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[FANFIC] La Dama del Unicornio (Reinos Olvidados) Capítulo 4 - La Semilla del Bien
#1
CAPÍTULO 4
LA SEMILLA DEL BIEN

1

A pesar del estupor inicial, los enanos no dudaron ni un momento del raciocinio de su rey cuando entró acompañado de los tres personajes. Si tuvieron reservas hacia Kedair al principio, no lo demostraron tras las palabras del soberano; luego las cosas vinieron por sí solas. Aprendieron a confiar en ellos, se percataron de la bondad de los invitados y pronto fueron tres miembros más de la comunidad enana.

Lo primero que hizo Torjok fue encargar a sus habilidosas costureras un nuevo atuendo para el drow. Kedair intentó negarse, aturdido y ruborizado, pero la voluntad del soberano no admitía réplica. Pronto trajeron para él una ropa muy parecida a la que Krante´l destrozó en el calabozo de la torre, esto es, pantalones ajustados de cuero, camisa, un jubón y botas de piel. En lugar de su piwafi, también destruido, confeccionaron para él una gruesa capa negra, el color de toda su ropa, y los herreros trajeron una liviana cota de mallas, flexible y cómoda. Kedair no sabía cómo agradecer el regalo de los enanos.

Tres días después de su llegada, por fin los exploradores enanos trajeron noticias sobre las patrullas orcas. Torjok mandó llamar a Kedair.
—Malas noticias, drow.
—¿Qué ocurre, rey Torjok? —dijo el elfo oscuro, intuyendo de repente que él tenía algo que ver con la movilización de las bestias.
—Los orcos… te buscan. Tras capturar a uno, mis guerreros le interrogaron a fondo. Cumplen órdenes de sus aliados, otros elfos oscuros.
—Ya. Creo que te debo una explicación. Después, nos iremos sin más demora, pues no quisiera poner en peligro tu mina.
—Aceptaré tus explicaciones, drow, pero no te atrevas a cuestionar la amistad del rey Torjok y su gente. A nosotros no nos asustan unos orcos.
—Gracias, amigo mío, pero te enfrentarías a toda una comunidad orca más un grupo de elfos oscuros muy poderosos. No quiero la responsabilidad de ninguna muerte por mi causa.
—Bah, tonterías. Llevamos mucho tiempo anquilosados. Un poco de acción engrasará nuestras oxidadas bisagras. No estás solo, drow. Somos tus amigos, y cuando un enano ofrece su amistad, ésta es para siempre y sin vuelta de hoja.

El drow sintió un júbilo sincero dentro de sí al escuchar las palabras del rey. Había encontrado nuevos amigos en la superficie; ¿sería posible, pues, realizar esos sueños que creía perdidos? Si un enano, enemigo natural de los drow, le ofrecía su amistad a tumba abierta, también podía encontrar más personas que le aceptasen. Sólo pedía eso, ser aceptado.

—¡Que vengan a buscarte aquí, si se atreven! —exclamó el enano con una sonrisa perversa.


Kedair salió del salón del trono directamente a los aposentos de Galai. El mago, que estaba durmiendo la siesta, le abrió la puerta bostezando y con la melena gris enmarañada.

El drow lo puso al día de la situación.
—Tu familia parece tener contactos con todo lo peor de la superficie —dijo el anciano.
—No sé qué hacer, Galai. Si nos quedamos daremos ventaja a mis hermanos y pondremos en peligro a los enanos, si nos marchamos nos pondremos a merced de los orcos —se atormentaba el drow—. ¿Qué harías tú?
—Todo es malo. Pero lo menos malo, de momento, sería quedarnos aquí unos días más.
—Mi hermana debe saber a estas alturas nuestro paradero. Es muy posible que inste a los orcos a que ataquen Threnkel Hall. No le importan las consecuencias para los orcos, los usará para causar daño y despejar el camino para cuando ellos lleguen.
—Y si nos vamos, acabaremos cayendo tarde o temprano en manos de alguna patrulla.
—Sí, es muy probable. Son muy numerosas.
—El propio rey te ha tendido su mano. Tómala, Kedair, no es ningún niño que ignore a lo que se enfrenta. Threnken Hall es la mejor opción que tenemos.
Kedair no replicó. Miró al suelo, taciturno, resignado. Luego salió en dirección a su habitación.

