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Reto Jul19: Tropicalia.
#1
TROPICALIA.


  El espacio es frío. Es inmenso y misterioso, bello y aterrador, un lugar para la esperanza y también para la melancolía. Pero sobre todo es frío. Un frío que se introduce bajo la piel y llega hasta los huesos, hasta la última gota de sangre, dentro de cada víscera y cada nervio. Hasta el mismísimo corazón. Un frío que si se mezcla con la soledad puede llevarnos a un estado de locura indolente, a transformar nuestras almas en metal y nuestros sueños en vagas visiones de llanuras heladas, muertas.
  (...) Por eso nos acercamos al calor allí donde lo encontramos, aunque sepamos que esa llama puede llevarnos a la perdición. Porque hasta la perdición es mejor que el hielo estéril de una vida congelada.

(Fragmento de los diarios de la poetisa marciana Dana Koeman, publicados tras su muerte.)


 
En algunas películas y novelas, los agentes del censo eran héroes de acción que detenían a peligrosos fugitivos, desbarataban los planes de los contrabandistas o exponían siniestras conspiraciones. Después de casi dos años como agente, Siobhan nunca había usado el aturdidor que llevaba oculto en la manga del abrigo. Salvo aquella vez que se le disparó por accidente contra su propia pierna. Estuvo seis horas inconsciente y fue el hazmerreír de la oficina durante semanas.
   Al menos no tenía que pasarse el día sentada delante de una pantalla tecleando nombres y números. Después de mirarla de arriba a abajo sin ocultar una sonrisa desdeñosa, el supervisor decidió que su “constitución” era más adecuada para el esfuerzo físico, además del adiestramiento en defensa personal que sin duda habría recibido durante su instrucción en La Flota. Habilidad que le resultaría útil en caso de producirse una incidencia.
   No tardó mucho en descubrir que ser agente de campo en una estación espacial saytara era tan aburrido como cualquier otro trabajo burocrático. Su labor consistía en llamar a una puerta, poner una marca en la casilla correspondiente, caminar hasta la siguiente puerta y repetir el proceso. La única incidencia en todo ese tiempo fue localizar a un tipo que roncaba en la cama de un motel después de una borrachera de dos días. Y fue el aburrimiento, en gran parte, lo que la llevó a no ignorar la nota que encontró aquella mañana en su puerta.
   Como cada día despertó con el breve concierto de zumbidos que anunciaba el inicio del primer ciclo. En el pequeño apartamento la luz artificial del exterior siempre entraba sesgada y teñida de matices anaranjados debido a la cubierta translúcida del edificio contiguo. Aunque corriese las cortinas, rara vez podía escapar a la deprimente sensación de levantarse a mitad de un atardecer que nunca terminaba.
   Encendió la radio y se despejó con una larga ducha caliente. Era una de las pocas ventajas de vivir en una estación minera especializada en extraer y procesar el hielo de los asteroides: siempre había agua de sobra. En ropa interior y con una toalla aturbantada en la cabeza calentó una bandeja de desayuno y se sentó a la mesa plegable de la pequeña cocina. Su estómago se había acostumbrado a la albúmina sintética y al sucedáneo de bacon hecho a base de hongos procesados y aditivos, pero su paladar seguía echando de menos los alimentos orgánicos de su planeta natal. Marte podía ser un lugar duro, un inmenso ajedrez rojo y verde plagado de intrigas y conflictos, pero al menos la comida era de verdad. Gracias, en gran parte, a la buena alimentación, Siobhan era más alta y corpulenta que la mayoría de los saytara, nacidos en estaciones o en planetas donde la terraformación aún no había comenzado a dar frutos.
   Con la ayuda de un vaso de agua que sabía demasiado a metal se tragó la cápsula diaria: un suplemento de vitaminas y calcio distribuido por las autoridades entre los habitantes censados de la estación. Se vistió frente al espejo, enmarcada su imagen por algunas fotos familiares y una postal marciana descolorida, una ilustración cursi de un niño rollizo con peto de granjero sentado en el hombro de un afable robot agrícola. Cerca de la postal estaba su licencia de piloto, plastificada e impoluta.
   Una licencia de clase MS-04, expedida por la WSL (Western Space Logistics), la todopoderosa corporación que se encontraba cerca de monopolizar el transporte, la defensa y todo lo relacionado con la actividad humana en el espacio. La gente la llamaba simplemente La Flota, y gracias a uno de los convenios que La Flota mantenía con los saytara la recién licenciada piloto Siobhan Dirks había obtenido un empleo estable y bien remunerado como funcionaria. En su promoción solo se adjudicaron treinta y cuatro plazas de piloto, y ella había quedado en el puesto cuarenta y uno de la lista. No le gustaba culpar a otros, o a el sistema, de sus fracasos, pero tampoco podía evitar la sospecha de que habría obtenido un puesto más elevado si no fuese hija de un granjero marciano con un largo historial de activismo político.
