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Reto Jun19: El Reino y su Castillo
#1
Se miraron fijamente, cada uno a un lado de la barra. Ella sostenía una bayeta amarilla y él apoyaba los antebrazos mientras miraba con ternura su vasito de whisky escocés, casi lleno hasta el borde. Era un sibarita, tenía que ser de Cardhu para arriba.
—Menudo cabrón estás hecho, Juan.
Ella se lo decía con una mezcla de cariño y reproche. Le echó un último vistazo a la pandilla que se alejaba por el corredor y siguió limpiando la barra con poco brío.
—Y tú otro tanto de lo mismo, Tere, por dejarme hacer.
Se metió otro trago entre pecho y espalda de esos tajantes, de los que atragantaban a los menos curtidos. Estaba delicioso, de doce años como debía de ser.
—¿Crees que sobrevivirán? —dijo ella, con una mirada de lástima fingida.
Tere estaba en su espléndida madurez, mejor que un queso curado. Mareaban sus curvas de parque de atracciones, algunas canas asomaban por su pelo recogido y Juan siempre tenía ganas de saltar por encima de la barra y estamparle un besazo a lo Rhett Butler. Por desgracia, ella estaba felizmente casada y su marido era un tiparraco de dos por dos que no tenía sentido del humor. Como si a ella le hiciese falta protección, aunque gustase de buenas chanzas.
—No creo, ese distrito está en rojo, jodido ahora mismo. Dentro de un rato empezarán a acechar los «pelaos» y ay del que se pasee por ahí.
—Claro, por eso tú les sugieres que no vas a asomar la nariz, que hay un par de tiendas que cierran tarde y no estarán vigiladas, que las cámaras no funcionan y no habrá seguratas por la zona…¡joder, pero si serás cabrón!
—Eso ya me lo has dicho. Además, si son unos mierdas, escoria de las pandillas. Merecen palmarla, los criajos esos.
—No te lo discuto —ella sonrió, que bonita sonrisa tenía—. Las nuevas generaciones salen muy poca cosa. Solo piensan en robar y darle gusto al cuerpo. Además, estoy casi segura de que son los salvajes que el otro día molieron a palos a Andrea, la de la Patophone. Solo porque les pilló llevándose un «esmarfon».
—Pues por eso. Esta noche cuatro parásitos menos en el mundo.
—¿Y por qué será que nunca sale nada en prensa? Así la gente no se entera de nada, solo algunos de los que trabajamos aquí y estamos advertidos de cerrar la boca o nos quedamos en la calle, que es como morir tal y como está la cosa. ¡Pero es que dios mío, ya van un buen montón de desgraciados que desaparecen…!
—¡Pues que va a ser! Los jefazos de El Reino tienen todo controlado. Bajo ciertas condiciones, es fácil ocultar lo que sucede aquí dentro. No quieren publicidad negativa y además la ciudad se libra de indeseables a los que casi nadie llora. Todos ganan.
—Esos indeseables tendrán madres.
—Seguro que también ellas se alegran. O si no, a nadie le importa.
Tere siguió dándole a la bayeta, con un movimiento cimbreante que a Juan le estaba poniendo a la velocidad del sonido.
—Me largo a seguir con la ronda.
—El día que te hagan un control tus jefes, te vas a quedar sin trabajo, cariño.
Juan se encogió de hombros. Eso no iba a pasar, nunca asomaba la nariz ningún supervisor por las calles del Centro Comercial El Reino. Aquellos chupatintas no gustaban de patear sobre el terreno. Allí abajo, para salvaguardar a los supuestos inocentes que eran la clientela del Centro y, sobre todo, los intereses de los negocios, solo estaban Juan Castillo y sus colegas de profesión.
De vez en cuando alguno de los guardias jurados se despistaba y terminaba en dónde no debía cuando no debía. Entonces los pelaos, que no hacían distinciones, daban buena cuenta del pobre desdichado. Eso le había pasado a Marta, que siempre había sido muy atrevida y con demasiada conciencia. Era una buena chica y había pretendido ayudar a una pareja de enamorados con las hormonas a tope que se habían adentrado en un distrito rojo para hacer sus cositas. Tres fiambres, Juan los había visto y todavía tenía pesadillas dos meses después. Marta no había respetado el código del buen guarda jurado del Reino.
También había caído Elías, colega de petacas furtivas y borracheras en oscuros rincones del Distrito Ocio. Un mal día el pobre diablo se había quedado a dormir la resaca en la parte de atrás de la bolera Asedio Alien. Justo esa noche asomaron los pelaos, el distrito pasó a ser rojo y de Elías nunca más se supo. Lo curioso es que los sensores de zona habían fallado al detectar el peligro, ni un mísero movimiento aquella noche. Quizá es que alguien de arriba se quiso librar de un empleado nefasto como era Elías.
