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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 2 - Saber Quién Eres
#1
CAPITULO 2
SABER QUIÉN ERES
1


Kedair cabalgaba junto a Ashari tras los elfos. Echaba de menos el peso del cuerpo de la muchacha en su espalda. Echaba de menos la intimidad de la que tan poco tiempo habían disfrutado, pero anteponía la seguridad de su amada. Semurel y Antharid conversaban en élfico, idioma que ellos no entendían, y de vez en cuando se levantaban sobre los estribos atisbando en todas direcciones, asegurándose de que estaban solos. Habían dejado ya atrás los territorios guardados por sus congéneres. Antharid se giró en la silla hacia ellos y dijo algo en élfico, que Semurel se afanó en traducirles.

—Vamos a buscar un lugar para pasar la noche, no muy cerca del camino. Esperadnos aquí.
Ambos desmontaron y le entregaron las riendas a Kedair, y luego se internaron en la espesura.
—No me gusta esa elfa —le comentó Ashari no bien desaparecieron—. Estoy segura de que entiende a la perfección el común, pero es tan orgullosa que se niega a hablarlo.
—Démosle tiempo.
—No estoy segura de que hayamos hecho bien en aceptar su compañía. Hay una especie de barrera entre ellos y nosotros, lo noto… y no me gusta.
—Sí, yo también lo he notado. Pero no te preocupes, sospecho que el tiempo y el camino llegarán a hacernos camaradas. En realidad, somos desconocidos. 
—Más nos vale, pues si algo nos sobra es tiempo y camino.

Cinco minutos después, los dos elfos aparecieron y tomaron las riendas de sus caballos.

—Hay un pequeño claro detrás de esos árboles. Es un buen lugar para acampar —dijo Semurel.

Bajaron de sus monturas y siguieron a los guerreros a través del espeso follaje, hasta llegar al lugar. Inmediatamente Antharid tomó su arco y su carcaj y desapareció de nuevo, mientras Kedair ataba a los corceles y les ofrecía grano. Ashari fue a buscar leña y Semurel salió en busca de agua. Antes de cenar, la pareja practicó un rato con las espadas.
Cenaron en silencio. La fogata crepitaba y alejaba la noche del pequeño campamento, proyectaba sombras siniestras a su alrededor. Había tensión en el ambiente. Los dos elfos mascullaron un “buenas noches” y se metieron entre las mantas, al otro lado del fuego.
—Saca el uwen, Kedair, te lo ruego —le pidió Ashari.
—¿Crees que sería correcto?
—No me importa si está bien o no, necesitamos un mínimo de intimidad, más aún tal como están las cosas.

Kedair sacó, pues, el uwen y ambos se instalaron en el espacio que éste creaba. El humor de la muchacha mejoró al sentir el abrazo del drow entre las mantas.

Cuando despertó, ya amanecía. Miró el perfil del elfo oscuro, aún dormido, y agradeció a los dioses su suerte por haberlos reunido. Tocó con suavidad el cabello blanco como la nieve. Le encantaba enredar sus dedos en él, pero ahora no lo hizo, no quería despertarle. Se vistió en silencio y salió al exterior, los otros dos también dormían, y cogió un lienzo. Se encaminó al arroyuelo a lavarse un poco.
El agua estaba muy fría, pero le dio igual. Lavó su cuerpo y sus cabellos, se secó con el paño y se vistió de nuevo. Luego se quedó un rato allí, de rodillas, viendo despertar el bosque a través de la bruma. Cerró los ojos, relajada, y una gran paz se adueñó de ella. Cedió a esa paz y sintió volar libre su espíritu; nunca había experimentado nada parecido, pero le gustó y se dejó llevar. Al poco advirtió una entidad que contactaba con ella. Sintió curiosidad y permitió el contacto. Al momento percibió malignidad, una maldad dirigida hacia ella que la asustó, y entonces la vio con claridad. Era una mujer de aspecto parecido a Kedair, una mujer drow.

Estaba arrodillada, como ella, y murmuraba unas palabras incomprensibles. Seis varones drow la rodeaban, y Ashari reconoció a Demanel entre ellos. La mujer abrió los ojos y los fijó en los suyos, clavándole la mirada. Ashari sintió un miedo intenso ante el odio que irradiaban esos ojos, odio y una promesa de muerte. Quería romper el contacto, pero no podía, por más que se esforzara. Estaba atrapada. Oyó en su cabeza la voz de la drow.
“A cuál de los dos mataremos antes… Creo que será gratificante ver la expresión de Kedair cuando te torturemos hasta la muerte, antes de sacrificarle a él”

Ashari se reveló, luchó por escapar, aterrorizada. Percibió otra presencia. Alguien tiraba de ella y la calmaba. Alguien la arrancó del poder de la drow, y con un sobresalto abrió los ojos, estaba de nuevo en el bosque. Tardó unos segundos en identificar la figura blanca que tenía delante, y asustada gritó y se lanzó hacia atrás. Entonces se dio cuenta: era un unicornio. Imposible, se dijo, estoy sin duda soñando. Estiró el brazo hacia el animal, y éste, lejos de asustarse, avanzó y olisqueó su mano, después se dejó acariciar. Ashari estaba tan fascinada que se olvidó del terror que acababa de experimentar.

