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[FANFIC] LA FUERZA DEL DESTINO (SAGA GERALT DE RIVIA) CAPÍTULO 15 segunda parte
#1
Capítulo 15 ,segunda parte

Kelpa volaba por el camino, levantaba el polvo bajo sus cascos y mi capa se agitaba tras de mí movida por el viento de la cabalgada. A mi fiel montura le gustaba la velocidad tanto como a mí.
Había viajado al día en que Geralt desapareció. Tenía en mi mente un esbozo de plan para evitar que aconteciera lo que aconteció, además de intentar reconquistarle.
Pronto avisté a Sardinilla. Geralt iba a un trote rápido, pero no hacía galopar a la yegua, así que le adelanté a toda velocidad haciendo que se tragara el polvo de los cascos de Kelpa y que su montura, incluso, se asustase y bailotease nerviosa. Miré hacia atrás y vi su cara de perplejidad.
—¡Maldita sea! —se quejó—. ¡Eh, a ver si vamos con mas cuidado por los caminos!
Ciertamente, no me había conocido, pensé con tristeza. Geralt ya estaba hechizado desde que salió de las caballerizas.
Más adelante, a unos diez minutos, detuve a mi yegua y desmonté. Me senté muy cerca del camino, a la sombra de un árbol, y esperé a que llegara.

Al poco pasó por delante de mí, se me quedó mirando. Yo le devolví la mirada y le lancé una sonrisa burlona. Me parecio ver, cuando me sobrepasaba, que él también sonreía.
[img][Imagen: 2lnu6f7.jpg][/img]
Le di unos minutos de ventaja y volví a adelantarle a toda velocidad, cuando lo hacía lancé un grito de júbilo. Maldijo otra vez, Sardinilla volvió a asustarse y entonces tomó el desafío y la espoleó en mi persecución. Un tiempo después desistió, puesto que no podía alcanzar a Kelpa. Nadie podía alcanzar a mi yegua diabólica.

Amarré a la yegua frente a una taberna en el siguiente pueblo, procurando que se la viera bien desde el camino. El cebo estaba plantado, esperaba que Geralt la distinguiera y entrara, sabía que había despertado su curiosidad y llamado su atención. Pedí una cerveza y me senté a esperar. En caso de que no picara, sabía que se dirigía a Toussaint, por tanto volvería a alcanzarle pronto, no tenía nada que perder. 
Al poco, entró en la taberna y miró en derredor. Su mirada se posó en mí, y yo le obsequié con una sonrisa pícara. Caminó directo hacia mi mesa y se quedó allí, junto a mí.
—Deberías invitarme a una cerveza —me dijo con ojos risueños—. Por tu culpa tengo la garganta llena de polvo.
—Por supuesto, brujo. Eso está hecho —le contesté señalando la silla con la mano—. ¡Eh, tabernero! ¡Otra cerveza, por favor!
Tomó asiento y el tabernero puso ante él una jarra que él cogió, levantándola ligeramente en un gesto de agradecimiento y dio un trago.
—Bonita espada.

[Imagen: fd99xt.jpg]

—¿Te gusta? —dije cogiéndola de mi espalda—. Fue un regalo muy especial de alguien muy especial.
—No es una espada corriente —dijo mirándola con admiración.
—Es la espada de un brujo. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? De ahí tu curiosidad.
—¿Fue un regalo de un brujo?
—No me has entendido. Pero sí —le interrumpí—. El regalo de un brujo para una bruja. En efecto, soy una bruja. Sin mutaciones, claro está.
Se me quedó mirando con sorna.
—¡Ja! Me estás tomando el pelo, ¿cierto?
—En absoluto. Aprendí en Kaer Morhen.
Me deleité en su expresión pasmada y solté una risa. Le costó sobreponerse y seguir preguntando, con una curiosidad ávida.
—¿Quién… quién fue tu maestro?
—Oh, todos. Vesemir, por supuesto. Coën, Lambert, Eskel…
Su rostro perdió el color. Casi se me escapa decir “y tú”, pero frené mi lengua a tiempo. Apuré mi cerveza y me puse en pie. Coloqué mi espada a mi espalda de nuevo, le miré. Esperaba que él me pidiera lo que yo quería antes de irme, deseaba haber despertado su interés de todas todas.
—Debo seguir mi camino. A más ver, brujo.
—Aguarda… ¿hacia dónde te diriges? —preguntó llenándome de satisfacción, me había salido bien.
—A Toussaint.
Levantó las cejas, sorprendido.
—Casualmente también me dirijo hacia allí. Si quisieras… si quisieras podríamos compartir el camino. Sería mucho más seguro.
—Eh, hablas con una bruja. No necesito protección.
—Lo sé. Hablaba por mí —dijo con una sonrisa.
Solté una risotada, divertida.
—Esta bien. Nos protegeremos mutuamente, y será más ameno tener alguien con quien charlar.
Él apuró su cerveza y se puso en pie, fue a la barra y pagó ambas consumiciones, no permitió que lo hiciera yo. Después señaló la puerta con una mano y salimos.
—Por cierto, me llamo Geralt.
—De Rivia, lo sé. Vesemir me habló mucho de ti, eres tal y como te describió. Yo soy Ciri.
Me sonrió mientras subía a la yegua.
—Bonito nombre.
En el camino charlamos de Kaer Morhen. Creo que deribó la conversación ahí porque no acababa de creerse mi historia, pero al hablarle sobre los brujos, el péndulo, el peine, el molino y mis experiencias con ello, se quedó callado. Sé que intentaba disimular lo mucho que le chocaba admitir que yo fuera una bruja, pero lo hizo bastante bien.

