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Reto Jun19: Hay un monstruo encima de mi cama
#1
HAY UN MONSTRUO ENCIMA DE MI CAMA
 
No conseguía quitárselo de la cabeza. Menudo fallo. Una referencia a una columna equivocada en una puñetera fórmula de Excel. Todo el mercado polaco al garete. No tenía más remedio que decírselo a Juan, mañana mismo. Con lo que le gustaba a ese gordinflón levantar el dedo y apuntar con él. Que congoja, siempre con el nudo en el estómago, acobardado. Tenía que revisar el email enviado, ¿y si el zloty hubiese caído en los tres últimos meses sin que él se hubiese dado cuenta? ¿Treinta puntos? No, era mejor no hacerse ilusiones, era una cagada, punto. Y traería consecuencias. Mejor sería mirar lo del zloty en el móvil. No, estaba conduciendo y con la niña detrás, esas cosas no se hacen Tomás… Mierda, se había olvidado de pagar la luz, ahora tendría que hacerse cargo de los intereses de mora. Y el horno, había que llamar a un electricista. Estaba seguro de que no era nada, algún fusible o algo así, pero le iba a costar cara la broma. Todo porque era un inútil, incapaz incluso de encontrar el cuadro de luces, ni siquiera lo había intentado; se había convertido en una carta de crédito solapada a un cerebro. El cerebro lo utilizaba solo con sus fórmulas de trabajo, para todo lo demás estaba el dinero. Pensar nueve horas y media al día y dejar de hacerlo nada más fichar a la salida. La mente opaca, como en aquel momento. Obstruida.

Cuidado!

Un rápido destello y un volantazo, seguido de otro para recuperar el control del automóvil. Las ruedas chirriaron mientras Tomás conseguía retomar la calzada.

Coño Tomás! ¿Es que no has visto el camión? —le gritó su mujer, Ariadna.

— Sí, perdona cariño, me he despistado, no sé en qué estaba pensando —se disculpó.

En un cuadro de luces, que debía estar detrás de la estantería. Aquella donde tenía todos los cómics de Corto Maltés y las guías de viaje. En la cual se habían ido acumulando una montaña de presentaciones de PowerPoint imprimidas, revistas de cocina, pasatiempos y recibos que no recordaba si había pagado. También había chupetes y dibujos garabateados por la pequeña Laura, dedicados a su padre. Dibujos a los que había respondido con un beso en la mejilla al recibirlos pero que habían terminado siendo amontonados entre cartas del banco y trípticos de comida a domicilio. Como si de un trozo de papel cualquiera se tratasen.

 
PRIMERA NOCHE

—Papi, hay un monstruo debajo de mi cama.

Laura dijo motruo. ¿Qué hora era? Las cuatro de la madrugada. La niña se encontraba a los pies de la cama, con las manos apoyadas sobre la parte de Tomás. Tenía los ojos llorosos y se había puesto el chupete. Sobre los hombros caían tirabuzones de pelo rojizo, encendido, capaces de brillar incluso en aquella noche iluminada por los rayos de luna que se filtraban a través de las persianas entrecerradas.
Tomás se enderezó, sentándose en la cama y frotándose los ojos. Dejó escapar un bostezo.

—¿Un monstruo?

—Sí, debajo de mi cama.

Laura dijo Ti, en lugar de Sí. La mente de Tomás todavía fluctuaba entre el mundo real y aquél de las Parcas. Hacia apenas unos segundos se encontraba de nuevo en la universidad, un examen sorpresa. Al parecer Juan —pues en el sueño su jefe era su profesor de universidad— había puesto una prueba oral de sábado, sin avisar a nadie. Él estaba en una discoteca, de fiesta, aunque sobrio. El sueño en sí era una carrera para alcanzar la universidad y llegar al examen a tiempo. Al final volaba, moviendo los brazos, pero luego cuando quiso enseñarle a su amigo Felipe que sabía volar no conseguía levantarse del suelo. La pequeña Laura le había despertado antes de llegar al examen. Menos mal.

