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Reto Jul19: El tesoro de los genoveses
#1
El tesoro de los genoveses
 
Permitidme que me presente: Yo soy el Mar Mediterráneo, aunque muchos han sido mis nombres a lo largo de la historia.
Los romanos me conocieron como Mare Nostrum, dado que su imperio llegó a abarcar mi superficie de punta a punta. Los antiguos egipcios, a su vez, gustaban llamarme el Gran Verde, pues en los días de cierta resaca suelo presentarme del color del jade.
Por mis aguas surcaron todo tipo de naves: ya fueran fenicias, griegas, persas o macedonias. Con algunas de ellas decidí ser clemente y facilitar su travesía mostrándome manso; mientras con otras, en cambio, me manifesté enardecido, aplastando sus cascos contra los escollos que emergen de mi semblante.
Como por ejemplo con aquella goleta que —apenas terminada la guerra civil española, allá por el 1940 y en una noche de fuerte tormenta— osó atravesar mis aguas por las costas del Levante.        
 
Era una noche de viento correoso. El verano estaba en ciernes y el fresco de alta mar todavía era capaz de agrietar las pieles menos curtidas. Las olas alcanzaban grandes alturas, azuzándose entre sí, rugiendo de forma violenta. Cada vez que la nave hacía frente a una de mis acometidas parecía estuviese a punto de volcar, más —muy a mi pesar— el capitán de tan diminuta embarcación conocía muy bien su oficio.
Le llamaban Lince. Quizás por el modo en que movía sus largas extremidades —siempre tan tieso y ágil, como un felino en continua alerta—, quizás por el color de su barba y cabello, de color pardo, encrespado, en claro contraste con una tez oscura fruto de una vida pasada en la intemperie. Su semblante —de frente pronunciada y puente de la nariz hundido— era por momentos simiesco, salvaje y peligroso. Y sus ojos, ambarinos y perspicaces, hacían entender que era un hombre que de la vida había aprendido su parte.
Sin tripulación alguna —aun transportando a un par de pasajeros escondidos en el camarote— el marinero combatía la tormenta con mano templada. Pareciera incluso que sonriese cada vez que una de mis sacudidas zarandeaba el casco de la nave, una goleta de velacho de dos mástiles.
Lince aferraba el timón con la mano izquierda mientras con la derecha amarraba una cuerda que —a través de una polea— tiraba de la vela de mesana. Tenía las piernas extendidas, firmes en el suelo y gritaba. Me gritaba.

— ¡Pregúntale al viento! ¡A la ola! ¡Pregúntale a la estrella o al pájaro qué hora es!

Recitaba los versos de Baudelaire como si de un borracho solitario de taberna se tratase. Con sorna, descaro y, lo más importante, a sabiendas que nadie lo estaba observando. Pues no era hombre de grandes efusiones en público, si acaso media sonrisa torcida como toda muestra de empatía. Mas en ese momento, con el mar salado abordando su cubierta y el agua dulce de los cúmulos nimbos chapoteando sobre las tablas de madera donde tenía, firmemente, posados los pies… era cuando el marinero, solo ante su tierra que era mojada, daba lo mejor de sí mismo y se dejaba llevar, sin perder timón, y cantaba, recitaba y elucubraba en voz alta, mientras conseguía mantener la nave a flote, acercándola paulatinamente a tierra firme, adentrándose en una amplia cueva de la Isla de Tabarca, donde mis aguas andaban serenas y era seguro echar el ancla.
 
Una vez a resguardo, apremió a los pasajeros a que salieran del camarote, alargándole a uno de ellos una cuerda como todo saludo.

—Sujete este cabo. No lo suelte hasta que yo se lo diga.

Arrió las velas con premura, atravesando la nave de popa a proa para arribar el timón y dejar la goleta a resguardo del viento; echó el ancla —cerciorándose que ésta hubiese encallado de manera adecuada— dio un último y concienzudo vistazo a la cubierta y sólo entonces relajó por fin los músculos y se lio un cigarro de tabaco picado que terminó encendiendo.

—Ya puede soltar el cabo, profesor. Será mejor que usted y su mujer bajen de la nave, pasaremos la noche en esta cueva.

—Madre del amor hermoso, creí que no salíamos de ésta. ¿De verdad dormiremos aquí en el suelo? —preguntó el rechoncho pasajero. Tenía parte de las manos en carne viva debido al roce de las cuerdas del bajel y se veía a leguas que no estaba acostumbrado al trabajo físico.

—Pueden dormir en el camarote del barco si así lo desean —respondió Lince—. Pero esta noche cenaremos caliente. Podemos hacer una hoguera sin temor a ser vistos.