Cayó la noche y acampamos. Saqué las viandas que llevaba en mi morral y las compartí con él. Después de la cena charlamos un poco más y nos preparamos los lechos, nos fuimos a dormir cada uno al suyo.
En los cinco días que duró el viaje nos comportamos como colegas que acababan de conocerse. Yo no le di pie a nada y el no se tomó ninguna libertad. Mejor así.

Cuando llegamos a Toussaint, en el camino, quiso saber más.
—¿Vas a algún lugar concreto?
—Oh, no. A la aventura. Un buen amigo me dijo un día que tenía que verlo con mis propios ojos, porque es como un cuento de hadas. Como estaba cerca, decidí venir.
—Tengo una casa grande y vacía para mí solo, si quieres, puedes quedarte. Hay habitaciones de sobra.
—¿Lo dices en serio? ¿Me alojarías en tu casa?
—A una colega bruja no se le niega nada. Claro que si, quédate. Te llevaré a visitar lo que quieras, no tengo nada más que hacer.
—Gracias, acepto tu ofrecimiento.
Pareció contento por mi decisión.
—No te arrepentirás. Prometo ser respetuoso contigo.
—Mpff, pues vaya… —susurré, sabiendo que me había escuchado con su fino oído de brujo.
Él hizo una mueca para disimular una sonrisa.

Cumplió su palabra, me enseñó la ciudad y los alrededores. Se conducía correcto y amable, pero nada más, no parecía interesarse por mi más allá de la mera curiosidad. Así pasaron unos días, hasta que le llegó una invitación a una fiesta de palacio. Se había corrido la voz de que el brujo había vuelto, y yo sabía que estaba en buenos términos con la duquesa, la gobernante de Toussaint, y a ello se debía la deferencia.
—¿Qué es eso?  —pregunté cuando vi la elegante carta.
—Una invitación a palacio. Un baile de gala, esta noche.
—¿Aceptaras?
—Sí, supongo que sí.
Salté de fingida alegría.
—¡Bien! Un baile, ¡me encanta bailar! ¿Sabes bailar, Geralt?
El brujo frunció el ceño.
—Ciri… no quisiera desilusionarte, pero, ¿quién te ha dicho que vas a ir?
Simulé quedarme estupefacta y dolida.
—¿No vas a llevarme? ¿A una colega bruja a quien no se le niega nada?
Él gruñó.
—Ya es suficiente. ¿Se trata de una broma? ¿Eskel te ha pagado para que me tomes el pelo? Una mujer bruja… No hay quien se lo trague, muchacha.
—Vamos fuera —le espeté con rabia—. Vamos fuera y saca la espada, brujo. Te demostraré lo que soy, ya que las palabras no bastan.

[Imagen: fp6utl.jpg]

Era consciente de que no vencería a Geralt, pero esperaba que, cuando me viera luchar, se convencería de que sólo los brujos podían haberme entrenado. 
Salimos afuera, las espadas dejaron sus fundas y refulgieron a la luz del sol. Nos colocamos uno frente a otro, a unos escasos pasos. Geralt esperó a que fuera yo la que empezara la reyerta, así que tomé la delantera y empecé con una finta que, por supuesto, no le engañó, pero que le hizo moverse. Y ahí empezó el combate.