Ashari dormía, bocarriba, con la cabeza ligeramente vuelta hacia la puerta. Kedair se sentó en la cama, a su lado, y se deleitó mirando sus hermosas facciones en su sueño plácido. Se agachó sobre ella y besó sus labios suavemente. Ella entreabrió los ojos con esfuerzo, y parpadeó repetidamente.
—Perdóname por despertarte —dijo el drow—. No podía estar más tiempo sin ti.
—¿Cuánto llevo durmiendo? —preguntó ella.
—Unas tres horas.
—Tres horas... No puedo creer lo perezosa que estoy últimamente.
—Ashari, mi amor... Quería hablarte de algo que tiene que ver con eso —dijo él tomando su mano.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué ocurre, Kedair?
—Voy a preguntarte algo íntimo, si no te importa...
—Sabes que no. Pregunta.
—¿Estás sufriendo un retraso en tu periodo?
—¿Qué período? ¿De qué me hablas?
Kedair se sintió muy violento. Tal vez hubiera sido mejor que una enana tuviera esa conversación en lugar de él.
—El período es la sangre que te visita cada mes.
Ella le miró sorprendida.
—Ah, eso…Y tú, ¿cómo lo sabes?
El drow sonrió. Cada vez se sentía más incómodo, aunque intentaba disimularlo. Ashari conocía ya ese tono suave, esa mirada cálida que se movía inquieta de un ojo al otro.
—¿Sabes lo que significa?
— Kedair, estás empezando a asustarme.
—Mi amor, estás esperando un bebé. Un hijo mío. Un hijo nuestro.
Ella le miró pasmada. Tal como él imaginaba, la muchacha ignoraba todo sobre el tema.
—¿Y tú cómo lo sabes? —repitió, sus palabras teñidas de ligero escepticismo.
—Porque sé que ésa es la consecuencia de hacer el amor. Y porque veo en ti algunos indicios. Nadie te explicó nunca nada, ¿verdad?
—He visto muchas veces a las ovejas aparearse, era inevitable, así que sé cuál es la consecuencia de hacer el amor. Pero no sabía que si la sangre no llegaba significaba eso... ni sé lo que se siente estando embarazada, ni cuáles son esos indicios de los que hablas... Debes pensar que soy idiota... Una ignorante que no sabe lo que toda mujer sabe por instinto —se avergonzó ella.
—¿Cómo puedes siquiera pensar eso? Nadie nace enseñado. Y, en poco tiempo, habrías terminado por darte cuenta.
—¿Cuándo nacerá? Al menos el cómo ya lo sé. He visto también a las ovejas parir muchas veces... Dioses, qué tonta...
—Son nueve meses de gestación, al menos en el caso de las drow.
—Estamos en verano... Será entonces en primavera. En primavera...
Ella agachó la cabeza muy seria y suspiró.
—Ashari, ¿acaso no estás contenta? —preguntó Kedair.
—Sinceramente, no lo sé. ¿Cómo repercutirá esto en nuestros planes? ¿Y si no estoy preparada? ¿Y si no sé cuidar del bebé? —dijo ella atropelladamente, con el semblante lleno de angustia.
—Claro que estarás preparada, y cuidaremos del bebé perfectamente. ¿Acaso alguien enseñó a tus ovejas a ser madres? ¿Crees que vas a ser menos válida que ellas?
—No, supongo que no —musitó, no muy convencida.
Kedair la abrazó. Aunque comprendía las reservas de la muchacha, se sintió decepcionado por la fría acogida que ella había brindado a la noticia.
—Hablaré con las enanas. Ellas me explicarán lo que necesito saber —dijo ella al cabo, junto al oído del drow, prendida en su abrazo.
—Iba a sugerírtelo.
—Esto nos complica mucho las cosas, Kedair. Con tus hermanos detrás nuestro...
El elfo oscuro se separó de ella lo justo para mirarla a los ojos. Su mirada se tornó sombría en los instantes que tardó en responder.
—Ashari, si no lo quieres hay un modo de evitar que siga adelante...
—¡Claro que lo quiero! —le interrumpió ella, airada—. Claro que lo quiero, Kedair, no digas eso nunca más. Es fruto del amor que sentimos... Pero deja que asimile la noticia. Deja que supere los miedos que ahora mismo me atenazan. Necesito hacerme a la idea.
El drow la miraba con intensidad. Asintió con la cabeza, la besó en la mejilla y salió de la habitación moviéndose con aquella gracia tan característica, pero sus hombros ligeramente caídos delataban su desilusión.


Bethkalu estaba de muy mal humor. Demanel no se atrevía a articular palabra, por temor a que la voluble sacerdotisa descargara sobre él su ira.

—¡Esos idiotas carentes de inteligencia no sirven más que como carne de cañón! —siseó Bethkalu—. Les obligaré a lanzar un ataque directamente a la mina de los enanos donde se refugia Kedair. Tiene que haber un modo. ¡Demanel, maldito inútil, tú eres el maestro de armas de la casa U´Shea! ¡Ayúdame a planear una estrategia que ayude a esos descerebrados a servir a nuestros fines!
—Es muy difícil penetrar en la mina. Los enanos son guerreros fuertes y disciplinados, astutos y carentes de miedo. Habrán dispuesto trampas defensivas, conocen cada rincón donde emboscarse, sus fuerzas impedirán el avance de los orcos. Los condenarás a una masacre vana, que no nos beneficiará.

Bethkalu agarró a su hermano por la pechera en un arrebato, lo zarandeó iracunda y acercó su cara a la de Demanel amenazadoramente.
—¡Estúpido y torpe varón! ¡No entiendes nada!¡No me importan en absoluto esos orcos! Están ahí para servir a nuestros fines, pues son inferiores a nosotros. ¡Sólo te digo que diseñes un plan que cause el mayor daño posible! Nuestro hermano es débil, se culpará de las muertes y dejará el cobijo de la mina.

