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[FANFIC] LA FUERZA DEL DESTINO (SAGA GERALT DE RIVIA) CAPÍTULO 14
#1
Capítulo 14


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N.A. Este capítulo es especial, muy especial. Se complementa con el de FrancoMendiverry95, “Las Enseñanzas de un Brujo IV”, que debe leerse PRIMERO.
http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html

Ha sido una experiencia muy divertida, gratificante, novedosa. Me ha encantado trabajar con él, y quiero resaltar su buen hacer, su originalidad, su visión para la relación de los dos brujos y sus manejos, tanto en la lucha como la faceta profesional en sus tareas propias de brujos, es increíble lo que consigue. La tensión, las descripciones de la acción, las enseñanzas… Es un escritor de pies a cabeza, Sapkowski estaría orgulloso de él (y a continuación le denunciaría, jajajajja). Nos hemos complementado de maravilla, él es la acción, y yo el sentimiento. Creo que mi amistad y admiración por él ha aumentado muchísimo con este trabajo. Sólo me falta pedirle perdón por ser tan pesada, por mi impaciencia por recibir sus fragmentos, ávida de leerlos. Estoy muy orgullosa de él. ¡Gracias, Franco, por hacer esto posible!

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I


A los dos meses, empezaron las pesadillas. Fue como volver a aquella parte de mi infancia: me despertaba gritando en los brazos de Geralt, asustada, sudorosa y temblando, pero no recordaba nada cuando despertaba.
Después, debido seguramente al estrés y a la angustia, me quedé sin leche y hubo que buscar nodrizas para los niños. Me sentí culpable por ello y miraba con pesar a las mujeres amamantándoles en mi lugar. Eso acrecentó aún más mi ansiedad, e hizo que me volcara totalmente en los bebés. Que se convirtieran en una obsesión.

Desoyendo mis deseos de ocuparme personalmente de mis hijos, Geralt habló con mi padre, quien me obligó a aceptar la ayuda de dos niñeras, con el fin de tener algo de tiempo libre para mí. Estaba muy preocupado, intentaba ayudarme, tan perdido como yo.
Así, por las mañanas dejábamos a los niños con ellas y salíamos a cabalgar juntos, y por las tardes, durante un rato, paseábamos charlando o entrenábamos con la espada, todo para que descansara de mi responsabilidad y dedicación, para que me distrajera. Pero no cambiaba nada, las pesadillas seguían acudiendo cada noche.

Ante la pregunta frecuente de mi brujo de qué me pasaba, no sabía qué responder. Algo no estaba bien.

Mi instinto me estaba, ya no hablando, sino gritando. A las dos semanas, cuando despertaba de mi pesadilla, logré retener parte del contenido: un pequeño ataúd al que se comía la tierra… Se abrió camino en mi mente la idea de que tal vez daba por hecho que los problemas se habían solucionado, pero ¿y si no era así? Debía volver al futuro, comprobar que lo había cambiado y que todo estaba como debía estar.

Hablé de mis intenciones con Geralt de viajar en el tiempo otra vez. Estuvo de acuerdo, aunque solo fuera para que yo me tranquilizara.
Lo hice.
Él esperaba que regresara tranquila por fin, ni mucho menos lo que se encontró. Nerviosa y terriblemente angustiada, me refugié en sus brazos nada más volver, mientras las lágrimas escapaban de mis ojos por lo que había visto.

[Imagen: 10qklr4.jpg]

—¡Oh, Geralt! —sollocé contra su pecho.
—¿Qué te pasa? ¿Qué has encontrado? —dijo nervioso, mientras sus manos recorrían mi espalda intentando reconfortarme.
—No ha cambiado nada. ¡La niña se muere! ¿Por qué? No enferma, está sana y, de repente, empieza a marchitarse como una flor. La he visto… ¡La he visto morir!
Ante el recuerdo de las terribles imágenes, enterré mi rostro todavía más en su pecho. Amorosamente, dejó que desahogara esa angustia, aunque él mismo empezó a sentirla. La niña era ya su ojito derecho.
—Cuéntamelo todo al pie de la letra —dijo al cabo de un momento—. Ven, sentémonos. Se nos ocurrirá algo para evitarlo. Lo impediremos, Ciri.

Nos acercamos al sofá y me sentó en su regazo, como antaño. Allí, con sus brazos a mi alrededor, me sentía segura. Más calmada, con mi cabeza reposando en su hombro y contra su mentón, comencé a explicarle todo lo que había presenciado, escondida en mi propia habitación de palacio.
—Los médicos no encontraron explicación —continué tras contarle los hechos—. Los hechiceros hablaron de una posible maldición, pero nada de lo que hicieron sirvió para deshacerla. Yo creo que sí, algo me dice que sí se trata de eso. Geralt, la niña muere justamente en el solsticio de invierno, demasiada casualidad.
—¿Hablaste conmigo otra vez? ¿Te dije si mi medallón vibraba más de lo normal en su cercanía?
—Sí, lo hacía —me separé de su hombro para mirarle a los ojos—. ¿Quién, Geralt, quién puede haber lanzado una maldición sobre nuestra niña? ¿Por qué? Nadie puede tener una razón para querer matarla. Ya no es una amenaza para la sucesión, no consta como primogénita.
—No consta, pero lo es… y una maldición… Ningún hechicero ha estado cerca de los niños, salvo Triss y Yennefer, que, por supuesto, quedan descartadas.
—¿Y si no es concretamente contra la niña? ¿Y si no es actual? Tenemos que pensar en cualquier posibilidad, si queremos descubrir cómo salvarla. ¿Y si es a mí a quien maldijeron? ¿Y si fue Caranthir, de algún modo, antes de morir? Tú, desde luego, quedas descartado. Nadie lanzaría una maldición así a un brujo, sería estúpido maldecir a alguien que se supone que no puede tener hijos. De risa, vaya.
Geralt se quedó callado unos momentos, luego se puso rígido.
—Un brujo se reiría de una maldición así… se reiría…
Le miré, algo en el tono de su voz me inquietó. Soltó un brazo y se llevó la mano a la cara, la frotó, palideciendo.
—Oh, joder… oh, joder, Ciri… Eso es.
—¿Geralt?
—Es algo que ocurrió cuando era muy joven. Tiene que ser eso.
Se quedó en silencio, recordando.
—Háblame, dime qué pasó…
—Un contrato, Ciri. Fue en Calsgon. Una maldición a resultas de cumplirlo, de la que me reí con ganas, porque afectaba al primogénito, a las tierras y a la vida tranquila del maldecido. Pero los brujos no tenemos hijos, al menos hasta ahora, ni tenemos tierras, y nuestra vida nunca es tranquila, así que no le di ninguna importancia y lo olvidé por completo.
—Geralt, cuéntame eso detalladamente. Tengo que saberlo todo. Tendré que viajar a ese tiempo para poder impedirlo.
Me relató lo que recordaba, y nos quedamos en silencio unos minutos.
—Es poco, es muy poco lo que me has contado. Es tan vago… Pero debo impedir que lo hagas, sea como sea. Tendré que averiguar por mi cuenta lo que no recuerdas. Voy a ir. No estaré tranquila hasta que todo esto se haya resuelto.
—Te acompaño.
—No puedes venir. Ya es suficiente riesgo que vaya yo. No puedes encontrarte con tu yo pasado, Geralt. No sé qué consecuencias podría tener eso, pero seguro que nada buenas.
—¿Y tú?
—Debo arriesgarme, si queremos salvar a Gwynael. Quizá pueda evitarlo sin tener contacto contigo, pero, si no, tendré que hablarte y disuadirte, buscar la manera de conseguirlo sin revelarte nada de tu futuro. Procuraré ser discreta, pero haré lo que tenga que hacer. No dejaré que nuestra pequeña muera.
—Prométeme que tendrás cuidado —me pidió envolviéndome en su cálido abrazo de nuevo.
—Lo tendré, te lo prometo, ¿cómo no tenerlo? —dije, enredando mis dedos en el pelo de su nuca—. Me lo juego todo, Geralt. Si doy un mal paso, tal vez no te encuentre a mi lado al volver. Ni a ellos… Oh, mi amor, es todo tan difícil…
Estreché el abrazo, estremecida ante esa posibilidad. Si Geralt y nuestros hijos me faltaban, no podría vivir, estaba segura. Porque los recuerdos de esta realidad que ya no existiría seguirían en mí, anhelantes.
—No esperaré más. Voy a cambiarme de ropa y a coger unas cuantas cosas que podría necesitar.
—Ciri… viajaba con Vesemir. Al viejo no se le escapaba nada, recuérdalo.
—Oh, no… la cicatriz. Tengo que evitar que se vea a toda costa. Es un rasgo fácil de recordar, y eso podría traer consecuencias…
—Y, ¿qué vas a hacer? No la puedes borrar.
—Necesito magia. Por mucho que me fastidie, iré a ver a Fringilla, algo tendrá para eso.


Mi ropa yacía esparcida por el suelo en el vestidor, me había puesto mi ropa de brujo. La espada colgaba por debajo de una capa marrón, con capucha, y llevaba también un pequeño morral con oro para cambiar, algo de ropa interior y el tarro del glamarye especial que Fringilla había hecho para mí. Antes de partir, por supuesto, me unté con él la cicatriz. Después de besar a nuestros niños, me arrojé a los brazos de Geralt.
—Te deseo suerte, aunque sé que lo conseguirás. Eres capaz de todo, Ciri…
—Lo conseguiré, Geralt. Tengo que conseguirlo. Te quiero.
—Te quiero.
Nos besamos tratando de transmitir al otro el amor que sentíamos y la esperanza de que todo se resolviera.
—Ten mucho cuidado… —dijo cuando me separé de su abrazo, manteniendo mi mano en la suya.
—Claro. Para ti, volveré en seguida, pero yo… Te echaré de menos.
Solté su mano y me fui.