Yo estaba tan pendiente de su expresión hermética como de la lucha. Quería ver la luz de la comprensión es sus ojos cuando entendiera que solo un brujo se movía como yo lo hacía. Pero Geralt sabía ocultar sus sentimientos a la perfección. Cuando llevábamos bastante rato con aquello, decidí una estratagema para forzar una reacción por su parte, hacerle sentir culpable para que accediera a llevarme al baile. Así que me dejé alcanzar por su hoja, su filo lamió la piel de mi espalda mientras realizaba un desafortunado giro.
Lancé un grito y él se precipitó hacia mí, preocupado, lamentándolo.
—Maldita sea… —exclamó—, lo siento… déjame ver eso.
Le ofrecí mi espalda a la vista y él observó la herida a través de la tela rota.
—Vamos a la casa, te limpiaré y veré si necesita unos puntos.
Asentí y me dejé ayudar por su brazo hasta la casa. Allí me hizo sentar y luego se llegó hacia un armario, donde por lo visto guardaba material de curas. Se acercó con ello en las manos, lo depositó en una mesita baja junto a la silla.
—Hum… Deberías… deberías quitarte la camisa —dijo algo turbado—. Para curarte.
—Claro.
Me la quité despacio, cubrí mis senos con los brazos pudorosamente. Luego sentí sus manos en mi espalda, limpiando la herida.
—Necesitarás unos puntos. Yo te los daré, no te preocupes. Procuraré que no sea una cicatriz que afee demasiado tu bonita espalda. Aunque… ya tienes algunas.
—Pues claro. Inevitable, cuando juegas con la espada continuamente.
Cogió la aguja y la enhebró, luego la acercó a mi piel. Pinchó en ella y yo respingué.
—¿Duele?
—Un poco, pero sigue. Puedo aguantarlo.
Siguió cosiendo, yo apretaba los dientes y los puños. Sus dedos sujetaban el corte, aproximando la piel abierta entre sí para pasar la aguja. Luego, mientras el hilo corría, quizá sin darse cuenta, la mano apoyada en mi espalda la acariciaba levemente con el pulgar. Tal vez su mente no me recordara, pero otro tipo de memoria sí lo hiciera.
—¿Por qué lo has hecho?
—¿El qué?
—Dejar que te alcanzara.
Por supuesto, pensé, a él no se le escapa nada. Mierda.
—No lo he hecho. Simplemente, pensé que harías un quiebro en lugar de atacar.
—Eres una bruja, no hay duda, me has convencido. Y, como tal, has debido observar la posición de mis pies. Sabías que no iba a hacer ningún quiebro, te dejaste herir. ¿Por qué?
—Oh, bien, quería una herida tuya. ¿Te molestaría bordar tus iniciales en ella? —bromeé—.  Como recuerdo.
Él soltó una risa baja y concluyó la sutura. Luego colocó un lienzo encima y la vendó.
—Puedes vestirte.
—Geralt… —dije metiendo los brazos por las mangas, de espaldas a él—. ¿Me llevarás al baile?
Gruñó audiblemente.
—¿Por eso has dejado que te alcance? ¿Para que te lleve al baile?
—¿Qué?  ¡Nooooo! —mentí.
—No intentes manipularme, Ciri, es algo que no llevo muy bien.
—Nunca se me ocurriría —aseguré poniendo la expresión más inocente que pude.
Me evaluó durante unos instantes, sus ojos dorados escudriñando las profundidades verdes de los míos. Al final cedió.
—Necesitarás un vestido acorde con el evento. ¿Acaso lo tienes?
Me reí para mis adentros, quería disuadirme con argumentos. No tenía ni idea de lo perdida que tenía la batalla.
—Claro. Siempre llevo un vestido de gala en mis alforjas, por si acaso.
Me miró de hito en hito, sin saber si bromeaba. Decidió pasarlo por alto.
—También unos modales a la altura de las circunstancias, añado.
—¿Qué quieres decir? —me hice la ofendida—. ¿Acaso sugieres que no puedo codearme con gente fina sin avergonzarte?
Él no se amilanó por la acusación.
—Más vale que no sea así o te mandaré a casa rápidamente.
—Descuida, puedo comportarme como si fuera la mismísima emperatriz de Nilfgaard, si quiero.
Él gruñó otra vez, no muy convencido.
—Ya veremos…
Anochecía cuando Geralt me apremió para que me arreglara. Se acercaba la hora de acudir al baile.
—¿Seguro que tienes un vestido decente?
—Que sí, ¿no te lo he dicho ya?
—Debería haberte obligado a enseñármelo… A ver con qué trapo apareces…
—Debería darte un guantazo por tu falta de delicadeza, brujo, pero la verdad es que me importa un pito tu enfurruñamiento. Voy a cambiarme.
Y subí los escalones que llevaban a mi habitación.
Una vez allí sólo tuve que teleportarme a Nilfgaard y elegir el atuendo.
Me llamaba ya a gritos, además de aporrear mi puerta, impaciente a estas alturas.
—¡Aún no estoy lista! ¿Quieres dejar de fastidiarme?
—¡Ciri! —dijo con un tono amenazante que me hizo apretar los labios para sofocar una risa—, ¡Si no has bajado en un minuto, me voy sin ti!

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Era muy tarde y yo lo sabía, pero mi demora era intencionada. Necesitaba darle todo el efecto a mi entrada, tanto en la casa como en palacio. Oí sus pasos rabiosos descender por la escalera y aguardé a que estuviera abajo, entonces avancé hacia la puerta.
Salí de la habitación con un precioso vestido rojo y gris, mi cabello bien peinado y adornado, mi maquillaje y un original collar. Geralt alzó la mirada enfurruñada cuando aparecí en lo alto de la escalera, y su quijada cayó de la sorpresa. No se lo esperaba en absoluto, estaba atónito.

[Imagen: 2wekzv7.jpg]

Paseó su vista por el exagerado escote en forma de v, que dejaba ver la mitad de mis senos y llegaba hasta mi ombligo, con aprobación. Él estaba también muy guapo con la ropa que había elegido, y me ofreció el brazo en cuanto llegué a su lado.
—Vaya… —fue todo lo que pudo articular.
—Hombre de poca fe… Colegas brujos, y una mierda. Ya veo la poca confianza que tienes en una compañera de profesión, ¿o acaso crees que sólo tú das la talla, Geralt de Rivia?
Carraspeó, avergonzado por mi reprimenda.
—Yo… esto, bueno… no es eso…
—No sé siquiera si te habías dado cuenta de que soy una mujer.
—Tienes razón, lo siento. Estás muy guapa.
—¿Perdona? Soy muy guapa, cómo no voy a estarlo. Me pregunto si tus ojos mutados funcionan o empiezas a necesitar anteojos.
Se molestó un poco, y yo me reí para mis adentros.
—Bueno, ya vale, no te vengas tan arriba —gruñó—. Admito que me has dado una lección, te había juzgado mal. Pero me alegro de haberme llevado una sorpresa.
—Y no va a ser la única de la noche, te lo aseguro.
Me miró con el ceño fruncido, empezando a molestarse de verdad por mi arrogancia.
—¿Vas a seguir con el hacha de guerra toda la velada? Estoy empezando a arrepentirme de haber accedido a llevarte…
—Pues vámonos antes de que te arrepientas del todo.
Enfurruñado otra vez, me guio hasta Sardinilla y montamos, yo a la amazona tras él, y salimos hacia palacio. También yo estaba enfurruñada, porque no dejaba de tratarme como a una hermanita pequeña.