   Se abotonó el largo abrigo azul antes de encasquetarse una boina del mismo color sobre el pelo suelto y todavía húmedo. Cuando estaba a punto de salir del apartamento vio la nota, atrapada entre el suelo y la puerta. Era un trozo de papel grisáceo, de mala calidad, donde alguien había escrito a mano una dirección, una fecha, una hora y un nombre que reconoció. El nombre de alguien a quien no veía desde su primera semana en la estación. Con una leve sonrisa y una sombra de suspicacia en los párpados se metió el papel en el bolsillo y cerró la puerta tras de sí. Tenía todo el día para decidir si acudiría a la cita.

   La noche artificial del tercer ciclo era todo lo que se puede esperar de una noche artificial en una estación espacial habitada por 26.548 personas (según los datos del censo). En los distritos comerciales y de ocio la iluminación era intensa, colorida y caótica, mientras que las zonas residenciales dormitaban envueltas en una suave fluorescencia. Quienes no tenían prisa por irse a dormir bebían, jugaban, bailaban, flirteaban o paseaban por los jardines de geometría perfecta omnipresentes en todas las ciudades saytara, aunque flotasen a años luz de cualquier planeta habitado.
   Siobhan paseó un rato entre los árboles y las flores estériles con las manos en los bolsillos del abrigo, pues durante el tercer ciclo la temperatura descendía. Dejó atrás uno de los miradores desde los cuales era posible ver las estrellas a través de grandes claraboyas. Desde cierto punto incluso podía verse la superficie rocosa del asteroide al cual estaba acoplada la estación, como una sofisticada rémora pegada al vientre de una ballena.
   Apretó el paso hasta alejarse de las zonas más concurridas. Comenzaba a plantearse si era buena idea acudir a la cita y se sobresaltó con el claqueteo del robot que pasó junto a ella, un compactador de basura sobre cuatro patas arácnidas. La Ley de Saytar prohibía las máquinas de aspecto humanoide, por lo que los robots de limpieza, vigilancia o seguridad tenían formas diversas y a veces grotescas. Desde inquietantes insectos metálicos a drones esféricos que flotaban cerca de los tejados. A Siobhan no le entusiasmaban los robots, pero en cualquier caso prefería que tuviesen brazos, piernas y un rostro al que mirar.
   Al fin llegó al pasillo abovedado, desierto, silencioso y con una iluminación tan dramática que parecía diseñada a propósito para la ocasión. Como agente del censo tenía acceso a zonas de la estación vetadas para los ciudadanos corrientes, y le bastó acercar su tarjeta de identificación al sensor para que se encendiese una luz verde y las puertas del montacargas se abriesen. No le importaba que su paso quedase registrado por el sistema informático y las cámaras de seguridad. Al fin y al cabo no eran pocos los que bajaban a los niveles medios buscando emociones fuertes.
   Si la estación fuese una nave los niveles medios serían la cubierta de mantenimiento, y si fuese una ciudad serían sin duda los suburbios, los bajos fondos, el hogar de lo clandestino, lo turbio, lo comprometedor y lo subversivo. En resumen, el lugar más interesante de la estación. Ser una agente del censo allí donde se vivía al margen del censo era una sensación extraña y estimulante, el equivalente burocrático a un sacerdote con crisis de fe descendiendo a los infiernos por una noche.
   Después de recorrer varias pasarelas metálicas, por debajo o por encima de grandes cañerías y conductos, llegó a un laberinto de anchos corredores donde la noche artificial era perpetua. La escasa iluminación provenía de farolas improvisadas conectadas a cables que se perdían en las sombras, o de los pequeños edificios adosados a la estructura misma de la estación. Allí abajo el aire podía verse, espeso y granulado. Allí abajo no había robots de limpieza y los cubos de basura no se movían hasta que alguien decidía moverlos.
   A medida que se adentraba en el ambiente enrarecido de los niveles medios la inquietud de Siobhan aumentaba. No tenía miedo, pero también se arrepentía de no haber llevado el aturdidor. No era cierto que supiese artes marciales, como pensaba su supervisor. La licencia MS-04 era para naves de carga y La Flota no se molestaba en impartir instrucción de combate a los pilotos de carga. De todas formas odiaba ese chisme traicionero, y sabía que a veces era más peligroso llevar armas que no llevarlas.
