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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 1 - Revelaciones
#1
REINOS OLVIDADOS — LA DAMA DEL UNICORNIO

CAPITULO 1—    REVELACIONES


1

La luz cegó sus ojos al acercarse a la salida de la cueva, instintivamente los cubrió con un brazo y esperó. No cedió al pánico que crecía en su interior instándole a volverse por donde había venido. Poco a poco empezó a distinguir los contornos iluminados de la roca y siguió caminando con decisión; luego se agazapó para comprobar que ninguna amenaza le aguardaba en el exterior. Antes de salir cubrió su cabeza con la capucha de su capa para preservar tanto sus delicados ojos como su identidad en caso de ser avistado: los drow no eran bienvenidos en ningún lugar.

Sin dejar de vigilar, receloso a cuanto le rodeaba, caminó en línea recta sin el menor ruido y con la agilidad que caracteriza a todos los elfos en general.
Sentía la excitación del peligro y a la vez esa sensación de libertad que sólo había experimentado la única vez que visitó la superficie como miembro de una patrulla. No se encontraron con nadie entonces y esperaba no hacerlo tampoco ahora, sólo deseaba observarlo todo porque todo lo de aquí arriba le fascinaba: el roce de la brisa, los colores vivos de cuanto le rodeaba, la majestuosidad de los árboles…
[Imagen: 2pq9p3m.jpg]
Se detuvo en seco, sus manos volaron hacia las empuñaduras de las catanas enfundadas en sus flancos y aguzó su finísimo oído, inquieto. Había oído algo, una voz… lamentos, sollozos… una voz de mujer. Por segunda vez pensó en darse la vuelta y regresar, pero la curiosidad se impuso en su mente y continuó caminando, agachado, hacia el desconcertante sonido. Despacio y con el sigilo de una pantera llegó a la linde del bosque; unos prados verdes se extendían hasta una colina cercana, en cuya falda se distinguía una granja. Unas ovejas pastaban frente a la roca donde se sentaba su dueña, que lloraba desconsolada. Era la primera vez que el elfo oscuro avistaba a un habitante de la superficie, pero dedujo correctamente que debía ser una mujer humana muy joven. La observó tumbado boca abajo a buen resguardo de un posible escrutinio, curioso y sorprendido por la insólita apariencia de la extraña, de piel blanca, constitución delicada y con una larga cabellera de rizos negros como la noche. Era más menuda que las mujeres drow y además justo al revés, como un negativo: las drow eran de piel negra y liso cabello blanco y la diferencia le fascinaba. A pesar de lo chocante que le resultaba, su fisonomía le agradó.


¿Por qué lloraría? Nunca había visto a una de sus congéneres perder así el control…. La chica dejó de llorar y se secó los ojos con un pañuelo. La mirada desolada de la muchacha se clavó en su corazón, el drow sintió compasión y ternura al descubrir el hermoso rostro de expresión torturada y no supo qué era aquello. La intriga le devoró y por un momento tuvo la tentación de salir y averiguar qué le pasaba, pero el sentido común lo clavó en el sitio. Desechó la idea y se limitó a seguir espiándola. Una muchacha… e indefensa. No vio espada, puñal o garrote cerca de la humana. Era lo más extraño que había visto en su vida. Las mujeres de su estirpe eran temibles, nunca vulnerables. No, no era como las mujeres drow, la única raza que conociera hasta ahora; no había en ella el orgullo y superioridad que emanaba de aquéllas, la muchacha transmitía humildad y sencillez, algo que sólo había visto en los esclavos de su noble casa. ¿Sería una esclava?
Estuvo observándola toda la tarde, hasta que ella se puso en pie y silbó a las ovejas. Tardó poco en reunirlas y después, bajo la luz mortecina del anochecer, se dirigió hacia el norte, hacia la granja al pie de la colina. Su figura se diluyó en la lejanía de la noche incluso para la aguda mirada de un drow, y sólo entonces se movió el elfo oscuro de vuelta hacia la cueva, convencido de que tan pronto pudiera desafiaría de nuevo en secreto las severas normas de su pueblo, volviendo a aquel lugar por la corta ruta que había descubierto.

Al menos dos veces en semana durante los siguientes tres meses acudió el drow al borde del prado a espiar a la muchacha humana. Cada vez más anhelante, pero sin atreverse a mostrarse, no sabía cómo hacerlo para establecer contacto y no asustar a la chica. Le atraía como un imán, le conmovía la fragilidad y el halo de tristeza que la envolvía, siempre sola con sus animales. Deseaba enjugar sus lágrimas y hacerla sonreír, ver esa sonrisa dirigida a él. 

De día en día, al volver a la cueva que conducía a su mundo, se sentía más frustrado. Ya empezaba a desesperar hasta que, una tarde que amenazaba tormenta, cuando ella reunía el rebaño precipitadamente luchando contra el fuerte viento que hacía crujir los árboles, una manada de lobos hambrientos la rodeó y comenzó a cargar contra las ovejas. La muchacha gritó e intentó asustar a los depredadores, para impedir que lograran arrebatarle ninguno de sus animales. Pero no fue una buena idea, de pronto se vio amenazada por un par de bestias que la miraban enseñándole los dientes con fiereza. Se asustó, se dio cuenta lo irreflexivo de su acto al estar indefensa, y reculó despacio a la par que los lobos se agazapaban como preparándose para saltarle encima. Sin duda la hubieran atacado de no ser por una figura encapuchada que, saliendo de la nada, cargó contra los lobos y los mató con dos certeros movimientos de sus catanas; luego corrió hacia otros tres que estaban abatiendo a una oveja e hirió a uno. No hizo falta más, lo que quedaba de la manada huyó hacia el bosque a toda prisa.

La chica lo miraba, temblorosa, mientras él enfundaba las armas y se agachaba junto a la oveja malherida. No creía que sobreviviera, pero una sola baja era un precio pequeño para lo que podía haber sido. Por fin, ella se acercó a él.
—Gracias —dijo en lenguaje común.

Él se puso en pie y la miró de frente. Así, de tan cerca, la serena belleza de la chica le impactó. Se sumergió en sus imponentes ojos almendrados de mirada verde, luego deslizó la mirada por su proporcionada nariz hasta los carnosos labios rojos, sensuales… ¡Qué bella era! La miró pasmado durante unos segundos, hasta que la muchacha se estremeció visiblemente y dio un paso atrás al percatarse de que su salvador era un drow, cosa que no pasó desapercibida a éste. El elfo oscuro se sintió dolido por esa reacción, así que no contestó y le dio la espalda, enfadado y resuelto a volverse por donde había venido. No bien había alcanzado los primeros árboles del bosque, la voz de la chica llegó hasta él con claridad.
[Imagen: 2j9wk1.jpg]
—¡Me llamo Ashari, elfo oscuro, y te debo la vida!
El drow se detuvo un momento, apoyó una mano en un árbol y bajó la cabeza. Pareció dudar, pero luego se internó en el bosque sin haber mirado ni una vez atrás.

Ketta, matriarca de las dríadas del bosque de Gollema, se quedó mirando a su guardiana asimilando la información que acababa de darle. No le gustaba que nadie se pasease por su bosque, y mucho menos un drow; pero era algo inusual que un drow saliera a la superficie solo y de día, y más inusual aún que ayudara a alguien. Desde las primeras apariciones del misterioso encapuchado y dado el interés que demostraba por la pastora, habían dado por sentado que era un muchacho humano enamorado con poca determinación y las dríadas se limitaban a vigilarle durante sus guardias sin considerarlo una amenaza, pero tras las palabras de la chica el asunto tomaba otro cariz. No obstante, la matrona sintió curiosidad.
—Qué extraño comportamiento para un drow… Si vuelve, que volverá, quiero saber hasta el detalle más insignificante. No le disparéis, si no es necesario. Vigiladle y aseguraos siempre de que va solo —ordenó Ketta—. Quiero saber qué se trae entre manos.


Ashari se puso en pie cuando vio la negra figura encapuchada y se lo quedó mirando. Sentía un cierto temor, pero procuró no demostrarlo para no disuadir al drow, aunque no estaba segura de si él tenía intención de acercarse. El elfo se detuvo un momento y la contempló, dudando durante un segundo, y después avanzó a campo abierto directo hacia ella.