Cuando llegamos, todo el mundo estaba ya allí. Al aparecer en la entrada del salón, se armó un revuelo, todo el mundo se volvió hacia nosotros mientras cuchicheaban. El brujo se dio cuenta y acercó su boca a mi oído.
—Por mucho que me guste tu escote, tal vez te hayas pasado un poco.
—¿Que yo me he pasado? ¿Y entonces aquellas que llevan la tela transparente, qué, eh?
Levantó las cejas y asintió, concediéndome la razón mientras observaba a las susodichas con sumo interés. Le di un buen pellizco en la parte interna del brazo disimuladamente, él respingó y me miró frunciendo el ceño.
—Deja de mirarles los pechos, me estás avergonzando.
El bufó, echando chispas por los ojos.
Clavé la mirada en el brujo cuando vi a un chambelán que corría hacia el paje que anunciaba los invitados y le susurraba algo al oído. Después, anunció:
—Cirilla var Emreis, heredera del imperio de Nilfgaard y su esposo, el brujo Geralt de Rivia.
La cara de Geralt se desencajó. Giró hacia mí  la cabeza y me miró de un modo terrible.
—… Qué… ¿Qué demonios ha dicho…?
—La verdad.
—Vámonos ahora mismo. ¡Tenemos que hablar!
—No podemos irnos, disimula tu turbación, Geralt. Anna Henrietta viene hacia aquí.
Gruñó enfadado, muy enfadado.
—¡Querida Cirilla! —dijo dando dos besos al aire, junto a mis mejillas. Yo hice lo mismo—. Ignoraba que estuvieras también aquí, en Toussaint.
—Unos días para relajarnos del ajetreo de palacio, querida Anna.
—¿Los niños bien? Espero que sí, ¡son tan adorables!
—Muy bien, gracias por preguntar. Ehmm… Anna, sé que acabamos de llegar, pero parece que hice mal en obligar a Geralt a venir. No se siente muy bien y debemos marcharnos.
—Oh, lo siento mucho. Si, ciertamente no hace muy buena cara… Espero que mejore de su malestar.
—En todo caso, me alegro de haber venido, aunque sea sólo para saludarte.
—Gracias, querida, también yo me alegro. Sed libres de venir cuando gustéis, siempre sois bienvenidos aquí.
—Eres muy amable. Adiós, Anna —me despedí besando de nuevo el aire junto  a sus orejas.
—Adiós, Cirilla, adiós, Geralt.
Geralt se despidió con una escueta reverencia. No dijo nada en absoluto entonces ni en todo el camino, pero tan pronto cruzamos el umbral de la puerta de la casona, estalló.
—¿Qué demonios significa esto? No llevo nada bien que me traten como a un idiota, así que ya puedes empezar a explicarte.
Era la hora de la verdad, el momento en que debía saber lo que ocurría de una vez. Pondría las cartas bocarriba y que los dioses me ampararan. Mi semblante adquirió la gravedad de la situación.
—Tú y yo… éramos un todo. Pero alguien nos lo arrebató, alguien me borró de tu vida. Un maldito hechizo que no sé quién te lanzó, ni dónde, ni cuándo. Ya no recuerdas quién fui, lo que fui para ti… Vine a reconquistarte, desde cero, ya que no hay nadie capaz de revertir ese hechizo. Geralt… No quiero renunciar a ti, pero no sé si conseguiré que tú… Los recuerdos, las vivencias, todo lo que nos unió, se ha perdido. Y eso era lo que cimentó lo que teníamos.
Él no dijo nada, me miraba con el ceño fruncido, pero con toda su atención.
—¿Me crees? —le pregunté—. ¿Me crees, Geralt?
—Creo que necesito un vaso de vino. ¿Quieres tú? —dijo sacando una botella de un armarito.
—Por favor.
Cogió dos copas y vertió el reputado vino en ellas. Me alcanzó una.
—Afortunadamente, tengo del bueno. Sangreal, qué menos para la heredera del imperio nilfgaardiano.
—Basta ya, Geralt. Esto es serio.
—Y cómo.
—No me crees… Hay cosas que te puedo demostrar. Podría mostrarte nuestro pasado, si no fuera peligroso, pero hay algo que te convencerá. En Nilfgaard. Te lo mostraría ahora mismo, si estás dispuesto a venir conmigo.
—Te creo, eso es lo gracioso. Te creo por cómo se ha dirigido a ti Anna Henrietta, porque realmente me tenía por tu esposo. Pero somos dos extraños. Me gustaría saber qué demonios nos unió a ti y a mí.
—No puedes entenderlo, y quizá ya nunca lo hagas… —le dije.
Él suspiró.
—Seguramente. Pero podrías probar.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—Por el principio. Las historias siempre comienzan por el principio, Ciri. Ven, siéntate.
Nos sentamos en un sofá, tensos y nerviosos ambos.
—Tú… Si te dijera… ¿Qué pensarías…? —me atropellé.
Él me miró con simpatía.
—Tranquila, voy a escucharte, hasta el final. Todo lo que tengas que decirme, porque intuyo que hay mucho que decir.
Respiré hondo. No sabía bien cómo saldría aquello.
—Cuéntame quién eres. Cómo te conocí, qué fue lo que nos unió. Dime, Ciri, quiero saber.
—La nuestra es una historia de predestinación. Yo fui tu Niño de la Sorpresa. Me reclamaste como pago por salvarle la vida a mi padre cuando aún nadie sabía siquiera que mi madre estaba embarazada. Pero nunca viniste a buscarme, renunciaste a mí sin saber que era una niña. Sin embargo, el destino nos reunió en Brokilón, cuando tenía diez años. Volviste a renunciar a mí, y entonces el destino ya no fue magnánimo, nos unió a base de dolor y destrucción…
Le expliqué nuestra historia, hasta el día en que se fue. No abrió la boca para nada, escuchaba atentamente, sin interrumpirme. Cuando terminé, me quedé callada, esperando algo de él.
—No me culpes si me cuesta creer todo eso —me dijo.
—Ven conmigo a Nilfgaard. Te lo mostraré.
Suspiró, se puso en pie.
—Mejor mañana, Ciri. Deja que aclare mis ideas primero.
Asentí, porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Cogió mi copa vacía con la misma mano que la suya y me ayudó a levantarme. Las dejó sobre la mesa y luego nos dimos las buenas noches y nos separamos.