El marinero recogió un poco de leña y algún aparejo de la cubierta. Amontonó los troncos en el suelo y con la ayuda de una yesca encendió un fuego alrededor del cual la pareja tomó asiento. De una de las cajeras de abordo sacó un par de lubinas en salazón que ensartó sirviéndose de un arpón lleno de herrumbre.
Notaba los ojos de la pareja mirándole con recelo mal disimulado; temían que les tendiese una trampa, que les entregase a las autoridades. A duras penas se conocían y podría incluso decirse que la vida de la pareja estaba en manos del marinero. El profesor y su mujer habían pagado doce pesetas para que les llevase de Cartagena al puerto de Denia, donde unos amigos se harían cargo de ellos y los embarcarían en una gran nave mercante con destino a Marsella. El ansiado —a la par que humillante— exilio de la madre patria.

—¿Algunos de ustedes ha oído hablar de esta isla? —preguntó Lince, rompiendo el hielo.

—Si no me equivoco deberíamos estar en la isla de Tabarca, los griegos la llamaban Planesia—respondió el profesor, mientras enjugaba unas lentes diminutas y redondas. Se llamaba Joaquín y al parecer había sido un famoso intelectual de la izquierda revolucionaria.

El marinero esbozó una sonrisa de grata sorpresa.

Collons, profesor. Veo que su fama no es infundada —atizó la leña incandescente con una navaja y tomó asiento frente a sus pasajeros de tal manera que el reflejo de las llamas jugase a crear sombras por su rostro—Aunque quizás lo que más pueda interesarles ahora mismo es que la isla, estando habitada, carece de autoridades de cualquier tipo. Apenas viven medio centenar de pescadores en una pequeña península al oeste y raras son las veces que faenan por estas partes. El resto de la isla está despoblada. Aunque quisiera… no podría traicionarles.

—Ni yo, ni mi marido, hemos sugerido nada semejante —espetó la mujer que hasta entonces había guardado silencio. Era una espigada joven de raza gitana, con una prominente nariz angulosa, llamada Magdalena. En los días de la República había sido gozado de cierto renombre como bailaora de flamenco.

—Será mejor que dejemos las cosas claras antes de que se creen más malentendidos: lo que ustedes insinúen o dejen de insinuar me importa un pepino —apostilló Lince—. Si mañana quieren darse una vuelta por la isla no se dirijan hacia el oeste, es todo lo que les pido. Por lo demás disfruten de ella como más les plazca pues mucho me temo que deberemos permanecer aquí durante un par de días hasta que las aguas se vuelvan menos peligrosas.
El comentario cortante hizo que la mujer frunciese el ceño.

El profesor se esmeró a levantar la mano intentando quitar hierro al asunto.

—No te preocupes cariño, es tan sólo un contrabandista —dijo con un tono que no buscaba la ofensa—. Confío en que por lo menos sea usted un hombre de palabra y cumpla con lo prometido.

—Mírenlo de este modo: No es bueno para mi oficio ganarme fama de traicionero, perdería clientes — respondió Lince reprimiendo a duras penas una carcajada. Si aquella pareja se había hecho una imagen de él tan aborrecible no iba a ser su intención hacerles cambiar de idea. No esa noche.
Las lubinas acabaron dorándose y la cena trascurrió en un monocorde silencio fruto del hambre y del cansancio. Una vez terminada, el marinero sacó de uno de los bolsillos de su abrigo una harmónica y —sin pedir permiso ni premisa alguna— empezó a sacar de sus metálicas lengüetas una melodía hiriente que nada tenía que ver con lo que la folclórica pareja hubiese escuchado hasta entonces. Una melodía que hablaba de otras vidas y otras tragedias, de plantaciones de algodón y noches solitarias en una celda, de otro color de piel y otro firmamento.

—Lo llaman blues —fue todo lo que dijo una vez hubo terminado.

—Me recuerda al fado portugués, puede que sea incluso más triste —observó la mujer gitana.

El profesor Joaquín asintió y se puso en pie no sin dificultades.

—Triste, pero hermoso. Muchas gracias capitán. Ahora si no le importa creo que aceptaremos su oferta de dormir en el camarote.

Lince asintió y despidió a sus pasajeros mientras se liaba otro cigarrillo.
Pasó la noche en la gruta. Con su petaca de aguardiente y la vista fija en la oscuridad, oyendo el chapoteo de las olas al arrimarse a las rocas, con el reflejo de la luna adentrándose en la cueva.
 