¿Y quién o qué cuernos eran los pelaos? Nadie lo sabía a ciencia cierta, aunque había unas cuantas elucubraciones, a cual más imaginativa: Unos decían que eran delincuentes mutantes, otros que experimentos de laboratorio de se habían fugado, el jefe de personal de campo opinaba que se trataba de soldados de operaciones especiales, contratados para eliminar a la tralla de la sociedad. Una chica muy ilusa estaba segura de que eran elfos oscuros, pobrecilla…y Juan Castillo apostaría de que se trataba de seres de ultratumba, surgidos de la conciencia colectiva de una sociedad más podrida que una manzana olvidada en un vertedero.
El caso es que eran letales, pero muy selectivos. No se adentraban en las zonas abiertas, no molestaban a los empleados del Centro que se atenían a sus horarios, ni a la turba de clientes o paseantes que aparecían todos los días y se atenían a las normas escritas o de sentido común. Y punto importante, no se dejaban ver nunca, solo por las víctimas, aunque el caso es que alguien parecía haber conseguido echarle una mirada a uno antes de salir por patas, y a raíz de aquello surgió el apodo de «pelaos» porque el afortunado dijo que lo que le había parecido ver era un hombre escuálido sin un solo pelo en el cuerpo. Eran el embrión de una leyenda oscura, que poco a poco empezaba a hacerse un hueco en el imaginario del populacho.
—Hay que andar con ojo —hablaba en voz baja para sí mismo, una costumbre saludable para un trabajo solitario—. A mí no van a comerme en un pasillo olvidado, a un tío duro como yo. Vaya mierda de imagen daría, ahí en bolas a medio masticar, ¿qué pensaría Tere de mí? Pues que era un mindungui que se dejó avasallar y se reiría de mí post mortem.
Dejó escapar una risa cascada. Tosió, tosió bastante, últimamente se encontraba de pena, pagaba del peaje de décadas cuidándose poco o nada, demasiada bebida y tabaco. Drogas sintéticas no, eso era para los alfeñiques, Juan prefería estropearse la salud a la vieja usanza, con gintonics de garrafón (el whisky no, ese tenía que ser caro), vodka y pitillos de contrabando. A sus cincuenta y dos tacos aun podía partirle la cara a algún que otro pandillero, pero le dolía la espalda al hacerlo, y procuraba no patear con la pierna derecha, que tenía la rodilla frágil. Ya hacía tres años que no ligaba, no se veía apenas con los compinches, su hijo no le visitaba…
Como cada anochecer, la melancolía se abría camino en su espíritu baqueteado. Mientras iniciaba la ronda hacia la zona fronteriza, con la vaga esperanza de ver como los pelaos se merendaban a la pandilla de antes, hizo un breve repaso de por qué había acabado así, solo y amargado. Lucía ya no quería ni verlo, después de veinticinco años compartiendo la vida con más pena que gloria. Edu, su único hijo, ya tendría moza y a saber qué hacía de su vida. Ya tendría veintiuno, ¿o eran veintidós?...
Ya quedaba poca gente por el distrito H, subsector 2A, apenas un puñado de sombras que se deslizaban fuera de la vista. Allá estaba Enrico, cerrando el portón metálico de su tienda de vinos italianos. El espaguettini le caía bien, a pesar de ligarse a todo lo que se le cruzaba.
—¡Ciao, Castillo! —le gritó al verlo.
Tan discreto, el muchacho. Le saludó con la mano y siguió la ronda. Hoy no estaba para conversaciones banales. Se sentía profundo, un ser medio mitológico que pateaba los senderos del paraje de miles de metros cuadrados y varios niveles que conformaba El Reino. El guardián, el vigilante, el capullo que iba a morir solo en una habitación de mierda en un barrio de porquería.
—¡Ai güont tu breik friiii…! ¡nananarananaaaa…!
Llegó a la zona de los espejos, el frontal de la tienda de tecnología Task Force. En realidad era cristal negro y reflejaba de maravilla, le gustase a uno o no. Juan caminó, desfiló más bien, lo más aguerrido posible, pero una vez más seguía sin gustarle la imagen que veía: un tipo corpulento de mediana edad en uniforme azul marino, con incipiente barriguita que sobrepasaba el cinturón y despeinada cabellera gris más bien rala. Poco quedaba del apuesto Juan Castillo que arrasaba los fines de semana de hacía dos décadas.