Di muchas vueltas esa noche. Me preguntaba si estaría dispuesto a intentarlo, si llegaría a sentir de nuevo lo mismo, si me creía. Sin embargo, a pesar de que lo deseaba con toda el alma, dudaba que todo pudiera volver a ser como antes.
Por la mañana, cuando salí de la habitación, él ya estaba levantado, sentado a la mesa con el desayuno dispuesto para los dos.
—Buenos días.
—Buenos días —respondí.
—Siéntate a la mesa y desayuna.
Obedecí, cogí un trozo de pan y lo unté con mermelada y mantequilla.
—Ciri…
—¿Si?
—Iré contigo.
Sonreí, contenta por su decisión.

Aparecimos en el camino de palacio con nuestros caballos y Geralt me miró como si yo fuera Melitele en persona, sin creerse que solo tomando su mano le hubiera teleportado, no sólo a la misma Nilfgaard, sino al presente. Cabalgamos hasta los establos y dejamos los caballos. El brujo disimuló su sorpresa al ser saludado efusivamente por el caballerizo, con quien hacía buenas migas, tanto como que conociera a la yegua por su nombre. Y que la yegua le conociera también a él.
Luego, en palacio, la gente con la que nos cruzábamos nos saludaba a los dos respetuosamente conforme el rango. Él respondía saludando con la cabeza y luego me miraba, divertido.
—Bueno —le dije con una sonrisa—, no creeras que Eskel pagó a todas estas personas también, ¿no?
Ladró una risa como toda respuesta.
Entramos en nuestros aposentos y le detuve.
—Geralt… ahora te mostraré a tus hijos. Por favor, sé cariñoso con ellos. Te echan muchísimo de menos.
—¿Mis… hijos? —preguntó arqueando las cejas, sorprendido.
—Eso he dicho.
—Ciri, yo no sé nada de niños.
—Lo sepas o no, los recuerdes o no, piensa que son tus hijos. No querrás hacerles daño, espero.
—Mira, eso es lo que más me cuesta de creer. Sabrás que yo…
—Oh, lo sé. Vaya si lo sé. No creíste que fueran tus hijos hasta que los viste con tus propios ojos… Geralt, son iguales que tú, sobre todo Emhyr. Pero Gwynael y tú… ella es tu debilidad, Geralt, y tú la suya. Recuérdalo y no la decepciones. ¿Estás preparado?
—No, y no puedes reprochármelo. Pero abre esa puerta y acabemos con esto.
Abrí la puerta que daba a la habitación de los niños, estaban jugando en el suelo bajo la atenta mirada de la niñera. Cuando oyeron que alguien entraba, levantaron la vista hacia nosotros. Al ver a su padre, se levantaron los dos y corrieron a su encuentro, sus caritas estaban iluminadas por una amplia sonrisa y sus ojos llenos de anhelo. Papá había vuelto. Yo le di un codazo a Geralt para que espabilara, porque se había quedado pasmado.
—¡Papá! ¡Pero cuantísimo has tardado en venir! —dijo Emhyr.
—¿Nos has traído algo, papi? —le preguntó Gwynael.
—Niños, papá está cansado del viaje. No le agobiéis demasiado, ¿de acuerdo?
Geralt se agachó y dejó que se le tiraran encima. Aún turbado, les abrazó y luego observó sus rasgos: los ojos de gato, como los suyos, de Emhyr, el cabello completamente blanco de Gwynael, sus rostros, tan parecidos al de él…
Gwynael levantaba sus manitas, esperando que la cogiese. Él se incorporó con ella abrazada a su cuello y me miró con una expresión extraña.
—Papá, te he echado de menos. Y… —acercó su boquita a la oreja de Geralt y le habló en secreto, pero la oí perfectamente—, mamá estaba triste. Ha llorado, papi…
—¿De verdad? —se hizo el sorprendido.
La niña me miró con el rabillo del ojo un segundo y luego volvió a mirarle, solemne, mientras asentía.
—Papi, mejor no te vayas más.
—No volveré a hacerlo, pequeña.
—Sólo un ratito, para que Sardinilla estire las patas… ¿lo prometes?
Geralt me miró fijamente antes de responderle.
—Lo prometo.

De vuelta a la habitación, el brujo estaba muy callado. Nos sentamos en el sofá.
—Te creo, Ciri. Ellos son una prueba irrefutable. Pero, ¿cómo es posible? Sin duda sabes que, a causa de las mutaciones, no puedo engendrar.
—No lo sé, Geralt. No sé cómo se produjo ese milagro, pero supongo que otra vez el destino tuvo algo que ver.
—Yo no…
—Ya lo sé —le interrumpí—. Tú no crees en el destino. Ahora. Pero llegaste a creer.
No dijo nada. Se quedó pensativo, inexpresivo.
—Y ahora, ¿qué?
—Debería cumplir la promesa que le hice a mi hija —afirmó con una sonrisa.
Devolviéndole la sonrisa, busqué su mano y la apreté. Él se acercó a mí y buscó mis labios, los besó. Y su beso no me pareció tan vacío.
—¿Te quedas?
—Me quedo.
—¿Por los niños?
—También.
Así, el día lo dedicamos a enseñarle el palacio y a estar con los niños. Cuando llegó la noche, tras la cena, se presentaba el momento más embarazoso del día.
—Si quieres, puedo dormir en el sofá —me dijo, viendo mi turbación.
Él también parecía un tanto incómodo, pero aprecié su delicadeza.
—Eso es una tontería. Sé que soy una desconocida para ti, pero tú no lo eres para mí. Supongo que no tendrás reparos en dormir conmigo.
—Ninguno.
Así que nos acostamos juntos, en realidad, como dos extraños. Le oía dar vueltas y vueltas en la cama, y al final me giré hacia él.
—Geralt…
—¿No te dejo dormir? Perdona.
Me acerqué y me acurruqué contra su pecho. Él pasó su brazo alrededor mío y alcé mi rostro.
—Si me lo pides, no te diré que no.
Y me lo pidió con un beso suave, que evolucionó a exigente. Y no le dije que no.