—¿Has sido tú quien me ha ayudado? —le preguntó, sin esperar respuesta alguna.


El unicornio la miró con sus profundos ojos negros, inteligentes.
“Guárdate de la maldad, aental´ne”
[Imagen: 1zl7n7o.jpg]
Ashari retiró su mano apresuradamente, sorprendida no sólo de que un animal le hubiera hablado, sino de que lo hubiera hecho directamente dentro de su cabeza.
El unicornio sacudió la testa, se volvió con una cabriola y galopó hacia la espesura del bosque. Mientras admiraba boquiabierta la gracia y belleza del animal, Semurel apareció y se agachó a su lado, maravillado.
—¡Un unicornio!
El animal se detuvo un instante y miró a Ashari.
“Aún no estás preparada, aental´ne. Volveré cuando lo estés”, le oyó ella en su mente.
Una palabra escapó de sus labios, sin saber de dónde la había sacado.
—Vernelot…
“Me recuerdas… Mi aental´ne… Guárdate, guárdate del mal, pues aún no estás preparada. Pero no te olvido, volveré”
Luego desapareció en el bosque.
—¿Te ha hablado? —le preguntó Semurel más sorprendido aún.
—Ayúdame a levantarme —le pidió ella—. Tengo que contaros algo.

Cuando terminó el relato, Kedair quebró el palito con el que jugueteaba. Estaba muy serio, preocupado.
—Es una de mis hermanas, seguramente Bethkalu. Es la mano derecha de mi madre, además de la más capacitada de sus sacerdotisas. Cinco guerreros de élite y Demanel, maestro de armas de mi casa. No está mal.
—¿Cómo estableciste contacto? —preguntó Semurel.
—No lo sé. Sólo me dejé llevar.

Semurel y Antharid se miraron. Ashari no supo interpretar esa mirada.

—¿Y dices que el unicornio acudió en tu ayuda? —preguntó de nuevo.
—Sí. ¿Qué quiere decir aental´ne?
—¿El unicornio te llamó aental´ne? —saltó Antharid, sorprendiéndoles a todos.
—Así que por fin has decidido hablar común… ¿Ahora sí somos dignos siquiera de esa pequeña atención? Pues mira, Majestad Antharid, sepas que como vuelvas a hablar en élfico para dirigirte a nosotros, te mando por donde has venido —afirmó ella muy enfadada. Kedair reprimió una sonrisa.
—Entonces habló contigo. Te dijo su nombre. Te llamó aental´ne —resumió Semurel, intentando distraer a ambas contendientes que se miraban la una a la otra con antipatía.
—No me dijo su nombre… de algún modo yo lo sabía. Y sí, me llamó aental´ne por tres veces.

Los dos elfos volvieron a mirarse.

—¿Qué es un unicornio? —preguntó Kedair.
—Es un animal mágico, extraordinario, y muy raro de ver. Sus poderes son enormes. Y pueden cambiar de plano cuando quieren. Mira, no sabemos mucho de unicornios, pero hay alguien que podría ayudarte a despejar, cuanto menos, parte de tus dudas.
—¿Quién, Semurel? —preguntó Ashari.
—Un mago erudito, un elfo que vive en el bosque a pocas millas de aquí.
—Propongo que vayamos a verle —opinó Kedair—. Hay demasiadas incógnitas como para ignorarlas.
—Guíanos hasta el mago, Semurel —le pidió la muchacha.


2

El mago vivía en una cueva. Ni Kedair ni los elfos tenían problema en adentrarse en la oscuridad, pues sus ojos estaban preparados para ver en las tinieblas, pero Ashari tropezaba a cada momento y hubiera caído más de una vez si el drow no la hubiera llevado cogida de la cintura. En un momento dado, se detuvieron.
—¡Galai, aen´das qalared ear, nie Antharid!

Sólo el silencio respondió a Antharid.

—¡Aen´das, aen´das, nalared, Galaiiiiiiiiiiiiiiiii! —gritó Antharid con malas pulgas.
—Enseal  aen etten´so? —preguntó una voz.
—Antharid, Semurel elead saed´nel, elead drow.
—Drow?
—Ain.
—Drow enatil aael ian´se —dijo el mago con voz gélida.