II


Con un destello verde, me encontré en las afueras de Calsgon, entre unos árboles, cerca del camino. Sin esperar salí en dirección al pueblo, decidida.
Era un pueblo bonito, cuidado y limpio. No era grande, pero pude observar, mientras entraba por la calle principal, que no parecía faltarle de nada. Un pueblo próspero, quizá hasta en auge, de ahí que no escatimaran en contratar, no uno, sino dos brujos.

Lo primero que debía hacer era buscar y saber dónde estaba Geralt, así que me dirigí a la posada más próxima. La primera que encontré no era del tipo en la que un brujo se alojaría, es decir, dudaba que los precios fueran lo suficientemente razonables. Sin embargo, no iba a pasar nada por alto ni a dar nada por hecho. Pensé con fastidio que ojalá Geralt hubiera podido darme más información, pero habían pasado más de setenta años de aquello y no recordaba muchos detalles.

Sentí un cosquilleo en mi interior al pensar en encontrar una versión muy joven de mi brujo.  ¿Cómo sería? ¿Le sentiría igual que a su versión actual o sería alguien completamente ajeno? Suspiré ante la incógnita.

Me calé la capucha para disimular tanto la empuñadura de la espada como para ocultar mi rostro, y me dirigí hacia la puerta de la posada. Cuando iba a tocarla, esta se abrió. Dos hombres salían y, en lugar de apartarme, me quedé pasmada en medio de la puerta, mirándoles a ambos.

[Imagen: 2z65g5g.jpg]

Mis ojos se posaron entonces en los del más joven, y por un momento nos miramos. Eran brujos, y el joven al que observaba paralizada era Geralt, un Geralt más o menos de mi edad. El otro era Vesemir, cuyo aspecto poco variaba del que yo conocí, quizá sus arrugas eran menos profundas y el cabello menos cano. Me costó unos momentos sobreponerme a la sorpresa.
Se apartaron caballerosamente a un lado, permitiéndome el paso al percatarse de que era una mujer, y avancé, desviando con esfuerzo mi mirada de la del joven brujo. Pero, tras unos pasos, antes de que se cerrara la puerta, volví la vista atrás sin poderlo evitar y me encontré de nuevo con sus ojos, que me observaban con interés. Me pregunté si él había sentido el mismo magnetismo que yo. Me pregunté si el destino trataría de reunirnos también allí.
Siempre fue un hombre atractivo, por lo que veía, aunque su mirada irradiaba una seguridad en sí mismo que rayaba la arrogancia y el descaro. Nada de ello quedaba en el brujo que yo conocía, pero ese punto tan distinto despertó mi curiosidad.

[Imagen: 2uoqryc.jpg]

Consternada, me dirigí al posadero. Había sido un golpe de suerte encontrarles en la primera posada en la que miraba, me dije contenta. Geralt y Vesemir debían alojarse allí a todas luces, así que yo también lo haría para vigilarles y buscar la manera de evitar la pesadilla que el futuro nos deparaba. Pensé en seguirles ya, pero debía dejar que el inmediato encuentro se diluyera en su memoria, no quería ser descubierta, al menos de momento.

Después de alquilar una habitación y dejar allí lo prescindible, salí de nuevo a las calles, debía afanarme en encontrarles y espiarles. Dado que el pueblo no era muy grande, tuve suerte, les vi pasar a caballo hacia las afueras y conduje mis pasos tras ellos. Corriendo para no perderles, les seguí, de lejos ya, hasta el camino que salía del pueblo. Se perdieron a mi vista, y yo maldije por no haber pensado en traer a Kelpa, pero continué avanzando por el camino, esperando dar con ellos en algún momento. Mucho más adelante, vi sus caballos atados en un árbol donde empezaba un bosquecillo, cerca de la entrada del cementerio. Anochecía en la corta tarde invernal.
Me acerqué discretamente, escondiéndome tras los árboles, y miré por encima del murete que delimitaba el camposanto. No se veía a los brujos por ningún lado, pero si sus caballos estaban allí, ellos debían estar también. Intenté entrar, pero la puerta estaba trabada por dentro con un barrote suelto y no quise arriesgarme a hacer ruido para quitarlo. Sabía de sobras el buen oído de los brujos, sobre todo, de un brujo al acecho.
Pensándomelo mejor, busqué, avanzando agachada tras el murito, un lugar para ocultarme desde donde pudiera vigilar el cementerio y a la vez estar a salvo: los dos brujos estaban allí para acabar con algo, y bien sabía lo que solía frecuentar las necrópolis. Así que esperé agazapada detrás de un árbol solitario, desde el que dominaba tanto el camposanto como el espacio a mi alrededor: si algo avanzaba hacia mí, sería en campo abierto y podría verlo venir con tiempo para prepararme. Caía ya la noche en torno a mí y nada se movía a mi alrededor. Tan sólo se escuchaba, de vez en cuando, el lúgubre campaneo de unas lámparas prendidas en las ramas de un enorme roble seco, cuando la ligera brisa agitaba sus ramas.

Cuando el ultimo rayo de sol se extinguió, distinguí unas formas moviéndose en dirección al murete. De un salto lo encumbraron, luego se dejaron caer al interior del recinto: eran ghules. Me arrebujé contra el tronco del árbol, esperando que la dirección de la brisa no cambiara o tendría problemas si percibían mi olor, había nada menos que cinco ejemplares. Con los monstruos campando ya entre las lápidas, sabía que ellos no tardarían en aparecer.

Sonó un golpeteo contra la losa de una tumba, y mis ojos buscaron una explicación al sonido, con todos mis músculos en tensión. Entonces los vi, se acercaban aprovechando la distracción de los monstruos, el brillo argénteo de las espadas de plata reluciendo en la mano. Sus pasos, decididos, ausentes de todo temor, iban directos hacia las peligrosas criaturas. Sentí mi propia adrenalina fluir, anticipando lo que se avecinaba.
Los dos brujos entraron en acción, luchando contra el grupo de ghules, moviendo sus filos con letal precisión. Nunca había visto a Vesemir blandir la espada en combate, así que, curiosa, me acerqué imprudentemente al muro, pues en la casi total oscuridad mis ojos no captaban el detalle en la distancia. Me distraje mirando sus manejos, abstraída. Tío Vesemir era maestro de esgrima no por nada, me deleité viendo su habilidad, reconocí su estilo en Geralt. Me admiré viéndoles trabajar juntos, en sincronía, ambos rápidos y entendiéndose sin palabras. En medio de la distracción, oí un ruido cerca y moví la cabeza, capté entonces un movimiento en la oscuridad con el rabillo del ojo y me giré rápida. Un ghul me había olido y se acercaba a mí a la carrera.

Sin siquiera pensarlo, mi espada estaba en mi mano. Estaba preparada, con el cuerpo rebosante de adrenalina. Se me echó encima, pero yo me aparté con una pirueta y tajé al detenerme, alcancé su espalda. Sabía que no era un tajo mortal y maldije, no podía entretenerme o podían descubrirme.

[Imagen: 34s13ev.jpg]

Giró y volvió a la carga. Le esperé preparando la espada para mi siguiente movimiento y, cuando casi estuvo ante mí, me teleporté a su espalda e imprimí la fuerza necesaria con una media vuelta para decapitarle. Antes siquiera de que su cuerpo tocara el suelo, miré hacia los hombres temiendo que me hubieran visto pero, afortunadamente, estaban demasiado ocupados en su propia lucha.

Tras el susto decidí volver al pueblo, sólo estaban limpiando el cementerio de ghules, nada tenía que ver aún con la maldición que debía evitar. Los brujos trabajan por partes, una cosa y después la otra, sin arriesgar de más.
Me esperaba una larga caminata de vuelta, y en la oscuridad, la marcha sería más lenta. Resignada, empecé a andar. La luna menguante no era más que una línea curvada en el cielo nocturno, así que tenía dificultades para avanzar. Si no hubiera sido por los reflejos adquiridos con los brujos, me hubiera ido de bruces en más de una ocasión al tropezar con cosas que no veía.

A lo lejos se apreciaba ya el tenue resplandor de las luces del pueblo cuando me crucé con unos hombres. No había visto sus siluetas recortarse en ningún momento, no había oído siquiera el rumor de sus botas al pisar el suelo, así que me sobresalté al encontrármelos de frente. Ellos tardaron un momento en darse cuenta de que era una mujer, pero, en cuanto lo hicieron, vinieron directos hacia mí. Yo bajé la capucha para tener la empuñadura de mi espada a mano.

— ¡Va! ¿Qué hace una moza por estos caminos a la noche y sola? —me dijo uno acercándose.
—Debe ser una puta, ninguna hembra decente andurrearía por aquí en lo oscuro.
—Sí —dijo el tercero—, de seguro que es una fulana. ¡Ven acá, muchacha, y enseña a nos lo que sabes haceile a un hombre!
Saqué la espada y la blandí ante mí.
—Seguid vuestro camino en paz. No quiero hacer daño a nadie, pero me defenderé —les amenacé.
Se miraron y se rieron de mí. Sacaron también sus hierros. Yo no quería herir ni mucho menos matar a nadie, porque no sabía qué repercusión podría tener en el futuro, pero tampoco iba a dejar que me hicieran daño.
—La putita quiere jugar.
—Pues enseñaile habemos de cómo se juega a esto...