—Hola, elfo oscuro —le saludó ella en común con una sonrisa discreta.
—Hola, dama Ashari. Mi nombre es Kedair —respondió él en un común de extraño acento, mientras cruzaba sus manos sobre el pecho y se inclinaba ligeramente hacia delante, el saludo de paz de los drow; a fin de cuentas, era una hembra lo que tenía delante y no podía olvidar su severa educación en una sociedad de matriarcado.
—Quiero darte las gracias por tu ayuda el otro día —dijo ella ruborizada con el erróneo tratamiento de “dama”—. Te fuiste tan rápido…
—Me pareció que te asusté tanto o más que las bestias, a pesar de haberte salvado la vida.
Ashari se ruborizó más todavía, y evitó el contacto visual con el elfo durante un momento.
—Lo siento… es que no esperaba… todo el mundo cuenta historias…—apurada, dejó escapar el aire por la boca como si se desinflara—. Si te he ofendido, te pido disculpas.

Aunque a él le complacía el desarrollo de la conversación, no dejaba de asombrarse; ¡qué poco acostumbrado estaba a tratar a una mujer como una igual! En Dematerra, su ciudad, hubiera recibido cuanto menos una bofetada por su insolencia, en cambio Ashari se sentía avergonzada por una reacción, en honor a la verdad, completamente justificada; los drow se habían ganado a pulso la reputación de asesinos despiadados que se deleitaban matando, y encontrarse con uno era tan extraño como letal.

—No te disculpes… en realidad fuiste muy valiente al no echar a correr al verme —dijo él con una tímida sonrisa, arrepentido de su pulla. Ella sonrió también ante el cumplido con evidente alivio—. Por cierto, ¿cómo está tu animal?
—Ah, la oveja herida —“oveja” apuntó el drow, que desconocía el nombre de casi todas las cosas de la superficie. — Hubo que sacrificarla.
—Deberías ir armada. Es imprudente ir sola y sin defensa.
—Verás, Kedair, es que la única espada que hay en mi casa la lleva mi padre y… no tenemos dinero para más. De todos modos, tampoco sé manejarla.
—Yo podría enseñarte —se ofreció él encantado—. También podría proporcionarte una…
—¡Mi padre me mataría! ¡No puedo aparecer por casa con un espetón sin que me pida explicaciones! —le interrumpió Ashari aterrorizada—. ¿Qué crees que haría mi padre si le cuento que un elfo oscuro me enseña el arte de la espada?
—No quería ponerte en un aprieto, sólo me preocupaba por tu seguridad  —se justificó Kedair, turbado.
Ella se calmó ante sus palabras.
—No me pareces mala persona, elfo oscuro, pero no todo el mundo es tolerante, al menos mi padre no lo es. Tomaré esas lecciones que me ofreces, pero será un secreto que compartiremos sólo tú y yo.
—Podemos esconder la espada que traeré en el bosque. No tiene por qué enterarse nadie. 
A Ashari le gustó la idea, y sonrió de nuevo al drow.
—De acuerdo.

A los pocos días Kedair, fiel a su promesa, puso en manos de Ashari una sencilla espada drow.
—Busquemos un lugar a la sombra para las lecciones —dijo el elfo oscuro—. El reflejo del sol en las armas podría delatarnos.
—Bien pensado —lo aprobó ella.

Se adentraron un poco en el bosque, hasta un lugar sombreado desde el que Ashari podía también vigilar a sus ovejas.
—Coge la espada. Ten cuidado, está afilada. Empezaremos por lo más básico, la colocación de los pies y el equilibrio.
—Pesa mucho —se quejó la chica, que blandía el acero como si fuera un palo.
—Ya te acostumbrarás. No es una espada pesada, sólo que tus músculos no están trabajados. Pon tus pies así y sujétala más alta. No, así no… espera… así —dijo mientras corregía su postura con las manos—. Esta falda larga no es la ropa más adecuada para practicar, mejor serían unas calzas o unas polainas…
—Tendrá que ser con falda —respondió tajante la chica.
—Pues que así sea. ¡En guardia! Vamos, intenta atacarme.
—¿Y si te hago daño? —preguntó la muchacha con genuina preocupación.

El drow reprimió una risotada ante lo ridículo de la pregunta, para no parecer pagado de sí mismo o desanimar a la chica.

—No te preocupes, tengo mucha experiencia en combate —respondió él.
Ella lanzó una torpe estocada, que fue desviada con suma facilidad por el elfo oscuro. La espada cayó de la mano de Ashari.

Las dos dríadas que vigilaban al drow por orden expresa de su matrona, escondidas en los árboles, se miraron con incredulidad la una a la otra. Habían tensado sus arcos al ver aparecer las hojas de acero, alarmadas, y ahora los destensaron poco a poco. Que el drow enseñara el manejo de la espada a una pueblerina era algo que iba más allá de su imaginación, pero que encima tuviera la paciencia que tenía éste ante la torpeza de la moza era ya el colmo…

Ketta abrió mucho los ojos y luego sonrió al saberlo, al parecer aquello le divertía mucho.
—Ah, qué mundo loco éste… El drow está enamorado… no me lo puedo creer. Tan simple como eso. No dejéis de vigilarle, pues no es una conducta nada normal y no me fío. No quisiera que por cualquier circunstancia le cortara el cuello a esa palurda. Al fin y al cabo, es también una mujer.

—¿Vas a permitir a un drow pasearse por nuestro bosque? —preguntó desconcertada una de las guardianas.
—No exageres, Dreire, no “se pasea” por nuestro bosque. Va directo de la cueva hasta los prados. Dejemos que la muchacha se divierta un poco. Al menos él ha conseguido mudar lágrimas por sonrisas, que no es poca cosa. No habrá de ser tan malvado.

A medida que sus encuentros se sucedían, la muchacha iba aprendiendo lo más básico, sobre todo a parar golpes, sin perder el equilibrio, y tímidos contraataques aprovechando los huecos dejados por el atacante. No era mala discípula, era muy ágil y le ponía empeño, pero harían falta muchas más horas de práctica para ponerla a un nivel aceptable. Después de practicar con las espadas, se sentaban a charlar. Kedair aprendía en esas conversaciones cosas de la vida en la superficie, cosas de la vida de Ashari. A él, sin embargo, no le gustaba hablar de su mundo. No quería introducirla en ese cubil de vileza, profanar de algún modo su candor. El drow se daba perfecta cuenta de la ingenuidad de la muchacha, de su falta de experiencia en la vida. No quería que supiera nada más de la maldad de su raza que lo poco que sabía, pues temía su rechazo.

Ella, por su parte, esperaba cada día la llegada de su maestro con afán, y muchas veces veía ponerse el sol sin que éste hubiera aparecido con la decepción pintada en la mirada; pero cuando distinguía la figura encapuchada avanzando entre los árboles sentía una emoción extraña, desconocida hasta entonces para ella, y casi vivía para esos encuentros que eran lo único emocionante de su monótona vida. Se sentía tan fascinada por el apuesto drow como él por ella. Solo que no era sólo fascinación lo que sentían.

—Hoy no estás muy acertada, ¿qué te ocurre en el brazo? —le preguntó una tarde Kedair, extrañado.
—Nada —respondió ella demasiado rápido.

El elfo oscuro, suspicaz, hizo un giro con su catana sobre la espada que blandía la chica que la obligó a rotar el brazo derecho; en aquel momento ella gimió de dolor y soltó el hierro para sujetarse la extremidad dolorida. Kedair enfundó su hoja y caminó a grandes zancadas hasta llegar a su lado, alarmado. Sin pedir permiso, le subió la manga mientras ella trataba de resistirse, y descubrió un gran hematoma que ocupaba desde mitad del antebrazo hasta más arriba del codo. El la miró con el ceño fruncido, angustiado, y ella dejó de forcejear.

—¿Quién te ha hecho esto? —dijo mientras retenía el miembro lastimado.
—¿Por qué crees que me lo ha hecho alguien? Ayer me caí en la granja…
—Eso no es cierto, no hubieras intentado ocultármelo si hubiera sido una caída. Insisto, ¿quién te ha hecho esto?

La inexorable mirada del drow la asustó muchísimo, pues nunca le había visto enfadado y no le gustó el fuego que vio en sus ojos, ni la máscara de facciones crueles en la que su rostro se transformó. Temiendo lo que pudiera hacer si le daba esa información, se negó en redondo a responderle. 