Pero, por más que poníamos de nuestra parte, no funcionaba. Lo veía claramente. A las tres semanas el brujo se aburría y se comportaba como un tigre en una jaula. Además, en la balanza de su equilibrio, uno de los platillos estaba vacío.
Salimos a pasear con los caballos y nos detuvimos junto al río. Yo sabía que él quería hablar conmigo, y allí, entre aquél precioso paisaje, le di la oportunidad que buscaba desde hacía unos días. Para qué demorarlo más, nuestra relación agonizaba ante nuestros ojos. Él no se adaptaba, ni sentía por mí lo de antaño.
—Tienes algo que decirme, lo sé. Hazlo ya, Geralt, no repares. No temas hacerme daño: debes saber que nada lo evitará, así que no trates de buscar palabras suaves.
Él bajó la cabeza, abrumado.
—Me conoces bien…
—Deberías saberlo ya.
Estuvo unos instantes en silencio, y yo esperé mirando la rueda del molino movida por el agua en la lejanía, intentando que las lágrimas no me traicionaran. Iba a dejar que se fuera, lo había decidido. A pesar de que sentía que no era el mismo, ni me llenaba lo mismo que antes, no me dolía menos su decisión. Pero ya le había perdido en el momento en que yo dejé de significar algo para él, y había agotado todas las vías. No sabía qué más podía hacer.
—Ciri, esta no es vida para un brujo. No encajo, me siento fuera de lugar. Quisiera poder hacerlo por ti y por los niños, pero no soy capaz.
—Lo sé.
—Eso no quiere decir que me desentienda de ellos. Prometo venir regularmente a verles. Ciri, no puedo vivir así, encerrado. ¿Me comprendes? Eres una buena chica, guapa, atenta, pero…
—Te comprendo, Geralt. No es suficiente para tu sacrificio. Necesitas algo más. Algo más…
Mis lágrimas, por fin, me traicionaron. No podía ser de otro modo, porque le quería muchísimo y estaba enamorada. Pero, precisamente por eso, no iba a obligarle a hacer nada que no quisiera.
—Sí, es necesario algo más. Ciri… —se quedó sin palabras porque no llevaba nada bien las lágrimas. Siempre le dejaban indefenso.
—Perdona, no quiero ponerlo mas difícil… No lo tengas en cuenta. No lo puedo evitar.
Quiso abrazarme, pero le detuve levantando la palma de mi mano ante él. Eso sólo hubiera empeorado las cosas y no quería un drama mayor.
—No pensé —añadió—, que lo entendieras. Gracias, Ciri.
—Te conozco, y te hubieras ido igual dejando una nota—dije con una risa triste—. Nada te impediría dejarme.
—Lo siento, Ciri. Siento mucho que haya ido así.
—Vete ya —le dije—, no me esperes.
—¿Te quedas aquí, sola?
—Soy una bruja, ¿recuerdas? —le refresqué la memoria, y luego me di de nuevo la vuelta hacia el molino—. Te daré tiempo para que recojas tus cosas y te despidas de los niños. Sé cauteloso con lo que les dices, pero que sepan que te vas.
—Descuida —tragó saliva y esperó, indeciso, unos instantes—. Adiós, Ciri.
—Adiós, Geralt.

Montó y se fue, no miré atrás mientras oía los cascos de Sardinilla alejarse por el camino, mientras sentía el manto de la soledad caer sobre mis hombros. Sentía una mezcla de resignación y desesperación, porque había agotado todos mis recursos. Me dejé caer sobre la hierba cuando mis piernas dejaron de sostenerme, temblorosas, cediendo a la impotencia. Se iba por voluntad de alguien creyendo que era por la suya propia, y yo no podía hacer nada más para retenerle.
Pensaba en mis hijos, que se criarían sin su padre. En Emhyr, que no tendría la formación que sólo él podría darle. En que el destino parecía doblarse hacia aquél que me contó mi hijo del futuro, aquél en el que se criaba sin padre. Pero había fracasado al intentar enderezarlo.

Creía que era una ilusión causada por mis lágrimas cuando la niebla me rodeó. Pero cuando oí su relincho, me incorporé, sorprendida.
Ihuarraquax estaba allí, el unicornio vinculado a mí, a quien salvé la vida a costa de renunciar a mis poderes de hechicera. Aquél que me había ayudado siempre en situaciones de vida o muerte.

[Imagen: fwosc3.jpg]

