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Reto Jul19: Nil Admirari
#1
Nil Admirari



En el salón hablaban las espadas.
Sólo el sonido del acero entrechocando, los leves gemidos y gruñidos de ambos contendientes y las pisadas en las cargas y los repliegues, rompían el silencio del recinto, repleto de nobles que no se atrevían a mover ni un dedo. Las damas, horrorizadas, lloraban con sus pañuelos de encajes contra la boca, sin emitir sonido alguno. Uno de los contendientes acarició levemente el brazo del otro, trazando una línea roja. Las damas se exclamaron ante la visión de la sangre, y alguna se desmayó en los brazos solícitos de su galán de turno.
Aquello no era sólo una reyerta entre dos mozalbetes exaltados, aquello era el principio de una guerra, puesto que los dos duelistas eran ni más ni menos que los príncipes herederos del país donde se encontraban y del país vecino respectivamente.
—Eres una nenaza… —se burló el príncipe Ralp, futuro rey de Sagran, al ver la expresión de dolor que se dibujó en el rostro del príncipe Hess, futuro rey de Dumor.
—¡Tu puta madre, cabrón!
—¡A mi madre ni la mientes! —se ofendió el príncipe Ralp mientras lanzaba un furioso tajo.
De pronto, la puerta secreta que conducía a la torre más alta se abrió con tal fuerza que, al golpear la pared, sonó como un cañonazo. Una figura con túnica y capirote avanzó hacia la luz, con una mano en su cayado y la otra aún en la puerta. Detrás de él, otra figura más menuda, también tocada con capirote, se mantenía en la penumbra del pasadizo.
—Majestades —saludó el mago, mirando a ambos mozalbetes con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados—. Creo que ya habéis jugado lo suficiente.
A un gesto del anciano, ambas espadas saltaron de las manos de los príncipes y se elevaron en el aire, para aterrizar suavemente en los brazos del discípulo del primero. Ni uno ni otro osaron contrariar al mago, pues era de todos conocido los malos humores que gastaba y su poca paciencia; sin embargo, sí miraron al aprendiz con una mirada que venía a decir: “¡ya te pillaré, bocazas!”.
—Y ahora —prosiguió el mago, con la misma expresión hosca en el semblante—, ruego a ambos príncipes que me sigan.
—¿Y…? —intentó hablar el príncipe Ralp, quedando su boca sellada con una simple mirada del mago. Su conato de rebeldía al querer preguntar “¿y si me niego?”, quedó así sofocado. Y no sólo eso, sino que sus piernas, como si tuvieran voluntad propia, caminaron en la dirección que el hechicero señalaba.
Cuando ambos muchachos hubieron entrado en el corredor, Syrius gruñó a los nobles que le miraban boquiabiertos:
—Seguid con vuestros asuntos.
Y cerró la puerta tras de sí.
Mientras subían las escaleras que llevaban a la más alta torre, Hess intentó dar un buen pescozón en la nuca al aprendiz de Syrius, pero éste se había protegido prudentemente con un hechizo de armadura, con lo cual el príncipe no pudo llegar a tocarle. Aloysius rió por lo bajo al haber frustrado las intenciones de aquél niño consentido.
Por fin llegaron a los dominios del mago, y ambas majestades se dieron la vuelta para enfrentar a Syrius, que cerraba la marcha. El mago hizo un gesto casual, que permitió a los príncipes poseer de nuevo el control de sus piernas.
—¿Cómo has osado, hechicero? ¡Cuando se entere mi padre…!
—Precisamente es idea de tu padre, muchacho —le interrumpió Syrius, con una tranquilidad absoluta.
—¿Te atreves a llamarme muchacho? ¿Es que esta corona no significa nada? —rabió el príncipe Ralp.
Syrius se acercó a él en dos zancadas, cogió la fina corona de oro y la hizo desaparecer entre sus manos.
—¿Qué corona? —preguntó, burlón.
Ralp enrojeció de rabia.
— ¿Para qué nos has traído aquí? —preguntó Hess con altanería.
— ¿Para qué? —repitió el anciano, riendo a continuación con una risa in crescendo, cada vez más tétrica—. Vuestros padres se han hartado de vosotros.
Ambos jóvenes palidecieron.
—¿Qué?
—No sois más que un par de petimetres pagados de sí mismos, sin una pizca de cerebro bajo las coronas; dos niños mimados, consentidos y caprichosos, incapaces de pensar en nada más allá que en sí mismos. No habéis madurado en absoluto, a pesar de haber alcanzado ya la mayoría de edad.
—¡Contén tu lengua, anciano! ¡Algún día seré rey, y entonces…! —gritó Ralp hecho una furia.
—¡Nunca os sentaréis en un trono, ni tú, ni tú! —Les señaló el mago con su dedo huesudo—. ¡No, mientras no demostréis que vuestras reales testas contienen algo de sentido común! Arrastraríais a ambos países a continuas guerras, mandaríais a la muerte a las mejores legiones, condenaríais al pueblo al hambre y las privaciones, y todo en nombre de vuestros sobrealimentados egos. Noooooooo, par de cretinos, no haréis tal cosa.
Los príncipes abrieron mucho los ojos ante aquel augurio, incrédulos y asustados por primera vez en su vida, pues se abría a sus pies un abismo.
—Por favor, Syrius, danos una oportunidad… —suplicó Hess, más blanco que el papel.
El mago les miró largamente, primero a uno y luego al otro.
—Hum… No, haré algo mejor que eso. ¡Os daré una lección que no olvidaréis jamás!
Recitó entonces unas letanías mágicas, cuya consecuencia fue la desaparición inmediata de ambos jóvenes. Tras ello, el mago miró a Aloysius, su pupilo, que había estado mirando la escena, boquiabierto.
—Eres mi sucesor como mago de la corte, y mi muerte está ya próxima. Estás preparado y lo sabes. Por ello te envío con ellos, para que les protejas sin que te vean y sólo en casos extremos. Estos dos deben aprender lo que es el respeto, la mesura, y a refrenar sus impulsos, pero no a costa de sus pellejos: eso le prometí a sus padres. Tú serás mis ojos, tú decidirás cuándo lo han conseguido. Sólo entonces el hechizo os traerá de vuelta aquí, a ti incluido, pues hasta que no lo consigan tú correrás su suerte. Así que procura hacerlo bien.
—Sí, maestro —acató Aloysius.
Y el mago le envió con los príncipes.