Silencio. Ashari no pudo evitar mascullar una maldición terrible, una de las peores que le había oído a su padre y que nunca hasta ahora había osado repetir, pues sólo había entendido de toda la conversación la palabra drow, y ya estaba harta. Sintió el sabor de la bilis en su boca, y su cuerpo empezó a temblar de rabia. El mago no les recibiría, no a un drow. Otro elfo pomposo y lleno de prejuicios. Advirtió que Kedair se tambaleaba. Oyó gritos.
—Attalea ash´el, attalea ash´el!! —gritó el mago desde la oscuridad.
—Enatil esheale  aasifel! —gimió Semurel—. ¡No habla élfico!
—¡Basta, hechicera, basta! —dijo el mago dirigiéndose a Ashari en perfecto común.

Entonces cayó en la cuenta de que no sólo ella temblaba, sino que toda la cueva lo hacía. El mismo estupor la calmó de golpe, y la cueva dejó de sacudirse. El mago conjuró una luz, que, a pesar de ser tenue, hirió sus ojos después de la más absoluta oscuridad.
—Galai, necesitamos consultarte. Tú mismo acabas de ver —le rogó Semurel, asustado.
El mago se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la cueva.
—Seguidme —dijo al cabo.

Mientras Ashari le explicaba, el mago llenó su pipa de tabaco en un ritual repetido a lo largo de los años y la encendió. El humo olía bien, las densas volutas ascendían hacia el techo de la cueva despacio, cambiando de forma constantemente.

El mago era viejo hasta para los elfos. No tenía aspecto de mago, sino más bien de druida. Vestía una sencilla túnica de arpillera y unas sandalias. Su cabello canoso caía descuidadamente sobre unos hombros huesudos, sus ojos de color miel escrutaban con intensidad sobre una faz barbada, surcada de profundas arrugas. No la interrumpió ni una sola vez. Después, tras un momento de silencio, cambió de posición el cuerpo.

[Imagen: 22ymma.jpg]

—Aental´ne… Hacía siglos que no se oía esa palabra. Me alegro de que vuelva a haber alguno, pues hace largo ya que los unicornios se desvincularon de nosotros.
—¿Qué significa? —preguntó Ashari, impaciente.
—Su traducción sería Jinete, pero no es sólo eso. Es un tratamiento que únicamente unos pocos desde que el mundo es mundo han ostentado. Significa que los unicornios te aceptan como una igual, que reconocen un vínculo de ellos hacia ti y de ti hacia ellos. Protección mutua. Destinos comunes, pues ellos son viajeros del tiempo y del espacio, ellos son Los Que Saben, los hijos de la diosa Mielikki. Aquel a quien conoces por su nombre verdadero es tu nexo, tu montura, tu protector. Tu destino.

Semurel y Antharid exclamaron extasiados, mirándola con admiración, pues los elfos desde siempre habían venerado a los unicornios.
—Puedes estar orgullosa, pues hace mucho que los unicornios rompieron su vínculo con los hechiceros elfos. Mucho, mucho tiempo…—añadió el mago.
—Yo no soy hechicera, Por los dioses, ni siquiera soy elfa…
—Que nadie te haya instruido no quiere decir que no seas una hechicera. Y corre sangre élfica por tus venas.
—Sí, eso me han dicho… Qué extraño… desde que salí de la granja me pasan cosas muy raras, pero antes yo jamás…
—La magia no suele ser espontánea. Para serlo, hacen falta dos cosas: debes tener magia cerca. Algo que facilite esas manifestaciones como la que hemos visto hace un momento. En esta cueva, la magia es muy fuerte; de ahí que, sin saber lo que hacías, casi la echaras abajo con tu rabieta.
—Has dicho dos cosas, ¿y la segunda?
—Dejar de ser virgen —respondió Galai en tono casual.
Tanto ella como Kedair enrojecieron hasta la raíz del cabello.
—Debes aprender los caminos para dominar ese don. Sin la disciplina, serás un peligro para los que te rodean y hasta para ti misma.