Levanté la espada cubriéndome, esperando el ataque. Me vino por la izquierda, pero el brillo del acero fue suficiente aviso para que me apartara con una media vuelta, paré el tajo al detenerme y volví a cubrirme. Jugaban, ignorando que yo era una bruja y sabía manejar muy bien el filo, sabía moverme rápida, sabía evitar y neutralizar sus torpes ataques. Trataban sólo de desarmarme para tenerme a su merced; si hubiera querido, me habría sido fácil acabar con los tres. Pero no quería hacerles daño ni teleportarme, a no ser que fuera absolutamente necesario, y eso lo hacía más pesado. Así que esquivaba continuamente, paraba, giraba, me escurría como agua, esperando que se cansaran y me dejaran en paz, pero los hombres se mostraban cada vez más agresivos, frustrados por mi pericia. Desarmé a uno de ellos con un juego de muñeca, pero los demás se me echaban encima, no podría evitar que volviera a recoger la espada. Me estaba hartando de aquello, así que empecé a pensar en teleportarme lejos de allí.

Tan ocupada estaba que ni cuenta me di de cuándo llegaron los dos brujos, pero de pronto los vi junto a mí, dispuestos a defenderme en esa lucha desigual. Pero los brujos no estaban para juegos, y yo sabía que cuando un brujo desenfundaba su espada, estaba dispuesto a matar.
—¡Alto! —grité a los tres idiotas en medio de unas paradas—. ¡No es necesario que muera nadie! ¡Largaos de aquí u os arrepentiréis!
Todos me miraron. Los brujos, atónitos al oír mi voz; los hombres, asustados al haber perdido la ventaja, puesto que ahora estábamos igualados en número. Por fortuna, pusieron pies en polvorosa sin pensarlo demasiado.

[Imagen: 30wtlwk.jpg]

—Una mujer —articuló por fin Geralt, sin esconder su asombro—, luchando… como un brujo.
Yo enfundé a Zireael a mi espalda y me puse la capucha rápido, girándome. No quería que vieran mi rostro, a pesar de la oscuridad sabía que ellos eran capaces de verme con bastante nitidez. Me sentí turbada. Debía tratarles como a extraños, a ellos dos, a quienes tanto quería, que tanto significaban para mí. Respiré hondo, tratando de calmar mi nerviosismo.
Oí el sonido de los aceros entrando en el cuero de sus fundas y los pasos de Vesemir al acercarse.
—¿Dónde has aprendido a luchar así, muchacha?
“En tu casa”, me dieron ganas de decirle. Desvié más el rostro y apreté los labios para sofocar una risa nerviosa. Cuando tuve controlada la situación, volví hacia él la cabeza gacha y hablé.
—No es de tu incumbencia, brujo. Agradezco vuestra ayuda, pero no voy a contaros mi vida —le solté seca, sintiéndome mal por dentro ante ese trato a mi querido maestro.
—Bueno, al menos ha dado las gracias...—dijo tranquilo, encogiéndose de hombros—. Voy a por los caballos.
Vesemir se dio la vuelta y caminó hacia allí, pero Geralt se quedó ahí plantado. Me miraba con interés, seguramente con mil preguntas en la cabeza que yo no iba a contestar, y giré un poco la mía en dirección contraria.
—No es buena cosa que vayas sola por estos caminos. Eres la chica que nos cruzamos esta tarde, en la posada, ¿verdad? —asentí sin mirarle—. Si no tienes nada en contra de los brujos, podemos llevarte al pueblo. Estarás a salvo con nosotros, te doy mi palabra.
Su tono había sido amable, a diferencia del mío, y me remordió que quizá creyera que mi actitud fuera producto del menosprecio a los brujos, y de ahí sus palabras.
—Bien que lo sé —dije para que supiera que les consideraba hombres de honor.
—¿Lo sabes?
—Bueno… me habéis ayudado, ¿no? Está bien, iré con vosotros —cedí de buena gana.

Geralt se montó de un salto a uno de los caballos que Vesemir acababa de traer y me tendió la mano para ayudarme a subir a la trasera, y la tomé. Cuando nos tocamos, a pesar de los guantes, un agradable cosquilleo me recorrió; apretó mi mano con firmeza, mientras yo oía su medallón moverse con un sonido metálico en su pecho, entrechocando con las hebillas. La posición de su cabello blanco me hizo intuir su perfil vuelto hacia mí cuando me acomodé a su espalda, pensativo y extrañado ante el movimiento del amuleto. Supuse todo lo que, probablemente, estaría pensando, así que posé mis manos a ambos lados de su cintura y me acerqué a su oído. Con mis labios apenas a unos milímetros de su oreja, le susurré:
—No te asustes, brujo, por el movimiento de tu colgante. No soy una lamia, ni una ninfa. Sólo soy… una mujer.
No dijo nada mientras yo adelantaba mis manos y las colocaba en su abdomen para sujetarme bien. Me pareció sentir que se estremecía ligeramente y me sonreí.

Al rodearle con mis brazos, noté que estaba más delgado, menos musculado de lo que estaría cuando yo le conocí. Sentí una fuerte atracción al mirar su espalda, sus cabellos blancos… quizá porque entonces mi brujo aún no era mío. Ahogué con esfuerzo las ganas de posar mi cabeza sobre su espalda y me mantuve erguida.
Ambos brujos golpearon a sus monturas con los talones y emprendimos la marcha hacia la posada.

Cuando llegamos, dejaron los caballos en el establo y se ofreció a acompañarme a mi posada, vi claramente cómo sus ojos se alegraban cuando le informé escuetamente que me alojaba en El Aljibe, igual que ellos. Caminamos en silencio hasta la puerta y, antes de abrirla, Geralt se detuvo.
—Por cierto, no nos hemos presentado —dijo con voz gentil—. Soy Geralt de Rivia, y él es Vesemir.
Asentí con mi cabeza encapuchada a modo de saludo, sin levantarla. Geralt se quedó ahí plantado sujetando el pomo de la puerta sin abrirla, esperando mi presentación.
—¿Vas a abrir o no? —le espeté con la cabeza gacha.
—¿No vas a presentarte? — se sorprendió.
Guardé silencio un instante. No iba a darle un nombre falso que pudiera recordar. Mejor no dejar nada tras de mí.
—No veo la necesidad.

No dijo nada, pero aún mantuvo la puerta cerrada unos momentos y luego la abrió tras un elocuente carraspeo de Vesemir, resignado y desconcertado. Cuando entramos, ellos se dirigieron a la barra, pero yo decidí subir directa a mi habitación.
—Gracias por la ayuda —les dije sin detenerme.
Vesemir gruñó como toda respuesta, Geralt no abrió la boca. Pero cuando estaba en la puerta de mi habitación en el piso superior, no pude evitarlo y me giré, miré a través de la barandilla hacia la barra, buscándole, y él atrapó mis ojos verdes con los suyos con un ardiente interés. Me sentí complacida, aunque me regañaba por dentro. Estúpida, me dije, sólo acrecientas su atracción, rodeándote de misterio. Pero, en realidad, me gustaba que sintiera esa atracción.
Suspire al cerrar la puerta detrás de mí. Cualquier versión de Geralt tiraba de mí como un imán, y no me podía resistir. Me acosté, echándole terriblemente de menos a mi lado.

III



Los dos brujos no salían. Vigilaba la posada desde muy temprano, les esperaba fuera, escondida. Tenía ya todos los músculos anquilosados y empezaba a preguntarme si no habrían salido antes que yo.

Bastante más tarde del mediodía, por fin aparecieron por la puerta de la posada. Bufé con desagrado, aún se notaba la marca de la almohada en sus rostros y maldije, porque ellos habían estado durmiendo a pierna suelta toda la mañana mientras yo había madrugado y me la había pasado montando guardia.
Esperé unos instantes y les seguí para averiguar cuál sería su siguiente paso.


Hablaban entre ellos, Vesemir soltó una carcajada, y me pregunté qué estaría diciéndole Geralt. Si no le conociera, habría pensado, tal como gesticulaba, que estaba haciendo el tonto, pero eso no era ni mucho menos propio de él, así que lo descarté. Luego se detuvieron y se separaron, y no dudé: seguiría a mi brujo. Intrigada, fui detrás suyo mientras él visitaba a unas personas en sus casas, hablaba brevemente con ellas y continuaba su camino hacia la siguiente. Parecía recabar información de esas personas. En la última visita la entrevistada era una mujer, una mujer bastante atractiva y con generoso escote que dejaba ver demasiado, para mi gusto, de su exuberante pecho. Él pareció inmediatamente muy interesado en ella, mientras la muy zorra se arreglaba el amplio escote de su vestido ante sus ojos golosos, y yo sentí unas enormes ganas de pegarle una pedrada al brujo. Bufé como un gato, presa de los celos. Pero, tal como prometí en su día, no me dejé llevar por ese sentimiento negativo y recapacité. Él aún no era nada mío.

Sin embargo, me acerqué sin necesidad. Simulando ser una compradora en uno de los puestos callejeros que ofrecía fruta, les observé mientras charlaban, oculta por la capucha. Advertí que el brujo pronto pareció aburrido, y en un momento que apartó de ella su rostro, girándolo en mi dirección, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos dorados se detuvieron en mí, fijos, como si no hubiera nada ni nadie más allí, sólo él y yo, sus ojos y los míos. Sentí subir por mi cuerpo una rara sensación al comprender que acababa de descubrirme, pero en mayor parte fue consecuencia de sentir lo que había en su mirada. Satisfecha, caminé hacia otro puesto, viendo que había perdido cualquier interés en la mujer. A pesar de que ella se estaba esforzando a todas luces por mantenerlo, él no me quitaba los ojos de encima.