A la mañana siguiente—cuando Magdalena bajó de la nave— no había rastro del marinero.
Su marido seguía en la cama —exhausto por el día anterior— por lo que decidió que no era mala idea salir en su busca, no fuese que les hubiese mentido y decidiese venderles al mejor postor.
Lo que de noche le había parecido una isla peligrosa e inclemente, con los rayos del sol resultaba un hermoso ejemplo de maquia mediterránea. Se extendía de forma inusitadamente plana, con escasas colinas. Numerosas plantas de romero, mirto y cantueso coloraban la superficie como si se tratase de un lienzo de vivos colores. Estuvo andando en círculos alrededor de la gruta sin dar con rastro alguno del marinero. Dirigió sus pasos justo hacia donde el marinero les había desaconsejado ir: a oeste.
No encontró sendero alguno, así que muchas fueron las veces que tuvo que desandar sus pasos para poder avanzar evitando las aliagas. El calor era sofocante, las cigarras trinaban con insistencia y la isla —pese a ser pequeña— parecía no tener fin. Tras media hora andando observó que la tierra se estrechaba creando un istmo que terminaba con una pequeña península amurallada. El poblado. Si Lince había decido venderles debería encontrarse allí adentro.
Se acercó intentando pasar desapercibida. Una vez en la muralla, se encaramó a ella sirviéndose de una roca adyacente a ésta. Desde arriba disfrutaba de una vista privilegiada. La aldea no era más que medio centenar de casas de piedra blanca con tejados rojos que se mimetizaban con el resto de la isla de una forma casi natural. Era evidente que había vivido periodos mejores pero aun así conservaba intacta cierta hermosura espartana.
Vio un grupo de mujeres dirigiéndose al lavadero con palanganas de ropa en sus brazos. Algunos ancianos sentados en sillas de cáñamo a la sombra de una parra. El poblado daba a la costa a través una estrecha playa de arena clara, sobre la cual yacían varadas media docena de barcas de vivos colores que ya habían vuelto de faenar.
Ni rastro de policía, como bien había dicho el marinero.
Se sorprendió a si misma ensimismada apreciando el poblado. No le era difícil imaginarse viviendo en él, en una de aquellas casas de piedra blanca, llevando una vida dura pero honrada cerca del mar.
Luego alargó la vista más allá de la isla, distinguiendo —a escasos seis kilómetros de distancia— otra tierra mucho más grande: España. Se le encogió el corazón al pensar en todo lo que habían abandonado, en lo que deberían afrontar aquellos que permanecían aún en ella. No habría sitio en aquella isla para ellos, no estando tan cerca de sus enemigos.
Se le ocurrió que probablemente su marido ya se habría despertado y quizás estaría preocupado al no encontrarla a su lado, resolviendo volver a la cueva esta vez bordeando la costa.

No llevaba siquiera mitad del camino recorrido cuando un sonoro chapoteo, proveniente de más allá del acantilado que deslindaba la isla, le hizo sobresaltarse.
Escondida entre peñascos, había una playa de escasos veinte metros. Y en la orilla de ésta, con los pies metidos en el agua y los brazos arqueados, se encontraba Lince. Vestía una especie de escafandra, algo ajada, ajustada a un traje de inmersiones no menos deteriorado. Había dejado sus aparejos al resguardo del sol en un extremo de la cala, justo al lado de lo que parecía ser una hermosa puerta tallada en la roca caliza, parte de una edificación arcaica con extraños símbolos adornando el dintel y sus pilares.
Pese a no ser ducha en historia tenía la suerte de tener por marido quizás al más ducho de toda España. De hecho ese era el principal motivo y el gran secreto de ese amor tan incomprensible a simple vista: ella era la pasión y él era temple, ella resoluta y él temeroso. La siempre manida historia de los polos opuestos. Reconoció en la construcción lo que debía ser un templo. Un lugar de culto. Muy antiguo, aunque aparentemente en buen estado pese a estar tan cerca del mar.
Su atención se dirigió de nuevo al marinero. Lince agitaba los brazos intentando con ello acomodarse el traje lo mejor posible. Una vez satisfecho del resultado, se zambulló en el agua. No volvió a emerger de ella hasta pasados varios minutos, justo en la otra esquina de la cala donde, a cierta altura del peñasco distinguió un relieve parecido al que había visto tallado en el dintel: dos caballitos de mar, uno de frente al otro.
De repente la rodilla de Magdalena, que estaba agazapada, le jugó una mala pasada y flaqueó. La mujer se repuso a tiempo, pero la maniobra hizo que un canto de piedra terminase por desprenderse. Se volteó rápidamente antes de que el sonido de la piedra alertase al marinero y encaminó de nuevo sus pasos hacia la nave.
Al llegar a la boca de entrada a la gruta encontró a Joaquín sentado debajo de un pino, mirando el mar con una sonrisa amarga.