El abuelo rellenó con movimientos pausados la cazoleta de la pipa, mientras sus dos nietos se llenaban de impaciencia. Aun así, aguardaron a que el viejo prendiera el tabaco en silencio, y cuando las bocanadas de humo indicaron que la pipa tiraba, empezaron las preguntas.
—¿A dónde les mandó el mago, abuelo? —dijo el más pequeño.
—¡Pero qué tonto que eres! —se las dio el mayor—. Seguro que al peor sitio que existe.
—¡Eh, nada de descalificaciones! —se enfadó el viejo—. ¿Por qué demonios creéis que os estoy contando esta historia? ¡Para que aprendáis que no debéis pelearos, ni insultaros!
El mayor de los dos niños pareció avergonzado por unos momentos.
—Perdón… —dijo, con la cabeza gacha, intentando escapar de la severa mirada de su abuelo.
El hombre carraspeó y prosiguió su historia ante los ojos atentos y la expresión ávida de sus dos nietos.
—Pedro tiene razón: el mago les mandó al peor lugar en la tierra. Les mandó a las Tierras Yermas.
Ambos niños exclamaron horrorizados: las Tierras Yermas era el lugar más terrible del mundo, donde nunca lucía el sol…

Los dos príncipes se encontraron de repente en un paraje de lo más extraño. Ante ellos, en todas direcciones, se extendía una tierra cuarteada y pedregosa, colinas pobladas por matorrales espinosos y un cielo eternamente plomizo que apenas dejaba pasar la luz del sol. Despojados de la seguridad que la jerarquía les otorgaba en sus reinos, los príncipes orgullosos se transformaron en dos muchachos inseguros y asustados.
—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo sabremos hacia dónde ir? —preguntó angustiado Ralp.
—Da lo mismo. Sin el sol no podemos guiarnos para tomar una dirección… Pero aquí no podemos quedarnos —respondió Hess.
—Qué tierra tan extraña… Nunca había visto tanta desolación. Maldito mago…
—Ya llegará el momento de pasar cuentas con él… ¡Camina! —ordenó, iniciando la marcha.
—No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer… —gruñó Ralp sin moverse del sitio, con un odio infinito impreso en la voz. El otro se detuvo un instante y le miró—. ¡No estás delante de tu jodido escudero!
Hess masculló un “idiota” y reanudó su camino, mientras Ralp empezó a caminar en dirección contraria. Aloysius, escondido tras unas rocas, comprendió que debía evitar que ambos príncipes se separaran. Su mente trabajó buscando una solución, y cuando la tuvo movió la mano y pronunció una palabra arcana en dirección al príncipe Hess. Al momento, los pies del muchacho empezaron a hundirse en la tierra.
—¡Mierda! ¡Arenas movedizas! —exclamó mientras intentaba salir del fango.
Sin embargo, cuanto más se movía, más rápido se hundía en ellas. Siguió intentándolo, reprimiendo orgulloso el deseo de llamar al otro muchacho en su ayuda. Cuando el barro llegó a la altura de sus axilas, desistió, para alivio de Aloysius, que maldecía al príncipe por su terquedad.
—¡Ralp! ¡Raaaaaaaaalf, ayúdame! —gritó, ahora asustado.
El otro se volvió, y al verle, no se le ocurrió otra cosa que echarse a reír. Desanduvo el camino y se aproximó a Hess con altanería.
—¿Quién es el idiota ahora? Mira a dónde te ha llevado tu presunción.
—¡Cállate y busca algo con lo que sacarme de aquí! —le chilló, enfadado y asustado a partes iguales—. ¡Y cuida de no caer presa de las arenas también!
Ralp miró en derredor y como no viera nada que pudiera usar, se centró en su persona. Desabrochó raudo la hebilla del cinturón que portaba la funda vacía de su espada y lanzó el extremo a Hess, que lo agarró con desesperación. Mucho esfuerzo le costó sacar al otro del barro, tanto que, cuando lo consiguió, se dejó caer resollando, exhausto. El príncipe de Dumor, levantándose del suelo, separó los brazos y miró su cuerpo.
—¡Mira mis ropas! ¡Estoy rebozado en barro! —se quejó.
—Mejor rebozado que relleno…
Hess miró de hito en hito a Ralp y luego estalló en carcajadas.
—Sí, definitivamente, es mejor.
—Bueno, pongámonos en marcha —dijo Ralp—. No sabemos cuántas horas de luz quedan, y no tenemos agua ni comida.
—No sé cómo vamos a salir de ésta… ¡Maldito mago!
—Sí, maldito mago…
Caminaron durante dos horas, se dieron cuenta de que lo habían hecho en círculos. Desesperados, pues la sed había aparecido ya, se detuvieron.
—Tenemos que averiguar dónde demonios está el norte.
—¿Cómo, a ver? No se ve el sol. No hay árboles, no hay nada.
—Por poca luz que haya —reflexionó Hess—, tiene que haber sombra. Algo de sombra. No te muevas.
Rodeó a su compañero a la fuerza mirando atentamente el suelo. Casi imperceptible, observó en el terreno tras Ralp un atisbo de sombra que, para su alivio, se proyectaba.