   Recibió miradas desconfiadas, murmullos y alguna mueca despectiva. Intentó no acercarse demasiado a las paredes construidas con despojos de metal y polímeros, detrás de las cuales se agazapaban toda clase de delitos: drogas, prostitución, contrabando, falsificación, y por supuesto estancia ilegal. Personas que no deberían estar allí. Gente honrada que malvivía e intentaba ahorrar para pagarse un hueco de polizón en un carguero, y gente no tan honrada que sacaba provecho del infortunio o los vicios ajenos, apartando siempre una tajada para sobornar a quienes debían fingir que en los niveles medios no había otra cosa que tuberías y corredores vacíos. 
   Después de casi una hora siguiendo las indicaciones de la nota, Siobhan llegó a la puerta de un bar llamado Calypso. El letrero luminoso aportaba una pátina violácea al estrecho y sucio callejón. Entró en el local, más amplio de lo que aparentaba desde fuera, y se acercó a la barra, detrás de la cual le sorprendió encontrar un robot. No era un modelo aprobado por los saytara, sino un humanoide tosco y descantillado en cuya cabeza cilíndrica brillaban dos ojos redondos y amarillos. Se sentó en un taburete y le habló a la máquina.
  —Una cerveza, por favor.
   El robot no se movió. Se escuchó una breve carcajada procedente de una de las mesas, donde varias siluetas encorvadas bebían y susurraban en la penumbra. Cuando estaba a punto de repetir la orden, una camarera apareció a través de una pequeña puerta que quedaba disimulada entre un expositor de bebidas y una pila de barriles metálicos.
  —No te molestes. Lleva veinte años sin moverse.
   La mujer, de mediana edad y raza negra, abrió el amplio torso del robot como si fuese un refrigerador. Cosa que era. Sacó del neblinoso interior un botellín helado y lo abrió usando una ranura en la entrepierna del inanimado barman. La clienta pagó y echó un trago mientras observaba a la camarera. Vestía un tank top verde que permitía ver rectángulos de piel más clara en sus fuertes brazos, así como en el cuello y el inicio de la espalda. Era el peculiar mosaico que lucían en sus cuerpos algunos mineros retirados, fruto de injertos de piel realizados tras un accidente en los túneles. Las quemaduras por frío eran tan agresivas que podían considerarse afortunados si solo perdían la piel.
   Siobhan soltó el botellín, sorprendida, cuando la camarera apoyó los codos en la barra y le habló con el rostro a un palmo del suyo, mirando de reojo a la media docena de parroquianos que continuaban murmurando en las mesas.
  —Mira, normalmente no le diría esto a una clienta que paga cuando le sirven y que no huele como si se revolcase en meados y grasa de motor, pero te aconsejo que te termines la cerveza cuanto antes y te largues.
  —¿Hay algún problema? —preguntó Siobhan.Ya sospechaba el rumbo que iba a tomar la conversación.
  —Habrá problemas cuando mis clientes habituales se cansen de tener a una agente del censo husmeando por aquí. Y eso ocurrirá muy pronto.
  —No estoy de servicio. Espero a alguien.
  —¿Puedo saber a quien esperas? Tal vez lo conozca.
   La camarera se incorporó y colocó las manos en la barra, en una postura que resaltaba su musculatura, relajada y amenazante al mismo tiempo. Las figuras de las mesas habían dejado de murmurar y algunas cabezas estaban giradas hacia la barra. Estaba claro que “No es asunto tuyo” no era la respuesta adecuada en ese momento. Se dejó llevar por un presentimiento y en lugar de responder sacó la nota del bolsillo. La desconfiada tabernera la leyó entornando los ojos y acarició el papel con la yema del pulgar, como si comprobase su autenticidad. Al instante su boca se ensanchó en una sonrisa adornada por varios implantes plateados, hizo un gesto hacia las mesas y sus ocupantes volvieron a conversar en un tono de voz normal. La tensión desapareció de la atmósfera e incluso aumentó el volumen de la música.
  —La próxima vez empieza por ahí, agente.
   Tras guardarse de nuevo la nota, Siobhan bebió y esperó. Reparó en que la temperatura dentro del Calypso era mucho más alta que en el exterior y en que no se había quitado el abrigo ni la boina al entrar. Cuando daba el primer trago al tercer botellín procedente del pecho robótico la puerta del local se abrió y reconoció la silueta recortada contra la luz violeta del luminoso. Un hombre de unos treinta años, bajo y ancho de espaldas. Era moreno y lucía un espeso bigote bajo el cual asomaba una amigable sonrisa.