—De todas las cosas que hemos dejado atrás en nuestra huida creo que ésta es la que más echaré de menos.

—También hay mar allá donde vamos —respondió Magdalena posando los labios en la mejilla de su esposo—. De hecho es el mismo.
El profesor esbozo acentuó la sonrisa triste y aferró la mano de su esposa.

—Sí, llevas razón, aunque quizás lo que echaré de menos sea el lugar desde donde lo observo. ¿Fuiste a buscar al capitán?
Magdalena asintió frunciendo el ceño.

—Que quieres que te diga, no me fio de ese bruto. Cuando me desperté no había ni rastro de él, así que terminé poniéndome nerviosa. Visité el poblado. La verdad es que es tal y como nos dijo, cuatro casas de pescadores y ni rastro alguno de guardia civil. Lo extraño es que luego lo encontré haciendo inmersiones en una playa escondida, con un templo que estoy seguro te gustaría ver. Parecía que estuviese buscando algo.

Su marido asintió, como si la cosa no le pareciese extraña del todo.

—El tesoro de los genoveses.

La mujer hizo una mueca de desconcierto.

mercenario sino también un romántico aventurero —adujo el profesor, tomando aire para explicarse mejor—. Verás cariño, esta isla estuvo desierta hasta poco más de mitad del siglo dieciocho. Por aquel entonces era conocida como la Isla de San Pablo. En Túnez, en cambio, sí que existía y existe otra isla llamada Tabarka.

—¿Una isla con el mismo nombre?

—Así es, aunque entonces era la única llamada de ese modo. Estaba poblada por los ligures, un pueblo originario de Génova, pescadores en su mayoría. Comerciaban con el coral que extraían de la costa cercana a la isla. Hasta que un buen día, el recién ascendido bey de Túnez se hartó de sus concesiones y decidió esclavizar a los habitantes de la isla.
››No se sabe muy bien cómo, pero estos ligures fueron salvados por el rey de España, Carlos III, que envió a parte de ellos a esta isla, renombrada Nueva Tabarca, y recibiendo cada familia una casa y una embarcación a su llegada.

—Pero, ¿por qué iba un rey a molestarse en salvar a cuatro desgraciados y les iba a dar alojamiento en su país a cambio de nada?  —inquirió Magdalena desconcertada.

—Ah, querida, el día que un rey haga algo a cambio de nada dejaremos de ser republicanos —respondió su marido—. Es aquí donde empieza la leyenda. Una que hizo que muchos, entre ellos nuestro capitán Lince, anden buscando sus tesoros.

—Los genoveses los trajeron consigo.

—No, para nada. Los genoveses por aquel entonces ya no eran más que pobres pescadores… pero hábiles buceadores, pues fue justo por aquel entonces cuando las inmersiones empezaron a realizarse. Así que Carlos III les ofreció alojamiento y naves... a cambio de tesoros. Los que estaban sumergidos debajo de esta isla.

—¿Hay tesoros debajo de esta isla? —Magdalena seguía entusiasmada ante la explicación de su marido.

—Pues eso parece mi niña, el mismísimo Estrabón escribió que muchas fueron las naves romanas y griegas que terminaron sumergidas en estas aguas, víctimas de la accidentada orografía de la costa.

Escucharon unos pasos a sus espaldas y al voltearse vieron llegar a Lince.

—¿De verdad cree usted, profesor, que un rey como Carlos III se iba a preocupar por las cuatro baratijas que se encuentran bajo esta isla?

—No le oí llegar —dijo el profesor, azorado.

—¡Nos estaba espiando! —protestó Magdalena.

Lince dejó los aparejos que había usado para hacer las inmersiones en el suelo, se encendió un cigarrillo y permaneció erguido con la mirada dirigida al horizonte.

—Simplemente regresaba a mi nave, bonica. Aunque ahora que lo dices me pareció entrever a alguien que me observaba desde lo alto del acantilado no hace ni media hora —adujo, satisfecho al distinguir como la mujer se sonrojaba—. Como les iba diciendo, a Carlos III no le importaban un pimiento las cuatro baratijas que yacen alrededor de esta isla.

—¿Y entonces qué andaba usted buscando en aquella playa escondida?

—Señales. Usted mencionaba hace poco a Estrabón, que llamó a esta isla Planesia. Pues bien, en su tratado de geografía señalaba que había otra isla al lado, Plumbaria, llena de minas de plomo, plata y oro. Una isla que Carlos III quería encontrar costase lo que costase.

—Pero… es evidente que aquí no hay ninguna otra isla —contravino el profesor, desconcertado.