Todo iba a ser más difícil de lo que había pensado, mis emociones se desataban como si fuera una niña enamoradiza de no más de quince años, y me amonesté severamente mientras me giraba, roja como la grana, y me alejaba con disimulo fingiendo estar de compras. Como no me quitaba la vista de encima, tuve que desistir y marcharme a la posada. Antes de doblar la esquina, hasta mis oídos llegó el estruendo de un portazo, y reí para mis adentros.


IV


Incomprensiblemente, me había quedado dormida. Anochecía ya, así que me levanté de un salto, me calcé las botas, me coloqué el talabarte con la espada, la capa encima y salí de la habitación. Bajé las escaleras de dos en dos y apresuré mis pasos hasta llegar a la calle. No sabía dónde estaban los brujos, y mi peor temor era que se hubieran ido ya a la cripta. Corrí a los establos para investigar si sus caballos estaban allí, y suspiré aliviada al verlos desguarnecidos en sus rediles. Más tranquila, conjeturé que no sería esa la noche o ya no estarían en el pueblo a esas horas.
Decidí volver a la posada y cenar algo.

No acababan de servirme mi plato cuando aparecieron, bajando las escaleras. Se sentaron en una mesa, cercana a la mía, y al poco llegó un hombre que se sentó con ellos. Los brujos estaban de perfil a mí, Vesemir estaba más cerca que Geralt. Tanto mejor, ya que el viejo brujo era el que llevaba la voz cantante.

Esforzándome por escuchar, me di cuenta de que el hombre era el dueño del contrato de los brujos porque mencionó el dinero. Más atenta a la conversación mientras paseaba el tenedor vacío por mi plato, oí que Vesemir hablaba de bajar a la cripta, pero exigía saber de antemano el contenido de la maldición de la que Geralt me había hablado en mi presente. Se produjeron murmullos de la gente que cenaba al escuchar esa palabra, al parecer no solo yo estaba atenta a la conversación, y el joven brujo barrió el comedor con la mirada. Yo aparté la mía antes de que coincidieran y fingí cenar.  El hombre entonces se la recitó de memoria y en voz alta, y su contenido era tal cual mi brujo me había dicho.

[Imagen: 11uaiw0.jpg]

Tras escucharla, los tres se echaron a reír, como si fuera la cosa más divertida del mundo. Sentí rabia ante esas risas, mis manos se crisparon sin poderlo evitar y clavé mis dedos en el muslo. Donde nadie más podía, podían los brujos, oh, sí. Los marginados, rechazados, repudiados brujos, convenían ahora, ellos cargarían con el peso que nadie más quería cargar a cambio de unas cuantas monedas. Ellos no tenían nada, ni siquiera hijos, ergo no tenían nada que perder. Pero Geralt, que reía como un iluso llenándome de disgusto, tenía mucho que perder, aunque no lo supiera.  

—Más que una maldición —dijo Geralt—, parece una bendición hecha a medida para nosotros. Cruzar esa puerta nos asegura que tendremos trabajo hasta el día que la palmemos.
Aparté mi plato de delante de mí, porque el comentario de Geralt había logrado cerrar mi estómago y ponerme furiosa. Llamaba bendición a lo que iba a matar a nuestra hija.
Él no sabe nada, cálmate, me dije, cómo podría siquiera imaginarlo…
Respiré hondo en un intento de tranquilizarme y me concentré de nuevo en la conversación.
—Ya os dije, maeses brujos, que les haría gracia a vosotros también. Entonces, ¿cuándo habrán de ir? —dijo el hombre.
—Mañana por la noche —contestó Vesemir—, siempre que consigamos algo del fantasma o no podremos invocarlo y habremos de aguardar más. Por lo pronto, haremos ronda por el pueblo, esperándole.

Los brujos se levantaron de la mesa tras cruzar unas pocas palabras más y se marcharon, el hombre se quedó y pidió con un grito al posadero una jarra de cerveza.
—¿Qué? —dijo el posadero al hombre—. ¿Qué más va a demorarse la caza? Con esos aquí, pierdo dinero.
—Tú te me callas, Torlad, y ya déjales a ellos, que ya entre monstros se entienden—respondió con una sucia sonrisa.
Yo ardí ante ese comentario. Sin pensármelo dos veces, eché hacia atrás la capucha, me levanté con mi jarra sin tocar, simulé un tropiezo y se la tiré encima, entera. Fingí sentirlo muchísimo y me disculpé y el hombre le restó importancia mientras me miraba con mucho interés, pero lo cierto fue que, después de aquello, la mayor parte de mi cólera se disipó y me sentí bien.
Sin perder más tiempo con aquél cretino, salí a la calle detrás de los brujos.

Envueltos en sus capas, con las empuñaduras de las espadas sobresaliendo de sus hombros, amenazadoras, sin nada que obstaculizara echarles mano con rapidez, caminaron en dirección al centro.
Esperé unos momentos, dejando una cierta distancia que en la noche solitaria no supondría un problema, y les seguí. De sombra en sombra, ligera y sigilosa como un gato, les observaba caminar tranquilamente mientras charlaban en voz baja. Parecían dos guardias haciendo la ronda, pasando por las mismas calles una y otra vez, mirando de vez en cuando hacia los lados, como si esperaran que algo les asaltase. Doblaron de nuevo una esquina, cuando lo hice yo, doblaron la siguiente.  Al llegar a la segunda esquina de la calle, no estaban. Simplemente, no estaban, se habían evaporado. Les había perdido de vista, inexplicablemente, y maldije enfadada. Corriendo, di unas cuantas vueltas por los alrededores, miré en las cuadras, pero allí seguían sus caballos. Todo intento, sin éxito, no les encontré. Desanimada, decidí volver a la habitación, porque ya no tenía nada que hacer allí y, de noche, no tenía una vista tan aguda como ellos.

Subí las escaleras, maldiciendo, mientras miraba disimuladamente a mi alrededor por si estuvieran allí y hubieran llegado antes que yo, pero tampoco estaban. Seguí mis pasos, mi mente trabajaba a toda velocidad. Sólo me consolaba el que nada inducía a pensar que fueran a la cripta esa noche.

Entré y me saqué la capa despacio, pensativa. Lancé mis guantes sobre la cómoda y luego me quité la espada y la colgué en el perchero, por encima de la capa. Suspiré con pesadez mientras encendía una lámpara dejando una tenue luz.
Me desprendí del cinturón, las botas y los protectores de cuero de los brazos, desabroché mi camisa y mis pantalones, pero entonces reparé en un movimiento en la silla, al otro lado de la habitación, en la penumbra. Me sobresalté. La sombra se puso en pie y se aproximó, entonces reparé en la silueta de las dos espadas a su espalda. Entró en el radio de luz y se detuvo delante de mí, mis manos apretaban la camisa desabrochada.

—Bonita espada —dijo Geralt mirando la empuñadura. Leyó sus runas—. Zireael. Golondrina, en la lengua antigua.
—¿Qué demonios haces aquí? —le pregunté, sorprendida por la incursión—. ¿Vienes a darme clases?
—¿Por qué nos sigues?
—No lo hago.
—¡Ja! Lo haces, eso no admite discusión, pero, ¿por qué?
No dije nada. Me sentí acorralada, no podía justificarme si los brujos se habían dado cuenta de que les espiaba.
—¿Quién eres?
—Nadie. Y sal ahora mismo de mi habitación, ¿acaso vas hasta arriba de gaviota? —dije sin poder controlar lo que salía de mi boca, nerviosa.

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Se acercó más, dominándome con su estatura. Me miraba fijamente, controlando el deseo que delataban sus pupilas.

—¿Dónde aprendiste a luchar como un brujo y a hablar como un brujo?
—Quizá sea una bruja —le porfié.
—No lo eres. No tienes las mutaciones, ni hay ninguna mujer que lo sea. Contesta a la pregunta.

Me gustaba también esa versión de Geralt, pero me pasmaban sus diferencias. Era joven e inexperto, dejaba entrever las emociones, a diferencia del actual. Reparé en mi camisa y mis pantalones desabrochados, en su mirada, que intentaba mantener bajo control. La situación era tensa, electrizante. Me sentí atraída por él igual que siempre. O quizá más.
Antes de contestarle, humedecí mis labios con la punta de mi lengua, me mordí con fuerza el labio inferior y lo dejé salir poco a poco entre mis dientes. No lo permitas, me dije mirándole a los ojos con una mirada de fuego, con tanto ardor como veía en los suyos, no dejes que ocurra, no plasmes recuerdos en su memoria. Mi respiración se aceleró al tenerle tan cerca, sentí en mi vientre extenderse la calidez del deseo. Intenté no jadear ante la lujuria que me invadía. Soy fuego, reconocí, no puedo evitar quemarle.

