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Reto Jun19: Estrellas sobre Alepo
#1
Farid asomó la cabeza por encima de las piedras. Oteó la calle mientras aguantaba la respiración de forma inconsciente. Los disparos habían cesado hacía ya largos minutos, pero no significaba que el peligro hubiese pasado. La carbonizada furgoneta del señor Herat seguía delante de su derruida tienda de alimentos y la fachada del edificio de su amigo Khaled tenía los mismos trece agujeros. Volvió a sentarse en su escondite un rato más. No tenía prisa.

Pasaron los minutos y escuchó unos gritos lejanos y el atenuado eco de más disparos. Volvió a asomar la cabeza y a aguantar la respiración.
Como una rata avezada se escurrió entre los escombros, atravesó las grietas y recorrió habitaciones desnudas hasta llegar al derrumbado umbral de la entrada al edificio. Sacó la cabeza ligeramente y miró hacia lo alto. La mayoría de las veces la muerte miraba desde arriba.

Tras unos largo minutos escudriñando ventanas, boquetes, azoteas y balcones, estuvo seguro de que no había nadie. Salió disparado como una perdiz que ha oído el peligro hasta el edificio adyacente a la antigua propiedad del señor Herat. Se coló por un pequeño agujero creado por el mortero y entró en el edificio. Caminó por la penumbra esquivando muebles y escombros como un bailarín interpretaría su danza, silencioso y preciso, y atravesó la estancia y el pasillo que le llevaron a una habitación a oscuras. Con el corazón todavía golpeando su pecho y la respiración agitada, se apoyó en una pared y se frotó la nariz. Siempre le picaba cuando entraba allí.

Buscó en su bolsillo y extrajo un mechero. Encendió la chispa y una pequeña llama arrojó penumbras allí donde antes solo había un pozo de oscuridad. Con sumo cuidado se acercó hasta una pared, apartó la alfombra y colocó la mano sobre una cajonera cubierta de polvo. Como iba a necesitar las dos manos, apagó el encendedor y lo volvió a colocar en el bolsillo que no estaba agujereado. Empujó con gran esfuerzo, intentando hacer el menor ruido posible, y las patas se deslizaron sobre el suelo emitiendo un leve crujido. Farid hacía esto con sumo cuidado, y movía el mueble muy despacio. Aunque nunca había visto a nadie por allí, no quería que descubriesen su tesoro.

Cuando consideró que había esperado el tiempo suficiente, volvió a encender el mechero y se coló por un agujero en la pared que daba al almacén de la tienda de comestibles. El señor Herat hacía tiempo que no aparecía por allí, y como no había otra forma de entrar, tampoco había motivo para que se enfadase si alguna vez se enteraba. Por supuesto, nunca se lo había dicho a sus padres, pero tampoco hacía falta.
Aún así, no podía evitar sentir un escalofrío cada vez que entraba allí. A pesar de que aquel lugar estaba abandonado, tenía la sensación de que en cualquier momento aparecería el señor Herat y le recriminaría el hecho de haberle vaciado los estantes un día tras otro y encima hubiese dejado tirado por el suelo las botellas de refresco y los envoltorios de los dulces de tahide.

Por eso siempre se quedaba allí durante unos minutos, en la más completa oscuridad y respirando muy despacio para no hacer el menor ruido.
Seguro de que no había nadie más, volvió a encender la llama y escudriñar los casi vacíos estantes. Ya no quedaban muchas cosas que llevarse. Al principio había sustraído ollas, cucharas y alimentos envasados para cambiarlos por dinero o comida, pero demasiado tarde se dio cuenta de que las estanterías no volvían a llenarse solas, y ahora solo tomaba aquello de necesitaba y cuando no había otros medios para conseguir comida.