—Naananaa….¡Oh, ai güont tu breik friiiii, BEIBEEEEE…!
Como no dejase de canturrear iba a ponerse a llover. Tenía ganas de zoscarle a alguien, al menos eso aun podía hacerlo con razonable eficacia. Por ejemplo, a aquellos otros niñatos a los que acababa de enfilar y que se movían con patético disimulo rumbo a los baños del 2A. No deberían estar allí, ya no había nada que hacer por aquellos andurriales a semejantes horas, así que les iba a contar un cuento para que se durmieran.
—Esos gilipollas van a drogarse, o a maquinar algo —iba diciendo para sí mismo—. O a lo mejor son colegas de los que envié antes por aquí. ¡Va a ser eso!
Agarró el walkie y llamó a Andrés. No era el guarda más cercano, pero sí el más fiable si había problemas. Daba unas hostias como panes y no se rajaba ni ante un tigre de bengala o un pandillero inflado a anfetaminas, de esos musculosos de gimnasio y con tatuajes hasta en el prepucio. La última vez que se habían enfrentado a uno, a Andrés se le había fundido la batería de la porra eléctrica a base de darle caña y luego le había roto la otra porra, la reglamentaria de goma dura de toda la vida, en su cabezota de simio a la última moda. Muerto como un ancestro, así había quedado. Habían ganado el juicio, Andrés estaba muy bien considerado (familiar lejano de algún jefazo, sospechaba) y la empresa se había afanado poniendo un equipo de abogados cojonudo.
—Andrés, ¿me recibes? —gañidos de estática— ¡Contesta coño!
—Te recibo —respondió la voz de pito de Andrés— ¿Privas on the rocks, garsón? ¿Sitting on de dock of de bay?
Juan chasqueó la lengua, iban a tener que cambiar el lenguaje en clave. Empezaba a sospechar que, si les interceptaban el mensaje, cualquier idiota de supervisión con dos dedos de frente se iba a dar cuenta de que esa era la cantinela para quedar y darle al bebercio junto al circuito de karts del Distrito Play-People-Play.
—Eeehhh, no tío, ahora no es el momento. Es que tengo entre ceja y ceja a un grupo polémico que juraría me van a dar la noche. Voy a por ellos y son cuatro, supongo que podré manejarlos, pero por si acaso acércate por aquí para darme cobertura. ¿Me tienes localizado?
—Te tengo, pero voy a tardar un rato. Chelo la del Bungie me ha pedido que le ayude a echar el cierre.
¡A echar el cierre! Vaya desgraciado el Andrés, que se iba a dar el lote con la encargada de la tienda de ropa más exclusiva del Distrito Moda.
—Serás cabronazo. ¡Pero date prisa y déjate de «kikis», que ya no tengo treinta años para vérmelas con cuatro a la vez.
Se encogió de hombros y avanzó con cautela. Los tenía a tiro y las pintas eran de lo más lamentable. Vestían cuero negro aderezado con una especie de volantitos en las mangas que eran para alucinar, la pelambrera toda pegada al cráneo y piercings hasta en los piños. Menudo mal gusto, para colmo con los sentidos de alerta atrofiados, o eso parecía pues estaba ya a veinte pasos y los muy cantamañanas no parecían ni verlo. Por un momento pensó en dejarlos ir, a ver si los pelaos los aniquilaban, pero decidió que con una pandilla de carnada era suficiente por ese día. No quería malacostumbrarlos, a los pelaos.
Calibró de arriba abajo a los chiquillos y decidió heroicamente que no iba a esperar por Andrés.
—¡Eh, vosotros, gaznápiros!
Era uno de sus insultos favoritos. Lo había descubierto en una lista de insultos originales que había visto en la red. Todos se quedaban siempre con cara de no saber que responder.
—¿Qué nos has llamado, tío? —dijo uno de los maleantes, que al fin cayó en la cuenta de su presencia. Parecía recién llegado del mundo de los sueños, con aquella cara de alelado.
—Lo que te mereces, chaval. ¿Qué hacéis aquí a estas horas? La salida está por aquel otro lado.
Señaló la zona de atrás. A lo lejos sonó una voz enlatada que deseaba por última vez buenas noches a la clientela, gracias por su visita y toda esa sarta. Los chicos parecían poca cosa, no tenían un octavo de sopapo todos juntos, Juan se empezaba a venir arriba y casi deseaba que se le pusieran tontuelos. Incluso aquel de allí, el que tenía cara de berzas, le recordó vagamente a…
—¡Edu!