Demanel comprendió. Se admiró una vez más de la astucia y maldad de su hermana mayor y la miró con respeto. Ella soltó su ropa y comenzó a pasear, impaciente, como un tigre en una jaula, con seis pares de temerosos ojos clavados en ella.
—Esto dura ya demasiado —dijo con una terrible mueca de irritación—. Debemos volver pronto, con nuestra ausencia la posición de nuestra casa se debilita. Cuanto más tiempo pase, más posibilidades de que otra casa advierta esa debilidad. Estamos siendo incompetentes: la matrona Aalegan está muy enfadada con nuestra falta de progresos, sus amenazas te pondrían la piel de gallina. Debemos acabar con esto de una vez.
—Pensemos entonces el modo de hacer más daño. Afortunadamente, hay muchos orcos a nuestra disposición —se avino Demanel—. Una vez más, tu magia puede sernos de ayuda, hermana.
—Esa es la actitud que quiero ver —dijo Bethkalu con una siniestra sonrisa.


No sabía dónde se había metido Kedair. Nadie le había visto en toda la tarde y ella estaba muy preocupada. Galai venía del túnel de la derecha, en su dirección.
—No está en los niveles inferiores —dijo el mago—. Tiene que haber salido de la mina.
—¿Y por qué no ha dicho nada a nadie? Podría haber avisado. Voy a preguntar a los centinelas.

Ashari giró en redondo y caminó el larguísimo trecho hasta la entrada de la mina. Todo aquel con quien se cruzaba la saludaba jovialmente. La joven hechicera caía bien a los lugareños. Diez enanos acorazados montaban guardia en las puertas de Threnkel Hall, que permanecían cerradas a cal y canto a consecuencia de los tiempos inciertos que corrían. Portaban enormes hachas de adamantina cuyos filos parecían afilados como para cortar un pelo en el aire.

Ashari se acercó a uno de ellos, que reconoció como el capitán de la guardia de Torjok.
—Capitán Rakevic, señor —dijo la muchacha respetuosamente—. ¿Habéis visto a Kedair? ¿Ha salido de la mina?
—Sí, mi señora —contestó el enano—. Salió con la patrulla.
—Oh, vaya. Y, ¿cuándo está previsto su regreso?
—En breve. De hecho, ya deberían estar aquí.
—Gracias, capitán.

Ashari se dio la vuelta y desanduvo lo andado de vuelta a la zona de viviendas de Threnkel Hall, mientras pensaba en las motivaciones del drow para haber actuado de ese modo. Supo por qué lo había hecho. Y se enfadó muchísimo.
Galai la esperaba en el mismo lugar donde se habían visto la última vez, al ver el rostro airado de la hechicera levantó una ceja.
—¿Y bien?
—Salió con la patrulla.
—Bueno, tal vez necesitaba aire fresco.
—¡No seas necio, Galai, él ha vivido siempre bajo tierra!
—También es muy servicial.
—Desde luego —asintió ella con hielo en la voz.
—¿Qué te pasa, niña? ¿Acaso quieres ponerle una correa al cuello?
—Debería haber avisado.
El mago suspiró.
—Niños... niños jugando a ser adultos, eso es lo que sois. ¿Habéis vuelto a discutir?
—No.
—¿Seguro?
—Que no, viejo cotilla. Pero creo… creo que no he actuado como él deseaba.
Galai se cruzó de brazos y arqueó ambas cejas. Ella chasqueó la lengua y suspiró.
—Galai... tú sabes que estoy embarazada, ¿verdad?
—Sí — admitió el mago con tranquilidad.
—Por supuesto, cómo se te iba a escapar a ti una... En fin, al parecer he sido la última en saberlo. Creo que Kedair esperaba que lo celebrara con lágrimas de felicidad, pero no ha habido tales lágrimas; sólo miedo y sorpresa.
—Niños jugando a ser adultos —repitió Galai—. Cuando vuelva, no le digas nada. Él está muy ilusionado y esperaba lo mismo de ti. Tú sólo ves lo negativo, pero es un poco tarde para ello. Y pasará, cuando sientas la vida en tu interior, la naturaleza obrará en ti como en toda mujer normal. Amarás esa vida que albergas más que a la tuya, lo verás con tus propios ojos. De modo que ahórrate una discusión fútil y no le digas nada al drow.

Ashari se calmó ante las sabias palabras del mago y se sintió como una niña caprichosa, inmadura y egoísta. Se acercó a Galai y, poniéndose de puntillas, besó la mejilla del anciano.
—Eres como un padre para mí, elfo cascarrabias, metomentodo y malhablado. Quiero que sepas lo que aprecio la sabiduría con que me aconsejas, porque tienes razón y yo no. A veces mis sentimientos me juegan malas pasadas.
—Ay niña —dijo el mago pasando la mano de Ashari bajo su brazo y, así cogidos, empezaron a caminar hacia el túnel de la izquierda—, ahora no son tus sentimientos los que te la juegan. Ahora son tus hormonas. Explícaselo al drow.
Ella le miró sin entender la nueva palabreja. El mago vio su cara de inopia y carraspeó ruidosamente.
—Vamos a ver, primera lección sobre el embarazo: cambios de humor y qué los produce…
—¿¿En serio vas a darme clases sobre eso??—exclamó Ashari deteniendo el paso.
—Calla y camina, y no rechistes.