  —¡Vaya! Me alegra verte, Siobhan —exclamó, al tiempo que la estrujaba en un efusivo abrazo—. La verdad es que temía que no vinieses... ¡Pero aquí estás!
   La abrazó de nuevo, saludó con un gesto familiar a la camarera, quien le colocó delante una cerveza, y agitó la mano en dirección a las mesas, desde dónde varias voces respondieron.
  —Yo también me alegro de verte, Bass. ¿Dónde te habías metido?
Basilio “Bass” Laredo era un mecánico formado en La Flota (o eso decía) al que había conocido justo después de llegar a la estación, un lugar que conocía como si hubiese nacido allí, aunque no era saytara ni se parecía en nada a ellos. Siempre sabía a dónde acudir, con quien hablar o cómo conseguir cualquier cosa. Había sido de gran ayuda durante los primeros días, no solo como guía sino también como amigo. A Siobhan le agradaba su compañía, algo que no le sucedía a menudo desde que había dejado Marte. Al cabo de un par de semanas Bass desapareció sin dejar rastro, y gracias a su nuevo empleo no tardó en descubrir que no estaba censado.
  —Siento no haber contactado contigo en todo este tiempo. Cuando te nombraron agente pensé que era mejor mantener las distancias. Por el bien de ambos.
  —¿Has estado aquí abajo desde entonces?
  —Más o menos. No encontré trabajo arriba, así que decidí probar suerte en este acogedor y respetable barrio. Y no me ha ido mal del todo. —Extendió los brazos, como si le rodease un lujoso palacio en lugar de un tugurio— ¿Y que tal la vida como agente del censo? ¿Es tan aburrido como creo que es?
   Mientras la agente Dirks confirmaba sus sospechas con un breve y poco entusiasta relato sobre su trabajo, el mecánico sacó del bolsillo un diminuto frasco de cristal con una pipeta incorporada en el tapón. En el recipiente podía verse un emblema inconfundible: la imagen estilizada de una pequeña isla con una palmera recortada contra un sol anaranjado. Bass vertió un par de gotas de líquido transparente en su bebida y movió la botella con suavidad. Le ofreció el frasco a su acompañante, quien lo rechazó negando con la cabeza.
  —No, gracias. Nos hacen controles de drogas de vez en cuando.
  —No creo que te despidiesen por un poco de Tropicalia.
   Se encogió de hombros, guardó el frasco y bebió de la botella. La droga conocida como Tropicalia era una de las más populares, sobre todo en las estaciones mineras. Su origen se remontaba a los primeros años de la minería espacial, cuando se patentó y distribuyó un medicamento para atenuar la constante sensación de frío que acosaba a los mineros durante su trabajo e incluso en su tiempo libre. El fármaco, llamado Heliozem, aumentaba ligeramente la temperatura corporal y alteraba la sensación térmica, gracias a una mezcla de termorreguladores y psicoactivos. Pronto se descubrió que, tomada en dosis mayores a la recomendada, tenía efectos neurodepresores, llegando incluso a causar alucinaciones.
   Cuando se hizo público que cientos de mineros eran adictos a esta sustancia fue retirada del mercado, pero ya era tarde. Narcotraficantes aficionados a la química, así como químicos aficionados al narcotráfico, habían sintetizado una nueva droga a partir del Heliozem. Un fluido incoloro, inodoro y amargo al que llamaron Tropicalia.
  —¿Por qué has dejado de “mantener las distancias”, Bass? Sigo siendo agente y tu... En fin, tu sigues aquí —dijo Siobhan, sin molestarse en ocultar la desconfianza provocada por la situación.
  —Directa al grano, ¿eh? Me alegra ver que no has cambiado. Y me alegra saber que no te gusta tu actual trabajo. ¿Sabes que mañana hay una subasta?
   Siobhan asintió. Las subastas de decomisos eran todo un acontecimiento en la mayoría de estaciones espaciales. Las naves confiscadas a contrabandistas se ponían a la disposición del mejor postor mediante un sistema de puja silenciosa. Para participar solo era necesario entregar el documento con la oferta en la oficina de decomisos. Y una licencia de piloto.
  —¿Por eso estoy aquí? ¿Quieres comprar esa nave y necesitas mi licencia?
  —No necesito tu licencia, te necesito a ti.
  —¿Qué?
  —¿De qué me sirve una nave sin piloto? Tengo que llevarla a Rochdale, y con lo que nos pagarán por entregar la carga podrás hacer lo que te venga en gana. Comprar otra nave, volver a Marte...