El chico, que hasta ese momento trataba de mantenerse oculto detrás del más gordo, se dejó ver con timidez. Era un rapaz rubicundo con la cara llena de granos. De pronto, como si despertase de un sueño, se puso agresivo.
—¡Qué te pasa viejo!
—¿Pero qué haces aquí? ¿Y así le hablas a tu padre?
—Sí, déjanos en paz tío. No te hemos hecho nada.
Juan de pronto se quedó sin palabras. Un momento antes iba a partirles la cara a aquellos mocosos, incluso a dirigirlos hacia los pelaos para que tomasen el rumbo de la fría tumba. En cambio, ahora sintió que su estómago se encogía al ver a su hijo, convertido en un moñas pandillero de tres al cuarto. Pero era su hijo, pese a la cara de berzas (salía a él, tenía que reconocer) y a que no lo visitase desde hacía casi un año.
—Mirad chicos, hemos empezado con mal pie. Pero guardemos la calma, marchaos hacia la salida y aquí no ha pasado nada, ¿vale?
—¿De verdad este es tu viejo, Tortu?
—¿Tortu, que es eso de Tortu? —dijo Juan.
—El Tortuga, ese es su nombre de sangre en nuestra banda, cacho carne. ¡Lárgate!
Juan miró a su hijo, que empezó hinchando pecho y acabó otra vez camuflándose detrás del gordo. Los otros dos le habían rodeado, como aprendices de depredador. Ya se habían apagado las voces enlatadas. Pronto aquella zona sería peligrosa, Juan tenía bien medidos los tiempos y las fronteras invisibles del Centro, por donde debía circular para evitar a los pelaos y por dónde podía arriesgarse lo justo. En ese preciso instante estaban a tres esquinas de los lindes más chungos del distrito.
—Chicos, vamos a dejarlo estar, ¿vale? Os acompaño a la salida y…
El más gallito, un mozo feo y con un aro de medio kilo en la narizota, le acercó el rostro tatuado y le sonrió con dientes partidos. El puño derecho de Juan se crispó mientras el izquierdo se acercó a la porra eléctrica. «Mataberzas», la llamaba.
—Nos vamos —era Edu el Tortu el que hablaba—. Déjanos en paz, como nos dejaste a mamá y a mí. ¡Nos abandonaste, joputa!
Lo dijo con tanta rabia que Juan tragó saliva. Aquello no era cierto, era injusto echarle en cara aquella mala racha, cuando había ido a rehabilitación para sacarse de alcohol y demás venenos para volver a ser un padre cojonudo. Culpa de Lucía el hartarse antes de tiempo y meterle a saber qué cosas en la cabeza al niño. Al mirar el rostro dolido y pendenciero de Edu sintió que se le encogía el corazón. Tenía la cabeza embotada, no parecía capaz de reaccionar, él que no hace ni cinco minutos se sentía como Juez Dredd.
—Yo no, eso no es…
—¡Vámonos tíos!
Se marcharon a la carrera, siguieron por el corredor y dejaron al guardia de seguridad Juan Castillo con un palmo de narices. Iban directos a la boca del lobo, la telaraña, la trampa mortal que era a esas horas el subsector 2A, donde ya estarían con el destino echado los de la anterior pandilla de condenados. De pronto se sintió mal, sucio como un mosquito aplastado contra el visillo.
—¡Edu!
Echó a correr tras ellos. Ya no estaban a la vista, habían desaparecido tras la esquina del Corte Tirolés, el comercio más grande de la zona. Aun había luz en el interior, posiblemente estarían haciendo inventario o algo así.
Pero los estirados dependientes del Corte Tirolés no estarían en peligro mientras saliesen directamente hacia la salida. En cambio, Tortu ya estaba adentrándose en la zona oscura, prohibida, potencialmente mortífera.
Le dolía la rodilla, casi no podía correr. El corredor estaba en penumbra, sacó su pad y miró su propia posición en el plano del centro. Mal, muy mal, estaba entrando de lleno en la zona gris, pronto en la roja, en donde tenían lugar casi todos los ataques. Los pelaos se iban a dar un festín esta noche
—¡Eduuuuuu!
Tuvo que parar, no podía más. Respiraba con dificultad, parecía una locomotora vieja. La tienda de moda para hombres Sword quedó a su izquierda, con sus gallumbos de marca en el expositor. Milton´s Creek a su derecha, el rincón favorito de los aventureros de diseño. No había nadie ya, todo el mundo estaría metido en los sótanos del metro, o en las paradas de bus de fuera del centro. Pintaba mal la cosa.