Torjok escuchaba con preocupación los informes de Dael mientras los otros tres miembros de la patrulla más Kedair permanecían silenciosos a unos metros del trono. Cuando concluyó, el rey se pasó la mano por la barbilla mientras sus ojos buscaron los del elfo oscuro.
—Kedair, me gustaría saber qué opinas al respecto. ¿Tiene algún sentido para ti?
El drow se pasó la lengua por los labios, pensativo.
—A mi parecer, se trata de una reunión de distintas facciones orcas. Y cualquier convocación de guerreros, sean de la raza que sean, sólo puede significar una ofensiva. Un ataque contra Threnkel Hall.
—Mmmm, opino lo mismo —dijo el rey—. Debemos preparar la mina para repeler a los orcos. Activad y comprobad las trampas, avisar a la población y que nuestros guerreros estén prestos a partir de ya.
—Sí, rey Torjok — dijeron los enanos, saliendo precipitadamente del salón del trono.
—Kedair, ¿se unirán los drow a los orcos?
—Aún no. No creo que estén aquí, aunque llegarán. No es una tropa, sólo son seis guerreros y una sacerdotisa; sin embargo, si los orcos consiguen entrar en Threnkel Hall y allanarles el camino, podrían resultar devastadores.
—Entiendo. Hay que impedir que penetren en la mina.
—Voy a avisar a Galai, para que esté preparado. Espero que estés de acuerdo en dejar al margen a Ashari. No quiero que luche.

Torjok asintió con la cabeza e hizo un gesto con la mano para indicar que daba por concluida la conversación. Kedair se inclinó levemente con las manos cruzadas al pecho y salió a grandes zancadas.

Los túneles hervían de actividad. Inmediatamente a la orden de Torjok, los enanos se apresuraban a cumplirla con rapidez y eficacia. Dael llamó al drow en cuanto le vio.
—Sería conveniente que conocieras la ubicación, disposición y naturaleza de las trampas del corredor. No nos gustaría que cayeras víctima de una de ellas.
—Luego, Dael, si no te importa. Tengo que hablar con el mago, tras ello nos las enseñarás a los dos —dijo Kedair sin detenerse.
Tal como esperaba, Galai estaba en sus aposentos. Y Ashari estaba con él.
—¡Kedair! —exclamó ella al verle. Se levantó de la silla en que estaba sentada y corrió hasta él. Reparó en su ceño fruncido y se preocupó. — ¿Estás bien, mi amor?
—Sí, lo estoy. Tengo algo que explicaros.

El drow les informó de la reunión de clanes orcos que habían avistado. Les explicó lo que eso significaba y los preparativos que se llevaban a cabo en la mina.
—Supongo que podemos contar con tu magia, Galai.
—Supones bien.
—Y con la mía —se ofreció la hechicera.
—No. Tú permanecerás a salvo en los niveles inferiores, junto con las enanas y los niños —le ordenó el drow con una mirada ceñuda y directa.
Ashari tomó sus manos y le miró con cariño. Luego las besó, desarmándole. La expresión del drow era ahora la de un manso corderito.
—No, mi amor. Mi sitio está a tu lado, defendiéndote. No será más peligroso que lo que pasamos en Los Pozos.
—Es igualmente peligroso.
—Y yo debo estar ahí. Porque he de prepararme para el destino que me aguarda, y nunca estaré preparada si me escondo con las mujeres y los niños.
—Pero ahora albergas en tu cuerpo a nuestro hijo. No solo arriesgarás tu vida, mi amor.
—No conseguirás nada con ese tono meloso, esta vez no. Si tus hermanos tienen éxito, nuestro bebé no nacerá, así que también lo hago por él.
Kedair abrió la boca, pero a su mente no acudió ningún argumento con qué rebatirle.
—No me gusta que corras el riesgo, pero accedo. Si las cosas se pusieran feas, quiero que me prometas que huirás sin preocuparte de nada que no sea tu propia seguridad.
—Te lo prometo —mintió ella, pues sabía que especialmente si las cosas se ponían feas, nunca dejaría a su amado a su suerte.
—Y ahora, vayamos a ver la disposición de las trampas —les instó el drow, tomando a la muchacha por la cintura.
El mago se levantó de la silla y salió con ellos a los túneles de Threnkel Hall.

La tensión se fue extendiendo por la mina a medida que pasaban las horas. Los centinelas vigilaban con los nervios a flor de piel, los viandantes caminaban ahora rápidos hacia sus destinos. Incluso los niños enanos se portaban bien en el nivel más bajo de la mina, mirando a sus nerviosas madres trabajar acondicionando la zona para las necesidades actuales —esto es, disponiendo mantas, preparando comidas, improvisando un área para atender a los heridos—, uniendo su esfuerzo a los preparativos contra la más que probable incursión. La espera era más dura que entrar en combate.

De madrugada, una horda de orcos enloquecidos se precipitó contra las puertas de adamantina de Threnkel Hall. Portando un ariete de cabeza metálica, los atacantes arremetían con él intentando echarlas abajo, haciendo que resonaran como un gong.
Pero los enanos eran artesanos de primera. No iba a resultarles nada fácil derribarlas.

Alertados por los tañidos y por los gritos de los centinelas, los enanos estuvieron pronto en sus puestos, preparados, aguardando por si acaso las puertas cedían por fin al duro castigo al que estaban siendo sometidas. Kedair, Ashari y Galai estaban en el grupo de cabeza, frente a la entrada, dispuestos a enfrentarse a la amenaza.

—Mmmm —dijo Galai—, conozco un hechizo que sería muy divertido. Aunque, claro está, la diversión sería mayor si pudiéramos ver sus efectos desde el otro lado...