—Me gustan los brujos… sobre todo, los que llevan al lobo colgado del cuello…

Levanté la mano y toqué su medallón con un dedo, que empezó a agitarse ante mi contacto.  Sin decir nada, lo moví despacio por la cadena, provocándole, ascendiendo hacia su cuello. Mi camisa estaba desabotonada y bajé el brazo para que se abriera al dejar de sujetarla, revelando buena parte de mis senos. Vi que su mirada se perdía ahí, y yo notaba en mi recorrido cómo su corazón se había acelerado, igual que su respiración. Era consciente de sus esfuerzos por controlarse, inútilmente.  Cuando mi dedo rozó su cuello, se lanzó hacia mí y atrapó mi boca con la suya, sus manos se aferraron a mi cintura, atrayéndome hacia él.

Era un beso urgente, casi desesperado, no había aprendido aún a dominarse, a dominar sus emociones, pero un Geralt sin freno tenía mucho encanto. Tampoco yo era dueña de mi voluntad, no me reconocía, pensé pasmada. Respondí a su beso cuando salí de mi sorpresa, le eché los brazos al cuello y abrí mi boca para él, apretándome fuerte contra su cuerpo, y eso aún le excitó más. Cuando detuvo el beso, pasó su brazo por detrás de mis piernas y me tomó en brazos. Izándome y volviendo a besarme, me llevó al lecho con determinación.

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Me depositó con cuidado y se puso a horcajadas encima de mí; con prisas, se quitó las espadas, los botones de su jubón volaron de repente al quitárselo y se sacó la camisa por la cabeza. Luego terminó de quitarme la mía.
Me resultaba extraño no notar sus futuras cicatrices bajo mis dedos, la amplitud conocida de su espalda entre mis brazos, las cosquillas de su barba sobre mi piel. Sin embargo, sentía que era él, mi brujo amado.

Inclinándose sobre mí buscó de nuevo mis labios, se desplazó hacia un lado y sus manos comenzaron a explorar mi cuerpo. Me asombró su torpeza, acostumbrada a disfrutar de su experiencia y habilidad. Pero no me importó. Le necesitaba, fuera como fuera.
Los besos eran ahora cortos pero continuos, ávidos, mientras se entretenía en quitarme el pantalón. Sus botas golpearon el suelo con dos estampidos, detrás fue su propio pantalón que, como todo lo demás, lanzó descuidadamente lejos de la cama.

Se acomodó encima mío, moviendo las caderas hacia los lados para hacerse sitio, desplazando mis piernas, entonces levantó el torso, se ayudó con la mano, y entró en mí. Gemí al sentir su ímpetu y él se dejó caer de nuevo, agarró mis hombros por debajo de mis brazos. Se balanceaba sobre mí despacio pero profundamente, mientras hundía sus dedos en mi piel a cada embate, besando y lamiendo mi cuello, gruñendo de placer, y yo le envolví con mis piernas, mientras me perdía en un mar de sensaciones. Su deseo había prendido el mío de un modo igual de urgente, necesitándole ahí donde estaba, empujando contra mí sin control, lleno de vigor, guiado únicamente por el instinto. Su ritmo se aceleró cuando mis dientes acariciaron el lóbulo de su oreja y susurré su nombre.
Nuestros labios se encontraron una vez más, le sentí jadear contra ellos y aparté mi boca de la suya.
— ¡Detente, para! —gemí—. Estás demasiado excitado, si sigues así no podrás aguantar mu…
En ese momento emitió un grito ronco y dejó caer la cabeza junto a la mía, mientras su cuerpo era sacudido por espasmos de placer y yo sentía el calor de su semilla extenderse en mi interior.
Le aparté a un lado, enfadada y me giré hacia él, que se quedó bocabajo con la cabeza hacia mí, hundida en la almohada. Estaba tranquilo y relajado, con los ojos cerrados.
— ¿Te has quedado a gusto, brujo? –le espeté con brusquedad.
Él entreabrió el único ojo visible y me miró.
—Mucho —tuvo la desfachatez de decirme, casi sin fuerzas.
— ¡Pues yo no! ¿Es que sólo te preocupas por tu propio placer? ¡Pues vaya un amante que estás hecho!
Me sentía tan despojada que, incluso, tuve ganas de echarme a llorar de frustración. Aquello había sido como una hermosa melodía in crescendo que se había interrumpido abruptamente. Cerró el ojo y después de un tiempo volvió a abrirlo, luego, despacio, se incorporó acercándose a mí.
—Lo siento —dijo con una caricia —, pero es que hacía mucho que no…
—Eso no es excusa. ¿Es que no sabes controlarte? Deberías asegurarte de que no seas solo tú quien culmine.
—Si esperas un poco, podré satisfacerte. Nada me agradaría más.
Gruñí, pero estaba dispuesta a hacerlo. Me había dejado temblorosa y anhelante. Me levanté para limpiarme discretamente.
—Mientras tanto, podrías explicarme por qué nos sigues.
Terminé y volví a la cama, me tendí junto a él, boca arriba.
— ¿Crees en las maldiciones, Geralt?
—En pocas.
—Pues deberías. Deberías tener cuidado con ellas, también.
—Los brujos somos inmunes a la mayoría.
—Pero no a todas.
Se dio la vuelta y se apoyó sobre el vientre, dominándome con su rostro por encima del mío, mirándome con curiosidad.
— ¿A dónde quieres llegar? ¿Qué intentas decirme?
—Geralt… por favor… ya sé que no nos conocemos, pero quiero pedirte algo. Algo que, aunque no lo parezca, es muy importante para mí.
— ¿Qué es? Si está en mi mano, lo haré —aseguró bajando su cabeza y besando mi hombro.
—Cuando vayas a la cripta, por lo que más quieras, no entres el primero. Es importante, Geralt.
Él alargó su mano y acarició mi barbilla con suavidad.
— ¿Te preocupas por mí?
—Esto va más allá de tu persona. Pero sí, también me preocupo por ti. Prométemelo, Geralt.
—¿Por qué habría de hacerlo? Es una estupidez...
Mis ojos se ensombrecieron ante su respuesta. No entendía por qué me preocupaba por algo totalmente inocuo para él, no entendía por qué me importaba, y yo no podía explicárselo. Pero si fracasaba mi niña moriría, y ese pensamiento hizo que una lágrima quedara atrapada en mis pestañas.
—Si entras el primero, destrozarás mi vida. Tienes que creer en mí. No puedo decirte más, no puedo...
Él pareció conmovido y ahuecó su mano sobre mi mejilla, atrapó la lágrima con el pulgar.
—No llores... si tanto significa para ti, te doy mi palabra. Lo haré por ti.
Acercó su rostro al mío y me besó despacio, profundo, haciendo que mi cuerpo ardiera de nuevo.
—Intentaré satisfacerte, aquí y en la cripta… —dijo con una media sonrisa, mientras su mano descendía de mi cuello hacia mi pecho.
Rápida, casi como un brujo, agarré su muñeca y le detuve.
—Quieto. Dado que, obviamente, te falta experiencia, yo te enseñaré lo que le gusta a una mujer… Será una lección que agradecerás y te agradecerán... Dame tu mano, brujo, y bésame, no dejes de besarme…
—Mhmmm, creo que la lección va a gustarme… Y cómo…

Y el fuego volvió a encenderse donde apenas unos momentos había tan solo brasas, y ardimos ambos, nos consumimos despacio esta vez, de un modo completamente diferente pero igualmente lleno de pasión. Ahogué el grito de mi culminación contra su hombro y le animé después para que él obtuviera la suya, y cuando le sentí estremecerse le besé en la sien, abrazando sus hombros cuando se derrumbó sobre mí, agradecida. Pasado un momento, se dio la vuelta y se dejó caer a mi lado, bocarriba.  
—¿Mejor? —me dijo con una sonrisa.
También le sonreí.
—Mucho mejor, mi brujo. Te irá muy bien con las mujeres.
—¿Por qué me hablas de otras mujeres? —preguntó frunciendo el ceño—. No hay otra mujer que me inter…
—Shhhh —dije, poniendo un dedo sobre su boca para silenciarle—. Eres un brujo. Y yo una golondrina.
Su ceño se profundizó, retiró mi dedo con su mano.
—¿Qué significa eso?
—Que los brujos y las golondrinas se van.
Se quedó en silencio un momento, acariciando mi mano.
—Puede que juntos —dijo mirándome a los ojos profundamente, y yo me perdí en los suyos.
Suspiré, apoyando mi cabeza sobre su hombro.
—Puede que un día…
Mientras rodeaba los míos con su brazo, oímos un grito prolongado proveniente de la calle. Geralt se levantó de un salto y empezó a buscar su ropa apresuradamente. Me senté en la cama, desconcertada.

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—¿Qué ocurre?
—Tengo que irme —dijo mientras se acababa de vestir deprisa y cogía sus espadas—. Tengo una cita con un fantasma y llego tarde.
—Ten cuidado, brujo.
—Eh, a quién se lo dices… —dijo con arrogancia, haciéndome un guiño.
Luego salió por la puerta a toda prisa.

Me había dormido cuando un terrible grito me despertó y seguro al pueblo entero. Un alarido que no podía ser de una persona, pues esa voz no era humana. Supuse que mis brujos le habrían dado una buena al fantasma, pero estuve atenta a los sonidos que oía tras mi puerta. Cuando les oí pasar de camino a sus habitaciones, hablando en voz baja entre ellos, pude volver a dormirme tranquila.

V



Algo me decía que esa era la noche. Estaba segura de que su encuentro con el fantasma había tenido el éxito que esperaban, aunque no había podido confirmarlo porque no les vi en todo el día. Fue un día de lo más aburrido.
Me aburría al poco de levantarme, mientras desayunaba abajo, esperando verle aparecer por el balcón interior. Pero no apareció, así que comí con parsimonia el bizcocho mojado en la leche. Más tarde salí a pasear por el pueblo, y seguí aburriéndome mientras miraba los productos de los puestos callejeros. Me pillé clavándoles los ojos a una pareja que paseaba con sus hijos, y aparté la vista sintiéndome sola, añorada y aburrida.

