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novela sin titulo, capítulo 1
#1
     La luz del sol abandonaba poco a poco el bosque muerto, se ocultaba para dar paso a la oscuridad de la noche. En este lugar de tierra negra, una mujer joven con rulos dorados y ojos azules había dado a luz a su primer hijo. Pero ella no sobrevivió al parto. El pequeño no hacía otra cosa que llorar y como si su llanto entristeciera a los cielos, había empezado a llover.
     
     En medio de aquella terrible lluvia que poco a poco se convertía en una poderosa tormenta, el pequeño lloraba cada vez más fuerte como único medio para luchar por sobrevivir.
     
     Todo indicaba que este era el fin del recién nacido, pero entonces un hombre con capucha negra se le acercó caminando lentamente, lo levantó y lo envolvió en una manta azul. Se llevó a la criatura lejos de aquel bosque muerto, hasta las profundidades de un castillo hecho en su mayoría de piedra, hasta una enorme sala con piso de oro negro y em la pared se encontraban cuadros con pinturas de mujeres mueriendo en la hoguera. Al frente de aquel hombre encapuchado se encontraba un trono hecho de plata con diamantes incrustados en los soportes, y, sobre el trono, el poderoso rey Rafael Gallardo II. El rey vestía con ropas de oro hilado que combinaban con su corona de ese mismo material; sus rasgos eran los de un hombre rudo al que el peso de sus primeros cuarenta años de vida comenzaba a notársele.
     
     El hombre encapuchado era Leonardo III y su trabajo era ser el guardia personal del rey, aunque generalmente nunca se apartaría de su señor, en este caso había sido el mismo rey quien le ordenó ir a aquel bosque a buscar a este pequeño, todo sin darle explicación alguna sobre el asunto.
    
    —He traído al pequeño con usted, mi señor. —Leonardo III se inclinó mientras dejaba al pequeño cerca del trono y sentía gran curiosidad.
    
       —Puedes marcharte ahora —respondió el rey sin hacer algún gesto.
    
     Leodardo III se marchó para esperar a su rey en la entrada de la sala real. El rey se levantó del trono y caminó lentamente hasta donde estaba el recién nacido y lo cargó.
    
     —Tú eres la esperanza del reino ante la calamidad que se acerca —dijo el rey mientras acariciaba el rostro del niño—. Desde ahora eres mi nuevo hijo, el número dieciséis en la línea de sucesión al trono y si demuestras ser lo que espero de ti, llegado el momento serás el número uno.
    
      Desde muy joven, Rafael Gallardo II fue instruido por su padre, Rafael Gallardo I, en el desarrollo y uso de la capacidad de “ver todo” que el tercer ojo otorga. Su padre desde el principio le había explicado que hace unos seis mil años, era común que las personas desarrollaran aunque sea un poco el uso del tercer ojo, que entre otras posibles capacidades, permitía mediante la meditación ver cualquier cosa hubiera pasado, que estuviera sucediendo o que pasaría, sin importar el lugar; también le explicó que con el pasar del tiempo la mayor parte de la gente dejó de creer que hacer ese tipo de cosas fuera posible, por lo cual sólo unas pocas familias conservaron el uso de las técnicas para abrir el tercer ojo y que en el caso de ellos, la casa real de los Gallardo, se había hecho tradición transmitir estas técnicas en secreto entre los varones de una generación a otra; además llegó a decirle que algunas pocas veces, había surgido tanto en la casa Gallardo como en algunas de las otras que conservaron estas técnicas, alguien capaz de utilizar alguna de las capacidades adicionales y que entre ellos hubo un hombre llamado Antonio que utilizó la capacidad de manipulación mental para someter gran cantidad de reinos, aunque la terrible ambición de poder  provocó la muerte de Antonio al haber forzado su tercer ojo hasta el extremo de acabar con un agujero en su frente. Hoy en día todas esas capacidades eran recordadas meramente como mitos entre la mayoría de la gente.
     
      Rafael Gallardo II, al igual que sus ancestros, dirigía el reino no sólo como lo haría un hombre común, sino que gran parte de sus decisiones se basaban en información obtenida a través de su tercer ojo. En su caso se centraba principalmente en ver sucesos futuros, en esta ocasión, hace unos meses había tenido una visión acerca del nacimiento de un hombre que salvaría el reino y que ese hombre sería la reencarnación de uno de los míticos dragones. Así que había mandado a su guardia real personal a ir al lugar donde nacería el niño.
    
     Rafael Gallardo II salió de la sala real.
    
    —Esperame en la sala de meditación —dijo el rey a su guardian real, Leonardo III.
    
    Leonardo III asintió con la cabeza.
    
     Rafael Gallardo II caminó hasta llegar a una puerta de madera y entró sin tocar. Ahí encontró a las tres doncellas encargadas de la crianza, todas vestidas con sus respectivos uniformes negros y con los anillos de plata que les identificaban como tales. Ellas no se sintieron sorprendidas por esto: el rey nunca tocaba las puertas antes de entrar a algún sitio del castillo y era el único hombre que tenía permitido acceder a la habitación de ellas. Sin embargo, cuando notaron al pequeño en los brazos de él no pudieron evitar dejar sus bocas abiertas.
    
     —Su majestad, ¿acaso una de sus compañeras ha dado a luz? —preguntó María, la más joven de las tres doncellas, una morena de ojos verdes—. No sabía en absoluto que alguna de ellas estuviera embarazada otra vez y…
    
    —No, no es de mi sangre, aunque es mío desde ahora. —El rey cerró los ojos un par de segundos, a la vez que exhalaba aire profundamente antes de continuar—. Por el bien del futuro del reino he dado órdenes para que rescaten a este pequeño, aunque no he decidido nada acerca de cuál debería ser su nombre. —colocó al niño en los brazos de María —. Pero es mi nuevo hijo y ustedes lo cuidaran.
     