   Bass aprovechó el charco que la condensación había dejado en la barra para escribir una cifra con el dedo. Una cifra tan larga que su amiga abrió los ojos como nunca los había abierto y se quitó la boina para rascarse la cabeza. La desconfianza dio paso a la incredulidad. Estaba sudando y el corazón le golpeaba el pecho bajo el abrigo. 
  —Aun en el caso de que estuviese tan loca como para llevar contrabando a una estación de otro sistema en una nave que ya ha sido confiscada una vez, no puedo dejar la oficina del censo así como así.
  —Oh, te equivocas. —Los ojos del mecánico brillaban como los de un niño a punto de terminar un complicado truco de magia—. Te contrataron a través de la WSL, por lo tanto tu contrato contiene la clausula 12. Puedes dejar tu actual empleo en cualquier momento siempre que el nuevo implique el uso de tu licencia de piloto.
   Siobhan apenas se acordaba de esa clausula. La Flota la incluía en ese tipo de contratos para que los pilotos no tuviesen la sensación de estar atrapados en un trabajo que no deseaban, pero rara vez tenían la ocasión de usarla. Respiró hondo y se bebió casi todo el botellín de un trago. El dinero y la posibilidad de comenzar de nuevo en cualquier parte eran tentadores, pero imaginar la cara de su supervisor cuando le dijese que se marchaba al día siguiente y no podía hacer nada por evitarlo era casi una fantasía erótica.
  —¿Que me dices? ¿Le decimos adiós a esta fábrica de cubitos de hielo?
  —Tengo que pensarlo. Necesito saberlo todo, o no cuentes conmigo.
  —Por supuesto. Te confieso que había planeado ocultarte algunos detalles, pero no recordaba lo bien que me caes. Soy incapaz de mentirle a alguien que me cae bien.
  —Si todo esto va de lo que yo pienso, espero que los agentes de aduanas te caigan muy mal.
   Bass soltó una carcajada, se levantó del taburete y apuró su cerveza. Si la droga diluida en la bebida le había hecho efecto no era visible. O tal vez la consumía tan a menudo que ese era su estado habitual, con una parte de su cerebro siempre bajo la palmera y el sol naranja. Siobhan prefirió no pensar demasiado en los hábitos de la única persona que le ofrecía la oportunidad de dejar una vida que amenazaba con convertirla en otro trozo de hielo pegado a un asteroide.

   Después de abandonar el bar caminaron durante media hora por el laberinto de los niveles medios. Bass le contó que era el propietario del Calypso, cosa que ya sospechaba, y que pensaba venderlo antes de marcharse. Era evidente que allí se regían por otra ley, una que permitía comprar y vender propiedades o negocios que no existían según las leyes de los niveles superiores.
   Bajaron una escalera metálica en una zona deshabitada donde la oscuridad era casi absoluta, atravesaron varios pasillos y puertas hasta llegar a un conjunto de polvorientas habitaciones, la mayoría vacías, algunas con literas y muebles sencillos. En otro tiempo, puede que durante la construcción de la estación, ese lugar debía servir como alojamiento para trabajadores. Ahora estaba abandonado, salvo un par de estancias iluminadas con lámparas portátiles donde se escuchaban voces y el murmullo de una radio.
   Entraron en lo que, a juzgar por el mobiliario, fue un comedor. Unas veinte personas giraron la cabeza y los miraron, especialmente a Siobhan. La mayoría eran adultos jóvenes o de mediana edad, vestidos de forma sencilla, con el tedio y la desconfianza grabados en el rostro. Cinco niños jugaban en una de las mesas. Un hombre con canas en la barba soltó el libro amarillento que sostenía en sus manos grandes y curtidas y se plantó delante de los recién llegados. Con el ceño fruncido miró a Bass, a quien sacaba más de una cabeza.
  —¿Alguna novedad?
  —La tienes delante.
   El hombretón miró a Siobhan como si la viese por primera vez, cosa que era posible. Estaba claro que era minero, y los veteranos de las minas solían tener problemas de visión.
  —Esta robusta y rubicunda hija de Marte podría ser nuestra piloto —dijo Bass, en un tono que contrastaba demasiado con la seriedad de su interlocutor.
  —¿Podría ser? ¿Qué significa eso? —gruñó el minero.
   La hija de Marte suspiró. El mecánico la había arrastrado a una especie de encerrona y ahora veinte pares de ojos la taladraban esperando a que hablase. Sospechaba quien era esa gente, pero necesitaba ganar tiempo.
  —¿Quienes sois? ¿Qué hacéis aquí? —preguntó.
  El hombre barbudo se giró hacia Bass, rojo de rabia y con sus grandes puños apretados.
  —¿Que quienes somos? ¿Te burlas de nosotros, Laredo? ¿Quien es esta mujer y por qué va vestida como los agentes del censo? ¡Habla!