—El sol está allí, su trayectoria será hacia allá —indicó señalando el cielo—. Por lo tanto, si nos movemos hacia el lado contrario, iremos hacia el norte.
—No sabemos qué hora es. Probablemente, no será el norte puro, noreste o noroeste.
—Pero norte, a fin de cuentas.
—Si vamos al noreste —replicó Ralp—, sabes a dónde podemos ir a parar…
—¡Si no nos movemos será una muerte segura! En cuanto a Sinaga… ya veremos en su momento —razonó Hess.
—Bueno, supongo que tienes razón. Cada día sobrevivido será una victoria. Adelante.
Aloysius suspiró de alivio. Al fin esos zoquetes habían usado la cabeza para algo más que lucir las ahora ausentes coronas.
Detrás de unas colinas, que les costó cuatro horas alcanzar, encontraron un manantial que saltaba por las rocas. Se lanzaron a la carrera, a pesar del cansancio, hacia la cortinilla de agua y llenaron ávidos, sus manos de ella. El agua estaba caliente y desprendía mal olor desde el pequeño remanso que el manantial formaba en el pie rocoso.
—¡Deténte! —exclamó Ralp golpeando el pecho del otro al levantar el brazo—. ¡El agua apesta! ¿Y si es dañina?
Hess se quedó mirando el agua del hueco de sus manos, que se escurría deprisa.
—¡Tengo mucha sed! ¡Me da igual! —gritó, apartando al otro de sí con el hombro.
Ralp se quedó quieto a unos pasos de Hess.
—Adelante, bebe. Yo miraré lo que pasa. Si no te retuerces dentro de unos minutos, beberé también —le dijo con una sonrisa cínica.
Hess le observó y dejó caer el agua de sus manos sin haber bebido. Frunció el ceño.
—Eres un hijo de…
—Eso está mejor. Antes de beber, hemos de asegurarnos. No te confundas, no me importa si la palmas, no somos amigos… pero siendo dos tenemos más posibilidades de salir de aquí que sólo uno.
—Estoy de acuerdo. Pero no veo el modo de saber si el agua se puede beber o no.
—Estamos en un desierto, no hay mucha agua por aquí. De modo que, tarde o temprano, si es potable, aparecerá algún animal a abrevar. Si bebe, entonces lo haremos nosotros. Vamos a escondernos.
Hess gruñó, pero le hizo caso y ambos se ocultaron tras una roca. Ciertamente no pasó demasiado rato cuando una pequeña manada de coyotes apareció y bebieron hasta saciarse. Cuando se fueron, lo hicieron ellos. Después refrescarse, se sentaron en una roca.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Ralp—. Deberíamos cazar algo. Para comer.
—¿Cómo? No tenemos ni un simple cuchillo. Aunque nos agazapemos a esperar a que venga alguna gacela sedienta, no podríamos cazarla.
—Habrá que pensar la manera.
—Tampoco tenemos nada para hacer un fuego.
—Pues tendremos que comer la carne cruda.
—¿Hablas en serio?
—Eres un niñato, Ralp. Si no comemos, no tendremos fuerzas para seguir. Y no sabemos si habrá pronto otra ocasión así para cazar.
—No se me ocurre nada más que intentar cazar a una cría. Tirándonos encima, reteniéndola. ¿Se te ocurre otra cosa a ti?
—No. Escondámonos y esperemos.
Tuvieron que esperar hasta poco antes del anochecer, entonces se acercó un rebaño pequeño de gacelas. Le echaron el ojo a una cría, se entendieron con gestos y se lanzaron a por ella, pero ésta, escurridiza y veloz, escapó junto con la manada. Ese día no comerían. Anocheció.
No se veían ni la punta de sus narices. La oscuridad, bajo el eterno manto de nubes, era total. Y empezó a hacer frío, mucho frío.
Los dos muchachos temblaban, no tenían nada con lo que cubrirse, ni siquiera una capa. Sentados contra una roca, encogidos, sus dientes castañeteaban audiblemente en el silencio de la noche.
—Hess —le llamó Ralp, casi mordiéndose la lengua—, deberíamos acercarnos más el uno al otro…
—¡Ni se te ocurra!
—Deberíamos… Para darnos calor… Nos vamos a congelar, si no… Aparta de tu mente los prejuicios, se trata de supervivencia…
Hess, que temblaba violentamente, se lo pensó mejor.
—Está bien, tienes razón. Pero no le digas esto a nadie, nunca.
—Ni tú tampoco.
Ambos muchachos se acercaron y se arrebujaron. El frío se hizo más soportable al cabo de un rato, pero apenas durmieron esa noche. Al frío se sumaban los aullidos de los coyotes y de alguna otra criatura más que, en un momento de la noche, sonaron demasiado cerca.
Aloysius cenó tranquilamente y bebió con moderación de los suministros que llevaba consigo. Pero tampoco durmió, intranquilo, por si los príncipes tenían problemas con la fauna nocturna.
No se movieron de allí durante unos días. Al menos tenían agua y los animales volvían a beber, aunque cada vez menos confiados por sus torpes intentos de caza. Eso les dijo que no debería haber más agua en muchas leguas.
Al final, cuando el hambre se agudizó tanto que casi ya les nublaba la razón, cazaron una cría de gacela. Ralp ni siquiera pensó que estaba comiendo carne cruda mientras la devoraba.