La mujer del herrero me echó una larga mirada venenosa mientras barría su porche al pasar por delante, y yo la correspondí con una larga mirada aburrida y burlona.
Y las horas pasaban a la velocidad de un caracol. Podía, claro está, avanzar en el tiempo si quería, pero quizá si lo hacía me perdería un encuentro con Geralt. Y, mientras esperaba que se produjera, me sentía impaciente, tediosa y muy, muy aburrida.

Subí a mi habitación después de comer y, por supuesto, ese día no pude dormir ni cinco minutos. Harta de intentarlo, me levanté y me dediqué a buscar los botones del jubón de Geralt, por entretenerme. Pronto los encontré todos y ya no supe qué hacer. Volví a salir, esperando tener más suerte. En vano.

No me gustaba estar sola, ya había tenido suficiente soledad en mi vida como para cubrir el cupo. Tampoco estaba acostumbrada ya a estarlo, Geralt y yo pasábamos prácticamente todo el día juntos, y ahora con los niños llegaban a faltarnos horas, a pesar de la ayuda. Quizá por eso la soledad se hacía notar más.

El encuentro no se produjo. Los brujos no habían salido de su habitación ni para comer, el posadero les llevó la comida arriba, y no cenaron. Salieron por fin después del anochecer, les oí pasar por delante de mi puerta, mientras yo yacía tirada en la cama de cualquier manera, aburrida hasta decir basta.
Cuando les oí, la sangre volvió a circular por mi cuerpo. Cogí la espada, me la puse y me vestí la capa. Cuando sus pisadas se perdieron por las escaleras, abrí poco a poco la puerta y salí detrás de ellos una vez más.

Echando de menos otra vez a Kelpa, me quedé atrás en el camino, a oscuras y maldiciendo a cada tropiezo, pero por lo menos sabía a dónde iban. Ya no deberían quedar ghules, pero, por si acaso, preferí llevar la espada en la mano: no había luna esa noche, era oscura como la boca de un lobo. Llegué al cementerio y avancé con cuidado.
Ésta vez la verja no estaba cerrada, así que entré sin pensarlo. Los caballos estaban allí, entre las tumbas, con las riendas pasadas por encima de un pequeño monolito, y al percibir mis movimientos se agitaron un poco, nerviosos.
La entrada a la cripta estaba abierta, ya estaban abajo, y yo miré a mi alrededor buscando una lápida con el ángulo ideal para ocultarme a su vista cuando salieran. Había muchas, así que elegí una no demasiado lejana. Y otra vez me tocó esperar.

El camposanto estaba tranquilo, sólo se oía algún grillo y, de vez en cuando, un relincho suave y bajito de los caballos. Pero, de golpe, eso cambió. De la puerta, en la quietud de la noche, salían voces. No entendí lo que se decían, pero una de las voces no era humana. Hablaron un tiempo corto, después dejaron de hablar. Entonces hablaron, claramente, las espadas.
Los sonidos que salían de la cripta, que podía oír con claridad a pesar de la distancia, me pusieron los pelos de punta. Gritos de ultratumba, las señales de los brujos, los aceros entrechocando, una cacofonía que sólo significaba una lucha feroz.
Son dos brujos, me dije, dos brujos pueden sin duda con él. Ojalá Geralt haya cumplido su promesa…
Pero entonces oí a Vesemir gritarle algo a Geralt, seguido de un quejido, un grito corto. Era el grito de Geralt.
Pensé en que, si había cumplido su palabra, había cambiado el futuro. Y, si éste había cambiado, ya nada se podía dar por seguro. Geralt había gritado como si le hubieran herido, y el Geralt de mi realidad no me habló de ninguna herida. Asustada, ardí en deseos de correr hacia la puerta. Dudé. Tras una breve vacilación, desoyéndome a mí misma, saqué por fin mi espada y me precipité hacia allí.

Mientras corría desde mi escondite, oí un grito desgarrador que no era de este mundo. Luego se hizo por fin el silencio. Mis pasos se ralentizaron hasta detenerse, escuchando. No se oía nada, y yo no pude moverme.
Al poco, las figuras de los brujos se materializaron en la puerta, renqueantes, ayudándose uno al otro. Guardé mi espada y dejé que salieran, sin saber qué hacer. Pero cuando vi a Geralt así no me importó nada más. Corrí hacia ellos, esquivando las lápidas, y me planté delante suyo. Se detuvieron.
—¡Geralt! —grité, asustada al ver la sangre manchando su costado, su brazo alrededor del cuello de Vesemir, su cuerpo encorvado hacia delante—. ¡Estás herido!
Él levantó la cabeza, estaba muy pálido.
—Tú otra vez… —me dijo con voz cansada, doliente. Tosió y luego esbozó un amago de sonrisa—. ¿Qué haces aquí? ¿Aún no te has cansado de seguirnos?
Alargué mis manos en un impulsivo intento de abrazo que reprimí, y que quedó finalmente en el gesto de retirarle los cabellos del rostro.
—Tiene que verte un médico —ordené sin hacerle caso—. ¿Podrás montar?
—Podré —aseguró.

Me situé al otro lado de Vesemir y pasé su brazo por encima de mis hombros. Seguimos caminando hasta llegar a los caballos. Subí primera en Sardinilla, Vesemir le ayudó a montar detrás de mí, y luego el viejo maestro hizo lo propio. Partimos hacia el pueblo sin demora.

No quería hacer correr al caballo porque Geralt no estaba muy estable sobre la montura. Sentía el temblor de sus manos en mi cintura, la debilidad adueñándose de su cuerpo, y me asusté mucho más. La herida parecía seria, no podía demorarme porque podría desangrarse, así que cambié de opinión.
—¡Cógete bien a mí, descansa tu cuerpo en mi espalda, brujo! ¡Y, sobre todo, no te caigas! —le grité.
Geralt se encajó contra mi espalda y apretó el abrazo. Azucé a mi montura obligándola a galopar como el viento, seguida de cerca por el viejo maestro.

VI


Fue el posadero quien había ido a por el médico, al entrar en la posada con el brujo herido. Ahora estaba atendiendo a Geralt en su habitación, donde Vesemir y yo le habíamos acostado, ya inconsciente.


El viejo maestro estaba junto a mí en el pasillo, esperando. Yo procuraba ocultarme a sus ojos, con la capucha puesta, intentando que no viera claramente mi rostro.

Tardaba en salir. Ya no sabía hacia dónde mirar, estaba hecha un manojo de nervios. Ni siquiera podía intentar iniciar una conversación con mi querido tío Vesemir, que permanecía apoyado en la barandilla con los brazos cruzados, dando una equívoca sensación de tranquilidad. Ojalá hubiera podido hablar con él una vez más, al menos, una última vez.
—Sigues intentando a toda costa que no vea tu rostro —dijo de pronto—. Y ya lo he visto.
Evité la tentación de mirarle, sabía que era astuto. Tal vez era un engaño para que me confiara. No dije nada, no me moví.
—Lo he visto, muchacha, y no te conozco. Lo sabes y, aún así, sigues ocultándolo. Eso me dice que, si no te conozco, te habré de conocer. En algún momento. Y no quieres que te recuerde.
Ahora sí le miré, con los ojos como platos, asustados, sintiendo el miedo extenderse en mí. Pero su rostro se tornó afable, y me sonrió paternalmente, como solía hacerlo mi querido tío Vesemir en Kaer Morhen. Sentí un nudo en la garganta ante esa sonrisa.
—No temas, tu secreto irá conmigo a la tumba, pase lo que pase.
Me sentí confundida.
—¿Por qué? ¿Por qué habrías de hacerlo?
—Porque soy brujo viejo que ha visto mucho de todo. Y porque tus ojos hablan lo que tu boca calla.
No le entendí muy bien. ¿Qué le decían mis ojos? ¿Delataban acaso mi amor por Geralt, la preocupación por él? ¿Le hablaban del cariño y la añoranza que me embargaban cada vez que miraba al viejo maestro? Pero en ese momento salió el médico.
—Se pondrá bien —dijo escuetamente antes de irse por el pasillo.
Miré a Vesemir. Me dirigió una media sonrisa y señaló la puerta con la cabeza para que entrara. Él siguió apoyado en la barandilla, sin moverse.

