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[Fanfic] Las Enseñanzas de un Brujo IV
#1
Nota del autor N°1: A todo aquel que se lea este relato, le recomiendo encarecidamente leerse A CONTINUACIÓN el Capítulo 14 de la Fuerza del Destino (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html), pues ambos están pensados como dos mitades de una misma historia, nacidas para ser leídas como conjunto, como complemento. Allí podrán resolver los misterios que aquí se tratan, vivir de primera mano las emociones que aquí se perciben, y todo ello escrito por las manos de la inigualable, la vigente campeona del reto mensual y la mujer con la memoria más selectiva del mundo....... Shaaaaaska!! (@Sashka)
 
Nota del autor N°2: Este relato nació de un sueño que mi querida amiga (y coautora ahora, jeje) tuvo una noche de invierno, con frías nevadas, con el viento azotando las ventanas de su habitación (bueno, es mentira, fue en la primavera, mientras sudaba como una condenada). Cuando me lo contó, la idea me gustó tanto que no pude sino dejarme llevar y escribirla junto a ella. Además, como buen amigo que soy, luego de ver fracasar sus sueños de ser basquetbolista profesional (le dijeron que era muy bajita) y el de representar a su país como peluquera olímpica, lo menos que podía hacer era cumplirle este Big Grin
Ya hablando en serio, debo decir que disfruté de principio a fin con este "experimento". De los cuatros relatos que escribí, este ha sido especial y será el que recuerde con más cariño en el futuro, fue toda una experiencia muy gratificante. Gracias por compartirla conmigo, Sashka!
 
Ahora, para no aburrir al lector con flores que van de un lado al otro, el relato:



LAS ENSEÑANZAS DE UN BRUJO IV



I

 
Vesemir descansaba con el trasero sobre el brocal del aljibe, mirando con el rostro sereno a las personas que pasaban por el centro del pueblo. A sus espaldas, Geralt tenía el hombro apoyado contra la viga vertical que sostenía el pequeño techado, y gruñía y murmuraba por lo bajo.
—Lobo, ¿por qué mejor no te sientas?
—Estoy harto de esperar, maldita sea. ¿Hasta cuándo…?
—Hasta que vengan. —Vesemir soltó una larga exhalación—. ¿Podrías, al menos, dejar de mover ese pie como un hombre que se agita en la horca?
—Te saca de quicio ese simple ruido, ¿eh, viejo? —Geralt sonrió, pateó con más insistencia el brocal de ladrillo, pudo ver como su maestro apretaba el puño.
—Lobo…
—¿Si…?
El viejo brujo se lo pensó mejor: si le decía que se detuviera, el muy ladino le pondría más empeño.
—Nada —suspiró—. Olvídalo.
Al ver que lo que hacía ya no surtía el mismo efecto, Geralt acabó aburriéndose apenas un minuto después.
—Ese cretino está jugando con nosotros, Vesemir —dijo, hablando entre dientes—. Apuesto a que ahora mismo se ríe desde el otro lado de una ventana. —Pasó la mirada de un postigo a otro.
—Te equivocas, Lobo.
—“Te equivocas, Lobo”, “no das pie con bola, Lobo”, “metiste la pata, Lobo” —recitó Geralt, imitando la voz de su maestro—. ¿Es que alguna vez me dirás lo contrario?
Vesemir se incorporó, le señaló una dirección con la cabeza. Geralt miró hacia allí, advirtió el grupo de gente que se aproximaba hacia ellos. El regidor venía en primer lugar.
—Mierda —murmuró por lo bajo.
El viejo brujo le dio unas palmaditas en el hombro y se burló junto a su oído:
—No hasta que hagas justo lo contrario.
—¡Maeses brujos! —exclamó el regidor, una vez estuvieron a unos pocos pasos—. ¿No os dije yo que esperaseis delante de ‹‹El aljibe››?
—¿Y cómo llamáis a eso vosotros, los pueblerinos? —preguntó Geralt, indicando con una inclinación de cabeza que miraran a sus espaldas—. ¿Castillo? ¿Atalaya?
—No tratéis de palurdos a los demás, si los que cometisteis el yerro fuisteis vosotros dos —espetó el regidor—. Acá, en Calsgon, ‹‹El aljibe›› es la posada del buen Torlad, y no otro lugar.
Vesemir cortó con un gesto la contestación de su pupilo.
—Error de unos o de otros, no importa. El tiempo perdido, perdido está. Mejor centrémonos en aprovechar el que tenemos por delante.
—Palabras sabias, maese brujo, de las que llevan verdá. —Con un brazo abierto, el regidor abarcó a las personas que le acompañaban y dijo—: Como os prometí, toditos todos los que el pergamino firmaron.
El viejo brujo asintió al arrastrar su mirada por el variado grupo, luego volvió a sentarse en el brocal.
—El contrato habla de un fantasma… —dijo.
—Uno terrible, sí, sí. Molesto como ninguno otro. Acá, en Calsgon, le llamamos el ‹‹Aullador››, porque…
—Porque aúlla —concluyó Geralt, con una mueca.
—Y cómo, la madre que lo parió. Pero si solo fuera eso, maeses brujos, hasta lo toleraríamos, vamos, que todo ser tiene derecho a andar con un humor de perros. Pero este… roba gallinas, tira piedras a las ventanas, orina por las chimeneas —al oír esto, el joven pupilo se mordió el labio para ahogar una risa—, y si se cruza con alguien por la calle… hasta nunca y gracias.
—¿Alguien le ha visto? —preguntó Vesemir.
—No hay nadie que no lo haya hecho —replicó el regidor—. Cuando quiere asustarnos, claro, porque cuando no, es invisible como el aire. —Se rascó la cabeza—. Aún no entendemos cómo, alguien tan bueno en vida, puede ser tan hijo de perra estando muerto.
—Fácil —dijo alguien del grupo—, porque no era tan bueno…
—Cierto, esa sirvienta elfa que…
El regidor dio un respingo y giró hacia la gente, todos se callaron.
—¿Cuántas veces os dije que sus guardéis pa’ sí mismos esos rumores de vieja? Benjer Barrabas de los buenos era, que Melitele le guarde en su sagrado pecho.
El viejo brujo sintió que debía poner un alto antes de que aquello se les fuera de las manos.
—El contrato también menciona… “problemas con monstruos” —dijo, cruzándose de brazos—. Y de esos, los brujos vemos a montones. Tendréis que aclarar cuáles son los vuestros.
—Lo aclararemos, por supuesto que sí —replicó el regidor, se giró hacia el grupo—. Porque el Aullador solo no anda, se trajo amigos del Más Allá, el muy jodido. A ver, Melindro, ven p’acá. Anda, suéltales a los brujos lo qué viste en el cementerio.
El tal Melindro se adelantó, movió arriba y abajo la cabeza repetidamente.
—Lo que vi… —las palabras se le atoraron en la garganta cuando clavó la vista en los ojos dorados del brujo, pudo continuar solo al desviarla hacia el regidor—, lo que vi al visitar a mi má, allá en su tumba, eran… eran mostros morrudos, fieros como mi suegra, y eso ya e’ mucho decir.
—No conozco a esa suegra tuya —gruñó Vesemir.
—Vive por acá cerquita…
—Si serás zoquete, Melindro —espetó el regidor—. El brujo quiere que le describas al bichejo de otro modo.
—Oh. Perdón, maese brujo, perdone mi tontera. —El pueblerino se rascó la barba desprolija—. Ah, ya sé, esto les va a dar la pista güena: los mostros esos andurriaban a cuatro patas entre las lápidas, como los chuchos. Pero ná de pelo tenían, to’ músculo y venas eran. Y…
—Basta ya —le interrumpió Geralt—. Ghules, eso viste.
—Ghules —asintió Vesemir—. Comunes, pero no por ello menos peligrosos. El precio por algo así es…
—Detén el carro, maese brujo —exclamó el regidor—, que la avaricia no te nuble el seso. Ese es solo el primero de los nuestros problemas. —El gentío le apoyó con movimientos de cabeza—. A ver, Fernad, sí, tú, zonzo, paso al frente y a hablar.
Y así los brujos pasaron toda una hora oyendo los relatos, siendo descritas ante ellos media docena de criaturas. Que si mujeres envueltas en ropajes oscuros, que si murciélagos acechantes, que si huellas tan grandes como cinco pies juntos y con tres dedos, que si gritos de bebés, que si espectros con lámparas que aparecían en la noche.
—Haremos esto —dijo Vesemir, una vez el último pueblerino hubo dicho lo suyo—. Investigaremos ese cementerio, donde, si no me equivoco, está enterrado ese tal Barrabas…
—En la cripta está, sí señor. Tras una puerta maldita.
—¿Maldita? —preguntaron maestro y pupilo al mismo tiempo.
—Nada de lo que dos brujos debéis preocuparos, pues de hijos habla, y vosotros… tengo que entendido que… —El regidor carraspeó.
—Entiendes bien —respondió Vesemir—. Pero, nos afecte o no, una maldición es una maldición, y el precio ha de aumentar. Estáis hablando de fantasmas, de ghules, de maldiciones, no será nada barato. Pero aún no podemos afirmar que todo sea cierto, y por ello, como decía antes de que me interrumpieras, investigaremos ese cementerio a cambio de una tarifa mínima, y luego se aumentará dependiendo del trabajo y el tiempo que nos conlleve.
Los hombres y mujeres se miraron unos a otros, murmuraron. Uno le habló al oído al regidor.
—Tenemos una contraoferta en cuanto al último punto, maeses brujos, lo del costo del tiempo —expresó este, entonces—. Una que rumiamos de antemano, sabiendo que a este punto íbamos a llegar. Esta es: os podréis hospedar en ‹‹El aljibe››, todo todito el tiempo que se tarden en investigar, sin poner una sola moneda de sus bolsillos.
Los brujos se miraron de reojo, negaron silenciosamente con la cabeza. El intendente del pueblo vio que no les conformaba, miró al posadero a su diestra, cuchichearon por lo bajo.
—La comida será gratis también, maeses brujos —agregó el regidor—. Comida de primera calidá, os lo aseguro, vuestras barrigas no gruñirán ni una vez mientras se queden en Calsgon.
—¿Y para el gaznate? —preguntó Geralt, con una media sonrisa.
El posadero meneó la cabeza, recibió un pisotón de parte de una mujer.
—Eh… eh, cerveza tendrán también —balbuceó este.
El joven pupilo se adelantó a su maestro.
—Si no sabe a meados, es un trato.
 