El mago avanzó unos pasos y se situó frente a las puertas. Murmuró unas palabras, y las puertas parecieron brillar levemente, mientras eran recorridas por diminutos rayos. La siguiente vez que el ariete se estrelló contra ellas, se oyó como una detonación y gritos de los orcos. El ritmo del ariete se interrumpió.
—Yo también sé otro —dijo Ashari.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál? —preguntó Galai intrigado.

Ella avanzó hasta su lado y murmuró algo. El mago sonrió al reconocer la fórmula.
Cuando hubo acabado, las puertas parecieron sudar grasa en el lado exterior. Los orcos, que estaban preparándose para reanudar los embates, comenzaron a resbalar al deslizarse la grasa hasta la piedra y el ariete terminó de nuevo en el suelo. Como se manchó a su vez de grasa, el artefacto resultó inútil porque se les resbalaba continuamente.
—Muy bueno, chiquilla, lo reconozco —admitió Galai.
—¿Sabéis algún otro? —dijo Rakevic, divertido.
—Bueno, la grasa arde...—reflexionó el mago.
Tras mover los labios, el resplandor de un gran fuego y el olor a grasa quemada penetró por los pequeños resquicios de las puertas, y también nuevos gritos de agonía de los atacantes.
—Creo que, al menos esta noche, no va a haber lucha —dijo Torjok con una ancha sonrisa—. Después del susto que les habéis dado, dudo que esos patanes quieran volver.
—Ojalá sea como tú dices —deseó Kedair.



Bethkalu se enfrentó al rey orco sin titubeos, a pesar de la diferencia de estatura y complexión. Acababa de llegar junto a sus guerreros tras una cabalgada infernal sólo para encontrarse con el repliegue de las fuerzas que hasta ahora eran sus aliadas. Los orcos abandonaban, pues el miedo a los magos que apoyaban a los enanos era más fuerte que las promesas de victoria y riquezas de los drow. Bethkalu no estaba dispuesta a tolerar eso.
—¡Vuelve allí con tus guerreros! No temas su magia, pues nosotros os acompañaremos. Yo inutilizaré sus conjuros.
—De ningún modo —se enfadó el orco—. Sólo sois seis, ¿qué podéis hacer contra los enanos? Me has engañado, drow, me has hecho creer que erais ejército. No sacrificaré a más guerreros para vuestros fines, pues sabes tan bien como yo que la invasión está condenada al fracaso.

La sacerdotisa, lívida de rabia, sacó de su flanco un látigo de siete puntas, cada una de las cuales era la cabeza de una serpiente viva. Sin pensarlo, golpeó con él al orco repetidas veces. Los colmillos exudantes de veneno de las serpientes se clavaron en la carne del monarca, debilitándole hasta que cayó de rodillas. Fue un error.
Los demás orcos, al ver a su rey ser atacado, se lanzaron contra los drow sin demora. Los seis guerreros desenfundaron sus estoques y se defendieron ferozmente.

Para cuando los orcos que quedaban huyeron, el balance era positivo para los elfos oscuros, pero habían perdido para siempre un aliado. Se movieron esquivando los cadáveres que se apilaban a sus pies hasta asegurarse de que no quedaba ninguno. Aun así, no enfundaron sus armas.
Demanel abandonó su habitual prudencia y se volvió contra su hermana.
—¡Te has comportado como una estúpida, Bethkalu! ¡Si les hubieses dejado, mañana podrías haberles convencido de nuevo! En cambio, ahora estamos solos, nunca podremos introducirnos en la mina.
—Pues no entraremos. Pero Kedair tendrá que salir algún día. Le esperaremos —dijo ella sin alterarse, pero con una mirada de advertencia a su hermano.


—Ve a acostarte, Ashari. Yo me quedaré con los enanos para asegurarnos de que los orcos se han ido definitivamente —le dijo Kedair.

Ashari parecía distraída, no le escuchó. Sus ojos se dirigían a las puertas de adamantina, pero ni siquiera las veía, pues su pensamiento estaba más allá de éstas. El drow se dio cuenta de su ausencia y la zarandeó levemente.
—Ashari... ¿qué te pasa?
Ella dio un respingo y volvió a la realidad. Le miró con ojos angustiados.
—Ella está aquí, muy cerca, Kedair...
—... ¿Te refieres a… Bethkalu?
—Sí. Nos han alcanzado. En cuanto salgamos, se nos echarán encima.
—Bueno... no te angusties. De momento, en la mina, estamos a salvo. Disponemos de todo el tiempo que queramos para pensar en la manera de darles esquinazo.
—No podremos darles esquinazo, Kedair, pues no dejarán de vigilar la entrada a la cueva constantemente. Con tu hermana, además, de nada sirven los hechizos de ocultación o camuflaje... No sé cómo lo haremos...
—Pues muy fácil —se inmiscuyó el rey Torjok en la conversación—. Excavaremos otra salida para vosotros. ¡Qué diablos! ¡Hacía tiempo que proyectaba hacerla, pero nunca me parecía el momento adecuado! Threnkel Hall será más segura con una puerta trasera, sin ella esto es una trampa en caso de que fuerzas enemigas penetrasen.
—Hum... Es una buena solución —opinó Galai—. ¿Cuánto tiempo tardaríais en terminar?
—Unos meses. No me diréis que tenéis prisa, ¿eh? Aquí estáis en vuestra casa.
—Gracias de nuevo, Torjok. Y no, no tenemos ninguna prisa.