El sol no se veía, el desierto, perennemente cubierto de nubes estériles, seguía extendiéndose ante ellos implacable. Quería matarles.
Por fin habían decidido proseguir tras un largo debate. No podían quedarse junto al manantial para siempre. Cazaron otro antílope y eso les decidió. La carne que no se comieron la secaron sobre las rocas; con las vejigas de este y el anterior, hicieron dos odres más bien pequeños, después reanudaron la marcha.
Al mes eran ya unos auténticos supervivientes. Aprendían de sus errores, aprendían de los animales, aprendían de la naturaleza más extrema. Y, lo más importante, aprendieron a colaborar. Allí no había nadie más, y las vicisitudes por las que estaban pasando les hizo empezar a confiar el uno en el otro, dialogar, contarse cosas de sus vidas, conocerse, reír juntos. Y respetarse.
Pero Aloysius estaba convencido de que, en cuanto volvieran a sus vidas regaladas, lo olvidarían todo. Aún no, se decía. Aún no están preparados.

Corrigieron el rumbo algunas veces con el fin de evitar llegar a Sinaga, el país que colindaba con ambos reinos, enemigo de ambas naciones. Si se ponían sin querer en manos de su rey, le darían tal ventaja que la alianza de sus padres no serviría ya de disuasión a un conflicto. Así que ponían especial cuidado en evitarlo.

Pasó otro mes durante el cual se hicieron realmente amigos. Ya no veían al otro meramente como un instrumento de supervivencia, veían a una persona. Una persona que se había convertido en alguien muy importante. Alguien querido.

Avistaron, por fin, el inicio de vegetación, el final del interminable, peligroso y cansino desierto. Sus pasos se dirigieron hacia este, seguros y firmes, deseosos de alcanzarlo. Tras un día más, llegaron a la hierba, primero raquítica pero luego exuberante, que suponía el comienzo del bosque de Weblodd. Estaban en Dumon, el reino del príncipe Hess.
Se detuvieron junto a un río, en un remanso que formaba una alta catarata, se desnudaron sin pensarlo y se lanzaron al agua, entre risas de puro gozo ante la vista del agua. Disfrutaron de esta, de su frescor; se desprendieron del polvo rojo del desierto, bebieron hasta saciarse, limpiaron la sangre de sus presas que aún manchaba sus manos. Después se tendieron al sol para secarse, ese sol que habían echado de menos tras dos meses bajo un cielo completamente nublado.
—Casi estamos en casa. Cuando lleguemos al primer pueblo, nos haremos con caballos y todo será fácil —dijo Hess.
—Por fin. Lo logramos.
Ambos permanecieron en silencio pensando en su aventura.
—Hess… ¿sabes? En el fondo me alegro de la decisión de Syrius. Es sabio, ese mago.
—Sí, lo es. Ha conseguido que tú y yo… ya no seamos enemigos.
—Ciertamente, ya no lo somos.
—Es más… yo te considero ya un amigo. Un buen amigo —declaró Hess.
—Yo también a ti —confirmó Ralp.

El abuelo suspiró.
—Así pues, niños, hay que encontrar puntos en común, ayudarse y conocerse. Pelear no es productivo, ¿habéis entendido la lección?
—Sí, abuelo —afirmaron obedientes los dos niños.
—Está bien, se acabó el cuento. A la cama, ahora mismo y sin rechistar.
Y los niños, por una vez, se marcharon sin protestar hablando entre ellos sobre la historia.
El hombre se arrellanó en el asiento y volvió a suspirar. Ese no era el final, pero el verdadero final no iba a contárselo a sus nietos. Nunca.

Ralp se dio media vuelta en la roca donde estaban tumbados tomando el sol y se apoyó sobre los antebrazos. Miró a Hess a los ojos que mantenía cerrados, dudando.
—Hess, estoy pensando que… te echaré de menos cuando todo esto acabe.
El príncipe abrió los ojos y puso su mano de visera, cubriéndolos del sol.
—Sí… yo también te echaré de menos. Mierda, no había pensado en que nos separaremos cuando lleguemos a la capital…
—Hess, yo…—susurró Ralp.
—¿Mmmm?
Se quedaron mirando por un momento, cálidamente, y luego, despacio, Ralp bajó su rostro hacia el de Hess y depositó un suave beso en sus labios. Se separó, asombrado de su propia acción, mirando los ojos del otro. Hess, entonces, le agarró del cuello y tiró de él hacia sí, uniendo de nuevo sus labios a los de su amigo de un modo más brusco, más ávido, y Ralp le correspondió.