Giró una esquina, una especialmente polémica. Daba a una encrucijada, con unas apagadas escaleras mecánicas que llevaban a los niveles superiores e inferiores. Había un amplio panel informativo en el medio del cruce, las mesas vacías de Pancracio Bar yacían ordenadas y expectantes. Puso la oreja a trabajar, necesitaba escuchar.
Nada, nada de pasos, ni un miserable susurro. Aquellos chavales eran buenos furtivos, después de todo. Peor para ellos.
—Ay Edu, joder, joder… ¡cómo se entere tu madre!
¿Y qué, si se enteraba? Total no le hablaba, le había dado la patada, seguro que ahora andaba con cualquier tipo acomodado, de esos gilipollas trajeados que sabían cómo tratar a una mujer. Pero de todas maneras la muy la muy… (ni aun así se atrevía a insultarla), la muy «eso» se las arreglaría para cortarle los huevos por no haber sabido ejercer de padre responsable ni una miserable vez.
—Me cago en todo… ¡Eduuuu!
Y además lo quería, al chaval, ahora se daba cuenta, por mucho que se hubiese convertido en un despreciable pandillero. Por mucho que el desagradecido renegase de él y le llamase viejo delante de sus amigotes. Sí, solo lo iba a salvar a él, a los otros capullos que los salvase su padre.
Estaba al pie de las escaleras y no sabía si subir o bajar. En el nivel superior estaban las tiendas de joyería, relojes y demás chatarra. Tenían buena seguridad, demasiado para unos pelanas como aquellos, mientras hacia abajo estaban las máquinas de vending y los cajeros, morralla para los profesionales del hurto pero buen lugar para los pandilleros de poca monta. Antes la recaudación solía hacerse poco antes del cierre, pero desde que aparecieron los pelaos se lo habían pensado mejor y venían por la mañana temprano. Sí, seguro que los pandilleros del principio, que tenían pinta de muertos de hambre, estaban por allí abajo. Los otros, a saber.
—Si por lo menos llegase el Andrés…
Pero no había tiempo. Se decidió a bajar, la opción más sensata. Mal día para dejar de meterse anfetas, mal día para no llevar la pipa reglamentaria, porque los capullos de supervisión decidieron que no era necesaria en las patrullas. Que llegaban las dos porras, la eléctrica y la de goma…
—¡Y la tercera, con la que follo, hijos de puta!
Mientras bajaba por los escalones paralizados, estaba tan nervioso que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, posiblemente le iba a dar un infarto antes de acabar el día. Allá abajo había poca luz, tan solo la tenue luminiscencia nocturna.
El corredor se perdía hacia la bajada al parking C, uno de los más grandes, con 1.800 plazas. Se escuchaba el lejano rumor y chirridos de ruedas de los últimos coches que iban abandonando el Centro. Esta zona era delicada, Juan llevaba una porra en cada mano, como un ninja.
Algo llamó su atención. Un zapato, más bien una zapatilla deportiva, estaba enganchada en una postura extraña entre dos tubos de calefacción que ascendían hacia las alturas. Arrimó la nariz, sin dejar de otear el entorno con desconfianza. Tocó la zapatilla con la punta de la porra de goma. Estaba atascada y pesaba bastante para ser una sucia zapa de pandillero. Su dueño había intentado subir por allí, escalar como un macaco, pero no había podido.
Quizá pesaba porque tenía dentro un pie a medio arrancar desde el tobillo. Puede que fuera eso.
Juan retrocedió. Ahora podía ver el reguero oscuro que se dirigía hacia los baños del primer sótano. Era extraño, los pelaos no solían dejar restos ni manchurrones, eran unos tíos limpios y aseados. Más allá se erguían las máquinas de vending, solitarias y ajenas al drama. En un alarde de sangre fría, Juan se fijó en que la zapatilla tenía un dibujo fosforito de una sirena. Le había llamado la atención en el bar de Tere, apenas tres cuartos de hora antes.
—Estos no son. Arriba, los otros están arriba…
Tenían que estarlo, de lo contrario significaba que Edu ya estaba muerto. No había movimiento en la zona, ni un maldito ruido. Los pelaos era muy discretos, no querían molestar. Juan creía ver movimientos más allá de la frontera con las sombras, pero nada surgió de allí mientras él retrocedía hasta llegar de nuevo a las escaleras. Echó un vistazo a lo alto y empezó a subir apoyando sus puños temblorosos en los pasamanos, sin soltar las porras.