Ashari se levantó y comenzó a pasearse arriba y abajo, nerviosa.
—Sólo me has explicado la parte positiva. Cuéntame ahora lo malo. No se da nada por nada, no en este mundo… Y un don, cuanto más alto honor alcance, mayor es el sacrificio que se espera a cambio.
—No sabría decirte con certeza, pero tienes razón. Sospecho que no acabarás de ser del todo dueña de tu vida.
—Esto se está complicando por momentos. ¡Yo no quiero esto! Quiero empezar una nueva vida con Kedair en Luna Plateada, lo que ya de por sí será difícil, ¡Y no dejan de surgir problemas, al margen del maldito racismo! —gritó exasperada—. Aental´ne… No quiero ser Jinete, ni hechicera… No quiero compromisos, porque seguro que se espera algo de mí, ¡algo que no estoy dispuesta a dar!
—Pero Ashari, es un honor…—empezó a argumentar Semurel, sin entender el rechazo de su prima.
—¡No he pedido tal honor! —estalló la muchacha.
Los dos elfos jóvenes la miraban escandalizados, en tanto que Kedair parecía preocupado y el mago, que no dejaba de fumar, la miraba divertido.
—Toda mi vida he estado metida en esa maldita granja, temblando de miedo o pasando todas las aburridas tardes con las aburridas ovejas, y justo ahora, y no entonces, ahora que por fin soy feliz...
—Cálmate, o terminarás el trabajo que empezaste hace un rato —la cortó el mago—. Sé lo que te pasa. Sé que tienes miedo, que no entiendes todo esto, pero es lo que hay. Afróntalo, eres ya adulta. No sabes lo que te depara el destino, y debes prepararte, pues sea lo que sea lo que esté por devenir, acontecerá de igual modo. La diferencia radica en que estés preparada o que no lo estés, lo que te conducirá al desastre. Yo te ayudaré en lo que a formación se refiere.

Kedair se acercó a ella y acarició su rostro. Vio, efectivamente, la rebeldía y el miedo reflejado en sus ojos cuando le miró buscando en él su consejo.

—El mago tiene razón, Ashari. No debes ignorar tu destino, son demasiadas las señales. Pero no estarás sola en tu cometido, sea cual sea éste. Lo sabes, ¿verdad?
—Yo sólo quería una vida tranquila, contigo…—dijo abrumada.
Kedair tomó las manos de la muchacha entre las suyas. Estaban heladas.
—Y tendrás una vida conmigo a pesar de todo.
—Tengo miedo… Parece que a cada paso vamos sumando peligros, y el peligro es riesgo... ¿Y si te pierdo? ¿Y si el destino que me aguarda arrastra a quien me rodee a la muerte?

Él no supo qué contestarle. Ashari se giró súbitamente hacia el mago, soltó las manos de Kedair y se colocó frente al anciano.
—Si hablas de este modo, ¡es porque has visto algo! Dime, pues, ¿qué has visto de mi futuro?
—¡Condenada saed´nel! —gritó el anciano enfadado—. ¡No soy un oráculo! Yo no vaticino, sólo interpreto según tus explicaciones. Soy un mago.
—Pero no podemos quedarnos a que me instruyas. Los drow no están demasiado lejos —rebatió ella.
—¿Qué drow? —preguntó perplejo el mago.
—Los que nos persiguen... es una larga historia que no pienso contar ahora.
—¿Y tú te quejabas hace un momento de una vida aburrida? Vaya, vaya, veo que tendré que emplearme a fondo contigo, si quiero que sobrevivas... Os acompañaré. Te instruiré durante el viaje. Luego, una vez llegados a Luna Plateada, te dejaré bajo la tutela de la Dama Alustriel. Si llegamos, claro…
—¿Por qué dices eso? —preguntó Kedair.
—Me temo que no serán sólo elfos oscuros quienes vayan a acecharnos. La ruta a Luna Plateada pasa muy cerca de ciertos lugares habitados por criaturas tenebrosas, lugares en los que habita el mal. Temo que seremos como un faro, como un imán que habrá de atraerlas. Sé que portáis un elemento cuya magia es muy poderosa, lo percibí aún antes de que llegarais. Ellos también lo percibirán.

Ninguno de los dos dijo nada, pero sabían que el mago se refería a Das´Ashea.
—Dadme diez minutos. Recogeré algunas cosas y nos pondremos en camino.

El mago no callaba. Habló sin parar desde que montara el caballo que le cedió Ashari, mientras la chica le escuchaba agarrada a la cintura de Kedair. Teórica, fórmulas, hechizos sencillos, todo se sucedía una y otra vez, bebía un trago de agua y lo repetía todo desde el principio, hasta que los cuatro se lo aprendieron de memoria.  No le dio tregua en el rato que se detuvieron para comer, ni en toda la tarde, ni siquiera cuando pararon para acampar. Los elfos se escabulleron nada más atar los caballos, argumentando ir a por leña y agua, deseosos de darles paz a sus oídos, y Kedair se alejó para practicar con sus catanas, según él. Cuando los dos elfos regresaron, bastante más tarde, Antharid, extrañamente, llevaba la capucha puesta. Se afanaron en colocar las piedras que trajeron en un círculo, y dispusieron la leña en el centro.

—No encendáis el fuego, Ashari lo hará... con magia, claro. ¿Recuerdas la fórmula? —dijo el mago.
—Como para no recordarla —murmuró Semurel entre dientes—. Cualquiera de nosotros encendería el maldito fuego.