Entré en la habitación y cerré la puerta, me acerqué a la cama donde Geralt yacía con los pantalones puestos y el torso desnudo, cubierto en el costado por un grueso vendaje.
—¿Cómo estás? —le dije con voz suave, preocupada, sentándome a su lado.
—He estado mejor, no lo niego. Pero los brujos…
—Curáis rápido —le interrumpí.
Me miró a los ojos, de nuevo intrigado.
—¿Quién eres?
—¿Lo hiciste? ¿Hiciste lo que te pedí? —le exigí, ignorando su pregunta.
—Lo hice.
Suspiré aliviada. Lo había conseguido, nuestra hija estaba a salvo. Me sentí invadida por una oleada de gratitud.
—Gracias…
—¿Por qué me pediste eso? Esa maldición no afecta a un brujo… ¿Quién eres? —insistió.
Soy Zireael, Señora del Tiempo, del Espacio y de los Mundos, soy La Vieja Sangre, pensé, y soy tu destino, mi amor…
Pero, simplemente, dije:
—Soy… alguien a quien debes olvidar.
Me fui a levantar, pero me sujetó la muñeca, impidiéndolo. Le miré a los ojos y vi en ellos una mezcla de sentimientos confusos; levanté la mano y le acaricié la mejilla, pasando mi pulgar por su mentón. Él puso sus manos en mi espalda, empujándome hacia él, y poco a poco me agaché sobre su pecho y le besé. Fue un beso profundo y largo, un beso del que brotaban intensos sentimientos. Me separé con pesar de su boca. Me miró y yo le miré, atrapada en sus amados ojos dorados.
—Te vas… —fue una afirmación, no una pregunta.
Asentí.
—¿Volveré a verte?
— ¿Crees en el destino?
—No.
Sonreí con tristeza. Me levanté y caminé hacia la puerta, pensando que el viejo brujo tenía razón. Mis ojos estaban contándole a Geralt lo que sentía por él, sin poder hacerlos callar, pero los suyos me pedían que no me fuera, que no le dejara, al menos no aún.  
Tenía que volver a casa, ya no había motivo para seguir allí. Pero dejarle así me causaba una extraña desolación, sólo una vez le había visto herido, y esa vez murió. Quizá por eso me costaba tanto decidirme a marchar, aun sabiendo que estaría esperándome en casa.

—¿Ni siquiera me vas a decir tu nombre?

Me giré hacia él de medio cuerpo. Se había incorporado un tanto, apoyándose en un brazo. Despacio, llevé mis dedos al bolsillito de mi pantalón y extraje un aro dorado. Me puse mi anillo de boda en mi dedo anular de la mano izquierda, y luego le miré. Él se dejó caer de nuevo sobre la almohada entonces, sin decir nada, pero su mirada hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—No puedo decírtelo.

Abrí la puerta y salí. Vesemir seguía en la misma posición, pero sus brazos se apoyaban ahora extendidos a ambos lados sobre la barandilla. Me miró un momento, luego tuvo la delicadeza de desviar la mirada.
Me detuve ante él y tiré hacia atrás mi capucha, sorbí ligeramente por mi nariz y limpié mis lágrimas, y entonces sus ojos volvieron a los míos.

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Le miré mientras él observaba despacio mis rasgos, mi cabello, hasta volver a mis ojos, y entonces me sonrió. De súbito, le abracé, y él me correspondió tras recuperarse de su sorpresa. Surgió un suspiro de mi boca que pareció salir del fondo de mi alma. Tío Vesemir…
—Cuida de él, viejo maestro… Y de ti.
Él asintió sin decir nada. Yo me perdí por el pasillo, bajé los escalones de la posada y salí a la calle, rumbo a mi vida.  

VII


Con el resplandor verde que siempre se producía cuando usaba mis poderes, llegué a casa. Apenas hacía un momento que me había ido, y Geralt seguía en el mismo sitio, los niños seguían durmiendo y la ropa que me había quitado seguía en el suelo del vestidor.

Contenta al verle allí, corrí a sus brazos, que se abrieron para recibirme.
— Ciri… ¿A dónde has ido?
Le miré sin comprender.
—Bien lo sabes, Geralt…
—¿Yo? Ni siquiera me dijiste que te ibas.

Le solté y me acerqué a las cunas, me paré ante la de la niña. La toqué, con cuidado de no despertarla, exhalando un suspiro de alivio. Últimamente suspiraba mucho.
—La maldición…
— ¿Qué maldición? Ciri, ¿estás bien? —dijo mirándome a los ojos, preocupado.
Por supuesto, me dije, conseguí que Geralt no fuera maldecido, así que nunca habría de ocurrir el motivo de mi viaje.
—Debo explicarte algo —le declaré cogiendo sus manos y llevándole al sofá.
Nos sentamos juntos, sin soltarnos.
—He cambiado el presente, Geralt, por eso no sabes nada. Pero tuve que viajar al pasado para evitar la muerte de nuestra hija, porque estabas maldito. Cuando eras muy joven, en el cumplimiento de un contrato en Calsgon, recibiste esa maldición, que implicaba la muerte del primogénito de aquél que cruzara la puerta el primero en una extraña cripta, entre otras cosas… conseguí que no lo hicieras, que dejaras a Vesemir…
—Eras tú…—me interrumpió.
Me miró boquiabierto, sorprendido, como si acabara de darse cuenta de algo increíble.
— ¿Qué? ¿Quién?
—La muchacha misteriosa… la chica que me pidió aquello que me extrañó tanto… eras tú.
—Sí, Geralt, era yo.
Aún me miraba boquiabierto, pero también maravillado. Abrió el costado de la capucha que aún llevaba puesta, buscando la cicatriz.
—Ella no tenía ninguna cicatriz, que yo recuerde…
—¿Q..Qué? ¿Puedes verla? ¿Se me ve la cicatriz?
Él asintió, frunciendo el ceño.
—No puede ser… ¡estaba oculta!
La sangre abandonó mi rostro momentáneamente... Lo cual quería decir que Vesemir había visto mi cicatriz…
—Geralt… ¿todo el mundo está bien? Yennefer, Lambert, Eskel, Jaskier… Vesemir…
—Ciri… me estás preocupando… —dijo él empezando a alarmarse.
—Contéstame, te lo ruego.
—Todos están bien, pero Vesemir…
—Murió durante el ataque de Erendin a Kaer Morhen…
—Eso es.
Todo estaba igual, respiré tranquila. Entonces se me ocurrió algo, algo que sí podía ser que hubiera cambiado.
—Geralt… Vesemir, cuando supo que tú y yo… en Kaer Morhen, antes de su muerte, ¿qué te dijo?
Geralt suspiró.
—¿Buscas cambios en esta nueva realidad?
—Sí, Geralt, los busco. Concretamente, busco una consecuencia…
—Dijo: por fin la serpiente de Uróboros se completa, Lobo. No sé a qué se refería, no me lo quiso explicar.

Sonreí y no pude evitar emocionarme… Mi mano viajó a mi boca y la cubrí, mi rostro se deformó por las lágrimas. Mi viejo Tío Vesemir, mi querido Tío Vesemir, tampoco me falló en esto…  Geralt me miró aún más confundido.
—Tú lo entiendes, ¿verdad?
Asentí, sin poder hablar. Él me empujó contra su hombro y sentí agradecimiento. Respiré hondo un par de veces, carraspeé.
—Vesemir me ha visto la cicatriz, Geralt, aquél día, cuando te dejé herido… para mí, hace apenas un rato. Cuando me limpié las lágrimas, debí quitarme el glamarye que me hizo Fringilla para ocultarla… —le susurré—. Siempre supo quién era yo cuando llegué con ella en mi rostro a Kaer Morhen, y cumplió lo que me prometió. No dijo nada, guardó mi secreto.

Permanecí acurrucada en su pecho, ambos inmersos en nuestros pensamientos. Estaba contenta porque, con mi desliz, Vesemir no había pronunciado aquellas palabras que tanto dolieron a Geralt, porque sabía de antemano nuestro amor.
—Así que eras tú —volvió a insistir mi brujo.
—Sí, yo.
—Recuerdo que fuiste la primera mujer que me importó. ¡Ja!, me rompiste el corazón, Ciri…
—Lo sé —dije con una sonrisa traviesa.
—Con el tiempo olvidé su rostro. Pero aquella noche perduró en mi memoria muchos, muchísimos años… Aquella noche fue…
Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras. Me separé un tanto y le miré.
—Para mí también, a pesar de… todo.
Soltó una divertida carcajada al recordar.
—A mí no me hizo ninguna gracia, Geralt —dije muy seria.
Aún se rió más.
—Era un muchacho sin apenas experiencia, recién salido de Kaer Morhen y con Vesemir vigilando todos mis movimientos. No me extraña que perdiera la cabeza… Porque eres preciosa, Ciri. —Levantó su mano y retiró con ternura unos mechones que cubrían mi rostro—. La primera mujer de verdad que tuve en mis brazos, eras tú… —seguía sorprendiéndose—.  Y tu aura de misterio aún te hacía más deseable.
—Pues ese muchacho recién salido de Kaer Morhen, ligeramente arrogante y con problemas de control, también me hizo perder la cabeza.
—Mhmmm… no sé si me gusta esta conversación… ¿Debo sentirme celoso de mi versión joven? ¿Vas a ir a buscar esa parte impulsiva de mí de vez en cuando al pasado? —bromeó.
Le sonreí y negué con la cabeza.
— ¿Y comprometer todo lo que tenemos?  No, Geralt. Amo cualquier versión de ti, pero ya tengo la mejor.
Depositando mi mano en su mentón, acariciándole la corta barba con mi pulgar, me acerqué y plasmé un ardiente beso en sus labios.
—Mmhmmm, Geralt… —le susurré, mimosa— ¿te parecería una locura si te dijera que tengo unas enormes ganas de ti ahora mismo? No sé si tú, ahora que he perdido esa aura de misterio, me dese…
No me dejó terminar. Como aquella vez, atrapó mis labios en un beso urgente. Separó su boca de la mía y me tomó en brazos. En sus ojos brillaba el mismo deseo de entonces.
—Te voy a hacer el amor como aquella noche, Golondrina.
—¿Con final feliz para los dos?
—Sin duda.
—Mhmmmm, vuelve a romper los botones de tu jubón, ¿quieres? —pedí, mientras le besaba el cuello.
—¿En serio, Ciri?
—Me gustó… Oh, sí, me gustó…
Se rió de nuevo, y la sonrisa permaneció en sus labios, traviesa.
—Pues vamos a tener muy ocupadas a las costureras a partir de ahora…—dijo poniendo los ojos en blanco.
— ¡Oh, Geralt, pero cuánto te quiero!
Y, entre besos y risas, con la tranquilidad de haber eludido aquel horrible futuro, jugamos a ser, por un rato, los mismos de hacía más de setenta años. Él, pasado, presente o futuro, por siempre sería mi único amor, mi brujo
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#2
Será un comentario largo, ya les aviso.
En primer lugar, muchas gracias por tus palabras tan bonitas hacia mi persona, has hecho que me sonroje. Y dado que en mi dedicatoria preferí el humor, aquí seré todo lo serio que te mereces.
Tú eres emoción. No hay mejor manera de describirte a la hora de escribir. Eres risas, eres un abrazo, un beso, una caricia. Cada escena que escribes tiene una o varias emociones detrás, y esto muestra la clase de persona que eres, la que tanto me agrada.
También eres obsesión, por qué no. Has estado en los detalles de ambos capítulos desde el minuto uno al último, leyendo y releyendo, encontrando errores e incongruencias. Y hallando mejores ideas, claro, también. ¿Que sería de estos relatos sin tus ideas, que te surgen en el trabajo, en la cama, o mientras pelas patatas? Nada tan bueno como esto, te lo aseguro. Y todavía te preocupas en no ser molesta para mi. No, Sashka, para nada, es un placer compartir escritura con alguien así.
Tú eres acción también. Porque no toda acción sucede con armaduras, en un cementerio y armados con espadas. Tuyo es todo el mérito por escribir esa gran escena entre Geralt y Ciri, y ahí tienes acción, vaya que sí
Y donde a mi me cuesta, a ti se te da de maravilla, eso es complementarnos. Nos entendemos no con una mirada, sino con una simple palabra, siempre apoyándonos uno en el otro ante cualquier duda. Eso es. Tú eres mi bruja maestra. Y yo, tu pupilo.
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#3
Tears