  —No se altere, señor. No estoy de servic...
  —¡Señor! ¡Y ahora me llama señor!
   Un hombre más joven se acercó y colocó una mano en el hombro del agitado gigante. Se parecían lo suficiente para ser padre e hijo y vestían de forma casi idéntica, con prendas gruesas, pardas y descoloridas. Los niños habían dejado de prestar atención a las fichas desparramadas de un polvoriento juego de mesa y contemplaban la escena. El más pequeño, de unos cuatro años, estaba medio escondido y miraba a Siobhan como si fuese el equivalente espacial de una bruja aficionada a devorar niños.
  —¿De verdad eres piloto? —preguntó el joven con aspecto de minero.
  —¡Claro que lo es! ¿Crees que traería aquí a...?
  —Cállate Laredo. Se lo preguntaba a ella.
  —Sí, tengo licencia. Se me ha hablado de llevar un cargamento a la estación Rochdale. —Miró de reojo a Bass—. Y supongo que ese cargamento sois vosotros.
  —¿Cargamento? Somos personas, maldita sea. Un cargamento... —rezongaba el veterano. Se había apartado para volver a sentarse en el banco.
  —Supones bien. Llegamos aquí hace más de un mes, después de que los saytara anunciasen la apertura de un nuevo túnel. —El joven hablaba de forma pausada, escogiendo con cuidado cada palabra, como si no se expresase en su lengua materna—. Cuando ya estábamos aquí, dispuestos a trabajar, decidieron posponer la apertura por motivos de seguridad. Dos años, quizá más. No podemos esperar tanto.
  —¿Y queréis ir hasta Rochdale?
  —Están abriendo nuevos túneles. Y aunque no fuese así, allí cuidan de la gente como nosotros. No tendríamos que escondernos en una madriguera como esta.
   Siobhan asintió. Rochdale era una estación minera independiente, autogobernada por un sistema cooperativista en el que, en teoría, todos los habitantes de la estación eran sus dueños. La ideología de los cooper, como los llamaban sus detractores, se había extendido en las últimas décadas y los conflictos con La Flota eran frecuentes. Ella conocía bien dichos enfrentamientos, pues su padre formaba parte de la ruidosa minoría que pretendía importar a Marte lo que algunos consideraban una solución al caos colonialista y otros una amenaza capaz de llevar dicho caos al nivel de catástrofe planetaria.
   El silencio se prolongó en el comedor abandonado hasta volverse incómodo. Los niños volvieron a su juego y algunos adultos comenzaron a hablar en voz baja. Fiel a su costumbre de no estar callado durante demasiado tiempo, fue Bass el primero en hablar.
  —Si nos disculpáis, la piloto y el jefe de máquinas tienen que aclarar algunos detalles. Os informaremos lo antes posible.
   Dicho esto, salió de la habitación y Siobhan lo siguió, apenas sorprendida de que se hubiese adjudicado el puesto de jefe de máquinas. Mientras se alejaban por el sombrío corredor, escucharon con claridad la voz del minero veterano.
  —¡Laredo! ¡Más te vale volver pronto! ¡Si intentas estafarnos te partiré en dos con mis propias manos!
  —Será mejor que nos demos prisa. Te aseguro que ese tipo puede cumplir lo que dice —dijo el mecánico, menos preocupado de lo que debería.

   Dos días después, Siobhan Dirks llevaba la misma boina azul sobre su despeinada cabellera, pero donde antes estaba el emblema de la Oficina del Censo ahora había un hueco, un círculo más claro en el azul oscuro de la tela. Acarició el cuero desgastado del sillón situado frente al panel de mandos, en el que destacaban tres pantallas que lanzaban contra su piel pálida el tenue resplandor verde del fósforo. Pasó también los dedos por el timón elíptico, dividido en cuatro partes, todas recubiertas de resina, tan cálida y agradable al tacto como madera pulida.
   No le había resultado fácil tomar la decisión, sobre todo después de saber que los mineros no eran más que una distracción. Los agentes de aduanas estaban comprados para ignorar a los polizontes, pero la verdadera carga, la que nadie buscaría, estaba escondida en el fuselaje de la nave. Y no era otra que el último cargamento de Heliozem que existía en toda la galaxia, un tesoro convertido en leyenda cuyo paradero se consideraba la información más valiosa posible para cualquier líder del crimen organizado. La piloto prefería no saber, al menos de momento, cómo había conseguido Bass encontrar el tesoro y, sobre todo, llegar a un acuerdo con uno de los indeseables más peligrosos de la galaxia sin que lo matasen.