—Vamos a echarle un vistazo.

Agarró a la pequeña en brazos y esta rodeó con las piernas el tronco de su padre, colocando los brazos entre sus hombros y la cabeza en el cuello de éste. Un pequeño pinchacito en el corazón, qué bien encajaba.
Atravesó el pasillo con las luces apagadas y al entrar en la habitación de su hija intentó colocar a ésta sobre la cama, a lo cual la pequeña se resistió gimoteando.

—¿Quieres que papi mire debajo de la cama?

Laura asintió, agarrándose con más fuerza a él. Tomás sujetó la cabeza de la niña con la palma de la mano y se inclinó con ella en brazos.
Todo estaba oscuro, como esperaba. De repente se sorprendió aliviado y, a su vez, no pudo evitar sentir una leve decepción. Recordó el temor que en su infancia le produjo asomarse al espacio vacío de la cama, aquel terror visceral a encontrarse con un ser demencial acurrucado ahí abajo, con los dientes afilados y los ojos fuera de sus órbitas. Cuando estaba a punto de erguirse distinguió un destello, algo brillante a mitad distancia. Alargó un brazo con la cabeza ladeada intentando alcanzar el objeto resplandeciente mientras cargaba el peso de su hija con el otro.

Era un colgante.

Aquél que había regalado a Ariadna con apenas veinte años. Todo el sueldo de un mes como camarero de bodas de fin de semana, recubierto de plata y con un horrible corazón con una inscripción en el centro: “Prueba mañana”. Era una frase que por aquél entonces les pertenecía. Durante semanas, cada vez que Tomás, entre clase y clase de la universidad, había pedido a Ariadna que le concediera una cita, ésta le había respondido sonriendo: “Prueba mañana”.  
Su mujer lo había terminado perdiendo en una excursión en la montaña, hacía ya cuatro años.

Y, sin embargo, ahí estaba.

 
SEGUNDA NOCHE

—Papi, hay un monstruo debajo de mi cama.

Laura dijo, de nuevo, motruo. ¿Qué hora era? Otra vez las cuatro de la mañana. Dios, no había dormido siquiera una hora, dichoso insomnio. La verdad es que hacía mucho que no le pasaba, pero esa noche había vuelto con ganas, casi con afán de revancha. Se había pasado la noche dando vueltas, demasiado cansado para levantarse a tomar una taza de poleo, demasiado agitado para conciliar el sueño. Como antaño, decenas de imágenes habían pasado por su cabeza a un ritmo desenfrenado, sin tener capacidad alguna para tomar control de ellas, no pudiendo, ni siquiera, hilvanar una historia en su imaginario, una de aquellas aventuras que en el pasado soñaba con vivir pero que, con el paso del tiempo, había asimilado que se habían convertido en un refugio donde aislarse de una vida demasiado trivial para su gusto, aunque tuviese sus qués y sus porqués. Marinero en una costa tropical, revolucionario buscando refugio, superviviente a un colapso tecnológico, escritor aclamado, silencioso ermitaño de vuelta de todo. Contable. Con-ta-ble. Palabra tan plana como su significado. Algo temporal se había dicho. Los cojones.

—Vamos a echar un vistazo.

De repente le vino en mente el colgante, qué cosa más rara. Tenía que contárselo a Ariadna, ¿o ya lo había hecho? No se acordaba. Cogió a su hija en brazos, disfrutando del cálido abrazo de ésta, y atravesó de nuevo el pasillo en dirección a la habitación de la pequeña. Cuando entró sintió un golpe de frío que le erizó la piel. Fue directo a la ventana, estaba cerrada. Colocó la palma de la mano sobra la cabeza de su hija y se arrodilló con ella en brazos.

Oscuro. Demasiado oscuro.