—Como tampoco hay ningún genovés. Todos los actuales habitantes de la isla son de origen alicantino, ningún italiano. Y esto es así porque a finales del s. XVIII los genoveses de Tabarca simplemente desaparecieron, de un día para otro, dejando a Carlos III sin tesoro alguno.

—Encontraron Plumbaria —sentenció Magdalena.

—Eso es lo que los amantes de las leyendas como yo queremos creer.

De repente Joaquín soltó una sonora carcajada y apuntó con su rechoncho dedo al marinero.

—וֹEstaba seguro que no era usted el rufián que intenta aparentar! וֹUn romántico, Lince, es usted un romántico!

El marinero se mantuvo impasible con la vista fija en el horizonte y los brazos arqueados sobre la cintura. Al cabo, ladeo unos labios fruncidos, a modo de sonrisa y se volvió hacia sus pasajeros.

—Partiremos en un par de días. ¿Les apetece, mientras tanto, darme una mano en mi fútil búsqueda del tesoro de los genoveses?
La pareja se buscó con la mirada y terminaron sonriendo, volviendo la cabeza hacia el marinero asintiendo al unísono.

—Bien, entonces será mejor que vaya al camarote a por una buena botella de blanco.
 
Pasaron el día siguiente consultando los apuntes de Lince, los cuales consistían en una transcripción del diario de uno de los genoveses que había habitado en la isla y algunos apuntes históricos dispersos esbozados de la mano del marinero. El diario —escrito en un italiano arcaico no demasiado difícil de descifrar— apenas contenía información inherente a lo que a ellos les interesaba. Había pertenecido al médico del poblado, poco amante del mar, y casi todas las entradas hablaban de las enfermedades y patologías de los habitantes. En un par de ocasiones hacía alusión a la desaparición de dos embarcaciones en la parte oriental de la costa. Aunque el mismo doctor discernía que lo más probable fuera que ambas naves desaparecieran al haber sido hundidas, más que por misterio alguno.
Recorrieron la parte oriental de la isla en busca de cualquier indicio, bromeando sobre lo absurdo de su búsqueda, intentando esconder la infantil esperanza de obtener resultados. Cualquier roca de forma geométrica que encontraban despertaba su curiosidad y encendía falsas alarmas. La pareja de fugitivos acompañó al marinero inicialmente disimulando su sorna, sorprendidos que semejante pasión juvenil pudiera haber hecho mella en un marinero tan curtido como él; más a medida que iba pasando el día se sorprendieron a sí mismos sumergidos en la búsqueda con mayor pasión si cabe que la que mostraba Lince.

—Mucho me temo que toda esta historia no es más que una leyenda —adujo en un momento de desánimo Magdalena.

—Perfecto. Si hay algo en lo que yo quiero creer es en las leyendas —fue toda la respuesta que le dio el capitán.

Al final se dieron por rendidos, decidiendo pasar el resto de la tarde pescando doradas, mientras observaban la puesta de sol sobre un pequeño saliente de roca que daba al mar, con los pies colgando y el ánimo templado.
Fue al tercer día —justo cuando el mar empezaba a mostrarse más clemente y tanto Lince como la pareja empezaban a hacerse a la idea de que había llegado el momento de seguir con la travesía— cuando las cosas se torcieron irremediablemente.
Estaban volviendo de unas inmersiones en la parte más oriental de la isla cuando advirtieron que había un pequeño buque patrullero de la Guardia Civil anclado junto a la goleta.

—Maldita sea —dijo el profesor—. ¿Cómo han podido encontrarnos?

—Eso es lo de menos ahora —susurró Lince, cuya cabeza elucubraba a velocidad de crucero—. Escúchenme con atención, vuelvan con cuidado a la cala de antes, si no recuerdo mal hay una cueva lo bastante grande para que puedan esconderse.

—¿Y usted qué va a hacer? —preguntó Joaquín, sinceramente preocupado.

—Yo sólo soy un contrabandista que ha echado el ancla en la isla, sin cargamento alguno.

—De acuerdo, capitán. Confío en usted —adujo el profesor mirándole a los ojos con seriedad.

Se separaron sin despedida alguna. El matrimonio volvió a la cala, como convenido, encontrando la cueva que el marinero había mencionado. Esperaron abrazados durante horas, hablando lo mínimo necesario. No escucharon disparo alguno y ello les tranquilizó e impacientó por partes iguales. Escucharon unas voces cercanas alejarse y más tarde unas lejanas aproximarse.

Bien entrado el atardecer, cuando ya tenían las articulaciones entumecidas e incluso un cierto sopor les estaba atenuando, se encontraron rodeados por una pequeña tropa de seis soldados, fusil en mano.