     —Comprendo, seguiremos sus órdenes, su majestad —respondió María.
    
    Poco después, el rey se marchó hacia lo profundo de la biblioteca a buscar un gran libro que tenía el contenido más completo acerca de los mitos.
     
   Él llegó rápidamente a la sección de la biblioteca donde se encontraba aquel libro y tras montarse en la escalera de plata, lo extrajo, cuyo título era “Creencias de la Antigüedad”. buscó rápidamente la sección que hablaba sobre los dragones, para ver si había algún detalle importante al respecto que no estuviera tomando en cuenta.
      
     Al principio todo era lo básico que él ya conocía, desde la apariencia mostrada mediante ilustraciones, entre otras cosas generales tales como la resistencia de su piel —que superaba la del diamante—, la capacidad de lanzar fuego por la boca, entre otras; pero entonces supo que algunos dragones tenían telepatía avanzada, incluyendo poder manipular y controlar mentes; también  eran capaces de controlar fenómenos naturales como tormentas o terremotos, incluso los más poderosos tenían cualidades que normalmente sólo se les atribuía a los dioses, como revivir a los muertos o transmutar la materia a su antojo. Por supuesto, Rafael Gallardo II estaba consciente que incluso si una parte de un mito resultaba ser real, esto no implicaba que todo fuera cierto, aunque bien podría darse el caso, así que tomaría esta información en cuenta.
    
     Tras terminar su lectura, Rafael Gallardo II decidió ir a donde se encontraban sus amantes: bajó  hasta el sótano del castillo a través de unas escalaras y abrió un par de grandes puertas de oro con grabados en forma de dragones para luego entrar en una habitación con quince camas, cada una con una mujer, estas tenían un collar negro de cuero en el cuello.
    
      —He decido adoptar a un niño. Espero que ninguna de ustedes le cause problemas al pequeño o de lo contrario me veré obligado a impartir el respectivo castigo apropiado. —El rey miraba de forma penetrante a cada una de ellas —. Mañana haré el anuncio real.
   
     —¡¿Está diciendo que nos deshonra al criar al hijo de una mujer que no forma parte de nuestro grupo y que no tenemos derecho a objetar?! —preguntó una mujer pelirroja de voz sensual.
   
    —Estoy diciendo que ordeno que no le causen problemas a mi nuevo hijo si no quieren ser ejecutadas, Clarice —respondió Rafael II ante lo que para él no era más que una insolente pregunta de parte de su amante principal.
     
      Clarice sintió miedo ante las palabras de su rey, en especial porque en ese momento la mirada de él reflejaba su determinación de hacer cumplir esas palabras. Fue entonces que ella miró hacia el suelo y sintió vergüenza de sí misma al darse cuenta de que se había atrevido a desafiar la autoridad real. Si bien era cierto que había una ley en el reino en la que el rey no debía criar a nadie que no poseyera su propia sangre y de hacerlo se vería como el reflejo de la ineficacia de sus amantes, la palabra del rey era la ley suprema por encima de todo lo demás, ni siquiera ella, la mujer más cercana a él, debía desafiarlo. Si Rafael Gallardo II fuera un rey despiadado como habían sido algunos de sus antecesores, ya habría dado la orden de quemarla en la hoguera.
   
    Él salió sin decir algo más y siguió caminando hasta llegar a la sala de meditación que se encontraba en un cuarto cercano al trono. Rafael Gallardo II se sentó, apenas prestando atención a la mirada de su guardián real.   
   
     El rey cerró sus ojos y se sumergió en las profundidades de su mente para aumentar el uso de su tercer ojo: de estar forma logró observar el momento en que aquella mujer estaba dando a luz al que poco después se convirtió en el nuevo hijo adoptivo de él. Entonces su mirada mística retrocedió en el pasado de esa mujer y comenzó a ver a través de los ojos de ella.
   
     El viento frio soplaba con gran fuerza y las olas de gran altura desembocaban contra la orilla de la playa en la que abundaba el olor a agua salina; el cabello rubio y rizado de una chica alta se agitaba mientras admiraba el movimiento de las olas. Ella agarró su cabello y lo amarró con un trozo de tela rasgado que siempre llevaba consigo.
   
     «Esta escena es de hace una década, ella está disfrutando mucho de este lugar. Aunque con mi nivel de uso actual del tercer ojo me es imposible saber su nombre u oír algo de lo que vea en su pasado. Sólo puedo ver estos momentos a través de sus ojos” pensó Rafael II mientras continuaba con su meditación.
    
     Trató de buscar algo más relevante y pronto encontró el momento de desarrollo de una boda: la mujer rubia se estaba casando con un noble al que Rafael II había conocido en su infancia. Aunque Rafael II recordaba poco acerca de este hombre noble cuyo nombre era Carlos III, recordó que hace tres años uno de los caballeros que le visitaba por motivos sociales, le comentó que  Carlos III se había casado con una chica de origen desconocido que se rumoraba era una campesina; el nombre de la chica era Amelia. Satisfecho con la suerte de haber conseguido esta inesperada información, Rafael II decidió dar fin a su meditación por esta ocasión y abrió los ojos.
    
    —¿Ha observado algo importante, su majestad? —preguntó Leonardo III.
   
    —Sí, bastante—respondió Rafael II.
   
  Entonces Rafael Gallardo II regresó a la sala del trono y Leonardo III le siguió. Ambos permanecieron en silencio durante bastante tiempo hasta que el rey decidió dar una orden a su guardián real
   

     —Escribe una carta a mi consultor número tres, dile que deseo reunirme con él mañana en la tarde para darle instrucciones personalmente de un asunto importante que debe investigar —dijo Rafael Gallardo II.
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