Aloysius estaba comiendo, distraído, pero cuando se volvió para observar a los príncipes se atragantó. Había supuesto que se habían quedado dormidos sobre la roca, y cuando les vio se quedó helado. Quieto, como una estatua, sin poder apartar la mirada y sin capacidad para reaccionar, sólo podía pensar en cómo era posible que se hubiera producido aquello. Los gemidos de los príncipes le sacaron de su estupor.
Syrius iba a cortarle el cuello por no haberlo visto venir y evitarlo. Y, si Syrius no lo hacía, entonces los reyes lo harían.
Importándole ya un comino que le vieran, salió de la espesura blasfemando como un carretero.
—¡Dejadlo ya, par de aberraciones! ¡Hay que ver, dos príncipes, de esta guisa! ¡Eh, que os hablo a vosotros!
Los príncipes, sorprendidos, se separaron. Avergonzados, intentaban esconder de la vista del hechicero sus erecciones.
—¿De dónde has salido tú, mago? ¿Y tenía que ser precisamente ahora que aparecieras? —le ladró Ralp.
—¡Sí —respondió el otro, soliviantado—, precisamente ahora, par de asnos! ¡Habéis pasado del odio al amor como una tonta quinceañera! ¿No os da vergüenza?
—Si tuviera aquí mi espada, mago… —dijo Hess con los dientes apretados.
—¡Vestíos! ¡Vestíos he dicho, nos vamos! ¡Se acabó la aventura, ahora mismo os llevaré de vuelta a Tronter, y ni una palabra de esto!
—¡Ni se te ocurra, mago! —le gritó Ralp—. ¡Volveremos cuando queramos y como queramos!
—¿Ah, sí? —chirrió el hechicero—. Pues desnudos, a mí me da lo mismo.
Y recitó una letanía que les llevó de vuelta al castillo, pero a las dependencias de Syrius.

Aparecieron los tres sobre la alfombra que cubría buena parte de la sala, junto a la chimenea que el mago mantenía encendida todo el año. Su extrema vejez, argumentaba, ocasionaba que sus huesos siempre anhelaran el calor. Syrius estaba, precisamente, sentado en una butaca, disfrutando del cálido fuego de la chimenea.
No dijo nada, ni siquiera al apreciar que los dos príncipes estaban desnudos, pero sí miró a Aloysius entrecerrando los ojos.
—Ya regresamos —fue lo único que se le ocurrió decir.
El maestro se removió un poco en el asiento, recorrió de nuevo a los muchachos con la mirada y regresó a los ojos de su ayudante.
—¿Han conseguido limar sus asperezas? —preguntó—. ¿Han dejado por fin de pelear como dos gatos en celo? ¿Quizá pueda atreverme a imaginar que han llegado a ser incluso amigos?
—Has alcanzado lo que querías alcanzar, maestro. Y puede que más de lo que querías.
El anciano mago levantó las cejas blancas y puso la boca en forma de o. La cómica expresión de su cara indicaba sorpresa. Tras unos minutos de silencio, mandó a Aloysius a por ropa para los tortolitos, que permanecían juntos y cogidos de la mano.
Tan pronto su ayudante hubo desaparecido por la puerta, miró a los dos muchachos.
—Lo que pasa en el desierto se queda en el desierto —les dijo, serio como un juez—. Lo que sea que haya ocurrido, nunca ocurrió. Pero no olvidéis la lección aprendida, jamás.
Los muchachos se miraron, fijamente, con intensidad. Sus dedos se entrelazaron. Desafiantes, miraron a Syrius.
—Y si no, ¿qué? —dijo Hess adelantando el mentón.
El anciano no se movió, permaneció sentado mirando los ojos resueltos del joven príncipe. Luego tomó una bola de cristal y le dio una orden.
—Trae a Zisca.
No dijo nada más tras dejar la bola en su pedestal. Ninguno lo hizo.
Tras unos minutos, Aloysius entró junto con una mujer ataviada con una túnica blanca que dejaba entrever sus excitantes curvas. Sonrió al anciano descubriendo su perfecta dentadura blanca.
—¿Y bien, Syrius?
—Una prueba, Zisca. Dos adolescentes confundidos, ya sabes lo que has de hacer.
Ella miró a los muchachos sin mudar la sonrisa. Mientras se quitaba el alfiler que sujetaba la túnica en su hombro, los dos magos salieron de la estancia.
—Deja la ropa dentro, mentecato —amonestó a su ayudante el viejo, fingiendo enfado ante el interés del joven por el exuberante cuerpo de la concubina.
Aloysius le obedeció sin darse prisa, observando fascinado cómo la mujer tomaba una mano de cada muchacho y las conducía a lo más llamativo de su cuerpo, animándoles a que la acariciaran.
Muchos gemidos después, Zisca salió acabando de colocar el broche que sujetaba la túnica en su hombro. El anciano dio un paso hacia ella.
—¿Y bien?
—Bueno… se distraen mucho el uno con el otro, pero…
—Dime algo que no sepa, Zisca. No es eso lo que me interesa. Quiero saber si… si…
—Si serán capaces de guardar las apariencias. De casarse con una princesa y hacerle hijos. ¿Es eso lo que quieres saber?
—Eso es, y no otra cosa.
—Sí, Syrius. Parece que sí.
—Bien. Gracias, muchacha. Toma, por tus servicios —dijo el mago haciendo un gesto, tras lo cual en su mano apareció un rubí de buen tamaño que ofreció a la concubina.
Ella lo tomó con una sonrisa mientras el mago daba disimuladamente una patada a su ayudante, con la intención de que cerrara la boca antes de que empezara a babear mirando los marcados pezones en la tela.
—Un placer, como siempre, hacer negocios contigo, Syrius.
Se dio la vuelta y caminó hacia la escalera de caracol bajo la mirada del viejo, clavada en la curva de su hermoso trasero.
—Maldita vejez… —masculló.
Los muchachos ya estaban vestidos cuando los dos magos entraron de nuevo. Syrius les lanzó una mirada severa.
—Bajad al salón del trono. Aloysius traerá a vuestros padres y veremos si os consideran merecedores de portar de nuevo las coronas de príncipes.
Sin decir nada, los dos príncipes desfilaron y se perdieron por la puerta de las estancias del anciano mago, el cual exhaló un profundo suspiro en cuanto cerraron la puerta.
—¿Vas a contarles lo ocurrido a sus majestades? —preguntó Aloysius.
—No es menester —declaró el anciano —, bien lo saben.
—¿Cómo pueden saberlo? —se inquietó el joven mago, llevándose la mano a su amenazado cuello.
—No es una historia nueva. De hecho, los príncipes repitieron la de sus padres. Oh, sí, Aloysius, no pongas esa cara. De ahí las estupendas relaciones entre los dos reinos. Toma nota pues, deberás hacer lo mismo dentro de unos años, con la próxima generación de gallitos repletos de hormonas y de soberbia.
Aloysius no dijo nada, estaba demasiado ocupado pensando si todo era una manipulación malsana o, simplemente, forzaban que la herencia se revelara bajo las adecuadas condiciones. A su parecer, jugaban con fuego. No le pareció nada bien.
—Hay que vigilar a ese par de idiotas: seguramente intentarán huir juntos. Tampoco esto es nuevo. Mejor ocúpate de ellos; yo traeré a sus padres.
Los príncipes se detuvieron antes de llegar al salón del trono. Se escondieron tras la puerta de un despacho vacío, y allí cayeron uno en brazos del otro, se besaron con pasión.
—Nos separarán, eso van a hacer. No dejarán que volvamos a vernos durante mucho tiempo, y cuando nos veamos, será ante mucha gente, vigilando que no coincidamos a solas. No podré soportarlo, Ralp. No puedo evitar sentir por ti lo que siento.
—Fuguémonos —propuso Ralp, abriendo mucho los ojos. Volvamos al desierto, donde no podrán encontrarnos. No necesitamos más que un par de puñales y odres.
—¡Oh, sí! No perdamos más tiempo.
Volvieron a besarse, esperanzados, ignorando que todo estaba previsto y no tenían escapatoria. Les buscaban, por todo el castillo. Ellos se escondían, cogidos de la mano, con mayor dificultad cada vez, las patrullas eran numerosas y no daban tregua. Su huida les condujo hasta la torre sur, perseguidos por los soldados con órdenes de capturarlos. Llevados hasta lo alto de la almena, ambos recularon hasta el muro dentado, aún cogidos de la mano, acorralados por fin.
—Tenemos órdenes de conducíos ante vuestros padres, majestades. Es tontería oponer resistencia.
—No. Dejadnos marchar —dijo Hess.
—Quietos ahí. ¡Quietos! —gritó el soldado viendo como miraban al vacío tras ellos.
—¡Si no nos dejáis ir, nos tiraremos! —amenazó Ralp subiéndose al hueco.
Hess le miró con aprobación mientras se colocaba junto a él.
—Majestades, esperad, no lo hagáis… ¡id a buscar al mago! —ordenó.