Así pues, el verano terminó y también el otoño. Empezó un invierno duro en las montañas, y mientras los drow de la casa U´Shea temblaban de frío, mal abastecidos y debilitados por las necesidades, ellos estaban calientes y bien alimentados en Threnkel Hall.


Mientras uno de los drow hacía guardia, Bethkalu miraba desde una peña la entrada de la mina de los enanos. Estaba de pie, envuelta en una piel de oso, su aliento en forma de vaho se dispersaba en la noche de luna con la suave brisa. Miraba con odio, con rabia. Con una brutal impotencia.

De pronto, a pesar de la distancia, una llamada desesperada —o más bien una maldición desesperada—, le llegó con total claridad desde Dematerra. Su casa estaba siendo atacada, su casa estaba siendo destruida.
Bethkalu gritó, un grito que desgarraba la noche, un grito de angustia que despertó a los demás drow e hizo acudir al centinela, todos con las armas en la mano. Luego se dejó caer poco a poco, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. Demanel se agachó junto a su hermana y la agarró de los hombros, zarandeándola asustado.
—¡Bethkalu! ¿Qué ocurre, Bethkalu?
La sacerdotisa gemía y se agitaba deshecha en llanto, mientras su mente captaba imágenes de algo que sucedía a muchísimas leguas de allí.
—¡Bethkalu! —insistió su hermano.
—¡Ya no tenemos casa… ¡La casa U´Shea ha sido destruida!… ¡Destruida! —se desesperó.
Los seis guerreros se quedaron atónitos, sin respiración. Se miraron unos a otros con expresión grave.
—¿Qué va a ser ahora de nosotros? —se lamentaba la sacerdotisa—. ¡Nuestra casa destruida!
De repente, se incorporó. Tensa como un resorte, levantó un puño amenazador en dirección a la entrada de Threnkel Hall.
—¡Todo por tu culpa, Kedair U´Shea! ¡Juro que te mataré con mis propias manos, y no descansaré hasta ver tu cuerpo sin vida! ¡Éste será el único objetivo de mi existencia a partir de ahora!

Kedair acudía diariamente a las obras del nuevo túnel, procuraba ayudar a los enanos en sus tareas y era querido y respetado por éstos como nunca nadie de otra raza lo fuera jamás. Sabía que sus hermanos seguían fuera acechando, pues las patrullas enanas que recorrían los alrededores de la mina habían avistado de vez en cuando algún drow vigilando las puertas de Threnkel Hall.

Y un día, la luz del sol entró en el nuevo túnel.

Kedair no perdió tiempo. Recorrió eufórico la distancia hasta la zona habitada. Buscó a Ashari, que a esas horas solía estar en compañía de las enanas, ayudándolas en las cocinas.
—¡Ashari! —la llamó. Ella levantó el delantal que cubría su vestido sobre su vientre abultado y se limpió las manos mientras avanzaba hacia él—. Ashari, cariño, ya han alcanzado la superficie.
—¡Oh, tenían razón cuando dijeron que en una semana abrirían al exterior!
—No debemos demorarnos en marchar. Tengo miedo de que los drow averigüen que hay una nueva salida.
—Lo tengo todo preparado desde hace días. Avisemos a Galai y a Torjok.


Torjok parecía un poco triste ante la inminente partida de sus tres amigos. Tras haber recogido sus pertenencias y haberse despedido de los numerosos amigos que dejaban allí, ya sólo les quedaba despedirse del rey. Aunque intentaba disimularlo, ellos habían llegado a conocer sus estados de ánimo lo suficiente como para entender que la aparente alegría escondía un hondo pesar.
—Te agradecemos todo lo que has hecho por nosotros. Nunca te olvidaremos, rey Torjok de Threnkel Hall, ni a ti ni a tu pueblo —dijo Kedair de corazón.
—Me has enseñado que no se puede prejuzgar a nadie según su raza, elfo oscuro. Pues jamás pensé que llegara a trabar amistad con un drow, y mucho menos apreciarle. También os echaremos de menos, a los tres.
—Gracias de nuevo —dijo Ashari—. Me gustaría darte un beso de despedida, si no te importa...

El enano asintió y la hechicera avanzó hasta el trono y estampó un sentido beso en la mejilla barbada del enano. Luego le abrazó fuerte, y él a ella. Cuando Ashari se separó de él, en los ojos del rey brillaban unas lágrimas contenidas.
—Que todo te vaya bien, Ashari, y que tu hijo nazca fuerte y vigoroso.
Luego se dirigió a Galai.
—Y tú, viejo elfo, me alegro de haberte tenido en mi mina. Has sido una sabia y grata compañía.
—Igual que tú, rey Torjok. Te deseo muchos años de paz y prosperidad en tu estupenda mina.
—Si vuestra aventura a Luna Plateada no llegara a ser lo que esperáis, sabed que aquí siempre tendréis vuestra casa —dijo el enano.
—Lo sabemos, amigo —intervino Ashari—. De todos los lugares en los que he morado, Threnkel Hall es el único lugar en el que pienso como mi hogar.

Los tres se inclinaron en una reverencia antes de salir del salón del trono y entrar al túnel principal, donde les esperaban sus caballos, cargados con sus haberes. Mientras caminaban cogiendo las riendas, los enanos se apretaban contra las paredes y les miraban pasar despidiéndoles cariñosamente.