Él la soltó y le dio la espalda, avanzando unos pasos con los brazos en jarras, echando chispas por los ojos. Que alguien hubiera golpeado así a Ashari, su Ashari, abusando de su indefensión, le sacaba de sus casillas. Ahora entendía por qué había días en que ella se movía como agarrotada, era el dolor lo que no la dejaba moverse con normalidad. Ahora se explicaba la enigmática tristeza de la chica. De repente, lo veía todo claro.

Ashari se acercó a él por detrás y le acarició el brazo, insegura. Él no se movió, la mirada fija en un punto del bosque y el cuerpo tenso como la cuerda de un arco.

—Fue tu padre. Vivís los dos solos, así que tuvo que ser él —afirmó algo más calmado. De pronto se volvió hacia ella y se enfrentó a sus ojos—. Y no ha sido la primera vez… creo que te golpea a menudo. Creía que algo así era exclusivo de mi sociedad.
—La crueldad no es exclusiva de los drow —dijo ella agachando la cabeza para ocultar las lágrimas que crecían imparables—. Pero es mi padre.
—¿Por qué, Ashari? —preguntó Kedair, sobrecogido.
—No lo sé. Mi padre fue un noble venido a menos, un aventurero… Sé que no soporta la vida que lleva, que echa de menos a mi madre… Supongo que la frustración lo lleva a esos arrebatos de violencia… no lo sé.
—Si no tiene ninguna razón para hacerlo, ¿es que acaso tu padre no te quiere? Me dijiste que aquí, en la superficie, las familias se amaban, a diferencia de nosotros, los drow.

Ella no pudo responderle, pues se había hecho muchas veces la misma pregunta. La sospecha de la verdadera respuesta, tantas veces rechazada por la muchacha por demasiado cruel, hizo que sus ojos se anegaran de lágrimas que resbalaron gruesas y rápidas desde sus pestañas.
El elfo la atrajo hacia sí y la abrazó con ternura. Ashari sollozó contra su pecho y se lo explicó todo, él fue el único receptor que nunca hubo de las miserias que había soportado en sus diecinueve años de vida, de su silencio resignado en todos estos años de indefensión y del miedo que aún tenía. Kedair la dejó desahogarse mientras acariciaba delicadamente su cabeza. La muchacha se fue serenando poco a poco y alzó hacia él la mirada llena aún de lágrimas.

—Alguien debería darle una lección —dijo el elfo oscuro, insinuando su candidatura para tal evento.
—Dime que no levantarás tu brazo contra él.
El la miró de hito en hito.
—Si tú me lo pides, no moveré un dedo… Pero ¿por qué proteges a ese desalmado? —replicó él con indignación.
—¡No le protejo a él, sino a mí! —exclamó ella suplicante y desesperada—, ¿qué crees que ocurriría si te enfrentas a mi padre? Gane quien gane, perderé yo… No quiero dejar de verte, Kedair. No quiero poner en peligro lo único bueno que tengo en la vida…

El elfo oscuro la miró, conmovido por sus palabras, por sus hermosos ojos anegados de nuevo, por la fragilidad que transmitía, y la sintió más cerca que nunca, sus rostros apenas a unos centímetros. Casi no fue consciente, guiado por sus sentimientos, de lo que hacía. Por toda respuesta, el drow bajó la cabeza y la besó en los labios con suavidad. No estaba preparado para el alud de emociones que le invadió al hacerlo, no había sentido algo así en toda su vida, y se quedó pasmado por la fuerza de sus sentimientos hacia ella. No sabía que eso era amor, porque los drow ni siquiera conocían esa palabra, tan lejos de su naturaleza estaba ese sentimiento. Pero él era distinto a los de su raza y lo sabía, aunque nunca permitió que los otros lo notaran, porque en Dematerra, la gran urbe drow, esa diferencia era la muerte.
[Imagen: 34irfhi.jpg]
—Te quiero, Kedair…
—Yo también te quiero.
Volvió a besarla, no pudo ni quiso evitar hacerlo, y a medida que el beso se hizo más exigente, ambos se dejaron caer gradualmente hasta suelo, abrazados, dejándose llevar por aquel dique roto que arrasaba cualquier duda. Cuando las caricias por parte de ambos empezaron a obedecer a un deseo desenfrenado, la chica se separó, jadeante.
—Aquí no.

El elfo la miró frustrado, pero no dijo nada; se dejó caer de espaldas en la hierba y cerró los ojos.
Las dríadas los miraban sonrientes desde sus escondites.
—Quiero un drow en mi vida —le dijo una a la otra en el lenguaje de los signos.
—Yo también —respondió la otra.
Ambas sofocaron una risita.

Yacieron largo rato juntos, ya recuperado el control, hablando. El elfo, apoyado en su antebrazo, hundía sus dedos en la negra cabellera de Ashari, que descansaba boca abajo con la cabeza de lado sobre los brazos cruzados. Se sentía en paz, ahora que se habían revelado sus sentimientos, mientras la escuchaba y acariciaba su espalda. Sus dedos descubrieron antes que la vista unas cicatrices antiguas que asomaban del escote trasero del vestido y se perdían en su interior, seguramente hechas con una fusta o tal vez una correa y sintió crecer la cólera de nuevo en su interior. Trató de sofocar la emoción con gran esfuerzo.

—Ashari, no quiero que nadie te haga daño nunca más.
—Entonces, llévame contigo —le soltó ella tras un silencio prolongado.
El elfo detuvo sus caricias y se la quedó mirando.
—¿Te fugarías conmigo? —preguntó entre incrédulo y sorprendido.
—Sí —respondió ella tajante—. Y tú, ¿lo harías?

Kedair se dejó caer hacia atrás y miró el cielo, pensativo. Quizá fuera precipitado, pero deseaba hacerlo. Era lo que venía anhelando desde hacía tiempo, pero ¿era ella consciente de lo que les aguardaba?  No conocía nada de la superficie y empezar una nueva vida sería difícil para los dos. Y ella nunca podría ingresar en una sociedad drow, ni podría vivir en la perpetua oscuridad.

—En mi ambiente no podrías sobrevivir, tendríamos que quedarnos en la superficie, que yo desconozco por completo; además aquí no seríamos bien recibidos por nadie, incluso puede que fuésemos perseguidos…
—No pretendas desanimarme. ¿Crees que no lo sé? No me importa, si estoy contigo. Saldríamos adelante.
—No sería una vida fácil, Ashari. Quiero que decidas con pleno conocimiento.
—Dime, después de lo que has visto, después de todo lo que te he contado, ¿qué es lo que tengo aquí? ¿Qué me puede esperar que sea peor? ¿Acaso no ves que tú me has dado en pocos meses más que nadie en toda mi vida?
De repente, el elfo decidió. 
—Dentro de dos días. Espérame al atardecer, como siempre. Coge sólo lo imprescindible.
Ashari se incorporó, radiante, los rizos negros flotando alrededor de su adorable rostro.
—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿No te arrepentirás de dejar atrás a los tuyos? No quisiera que fueras infeliz por mi culpa… porque estoy siendo egoísta.
—Me arrepentiría de dejarte a ti —le declaró él con un beso—, así que soy tan egoísta como tú.

Kedair se sintió feliz ahora. La luz del amor de Ashari desplazaba la oscuridad en que siempre había vivido, y él quería purificarse en ese sol. Desde que la conociera, supo que la oscuridad de su mundo no sólo se refería a la ausencia de luz, sino también a la ausencia de sentimientos nobles. Sonrió mientras pensaba en lo pronto que su vida cambiaría como anhelaba; irreversiblemente, si quería tenerla a ella a su lado, tenía que renunciar a su mundo. Las cosas no podían pintar mejor.


2


La madre matrona de la casa U´Shea, undécima casa de la ciudad drow de Dematerra, mandó llamar a su primogénito. Pocos minutos después, apareció ante su madre y se postró ante ella, mientras ésta hacía una señal para que les dejaran solos.[Imagen: fwrcrd.jpg]
—Levántate. Tengo una misión para ti, Demanel. Cogerás a tres de nuestros soldados y seguirás a tu hermano sin que éste se dé cuenta.
—¿A Kedair?
—¿Acaso no has reparado en sus ausencias? —se enfadó la matrona—. ¿Sabes a dónde va?
—No, matrona Aalegan —admitió el hijo primero.
—Yo sí. Va a la superficie, de eso no me cabe duda, pero no sé por qué.
—¿A la superficie? —preguntó el maestro de armas, asombrado.
—Vas a seguirle discretamente, porque quiero saber la razón. Una vez allí y según lo que veas, actúa de acuerdo con los intereses de tu familia.