II

 
—¿Entonces vais al cementerio a esta hora de la tarde? —preguntó el posadero, con mala cara porque los brujos habían pedido vodka en lugar de cerveza. Y de ninguna manera iba a conseguir cobrarles.
—Vamos —asintió Vesemir, apoyando el vaso sobre el mostrador, para luego ponerse en pie—. ¿Dónde lo encontraremos?
—Siguiendo el camino al oeste, a media hora de caminata. Pero…, brujos, nada habréis de encontraros allí hasta la noche. En la oscuridad es que los monstruos salen.
—Esperaremos allí el atardecer —dijo Geralt, acomodado su tahalí al incorporarse—. Una de vosotros habló de cierta mujer vestida de blanco, repelente a la vista como… ¿Qué fue lo que dijo? Oh, sí, una verruga con pelo. Una comparación muy visual, por cierto.
—¿Y vais a creer las farsas de esa vieja cantamañanas?
El joven pupilo se encogió de hombros.
—Es lo justo. Nos creímos la vuestra y las de los demás.
El posadero entornó los ojos, intentando descifrar si el brujo acababa de hacer una broma. No lo había hecho.
Vesemir tosió.
—Vamos, Lobo, o se nos hará tarde.
—Que esté lista la cena para cuando regresemos —dijo Geralt al ventero—. Y que no sea queso y pan como este mediodía.
Los brujos recorrieron el local, el viejo cogió la manija de la puerta, tiró de ella y abrió. No fue poca la sorpresa que se llevaron ambos al toparse con una joven encapuchada, que desde el otro lado del umbral alargaba una mano hacia adelante, en un claro gesto de hacerse con el picaporte. La muchacha debió de reconocerles de inmediato como brujos, pues se quedó pasmada en medio, mirándoles. El joven pupilo intentó verle el rostro bajo la capucha, luego su mirada descendió sin control a partes más apreciables a pesar de la ropa.
Vesemir carraspeó y se hizo un lado, la saludó con una simple reverencia cuando ella pasó frente a él con la cabeza gacha. Luego salió, su pupilo miró la espalda de la joven y más abajo antes de seguirle. Al cerrar la puerta, Geralt volvió a mirar, y esta vez su mirada se encontró con unos ojos verdes brillantes de interés bajo la capucha. Fue incapaz de discernir a qué se debía ese interés, a pesar de que siguió pensándolo durante todo el viaje hasta el cementerio.
 
 
III

 


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Ataron sus caballos cerca de la entrada del camposanto, dejándolos ocultos bajo un árbol del bosque cercano. Los goznes de las verjas chirriaron cuando estas fueron empujadas por el viejo brujo, Geralt las cerró detrás de él, las trabó con un barrote desprendido.
No deseaban ser molestados.
Anduvieron a paso lento hacia la solitaria haya que se alzaba en el centro, mirando a su alrededor, pero aún con las espadas envainadas. El caminito que recorrían, así como las propias tumbas, estaban inundadas de maleza, las lápidas se esforzaban por sobresalir entre ella.
Los brujos se detuvieron ante el árbol, el viento arreció y agitó las numerosas lámparas que colgaban de las ramas muertas, estas chocaron unas con otras con un tintineo metálico.
Geralt miró a sus espaldas por encima de su hombro, alertado por el grito de un chotacabras. Vesemir caminaba alrededor del tronco, con la cabeza echada hacia adelante y los ojos entornados. De pronto alargó una mano, la arrastró por la corteza, se acuclilló y cogió algo del suelo.
—¿Qué? —preguntó el joven pupilo.
Vesemir se lo lanzó, él lo cogió al vuelo, luego abrió la mano y miró con atención.
—Una garra —dijo Geralt. Y ante la mirada inquisitiva de su maestro, agregó—: La garra de un ghul.
—Y donde hay un ghul…
—Hay otros tres —concluyó el joven brujo, clavando sus ojos dorados en lo profundo del bosque.
Vesemir aspiró profundamente con la nariz.
—Ven, Lobo, es por allí.
Los brujos siguieron su olfato hasta las tumbas más recientes. Los ghules habían escarbado con ahínco y profundamente, hasta dar con las tapas de los ataúdes; luego, con poderosos golpes, habían roto las maderas para acceder al premio. Había huesos por todas partes, quebrados y mordidos, sin un trozo de carne adherido; la lengua de los necrófagos era áspera precisamente para ello.
Con un gesto, Vesemir ordenó a su pupilo que hiciera lo suyo. Geralt cogió los dos pequeños frascos con esencia de alghul, los abrió ambos al mismo tiempo con cada mano, luego comenzó a diseminar el líquido por los alrededores. Con ello esperaban confundir a las criaturas y así evitar que les olieran al acercarse.
Una vez acabó, Vesemir miró al cielo.
—Un cuarto de hora para el atardecer. Allí, en aquel montecito, tendremos buena visión de todo el cementerio, podremos descartar la presencia de una Dama del Ocaso.
—O confirmarla —dijo Geralt.
—Espero que no —pronunció el viejo maestro, con seriedad—. No deseo enfrentarme tan pronto a otra de ellas.
Se escondieron en el mencionado monte, allí se deshicieron de los mantos y de todo peso extra, incluidas las espadas de acero. El sol fue cayendo más y más en el oeste, por detrás del dosel arbolado, al mismo tiempo que una bruma verdosa comenzaba a formarse entre las lápidas.
Un cuarto de hora después, el cementerio quedó sumergido en la penumbra de la noche, Vesemir giró un pequeño reloj de arena.
Los brujos no movieron un solo músculo hasta que cada grano dorado se hubo deslizado hacia abajo. Entonces el maestro se permitió soltar un suspiro de alivio.
—Felicidades, viejo —dijo Geralt, dándole una palmada en la espalda—. La noche que estés frente a frente con una dama vestida de blanco no llegó todavi…
Vesemir le puso una mano en la boca, le señaló un punto del muro bajo que delimitaba el cementerio. Con sus pupilas expandidas, el joven brujo no tuvo inconvenientes en identificar a los ghules, que de un salto remontaban el pequeño muro, y con otro se arrojaban a este lado. Eran cinco.
Los brujos se movieron agazapados hasta la pequeña pared, la treparon como los propios monstruos, aterrizando suavemente sobre sus pies, como felinos.
‹‹Una abominación para matar a otra, eso es lo que desean quienes contratan nuestros servicios››. Geralt no pudo evitar recordar esas palabras mientras desenvainaban sus espadas de plata.
Los ghules habían ido a parar inevitablemente a las tumbas abiertas, allí se movían con la cabeza gacha entre los hombros musculosos, olfateaban con atención toda la zona.
Llegaron hasta ellos caminando a paso vivo, uno a la par del otro. Vesemir sostenía su espada con ambas manos, Geralt solo con la izquierda, en la derecha llevaba una piedra. Sin detenerse, el joven pupilo lanzó esta última contra una lápida, el ruido distrajo a los necrófagos, les dio a los brujos el factor sorpresa.
Vesemir cargó contra el primer ghul, que estaba de espalda, con un tajo potente le cortó una de sus anchas patas traseras por encima del tobillo. El monstruo soltó un alarido, perdió el equilibrio cuando quiso saltar, quedó tendido de lado. Rápido como un rayo, el viejo alzó la espada y la descargó en un poderoso golpe descendente, la hoja de plata atravesó de lado a lado el brazo con el que el necrófago intentó cubrirse y rajó el pecho.
 
[Imagen: img-20190610-wa0000.jpg]
 
Geralt dio velocidad a su andar, en tres largas zancadas llegó hasta uno de los ghules, e impulsándose con la pierna izquierda dio un salto y alargó la espada desde su hombro derecho en una poderosa estocada. Su hoja penetró la caja torácica del necrófago al mismo tiempo que él volvía aterrizar, luego la retiró con un giro de muñeca que rasgó la carne del ghul lateralmente.
Vesemir se volvió al acabar con el primer ghul, ya con el rabillo del ojo advirtió que otros dos venían a por él en una carrera desenfrenada, apenas separados uno del otro por unos cinco metros. El viejo brujo se puso de cara y vio al primero prepararse para dar un salto, entonces hizo un amago y acto seguido apoyó su peso sobre la pierna izquierda, esquivando el zarpazo por centímetros, y usándola como pivote dio un giro de ciento ochenta grados con su espada, que rasgó profundamente el lomo del necrófago. Sin perder un solo segundo, el maestro brujo separó la mano izquierda de la empuñadura y extendió el brazo hacia el otro lado, conjurando la señal de Aard: el segundo ghul, que ya caía sobre él, salió despedido hacia atrás; al caer, su cabeza golpeó una lápida y quedó aturdido. Vesemir le alcanzó pronto, y le dio muerte.
Al mismo tiempo, Geralt cortó de raíz la cabeza del cuarto, el quinto aún se retorcía en el suelo, herido por la plata del viejo brujo. Cuando el pupilo se acercó a él, el silencio volvió al camposanto.
 

IV

 
Cortaron las cabezas de los cinco ghules y las metieron en dos sacos, para luego amarrarlos a sus monturas. Luego echaron a andar hacia el camino, llevando con firmeza a los animales por el ronzal, pues estos estaban inquietos por el olor de los necrófagos.
Sin embargo, apenas recorrieron unos pocos metros cuando Geralt miró a un lado y frunció el ceño, deteniéndose.
—¿Lobo?
Vesemir siguió la mirada de su pupilo hacia el muro lateral del cementerio. Allí, a unos veinte pasos de su posición, había un bulto tendido en el suelo.
—Ve —dijo el maestro entonces, cogiendo también las riendas de Sardinilla.
Geralt caminó lentamente hacia allí, con el brazo derecho tenso, por si acaso debía desenvainar la espada con rapidez. Supo qué era ese bulto antes de acuclillarse a la par: el cuerpo de un ghul, decapitado; la cabeza yacía apoyada contra el muro, con el morro abierto. Extrañado por el asunto, el joven pupilo observó con atención el corte, que era limpio y recto. Hum, gruñó para sí mismo, esto es obra de una hoja filosa como pocas.
Aún acuclillado, miró la hierba a su alrededor. Había sido aplastada en varios sectores, pudo identificar las huellas del ghul. Pero había otra, más pequeña, de una bota. Resoplando con molestia, cogió la cabeza cercenada y regresó a los caballos.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Vesemir. Geralt guardó el premio en el saco—. ¿Otra cabeza?
—Ajam. La de un ghul solitario que olió a nuestro ángel de la guarda.
El viejo percibió el disgusto en el tono de voz de su pupilo, y él mismo se sintió así ante la noticia. Si acaso era obra de un pueblerino con algo de experiencia, eso significaba que tal vez esa noche tuvieran que escuchar la historia en la posada, y los parroquianos pensarían que ya no les necesitaban, que era cosa fácil matar monstruos. Y el precio bajaría.
Los brujos montaron a caballo.
—Mejor será que nos demos prisa —dijo Vesemir, y partieron a un trote rápido.
 
El ruido de los cascos no evitó que oyeran el choque de una espada contra otra, los gruñidos de un combate cercano. Bajaron de sus sillas de un salto, siguieron el camino por la vera, ocultos por los árboles. Se detuvieron poco más allá, sus pupilas se dilataron para ver con más claridad en la noche.
Había cuatro figuras luchando con sus hierros: tres robustas y lentas cercando a una más menuda, cuyo cabello se veía blanco a la luz de la luna. Esta última se movía entre ellos con agilidad, parando con la espada, esquivando con pequeños saltos, realizando quiebros y giros. Pero no atacaba, a todas luces trataba de evitar hacer daño a sus atacantes. Vesemir y Geralt se miraron con fijeza, ambos pensaron lo mismo: un brujo.
Y desenvainando sus espadas de acero, corrieron en su ayuda.
Pero cuando la figura menuda les vio, entre una parada y otra, gritó:
—¡Alto!
Los brujos se detuvieron en seco, estupefactos al advertir que se trataba de una mujer.
—¡No es necesario que muera nadie! —insistió ella—. ¡Largaos de aquí u os arrepentiréis!
Vesemir y Geralt no reaccionaron, se la quedaron mirando como a una criatura desconocida, salida de los libros más antiguos. Los hombres, que hasta hace un momento blandían sus espadas, les vieron a ellos y pusieron pies en polvorosa, asustados ante la perspectiva de la igualdad numérica.
—Una mujer —articuló el joven pupilo—, luchando… como un brujo.
La joven enfundó su espada a la espalda, al igual que lo hacían ellos, se apresuró a ponerse la capucha.
Vesemir se aproximó a ella.
—¿Dónde has aprendido a luchar así, muchacha?
La joven desvió la mirada y apretó los labios, como si cavilara qué debía responder. Luego bajó la cabeza y habló, cortante:
—No es de tu incumbencia, brujo. Agradezco vuestra ayuda, pero no voy a contaros mi vida.
El viejo miró a su pupilo, se encogió de hombros.
—Bueno, al menos ha dado las gracias... —dijo, para después, darse la vuelta—. Iré por los caballos.
 