   El trato era simple: comprar en una subasta amañada la nave que escondía el medicamento y llevarla a Rochdale, cuyas autoridades también estaban en el ajo, usando pasajeros ilegales como tapadera. Pues no hay nada como un delito para ocultar otro más grave. Para colmo, los saytara no autorizaban saltos hiperespaciales al sistema donde se encontraba la estación cooper. Realizarían un salto ilegal y serían fugitivos hasta que llegasen a su destino, donde ni los saytara ni La Flota tenían jurisdicción.
   Por supuesto, una vez terminado el viaje devolverían a los mineros lo que habían pagado por su pasaje. Y por supuesto, no debían enterarse de su papel en la operación, por su propia seguridad y por la integridad física del jefe de máquinas, quien había puesto a punto los motores de la nave con una eficiencia sorprendente en un adicto a la Tropicalia. Ya solo quedaba que la piloto diese la talla en su primer vuelo.
   Transporte ilegal de seres humanos, contrabando, narcotráfico y una huida a través del hiperespacio. No estaba mal para ser su primera vez. Como le habían enseñado en la academia, se concentró en las cifras y los mandos. Introdujo con sumo cuidado las coordenadas en la computadora de salto y agarró con ambas manos el timón. Si las pantallas se hubiesen apagado el cristal negro habría reflejado una leve sonrisa entre las mejillas encendidas como el sol en los largos amaneceres marcianos. El grueso abrigo azul yacía en el apartamento abandonado, colgado en una percha. El corazón le latía deprisa y no tenía frío.
   La computadora confirmó el destino. La luz ámbar que anunciaba la inminencia del salto iluminó el puente y diez segundos después la nave desapareció con un breve destello.

«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Muy buen relato de ciencia-ficción, género que echaba de menos en los retos. La narración me ha parecido fluida y amena, cuidada, a pesar de que alguna coma se te ha pasado.
La historia es interesante, me ha atrapado, y aunque parece el prólogo de una historia mayor, es suficiente como historia en sí misma. Además, congruente, cosa difícil a veces en la ciencia ficción y que yo agradezco enormemente.
Las descripciones no son pesadas, también lo agradezco, y los personajes tienen fuerza aunque dentro de la "normalidad", pero claro, tampoco ha habido suficiente margen para aumentar el carisma.
Yo continuaría la historia, tiene posibilidades. Podrías, ya que has emparejado a ambos, hacer de ellos una especie de Bonnie and Clyde intergalácticos, pero en contrabandistas.
Enhorabuena, me ha gustado mucho. Caray, este reto está teniendo relatos con mucha calidad, lástima que seamos tan pocos esta vez.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
Responder
#3
Una de ciencia ficción ya me gana para la causa, y si es bien llevada pues más. Menudo broche para cerrar este reto, solo serán cinco relatos, pero vaya cinco. En fin, este también me ha gustado, pero hay matices que me gustaría comentar. El trasfondo genial, bien por el trabajo descriptivo que nos mete en harina con facilidad y eficacia, buen personaje principal y secundarios…toda la materia prima del relato es muy buena, también el ritmo de la historia está bien llevado, ¿entonces, que pasa?

Pues pasa que la historia se queda coja, no por falta de interés, que lo tiene y mucho (ese tipo de aventurillas complejas y mundanas a un tiempo me encantan, se alejan de la épica pero te meten en el submundo de los personajes), pero dicha historia no parece llegar al puerto que a mí me gustaría, básicamente porque le falta metraje. El final es abrupto, el desarrollo en alguna parte mete la quinta e incluso la sexta marcha y se hacen necesarias explicaciones del por qué, cuando con el desarrollo adecuado todo se vería mostrado de manera más adecuada.

En suma, un buen relato que sería excelente con más desarrollo y amplitud. El autor muestra tablas en el género, esa historia extendida como se merece podría valer millones en el mercado negro.
Responder
#4
¡Qué buena lectura! La verdad es que el texto fluye sin altibajos y es rico en detalles. Ni le pondría ni le quitaría, con una excepción: el número de palabras se te ha echado encima, ya que todo se soluciona de un carpetazo y desentona con el ritmo llevado durante todo el texto. Creo que sin el corsé del límite de palabras puede quedar una historia bien completa.
Muy bien!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
Responder
#5
Una introducción de casi cinco mil palabras...