El hijo se levantó y se dirigió a la puerta cuando la voz de su madre le detuvo.
—Demanel… Si está conspirando contra nosotros, puedes matarlo; pero antes averigua a quién ayuda.

Kedair se reunió con Ashari al atardecer del segundo día en el bosque, en el lugar donde solían practicar con las espadas. La chica llevaba una capa de viaje y a su lado descansaba un fardo.
—¿No te has arrepentido, elfo oscuro? —le preguntó ella con una sonrisa.
—Nunca me arrepentiré de esta decisión. ¿Y tú?
—Te seguiré al fin del mundo…

El la besó y luego cargó con el fardo de la chica además del morral con sus cosas.

—¿Por dónde vamos? —le preguntó él.
—Hacia el norte, a Luna Plateada. Se dice que es una ciudad sin prejuicios, donde todo el mundo es bien recibido sea de la raza que sea. Podríamos intentar establecernos allí, si te parece bien… Pero mejor que bordeemos el bosque, no vaya a ser que nos topemos con las dríadas que lo pueblan, no les haría mucha gracia y tienen malas pulgas.
—¿Dríadas?
—Guerreras temibles, muy diestras tanto con el arco como con la espada.
—Sea como tú dices, entonces —aceptó el elfo.

De repente, se vieron rodeados por cuatro drow. Kedair sacó sus catanas cuando uno de ellos agarró a Ashari y la amenazó en el costado con una daga, la chica no fue capaz ni de desenvainar la espada que le diera Kedair. El elfo oscuro clavó la mirada en su hermano, que parecía divertido.

—Así que sólo era eso… y la madre matrona temiendo que estuvieras implicado en una conspiración contra ella… —dijo Demanel en idioma drow, sus espadas también desenfundadas.
—Déjala ir —le exigió Kedair con fuego en la mirada.
—Siempre has sido un tanto extraño, hermano, pero ¿una humana? ¿No te repele su contacto? —preguntó con una expresión de desprecio en la cara, pues los drow eran racistas y no concebían atracción alguna por una mujer que no fuera de su misma raza—. ¿Tanto te divierte esta humana? Quizá... debería probarla yo también…
—¡Antes acabaré contigo! —le gritó levantando las catanas.
—Voy a llevarte de vuelta a casa, hermanito, y una vez allí la matrona decidirá tu castigo.
El drow miró al compañero que sujetaba a Ashari y pronunció una sola palabra.
—Mátala.

Kedair gritó y se lanzó a la carrera, aunque sabía que no llegaría a tiempo. La hoja penetró unos centímetros en el costado de la chica cuando una flecha se clavó en el cuello del soldado, que cayó muerto al suelo. Otro fue alcanzado en el pecho y cayó detrás de Kedair, el cual en ese momento desviaba un ataque del tercero, y colocando las formidables hojas en forma de zeta, giró el cuerpo parando una embestida alta y rajando a la vez el vientre del soldado. Demanel le cortó el camino y atacó con ambas espadas, buscando un hueco en las defensas de su hermano, que de momento se limitaba a parar todos sus golpes sin errores.

Los movimientos eran vertiginosos, ambos manejaban los aceros con soltura y maestría. Dominaban las espadas a tal velocidad, que era imposible verlas; el sonido que producían las cuatro armas impactando en continuas paradas era la única evidencia de que estaban ahí. Una flecha impactó en el hombro de Demanel, lanzándole hacia atrás, y dos dríadas aparecieron, los arcos tensos, amenazadores. Una de ellas miró a Kedair y le hizo un gesto con la cabeza en dirección a Ashari, dándole permiso para que la atendiera; la muchacha estaba encorvada y muy pálida, y se sujetaba el costado ensangrentado. El drow corrió a su lado, las catanas aún en sus manos y se colocó delante de la chica, escudándola de esta nueva amenaza.

—Baja tus armas, si quisieran matarnos ya lo habrían hecho. Son dríadas del bosque, y por lo rápido que han aparecido… seguro que nos vigilaban de cerca —le dijo Ashari.

Kedair enfundó las magníficas catanas y, sujetándola con cuidado, la depositó en el suelo; luego rompió un poco su vestido para examinarle la herida. No era profunda, pero sangraba mucho.

—Suelta tus armas, drow —le exigió una de las dríadas a Demanel.

El drow les lanzó un globo de oscuridad y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Para cuando éstas salieron a la luz, el elfo oscuro había desaparecido en dirección a la cueva. No le persiguieron. Miraron indiferentes en la dirección que presumiblemente había tomado el fugitivo: si se quedaba en el bosque, otras dríadas darían cuenta de él. Una de ellas comprobó que los drow abatidos estuvieran muertos y los saqueó sin miramientos, la otra se agachó junto a Kedair y examinó la herida de Ashari. Rebuscó en el hatillo que yacía tirado a unos metros y volvió con un paño limpio; lo apretó contra la herida y luego puso la propia mano de la chica encima del lienzo. Después llamó a su compañera y ambas hablaron en su idioma, tras lo cual levantaron a la muchacha y empezaron a caminar, una sirviéndole de apoyo, la otra vigilando con el arco preparado. El elfo oscuro recogió el escaso equipaje de ambos y se aprestó a seguirlas, sin embargo, la dríada se giró hacia él y le empujó hacia atrás con mirada hostil. Reanudaron la marcha, pero el drow no se dio por vencido; se repitió el empujón, y esta vez la dríada amenazó al perplejo Kedair tensando el arco cuya flecha le apuntaba al pecho. El drow imaginó que la llevaban a sus dominios para curarla, pero no quería separarse de ella.  Lo que quería en realidad era que se marcharan y les dejaran solos, pues él podía sanarla completamente, y con ellas delante no debía sacar el objeto. No sabía qué hacer para desembarazarse de las guerreras sin levantar hostilidades. Ashari reaccionó al comprender que pretendían dejar allí al drow, se desprendió de la dríada en la que se apoyaba y se abrazó a Kedair mirando desafiante a las dos guerreras.

—No pienso separarme de él.

Las dríadas le devolvieron la mirada, midiéndola. Intercambiaron unas frases en su idioma y una de ellas se marchó rápida como el viento.

—Mi hermana pedirá permiso para que el drow pueda entrar en el pueblo —les explicó la arquera—. La matriarca decidirá lo que conviene, sin importar las simpatías que pueda tener hacia vosotros.

El elfo oscuro miró a Ashari con una expresión de sorpresa y duda en la cara. Ella había comprendido y le susurró una explicación.

—Seguro que nos han estado vigilando desde hace tiempo. Saben lo que eres y, si no te han matado, es porque no te consideran una amenaza, los dioses sabrán por qué.
El la miró y asimiló la explicación de la chica.
—¿Cómo sabes todo eso?
—No lo sé, lo intuyo; es un bosque de dríadas, y las dríadas son extremadamente territoriales. Sé que vigilan el perímetro constantemente, y eso me hacía sentirme relativamente segura cuando pastoreaba a mis ovejas, de ahí que siempre estuviera muy cerca del bosque. Nunca me he encontrado con ninguna, pero seguro que ellas me conocen muy bien. Y también a ti, Kedair.

El elfo se quedó un momento pensativo. Ahora se sentía abochornado al recordar los besos de la otra tarde… con público. Ashari adivinó sus pensamientos por el visible rubor que cubría el rostro del drow, a pesar de su piel oscura, y no pudo evitar una burbujeante carcajada.
—No te dije el motivo de mi negativa —le explicó ella—, porque no quería que te sintieras intimidado por unas presencias que seguro buscarías constantemente. En nuestros encuentros te quise siempre sólo para mí, sin interferencias de ningún tipo.

La dríada regresó con otra que montaba a caballo. La mujer, más mayor que las guerreras que la flanqueaban, portaba una cesta de mimbre y bajó al suelo.
—Túmbate aquí, voy a curarte esa puñalada.
Ashari obedeció, ayudada por un solícito Kedair. La dríada observó la herida.
—No es grave, pero tendré que coserte. Voy a quitarte el vestido, me molesta para trabajar— dijo, mirando intencionadamente al drow, que se retiró unos metros y se sentó en el suelo de espaldas a las mujeres.