[Imagen: ciri.jpg]
 
Geralt se quedó allí, ni siquiera escuchó las palabras de su maestro. Su atención no tenía espacio nada más que para la joven. ¿Quién era? ¿Dónde había aprendido a moverse de ese modo? ¿Sería ella quien mató al ghul en el cementerio? ¿Les había seguido? ¿Por qué se preocupaba tanto en ocultar su rostro? Y entre todas esas preguntas tan difíciles de responder, había algo más sencillo e instintivo: una atracción poderosa.
—No es buena cosa que vayas sola por estos caminos —dijo Geralt, por fin, encontrando las palabras adecuadas—. Eres la chica de esta tarde, en la posada, ¿verdad? —La joven asintió—. Si no tienes nada en contra de los brujos, podemos llevarte al pueblo. Estarás a salvo con nosotros, te doy mi palabra.
—Bien que lo sé —replicó ella, de pronto.
—¿Lo sabes? —El joven pupilo se sintió más perdido todavía.
—Bueno… me habéis ayudado, ¿no? Está bien, iré con vosotros.
Vesemir llegó con los caballos, Geralt se subió de un salto al suyo y le tendió la mano a la joven. Menos mal, pensó, menos mal que el saco con las cabezas está del otro lado. La muchacha aceptó el gesto tras una breve duda, y al tocarla, a pesar de que ambos llevaban guantes, el brujo sintió un breve cosquilleo que escaló rápidamente por su brazo hasta su pecho, luego el medallón del lobo se agitó un poco.
¿Magia?, se preguntó Geralt arrugando la frente una vez ella montó a su espalda, ¿o es la electricidad que flota alrededor suyo? ¿Vesemir también la percibe, o es que yo…?
La muchacha interrumpió su pensamiento poniendo las manos en su cintura, él se tensó al instante, apretó las riendas. Creyó que eso sería todo, pero de pronto sintió una respiración junto a su oreja, y luego un susurro:
—No te asustes, brujo, por el movimiento de tu colgante. No soy una lamia, ni una ninfa. Sólo soy… una mujer. 
Y al acabar de decir esto, la joven arrastró las manos por su cintura y las posó en su abdomen. Geralt ahogó un gemido, pero no pudo evitar estremecerse.
—¿Vamos? —preguntó Vesemir.
—Vamos.
Y ambos golpearon a sus monturas con los talones y reemprendieron la marcha hacia el pueblo.
 
Tras dejar a los caballos en el establo, maestro y pupilo echaron a andar hacia la posada. El joven brujo no dijo nada, pero por dentro sintió una gran satisfacción al oír a la muchacha decir que se hospedaba allí también.
—Por cierto, no nos hemos presentado —dijo Geralt con tono amable, volviéndose hacia ella una vez puso su mano sobre el pomo de la puerta—. Soy Geralt de Rivia, y él es Vesemir. 
La joven hizo una pequeña inclinación con la cabeza a modo de saludo. El brujo se la quedó mirando, esperando oír su nombre, necesitaba saberlo. Mucho.
—¿Vas a abrir o no? —le espetó ella, sin siquiera alzar la mirada.
—¿No vas a presentarte?
La muchacha contestó tras una pausa:
—No veo la necesidad.
Geralt estuvo a punto de insistir, pero Vesemir carraspeó a sus espaldas, con los sacos ensangrentados en las manos, y acabó abriendo de una vez, resignado.
Una vez cruzaron el umbral, el joven pupilo siguió a su maestro hacia la barra, ella se encaminó hacia la escalera.
—Gracias por la ayuda —les dijo, remontando los escalones.
Vesemir gruñó como toda respuesta, Geralt se obligó a no abrir la boca. Pero cuando oyó que los pasos de la joven se detenían, alzó la vista sin poder evitarlo. Y así, a través de la barandilla, las miradas de ambos se encontraron por un instante, antes de que se perdiera en la habitación.
—Lobo.
Geralt se volvió de repente, Vesemir se había acomodado en el taburete y le miraba con regaño. Sintiéndose un idiota, se sentó a su diestra. El posadero no se veía por ningún lado.
—Tanto misterio no puede ser bueno —dijo el maestro, señalando el balcón interior con la cabeza.
Geralt gruñó para sí mismo, divertido. Por supuesto, pensó, nada se le escapa al viejo. Solo disimula mejor que yo.
—¿No vas a decir nada?
—¿Qué quieres que diga, Vesemir? Ambos vimos lo mismo. Su forma de luchar, lo rápido que nos reconoció como brujos, aún en la oscuridad, el empeño que pone en ocultar su rostro. Sí, es obvio que esconde algo.
Entre todas estas verdades, el hábil pupilo ocultó un detalle: la advertencia de su medallón cuando ella le tocó. Su maestro no podía estar al tanto de eso.
—Tal vez fue ella quien mató al ghul —dijo el viejo, cruzando los brazos sobre la barra—. Su espada…
—Ajam, no es una que se consiga en cualquier mercado. —Geralt resopló. Él también estaba interesado en ella, más de lo que quería admitir y demostrar, pero le incomodaba hablar de ello con su maestro, por el simple hecho de le conocía bien—. ¿Y a qué viene todo esto, Vesemir? Es claro que algo tratas de decirme. Adelante, desembucha.
El viejo brujo le miró al fin.
—No persigas el misterio, Lobo, si no hay dinero de por medio. A menudo conduce al peligro.
El posadero apareció justo en ese momento, casi sufre un ataque al corazón al ver los sacos ensangrentados que Vesemir había dejado sobre la barra sin ningún cuidado. El viejo brujo y el ventero hablaron durante un rato, acerca del precio del contrato y demás, pero el joven pupilo no volvió a pronunciar palabra.
Esa noche, Geralt se durmió pensando en el verde de los ojos de la muchacha.
 
 
V

 
Los brujos se levantaron perezosamente, se vistieron aun con más flojera. Con las marcas de la almohada en los rostros, como si fueran otras más de sus cicatrices, y con los cabellos sueltos y despeinados, bajaron a la sala para recibir su desayuno.
Al poner los platos sobre su mesa, el posadero les miró como un padre que observa a un hijo juerguista.
—Poco falta para el mediodía —dijo, con clara recriminación.
El maestro y el pupilo giraron la cabeza y le miraron serios, sin decir nada, sin ánimo para replicar con alguna ocurrencia. Habían dormido mucho, pero a la naturaleza le gusta el equilibrio, y el exceso se sentía como escasez.
El posadero se marchó deprisa, ellos comieron en silencio.
Salieron a las calles con un humor todavía peor, ambos sabían que sería una larga jornada de escuchar sandeces.
—¿Es necesario hablar con todos ellos? —preguntó Geralt, mientras caminaban.
—Créeme que yo tampoco lo disfruto, Lobo. Pero es parte del trabajo, y debe hacerse.
El joven pupilo gruñó:
—No me culpes a mi si para el final del día me oyes hablar así —Geralt imitó la voz de un campesino—: Oh, maese posadero, una cerveza querré p’arremoja’ gaznate, que el día entero me lo pasé andurriando a dos patas por el poblado este, oyendo de acerca de los mostros esos, fieros como mi maestro, y eso ya e’ mucho decir.
Vesemir soltó una risa.
—No serías el primero al que oiga hablar así. —El viejo brujo suspiró, como si recordara, la seriedad volvió a su rostro—. Hagamos esto, Lobo. Separémonos, confío en que sabrás distinguir el pescado podrido del fresco.
—Seguro que mejor que tú —replicó Geralt.
Se dividieron la tarea y quedaron en reunirse en la posada, luego se despidieron con una inclinación de cabeza.
 
El joven brujo descartó las informaciones de la primera persona que visitó, de la segunda, también de la tercera. En la cuarta se interesó al momento, pues quien le abrió la puerta a la que llamó fue la joven y bella mujer del herrero.
La observó de arriba abajo sin disimulo.
—¿Sí? —preguntó ella, incómoda.
—Eh… vengo a por… —el joven pupilo se mordió el labio— información.
—Pero si ya a vosotros os dije, brujos, cuanto sé.
—Ya, pero ahora estoy solo aquí y… —Geralt intentó espiar hacia el interior de la casa sobre el hombro de la mujer—, y debo comprobar ciertos detalles.
La joven se adelantó unos pasos, acomodándose el escote del vestido, luego cerró la puerta con disimulo.
El brujo bajó del pórtico a la calle.
—¿Queréis que repita todo lo que os dije frente al pozo?
—Eso mismo, sí.
—De acuerdo —dijo la mujer, sentándose en el escalón de la galería—, pero abrid bien vuestras orejas, que os lo diré por vez última. Como aclaré, hace siete noches se cumplió tres años de la partida de mi hermana, Farialla, y la fui a visitar a la pobrecita. Ella está en la cripta, ¿os lo dije, brujo? —Geralt asintió—. Así lo quiso, siempre daba la misma razón cuando salía el tema: no tolero la lluvia.
El brujo miró a un lado, fingiendo que pensaba en ello, cuando en realidad comenzaba a hartarse de tanta palabrería. Entonces, al hacerlo, sus ojos se encontraron por casualidad con aquellos mismos que le atrajeron al salir de la posada. La joven estaba delante de un puesto de comida, con la capucha puesta sobre la cabeza. Cuando ella advirtió que le miraba, se dio la vuelta y caminó hasta otro tenderete.
—¿Brujo, me estáis escuchando?
Geralt se volvió hacia la mujer que tenía delante.
—No podría dejar de hacerlo —respondió él.
—De acuerdo. Resulta que ni bien puse un pie en la cripta, una sensación extraña me recorrió el cuerpo, una electricidad que me erizó los vellos de la nuca. ¿Brujo, seguís oyéndome?
—Sigo —contestó, volviendo a enfocar la mirada en ella.
La mujer soltó un gruñido antes de continuar:
—Aun así, seguí con la idea de dejar las flores a mi hermana, pues eso no es algo que debe dejarse para después. Y finalmente llegué hasta su lugar de descanso sin ver nada fuera de lo común. Pero allí… ¿brujo?
—Allí…
—Mientras estaba sentada, hablando con... diciéndole unas palabras, advertí algo por el rabillo del ojo, a mi derecha, en dirección a lo profundo de la cripta. Al incorporarme y mirar hacia allí, asustada, vi una sombra que se movía hacia mí por el corredor, y a su paso todas las luces iban apagándose una a una. Y entonces yo…
La esposa del herrero advirtió que el joven de nuevo desviaba la vista hacia al mercado, y al darse cuenta que se posaba en la figura de una mujer encapuchada, se desabotonó distraídamente un botón del vestido y se incorporó.
—¿No os queréis pasar a la casa, brujo? —preguntó—. Podría prepararte té.
—No, no, gracias. Eh… mejor quedémonos aquí. Y bueno, mejor vaya al grano, que se hace tarde y…
—Y tenéis que ir tras esa cualquiera, ¿no? —La mujer se levantó, giró sobre sus pies con gesto aireado y se encaminó hacia la casa.
Geralt la siguió, alargó una mano hacia ella.
—Detente, no…
El portazo interrumpió sus palabras.
Soltando un suspiro, el joven pupilo buscó de inmediato a la muchacha de los ojos verdes delante del tenderete, pero esta, ahora sí, se había escabullido de una vez por todas.
Al volver a reunirse con Vesemir, ambos dieron por ciertas las palabras de la mujer, descartando todas las demás. Por si acaso, en ningún momento Geralt mencionó a la misteriosa joven encapuchada.
 