—Aquí termina la fiesta, profesor —espetó uno de ellos, con una sonrisa aviesa.
 
Fueron llevados de nuevo a la cueva, donde otra media docena de soldados entraba y salía de la goleta, revolviendo todos los cajones, cestas y camarotes. Joaquín pudo observar como todos los documentos que había traído consigo estaban apilados ordenadamente en la borda del patrullero. Años y años de estudios, de futuras publicaciones, amontonadas en riguroso orden en una nave de la Guardia Civil.  Y a su lado, erguido, con un bigote delgado y uniforme verde con tricornio, les observaba el capitán del patrullero. Un hombre enjuto, de mirada franca.

—Profesor —les dijo, una vez les tuvo delante—. Soy el Capitán Esteban Escudero. Lamento tener que encontrarle en estas circunstancias. Mi padre siempre fue un amante de la historia y en especial de su obra, pasión que terminó transmitiéndome.

Joaquín prefirió ignorar al capitán, apenas emitiendo un gruñido.

—Y usted debe ser su mujer. Magdalena de Inés, la fama sobre su belleza le precede y al parecer le hace justicia.

—Ahórrese tanta palabrería —profirió furiosa— ¿Cómo han hecho para encontrarnos?

El capitán esbozó una sonrisa.

—Al parecer la culpa es suya. Unos pescadores del pueblo nos señalaron que habían visto a una mujer que no era del pueblo encaramarse a las murallas. Luego todo fue fácil, simplemente bordeamos la costa, encontramos la goleta y a su capitán, que nos informó, previa promesa de recompensa, dónde podría encontrarles.

En aquél momento apareció Lince, a las espaldas del capitán, con cara de estar divirtiéndose.

—¡Hijo de perra! —gritó Magdalena, que escupió en la cara del marinero—. ¡Confiábamos en usted!

—Por lo visto cometieron un grave error —fue todo lo que dijo Lince, antes de darles la espalda.

El capitán impartió algunas órdenes y consultó con uno de sus oficiales la conveniencia o menos de partir a tan altas horas. Al cabo se acercó de nuevo a la pareja de fugitivos.

—Pasaremos la noche aquí. Ustedes dos dormirán en uno de los camarotes del patrullero, aunque éste estará custodiado, como entenderán. Mañana partiremos para Alicante, donde serán puestos a disposición judicial —añadió el Capitán Esteban, dando por terminada la conversación.
 

Esa noche ninguno de los dos pudo pegar ojo. Pese a que no estaban amordazados y dormían en el lecho de la goleta, eran conscientes de su desgracia. Magdalena hizo un amago de escapar del camarote terminando por encontrándose con un guardia apostado en su puerta. Había más hombres de pie a lo largo de la borda. Escapar de la nave no era más que una quimera.
De repente escucharon un disparo.
Un grito y otra serie de disparos. Movimiento, pasos acelerados sobre la cubierta y el inconfundible martilleo de una metralleta. La mujer se abalanzó sobre la puerta, pero descubrió que el guardia la había trabado antes de abandonar su puesto.
Los disparos se sucedían y desde la claraboya del camarote apenas pudieron ver el movimiento de varias sombras de lado a lado, así como algunos fogonazos de fusiles.
Escucharon unos pasos acercarse, Magdalena asió la única silla que encontró en la habitación y se apostó detrás de la puerta.
Ésta se resquebrajó al ser golpeada con fuerza desde afuera y un hombre de poblada barba vestido de campesino se plantó ante ellos

—¡¡Rápido salgan, dense prisa!!

La pareja obedeció sin hacer preguntas, saliendo a la superficie de la nave donde pudieron observar como otros hombres con aspecto desaliñado se enfrentaban a la tropa del buque, arma en mano.

—¡¡Diríjanse a la goleta, corran!! —les ordenó el guerrillero mientras les cubría las espaldas a fuerza de disparos.

Entre la confusión, observaron que la guerrilla se había apostado en la nave de Lince, y que éste último combatía junto con ellos, disparando con un rifle a los soldados del régimen.

—Será mejor que cojan uno de éstos —les dijo cuando les vio llegar, alargándoles un fusil, como todo saludo.

Magdalena obedeció premurosa y pronto empezó a amartillar el percutor con destreza, mientras su marido se quedaba a cubierto.

—Maldito Lince, es usted una caja de sorpresas —espetó la mujer sin desviar la mirada del objetivo—. ¿Quién es toda esta gente que lucha por nosotros?