La curandera lavó previamente el corte con un líquido ambarino y luego lo cosió con verdadera profesionalidad, indiferente a los jadeos de la chica. Cuando terminó, le puso un empaste de una sustancia verdosa y la vendó. Luego le dio permiso para que se vistiera.

—Tienes que descansar. En un par de días deberás estar quieta o se soltarán los puntos.
—Gracias por tu ayuda, pero no podemos permanecer aquí —dijo Ashari.
—¿Es que no vuelves a la granja? —preguntó la dríada.
—Sabes mucho de mí.
—Sabemos mucho de ti, somos vecinas.
—No. No vuelvo a la granja.
La curandera la miró y luego observó al apuesto drow, aún sentado de espaldas a unos metros.
—Sorprendentemente, hacéis buena pareja. Sois realmente valientes, teniendo en cuenta todo lo que os espera.
—Y, según tú, ¿qué nos espera?
La dríada se sonrió, mientras recogía el material.
—No pienso estropearos la sorpresa.
Ashari hizo un gesto contrariado, pero no insistió.
—No podemos quedarnos aquí. Pueden venir más drow a por Kedair y seguro que mi padre me buscará.
—La matriarca ha previsto eso, por eso no ha accedido a acogeros en nuestro poblado. No quiere problemas con enemigos tan poderosos. Tampoco debéis atravesar el bosque, pues los drow podrían seguir vuestro rastro, pero podéis bordearlo. Toma este frasco, si el dolor se hace insoportable toma un trago —dijo, tendiéndole una botellita—. Llevaros también el caballo, os ayudará a llevar ventaja.
—Gracias.

Demanel se presentó ante la matrona después de haber atendido su herida. Era evidente que ésta estaba de muy mal humor. El drow le explicó lo ocurrido en la superficie temeroso de la reacción de su madre.

—No te culpes por la deserción de tu hermano. Es seguro que, al margen de la gravedad de los últimos hechos, Kedair no pensaba volver. Se ha llevado a Das´Ashea y varios objetos mágicos de la familia, objetos que exijo sean devueltos. No toleraré tener que prescindir de ellos, no podemos permitirnos ser más débiles, pues ya sabes lo que significa eso en Dematerra. Encuentra a ese traidor y recupera nuestro patrimonio. Si puedes, tráelo vivo: lo ofreceré en sacrificio.

Das´Ashea, el bien más preciado de la casa U´Shea, lo más parecido a la piedra filosofal con poderes de curación y regeneración, había sido robada… Qué estúpido, pensó Demanel mientras salía de la sala. Si no se la hubiera llevado, probablemente le hubieran dejado a su suerte, pero al llevarse la piedra siempre le perseguirían.

—Lo más irónico del caso —dijo la matrona Aalegan a su hija mayor, que permanecía de pie junto al trono de la madre—, es que, como varón ignorante que es, no tiene ni idea del potencial del artefacto que se ha llevado. Ha dejado el cofre, así que será fácil para una sacerdotisa seguir el rastro mágico. Ve con Demanel y guíalo.


Tan pronto perdieron de vista a las dríadas, Kedair sacó de su bolsa una piedra negra.
—¿Qué es esto? —preguntó Ashari.
—Esto te curará. No podía dejar que nadie lo viera.

El elfo oscuro desmontó y ayudó a la muchacha a bajar al suelo. Luego quitó el vendaje y el ungüento de la herida de la chica a través de la rotura del vestido, y pasó la piedra sobre ésta. Al momento, ella sintió un ligero cosquilleo y vio atónita cómo se cerraba y sanaba ante sus ojos.
—Vaya… es un objeto muy poderoso.
El elfo guardó la piedra y miró en derredor.
—Sigamos cabalgando. No tardarán en reorganizarse y estamos demasiado cerca.

La noche se les echaba encima a pasos agigantados, y puesto que llevaban bastante distancia recorrida gracias al caballo, el drow pensó en acampar.

—Deberíamos dormir —sugirió él.
—El caballo tendría que descansar, pero, ¿crees que es seguro? —dijo ella, temerosa.
—La noche puede encerrar también otros peligros y hemos de ser prudentes, a pesar de que el que dejamos atrás es sin duda más letal, pero no creo que nos den alcance tan pronto. Los rastros son del caballo, y ellos ignoran lo que es y para lo que sirve tanto como lo ignoraba yo. Tendríamos que dormir unas pocas horas y luego continuar, antes de que acabe la noche. Yo veo perfectamente en la oscuridad, pero el sol me molesta mucho y a ellos les pasará lo mismo. Con ayuda de la montura y de la luz del sol, les dejaremos definitivamente atrás.

Ella aceptó y buscaron un lugar entre los árboles. Kedair sacó entonces un objeto metálico con forma de concha y lo depositó en el suelo. Luego pronunció unas complicadas palabras en su idioma.
—¿Y eso? —preguntó la chica.
—Es un uwen. Esto impedirá que nadie nos vea. Cualquiera que mirara en muestra dirección, sólo vería bosque. Es un pequeño espacio de otro plano, que se superpone al nuestro.
—De todos modos, mejor que no encendamos fuego hoy. Cenaremos queso y pan… Espero que te guste —añadió Ashari divertida.

Cenaron en silencio y guardaron el alimento sobrante, luego extendieron unas mantas y se deslizaron entre ellas, vestidos, pero sin las capas ni las armas, aunque estas últimas descansaban al alcance de la mano. Ashari apoyó su cabeza en el hombro de Kedair, y éste pasó el brazo en torno a ella.

—Crees que vendrán a buscarte, ¿no? —le preguntó la chica.
—Sí, estoy seguro.
—¿Tienes miedo?
—No. Sólo lo tendría si nos capturaran. No sabes hasta qué extremos son capaces de llegar cuando se trata de vengarse. Pero yo soy también drow, con sus mismas capacidades. No dejaré que nos cojan.
Ashari se incorporó un poco y enterró sus dedos en la espesa cabellera blanca del drow.
—Si tú no tienes miedo, yo tampoco —le dijo, y después depositó un suave beso en sus labios—. Me enorgullezco de que hayas tenido el coraje de dejar atrás una vida que no te gustaba.
—Por ti —añadió él—. Por muchos siglos que pasen, jamás olvidaré que gracias a ti encontré el coraje de abandonar mi casa.
Ella lo miró sonriendo, pero la sonrisa se evaporó de sus labios poco a poco.
—¿Siglos?
—Sí, los siglos que tenemos por delante —le dijo él besándole la mano.
A Ashari se le congeló algo en su interior y lo miró preocupada. Ni se le había ocurrido… No había pensado que, como los elfos, su vida era muy larga.
—Estás hablando en serio, no metafóricamente…
—Ahá —afirmó él.
—¿Cuántos años tienes? —quiso saber ella.
—Cincuenta. ¿Y tú?
—Diecinueve. Y tú aparentas pocos más años que yo… ¿Cuál es tu expectativa de vida?
—Seis, siete siglos…
Ella se frotó la cara con ambas manos y luego le miró a los ojos, muy triste.
—No sabía que los drow teníais una vida tan larga… Kedair, mi expectativa es de unos setenta años, como mucho… Envejeceré mientras tú seguirás siendo joven…
Él ya lo sabía, y se le escapó una media sonrisa de triunfo. Ella frunció el ceño al observar su semblante.
—Por eso he traído la piedra negra Das´Ashea. Yo sabía lo corta que es la vida de los humanos, así que la robé a mi familia. Para ti, para que tu vida se alargue tanto como la mía, si tú así lo quieres… pero el precio que pagaremos será el ser perseguidos por mi gente, probablemente siempre.
—Kedair… si la piedra es el motivo de que te persigan, ¿por qué no la devuelves? —le preguntó en un susurro, asustada por la revelación de que nunca dejaría de cernirse sobre ellos esa amenaza.
Durante un momento, no pudo evitar imaginar la vida sin ella, después de que hubiera dejado de existir, y ese pensamiento fue como un golpe físico para él. Sintió desesperación y un enorme vacío. No lo permitiría. La abrazó fuerte para ahuyentar esas sensaciones.
—Porque eso sería renunciar a ti.
—Te amo, Kedair —le dijo ella conmovida, enredando sus dedos de nuevo en la espesa melena blanca del drow.
—Te amo, Ashari.