 ******SIGUE MÁS ABAJO*******
Viviendo a la sombra del destino.
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#2
VI

Geralt y Vesemir estaban sentados en una mesa de la posada, el regidor les acompañaba tal como habían solicitado.
—¿Y para qué me habéis convocado, maeses brujos?
—Ahora que los ghules están muertos —dijo el viejo maestro, bajando la jarra de cerveza—, podremos echar un vistazo a la cripta…
—No digáis más —le interrumpió el regidor, con brusquedad—, lo que vosotros queréis es más dinero.

[Imagen: sin_ta�tulo-2.jpg]


—Los brujos no cobramos por adelantado —replicó Vesemir—, así que sí, diré más. Lo que necesitamos antes de seguir es información más precisa acerca de… la maldición.
Al ser pronunciada esa palabra, hubo un murmullo en el local, y Geralt miró con arrogancia a las mesas de alrededor. Y allí, entre rostros cabizbajos que poco a poco volvían a centrarse en lo suyo, vio otra vez a la muchacha, sentada poco más allá, delante de un plato de comida que aún estaba lleno.
—Ohhh… eso —dijo el regidor, casi ahogándose con su trago—. Ya os dije que no tenéis de qué preocuparos, brujos, que nada les afecta a vosotros la dicha maldición.
Vesemir no se dejó convencer tan fácil.
—¿Alguien conoce su contenido completo?
El regidor adoptó una voz grave, exagerada, solemne:
—Quien cruce el primero esta puerta, sea macho o hembra, perderá a su primogénito el día del… un solsticio, no recuerdo cuál. También verá el cielo negro sobre su casa, y toditas todas las tierras suyas se volverán yermas, y nadie, por nunca jamás, tendrá en ellas vida pacífica. —El regidor soltó una carcajada—. ¡Ja! Me la sé de memoria a la hija de puta.
Los brujos también rieron lo suyo, pero Geralt dejó de hacerlo en cuanto su mirada retornó a la joven: ella se había crispado en la silla, arañaba su muslo bajo la mesa, nerviosa.
Vesemir codeó a su pupilo.
—Más que una maldición —dijo entonces el de los cabellos blancos, forzando una broma para complacer a su maestro—, parece una bendición hecha a medida para nosotros. Cruzar esa puerta nos asegura que tendremos trabajo hasta el día que la palmemos.
El regidor rio su broma.
—Ya os dije, maeses brujos, que les haría gracia a vosotros también. Entonces, ¿cuándo habrán de ir?
—Mañana por la noche —contestó Vesemir—, siempre que consigamos algo del fantasma o no podremos invocarlo y habremos de aguardar más. Por lo pronto, haremos ronda por el pueblo, esperándole.
—¡Estupendo! Me gusta su predisposición, maeses brujos. ¿Pero, ya se van?
—Nos vamos —convino Geralt, incorporándose tras su maestro.
Y se fueron, pero poco recorrieron de la calle antes de que el joven pupilo detuviera a su maestro por el hombro.
—¿A qué vino todo eso, Vesemir? ¿Desde cuándo los brujos debemos informar lo que hacemos?
—Lobo, también tú advertiste que esa muchacha tenía puesta no una, sino las dos orejas en nuestra conversación. Y además, la vi detrás nuestro antes de dividirnos la tarea de hablar con los pueblerinos. Y lo del camino… Geralt, no es coincidencia. Quiero saber por qué va dónde nosotros.
El joven pupilo comprendió entonces: su maestro había hablado para ella, no para el regidor, plantando el cebo.
—¿Crees que ahora…?
—Sí, también nos seguirá. Lobo, óyeme bien, haremos esto…
Y Geralt escuchó con atención.

