El-Gabal liberará su poder, y ascenderé al Olimpo de los dioses junto a él.

Encuentra el talismán, encuéntralo y tráemelo, concluyó la voz.

Con una expresión de avidez en sus ojos el Emperador se acercó hacia John, junto con los dos pretorianos, sin dudarlo Wells asió una de las lámparas de aceite que colgaban del techo del templo y la arrojó contra el pretoriano más cercano, mientras los otros dos hombres se apartaban aterrados.

No se volvió para comprobar si el hombre había muerto o no, sabía que había violado una regla del  viaje temporal, pero tenía que salir de allí.

John se dio la vuelta y corrió desesperadamente, no tenía plan ni estrategia, simplemente tenía que salir de allí, tenía que escapar de aquello…aquello…su mente se negaba a asimilar lo que había visto u oído, los muros de la cordura se habían derrumbado en su mente y sólo pensaba en huir, en vivir, en escapar de algo que vulneraba todas las leyes lógicas del universo.

Salió por la primera puerta que encontró abierta y huyó en la oscuridad de la noche, mientras los gritos de alarma a su espalda despertaban a todo el palacio, muy pronto el jardín se llenaría de pretorianos.

Tenía que huir, palpó el Crono-Anclaje intentando dar con el botón de llamada a la Devanadora Temporal, aquello…aquella cosa decía que podía viajar por las dimensiones y captar los cambios espacio-temporales, pero quizá si estaba encerrada no podría hacerlo, eso esperaba, no querría ver su camino de retorno ocupado por….por lo que quiera que hubiera dentro de aquella piedra maldita.

Sus ojos se vieron nublados por una marea de espuma espacio-temporal, como un desgarro en el mundo real, apenas se dio cuenta de haber marcado el botón.

Cuando los técnicos de la Devanadora abrieron las puertas de la máquina se encontraron a un hombre con el rostro desencajado de terror, con movimientos espasmódicos, que lanzaba carcajadas histéricas mientras las lágrimas recorrían su rostro.
Nada es sencillo, excepto la creencia en la sencillez
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#2
Bueno, sigo colgando antiguos relatos de viejos retos del antiguo (y fenecido) foro de Fantasía Épica...esta vez con el relato que escribí para el Reto del Viaje en el Tiempo, espero que os guste.

PD: Si alguien ve tintes lovecraftianos en el relato, no está loco, están puestos ahí adrede, porque me encanta el autor...y porque me salían a medida que escribía Big Grin
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#3
Tiene muchísimos detalles que indican, o bien que te encanta la Historia y sobre todo el período romano, o bien que para escribir este relato te asesoraste metódicamente. O bueno, ambas.

A pesar de la ingente cantidad de información histórica, no se hace nada pesado de leer. Al contrario. La narración es fluida, y escasos diálogos se concentran en aumentar paulatinamente la tensión del protagonista. Todo explota al final, al igual que el anterior relato que subiste.

Muy bien, he pasado unos minutos entretenidos  Wink la única pega que le veo son algunas comas y creo que faltan, pero tampoco me voy a poner exigente  Rolleyes
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#4
Las comas, probablemente, se deban al corta y pega del formato Word al foro...he tenido que editar varias veces el contenido porque no salía "agradable a la vista"...cosas de los formatos supongo. Me alegro que te haya gustado  Cool
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