La transacción de un nivel a otro del Centro fue como deslizarse por un mundo etéreo. Juan se sentía irreal, tal era el terror que sentía. Algo extraño, pues llevaba meses conviviendo con los aquellos engendros de naturaleza desconocida. Pero jamás había traspasado los límites de patrulla que dictaba el sentid común y la experiencia y, sobre todo, jamás había sentido la más mínima afinidad por nadie que estuviera en peligro. Pero ahora se trataba de la carne de su carne, de su pequeñajo.
Estaba llegando al final de las segundas escaleras, a cuatro peldaños del primer nivel, el de las joyerías y demás establecimientos de pasta gansa. La misma luz tenue, pero en un tono pastel más cálido. Hybrid era el primer local, Cuco´s, Bonjour Diamant, Jeta Latuya, Bonvivant…
—¡Edu!
No gritó esta vez, apenas susurró. Siguió avanzando, incómodo a causa del apretón que estaba empezando a atormentarle. Se iba a cagar literalmente y cuando encontrasen sus restos Tere se partiría la caja hasta el fin de su desvergonzada existencia. Vio o creyó ver movimiento al fondo del pasillo, junto a Bonvivant. Murmullos de alguien cabreado, un haz de linterna repentino.
—¡Ya os lo dije, mamones, es mejor ir abajo, joder! ¡A las máquinas!
—Tiene razón tío, aquí no hay nada que hacer.
—Total, mens..¿Y tú qué dices, Tortu? ¿Vendrá tu papaíto a jodernos?
Risas, risas de desgraciados que no saben que están a punto de hacerle una visita al patíbulo. Pero el alivio que sintió Juan Castillo fue tal que notó como le volvía la sangre al rostro. Se acercó arrastrando los pies, su chico estaba vivo.
—¡Eh! —se alarmó uno— ¿Quién es el maricón que me está agarrando del paquete?
Hubo un tumbo y un sonido de arrastre. EL haz de la linterna se alejaba con rapidez sobrenatural a ras de suelo.
—¿Jeiko? ¿A dónde coño…?
Otro tumbo y un gritito enseguida ahogado por un gorgoteo la mar de desagradable. Juan reaccionó más rápido que Keanu Reeves de héroe atormentado. Se abalanzó en media docena de pasos atropellados sobre la figura brumosa que pensaba que era Edu y le agarró del brazo.
—¡Ahhhh!
—¡Calla hostia! ¡Yo soy tu padre! —le apretó con fuerza—. ¡Vente si quieres vivir!
Por una vez en su vida hubo comunicación entre ellos. Echaron a correr a todo meter, que tampoco era mucho. Juan sabía que si llegaban a las escaleras tendrían posibilidades, que los pelaos no solían dejarse caer por la planta baja. Casi colapsa cuando percibió que alguien trotaba a su lado, jadeando como un perro.
Pero no era un perro, sino el pandillero gallito de antes. La escaleras estaba muy cerca, Juan no se atrevía a mirar atrás, pero sabía que «algo» estaba a punto de darles caza. Con una mano arrastraba a Edu, con la otra sostenía la porra eléctrica. Con un movimiento preciso, dejó caer el arma paralizante sobre la rodilla del pandillero no invitado.
—¡Aarrrgghhh!
El muchacho cayó al suelo como un fardo. Carnada fácil, huida feliz.
—¡Papá!
—¡Tú corre, come o sé comido! ¿Nunc a te lo han dicho?
Los gritos del desdichado cesaron de pronto. No importaba, ya estaban en las escaleras y empezaron a bajar a toda velocidad. Antes de llegar abajo se cayeron sobre los escalones y fue doloroso, pero se levantaron tan rápido que pareció que no había sucedido.
El triste periplo de regreso a la zona segura fue un auténtico suplicio. Juan no quería ni mirar atrás, sabedor de que no serviría de nada. Edu temblaba de miedo, le insultaba y preguntaba cosas para las que no había respuesta. Al final, el chico lloró y se abrazó a su padre. Algo de sentido común parecía haberle entrado de repente.
—¡Era cierto! —dijo entre sollozos—. ¡Lo de los zombis caníbales era cierto!
Juan lo miró.
—Vaya…¿Entonces ya circulan rumores de esos por ahí? Van a tener que hacer algo, los de supervisión.
Estaban todavía abrazados, en medio del pasillo que llevaba al área de ocio. Al fondo del corredor, por dónde habían venido, Juan creyó ver una figura erguida que se diluía en las sombras de la pared. Juraría que era un tipo alto y nervudo, con una melena oscura que le sobrepasaba los hombros. Aferró con fuerza la porra.