Sintió de nuevo frío, una especie de corriente que parecía provenir de debajo de la cama. No pudo ver nada. Soltó un suspiro y distinguió el vaho efluir de su boca. De repente se dio cuenta, o al menos le pareció, que exactamente lo que estaba observando era la nada. Un vacío absoluto debajo de la cama de su hija, lúgubre y tenebroso, que parecía querer abarcarlo todo.
Se levantó asustado, a lo que su hija respondió con un llanto. Empezó a sacudirla con delicadeza, pronunciando largas eses intentando tranquilizar con ello a ambos. Su mirada seguía fija en el suelo, en aquel rectángulo negro que se formaba entre el larguero y las patas de la piecera. Se dio cuenta que su estado de ánimo, agitado, poco estaba ayudando a calmar a la niña. Se volteó y fijó la mirada en uno de los cuadros colgados sobre el sofá de la habitación. Había sido un regalo de su padre, cuando a éste le dio por pintar con acuarela. Una playa desierta gobernada por dunas moteadas por el verde cian de los cardos, un mar violáceo y una pareja paseando por la orilla cogida de la mano. Ariadna y él en Denia, su lugar en el mundo.
Notó que se había calmado y que su hija dormía. Se dio la vuelta y observó que el suelo, si bien oscuro, había recuperado sus gradaciones de gris, entreviendo los adoquines.

Bueno, al parecer necesitaba dormir urgentemente, una mala pasada. Tenía que aflojar en la oficina, tomarse las cosas con más calma, con filosofía. Debía aprender a relativizar los problemas. A identificar lo importante, su prioridad, que en aquellos momentos seguía durmiendo, tranquila, en brazos de un padre demasiado a menudo ausente, incluso cuando estaba presente.

 
TERCERA NOCHE

—Papi…

Esta vez la voz de Laura vino desde lejos, aun pareciendo un murmullo.
Cuatro de la mañana. Que frío hacía, Ariadna debía de haberse dejado el aire acondicionado encendido de nuevo. La cabeza le latía con fuerza, notaba las pulsaciones del corazón en las sienes con tal intensidad que casi podía escucharlas.

TUN, TUN.

Se levantó de la cama con los ojos entrecerrados, distinguiendo un tenue resplandor proveniente de más allá del pasillo.

—Papi… —dijo de nuevo su hija entre susurros.

Se calzó las pantuflas y atravesó el pasillo siguiendo una cadencia atolondrada, como si sus pasos acompañaran autónomamente el ritmo marcado por las pulsaciones de su cabeza.

TUN, TUN.

A medida que se iba acercando a la habitación de la pequeña la intensidad del frío fue aumentando hasta el punto que, cuando por fin entro en ésta, los dientes de Tomás castañeaban sonoramente. Centró de inmediato la vista sobre la piecera de la cama. No había ninguna luz encendida, pero sin saber muy bien cómo ni porqué, distinguió una nube de vapor efluir de ésta, de color oscuro. De una negrura tan absoluta que conseguía perfilarse en la penumbra.

—Papi, tengo mucho frío.

Al lado de la cama había una mecedora blanca sobre la cuál yacía una muñeca, María. El nombre se lo había puesto Tomás en recuerdo a sus raíces, pues era un nombre muy popular por el Levante. Tenía dos coletas pelirrojas, de color similar al cabello de su hija, e iba vestida como una nativa norte-americana. La habían comprado un martes por la tarde en el Lago Mayor, donde habían ido a dar una vuelta con la niña después de un día duro de trabajo para ambos. Habían paseado por la orilla del lago cogidos de la mano, con la pequeña en medio, persiguiendo una pareja de cisnes. Más tarde habían disfrutado del atardecer sobre uno de los tantos bares con terraza del pueblo lacustre, comiendo una pizza que la pequeña Laura quiso devorar sin soltar la presa a su nueva muñeca de nombre valenciano.

—Tengo frío…

Tomás salió de su ensimismamiento y vio a su hija tiritando sobre la mecedora, lloraba. La llevó a sus brazos con premura, intentando abarcar cuanto más cuerpo de la pequeña fuera posible. Paseó las manos por la espalda intentando hacer que entrara en calor. No entendía que estaba pasando. Su hija lloraba en sus brazos y él observaba fascinado el vapor negro que emanaba el vacío de debajo de la cama de Laura.