Ashari reprimió una sonrisa y se concentró. Antharid, de espaldas al mago, se agachó, colocó la yesca sin hacer caso y se afanó con el pedernal y el eslabón. Galai frunció el ceño y se acercó a ella con una cara que daba miedo. El anciano tiró de la capucha, con lo que quedó patente el motivo de la repentina sordera de la joven elfa: dos trozos de tela sobresalían de sus puntiagudas orejas. El hechicero tiró de los trapillos, destaponando los conductos auditivos.
—¡Idiota! —la insultó, echando suficientes chispas por los ojos como para incendiar el bosque entero—. ¡Si te molesta tanto mi verborrea, ya puedes volverte a Tael Hassa, pues todos los días han de ser así!

Luego se dio la vuelta y volvió junto a Ashari, dejando a la orgullosa guerrera avergonzada y turbada. Kedair sintió lástima y se acercó a ella para ayudarla a preparar la cena. Semurel lanzó una mirada de reproche al anciano.
—Venga, muchacha, apréstate a encenderlo —le dijo Galai a Ashari.
Ella respiró hondo y empezó a recitar el hechizo en voz alta, tal como quería el mago, para supervisar su aprendizaje. Cuando pronunciaba la última palabra, el mago gritó.
—¡Así nooooo, maldita sea!

Pero ya era demasiado tarde, ella terminó la palabra. El hechizo salió mal. Lo que había de ser una pequeña bola de fuego que debía proyectarse hasta a leña del suelo, fue en cambio un gran círculo que se expandió quemándole las manos. Todos corrieron hacia ella y apagaron las llamas de la ropa como pudieron.
—Traed mis ungüentos, rápido —ordenó el mago sujetando las manos de la chica, cuya piel llena de ampollas y en carne viva la hacían gritar de dolor.
—No —dijo el drow apartando al anciano—. Ashari, ven conmigo.
Ella le obedeció, y juntos se alejaron del campamento en dirección al bosque. Nadie se opuso, ni siquiera el mago, que miraba al elfo oscuro con suspicacia.
Cuando regresaron, la chica tenía las manos sanas, como si nada le hubiera pasado.
—Bueno —murmuró el anciano—, por lo menos ahora sé que el peligro que corremos merece la pena...
—Basta de lecciones por hoy —resolvió el drow.
—De eso nada —replicó el mago—. Va a encender ese fuego, y lo hará bien. Ven, pequeña, te diré en qué has fallado. Pronuncia bien y dosificarás esa increíble potencia.

Ashari se colocó de nuevo frente a la leña. La miró. Pensó en las palabras del conjuro, y cuando estuvo segura, lo pronunció impecablemente. De sus manos extendidas salió disparada una bolita de fuego que prendió al instante en el centro del círculo de piedras. Todos exhalaron un suspiro de alivio y la felicitaron, alegrándose de su éxito.

La cena de esa noche fue distendida, muy diferente de la noche anterior. Charlaron y bromearon, incluso el mago se mostró de buen humor, y para cuando se acostaron ya no existía barrera alguna entre ellos.

Al amanecer, después de asearse y tomar un frugal desayuno, el mago habló con todos.
—Durante el día de hoy dejaremos atrás el terreno seguro. Estad atentos y procurad pasar desapercibidos. No rodearemos el bosque maldito, pues eso alargaría el riesgo varios días.
—Atravesar Los Pozos de Elkitania...—apuntó Semurel—. Pero te llevamos a ti, Galai. Eso nos da ventaja.
—¡Y una mierda, nos da ventaja! —se le encaró el mago con su habitual mal humor—. Pocas lides has librado por estos parajes, si ésa es tu opinión. Ni siquiera nos detendremos, mientras no pongamos tierra de por medio con Los Pozos, atiende a lo que digo. Si queréis comer, lo haréis sobre los caballos, si queréis beber, lo mismo, ¡hasta mearéis desde los caballos! ¿Queda suficientemente claro?
—¿Por qué, Galai? ¿Qué es lo que habita en ese lugar? —preguntó Kedair.
El anciano le miró a los ojos, y el drow creyó ver un ligero estremecimiento en el mago.
—El Mal.

3

La diferencia entre el ambiente del bosque que dejaron atrás y el de Los Pozos de Elkitania era palpable, apreciable por todos los sentidos. Lo primero en percibirse era el hedor, luego el oído echaba de menos los alegres sonidos de un auténtico bosque, pues allí reinaba un silencio opresivo. Incluso los caballos relinchaban bajito, como si intuyeran la necesidad de no quebrantar la ausencia de ruidos. La vista de ese simulacro anémico de bosque era deplorable para los ojos del observador, y todas esas sensaciones juntas les ponían la carne de gallina.