—Eso no parece un pelao, con esas trovas de jevi —dijo una voz de pito a sus espaldas.
Tras el sobresalto mortal, Juan miró con odio a Andrés, silencioso como siempre, como un apache. El colega iba descamisado y tenía la bragueta abierta. Miraba por encima de ellos con cara de embobado, hacia la figura melenuda de pesadilla que se entreveía entre la luz y la sombra. Juan empujó a su hijo hacia zonas más seguras, esgrimió con gallardía la porra eléctrica y calibró la distancia hacia la rodilla de Andrés para dar un rápido golpe.
—Se ha largao, fuere lo que fuese se ha largao —dijo Andrés.
Juan miró hacia atrás. No había nadie, el corredor era una boca vacía a medio iluminar. Suspiró.
—Vámonos.
—Sí, vámonos. Hoy es un día importante, hemos visto uno de esos. Aunque no sé, ya te digo que no parecía pelao, tenía pelambrera jevi metal. Pero da igual joder, que bárbaro, se le pone a uno el estómago en la boca ¿eh?
—Cállate que estoy que trino. ¿Seguirá abierto el bar de Tere?
—Pues creo que sí. Se quedó preocupada cuando le dije en qué andabas metido.
Una campanilla sonó en el subconsciente de Juan. A lo mejor hoy follaba.
—Pues venga, vamos a tomarnos una copa. Una bien fuerte antes de hacer el informe de esta mierda de hoy. Una para celebrarlo.
Andrés le miró con cara de pasmo.
—¿Celebrar qué, Juan?
—Celebrar que he recuperado a mi hijo, hostia.
«Y sobre todo, que a Tere le hago tilín»
Y se largaron tras el muchacho, que aun sollozaba. Su padre le había salvado de los zombis caníbales, y eso no era moco de pavo. Tal vez le hablaría bien de él a Lucía, aunque por ahí no había nada que hacer, Juan era un tipo orgulloso y no iba a volver. A menos que lo de Tere fuese un espejismo, entonces sí que estaría dispuesto a escuchar los ruegos de Lucía, que se odiaría a sí misma por no haber sabido antes lo que tenía en casa.
—Juan —dijo Andrés, que caminaba tranquilo a su lado.
—¿Qué pasa?
—Tú nunca me dejarías tirado frente al enemigo ¿verdad?
— ¡Eso nunca tío! ¡Somos camaradas, putos «broder in arms»!
Andrés sonrió, se quedó feliz. Porque Juan Castillo era un hombre de verdad, uno de esos que hacen que el mundo funcione, ahí desde las sombras sin catar la gloria ni las flores de la multitud enardecida. Un héroe anónimo que se iba a quedar en la puta calle como no supiese maquillar como dios manda el informe de rigor. Centro Comercial El Reino se la jugaba mucho, tenía que saber rondar en la frontera entre la carnaza para el morbo colectivo y la seguridad para sus clientes.
Nada de eso venía en el manual reglamentario para empleados. A lo mejor Tere, que era lista y algo estudiada, le echaba una mano, o las dos. Y si no, estaba Lucía, que quizá le perdonase al llevarle a su jabato sano y salvo…y si no, estaban los pelaos, para acabar de una vez con aquella miseria de vida.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Lo he leido de refilón y en diagonal, pero huele a Sashka a kilómetros.

Espero leerlo luego entero.
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#3
(21/06/2019 01:42 PM)Iramesoj escribió: Lo he leido de refilón y en diagonal, pero huele a Sashka a kilómetros.

Espero leerlo luego entero.

Me parece que o no sabes como huele Sashka (que yo tampoco, eh), o es que ella usa un perfume muy potente y lo hueles desde lejos.
Viviendo a la sombra del destino.
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#4
O tiene la nariz más estropeá que la cama de un loco... Ahora mismo suelo oler a Light Blue.de Dolce y Gabbana. No llega tan lejos este perfume.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
Responder
#5
(21/06/2019 05:09 PM)FrancoMendiverry95 escribió:
(21/06/2019 01:42 PM)Iramesoj escribió: Lo he leido de refilón y en diagonal, pero huele a Sashka a kilómetros.

Espero leerlo luego entero.

Me parece que o no sabes como huele Sashka (que yo tampoco, eh), o es que ella tiene un perfume muy potente y lo hueles desde lejos.

Me voy a contener, me voy a contener  relieved

Yo crei que era de Franco, ¿esto cuenta como comentar el relato?