Los dos magos llegaron a la cumbre de la almena con bastante rapidez. Se acercaron a los asustados muchachos hasta el momento en que ambos dieron un paso atrás, justo al borde de la piedra.
—¡Quietos, insensatos! —les gritó Syrius —. Bajad de ahí y asumid vuestro destino.
—No queremos separarnos. No queremos ese destino, mago.
—Resignaos. Usad esos sentimientos en bien de todos. En vuestra mano está conseguir la paz, no sólo en vuestros reinos, sino en este caótico mundo. Vosotros, jóvenes príncipes, podéis incluso salvarlo.
Los príncipes se miraron a los ojos, una lágrima rodó por la mejilla de Ralp mientras se dejaban caer de espaldas hacia el vacío.
—Si tiene que salvarse de ese modo —dijo Aloysius conjurando con rapidez—, mejor que desaparezca este mundo. Créeme, Syrius, es mejor que desaparezca.

Y los príncipes nunca llegaron a tocar el suelo, se evaporaron junto con el joven mago. Ni siquiera Syrius supo a dónde fueron a para. Nunca les encontraron por más que, durante años, les buscaron.

A miles de leguas, Aloysius se despedía de los dos jóvenes. Los ojos de los muchachos brillaban de felicidad, de agradecimiento.
—Espero —dijo el mago—, no haber tirado mi carrera por nada. Quisiera que tampoco hayáis errado con vuestra decisión. Que lo que sentís no sea algo efímero, un mero capricho de dos cabezas de chorlito. Porque os estaré vigilando, príncipes de nada, y vendré a saldar cuentas si resulta que es así.
—No puedo ver el futuro, mago, ciertamente. Pero sepas que lo que siento es real y no un capricho. Tanto como para dar la vida por ello— afirmó Hess.
—También por mi parte —dijo Ralp.
—A más ver, muchachos.
Se despidió así, y el reflejo de una sonrisa de complicidad afloró en sus labios mientras se desvanecía ante la mirada de los jóvenes enamorados.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
—Hess —le llamó Ralp, casi mordiéndose la lengua—, deberíamos acercarnos más el uno al otro…
—¡Ni se te ocurra!
—Deberíamos… Para darnos calor… Nos vamos a congelar, si no… Aparta de tu mente los prejuicios, se trata de supervivencia…
Hess, que temblaba violentamente, se lo pensó mejor.
—Está bien, tienes razón. Pero no le digas esto a nadie, nunca.
—Ni tú tampoco.