  Se besaron de nuevo, cada vez con más urgencia; Kedair se dominó con esfuerzo, se obligó a ralentizar su fervor para no asustar a la chica, se asombró por sentir ese frenesí tan impropio de un amante experimentado como era él. En Dematerra no sabían lo que era el amor, pero sí la lujuria; las mujeres drow enseñaban a los jóvenes varones a ser habilidosos en proporcionarles placer, para después usarlos cuando les venía en gana. ¡Qué diferente era esto! Con Ashari era algo nuevo, hermoso, profundo. Temblaba, ambos temblaban, de impaciencia, de agitación, de amor, de placer. Y se entregaron mirándose a los ojos, entre jadeos y besos, con un suave balanceo; después, cuando todo terminó, se sintieron completos y durmieron abrazados. No se dieron cuenta que a su alrededor todas las flores se habían abierto, a pesar de ser noche cerrada.

Cinco elfos oscuros, guerreros de élite, un maestro de armas y una sacerdotisa drow salieron de la cueva con sigilo. La noche era su aliada, pues, a diferencia de las dríadas, ellos veían perfectamente en la oscuridad. Gracias a su visión infrarroja, descubrieron a las cuatro vigías apostadas en los árboles antes de que ellas los detectaran. El calor de sus cuerpos las delató, pues eran como faros rojos en medio de la oscuridad.

Mataron a todas menos a una con intención de interrogarla; la desdichada dríada les reveló todo cuanto sabía atormentada por el dolor que la sacerdotisa, experta en torturas, le infringió antes de acabar con ella.
—Deberíamos conseguir monturas —dijo Demanel—. Nos sacarán mucha ventaja si nosotros les seguimos a pie.
—Conseguidlas — ordenó la sacerdotisa—. Las dríadas deben tener: introduciros en su campamento y robadlas. Yo os diré dónde está.
La sacerdotisa puso su mano sobre la frente de la mujer moribunda y empezó a pronunciar unas palabras mágicas, a su término sabía dónde estaba exactamente el poblado de las dríadas.

El bosque se extendía por encima de unas montañas. Si las bordeaban, retrasarían su marcha demasiado, pues éstas les cerraban el paso obligándoles a virar hacia el oeste. Decidieron buscar un camino que las atravesara. Hacia el mediodía, Kedair detuvo el caballo y ambos desmontaron; Ashari señaló un conejo que corrió al verles y mientras él sacaba la pequeña ballesta y corría en pos del animalillo, ella se afanó en recoger algo de leña y encender un pequeño fuego. Al poco el elfo oscuro volvió con dos conejos, que ella preparó y aderezó para asarlos: era la primera vez que Kedair probaba esa carne, y le gustó el nuevo sabor.

Apagaron la fogata no bien hubieron terminado de guisar, y después de comer el drow colocó de nuevo el uwen en el suelo para poder dormir relativamente tranquilos las horas de más luz, pues ésta provocaba incluso dolor a sus sensibles ojos poco acostumbrados al sol de mediodía. Ahora, además, estaban en un camino, y preferían viajar de noche para evitar encontrarse con nadie. Por si acaso.

El bosque era muy frondoso y húmedo, casi parecía de noche, aunque quedaba al menos una hora de luz. Los cascos del caballo apenas se oían en el camino, casi borrado por el musgo. Ashari descansaba la cabeza contra la espalda del drow y rodeaba su cintura con ambos brazos. Dormitaba en tanto que el elfo, capucha calada por si acaso, vigilaba el camino mientras guiaba la montura.

—¿Tienes idea de dónde estamos? —le preguntó Kedair.
—No —dijo ella con voz somnolienta susurrándole en la oreja a través de la tela, pues en caso de que hubiera oculto algún centinela de oído fino, quería evitar que entendiera una palabra—. Nunca he salido de viaje, lo poco que sé es de historias que se cuentan en las ferias. Pero probablemente este bosque tenga habitantes, como la mayoría. El peligro es qué lo habita, si son elfos u orcos, enanos, gigantes… Aunque en nuestro caso todo es una amenaza. La única esperanza es que, si no hay criaturas malignas, nos tomen por dos viajeros humanos. Voy a descubrirme, así al verme darán por sentado que eres un hombre.
—Buena idea —aprobó él sonriendo bajo la capucha ante la lógica de Ashari. Un drow y una humana, se dijo, era algo tan descabellado que sin duda sí le tomarían por humano. Descabellado… Qué sabía el mundo. Al infierno el mundo.

Ashari así lo hizo, y luego se volvió a acurrucar contra el elfo oscuro. A Kedair le confortaba sentir los brazos de la chica rodear su talle, así como su peso en la espalda. Dejándose arrastrar por una oleada de ternura, se sacó el guante izquierdo, después acarició el antebrazo de la muchacha y tomó su mano.

Cayó la noche y Kedair cambió su visión al espectro infrarrojo. Desmontó, a pesar de las protestas de ella, y comenzó a guiar al caballo a pie, lanzando miradas de soslayo a su alrededor con todo el disimulo que fue capaz. Entonces los vio: elfos del bosque, en los árboles y en el suelo, escondidos y observándoles. Sin duda los habían engañado de momento, pero probablemente si no acampaban levantarían sospechas, pues los humanos no ven en la oscuridad y ese bosque, aunque hubiera luna, era muy oscuro. Si acampaban no podría quitarse la capucha ni para dormir, si no quería delatar su condición, y eso les inquietaría y probablemente irrumpieran para investigar, dada la naturaleza prudente y desconfiada de los elfos. Tampoco podía usar el uwen sin alertarlos, pues eran buenos conocedores de las artes mágicas y manufacturas drow. Todo apuntaba a que, tarde o temprano, serían interceptados. Su mayor preocupación era que Ashari corriera peligro, por eso decidió seguir, pues tampoco podía ignorar que era probablemente perseguido por una patrulla drow con los mejores guerreros de la casa U´Shea, y hasta quizá les acompañara una o dos sacerdotisas. Temía más a los de su propia sangre que a cualquier otro peligro. Si tenían suerte, nadie les molestaría.

Supo que iban a ser detenidos cuando distinguió varias sombras colocándose estratégicamente en ambos flancos. No se sorprendió cuando dos elfos se plantaron a tres metros de ellos en medio del camino, cortándoles el paso, cada uno espada en mano. Vio también por el rabillo del ojo que por lo menos cuatro más les apuntaban con flechas.
Kedair buscó infructuosamente una solución que no pasara por un enfrentamiento armado, pues con los arqueros apuntándoles no había posibilidad alguna. No tenían escapatoria.

Se detuvo, y al hacerlo también el caballo, el drow escuchó un leve jadeo de Ashari, que, aunque no era capaz de ver nada, sí intuyó el peligro. Esperó que los elfos hablaran.
—Este es el bosque de Tael Hassa, viajero, que guarda la ciudad élfica del mismo nombre. El camino que lo atraviesa tanto como sus usuarios son escrupulosamente vigilados por mutua seguridad, pues aquí no has de hallar ni orcos ni ninguna criatura de naturaleza maligna —dijo con arrogancia uno de los elfos, un guerrero de porte distinguido. El segundo, a su lado, encendió una antorcha—. A nosotros corresponde decidir quién pasa y quién no. Si eres amigo de la nación, nada has de temer. Dinos tu nombre, descubre tu rostro, y podrás continuar.
—Soy Kedair U´Shea, y a pesar de lo que puedas pensar, no represento una amenaza para los tuyos.
— …U´Shea… Eso parece… ¡Descubre tu rostro, extranjero! —gritó el elfo levantando la espada en un ademán amenazador, de repente muy nervioso al atisbar dos puntos rojizos en la oscuridad de la capucha.

La capucha se deslizó flácida hacia su espalda, obediente, revelando los rasgos raciales de Kedair, esto es, sus cabellos blancos y su piel de ébano.
—¡Un drow! —exclamaron varias voces incrédulas a la vez. Los arcos se tensaron y las espadas se levantaron peligrosamente.

Sirviéndose de la parálisis que la sorpresa había causado en la compañía de elfos, Ashari desmontó rápida como el viento y se colocó ante Kedair, escudándolo.
—¡Dejadle en paz! —gritó como una fiera—. ¡No os ha hecho nada!