Los brujos caminaban lentamente por las calles del pueblo, conversando en voz baja y tranquila, parecían dos guardias haciendo la ronda. Y eso es lo que lo querían aparentar, de hecho, estar a la espera de la aparición del fantasma. Pero en su mente tenían una idea bien distinta…
La sentían detrás de ellos. Aunque se esforzara en moverse con pasos felinos de sombra en sombra, aunque en ningún momento uno u otro miraron a sus espaldas, y aunque sus medallones nada percibían a esa distancia, ambos sabían quién les seguía los pasos.
Y tenían algo preparado para ella: en un abrir y cerrar de ojos, tras girar por segunda vez en una esquina, los brujos se separaron y se escabulleron en la oscuridad.
Con rápidas zancadas, y con el camino ya trazado en su mente, el joven pupilo corrió de regreso a la posada, con la capucha puesta remontó los escalones y entró a la habitación. No a la suya, sino a la de la misteriosa muchacha. Y allí, acomodando la silla en un oscuro rincón, se sentó a esperar.
La puerta se abrió, la figura encapuchada se metió dentro, cerró detrás con un resoplido de fastidio. Se deshizo de los guantes, dejó la capa en el perchero y sobre esta su espada, el brujo observó la empuñadura con fascinación. Luego la muchacha encendió una pequeña lámpara y, bajo su tenue luz, se quitó el cinturón, las botas y los protectores de cuero que llevaba en los brazos. A continuación, sin siquiera mirar a su alrededor, comenzó a desabrocharse la camisa. La sonrisa de Geralt se alargó más y más ante cada botón que ella desprendía con rabia, devorándola con la mirada, con los dedos clavados en los muslos para controlarse. Pero entonces la muchacha siguió con sus pantalones, y aunque el brujo tuvo por un momento la idea de dejarla hacer, se arrepintió al momento, pensando que eso era propio de un depravado mirón de pueblo y no de él, y por ello se removió en la silla. Y ese mero movimiento, por suerte, bastó para que la muchacha le advirtiera y diera un respingo, con los ojos bien abiertos.
Geralt se incorporó y avanzó unos pocos pasos, la luz pálida que se filtraba por los postigos dibujó su sombra sobre ella. La muchacha se apresuró a mantener cerrada su camisa con las manos, visiblemente inquieta ante su presencia.
—Bonita espada —dijo el brujo, volviendo a mirar la empuñadura con atención—. Zireael. Golondrina, en la lengua antigua.
—¿Qué demonios haces aquí? —replicó, áspera—. ¿Acaso vienes a darme clases?
—¿Por qué nos sigues?
—No lo hago.
—¡Ja! —se burló Geralt, con un gruñido que quiso ser una risa—. Lo haces, eso no admite discusión, pero, ¿por qué?
La muchacha guardó silencio, firme en su postura, el brujo negó apenas con la cabeza.
—¿Quién eres?
—Nadie —contestó, y Geralt captó un ligero temblor en su voz. Ella se dio cuenta de eso y añadió, nerviosa—: Y sal ahora mismo de mi habitación, ¿acaso vas hasta arriba de gaviota?
Al oír esa palabra, que hasta entonces solo había oído de boca de sus hermanos y de su maestro, el joven pupilo se extrañó tanto que avanzó otro paso y fue brusco al preguntar:
—¿Dónde aprendiste a luchar como un brujo y a hablar como un brujo?
—Quizá sea una bruja.
—No lo eres. No tienes las mutaciones, ni hay ninguna mujer que lo sea. —El fastidio ya brotaba en sus palabras—. Contesta a la pregunta.
La muchacha no rehuyó la mirada de sus ojos dorados, pareció buscar la respuesta más acertada para sus intereses ocultos. Aquello desagradó al brujo, y al mismo tiempo le gustó, ese halo de misterio que flotaba sobre ella le tenía prisionero.
De pronto la joven humedeció su boca con la punta de la lengua, Geralt la siguió en todo su recorrido, imaginándose mil cosas en un solo instante, luego ella mordió su labio inferior y el brujo no pudo evitar hacer lo mismo.
—Me gustan los brujos… sobre todo, los que llevan al lobo colgado del cuello…
La joven levantó la mano y tocó su medallón, Geralt pudo sentir las vibraciones en su pecho, sus músculos se pusieron en tensión.
Cuidado, parecía susurrarle el lobo de plata, cuidado, es poderosa.
Y yo soy débil, pensó él, mirando los ojos verdes, esos labios tan cerca de los suyos...
La misteriosa joven comenzó a recorrer la cadena con un dedo, trepando con lentitud hacia su cuello. Geralt apretó los puños, otra vez se hallaba frente a la tentación, y otra vez perdía. Sin que pudiera dominarlo, aun siendo el mutante que era, el corazón se le aceleró, el ritmo de su respiración cambió.
Recházala, decía el medallón, es fuego, te quemará.
De pronto la joven dejó de sostener su camisa. La mirada del brujo bajó de repente, atraída como un imán, se posó en sus senos, que ahora se apreciaban parcialmente.
Es fuego, se dijo Geralt, y yo una hoja seca.
Y al decir esto, el brujo ya no supo controlarse. Se lanzó hacia ella y atrapó su boca con la suya, aprisionándole la cintura con manos firmes, imprimiendo en ese beso todo su deseo, su ardor, su inexperiencia. La muchacha pareció sorprendida, pero tras un instante dejó de rehuirle y sus lenguas se buscaron, ansiosas, disfrutando una de la otra.
Geralt sintió que podría pasar la vida entera en ese beso, pero al mismo tiempo su cuerpo quería más, mucho más. Entonces la atrajo hacia sí con fuerza, ella le correspondió echándole los brazos al cuello. Al sentirla tan cerca, pegada él, el brujo apreció la electricidad del medallón recorriéndole el cuerpo, y aquello sólo aumentó su placer.
Deteniendo el beso por un momento, cargó en brazos a la joven y la llevó a la cama, como el novio a la novia en su noche de bodas, reanudando el beso.
La dejó allí con suavidad, se puso a horcajadas sobre ella, comenzó a desabotonarse el jubón. Pero los dedos se le habían vuelto torpes, las manos le temblaban de puro deseo. Dejándose llevar por el frenesí del momento, Geralt rompió los botones de un tirón, luego se deshizo de su camisa y se apresuró a quitarle la suya a la joven.
Se inclinó entonces sobre ella, buscó sus labios, que le esperaban abiertos. De pronto el brujo se hizo a un lado, con su mano recorrió poco a poco la piel tersa y pálida de la joven, ella se arqueó con más insistencia a medida que él descendía hacia su sexo.
Geralt volvió a besarla, ahora sus besos eran cortos pero continuos, ávidos, mientras se entretenía quitándole el pantalón, que parecía resistirse. Al mismo tiempo, se quitó las botas, que cayeron al suelo con dos estampidos, su pantalón se lo hizo más sencillo, lo lanzó lejos de la cama, sin mirar.
El brujo se acomodó encima de la joven, separándole las piernas con la cadera, entonces levantó el torso, se ayudó con la mano y entró en ella con un movimiento lento, soltando un gemido. La muchacha también gimió al sentir su ímpetu, Geralt se dejó caer de nuevo y le recorrió el cuello con la lengua, cogiendo sus hombros con garras en lugar de manos, sirviéndose de ese agarre para penetrarla con más fuerza.  La muchacha le envolvió con sus piernas, le mordió con suavidad la oreja y le susurró su nombre.
Aquello fue el detonador del deseo del brujo. Sus movimientos se volvieron fogosos, instintivos, salvajes, apenas si fue capaz de devolver el beso que la muchacha le exigía, pues sus jadeos hicieron la tarea imposible.
La joven se apartó de repente.
—¡Detente, para! —exclamó—. Estás demasiado excitado, si sigues así no podrás aguantar mu…
En ese momento Geralt soltó un grito ronco, apoyó la frente en el pecho de la muchacha, todo su cuerpo sacudiéndose por espasmos de placer.
La muchacha le apartó a un lado, frustrada, enfadada.
—¿Te has quedado a gusto, brujo? –le espetó.
Tendido boca abajo, con la cara hundida en la almohada, Geralt abrió un ojo y la miró, satisfecho y tranquilo.
—Mucho.
—¡Pues yo no! ¿Es que sólo te preocupas por tu propio placer? ¡Pues vaya un amante que estás hecho!
El joven pupilo cerró el ojo y, despacio, buscando una disculpa, se acercó a ella.
—Lo siento —dijo con una caricia—, pero es que hacía mucho que no…
—Eso no es excusa. ¿Es que no sabes controlarte? Puedes esperar, asegurarte de que no seas solo tú quien culmine.
—Si esperas un poco, podré satisfacerte. Nada me agradaría más.
La muchacha gruñó, pero en su mirada Geralt vio que estaba más que dispuesta a esperar. Sonrió. Ella se levantó para limpiarse discretamente.
—Mientras tanto —pronunció el brujo, con una mueca divertida que también tenía su parte de reproche—, podrías explicarme por qué nos sigues.
La muchacha volvió a la cama y se tendió junto a él, boca arriba.
—¿Crees en las maldiciones, Geralt?
—En pocas.
—Pues deberías. Deberías tener cuidado con ellas, también.
El joven pupilo le restó importancia al asunto:
—Los brujos somos inmunes a la mayoría.
—Pero no a todas.
Geralt se apoyó sobre el vientre, alzando el rostro por encima del de la muchacha, la miró con curiosidad.
—¿A dónde quieres llegar? —preguntó—. ¿Qué intentas decirme?
—Geralt… por favor… ya sé que no nos conocemos, pero quiero pedirte algo. Algo que, aunque no lo parezca, es muy importante para mí.
—¿Qué es? Si está en mi mano, lo haré —aseguró, posando sus labios en la cálida piel del hombro de la joven.
—Cuando vayas a la cripta, por lo que más quieras, no entres el primero. Es importante, Geralt.
El brujo alargó su mano y le acarició la barbilla con suavidad.
—¿Te preocupas por mí?
—Esto va más allá de tu persona. Pero sí, también me preocupo por ti. Promételo, Geralt.
—¿Por qué habría de hacerlo? Es una estupidez…
El brujo advirtió que los ojos de la muchacha se ensombrecieron por su respuesta, y el asomo de una lágrima apareció en ellos.
—Si entras el primero, destrozarás mi vida —pronunció—. Tienes que creer en mí. No puedo decirte más, no puedo…
A Geralt le conmovió su voz, el temor que se palpaba en ella. Entonces acercó la mano a su pálida mejilla y atrapó una lágrima con su pulgar.
—No llores… si tanto significa para ti, te doy mi palabra. Lo haré por ti.
Acercó su rostro al suyo y la besó despacio, profundo.
—Intentaré satisfacerte, aquí y en la cripta… —dijo con una media sonrisa, mientras su mano descendía del cuello pálido de muchacha hacia su pecho.
Con una velocidad que le sorprendió, ella agarró su muñeca y le detuvo.
—Quieto. Dado que, obviamente, te falta experiencia, yo te enseñaré lo que le gusta a una mujer… Será una lección que agradecerás y te agradecerán... Dame tu mano, brujo, y bésame, no dejes de besarme…
—Mhmmm —se relamió Geralt—, creo que la lección va a gustarme… Y cómo…
El fuego volvió a brotar donde un instante atrás solo había brasas, y esta vez se entregaron el uno al otro despacio, disfrutando la sensación de cada momento. La muchacha ahogó el grito de su culminación en el hombro del brujo, luego le animó a alcanzar la suya, él poco tardó en estremecerse con un profundo gemido, se derrumbó sobre ella y sintió un cálido beso en la sien.
Pasado un momento, Geralt se dio la vuelta y se dejó caer boca arriba.
—¿Mejor? —preguntó, con una sonrisa de satisfacción.
Ella le correspondió.
—Mucho mejor, mi brujo. Te irá muy bien con las mujeres.
El joven pupilo frunció el ceño, eso último no era lo que esperaba oír.
—¿Por qué me hablas de otras mujeres? No hay otra mujer que me intere…
—Shhh —susurró la muchacha, poniéndole un dedo sobre los labios—. Eres un brujo. Y yo una golondrina.
Geralt la apartó con suavidad, pero aún más confundido.
—¿Qué significa eso?
—Que los brujos y las golondrinas se van.
El brujo calló unos momentos, sin soltarle la mano.
—Puede que juntos —dijo entonces, mirándola a los ojos con más que solo deseo. Mucho más.
Ella suspiró, apoyándole la cabeza en el hombro.
—Puede que un día… —le concedió.
Cuando él la rodeó con el brazo, contento con tenerla cerca, oyeron un grito prolongado proveniente de la calle. Los nervios del brujo se crisparon al instante y se puso en pie de un salto, buscó su ropa entre la de ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó la muchacha, sentándose en la cama.
—Tengo que irme —respondió mientras se ponía el pantalón—. Tengo una cita con un fantasma y llego tarde.
—Ten cuidado, brujo.
—Eh, a quien se lo dices —dijo, guiñándole el ojo con arrogancia.
Y tras coger sus espadas, Geralt salió de la habitación a toda prisa.
Se colgó el tahalí a la espalda mientras bajaba las escaleras, y corriendo de esta a la puerta intentó abrocharse el jubón, pero este conservaba solo uno de los botones: el resto se había desprendido en su loco afán de desnudarse.
Al salir a la calle oyó el agudo aullido de una mujer, echó a correr en esa dirección. Se sentía lento, torpe, agarrotado. Dobló en una esquina, giró en otra, vio ir hacia él a un hombre que corría desesperadamente en dirección contraria. Geralt desenvainó y gritó para que se apartara, pero de pronto el sujeto se vio separado del suelo, como si algo le alzase por las axilas, y ese algo le elevó en el aire para luego lanzarle desde lo alto sobre un tejado.
El joven pupilo corrió bajo el alero del edificio, miró arriba y con sus brazos y cuerpo amortiguó la caída del desgraciado sujeto, ambos cayeron al piso. El brujo se incorporó con lentitud, giró hacia la calle, a tiempo advirtió un mínimo movimiento en el aire, como cuando se mira a través del calor que emana una hoguera, y entonces lanzó un tajo. Pero la hoja no halló resistencia, y Geralt sintió el poderoso topetazo y cayó al suelo, y allí, sin ver de dónde venían, recibió arañazos y puñetazos, uno tras otro.
Vesemir llegó a toda velocidad en ese momento, vio a su pupilo caído y cómo este daba manotazos desesperados intentando defenderse, y supo, a pesar de no verle, que el fantasma estaba sobre él. Se acercó deprisa, hizo la señal de Yrden y, al activarse esta, el espectro se hizo corpóreo. Entonces Geralt pudo por fin detener el ataque, se lo sacó de encima con un puñetazo en la cabeza encapuchada, y un instante después el viejo brujo blandió su espada, la plata arrancó un trozo de los harapos del fantasma.
Sorprendido y asustado, el espectro soltó un aullido que les dejó sordos, y, en la confusión, se perdió entre las calles del pueblo.
Vesemir se apoyó pesadamente en su espada, la carrera le había agotado. Geralt se incorporó ayudándose con la pared del edificio, soltando un suspiro de alivio. Miró a su maestro, se dio cuenta que el viejo se fijaba en su jubón, y al mismo tiempo se acomodaba el suyo dentro del cinturón. Posó entonces su mirada en el cuello de Vesemir, y aunque este se esforzó por ocultarlo distraídamente con la camisa que llevaba debajo, fue demasiado tarde: ahí estaba, un chupetón como los que él solía llevar. Geralt se relajó, sonrió.
—Menos mal que estábamos atentos, ¿eh?
Vesemir resopló.
—Uf, ni que lo digas. —Le señaló con la cabeza—. El hijo de puta te arrancó los botones.
El joven pupilo torció los labios, se señaló el cuello con aire divertido:
—Y mira —dijo—, a ti te ha dejado unos buenos chupetones.
El viejo brujo hizo una mueca, volviéndose a cubrir.
—Un cabrón de los buenos —murmuró—, ni siquiera me he dado cuenta cuando me los hizo.


VII

Los brujos durmieron durante buena parte del día siguiente, pues debían estar bien descansados para descender a la cripta por la noche. El resto de las horas las pasaron buscando la mejor alternativa para enfrentarse al fantasma. De ello, resolvieron que agotarían todas las instancias para expulsarlo por las buenas, y que solo se enfrentarían a él como último recurso. Geralt no dijo nada, pero notó que Vesemir tenía cierto recelo hacia el fantasma, como si lo creyese más poderoso de lo que se mostraba en el pueblo.

En la oscuridad es que los monstruos salen.
El posadero tenía buena parte de razón al decir esas palabras, pensó Geralt ahora, mientras se internaban en la profundidad de la cripta. Sus ojos felinos, y los de su maestro, escudriñaban el frente aprovechando la mínima luz que arrojaban las lámparas que habían enviado encender durante la tarde. El peligro no estaba cerca todavía.
Pero… ¿A qué monstruos se refería el posadero? ¿A los que por su naturaleza se alimentaban de cadáveres, o a los que por mutaciones y duros entrenamientos les daban caza?
Tal vez a ambos. , se dijo Geralt, se refería a ambos. Ambos les asustan por igual.
Caminaron y caminaron por los corredores de la cripta, siguiendo las vibraciones de sus medallones, que llevaban agitándose desde el momento en que traspusieron la verja del cementerio. Llegaron al punto donde la primera lámpara se había apagado, las miradas de ambos brujos se buscaron.
A partir de aquí, decían esos ojos dorados.
La oscuridad se hizo más profunda, mas no lo suficiente para hacer frente a las mutaciones de los brujos. Continuaron. Poco más adelante, en un cruce de pasillos, ambos se detuvieron en seco y vieron pasar de izquierda a derecha una sombra, una criatura encapuchada que se movía lenta pero grácil, sin ningún movimiento de piernas. Una aparición.
Los brujos no volvieron a andar hasta que hubieron pasado varios segundos. A partir de allí, el avance se hizo lento, peligroso. Ser descubierto por una de ellas significaba alertar también a las demás, y en un lugar como ese, podría haber decenas.
Tal vez de encontrarse solo, el joven pupilo hubiera tenido serios problemas. Sabía que contra ellas debía invocar la señal Yrden y mantenerse dentro de sus zonas acción, que sus movimientos debían ser rápidos y constantes, que jamás debía quedarse quieto. Pero allí se encontraba ahora con su maestro, y Vesemir, que entendía que esas apariciones eran una consecuencia y no la causa del problema mayor, le guio con prudencia y consiguieron pasar desapercibidos a través de ellas.
De ese modo, los brujos llegaron, sin blandir sus espadas, hasta donde el medallón quería llevarles: una puerta de doble hoja.
Vesemir se adelantó y limpió de polvo la madera, soplando y barriendo con su mano enguantada. Poco a poco fueron apareciendo unos caracteres raspados a cuchillo, los brujos reconocieron la lengua élfica. Cuando el viejo maestro acabó, pudieron apreciar una frase que hermanaba ambas hojas:

“Quien franquee primero esta puerta, sea varón o mujer, perderá a su primogénito, nacido o por nacer, el día del solsticio de invierno. Quien ose ignorar esta advertencia, verá ponerse el sol en su casa para jamás volver a emerger, y todas las tierras de su posesión se volverán estériles, y nadie, hasta el fin de los tiempos, hallará en ellas una vida pacífica”.