Tomó otro bote de lentejas con albóndigas de cordero y lo introdujo en su zurrón. No tomó ninguna más, ya que sus padres ya habrían cenado cuando volviese a casa y sus hermanos ya no vivían con él. Echó un último vistazo a aquel desangelado lugar y volvió sobre sus pasos hasta el agujero. Tras pasar al otro lado volvió a dejar todo como estaba y subió un par de pisos, se coló en unas habitaciones y se descolgó por el dormitorio que había quedado a la vista tras los bombardeos. Con sumo cuidado, se colocó en cuclillas y saltó sobre un gran trozo de pared que había quedado horizontal sobre los escombros.

Corrió entre cascotes, subió paredes derruidas y se coló por ventanas abiertas hasta que llegó a la calle Harram. Esperó allí sentado un rato. Cuando vio una persona cruzar la calle supo que era seguro salir. Levantando el polvo tras de sí recorrió dos calles más, donde antes vivían Suud y Talal, y llegó a la plaza del mercadito. Se apoyó sobre una pared y recuperó el aliento mientras veía a la gente ir de un lado a otro.
Seguramente ya era hora de ir a casa, pero le apetecía practicar un poco de puntería antes de volver. Se acercó hasta el edificio donde el señor Mazen había colocado un plato metálico que captaba los canales turcos, el mismo donde vivía Samir, y practicó su destreza en el manejo del lanzamiento de piedras. Su hermano mayor lo hizo mucho contra la policía antes de que llovieran bombas del cielo.

Cuando se cansó, se colocó el zurrón en bandolera y caminó a paso resuelto de vuelta a casa con una amplia sonrisa. Practicar todos los días había hecho de él un gran tirador.
Pasó por delante de la casa de la señora Fareeda y se acercó a la desvencijada ventana para acercar la nariz. Todavía si se esforzaba mucho podía recordar los olores que salían de allí e inundaban toda la calle: fati de pollo, el baba ghanoush, su famoso tabbouleh... Farid salivó y se quedó unos instantes más saboreando el recuerdo. Con una ancha sonrisa dejó atrás las ruinas de la familia Fareeda y llegó a casa.

Cuando acabó su paupérrima cena puso el cazo en un pequeño barreño con agua y limpió con la mano los pocos restos que con su dedo no había podido rebañar. Dejó el cazo en el banco de la pequeña cocina y se dirigió al salón. Volvió a escuchar unas explosiones. No estaban muy lejos, pero sí lo suficiente como para no tener que preocuparse. Él solo temía a la niebla.  Sus manos temblaron y su interior se agitó de temor. La respiración se aceleró y empezaron a temblarle las manos. Sus pesadillas volvían al mismo tiempo que los pensamientos le traían a la niebla. Aquel día estaba jugando con Hamza y Firas lejos de casa, en los campos del sur. Todos la vieron a lo lejos, el humo blanco que atravesaba las calles sin elevarse hasta el cielo, y que dejó cuerpos muertos y agarrotados allá por donde pasó. Se golpeó la cabeza con las manos, intentando alejar aquellos pensamientos. La niebla se lo había llevado todo.

Se levantó y golpeó la cabeza contra la pared. Soltó unas lágrimas y se frotó con fuerza, intentando aliviar el dolor. Era la única forma de alejar las visiones y recuerdos. Antes, cuando era algo más pequeño, siempre tenía mucho miedo de las explosiones, miedo de que cayese una bomba en casa y los matase a todos. Pero desde que dormía con sus padres, ese miedo había desaparecido. Se acurrucaba entre ellos y volvía a sentirse protegido y feliz. Como antes de que todo aquello ocurriera.

Su padre nunca había querido que ninguno de sus hijos durmiera con ellos. «Los hombres han de dormir solos o con su mujer», decía; y también «dormir con otros hombres es pecado a los ojos de Alah». Pero Farid le suplicó dormir entre ellos, con lágrimas en los ojos. «Los hombres no lloran, Farid», solía decir. Pero el miedo y desamparo que sentía hicieron ablandar el corazón de su padre, porque no dijo nada más.