Los elfos miraron a la muchacha con incredulidad. Nunca hubieran esperado que lo defendiera, habían asumido subconscientemente que se trataba de una captura del drow. Kedair intentó sacarla de delante, pero ella se pegó a su cuerpo, se agarró a sus ropas como una lapa y no se lo permitió.
—¿Viajas con él? —le preguntó el elfo alzando las cejas, suspicaz—, y ¿cuál es el nombre de tan arrojada, o quizá debería decir temeraria joven?
—No veo en qué puede incumbiros cómo me llamo —espetó con desagrado ante las pullas del petulante elfo—. Es seguro que no me conocéis.
—Tu nombre, mujer —le exigió el segundo, con cara de pocos amigos.
—Soy Ashari Nalpahal, del pueblo de Rinnia, amiga de las dríadas de Gollema y compañera de Kedair U´Shea, elfo —respondió ella con altivez.
—Nalpahal… Una vez conocí a un tal Néstor Nalpahal, ¿es familia tuya, quizá? —preguntó perplejo.
—Es mi padre, en efecto —afirmó la joven, turbada. Conocían a su padre, pero ¿eso era bueno o malo?

El elfo de porte elegante la miró de un modo muy extraño durante mucho tiempo, mientras que los arqueros bajaron los arcos y ya no les amenazaron; el segundo elfo también la miraba, estupefacto. Por fin, el primer elfo consiguió despegar los labios.

—Frecuentas malas compañías, sobrina.
—Qué sabrás tú, elfo pomposo y presuntuoso —estalló Ashari, furiosa. Luego reparó en el tratamiento que le había dado—. Y ¿qué es eso de “sobrina”? ¿Me has llamado sobrina a mí?
— Ashari Nalpahal, hija de Shirael Nazza´a, soy Zuol Nazza´a, tu tío y hermano de tu madre.

Ashari y Kedair se miraron el uno al otro con ojos como platos, perplejos. La chica miró de nuevo al elfo, que acababa de enfundar la espada.
—¿Mi madre era elfa?
—Sí.
—Pero no puede ser… Entonces yo sería medio elfa, y mírame, no tengo ningún rasgo… Además, mi padre nunca me dijo…
—Sí, ya supongo que tu padre no te lo dijo —la interrumpió Zuol—. Y, por lo que veo, ha tenido la suerte de que son pocos los rasgos élficos en tu persona, pero créeme, están ahí.
—¿Dónde? —insistió Ashari, todavía incrédula.
Zuol la miró un instante y luego soltó una carcajada.
—Eres tan obstinada como tu madre… Tus ojos. Tus ojos tienen más de elfo que de humano —Zuol tendió una mano a Ashari—. Ven con nosotros, ven a conocer a la familia que te ha sido negada. Creo que tenemos mucho de qué hablar.
—Sólo si él viene conmigo —advirtió ella.
Estaba claro que esa condición no agradaba en absoluto a su tío.
—Espero que no hayas heredado el mal ojo de tu madre a la hora de elegir a quién entregar tu corazón —dijo mirando con hostilidad al drow—. Está bien, puede venir. Pero hasta que lleguemos a la ciudad, irá con los ojos vendados.

Ashari iba a protestar, pero Kedair le hizo un gesto y la detuvo. No le importaba la medida, si así podía ir con ella. Cuando le hubieron cubierto los ojos, partieron hacia Tael Hassa.




3



Nunca había estado en una habitación así. No era la enorme cama con dosel en la que había dormido como una reina, ni el rico mobiliario que la complementaba, ni las cortinas de telas estampadas; ni siquiera la bañera de agua caliente de la que acababa de salir lo que más había impresionado a Ashari. Eran los afeites, perfumes, cepillos y peines de plata, o sea, todo lo que descansaba sobre el elegante tocador frente al que estaba sentada. El espejo le devolvía el reflejo de una jovencita adorable envuelta en una toalla con el pelo goteando sobre sus hombros, ella, mientras curioseaba los llamativos frascos de cremas y esencias que poblaban la superficie de alabastro. Tan concentrada estaba en sus pesquisas que se sobresaltó cuando percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Su tía Witael traía en su brazo una sencilla túnica limpia de color blanco para ella. Como una niña pillada en una travesura, se apresuró a colocar el tapón en el frasco de perfume y casi lo derramó. La elfa reprimió una sonrisa mientras dejaba la ropa sobre la cama y luego se acercó a ella.

—Esencia del Paraíso. Demasiado fuerte para alguien tan joven. Yo te recomiendo la Esencia Verde: unas gotas bastarán —dijo destapando una botellita y ofreciéndosela.
Ashari olió el frasco y sonrió aprobadora. Luego Witael le aplicó unos toques en el cuello, bajo las orejas, valiéndose del tapón de cristal.

—¿Dónde está Kedair? —preguntó la joven, ansiosa.
—Aseándose, como tú. Te reunirás con él en el desayuno. Ashari… ¿por qué un drow, querida? Estamos un poco preocupados por ti —le dijo Witael con voz cariñosa, pero directa al grano.
Ashari pasó a la defensiva automáticamente. Soltó un bufido y frunció el ceño.
—¿Es que sólo veis eso, un drow? ¿No vais a darnos ni siquiera una oportunidad ni a él ni a mí? —preguntó a su vez Ashari con amargura.

Witael sacó de un cajón ropa interior y la dejó sobre el tocador, mientras miraba de reojo las visibles cicatrices que la toalla no escondía del todo, entonces se agachó hasta quedar a la altura del rostro de su sobrina. La comprendía, entendía por lo que seguramente había pasado, pero no dejó que su expresión delatara la compasión que sintió hacia ella, su rostro irradiaba serenidad.
—Puede que tengas razón. Puede que sea diferente. O puede que no, sólo te pido que tengas cuidado. Realmente, cuando te miro no veo a una muchacha tonta, así que tendremos que confiar en tu buen criterio. De hecho, rompiendo una lanza en su favor, no sería el único en el que impera su herencia élfica suprimiendo su condición drow. A fin de cuentas, los drow y los elfos somos primos.
—¿Hay más, tía Witael? ¿Hay más que, como él, hayan dejado su mundo? —dijo Ashari con avidez.
—Sólo sé de uno. Se ha ganado una gran reputación por sus acciones a lo largo de los años, pero no le ha resultado nada fácil. Y ahora vístete, querida, nos esperan para desayunar.

Nunca había tenido un vestido como ése. Nunca sus pies calzaron nada tan cómodo, ni tan bello en su sencillez. Su cabello brillaba y olía a flores del bosque. Flotaba, más que caminar, hacia el salón de la casa de sus tíos, donde estaba servido el desayuno. Allí la esperaban todos, su corta familia al completo y Kedair, junto a quien deseaba estar. A los cuatro que vivían en la casa los conoció la noche anterior, sus tíos y dos elfos jóvenes, Semurel y Thair, los hijos de ambos. Hoy conocería a sus abuelos, Inmanir y Adenaer. Se sentía como una princesa… o sea, fuera de lugar. Agradecía el trato cariñoso que le dispensaban sus familiares, pues ella era una extraña para ellos tanto como ellos para Ashari, pero sentía desconfianza. Todos se reunieron aquella mañana en casa de Zuol para celebrar haberla recuperado.

Al entrar al salón, no le pasaron desapercibidas las expresiones de admiración que translucían los rostros de todos, en especial de Kedair, que le sonrió con complicidad. La belleza de la muchacha se veía realzada por la sencillez de sus ropas, una belleza que sin duda procedía de su herencia élfica. Un rubor cubrió sus mejillas mientras paseaba su mirada por los rostros de los presentes, hasta que llegó a la mujer de pelo negro. El corazón le dio un vuelco al reparar en las familiares líneas de su rostro. La elfa se puso en pie despacio y avanzó hacia ella, sosteniendo su mirada, con una mezcla de emoción y orgullo en el semblante. Sonreía mientras sus ojos se nublaban de lágrimas, cuando la abrazó sin pedir permiso. Era su abuela. Su madre debió parecerse mucho a ella, y Ashari a su vez a su madre, pues la muchacha era una réplica joven de la mujer, a pesar de las diferencias raciales. Su abuelo la besó en la frente y acarició con ternura su rostro, y luego la ayudó a sentarse. Ninguno de los tres pudo decir una palabra, tan conmovidos estaban.