El dinero no da la felicidad pero la pobreza tampoco
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#6
Me ha encantado, me ha enganchado desde el primer momento. Tiene errores en puntuación, es en lo único negativo que me he fijado, por lo demás es que lo he disfrutado muchísimo. Aderezado con unas risas ante esos detallitos humorísticos que me suelen gustar, discretos, como si no buscaran la carcajada. Te llevarás buenos puntos de mi parte, autor.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#7
Me gustó! El protagonista tiene mucha personalidad, el entorno se ve trabajado, parte de algo más grande. La historia en sí misma no me atrapó tanto, pero aún así lo disfruté de la mitad en adelante. No vi más que unos pequeños fallos ortográficos, lo leí sin trabarme. Como a Sashka, hubo ciertos detalles que me hicieron sonreír, incluso soltar una risotada (la tercera porra, claro). En definitiva, un relato que estará en mis puntuaciones más altas. Buena suerte en el reto, autor! (Que creo ya sé quien eres jeje)
Viviendo a la sombra del destino.
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#8
Acerca del relato, tuve un par de trabadas leyéndolo pero en general el ritmo es bueno. Es una anécdota interesante el transportarse al centro comercial para huir de los pelaos. ¿qué son?, ¿qué hacen? en realidad nunca se dice a cabalidad, aunque son el pretexto perfecto para ¿una reconciliación padre e hijo? Suena bien, tiene sentido. El peligro en común tiene la virtud de unir a bandos que parecen irreconciliables.
Esa es la coherencia narrativa que me agrada, que las cosas pasen por razones creíbles.
Sin duda me habría gustado una lucha directa con estas criaturas, pero de la misma manera es consecuente y la evita, al presentar a un guardia venido a menos. Esa no sería una pelea, sería una masacre. Eso también me agrada, agrega credibilidad al personaje.
En contraparte ese esfuerzo por describir el centro comercial a veces lo siento pesado. De la misma forma hay mucha exposición que podría cortarse y que en general el relato seguiría entendiéndose sin ella.  A veces es así, a algunos les falta explicar cosas, y otros las explican cuando pueden omitirse.
En resumen, veo un relato sobrio y construido de manera solida. Aun quedan muchos relatos por ver pero de algo estoy seguro, de que este será un digno contendiente.

Saludos. 

P.D. Lo que me hace gracia de verdad, no son los detalles del relato en sí mismo, sino esa dinámica de primero hacerse la pelota entre ustedes y luego hablar sobre la obra jajajajaja.
[Imagen: 3175b8f3948e5e79e5ac8d49c823ed34ae888c5dv2-hq.jpg]
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#9
Vikken, me joroban cantidad los comentarios tipo "me hubiera gustado", "se podría cortar" etc. El autor escribe lo que quiere y los lectores lo aceptan y se acabó. Es un relato de 5000 palabras, no de 50.000. Es lo que hay y hay que decidir qué poner y qué no.
Por otro lado, qué de malo es dejar un misterio. Muchas veces el revelarlo resta ese clima, así que aplaudo la decisión de mi paisano. Qué manía con distraeros con lo que no es relevante, joder... Los pelaos no son el centro de la historia, coño.
Y el centro comercial era necesario describirlo, por supuesto. A mi no se me ha hecho pesado en absoluto... y no creo que sea por que sienta debilidad por cómo escribe el autor.
Es que, rey, me han dado ganas de meterte un calcetín en la boca, pero con cariño, eh?

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#10
Limitarse a decir "me gusta" - "no me gusta" es demasiado complaciente y de hecho, ya ni cabe en un contexto como este. Señalar que esto se puede cortar, esto se puede mejorar, esto esta fuera de lugar, es intentar hacer el aporte.
No estamos hablando ni de una obra muerta, ni de un autor fallecido.
Este contexto es también de retroalimentación.
Esas épocas de la caja idiota, en donde se soltaban programas a los que no podías hablarle ni ser escuchado, se acabaron. Igual con los rockstars, igual con los grandes autores. La época en que te daban el producto y te callabas, se acabo. No teníamos opción. Ahora sí y al autor que no le guste que le hablen de su obra, que no la publique, así, tal cual. O mínimo que se prepare una defensa razonable de su trabajo.
Aunque es gracioso que hagas varias alusiones negativas de cosas que nunca dije... y ninguna objeción hacia las positivas que sí dije. ¿Entonces qué?, ¿se trata sólo de hablar bien para que no hayan objeciones?
De cualquier manera, si gustas tratar este tema con mayor extensión tenemos otras redes sociales, ya di mi comentario y seguir aquí sería desvirtuar.
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