—Ja —carcajeó Vesemir, codeó a Geralt buscando un comentario divertido de su parte.
Pero este no llegó. El viejo brujo miró entonces a su pupilo, se extrañó al darse cuenta que este había retrocedido unos pocos pasos al leer esas palabras.
—¿Qué sucede, Lobo?
La petición de la muchacha golpeaba la cabeza de Geralt como martillo a un yunque, una y otra vez; el joven brujo se llevó la mano a la sien y apretó para callar esa voz.
—No puedo… —balbució Geralt—. No debo…, una maldición.
—Lobo, los brujos somos inmunes a la mayoría de ellas.
—Pero no a todas —replicó con aspereza. Suspiró—. No a todas.
—Geralt, los brujos no tenemos ni tendremos hijos, no tenemos tierras, no buscamos una vida pacífica. Y el sol nunca caerá en Kaer Morhen, siempre y cuando mantengamos su secreto.
El joven pupilo meneó la cabeza.
—Esto va más allá de mí. Es por…. No, Vesemir. No seguiré adelante si tengo que ser el primero en cruzar esta puerta maldita. Si quieres que avance, tendrá que ser tras tus pasos.
Vesemir le puso una mano en el hombro.
—Algo te sucede, Lobo, y me enoja que no quieras decírmelo. Pero no te exigiré que lo hagas. Cruzaré el primero.
Y dicho esto, y tras levantar la tranca que aseguraba la puerta, abrió y cruzó el umbral en la delantera. Tras unos pocos metros, se volvió a su pupilo.
—¿Vendrás?
Geralt asintió.
—Iré.

La sala al otro lado era un gran círculo, de unos treinta metros de diámetro. Unos finos haces de luz pálida se filtraban desde arriba, las partículas de polvo flotaban casi estáticas en el aire. Geralt cerró la puerta, la selló con una señal, luego fue tras su maestro. Vesemir caminó hasta el centro, giró sobre sus pies, abarcó con la mirada toda la circunferencia, donde se sucedían una buena cantidad de nichos.
Ambos medallones les enviaban señales de advertencia.
—Gonjer Barrabas —recitó el viejo, volviéndose hacia su pupilo—. Búscale.
Vesemir se descolgó el morral que cargaba, se puso de rodillas y lo vació sobre el suelo. Cogió de entre todo ello el especiero que robaron en la posada, se incorporó y dibujó un círculo con la sal, de unos dos metros de diámetro, asegurándose de no quedar encerrado dentro. Luego cogió las velas de mecha doble, las acomodó una a una a intervalos regulares, rompiendo con mucho cuidado la línea blanca. Por último, abrió el tarro hermético y, con gran cautela, hizo caer dentro del círculo el pequeño trozo de tela que la hoja de plata había arrancado al espectro.
Satisfecho, Vesemir retrocedió algunos pasos, volvió a arrodillarse, sentándose sobre sus talones.
—¿Geralt? —preguntó sin mirar—. ¿Las tienes?
El joven pupilo apareció por un lado, se acercó a la línea blanca y arrojó algo dentro del círculo, sobre la tela: dos orejas marchitas y ensangrentadas. Luego desenvainó la espada, se apartó unos pocos pasos y asintió ante la mirada inquisitiva de su maestro. Con un simple gesto suyo, las velas se encendieron.
Vesemir pronunció:
—De rodillas en la cripta donde reposan tus restos mortales, yo, un brujo, te invoco a ti, Gonjer Barrabas, usando el nombre que te dieron al nacer. —A medida que recitaba el conjuro, un frío invernal se adueñó del aire de aquella cámara, tanto así que las siguientes palabras del viejo brujo abandonaron su boca acompañadas de vaho—. Yo, un brujo, exijo que oigas mis palabras y te muestres bajo tu forma verdadera, aquí y ahora.
Cuando hubo acabado de pronunciar esa exigencia, las llamas de las velas se volvieron azules, y de ellas manó una nube de humo que se estacionó a baja altura dentro del círculo, para luego esfumarse en un instante. Y allí, encerrada por la sal, flotando sobre una nube negra en lugar de piernas, quedó al descubierto una criatura alta y delgada, cuyo rostro era una profunda oscuridad cercada por una capucha.

[Imagen: 5dd42e88de33db74cf23c47a52bb214d.png]

—Tú —dijo el espectro, con un susurro grave.
Vesemir cogió su espada, que yacía en el suelo, se incorporó con tranquilidad.
—Yo —respondió, mirando a donde debían estar los ojos del fantasma.
—¿Por qué perturbas a un muerto?
—Porque tú irritas a los vivos, y mi trabajo es responder por ellos. —El espectro se movió hacia adelante, como si intentara abalanzarse sobre él, pero fue incapaz de atravesar la línea de velas y sal. Vesemir frunció el ceño—. ¿Qué es lo que tiene atado a este mundo, hamreir? Eso es lo que eres ahora, ¿cierto? Sí, un alma corrompida por un secreto oscuro. ¿Cuál es el tuyo? ¿Qué escondiste en vida, Gonjer Ba…
—¡Silencio! —Por un instante, un par de ojos rojos se encendieron en la negrura de su rostro—. ¡Brujo insolente! ¡Gonjer Barrabas no tenía secretos, su bondad era por todos conocida!
El viejo no se amilanó.
—Hay rumores en el pueblo, hamreir —dijo—, que hablan de una elfa que fue tu sirvienta.
En la mano del espectro apareció una espada negra. Geralt se removió, afirmó los pies preparándose para el combate, pero Vesemir le calmó con un gesto. Había una manera de expulsar al espectro sin blandir la espada, y él intentaría seguirla hasta el final.
—¿Te inquietan esos rumores, verdad? Claro que sí. A mí también me molestarían… si fueran ciertos.
—¡Son falsos! ¡Falsos cada uno de ellos! ¡Un hechizo, un hechizo es lo que me ata a este mundo! Descubre quién lo hizo, brujo, y libérame, te lo ruego.
Vesemir meneó la cabeza.
—Te he dado la oportunidad, hamreir, pero la oscuridad ha cubierto por completo tu alma, y no te deja verla. Debes ser expulsado por la espada.
Con calma, el maestro brujo invocó en el suelo la señal de Yrden, miró a Geralt, asintió con la cabeza. El joven pupilo lanzó Aard y la poderosa corriente de aire barrió el círculo de sal. Viéndose libre, el espectro arremetió contra Vesemir con un tajo vertical, pero al entrar en el radio de acción del glifo su espada y todo su cuerpo se materializó, y el viejo brujo fue capaz de detener el ataque alzando la hoja de plata sobre su cabeza, el estallido metálico resonó en la cripta.
De inmediato, Geralt se acercó al fantasma por un lado y lanzó una estocada, el espectro se hizo atrás a tiempo y desapareció.
Los brujos pegaron sus espaldas, giraron en círculos, atentos, ambos con la espada a la izquierda del cuerpo, listos para un bloqueo. Sin previo aviso, Geralt vio surgir de la nada la hoja negra, sostenida por el brazo harapiento del fantasma, la rechazó a un lado con la suya propia, giró veloz las muñecas y respondió con un golpe ascendente desde el codo. El filo de plata rasgó bajo la axila derecha del espectro, la sangre que salpicó se evaporó en el aire.
—¡Lobo, el glifo! —gritó Vesemir.
El joven pupilo miró a sus pies, vio que la luz del sello se esfumaba, se extinguía, supo que debía ser él quien invocara otro, su maestro no podría hacerlo tan pronto. Separó una mano de la empuñadura, la bajó hacia el piso, se distrajo solo un instante. Pero un instante a veces es mucho. Fue capaz de advertir la aparición del hamreir a su derecha, de ver venir la espada en un barrido lateral, mas su quiebro fue tardío: la hoja atravesó el cuero de la armadura y le desgarró el costado, Geralt soltó un grito ahogado, vio su sangre chorrear y trazar una línea curva al impactar el suelo.
Vesemir se volvió al escuchar la caída de su pupilo, repelió al fantasma agitando la espada en un molinete. Bajo sus pies, el glifo de Yrden se evaporó por completo.
—¡Lobo, la señal! —gritó, mirándole con los ojos desencajados, con una mueca de rabia en el rostro.
Geralt soltó una maldición, se hincó, doblado sobre su flanco. Entonces golpeó la piedra con la palma de la mano e invocó un nuevo glifo, dos segundos antes de que el espectro se abalanzara sobre Vesemir. Las espadas chocaron, el viejo y el espectro tajaban, bloqueaban y contraatacaban igual de rápidos, en movimientos difíciles de seguir para un ojo no entrenado.
El joven pupilo se puso en pie apoyándose en su espada con la mano izquierda, se tambaleó al avanzar, cayó de nuevo. Continuó arrastrándose como una serpiente herida hacia la retaguardia del harmeir, resistiendo el inmenso dolor que amenazaba con quitarle el sentido, se apoyó en el antebrazo derecho y desde el suelo alzó la hoja cuanto pudo, a traición, artero. Su espada penetró al fantasma apenas por encima de la nube oscura sobre la que flotaba, este se dobló y echó la cabeza hacia atrás, soltando un largo y profundo alarido, uno que Vesemir silenció con una estocada que atravesó la negrura oculta bajo la capucha.
Al arrancar la espada de un tirón, el fantasma se esfumó con un grito, y sus harapos cayeron al suelo sin una pizca de vida.
De inmediato, el viejo brujo se acuclilló junto a su pupilo. Geralt tenía la piel casi tan blanca como sus cabellos, pero estaba consciente y todavía sostenía su espada. Y a pesar del dolor, consiguió esbozar una sonrisa.
—De nada —dijo con descaro.
Vesemir rio, nervioso, miró la herida de su costado de reojo.
—No es momento para echarse a descansar —pronunció. Cogió el brazo de Geralt, lo pasó por detrás de su cuello, le ayudó a levantarse—. Pon de tu parte también, no obligues a este viejo a hacer todo el trabajo.
—No estaría mal… por una vez.