Tomó un par de mantas y salió al pequeño huerto donde antes su padre tenía algunos cultivos. Ya no crecía nada. Extendió la manta y se acostó, mirando las estrellas durante un rato. Siempre le fascinaron los puntitos luminosos que pintaban extrañas figuras en el cielo. Usama decía que eran los días que Alah tardó en crear el mundo, pero eso no tenía sentido: eran demasiadas estrellas. En cambio, Abir explicó una vez que fueron las lágrimas de Jadiya por la muerte de sus hijos varones, pero tampoco lo creía cierto. Las lágrimas caen al suelo, no suben al cielo. Una vez le quiso preguntar al profesor Rakin por qué Alah había puesto las estrellas en el cielo, pero le dio vergüenza. Nunca pudo preguntárselo. Tal vez, algún día, cuando fuese más mayor, sabría el por qué.

Se tapó y se giró para mirar el montículo de tierra y grava que tenía a su derecha.
—Buenas noches, papá.
Luego, se volteó y se giró a la izquierda, donde estaba enterrada su madre.
—Buenas noches, mamá. —Y en un susurro le dijo—: te quiero.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Cambiamos de tercio completamente. La dureza del día a día de un niño en Alepo, ciudad arrasada por el ISIS, los rebeldes, las fuerzas gubernamentales, etc. Empezaré por sus carencias, a mi modo de ver. Me he pasado la lectura esperando que "pasara" algo. Es decir, estructuralmente el nudo no existe. No es que esté mal, pero es muy arriesgado escribir un relato redondo si falta una de sus partes fundamentales. Además, teniendo en cuenta que te ha sobrado mucho espacio, podrías haber introducido algo de conflicto. Y por cierto, si te referías a la niebla como gas cloro, es de color amarillo, no blanco.
En cuanto a lo positivo, has logrado que me meta de lleno en la ciudad bombardeada, consiguiendo así que me crea tu relato (solo lo del gas me sacó de allí). El niño, como protagonista, parece estar como un espectador de la vida que se le escapó hace tiempo, y que se limita a sobrevivir. La parte final, en la que reflexiona sobre las estrellas, le ha dado el toque de profundidad que el personaje necesitaba.
El final lo he tenido que leer dos veces, y entonces me he dado cuenta del todo.
Muy bien autor!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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#3
Bueno, otro relato intimista...y muy triste. Intuyo que las estrellas que ve moviéndose sobre Alepo son los bombarderos, y que la niebla es, en realidad, un arma química; aunque no solo la usan los aviones de guerra sino que puede lanzarse mediante artillería convencional.

El relato no está mal, pero es muy triste Sad
Nada es sencillo, excepto la creencia en la sencillez
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#4
Buffff, el final me ha matado. Todo el relato es triste y melancólico, pero el final es lo que lo convierte en algo especial, me ha afligido de verdad.

El relato está bien, me gusta la manera en que el autor maneja las descripciones, con detalle pero sin ser barrocas. Las va llevando con elegancia, a la par que Farid sigue su periplo por las ruinas.

No hay diálogos ni interacciones, más que las internas del propio muchacho. Eso lo he echado en falta, pero es cierto que este relato no va de eso: es un cúmulo de descripciones de una terrible situación, que te va preparando para el desolador final.

Como curiosidad, no he leído este relato antes, pero me suena el título de haberlo visto en algún lugar.

Felicidades autor.
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#5
En el apartado tecnico, y unicamente por sacarle algo, reseñar la abundancia de "alli"s que hay, uno o dos por parrafo durante medio relato... no molestan al leer, pero me parecen excesivos cuando algunos son sustituibles.

Por lo demas, un relato perfecto. Para que añadir un conflicto al relato, si esa pobre gente ya tiene suficiente conflicto...

Lo peor de todo realmente, es que si dices que es una biografia real cualquiera se lo cree.
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#6
Intentaré ser lo más moderado posible:
Lo siento, el personaje se desarrolla muy poco; entra y sale tan rápido que no empatizo con él. Y por tanto sus "buenas noches" (y aquí me estoy conteniendo un montón de desprecio) me pasaron de largo.
Gracias por compartir.
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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