—No luchan por ustedes sino contra ellos. Son maquis, guerrilleros que decidieron apostarse en la isla una vez terminada la guerra. Podríamos decir que son... piratas, y amigos.
»Antes de visitar a nuestro capitán Esteban fui a encontrarles. Acordé con ellos que nos visitaran por la noche, por si algo salía mal. A decir verdad no contaba con que el capitán tuviese certeza de vuestra presencia y además encontraron algunos papeles del profesor en la goleta. Jugué las cartas como mejor pude.

—Sabía que usted no era un traidor —dijo Joaquín sonriente.

—Soy un contrabandista, un vividor y quizás un poco pendenciero —dijo el marinero mientras acertaba con un disparo a uno de los soldados—. Pero antes que nada soy un hombre de palabra.

El tiroteo se intensificó y pronto mudó de escenario, hacia la otra parte del barco.

—Ahora será mejor que tratemos de hacer que esta nave zarpe de nuevo a la mar —dijo el marinero.
Mientras los guerrilleros descendieron de la nave —manteniendo al pelotón a raya desde tierra firme—, Lince levantó el ancla e izó las velas de la goleta, que empezó a moverse paulatinamente.

—¿Y ellos, les dejamos aquí tirados? —preguntó Magdalena en alusión a los maquis que tanto les habían ayudado.

—Ellos, querida, ahora mismo están más vivos que nunca. El exilio nunca será una opción para cierto tipo de gente —respondió Lince, que había conseguido hacer zarpar la nave, alejándose del fuego cruzado y adentrándose en mar abierto.
 
En la cueva el enfrentamiento era encarnizado, sin vistas de decantarse por ninguna de las facciones. El capitán Esteban observó la goleta alejarse, liberándose de su presa. Divisó al marinero —al cual había infravalorado— situar la nave en ceñida, favoreciendo que ganase mayor velocidad. Levantó su fusil y apuntó con calma. Un disparo. Lince cayó abatido, mientras la nave se perdía, perdiéndose en la oscuridad sin rumbo alguno.
 
Y así fue como de nuevo aquella goleta se adentró en mis aguas. Con un marinero moribundo y una pareja que a duras penas conseguía mantenerla a flote. Pero esta vez me dio por ser clemente. Esta vez... les abrí las puertas a uno de mis mayores secretos.
 
La primera vez que Lince despertó pensó que estaba en el cielo. Se encontraba en una habitación llena de frescos, con unos ventanales que abarcaban todo un muro a través de los cuales se distinguía el mar y entraba una luz cegadora. Había un niño al lado de la cama. Cuando vio que estaba despierto se levantó agitado.

—¡¡Mamma, mamma, si è svegliato!!
 
La segunda vez que se despertó, encontró a Magdalena y Joaquín vestidos de manera un poco un tanto arcaica, sonriéndole de forma enigmática.

—Bienvenido a Plumbaria, Lince.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Bravo, Paf, bravísimo! Qué buena historia! Mi enhorabuena! Es ta si tiene el sabor de tus historias de antaño, esta sí.
Se te ha pasado un trozo cortado:

La mujer hizo una mueca de desconcierto.

mercenario sino también un romántico aventurero —adujo el profesor, tomando aire para explicarse mejor—. Verás cariño, esta isla estuvo desierta hasta poco más de mitad del siglo dieciocho. Por aquel entonces era conocida como la Isla de San Pablo. En Túnez, en cambio, sí que existía y existe otra isla llamada Tabarka.

Ah, y "se dieron por rendidos" está mal, la expresión es " se dieron por vencidos ".
Me ha encantado también la lección de historia, muy interesante. Estuve en Tabarca hace años, alli me invitaron a una paella de bogavante de la que aún me acuerdo, nunca en ningún sitio salvo en mi casa he comido una paella tan buena! Me bañé en sus aguas y pisé sus arenas, con lo cual el relato se me hizo más cercano.
Una vez más, te felicito.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#3
Me ha parecido un buen relato, interesante a pesar de que el tema que trata no es de mi especial agrado. Esta muy bien escrito, más allá de errores puntuales, y del despiste que te marcó Sashka en su comentario. Lo que no me gusta tanto de la forma de contar son los abundantes incisos dentro de la narración.
Los personajes, especialmente el de Lince, me han parecido bien trabajados, dentro de las limitaciones de tener un tope máximo de palabras. Quiza lo del tesoro de los genoveses pudo ser mejor aprovechado, pero entiendo que esa no era la clave del relato, por lo que me pareció bien resuelto. El final, muy bien.
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
Responder
#4
Ah, que bueno volver a leer este relato. Muy bueno en todos los aspectos, y redondo. Historia, personajes, descripciones...
Todo, excepto un párrafo al que le falta algo:
Cita:—El tesoro de los genoveses.