Cruzaron la cripta a oscuras, tan deprisa como fueron capaces, cada pocos pasos Vesemir le preguntaba algo a su pupilo, cualquier cosa con tal de oír una respuesta de su boca.
Las apariciones de los pasillos se habían esfumado al ser expulsado el hamreir; tal como el viejo brujo había sabido, no eran sino un efecto secundario. Sus medallones de brujo ya no se agitaban.
Vesemir recordaba el camino y consiguieron hallar la salida sin problema, emergieron renqueantes y agotados. Al recorrer apenas unos pocos metros bajo el dosel de la noche, la misteriosa muchacha apareció de entre las lápidas, corriendo hacia ellos, guardando su espada.
Se detuvieron.
—¡Geralt! —aulló ella, con los ojos desencajados. Él, encorvado y exhausto, hizo un esfuerzo vano por ocultar la sangre que manchaba su costado—. ¡Estás herido!
Alzó la cabeza despacio, la miró cara a cara, vio el terror en sus ojos y sintió pena por ella. ¿Por qué?, preguntó con la mirada, ¿Por qué te preocupas por mí? Solo soy un brujo más…
—Tú otra vez… —consiguió articular con dificultad el joven pupilo, ahogando un quejido. Tosió, alargó los labios en una sonrisa fingida—. ¿Qué haces aquí? ¿Aún no te has cansado de seguirnos?  
—Tiene que verte un médico —replicó la muchacha, apartándole del rostro sus cabellos blancos—. ¿Podrás montar?
—Podré —contestó enseguida. ¿Podré?, se preguntó a sí mismo.
Entre ambos le ayudaron a llegar hasta los caballos. La misteriosa muchacha subió a lomos de Sardinilla, Vesemir le ayudó a él a montarse por detrás, Geralt se agarró a la cintura de ella con manos trémulas.
Llevaban prisa, pero partieron sin apurar el paso más de la cuenta, la muchacha debía notar lo difícil que le estaba siendo mantenerse estable en la silla. Sin embargo, al recorrer solo unas decenas de metros, algo decidió a la muchacha, algo le hizo gritar:
—¡Cógete bien a mí, descansa tu cuerpo en mi espalda, brujo! ¡Y, sobre todo, no te caigas!
Geralt dejó que su cabeza se apoyara en la nuca de ella, apretó su cintura con más fuerza, le enterró los dedos en la piel.
Y así, ambos caballos se lanzaron al galope.

Fue el posadero quien había ido a por el médico, al verles cargar con el brujo herido. Ahora atendía a su pupilo en su habitación, donde ellos le habían acostado, ya inconsciente. Vesemir esperaba con el trasero apoyado en la barandilla, de brazos cruzados y de cara a la puerta, esforzándose por ocultar el temblor de sus manos. Con el rabillo del ojo, el viejo brujo advertía que la desconocida muchacha se removía inquieta, sin saber bien que hacer, hecha un manojo de nervios. Vesemir sintió el deseo de acercársele y tranquilizarla, pero ella se había vuelto a poner su capucha y eso significaba que rechazaría todo acercamiento.
Igual la miró, ella bajó la vista. El viejo maestro se hartó de todo aquello.
—Sigues intentando a toda costa que no vea tu rostro. Y ya lo he visto. —Hizo una pausa, esperando que ella recapacitase y entendiera que no le importaba quién era, que les había ayudado y con eso le bastaba. Pero ella mantuvo la cabeza gacha. Soltando un suspiro, Vesemir decidió que debía soltar todo lo que rondaba por su cabeza—: Lo he visto, muchacha, y no te conozco. Lo sabes, y aun así, sigues ocultándolo. Eso me dice, que si no te conozco, te habré de conocer. En algún momento. Y no quieres que te recuerde.
Entonces, poco a poco, la muchacha se atrevió a levantar la cabeza, le miró con sus ojos verdes bien abiertos, asustados.
El maestro sintió la pena crecer en su interior, tragó saliva con un chasquido. Luego, de pronto, esbozó una sonrisa sincera.
—No temas, tu secreto irá conmigo a la tumba, pase lo que pase.
—¿Por qué? ¿Por qué habrías de hacerlo?
Vesemir se encogió de hombros.
—Porque soy brujo viejo que ha visto mucho de todo. Y porque tus ojos hablan lo que tu boca calla.
La muchacha se lo quedó mirando, pensando en sus palabras.
En ese momento el médico salió de la habitación.
—Se pondrá bien —anunció escueto, antes de irse por el pasillo.
El viejo maestro dibujó una media sonrisa hacia la joven, le señaló la puerta con la cabeza.
Ella cruzó el umbral y cerró.
Geralt la vio entrar y la siguió con la vista mientras se acercaba y se sentaba a su lado.
—¿Cómo estás? —le preguntó la muchacha.
El joven pupilo hizo una mueca.
—He estado mejor, no lo niego. Pero los brujos…
—Curáis rápido —le interrumpió.
Geralt irguió apenas la cabeza, dolorido, miró los ojos verdes, buscando en ellos las respuestas a sus preguntas.
—¿Quién eres?
—¿Lo hiciste? ¿Hiciste lo que te pedí?
—Lo hice —respondió, volviendo a recostarse sobre la almohada.
La muchacha suspiró con alivio.
—Gracias…
El joven pupilo frunció el ceño, aún era incapaz de comprenderlo.
—¿Por qué me pediste eso? Esa maldición no afecta a un brujo… —Meneó la cabeza—. ¿Quién eres?
—Soy… alguien a quien debes olvidar.
La desconocida joven atinó a levantarse, pero él alargó la mano y le sujetó la muñeca, deteniéndola. No quería dejarla ir, pero al mismo tiempo sabía que si ella no partía, él sí lo haría, más temprano que tarde. La muchacha le acarició entonces la mejilla, pasando el pulgar por su mentón con delicadeza. Geralt la acercó hacia sí, ella se inclinó sobre su pecho y le besó, largo y profundo, había en ese beso más sentimientos que deseo, de parte de ambos.
Fue ella quien se apartó.
—Te vas… —dijo el joven pupilo, seguro de que así era. La muchacha asintió—. ¿Volveré a verte?
—¿Crees en el destino?
Él fue sincero:
—No.
Ella sonrió, caminó hacia la puerta, dubitativa.
—¿Ni siquiera me vas a decir tu nombre? —insistió Geralt, incorporándose, apoyándose en un brazo.
La misteriosa muchacha se detuvo, giró medio cuerpo hacia él. Entonces, despacio, metió una mano en el bolsillito de su pantalón y extrajo un pequeño objeto dorado, luego, ante su atenta mirada, se lo puso en el dedo anular de la mano izquierda. Era un anillo de boda. El brujo, dolido, volvió a recostarse sobre la almohada.
—No puedo decírtelo —articuló la muchacha con la voz ligeramente quebrada.
Y dicho esto, abrió la puerta y salió.
Geralt, tendido en la cama, no pudo evitar que una lágrima se le escapara de los ojos.
—Adiós, Golondrina —susurró.

Vesemir, en el pasillo, pudo ver los ojos vidriosos de la muchacha, desvió la mirada para no incomodarla. Pero ella se le acercó, quitándose la capucha, sorbiendo por la nariz y limpiándose las lágrimas de las mejillas. El viejo brujo volvió a mirarla, observando con detenimiento sus rasgos y cabello, y entonces le sonrió con cariño.
De pronto ella alargó los brazos y le abrazó, y él, tras reponerse de la sorpresa, le correspondió con fuerza, protector.
—Cuida de él, viejo maestro… Y de ti.
Vesemir asintió suavemente, sin saber qué decir. Y todavía en silencio, la vio marcharse por el pasillo.
—Te volveré a ver, niña —murmuró, mirándola por encima de la barandilla—. Algún día te volveré a ver.

El joven pupilo agradeció en silencio que su maestro, sabio como pocos, esperara un tiempo prudente antes de entrar en la habitación. Se le sentó a su lado, en la silla, miró con atención la herida de su costado.
—Una cicatriz para el recuerdo —dijo Vesemir.
Algo en el tono de su voz le hizo dudar a Geralt si esas palabras encerraban algo más de lo que parecía. Prefirió cambiar de tema:
—Debes volver a la cripta y recuperar…
—Lobo —le cortó, con una sonrisa—, sé lo que ha de hacerse con un espectro para que no regrese,  no enseñes a tu padre a hacer hijos.
Se le veía más distendido que de costumbre, el joven pupilo se preguntó hasta qué punto el viejo se había preocupado por él hasta hacía un momento. No quiso ni imaginarlo.
—Vesemir, yo, me distraje, la señal… debí advertirlo solo…
—Estás bien, y eso es lo que importa. Nada más.
—Pero casi…
—Sin peros, Geralt.
El joven pupilo se calló de pronto. Rara vez su maestro usaba su nombre, solo cuando realmente no estaba dispuesto a discutir de un tema específico, cuando era su palabra, y solo la suya, la que deseaba escuchar.
—No le des más vueltas, que te sirva como aprendizaje —continuó el viejo, con el gesto endurecido. Hizo una pequeña pausa—. Y no me refiero solo a lo que ocurrió dentro de la cripta.
El joven pupilo miró los ojos de su maestro, molesto por el hecho de que relacionara una cosa con la otra.
—Vesemir…
—Lobo, no. No discutas, guárdate las excusas. —El tono del viejo era serio, pero también paternal—. Yo te comprendo. También he vivido lo que tú una vez, hace años, largos años. Y créeme, con ello solo consigues hacerte daño, y hacérselo también a otros. Lobo, escúchame. Ama a las mujeres, pero no te enamores de ellas: a los brujos no suele salirnos bien.
—¿Por qué, Vesemir? ¿Por qué tiene que ser así?
—Es el precio de nuestra profesión. Un brujo debe ir y venir; dar caza a los monstruos, no esperarlos. Por eso, Geralt, no te enamores más que de tu espada, pues es la única que estará dispuesta a seguirte en la Senda. Nadie más.
Y dicho esto, el viejo le dio unas palmadas en el muslo y se encaminó hacia la puerta.
—Vesemir —le llamó Geralt, deteniéndole a mitad de camino—. Será difícil olvidarla.
El maestro meneó la cabeza.
—Lo harás, Lobo. Solo debes aprender a superar su recuerdo, eso es lo que hace un brujo.
Geralt asintió con desgana, miró al techo con aire abatido.
—Si te sirve de algo —dijo Vesemir—, había amor en sus ojos.
—Y un anillo de boda en su dedo —replicó el joven, torciendo la boca con disgusto al volver a mirarle.
El viejo maestro arqueó una ceja.
—Ups, vaya…
Y Geralt, al ver la mueca de sorpresa y embarazo en el rostro de su maestro, se echó a reír. Y su risa, que rara vez solía oírse tan sincera y espontánea, contagió a Vesemir.
Viviendo a la sombra del destino.
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#3
Sigo pensando que es genial, un trabajo impecable. Por más que lo leo, no me cansoooooooooo!!! Ay qué peazo escritor estás hecho!

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#4
Va, yo también te voy a poner lo que más me ha gustado.

" —Te saca de quicio ese simple ruido, ¿eh, viejo? —Geralt sonrió, pateó con más insistencia el brocal de ladrillo, pudo ver como su maestro apretaba el puño.
—Lobo…
—¿Si…?
El viejo brujo se lo pensó mejor: si le decía que se detuviera, el muy ladino le pondría más empeño.
—Nada —suspiró—. Olvídalo." Ya ahí empecé con las risas, por lo cabronazo que es tu Geralt JAJAJA!

"—“Te equivocas, Lobo”, “no das pie con bola, Lobo”, “metiste la pata, Lobo” —"jajajjajaajj!! Sin comentarios.

"—¿Y para el gaznate? —preguntó Geralt, con una media sonrisa.
El posadero meneó la cabeza, recibió un pisotón de parte de una mujer.
—Eh… eh, cerveza tendrán también —balbuceó este." Me imaginé a la mujer con cara mala leche clavándole el tacón al posadero por agarrado y mira, las risas...

"Los brujos se detuvieron ante el árbol, el viento arreció y agitó las numerosas lámparas que colgaban de las ramas muertas, estas chocaron unas con otras con un tintineo metálico." Cuando lo leí me vi allí mirando al árbol y a las lamparitas, tal cual, por eso lo resalto.