Una senda atravesaba el bosque cenagoso y, obedeciendo al mago, la tomaron.
Kedair, como los demás, se sentía intranquilo y vigilaba los alrededores, como si de un momento a otro les fuera a saltar encima algo espantoso. Después de rebuscar en su bolsillo, deslizó un bulto hasta la mano de Ashari, que descansaba en su cintura.
—Toma la Piedra. Es mejor que la lleves tú, pues en caso de desencadenarse una lucha serás la única que la podrá usar si alguno de nosotros resulta herido.
—Yo también puedo luchar —repuso ella.
—Y tendrás que luchar, si llega el caso; pero si necesitamos el poder de Das´Ashea mejor será que te cubramos a ti y no al revés.

La muchacha guardó la Piedra y no dijo nada, pues el nudo que se le formó en la garganta después de las palabras del drow se lo impidió.
Cabalgaron al paso durante varias horas, en tensión y alerta. El paisaje se repetía a lo largo de la senda, pero los ojos seguían sin acostumbrarse a algo tan desagradable. Cuando pasaban junto a un torturado y retorcido árbol, vieron a una mujer. La vieron de repente, como si acabara de materializarse; desnuda y de belleza perversa; la mujer, que parecía estar envuelta por jirones de bruma, les sonreía descarada. Más adelante distinguieron más, junto al camino, a intervalos irregulares.

—Maldita sea... hemos sido descubiertos. No las miréis o caeréis bajo su influjo —les avisó el mago—. Son plañideras. Si nos interceptan, usad la espada sin dudar.

Pero las plañideras se limitaron a observarles, provocativas, y de vez en cuando gritaban de un modo tan enervante que hacían estremecer. La compañía de elfos tenía que realizar verdaderos esfuerzos por evitar mirar a las hipnóticas e impúdicas diablesas.
"Mal asunto", pensó el hechicero. "¿A qué esperan esas condenadas para atacar?".
Poco más adelante, el camino se estrechaba y giraba, quedando oculto a la vista, y el anciano les ordenó detenerse.

—Ashari, monta en el caballo del equipamiento, Semurel, ayúdala a repartir la carga entre los demás animales, rápido. Temo una emboscada, y Kedair necesitará libertad de movimiento.
En un momento lo que ordenara Galai estuvo cumplido.
—¡Tened prestos los aceros, pero cabalgad como si os fuera en ello la vida! —les dijo, al tiempo que espoleaba su montura, que salió disparada en un galope frenético.

Los caballos cortaban el aire, veloces, el sonido de los cascos golpeando la tierra se multiplicó en el compacto silencio, roto esporádicamente por los gritos desgarrados de las plañideras, que ahora les seguían deslizándose como espectros. Se precipitaron por el trecho angosto hacia la curva y, al girar, el camino estaba bloqueado por decenas de enemigos.
—¡Trolls de los pantanos! —gritó Semurel frenando a su montura.
—¡Ocupaos de los trolls! ¡Yo haré frente a las plañideras! —ordenó el mago.
[Imagen: qs7fv4.jpg]
Las espadas salieron de las vainas y silbaron hendiendo el aire y la carne de los enemigos; Kedair saltó del caballo con sus catanas prestas, y comenzó a bailar su macabra danza de muerte, manejando las hojas con letal precisión, rápidas, gráciles, armónicas en su sincronización, complementándose para parar, para hendir, para impedir que el enemigo se acercara, atravesando cuerpos, cortando miembros con la fría determinación de un asesino.

El drow había sido instruido toda su vida para eso, y toda la férrea disciplina con que le prepararon hacía de él un prelado de la muerte, si no la muerte misma.
Del cenagoso lodazal que franqueaba el camino por ambos lados, empezaron a salir cuerpos, atraídos quizá por el olor de la sangre, quizá enviados como refuerzo. Ashari se percató con horror de que eran cuerpos muertos en diferentes estados de putrefacción. Se lanzó sin pensarlo contra ellos. Estaban rodeados.
El mago conjuraba en silencio tremendos hechizos contra las plañideras, pero éstas eran poderosas enemigas, nada fáciles de abatir. El intercambio continuo de conjuros dejaba patente la maestría de Galai, pues tampoco era presa fácil, a pesar de que eran cinco las diablesas a las que hacía frente. El hechicero lanzaba fuego, rayos, hielo, y desviaba los conjuros que lanzaban contra él. Abatió a una, dos, tres plañideras.  Uno de los hechizos de fuego de las diablesas impactó contra el flanco del caballo del mago, el animal, asustado y dolorido, se levantó a dos patas y tiró a su jinete. Galai cayó pesadamente al suelo y no se levantó.

Los elfos desmontaron también y, mano a mano, pasaban a espada a todo aquél que osaba acercarse. Los trolls no eran diestros con los estoques, así que portaban martillos de guerra, clavas y mazas, terribles armas capaces de destrozar, con la fuerza de sus portadores, al más fornido de los enemigos. Pero los elfos eran ágiles, mucho más que los torpes trolls, y las largas espadas les conferían la ventaja de acabar con éstos antes de que se acercaran demasiado.