Casi no probó bocado. Sentía emociones encontradas, muy fuertes. Por un lado, le reconfortaba saber que no estaba sola, pero por otro le disgustaba que no se hubieran preocupado de ella todos esos años de dolor y pobreza. Pero no dijo nada.

Kedair apretaba la mano de Ashari por debajo de la mesa mientras su tío Zuol y sus abuelos explicaban la historia de su madre, esa desconocida a la que veneró desde que le faltara, ya que, aunque no la recordaba, cuando evocaba los tiempos tempranos de su niñez en que aún vivía, las fugaces sensaciones que despertaba en ella su tenue recuerdo eran de seguridad y un amor que nunca conoció con su padre. Escuchó la historia de lo acaecido antes y después de la muerte de Shirael, escuchó que la advirtieron del alma negra del hombre, de cómo la relación acabó haciendo infeliz a su madre, de cómo él decidió que su familia élfica desapareciera al morir ella. Le explicaron que montó en cólera cuando ellos le propusieron quedarse a Ashari y educarla, que les echó de malas maneras y les prohibió siquiera visitarla. Néstor Nalpahal no fue aceptado cuando desposó a Shirael, y ahora que ya no estaba, Néstor se vengaba de su familia política utilizando a su hija, a la que también odiaba por su herencia élfica. Ahora Ashari sabía la razón de su comportamiento, aunque no lo entendiera. No era un consuelo el saberlo, al contrario, ponía de manifiesto la clase de persona que era aquél a quien llamaba padre: la infelicidad que había soportado había tenido alternativa. Ahora que sabía esto, nunca le perdonaría.

Se sintió mal, pero aguantó el tipo. Sin soltar la mano de Kedair, blanca como el papel, agradeció a su familia tanto el haberla puesto al corriente como su hospitalidad para con ellos. Ashari no les contó nada de su pasado ni bueno porque no lo había, ni malo. No quería echar más leña al fuego, ni quería su compasión. Después, sus abuelos le pidieron que se quedaran en Tael Hassa.
—No podemos quedarnos, abuelo Inmanir. Hemos de irnos esta misma noche, a más tardar.
—¿A dónde tenéis pensado ir? —preguntó su tío.
—A Luna Plateada.
—Por supuesto. Es una elección acertada, puesto que hasta aquí llegan las noticias del buen gobierno de la Dama Alustriel, elfa de noble cuna —asintió, como si hubiera sabido de antemano la respuesta—. Es un largo camino el que os espera. ¿Tenéis planeada una ruta? No son pocos los peligros de la senda, y a menudo tendréis que desviaros para evitar lugares poco aconsejables a los guerreros, cuanto más a una pareja. Pantanos de trolls, colinas de orcos… Voy a por un mapa.

Los cuatro varones de la familia, además de Ashari y Kedair, rodearon el mapa que descansaba en la gran mesa, y contribuyeron a trazar una ruta óptima que minimizara los peligros. Les explicaron los caminos y las direcciones, les advirtieron de las zonas a evitar y el porqué, y les regalaron el plano.
—No veo a qué tanta prisa por marcharos —le dijo Zuol a su sobrina—. Acabas de llegar.
Kedair y Ashari se miraron a los ojos, y sin necesidad de palabras decidieron contarlo casi todo.
—Creemos que nos persigue un comando drow —dijo ella.
—Son muy peligrosos, habréis de advertir a vuestros vigías. No creo que tarden en aparecer siguiendo nuestra pista— añadió él.
Los elfos guardaron silencio unos momentos, asimilando la información.
—Thair, corre al Consejo y avísales, que tomen medidas. Ashari, aquí estaríais a salvo, ¿por qué ese afán por huir? —preguntó Inmanir.
—Kedair es, a efectos prácticos, mi esposo —afirmó, mirando al drow con cariño—. Nunca renunciaré a él, eso es incuestionable. Me preocupa su bienestar. Los dos somos diferentes a vosotros, en esta ciudad hay demasiada homogeneidad, aquí seríamos el drow y la medioelfa, creo que no acabaríamos de ser aceptados, y me temo que sobretodo él.
—No veo por qué no —se mostró en desacuerdo Zuol.
—¿No? Pues yo lo que veo es, sin ánimo de ofender, que procuráis dirigíos a él lo mínimo indispensable. No os interesa conocerle. Dais por sentado que me equivoco, como se equivocó mi madre.
—Pues hacednos cambiar de opinión. Quédate y demuestra nuestro error.
Ella miró a Kedair y el drow evitó su mirada. Estaba muy incómodo.
—Ya sé que en todas partes tendremos problemas al principio, pero ¿qué mejor que una sociedad multirracial para ser aceptados? Quiero intentarlo. Si no funciona, puede que tomemos tu palabra y volvamos, si la oferta sigue en pie.
—Bueno, si no hay forma de disuadiros… Dejad por lo menos que os escolten un par de los nuestros. Es una ruta muy peligrosa. Semurel y Antharid son extraordinarios guerreros, y ambos desean aventuras, se aburren en tiempos de paz —propuso Zuol—. Prepararemos víveres y equipo, y caballos para todos.
—Nos quedaríamos un poco más tranquilos si aceptáis…—añadió Inmanir, mirando con ojos suplicantes a Kedair.
—Es muy generoso. Gracias, aceptamos, sería una insensatez no hacerlo —accedió el drow.

El elfo oscuro salió de la habitación, preparado para la partida. Saludó inclinando la cabeza a la tía de Ashari, con la que se cruzó.
—Kedair…
—¿Si, dama Witael?
—Ven, acércate, quiero tener unas palabras contigo. Kedair, ¿has visto las cicatrices que surcan la espalda de mi sobrina?
—Las he visto.
—¿Te das cuenta de la carencia de afecto que arrastra? ¿Te das cuenta de que no ha tenido nadie más donde escoger?
Kedair endureció el rostro y frunció el ceño, disgustado.
—Sí, soy consciente, pero eso no cambia nada.
—Lleva nuestra sangre… Es nuestro deber protegerla de todo mal, aunque sea a partir de ahora.
—Ése deber es lo único que tenemos en común, mi señora. Ah, Dama Witael…
—¿Si?
—Consentí la escolta preocupado por la seguridad de Ashari, pasando por alto el verdadero motivo de vuestro interés. Pero ella no es ninguna ilusa. Que no se dé cuenta de que en realidad me vigiláis a mí.
Witael no contestó. Se dio la vuelta y se alejó, dejando una estela de perfume.

Los cuatro caballos y un quinto que cargaba con los víveres y diverso equipo esperaban a sus jinetes, que se despedían de sus familiares. Ashari, ahora vestida con unas cómodas polainas, levita, botas altas y una acogedora capa élfica para el viaje, besó a su nueva familia y prometió noticias. Kedair agradeció la hospitalidad y se despidió con la media reverencia a la manera de los drow. Semurel abrazó a sus padres y abuelos, y agarró el antebrazo de su hermano Thair, que hizo lo propio, en un gesto de camaradería. Antharid, la elfa guerrera amiga de la familia, subió la primera al caballo sin decir nada a nadie. Cuando todos hubieron montado, hizo un gesto con la cabeza como despedida. Era de pocas palabras.

La sacerdotisa drow lo vio todo. Despertó del trance tan bruscamente como si nunca se hubiera sumido en él. Los seis guerreros, sentados a su alrededor, la miraron con ansiedad.
[Imagen: 14doy76.jpg]
—No entraremos en el bosque de los elfos de la superficie, sería un suicidio —decidió—. Rodearemos su territorio y seguiremos hacia el norte. Nuestro hermano ha vuelto al camino, no permanecerá en la ciudad como temíamos, pero dos guerreros le acompañan ahora además de la humana…
—Nosotros somos seis, más tu magia, Bethkalu. No tenemos nada que temer —sentenció Demanel.
—Sí —reconoció ella—, pero no hemos de subestimarles. Esperabais dos donde ahora hay cuatro, un error así podría costarnos la misión.
—Nos sacarán una gran ventaja… ¿Qué ordenas al respecto? —preguntó el maestro de armas.
—Es hora de recurrir a antiguas alianzas… Deja eso de mi cuenta.
—Gracias, hermana. En marcha, rodearemos el perímetro hacia el oeste.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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