" ‹‹Una abominación para matar a otra, eso es lo desean quienes contratan nuestros servicios››. Geralt no pudo evitar recordar esas palabras mientras desenvainaban sus espadas de plata." Resaltas la amargura que siente por el rechazo, más cuanto más joven, acabado de salir de la Fortaleza, tal como en los libros deja entrever cuando narra la primera vez que ayudó a un padre y una hija que están siendo atacados por malhechores.

"Vesemir sostenía su espada con ambas manos, Geralt solo con la izquierda, en la derecha llevaba una piedra. Sin detenerse, el joven pupilo lanzó esta última contra una lápida, el ruido distrajo a los necrófagos, les dio a los brujos el factor sorpresa." fíjate que lo de la piedra me dejó con la boca abierta... Parece una bobada, pero es tan propio...

"—¿Qué traes ahí? —preguntó Vesemir. Geralt guardó el premio en el saco—. ¿Otra cabeza?
—Ajam. La de un ghul solitario que olió a nuestro ángel de la guarda." Me encantó su cinismo, más cuando realmente era su angel de la guarda, jajjajja!

"Vesemir y Geralt se miraron con fijeza, ambos pensaron lo mismo: un brujo." Lo que te decía, que me encanta cómo se entienden con una mirada o pocas palabras.

" Menos mal, pensó, menos mal que el saco con las cabezas está del otro lado. " jajajajjaja, que si se espanta la moza la hemos liado! me reí con el pensamiento de Geralt.

"—Tanto misterio no puede ser bueno —dijo el maestro, señalando el balcón interior con la cabeza." todo este párrafo me pareció muy bueno y muy propio de Vesemir ante un Geralt al que él conoce bien...

"—No me culpes a mi si para el final del día me oyes hablar así —Geralt imitó la voz de un campesino—: Oh, maese posadero, una cerveza querré p’arremoja’ gaznate, que el día entero me lo pasé andurriando a dos patas por el poblado este, oyendo de acerca de los mostros esos, fieros como mi maestro, y eso ya e’ mucho decir.
Vesemir soltó una risa." Y yo otra al imaginármelo, ese brujo joven y deslenguado que la vida moderaría a base de sinsabores hasta ser el que conocemos. Ay, la juventud...

"Vesemir codeó a su pupilo.
—Más que una maldición —dijo entonces el de los cabellos blancos, forzando una broma para complacer a su maestro—, parece una bendición hecha a medida para nosotros. Cruzar esa puerta nos asegura que tendremos trabajo hasta el día que la palmemos." Me hizo gracia ver que, en el fondo, a Vesemir le gustan las chanzas de Geralt y las busca.

"Cuidado, parecía susurrarle el lobo de plata, cuidado, es poderosa." "Recházala, decía el medallón, es fuego, te quemará." "Es fuego, se dijo Geralt, y yo una hoja seca." me encantó .

"—Menos mal que estábamos atentos, ¿eh?
Vesemir resopló.
—Uf, ni que lo digas. —Le señaló con la cabeza—. El hijo de puta te arrancó los botones.
El joven pupilo torció los labios, se señaló el cuello con aire divertido:
—Y mira —dijo—, a ti te ha dejado unos buenos chupetones.
El viejo brujo hizo una mueca, volviéndose a cubrir.
—Un cabrón de los buenos —murmuró—, ni siquiera me he dado cuenta cuando me los hizo." Jajajjaja, la manera en que hiciste esto me gustó muchísimo. Ambos disimulando sus actividades nocturnas... disculpando al otro para disculparse a si mismos.

"—Geralt, los brujos no tenemos ni tendremos hijos, no tenemos tierras, no buscamos una vida pacífica. Y el sol nunca caerá en Kaer Morhen, siempre y cuando mantengamos su secreto." Me gustó mucho tu resolución y me allanó el camino para mi propio capítulo.

"Con calma, el maestro brujo invocó en el suelo la señal de Yrden, miró a Geralt, asintió con la cabeza. El joven pupilo lanzó Aard y la poderosa corriente de aire barrió el círculo de sal. " Todo esto, todo lo de la cripta, es que me dejó boquiabierta. Es tan profesional en modo en que ambos se conducen... Y lo mismo, cómo se entienden en lo que se ha de hacer.

"Vesemir asintió suavemente, sin saber qué decir. Y todavía en silencio, la vio marcharse por el pasillo.
—Te volveré a ver, niña —murmuró, mirándola por encima de la barandilla—. Algún día te volveré a ver." Esto me emocionó porque vi al auténtico Vesemir, el que muestra su corazoncito.

"El joven pupilo se calló de pronto. Rara vez su maestro usaba su nombre, solo cuando realmente no estaba dispuesto a discutir de un tema específico, cuando era su palabra, y solo la suya, la que deseaba escuchar." Y esto, es que me encantóoooooooo!! Tanto que lo quitaste en una corrección y te pedí encarecidamente que volvieras a ponerlo...

"Es el precio de nuestra profesión. Un brujo debe ir y venir; dar caza a los monstruos, no esperarlos. Por eso, Geralt, no te enamores más que de tu espada, pues es la única que estará dispuesta a seguirte en la Senda. Nadie más." Profunda, cierta y rotunda frase de Vesemir, la esencia del brujo.

Un gustazo que saliera todo esto de nuestra colaboración. Lo mejor de ambos dando lugar a una historia como pocos fics de esta calidad existen. Incluso fuera de los fanfics, difícil encontrar algo de esta calidad.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#5
Jejeej te ha pasado como a mi, que daban ganas de marcar todo el texto jajaja

"Un gustazo que saliera todo esto de nuestra colaboración. Lo mejor de ambos dando lugar a una historia como pocos fics de esta calidad existen. Incluso fuera de los fanfics, difícil encontrar algo de esta calidad."

Un gustazo para mi también! Smile
Viviendo a la sombra del destino.
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#6
Las descripciones, la manera de hablar de los aldeanos, los detalles, las conversaciones entre los brujos, la caza de monstruos, las imágenes, el juego del ratón y el gato con la muchacha, el sexo, la cripta, ese final conmovedor y emotivo...

Perfecto. Todo.

Desde el punto de vista técnico, aparte de fluido, está impoluto. Solo un apunte: "casi sufre un ataque al corazón" (el tabernero al ver las cabezas) está escrito en presente, cosa que no comprendo cuando el resto del párrafo lo escribiste en pasado. Pero fíjate que gilipollez te saco cuando todo lo demás está de diez.

Sashka tiene razón, dudo que, al menos en castellano, haya fan fics de la saga de tanta calidad. Enhorabuena porque no dejáis de impresionarme.

Te pongo un "pero" que en realidad no es tal. Como también sigo el fan fic de Sashka y conocía la identidad de la muchacha desde el principio, y deja claro cual es el problemón que tiene, el argumento principal de la historia (o sea, la cripta) dejó de interesarme. Estaba más pendiente de los encuentros con ella (ese Geralt enchochao  Rolleyes ) que de la trama principal, a la que prácticamente dejé de prestar atención. Pero no es una crítica, ni algo a mejorar, sino que es la esencia de este relato.

El relato es largo (a pesar de que se me ha hecho cortísimo de leer) e imagino que el de Sashka será aproximadamente de las mismas dimensiones, así que lo leeré a lo largo de la semana. Ya os seguiré contando en su post. Un saludo, y reitero mis felicitaciones  Wink
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#7
"Estarás a salvo con nosotros, te doy mi palabra.
—Bien que lo sé —replicó ella, de pronto."

Hubo muchos detalles que me parecieron tiernos, pero este particularmente fue el que más me llegó. Formidable, ojalá contara con la mitad del talento que derrocháis.
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#8
(18/06/2019 09:42 AM)Daghdha escribió: Las descripciones, la manera de hablar de los aldeanos, los detalles, las conversaciones entre los brujos, la caza de monstruos, las imágenes, el juego del ratón y el gato con la muchacha, el sexo, la cripta, ese final conmovedor y emotivo...

Perfecto. Todo.

Desde el punto de vista técnico, aparte de fluido, está impoluto. Solo un apunte: "casi sufre un ataque al corazón" (el tabernero al ver las cabezas) está escrito en presente, cosa que no comprendo cuando el resto del párrafo lo escribiste en pasado. Pero fíjate que gilipollez te saco cuando todo lo demás está de diez.

Sashka tiene razón, dudo que, al menos en castellano, haya fan fics de la saga de tanta calidad. Enhorabuena porque no dejáis de impresionarme.

Te pongo un "pero" que en realidad no es tal. Como también sigo el fan fic de Sashka y conocía la identidad de la muchacha desde el principio, y deja claro cual es el problemón que tiene, el argumento principal de la historia (o sea, la cripta) dejó de interesarme. Estaba más pendiente de los encuentros con ella (ese Geralt enchochao  Rolleyes ) que de la trama principal, a la que prácticamente dejé de prestar atención. Pero no es una crítica, ni algo a mejorar, sino que es la esencia de este relato.

El relato es largo (a pesar de que se me ha hecho cortísimo de leer) e imagino que el de Sashka será aproximadamente de las mismas dimensiones, así que lo leeré a lo largo de la semana. Ya os seguiré contando en su post. Un saludo, y reitero mis felicitaciones  Wink

Por fin te lo has leído!! Jejeej que vacaciones inoportunas, qué irresponsabilidad dejar tu obligación como único fan en medio de la temporada de escritura jajaja. De verdad, Daghdha, muchas gracias por pasarte y leer mi capítulo, y muchas más por tus palabras! Me pone muy contento que te haya gustado, que lo hayas pasado bien leyendolo, que es lo primordial. Sashka decía: "meará colonia cuando lo lea, ya verás!", jejeje.
Te agradezco tambien que me señales ese cambio de pasado a presente, lo corregiré enseguida.  Y bueno, con lo de la historia, es lógico que te interesara más la parte de Ciri que la de la cripta, pues en definitiva, como dices, la primera es la esencia del relato.
Ya has probado el aperitivo, ahora a por el plato principal con el capítulo de Sashka!
Viviendo a la sombra del destino.
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#9
Reconozco que no soy lector de fanfics (por tanto, tampoco el mejor comentarista posible de una historia de este tipo), pero curioseando por el foro me he dejado caer por aquí y he quedado gratamente sorprendido. Tan sólo leí las dos primeras partes, pero atrapa, y dan ganas de seguir leyendo hasta el final. La calidad narrativa es excelente. Y he visto poquísimas cosas a corregir. Ya solo eso habla de un texto muy trabajado.

En cuanto disponga de algo más de tiempo me paso otra vez y continúo con la lectura, a ver cómo les funciona el negocio a estos "simpáticos" brujos...

Eso sí, vayan por delante mis sinceras felicitaciones para el autor (o autores). Wink
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
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#10
(18/06/2019 12:41 PM)Helkion escribió: Reconozco que no soy lector de fanfics (por tanto, tampoco el mejor comentarista posible de una historia de este tipo), pero curioseando por el foro me he dejado caer por aquí y he quedado gratamente sorprendido. Tan sólo leí las dos primeras partes, pero atrapa, y dan ganas de seguir leyendo hasta el final. La calidad narrativa es excelente. Y he visto poquísimas cosas a corregir. Ya solo eso habla de un texto muy trabajado.

En cuanto disponga de algo más de tiempo me paso otra vez y continúo con la lectura, a ver cómo les funciona el negocio a estos "simpáticos" brujos...

Eso sí, vayan por delante mis sinceras felicitaciones para el autor (o autores). Wink

Gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar, toda apreciación sirve para un escritor!! Animate a leerlo completo que no te arrepentirás! Y gracias por tu felicitación Wink
Viviendo a la sombra del destino.
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