Ashari lanzó el caballo contra los muertos vivientes. Utilizaba la espada que le diera Kedair con relativa facilidad, dado que los cadáveres eran lentos y no portaban arma alguna. La muchacha, venciendo su aprensión por la necesidad, procuraba seccionar las cabezas para acabar definitivamente con los monstruos, pues no servía de nada atravesarles con el acero. A pesar de la relativa facilidad con que acababa con ellos, cada vez había más. Pronto el cansancio hizo mella en su brazo, y vio con desesperación que no era capaz de contener la horda de cadáveres que se le venía encima. Dio media vuelta al caballo y vio cómo las plañideras comenzaban a cargar contra los elfos y el drow. Semurel fue alcanzado por una pequeña ramificación de un potente rayo que se perdió entre las ya escasas filas de trolls, y saltó de dolor. Buscó desesperada al mago, sin entender cómo aquéllas habían superado su posición. Cuando lo vio tendido en el suelo, cabalgó hacia él y bajó de un salto, al tiempo que se llevaba la mano al bolsillo. Sacó a Das´Ashea y frotó la piedra sobre la frente de Galai, rogando que no estuviera muerto, mientras veía los apuros de los tres elfos.

—¡Levántate, Galai! —le gritó nada más abrir éste los ojos—. ¡Están en grave peligro!
El mago, recuperado a todas luces y sin rastro de cansancio siquiera, miró sin disimulo la piedra negra mientras la muchacha la guardaba de nuevo en su bolsillo y luego se levantó, apuntó con sus brazos a las espaldas de las dos diablesas. Aspirando una profunda bocanada de aire, las miró con odio y descargó sobre ellas dos potentes rayos de luz blanca, que iluminaron la ciénaga y desintegraron en el acto a las plañideras. Los tres guerreros, al verse libres de esa amenaza, arreciaron en su ataque contra los pocos trolls y los muchos zombis que comenzaban a cercarlos.

—Vamos a ayudarles, si les rodean estarán perdidos —la instó el mago—.  Nada mejor que el fuego contra los muertos vivientes. ¿Recuerdas el hechizo de ayer? Recítalo todo igual, pero cambia la última palabra por Zaarsto. Pronúnciala bien, muchacha, o no habrá piedra en el mundo capaz de curarte. Y no se te ocurra apuntar a la zona donde se baten nuestros guerreros. A los flancos.

Los dos hechiceros, apuntando uno a la derecha y el otro a la izquierda, conjuraron el hechizo. Dos enormes chorros de fuego impactaron contra los cadáveres andantes, que se retorcieron ardiendo y cayeron por docenas. Pero seguía habiendo muchos.
—Es inútil. Voy a sacar de ahí a los muchachos, pues nuestra única posibilidad es despejar el camino y huir. No puedo abatir a los que lo bloquean con ellos en medio —dijo Galai—. Tú coge los caballos, saldremos a toda prisa.

El mago corrió junto a los guerreros y les instó a retroceder, para quedar él en primera fila con el hechizo dispuesto. Así que los elfos le superaron, el hechicero lanzó otra rociada de fuego que diezmó las primeras filas, dejándole más espacio para que la siguiente fuera más destructiva. Mientras Ashari luchaba por reunir a los aterrorizados caballos y los elfos daban cuenta de los zombis de los flancos, el mago consiguió despejar el camino lo suficiente como para poder pasar.
—¡A los caballos, rápido, antes de que vuelvan a ocuparlo! —gritó Galai mientras lanzaba una última andanada.
[Imagen: 2qss0lf.jpg]
Los elfos y él mismo corrieron hacia Ashari, que se acercaba a su vez a ellos ya montada y con las riendas de los caballos en la mano. Todos, incluso el anciano mago, se encaramaron en los corceles de un ágil salto y les espolearon con frenesí. Porque aún seguían saliendo cuerpos del agua en una procesión que no parecía tener fin.
No disminuyeron la velocidad hasta unos veinte minutos más tarde. Los caballos sacaban espuma por la boca y sudaban, relinchando agotados, pero sin reproche, pues ellos también habían sentido el peligro y la urgencia de huir. No parecía haber nadie por esos alrededores.

El mago maldecía sin dejar de mirar en torno a ellos.
—Es preciso que sigamos a pie. Los caballos no aguantarán si no les damos cuartel —dijo Semurel.
—Dejémosles descansar un rato —estuvo de acuerdo Ashari—, podríamos aprovechar para comer algo. ¿Tenéis hambre?

Nadie tenía hambre. Los estómagos estaban demasiado alterados como para contener nada.