2


La abertura de la mina daba a una ladera suave, en la cara este de las montañas Hazur. Siguieron en esa dirección, para atravesar las Junglas Negras y luego virar al norte, hacia Lapalaiya. Una vez allí, lo más práctico hubiera sido embarcarse en Sahmakash rumbo a Aguas Profundas, navegando por el Mar Brillante y el Mar de las Espadas hasta la Costa de la Espada, pero no se atrevieron a acercarse siquiera a la ciudad. De modo que siguieron viajando hacia el norte, hacia El Sheír, y allí continuaron hasta Znejnarjal. Cerca de la ciudad se las arreglaron para comprar una barca y atravesar el estrecho que separaba el Mar Brillante y el lago del Vaho, ahorrándose las muchas leguas que hubiesen recorrido bordeando el lago. Dejaron atrás Calisham y entraron en Thezir; cruzaron ríos y bosques siguiendo la ruta trazada en Tael Hassa, atravesaron Amn hasta llegar al Gran Páramo. Decidieron bordearlo por el oeste.

La hoguera del campamento crepitaba agradablemente, despidiendo el calor que tanto necesitaban. A pesar de haber llegado ya la primavera, el invierno se negaba a dejarle paso: los días eran fríos, y las noches aún más. Después de cenar, Galai se acercó al fuego. Extendió sus manos para recoger el calor y las frotó vigorosamente.

—Este maldito frío del Norte… Ya no recordaba por qué me mudé al sur…—musitó.
—Yo creí que eras de Tael Hassa, Galai —dijo Ashari.
—No, no. Yo nací en el Bosque Luna, precisamente cerca de Luna Plateada. Pero hace mucho que me mudé al sur. El clima le sienta mejor a mis viejos huesos.
—¿Por qué te fuiste, Galai? No creo que fuera sólo el clima lo que te llevó a dejar tu hogar, ¿no es cierto? —preguntó Kedair.
—Me fui para aprender, para perfeccionar mi magia. En realidad, viajé por todo el mundo antes de establecerme en Tael Hassa.
—Y lo conseguiste, ¿verdad? Perfeccionaste tu magia —afirmó la hechicera.
—Nunca se acaba de perfeccionar, Ashari. Pero sí, conseguí ampliar mis conocimientos, los cuales te he transmitido a ti. Hoy por hoy estás preparada, niña, no tengo nada más que enseñarte. Es asombroso el modo en que absorbes y retienes los conocimientos, parece que la magia está implícita en ti. Realmente creo que tienes un destino que cumplir.
—Aún me da miedo ese destino, y más cuando tenga a mi bebé…

Kedair, contra quien Ashari estaba recostada, acarició el abultado y redondo vientre de la hechicera. El bebé, al parecer, dio una patada y se movió; la pareja se miró con una sonrisa, llenos de ilusión.

—Qué ganas tengo de verle la cara a ese ternerillo —dijo el mago—. Me muero de curiosidad por saber qué herencia prevalece en la mezcla… Aunque sospecho que se parecerá a Kedair más que a ti.
—Ojalá —deseó Ashari, volviendo su rostro hacia el aludido—. Ojalá se parezca a su padre en todo.
Kedair la besó suavemente en los labios y luego la estrechó, contento y emocionado.
El mago les sonrió. A Galai le enternecían las muestras de cariño que se profesaba la pareja, pues en pocas ocasiones había sido testigo de un amor tan sincero y tan grande; más aún entre dos razas tan dispares.
—Bueno, yo me acuesto ya. Hoy estoy muy cansado —dijo, y realmente lo parecía.
—Buenas noches, Galai —le dijeron ellos, preparando el uwen.

El mago se metió entre las mantas y se tapó hasta la cabeza, cerca de la hoguera. Ellos entraron en el uwen y se acostaron, Ashari también estaba rendida. Como cada noche, el drow la abrazaba desde detrás, su mano descansando sobre la barriga de la muchacha, cerca de su hijo.

Cuando amaneció, antes de que Ashari se despertara, fue Kedair quien se encontró con que el mago había muerto durante la noche. Debía hacer horas, pues el cuerpo estaba totalmente frío. El drow se sintió como envuelto en un halo de irrealidad, como si no pudiera ser posible. Se sintió tan confundido, tan abatido, que no supo qué hacer. Se dejó caer de rodillas junto al cadáver de Galai y no pudo evitar llorar de tristeza, a pesar de saber que el elfo era extremadamente viejo y que más bien temprano que tarde tenía que pasar. Eso ahora no era un consuelo para él. Había perdido a alguien muy próximo, a un buen amigo, a alguien que se había ganado su aprecio y su respeto. Su dolor fue más intenso por poseer la Piedra Negra: ojalá hubiera podido emplearla para salvarle, si lo hubiera intuido...

Tan inmerso estaba en su sufrimiento que ni se percató de que Ashari estaba a su lado, arrodillada junto a él. Volvió su rostro hacia ella, aún conmocionado, sin saber cuánto tiempo llevaba allí; ella le abrazó consternada, pues Galai había sido un padre para la muchacha.
Más padre que su verdadero padre lo fue nunca.