Lo que pasa en la casa de libra se queda en la casa de libra  Big Grin  (usen san google).

Aquí pensé que Hess dijera: Pero sin mariconadas.  Sin saber que las mariconadas venían más adelante.

No soy lo que un padre quiere para su hijita bebé
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#3
Jeje, entretenido relato que me a recordado por su desenlace a la popular frase "los que se pelean se desean" (añádase tono infantil y ritmo de cancioncilla). Ha habido un momento, en el nudo del relato, que se ha resumido mucho lo que a mi personalmente me hubiese gustado que se desarrollase:
Cita:Al mes eran ya unos auténticos supervivientes. Aprendían de sus errores, aprendían de los animales, aprendían de la naturaleza más extrema. Y, lo más importante, aprendieron a colaborar. Allí no había nadie más, y las vicisitudes por las que estaban pasando les hizo empezar a confiar el uno en el otro, dialogar, contarse cosas de sus vidas, conocerse, reír juntos. Y respetarse.
Pasó otro mes durante el cual se hicieron realmente amigos. Ya no veían al otro meramente como un instrumento de supervivencia, veían a una persona. Una persona que se había convertido en alguien muy importante. Alguien querido.
En la parte técnica no puedo destacar nada, ni positivo ni negativo, aunque en ocasiones he echado en falta algo más de "literatura", que no fuese tan directo.
Este par de personajes, punto central del relato, podrían haber dado para mucho más, ya que se han tratado como un par de clichés, los dos iguales. Aun teniendo la misma base siempre se pueden introducir diferencias que pongan en relieve que a pesar de ser dos malcriados, son distintos.
El título es acertado a medias, ya que puede valer para casi cualquier cosa. Y sí, lo he tenido que buscar en google Tongue
Suerte!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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#4
Huy, no había leído, creo recordar, ningún relato de gays. Pues mira, al menos es original en eso! Nada de princesitas en altas torres, jaajajaj!
La historia se lee muy bien y rápida a pesar de que es larga de narices, porque es muy amena, y el final no me lo esperaba. Pensaba que se suicidaban por amor.
Esto: "—¡Quietos, insensatos! —les gritó Syrius", me recordó a Gandalf... y yo sé a quien le gusta mucho ESDLA , jejejejejejej!
Esto otro me hizo reír: "—¡Mira mis ropas! ¡Estoy rebozado en barro! —se quejó.
—Mejor rebozado que relleno…"
Y esta frase me encantó: "—Si tiene que salvarse de ese modo —dijo Aloysius conjurando con rapidez—, mejor que desaparezca este mundo. Créeme, Syrius, es mejor que desaparezca."
En fin, creo que te he cazado sólo por el hecho de que el mago viejo me recuerda a Gandalf que te cagas.
Muy buen relato, hermosoooooooooooooooooo!!!!
Suerte en el reto.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#5
Comencé a leer el relato un tanto escéptico, pero a medida que avanzaba la historia me fue enganchando, y ya luego las palabras corrían sin que me diera cuenta. Toda la parte del desierto es muy graciosa. Iba leyendola y pensando "si el autor fuera un hijoputa, ya los habría enzarzado a estos cuando tenían frío". Solo ha sido una insinuación... cuanto me equivocaba. Pasé de un jajajajaja a un [Imagen: 68747470733a2f2f73332e616d617a6f6e617773...536333.gif] sin escalas de por medio, y por supuesto, surgió la pregunta: ¿y esto cuándo mierda se desmadró? 
En fin, que luego de eso seguí leyendo con un cuidado que te cagas. 
El relato, ahora, sí, tiene destellos muy buenos, y algunos puntos flacos y errores, los normales. 
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#6
jajajajaja ya comenzaba a extrañarme que siendo tan buenrollistas y políticamente correctos no hubieran brillado lo progre.
A este relato sólo le faltó poner en boca de sus personajes las dos joyas de la corona: heteropatriarcado y opresión.
El relato de manera técnica si bien no es el más prolijo, sí que es un buen producto, construido con lo suficiente para funcionar bien. No se enreda profundizando ni cae en lugares complicados, y debido a eso no hace falta pensarlo demasiado, fluye con sencillez. Es una lectura amena. Destaco en especial los destellos de ingenio al inicio del aprendiz a mago. Da la impresión que tenga las cosas bien claras y que es un tipo listo... pero bueno, ya que luego se vuelva un incompetente y hasta celestino es un franco gay-service

Si bien, las conveniencias argumentales en las que cae son claras —como el hecho de matar animales y no decir que los cadáveres de estos mimos habrían atraído depredadores que sin duda, habrían perseguido y/o expulsado a los protagonistas del manantial. Entre otras— no son más que asuntos de menor importancia  al inicio. Es fácil preguntarse esto y aquello, cosas que no cuadran, pero igual de fácil es pasarlas por alto. Hasta que ya llega un punto en donde se nota que lo único que quiere el autor es llegar a la parte de la homosexualidad. Y el discurso milenial "si este mundo no nos acepta, este mundo no merece ser salvado. No vamos a permitir que nos oprima el heteropatriarcado monarquiconormativo cosificador machirulo". A este punto si me cuentan que tales copos de nieve llevan los vellos de las axilas teñidos, se los creo sin chistar. 
Me gustaba la trama de supervivencia e ingenio que venía manejando, eso me parece interesante, igual el progreso en cuanto a rectificar sus actitudes apáticas y altaneras a punta de necesidad y trabajo en equipo. Daba mucha tela... pero una tras otra fueron agregándose elipsis y conveniencias argumentales cada vez más gordas, echando por la borda ese desarrollo en pos de un discurso muy escuchado y repetido en los medios actuales.
Que despropósito ha sido que como autor, te prestes a eso. 
Las historias de amor me conmueven como al que más... agregar agendas en cambio, es lo que causa la caída de la obra a mi parecer.