Qué bonito...
Me has emocionado...
Gracias!

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#4
Me había olvidado de las frases!!
Las que más me gustaron (son muchaaaas):

"Entonces los vi, se acercaban aprovechando la distracción de los monstruos, el brillo argénteo de las espadas de plata reluciendo en la mano. Sus pasos, decididos, ausentes de todo temor, iban directos hacia las peligrosas criaturas. Sentí mi propia adrenalina fluir, anticipando lo que se avecinaba." Si esto no te pone en tensión, dime qué lo hace. Genial.



"Los brujos trabajan por partes, una cosa y después la otra, sin arriesgar de más". Simple, pero me encanta.


“En tu casa”, me dieron ganas de decirle. Desvié más el rostro y apreté los labios para sofocar una risa nerviosa. Cuando tuve controlada la situación, volví hacia él la cabeza gacha y hablé". Muy visual, me ayudó mucho a la hora de escribirla.

"Con mis labios apenas a unos milímetros de su oreja, le susurré:
—No te asustes, brujo, por el movimiento de tu colgante. No soy una lamia, ni una ninfa. Sólo soy… una mujer." Me hizo estremecer a mi, imagínate a Geralt, XD.


"Si no le conociera, habría pensado, tal como gesticulaba, que estaba haciendo el tonto, pero eso no era ni mucho menos propio de él, así que lo descarté". Jajaja No, muchacha, con mi Geralt no des nada por sentado  Big Grin

"Él pareció inmediatamente muy interesado en ella, mientras la muy zorra se arreglaba el amplio escote de su vestido ante sus ojos golosos, y yo sentí unas enormes ganas de pegarle una pedrada al brujo." jajajjaja


"Antes de doblar la esquina, hasta mis oídos llegó el estruendo de un portazo, y reí para mis adentros". Otra risa, jejeje.

"Donde nadie más podía, podían los brujos, oh, sí. Los marginados, rechazados, repudiados brujos, convenían ahora, ellos cargarían con el peso que nadie más quería cargar a cambio de unas cuantas monedas." Brujos en estado puro.

"Antes de contestarle, humedecí mis labios con la punta de mi lengua, me mordí con fuerza el labio inferior y lo dejé salir poco a poco entre mis dientes. No lo permitas, me dije mirándole a los ojos con una mirada de fuego, con tanto ardor como veía en los suyos, no dejes que ocurra, no plasmes recuerdos en su memoria. Mi respiración se aceleró al tenerle tan cerca, sentí en mi vientre extenderse la calidez del deseo. Intenté no jadear ante la lujuria que me invadía. Soy fuego, reconocí, no puedo evitar quemarle". Muy visual, muy intensa. Perfecta.

"El camposanto estaba tranquilo, sólo se oía algún grillo y, de vez en cuando, un relincho suave y bajito de los caballos. Pero, de golpe, eso cambió. De la puerta, en la quietud de la noche, salían voces. No entendí lo que se decían, pero una de las voces no era humana. Hablaron un tiempo corto, después dejaron de hablar. Entonces hablaron, claramente, las espadas". Fantástica, muy inmersiva.


1)"—Lo he visto, muchacha, y no te conozco. Lo sabes y, aún así, sigues ocultándolo. Eso me dice que, si no te conozco, te habré de conocer. En algún momento. Y no quieres que te recuerde.
2)Porque soy brujo viejo que ha visto mucho de todo. Y porque tus ojos hablan lo que tu boca calla.
3)—Dijo: por fin la serpiente de Uróboros se completa, Lobo.
Estas tres intervenciones de Vesemir son para mi lo mejor, aunque con lo bien que me cae el viejo, soy subjetivo jejeje


"Le miré mientras él observaba despacio mis rasgos, mi cabello, hasta volver a mis ojos, y entonces me sonrió. De súbito, le abracé, y él me correspondió tras recuperarse de su sorpresa. Surgió un suspiro de mi boca que pareció salir del fondo de mi alma. Tío Vesemir…". Muy emotiva, muy tuya.



"Aquella noche fue…
Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras. Me separé un tanto y le miré.
—Para mí también, a pesar de… todo.
Soltó una divertida carcajada al recordar.
—A mí no me hizo ninguna gracia, Geralt —dije muy seria.
Aún se rió más." XDDDDDD
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#5
Bueno, después del primer comentario de FrancoMendiverry95, poco más puedo añadir... Pero lo intentaré.

Cuando ingresé en el foro allá por diciembre, jamás imaginé que me merecería tantísimo la pena. Y es que el fanfic de Kaer Morhen primero, y luego este (que comencé con reticencia, aunque tras leer el primer capítulo me convenciste del todo), más los pequeños relatos que fue colgando el propio Franco, me han hecho disfrutar de nuevo de la saga del brujo como ningún nuevo libro que Sapkowski publicase ahora lograría. Suponen un bello regalo de valor incalculable. Regalo que por cierto, voy guardando en mi ordenador para conservar por siempre y poder volver a leer en el futuro, y no como un mero fanfic, sino como parte, por derecho propio (y al igual que personalmente considero The Witcher 3) de la saga del brujo. 

Creo que con esas palabras te resumo mis sensaciones acerca de toda esta recreación que has hecho de manera tan magistral. Y respecto al capítulo en concreto, poco más que decir que no comentara ya en el otro hilo. Perfecto, todo. 

Confieso que al principio pensé que, tras haber leído la soberbia parte de Franco, ya no me sorprenderías. Disfrutaría, sí, pero al saberlo ya todo, el factor sorpresa se perdería un poco. Pero es que lo de Visemir y la serpiente de Uroboros ha sido algo que me ha sacado una inesperada sonrisa, porque precisamente esos reproches/insultos que le hizo a Geralt me dejaron mal sabor de boca en su día, así que esta manera brillante de arreglarlo me ha aliviado más de lo que imaginaba...Mira, te dije que no me hacía mucha gracia que cambiaras el futuro con los viajes al pasado, pero en esta ocasión te lo permito y repermito encantado  Tongue que gran broche de oro para una construcción tan soberbia que habéis hecho entre los dos.

Os felicito, y de nuevo os doy las gracias por hacerme pasar tan buenos momentos con nuestros brujos.
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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#6
A mi me ha pasado igual que a ti, Daghdha, los fanfics de Sashka me han despertado las mismas sensaciones que los propios libros del brujo, me han hecho quererlos más aún incluso, y también como tú, yo ya los considero no meros fanfics, sino parte de la saga, tanto los de Kaer Morhen como los de La Fuerza del Destino. Y lograr más que eso, no se puede. 
Y mira, jajaja también coincidimos con lo de la Serpiente Uroboros, que Sashka nos había hecho quedar con amargura por la discusión entre Geralt y Vesemir y al leer esto fue un "aaahhhhh" (suspiro de alivio, aclaro, jejeje, que nuestra querida escritora anda un poco mal pensada últimamente). En definitiva, que es genial lo que hace, y con las ganas y el empeño que les pone, no fue para menos que me contagiara aunque sea un poquito de lo suyo.
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#7
Mira, prefiero tener dos fans únicamente como vosotros que mil de los otros!!
Pues me alegro de que os lo paséis bien leyéndolos, no sólo yo escribiéndolos, y , sobre todo, haber inspirado a Franco para que se lanzará con su propia colección, que también disfruto a rabiar.
Franco, yo no pienso mal, me confundes con Duncan, jajajaja!
Y también te agradezco la ayuda que siempre me prestas con esta línea de fanfics, que soy muuuuuy pesada y lo sé (encima lo sé, para más inri...).
Gracias a los dos!

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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