La mujer hizo una mueca de desconcierto.

mercenario sino también un romántico aventurero —adujo el profesor, tomando aire para explicarse mejor—. Verás cariño, esta isla estuvo desierta hasta poco más de mitad del siglo dieciocho. Por aquel entonces era conocida como la Isla de San Pablo. En Túnez, en cambio, sí que existía y existe otra isla llamada Tabarka.
Enhorabuena!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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#5
¡Qué buen relato! Lo tiene casi todo: aventura, misterio, suspense, descripciones ricas tanto de entorno como de situación, personajes carismáticos (aunque un poco «de serie», todo he de decirlo)…

El tema no es de mis favoritos y el trasfondo menos, pero eso no importa tanto si la historia está bien llevada: se lanza con un comienzo enigmático, pasando por un centro impecable hasta llegar a una parte final excesivamente convencional (rescate peliculero, a Lince se le venía venir), y desenlace o broche final que aporta una dosis extra de romanticismo y misterio.

Pues eso, muy bueno, de gran calado (nótese la modesta coñita marinera).
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#6
Relato entretenido y con buen vocabulario, sobre todo marítimo, que no puede evitar recordarme a las aventuras de ese gran marinero que llevo como foto de perfil.
Personajes un poquito planos, o demasiado arquetípicos y prosa a la que le falta un poquito de soltura, que se pierde muy a menudo en una excesiva adjetivación.
Dicho lo cual, las historias de aventuras siempre han sido mi pasión así que por esa parte el relato me gana. Como curiosidad, si no recuerdo mal los habitantes de Tabarca aún hoy en día llevan apellidos de origen genovés.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#7
Bueno, un relato precioso y lleno de sorpresas, con un protagonista a medio camino entre Han Solo y un pirata o bandolero romántico. Si le pones un romance y alguna escena más tienes el guión de una película de las que ganan varios Goyas jeje.
Me ha gustado el recurso del mar mediterráneo como narrador, el tipo de recurso que puede quedar rimbombante o cursi si se abusa de él, pero el autor lo ha dosificado bien y no desentona con el tono general del relato.
La prosa es muy correcta y con momentos de mucha calidad. Me ha encantado la descripción de la aldea de pescadores y la escena en la que Lince se sumerge espiado por Magdalena. También se nota un buen manejo del vocabulario marinero y conocimiento de la historia de la zona.
Me ha hecho recordar a aquel reto de relatos marítimos que hicimos en el viejo foro.
En lo técnico pocos fallos: alguna errata, una frase a medias y esa "harmónica", aunque no estoy seguro de si es un error ortográfico o de si se escribe así en otro idioma que tal vez hable el autor del relato.
[Imagen: 55a0bc1221755174.jpg]
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#8
Para los necios que dicen que la amplitud del vocabulario no eleva la calidad, esta es una bofetada sin guante blanco.
Que no solo se han soltado palabras más allá de lo coloquial, sino que hay incluso lírica en ellas. Un gran sentido de la estética que se pone a la par de su ejecución.
Y sus campos semánticos... son para saborear.
En mi caso, cuando se desboca hablando del mar, marina y marinero, es casi hipnótico. Le da un sentido bohemio, sí romántico, pero se siente de estilo cinematográfico. Clásico. Y a la misma altura esta su personaje principal. Tiene mucho carisma y se roba la toda la atención cada que aparece. Lo cual contrasta con su strong female character y el esposo que en realidad, ofrecen poco. Aunque hay que decirlo, en un relato de esta extensión dos protagonistas bien hechos ya es un logro, ¿pero tres? mmmm se necesitaría una genialidad. En cualquier caso, el planteamiento y la interacción con el entorno es notable. Sin embargo, los diálogos son otro cuento. Porque sí bien es cierto que están ejecutados con cuidado, también lo es que los personajes hablan con la misma excelsitud que el narrador. Es decir, esa falta de diferenciación entre un lenguaje y otro, les resta personalidad, individualidad. Es un detalle de la caracterización del que en muchas ocasiones, no podemos escapar... pero sí hay que intentar disimular lo más posible. Y a propósito, este me parece ha sido una de las consecuencias de la redacción tan apasionada que refleja el texto (además de algunas faltas de letras y un guion por allí).
Pero son unas por otras; alcanza picos altísimos de calidad a la vez que tropieza con unos muy básicos. Son gajes.   
En todo caso, me parece uno de los mejores textos que te he leído (y mira que no han sido pocos). Un trabajo muy notable y que estoy seguro tendrá un lugar alto en la estima electoral.
[Imagen: 6fcm1k.jpg]
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