Y en medio de la caída desde la almena, Ralp iba gritando:
—¡Jodete maldito mundo androcentrico heteronormativo anti-sororista medieval!, ¡te dejo, pero me voy independiente y empoderado...!
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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#7
Entretenido, argumentalmente original (es un cumplido, ni más ni menos) pero la historia en sí tiene poco interés (para mí). Es decir, luces y sombras para este cuento, que me ha resultado fácil de leer pero cuyo trasfondo e historia no me han emocionado demasiado pues las vicisitudes de un par de golfillos egoístas y simplones necesitan de algo más de ayuda para ser interesantes que la mera descripción de los hechos, pues el estilo es un poco directo de más y lo que acontece no tiene suficientes matices, a mi entender.

Que conste que el principal punto argumental me ha parecido un puntazo, eso de arrimar a los príncipes y que luego salgan del armario a base de roces…pero por no saber no se sabe nada de dicho trasfondo, ni de los personajes más que lo que lees en el momento, ni nada de nada. Todo gira en torno a la sorpresa del hecho de que un par de niñatos que se odian acaben de amantes, con un par de magos sobrevolando la escena, el jefe de los cuales me ha recordado vagamente al pedazo de cabrón del Bayaz de la Primera Ley de Abercrombie.

Pues eso, un punto original con su chispa, pero diría que no es suficiente para que me atrape el relato, que sin embargo no me ha dejado indiferente: me acordaré de los príncipes Ralp y Hess, unos petimetres poco interesantes a priori pero difíciles de olvidar a pesar de todo, pues aunque parece que lo único que saben hacer es dejarse llevar por sus pasiones según sople el viento, el caso es que lo hacen con tanto entusiasmo que....pues eso, no te dejan indiferente.

En todo caso felicidades, me ha parecido un buen intento y me ha animado a darle a la tecla para opinar.
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#8
Bueno, el relato es entretenido. Hay muy buen vocabulario y una prosa algo irregular, si bien por momentos muy buena. Quizás la vía demasiado arcaica, aunque esto también uno debe entenderlo desde el punto de vista que es una historia narrada por un anciano de aquellos tiempos y el lenguaje es acorde a lo esperado. Desde este punto de vista tiene su coherencia; si no fuese por esto la prosa es excesivamente prolija.
Me pareció en algunos momentos más descriptiva que narrativa, pero el argumento en sí me gusto. Falta un poco de caracterización entre los príncipes (demasiado semejantes). No vi ningún error gramatical, si acaso un uso, desde mi punto de vista, no demasiado adecuado de los puntos y a parte (error que cometemos todos).
Lo mejor, como ya han señalado, la narración de la supervivencia de ambos príncipes. El desenlace un poco apresurado pero con un final feliz inesperado.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#9
Muy entretenido y bien escrito, aunque empieza con un tono humorístico que después se va desvaneciendo (o esa impresión me ha dado). Incluso pensé que la cosa iba a terminar en tragedia.
Al principio me esperaba la típica comedia de "opuestos que acaban siendo amigos" (ese cliché debe tener un nombre pero no se cual), y me ha sorprendido que acabase en historia de amor.
Me ha descolocado un poco el recurso narrativo del abuelo, como en La Princesa Prometida pero antipático y homófobo. Quizá el autor pretendía explotarlo más pero se quedó sin espacio, no sé, pero la verdad es que lo veo un poco innecesario. Quizá habría sido mejor usar esas palabras para dar más profundidad a los personajes, especialmente a los dos príncipes, o para enriquecer un poco la ambientación.
En conclusión, un buen relato que ganaría bastante con algo más de desarrollo en algunos aspectos.
P.D: Incluir personajes LGTBI en un relato de fantasía o de cualquier otro género no siempre implica pagar una "cuota progre", seguir una agenda o apuntarse a una moda, por mucho que moleste a los "políticamente incorrectos" y "librepensadores" (dadme comillas más grandes XD).
[Imagen: 55a0bc1221755174.jpg]
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#10
Léase bien Sham, la cuestión no es la inclusión de los personajes, o sus naturalezas, sino el discurso que sueltan. Es alli donde se expone la agenda. Y justo a propósito de eso es que al menos de mi parte, han venido las parodias.
Puedes ser todo lo blanco, negro, homosexual o transexual  que quieras (que en ocasiones eso pasa hasta a segundo plano), pero si tu personaje toma la mayor decisión de su vida (suicidarse) enarbolando la bandera de que este mundo no merece ser salvado porque no puedo ser homosexual... esa es una clara muestra de una agenda. Que se esta por tanto, implicando en la moda de este tiempo.
Y atención, no esta diciendo " me mato porque no puedo ser lo que quiero ser (homosexual en este caso)", esta diciendo "que si el mundo no se adapta a lo que yo quiero ser, que se vaya al diablo", ideas que llevan consigo esos copos de nieve que protestan por espacios seguros en sus universidades de primer mundo. Justo de donde nacieron sus pelotudeces. 
Aunque claro, cuando estos discursos te los tiran todos los días y se consumen sin más, lo difícil es luego distinguirlos, y decir "no, no es cierto, eso nada tiene que ver" (denme comillas más grandes XDD).
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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