TUN, TUN.

 
AQUÉL DIA

 No conseguía quitárselo de la cabeza. Menudo error. Una fórmula equivocada en Excel y todo el mercado polaco al garete. Juan se iba a poner como una fiera. Con lo que le gustaba a ese gordinflón levantar el dedo y apuntar con él. Que ardor de estómago, estaba seguro que era debido al estrés. ¿Y si el zloty hubiese caído en los tres últimos meses sin que él se hubiese dado cuenta? ¿Treinta puntos? Tenía que revisar el email enviado. Aunque no, era mejor no hacerse ilusiones. Era una cagada y traería consecuencias.
Las ruedas, tenía que llamar al taller para cambiar los jodidos neumáticos. Otra broma cara a la que hacer frente, una más. Otro de esos famosos “extras” que puntualmente se presentaban cada mes. Y luego estaba toda la lista de material escolar que había que comprar para Laura. Menudo sablazo. De todos modos, debía encontrar una solución. Debía hacerle más caso a esa pequeña, tenía demasiadas tardes pendientes, demasiados “mañana sale el papá temprano del trabajo” incumplidos. ¿Dónde estaban todas aquellas propuestas que se había hecho en el pasado? Todos los libros que juró leerle, aquella novela que prometió escribir en la cual ella iba a ser la protagonista, los ideales que siempre quiso transmitirle pero que ya hacía tiempo que él mismo había abandonado. Todo porque era un inútil, incapaz incluso de hacer frente a su jefe, ni siquiera lo había intentado; se había convertido en una carta de crédito solapada a un cerebro. El cerebro lo utilizaba solo con sus fórmulas de trabajo, para todo lo demás estaba el dinero. Pensar nueve horas y media al día y dejar de hacerlo nada más fichar a la salida.
La mente opaca, como en aquel momento. Obstruida.

Cuidado!

Un rápido destello.
 
Un volantazo.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Hay un monstruo sobre mi cama... y debe llamarse estrés.
Es un relato muy entretenido y sencillo de leer. Por esa parte el autor se marca un punto. Se centra en un solo escenario para resaltar la situación interna del personaje. Si hay algo más profundo o acaso místico, lo siento no pude percibirlo. Me agrada la forma en que esta redactado, me vienen algunas teorías al respecto, como que en realidad el hombre ya esta muerto, igual toda su familia.
No sé, suelo divagar cuando las cosas no son explicitas.
De cualquier manera, es un buen trabajo y tiene grandes méritos. Como pegas quizá podría alegar la malisima decisión de usar esa letra tan pequeña, aunque si se pretendía con ella transmitir la pequeñez del personaje frente a lo que vive... bueno, decisiones artísticas.
En general bien.
Un par de cosas me hacen ruido, pero como no he comprendido del todo el relato, es posible que esas cosas que me parece que sobran, sean parte fundamental. O quizá solo este sobrepensando.
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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#3
Muy bueno. Jajaja, parece incluso autobiográfico. Bien llevado el ritmo in crescendo, donde poco a poco vamos viendo cómo el estrés se come a nuestro Tomás, invadido por un trabajo del día a día que se lo come todo. Lo conozco.
Por otro lado, ese contrapeso que es la hija, y que deja a Ariadna en una sombra de un segundo plano. Son los hijos, sobre todo cuando son pequeños, los que nos recuerdan sin querer qué son las cosas importantes. Mucho tendría yo que decir sobre esto, pero sería solo mi opinión sobre algo que no tiene que ver con el el relato en sí.
Cuanto más pienso sobre él, más me gusta.
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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#4
Muy bueno, como siempre. Suelo equivocarme en el quién es quién, pero creo que te he pillado.
Estos finales, aunque me gusta el aura de misterio que dejan a la imaginación de cada uno, también me cabrean porque soy muy vaga y me gusta que me lo den hecho y no me hagan pensar más de lo que pienso cuando voy leyendo, que mi mente se proyecta en muchas direcciones intentando pillar cualquier matiz. Es curioso que el hueco de debajo de la cama cuando eres crío sea un pozo de imaginación desbocada, recuerdo que yo no era capaz ni de salir de poner mis pies en el suelo junto a la cama de noche, de hecho me metía en la cama con una carrerilla desde el comedor, jajajaj. Sin embargo mis hijos no tuvieron ese problema, en sus camas había cajones en vez de huecos, nch, nací 30 años antes de lo debido, joder.
Volviendo al relato, me ha gustado mucho, pero que sepas que he encontrado fallos que ahora no voy a buscar, repasa y corrige porque vale la pena.
Suerte en el reto!