—Debemos salir de la ciénaga antes de que caiga la noche —repuso Galai—. ¡Dad de beber a los malditos pencos y luego a sus lomos de nuevo! Ya ni los caballos son lo que eran...
Mientras los dos elfos se aprestaban a obedecer al mago, el drow se acercó a él.
—¿Tienes idea de cuánto falta para salir de aquí?
—No creo estar equivocado si afirmo que unas pocas horas. Tres, cuatro, depende de la marcha y de si alguna otra sorpresa nos pueda entretener.
—No quedan más que cuatro horas de luz. Si el camino es más largo de lo que piensas, nos sorprenderá la noche en Los Pozos. Dime, ¿qué más puede deparar la oscuridad en este infierno?
—Aquí no importa si es noche o día —repuso el mago.
—Entonces, hechicero, ¿por qué tus ojos hablan de horrores? No es a las plañideras ni a los muertos a quien temes.
—No preguntes, drow... Hablaré cuando tenga que hablar, y no antes —dijo el anciano, zanjando así la conversación.
Diez minutos más tarde continuaron la marcha. Cabalgaban al trote, los caballos parecían tan ansiosos como ellos por salir de la ciénaga.

Unos kilómetros más allá, vieron una alta construcción junto al camino. El mago se detuvo, blanco como el papel.
—¿Qué es eso? —preguntó el drow, frenando su montura.
—La Torre de Krante´l —dijo Galai—. Nunca está en el mismo sitio. Cambia de ubicación a voluntad.
—¿A voluntad de quién? —siguió interrogando Kedair.
—De aquél que la habita. Un liche muy poderoso, muy peligroso.
—¿Qué es un liche? —intervino Ashari.
—Un archimago del mal, que ha conseguido prolongar su vida más allá de la muerte de su cuerpo gracias a sus extraordinarios conocimientos sobre nigromancia y a sus poderes mágicos.
Los cinco miraron la alta torre sintiendo la amenaza que ésta representaba.
—¿Qué hemos de hacer, Galai? —dijo Semurel.
—Nos espera… No tenemos opciones, no podemos regresar, ni nos lo permitirá. Habremos de enfrentarnos —respondió el mago poniendo en marcha al caballo.

Los demás animales le siguieron, al paso, vigilando la oscura construcción. Poco antes de alcanzar la torre, la puerta se abrió. La visión del liche les repugnó y atemorizó a todos por igual. Jirones de carne muerta, unidos a huesos blancos asomaban allí donde las vestiduras terminaban. Su rostro, enmarcado por una capucha negra, era una calavera descarnada con dos puntos rojos en las cuencas oculares. Fijó esos puntos en la persona de Galai, y su voz de ultratumba hizo vibrar el interior de los cinco.

— Ah, mago, no creí volver a verte por aquí. No después de la última vez... que casi te cuesta la vida.
— No veo porqué no. Muchos años no me quedan ya, así que poco tengo que perder... en todo caso, a diferencia de ti, yo sigo vivo.
— Yo también, tal como pudiste comprobar.
—¿Vas a dejarnos pasar o te aburres demasiado?
—Me aburro, me aburro, no voy a negarlo. Ya no hay lindas jóvenes que quieran yacer conmigo, ni siquiera por oro. Tampoco tengo con qué hacerles el amor, a decir verdad, así que ¿qué alternativa me queda sino mi magia?
—No has contestado a mi pregunta —dijo el mago.
—No le hago ascos a una buena lid, de hecho, me divierte bastante; todos los muertos que has visto salir del agua son aquellos que se adentraron en mis dominios, a quienes derroté. Pero hoy tienes suerte, Galai, Mago de la Luz, sólo a uno de vosotros reclamo me sea entregado, y los demás podréis iros. Dadme al drow.
—¡No! —gritó Ashari, soltando una mano de la rienda y posándola sobre el brazo del elfo oscuro.

El liche se rió de Ashari con una risa que ponía los pelos de punta y no le volvió a prestar atención.
—Ven, drow, y salvarás la vida de tus cuatro compañeros.
El elfo oscuro miró a Ashari con resignación, ella se alteró mucho cuando leyó su mirada.
—No se te ocurra... no le escuches... ¡lucharemos! —dijo ella desencajada.

Semurel y Antharid desenvainaron las espadas, respaldando las palabras de la muchacha.
—¡Krante´l! —gritó Galai—. No hemos de entregarte a nadie. Y si quieres diversión, la tienes garantizada.
Antes de que pudieran hacer nada, el liche les lanzó un conjuro paralizante. Sin poder mover un músculo, vieron impotentes cómo el archimago se apoderaba de Kedair y lo introducía en el interior de la torre. Cuando la puerta se cerró, Ashari gritó agónicamente, aunque ningún sonido saliera de su boca






LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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