—Caballito… has venido…
Acercó con cuidado su cabeza a mi, y frotó su morro contra mi rostro aún cubierto de lágrimas. Luego agitó la testa, las largas crines volaron a su alrededor mientras su cuerno brillaba. Me puse de pie y le acaricié. La comunicación se abrió paso entonces entre nosotros.
—Te llamé, pero no acudiste…
Los Aen Elle me capturaron, Ojo de Estrella. Para que no te advirtiera, para que no te ayudara. Pero mis hermanos acudieron y escapé. Vengo a ti sin demora, pues es importante lo que debo decirte…Tu hijo está en peligro, Ojo de Estrella. El Aen Saevherne quiere hacerse con él. De nuevo tratará de abrir el Ard Gaeth a través suyo.
—El Aen Saevherne… ¡Avallac´h! —exclamé, helada—. ¿Avallac´h está tras todo esto?
Ihuarraquax se agitó, nervioso, pero continuó contándome lo que sabía.
Estuvo aquí hace poco, Ojo de Estrella, para dejarle desprotegido, a su merced.
Mi mente trabajaba a toda velocidad intentando comprender, atando cabos sueltos, llegando a conclusiones.
—Unos elfos atacaron a Geralt. Pareció un simple robo, pero no debió ser tal y lo simularon para no despertar sospechas. Avallac´h estaría escondido entre ellos… ¡Entonces fue cuando se produjo el hechizo!
El Aen Saevherne es ladino, Ojo de Estrella. E inteligente.
—Le hechizó, Caballito, a mi brujo. No se acuerda de mí, ni de los niños. Me ha dejado.
Debes deshacer el hechizo, pues sin el brujo tú caerás bajo su magia y se llevará al niño.
—Sabes que yo ya no tengo esa clase de magia, no puedo deshacer el hechizo… Pero tú sí la tienes, en tu cuerno. Vas a prestármela una vez más, ¿verdad, Caballito? Ayúdame, por favor…
Te ayudaré, Ojo de Estrella, pues los Aen Elle no deben hacerse con el control del Ard Gaeth. Ya te mostré cómo proceden con los mundos que conquistan.
Sí, lo sabía, procedían exterminando toda raza inteligente que se les opusiera o esclavizando a aquellos que no.
El unicornio agachó la cabeza, mostrándome claramente su cuerno, invitándome a tocarlo. Me ofrecía su poderosa magia, la única capaz de desacer el hechizo de un Aen Saevherne, un mago elfo. Lo toqué sin pensarlo, y me llené de ella junto con la euforia de entender que recuperaría a mi brujo.

Todavía no se había marchado cuando llegué a palacio. Estaba recogiendo sus cosas, y levantó la cabeza hacia mí, sorprendido, cuando entré apresuradamente. Me miró suspicaz, creyendo que había venido para inentar retenerle. En realidad era así, pero no del modo que él pensaba.
—Geralt, tengo que hablarte.
—Ciri, no hay nada más que hablar…
—Puedo desencantarte. Sé también quién te hizo eso y para qué. Debes permitirme que anule el hechizo que retiene mi recuerdo, por favor, Geralt…
—Ciri, yo… —trató de argumentar, reacio.
Pero yo no le dejé.
—Geralt, ¿es que voy a tener que suplicarte? No tienes nada que perder, sólo será un momento. Si después sigues queriendo marcharte, no te lo impediré…
Tras asimilar mi información, resolvió acceder.
—Te lo permito. ¿Qué hay que hacer?
—Solo bésame…