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#5
Muy buen relato, intimista y onírico...creo que es uno de los mejores del reto...y eso que por instantes me pareció repetitivo.
Nada es sencillo, excepto la creencia en la sencillez
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#6
Creo que Tomás está en coma y precisamente tiene esas ensoñaciones con su hija por su remordimiento por no haber pasado el tiempo con ella.

No soy lo que un padre quiere para su hijita bebé
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#7
Este es lo que yo llamo un relato «potente», destila emotividad por los cuatro costados. Y cuando digo emotividad no me refiero a lloro facilón ni a pastelosidades similares, sino a la capacidad de abordar emociones humanas del tipo que sea y manifestarlas en una u otra parte del escrito. Aquí hay nostalgia, ira, ternura, miedo, hastío y un vago resentimiento hacia la persona amada…¿o tal vez no? ¿Entonces, por qué la figura de Ariadna aparece apenas esbozada, como un añadido que interfiere entre padre e hija?

El caso es que me ha parecido un texto sobresaliente en su contenido, notable en su forma, pues logra reflejar con ese estilo entrecortado la míríada de sentimientos que asedian al protagonista. Quizá el final tan contundente pero abierto pueda suponer un magnífico colofón, o quizá no, depende de la capacidad perceptiva del lector, o quizá de su empatía hacia el autor, algo que a veces solo se logra cuando se comparten circunstancias de la vida.

Muy bueno, de mis favoritos.
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#8
Cita:se había olvidado de pagar la luz, ahora tendría que hacerse cargo de los intereses de mora.

Y de los de arandanos Big Grin



Un relato intimista, ameno y bien escrito, pero me pasa como a Vikken y el autor me tendra que explicar si es un sueño al volante, el prota divagando mientras conduce o un viaje en el tiempo... como Sashky, soy muy vago para estas cosas Big Grin
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#9
Un relato intimista que no me quedó muy claro si es de miedo, de amor, filosófico o una macedonia de todo junto.
No he encontrado muchos errores, si acaso ese “mora” señalado por Cabromagno y acento que te has comido en la frase “cuando por fin entro en ésta”. Prosa sencilla, sin florituras, que por momentos abusa de frases cortas. Letra excesivamente pequeña, cosa que solucioné con un zoom al 110%, pero vamos, que al colgarla el autor lo podría haber controlado.
Hablando ya del contenido en sí: a mi parecer la familia muere en la primera parte del relato y él debe de quedarse en un coma que le hace revivir momentos de su vida para luego cerrarse de nuevo reviviendo la misma escena. Me llama la atención que en el título del relato el monstruo esté encima de la cama y no debajo como luego se escribe en el relato. ¿Quizás un alusión al padre? Que con su descuido lleva a la ruina a la familia…
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#10
Bueno, no me gustó. No empaticé con Tomás ni con la niña, desconozco el estrés. Además, no soy capaz de verle el nudo al relato (como en varios relatos), y por lo tanto, como no hay nada a resolver, pues la lectura se hace anodina. Y ya ni hablar del título, que no se si es broma o qué. Como punto a favor, esta bien escrito, con errores escasos.
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer Las Enseñanzas de un Brujo IV (http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html). Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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