A decir verdad, creo que eso es lo que más ruido me hace: que no haya nudo, ni conclusión. Mientras lo leía, y debo apuntar que sin duda es un texto fácil de leer, me preguntaba cuándo tomarían relevancia las cosas que se estaban contando. Lo que nunca pasó, claro. El limite de palabras se le escurrieron al autor estableciendo un montón de pormenores que, al final, gritaban con insistencia "!soy ciencia ficción, soy ciencia ficción!", pero que podrían haber sido vaqueros o samuráis y el resultado habría sido el mismo. Por nombrar un ejemplo esta los robots; además de no hacer nada relevante para la trama, no se aprovechan sus características. Bien manipular su programación, bien usarlos como arma, bien como una herramienta verdadera y uno como barrenderos y destapadores de botellas...
Son introducidos como mero fondo («soy ciencia ficción»).
Y así hay otros elementos. Llegado a lo último del texto, la misión esta allí, los actores en escena, plan ya expuesto y donde podría comenzar a conjugarse todo... se acaba. Sí, me describiste el entorno, los personajes, el contexto, ¿y luego? ¿Qué pasó con el nudo?, ¿y el climax? Saliendome un poco del tema, sí quiero señalar que esa clausula que te inventaste es fantasía pura:
Cita:...para que los pilotos no tuviesen la sensación de estar atrapados en un trabajo que no deseaban...

Hasta eché una carcajada cuando lo leí. Si deben ser leyes de otro planeta. Los humanos en la vida van a tener esas consideraciones para con sus empleados jajaja. Excelente ambientación.

En general la obra es muy prolija en cuanto al apartado técnico y es sencilla de leer. Los personajes igual están bien, no sobresalen en nada en especifico pero tampoco adolecen en lo absoluto. Son creíbles y sus diálogos son de hecho de lo mejor del texto, muy naturales. Y debo decir también que en cuanto a estética, aquí hay varios momentos para degustar la literatura. Comenzando por el fragmento del inicio.
En fin. Esta obra tiene sus altos y bajos como cualquier otra, sin embargo, me quedo con la sensación de esa falta de nudo.

Saludos.
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#6
Bueno, lo cierto es que se me ha hecho largo de leer. No soy fan de la ciencia ficción (para nada), y seguramente ese sea el problema. Porque el relato esta muy bien escrito, las descripciones son buenas, los personajes están bien. De todos modos, igual que a Vikken, a mi me ha hecho falta un problema, un nudo (si no me equivoco con el autor, lo mismo me sucedió con otro relato tuyo), y sin eso es difícil que un relato me llene o me resulte entretenido. Como introducción funciona muy bien, como relato individual, a mi modo de ver, no.
Buena suerte en el reto.
Viviendo a la sombra del destino.
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#7
Muy bien, aunque conmigo lo tenías muy fácil, dicho sea de paso.
Lo tenías muy fácil porque soy muy fan de la ciencia ficción y también de las aventuras de cuya moral no necesariamente se alinea con la ley.
La prosa es muy buena, bastante fluida y la protagonista está muy bien definida, sin recurrir a los sólitos lugares comunes: es una mujer fuerte, preparada, pero también con varios defectos. Creo que es el mejor punto del relato. Bass es ya un personaje bastante manido, pero siendo secundario uno se ahorra bastantes líneas recurriendo a ellos.
Por lo que refiere a la historia en sí: bueno, estamos ante un comienzo, un primer capítulo. Muy bien ambientado (me ha recordado a las estaciones mineras de The expanse), gráfico. Quizás sí que le hubiese añadido un poco más de chicha, algún incidente que ejemplifique el hastío de la protagonista, un poco de sexo (las tetas siempre, siempre y repito, siempre, ayudan a enriquecer un relato) o de acción.
Aún así se me ha pasado volando y me lo he pasado pipa leyéndolo.
Gracias.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#8
Partiendo de la base de que la CI-FI no es mi género favorito este relato me ha gustado, quizá por que es ciencia ficción ligera y la historia se centra más en los personajes y sus movidas que en "cosas científicas". Algo en la línea del Asimov de Bóvedas de Acero o de series como la ya nombrada The Expanse o incluso Firefly. De hecho no me hubiese sorprendido que alguno de los personajes sacase un revólver (en el caso de que este relato tuviese alguna escena de acción, uno de sus mayores fallos). Siempre me ha gustado en el género esa estética tirando a lo retro, con monitores verdes, gente que escucha la radio y tugurios de mala muerte orbitando en sistemas lejanos.
Bien en cuanto a ambientación (aunque quizá demasiados datos sin importancia en la trama para una historia tan corta) y la presentación de la protagonista. Pero se nota demasiado la mala gestión del límite de palabras en ese final tan precipitado. Es como ver la mitad de una película y que la otra mitad te la cuente alguien en dos minutos.
[Imagen: 55a0bc1221755174.jpg]
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