[Imagen: 29vdv86.jpg]
Imagen dibujada y cedida por FrancoMendiverry95

Frunció el ceño, pero avanzó hacia mí, decidido, y plantó un beso en mis labios.
Separó su boca de la mía y me miró, y pude ver en ellos la luz que había permanecido apagada durante esas semanas. Volvía a estar ahí, para mí, y sentí un nudo de emoción en mi garganta.
—¿Ha funcionado? —no pude evitar que mi vista se nublara cuando afirmó con la cabeza.
Un sollozo brotó incontenible, y un torrente de lágrimas de alivio le siguieron. Me cobijé en su pecho y el me envolvió con sus brazos.
—Perdóname —me susurró al oído, sintiéndose mal, muy mal—. Perdóname, Ciri. Sabes que te quiero, pequeña.
—Tú no tuviste la culpa, Geralt… Yo fui quien te falló. No supe estar a la altura, averiguar qué pasó, evitarlo…
—Déjalo. Déjalo, Ciri. Ya quedó atrás.
Nos quedamos abrazados, sentía sus besos en mi frente, en mi cabeza, mientras me acunaba intentando consolarme. Las lágrimas remitieron poco a poco.
—¿Cómo lo has deshecho? ¿Cómo ahora y no antes?
— Ihuarraquax vino a mí, me prestó de nuevo su magia.
—Con un beso —sonrió—, como en los cuentos... ¿seguro que era necesario?
—En realidad —le confesé—, con darme las manos hubiera bastado. Pero es que... yo lo necesitaba, Geralt.
Geralt rió bajito, y luego buscó mi boca. Sus besos ya no tenían un trasfondo amargo, cada uno de ellos era un básamo que llevaba al olvido las angustias de esas ultimas semanas. Su abrazo se estrechó y sus manos recorrieron mi espalda, tiernas, reconfortantes. Los besos y las caricias inflamaron nuestro interior, llenándonos de la necesidad en cada uno de amar al otro.
—Ciri… ¿querrias...?
—Quiero, Geralt. Claro que quiero…[Imagen: 2zxw32c.jpg]
Nos encontramos de pronto en la cama, entregándonos en cuerpo y alma. Temblaba al oír mi nombre susurrado en sus labios, al oírle decir que me amaba, al notar su estremecimiento al besarle, al acariciarle… porque son esas pequeñas cosas las que diferencian el amor del simple deseo.
Después, nos quedamos allí el uno junto al otro, reacios a separar nuestros cuerpos en contacto piel con piel. Geralt acariciaba mi cabello distraídamente y yo recorría su pecho con mi mano, contenta porque sabía que el corazón que palpitaba debajo volvía a pertenecerme. Su mano paseó por mi espalda y sus dedos acariciaron la nueva cicatriz, la que me hizo su espada, y de pronto me estrechó hacia sí.
—Te amo, Ciri. Me hubiera esperado una mierda de vida, sin ti.
Le sonreí, emocionada, y acaricié su mejilla.
—Geralt, fue Avallac´h quien te hechizó. Para apartarte. Pretende llevarse al niño para, a través suyo, tener el control de las puertas que conducen a los mundos. Ya lo intentó, hace diez años.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando entré en la Torre de la Golondrina, acabé en el mundo de los Aen Elle. Yo quería volver para buscaros, a Yennefer y  a ti, pero Avallac´h no me dejaba. Estaba prisionera. Me puso una condición: darle un hijo a Auberon, y entonces podría marcharme si así lo quería.
—Te negaste…
—Al principio sí… pero si quería salir de allí no tenía más remedio que someterme. Sin embargo, el rey de los Alisos era un elfo muy viejo, y no fue capaz ninguna de las veces que lo intentó. Y, al final, pude escapar gracias a los unicornios.
—Ciri, nunca me lo habías contado… —dijo, apenado por mí.
—Todo ello resultó una gran humillación. No me gusta recordarlo.
Me abrazó más fuerte, intentando reconfortarme. Sufría cuando mis ojos se velaban recordando los malos momentos, esos malos momentos que siempre me quiso ahorrar.
—Él cree que el niño le pertenece, que es propiedad de los elfos por el gen de Lara. Emhyr corre peligro, y nosotros también. Incluso los mundos. He visto con mis propios ojos civilizaciones exterminadas por los Aen Elle. No les gusta compartir.
Meditó mi respuesta unos momentos, disgustado. Avallac´h despertó siempre desconfianza y antipatía en él.
—Ciri… tenemos que actuar. La próxima vez será mucho más contundente y no podemos darle la oportunidad. Quizá no podríamos detenerle. Supongo que habrás llegado a la misma conclusión que yo.
—Avallac´h no puede seguir viviendo. Nunca desistirá.
—No podemos esperar. Hay que hacerlo ya, sin darle tiempo a que averigüe que has roto su hechizo. 
—Te llevaré conmigo al mundo de los Aen Elle e iremos a por él. ¿Ahora?
—Primero —dijo levantándose—, quiero ver a mis hijos.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#2
Sí, los cortes han sido crueles con este relato en el reto.
En el camino de la edición perdió toda la carga emocional y los pasajes que aquí se exponen. Igual la profundidad.
Comienzo a pensar que la mala idea ha sido presentar este producto, como un relato autoconclusivo en formato de cinco mil palabras. Sus mayores fortalezas argumentales y en general, literarias, se diluyeron tanto como la leche barata se diluye en agua. La complejidad de la trama a penas aquí ya comienza a vislumbrarse cual verdadera es, y me parece que ya debemos rondar las nueve o diez mil palabras...
Aunque la soltura de la pluma es constante.
El ritmo sigue manteniéndose ágil, aunque aquí sí que ha bajado su trepidante inicio. Lo que es comprensible si se tiene en cuenta que este es el medio juego. Pero de ninguna manera eso quiere decir que sea pesado, cansino o soporífero, sino al contrario, se ha templado bien. Por otra parte, el tema del unicornio lo veo muy conveniente jajajaja sin embargo, evita caer en la categoría de Deus ex Machina porque ya se había anunciado con cartel de neón como el salvador en el futuro. De entre las opciones para resolver el entuerto del olvido, esta es sin duda la menos dolorosa.
Mención especial (y siento haberlo olvidado en el anterior comentario) a sus ilustraciones. Le dan mucho juego y ayudan a mantener la estética al igual que la variedad la obra. Es un toque muy positivo desde mi punto de vista. Y hablando de ilustraciones, la de Franco merece el honor. Un trabajo plausible sin duda... aunque tomándome la libertad del comentario, el punto central de la ilustración, es donde encuentro conflicto: los labios los veo algo separados, es decir, que da la impresión de que se están dando un beso pero solo con la mitad de la boca cada uno. Lo digo porque justo la de Geralt podemos ver esa mitad libre, y a Ciri casi ofreciéndole la mejilla en lugar de sus labios.
Sin embargo, mantengo mi postura, es un esfuerzo plausible si se entiende que es algo hecho de buena fe. Un buen detalle.

Saludos, Rubia.
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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#3
Perfecto.

La profundidad de los sentimientos que afloran es sublime. Te pones en la piel de Ciri, y se te eriza el cabello. Menuda angustia contenida, y que respiro con el alivio hondo del final. 

Las modificaciones han provocado que la parte de Toussant mejore, desde luego (aunque en la anterior versión me hacía gracia que Triss/Keira, cuando llegan a Corvo Bianco desde la fiesta, se pensase que Geralt y Ciri estaban en plan fantasía sexual o algo así  Big Grin pero queda mejor ahora, sin que salga). Ya me gustó que Ciri le vacilara o se dejara herir, pero los añadidos posteriores le han favorecido. Con los vaciles me he hartado de reír, esa picardía de Ciri era muy necesaria, y el detalle del vestido (de nuevo, una imagen espectacular para acompañar tu texto) ha quedado soberbio. Me imagino la cara de Geralt cuando escucha al paje en la fiesta, y me extraña que se mantuviera en pie  Big Grin 

Cada párrafo está trabajadísimo, pulidísimo, y si me pusiera a destacar las cosas que me han llamado la atención me tiraría días. Me quedo con esto:

"-Te comprendo Geralt. No es suficiente para tu sacrificio. Necesitas algo más. Algo más..."

Esto es oro para un lector. Recuerdo la primera vez que leí esa frase, que cerraba la Espada del Destino y provocó que corriera como un loco a buscar el siguiente tomo. Esa frase implica tanto...Verla aquí ha sido especial por la carga que conlleva. Ciri se resigna a perder lo que más quiere, y ese dramatismo solo podemos comprenderlo nosotros.

Hoy no hay peros, solo mi sincera admiración, y aplausos.
Te equivocaste, brujo. Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas en la superficie de un estanque.
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