Cuando las lágrimas amainaron, Ashari pidió al drow que trajera piedras grandes; cuando hubieron reunido suficientes, envolvieron al mago respetuosamente en su manta y le cubrieron con ellas. La muchacha realizó entonces un hechizo que convirtió las piedras en un bloque compacto y rectangular de pulido y brillante mármol blanco. Luego pronunció unas palabras arcanas, tras las cuales recitó una frase que se grabó en el mármol a la vez que ella hablaba, como si un cincel invisible horadara la roca a su orden.
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—Aquí yace Galai, Mago de la Luz, fuente de bondad y sabiduría. Nuestro mundo ha perdido lo que la eternidad ha ganado... Que nuestro cariño te acompañe en tu viaje hacia los Dioses.

Tras ello, recogieron con desánimo sus cosas y siguieron hacia el noroeste en dos caballos, pues dejaron libre el que montara el mago. Ninguno de los dos pudo evitar volver la vista atrás, con una tristeza que les devoraba, como para convencerse, al ver el brillante bloque blanco, de que realmente aquello había ocurrido. Y como despedida, difícil despedida, a Galai.

No atravesaron el Gran Páramo, sino que lo bordearon hacia el noroeste.

Esa noche, cuando acamparon, echaron terriblemente de menos al mago. Intentaban distraerse inútilmente con las tareas propias de una acampada, pero poco era el trabajo y pronto estuvo hecho. Y en realidad no habían conseguido apartar sus mentes de su drama. Después de la cena, Ashari se recostó amorosamente contra el pecho de Kedair, buscando su contacto, su consuelo. Siempre, en los momentos en que ambos sentían que la vida les golpeaba con saña, se refugiaban el uno en el otro, y no hacían falta palabras. En el silencio del bosque, bajo la cúpula oscura— hoy especialmente oscura, — del firmamento, los recuerdos invadían cada rincón de sus mentes y las lágrimas escocían en la comisura de los ojos al intentar retenerlas. Callaban, ambos callaban porque las palabras hacían daño, se negaban a salir de sus gargantas; simplemente se acariciaban las manos, compartiendo su dolor.
Kedair recogió una lágrima de Ashari que corría mejilla abajo, suavemente, en una caricia; estrechó fuerte a la muchacha contra sí y dejó que llorara, que se desahogara. Sabía que ella no podía evitar el llanto cuando sus sentimientos afloraban. Le haría bien, llorar le haría bien, sacar ese dolor, diluirlo en lágrimas. Y a él también.
Ashari sorbió por la nariz antes de hablar con la voz quebrada.
—Va a costarnos mucho acostumbrarnos a su ausencia…
—Me temo que sí.
—¿Crees que si se hubiera quedado en Tael Hassa seguiría vivo?
—Acompañarnos fue su decisión.
—Sí, pero…
—No, Ashari, no te culpes —la interrumpió él—. Cumplió su destino, que era formarte. Quizá por ello su vida se prolongó tanto, quizá estaba escrito que le encontraras.
Un nuevo silencio les envolvió. Ashari reflexionaba, y las conclusiones de sus procesos mentales parecieron aligerar su carga.
—Sí, quizá fuera como tú dices…
—Y ahora, a dormir. Estás agotada, mi amor. Te ayudaré a levantarte.

Entonces, el silencio quedó roto por una alegre música que llegaba de algún lugar cercano del bosque. Ashari y Kedair se miraron extrañados, sorprendidos.
—Parece que no estamos solos...—dijo ella.
—Métete en el uwen. Voy a averiguar qué es eso —le sugirió él, intranquilo, poniéndose el cinturón de las catanas que, como siempre, descansaba a su lado.

El drow abandonó el campamento y se perdió en la oscuridad, sigiloso como el vapor que exhalaba en la fría noche, mientras ella recogía sus haberes más importantes y se metía en el refugio mágico.

Kedair no tardó en regresar. Se introdujo en el interior del uwen y se desabrochó la hebilla del arnés de las armas, dejándolo caer suavemente junto a las mantas.
—No parece haber peligro —informó a la ansiosa muchacha—. Un grupo pequeño de elfos están tocando música y bailando, bastante cerca de aquí.
—Según nos explicaron Semurel y Antharid, los elfos del bosque son muy aficionados a esas pequeñas fiestas, si recuerdas.
—Sí. Procuremos dormir, dado que no hay peligro

Se acostaron entre las mantas y, como de costumbre, Kedair abrazó a la hechicera por detrás, con su mano en el vientre de Ashari. La muchacha se durmió pronto, pero él no era capaz.
Tras mucho rato intentándolo, por fin se levantó, cogió sus catanas y salió del uwen.

Nada más salir percibió que la música había cesado; sin embargo, oyó gritos, gritos de terror y dolor, espeluznantes, agónicos, espantosos.

Sin pensarlo, extrajo sus catanas y corrió en dirección al campamento de los elfos. Su corazón bombeaba con fuerza en su pecho, un torrente de adrenalina inundó su cuerpo, pues sabía que algo terrible estaba ocurriendo allí.

Al llegar se ocultó, prudente, tras el tronco de un grueso árbol y se asomó con cuidado. La escena que contempló le asqueó, enfureció y aterrorizó a la vez.
Todos los elfos, varones, hembras y niños, estaban muertos. Los cadáveres ensangrentados yacían allí donde habían sido abatidos, desperdigados por el claro. Un comando drow se jactaba y festejaba la masacre.

Por un momento temió que habían sido alcanzados por Bethkalu, pero, tras una observación minuciosa, comprobó que aquellos drow eran de otra ciudad, pues los distintivos de sus casas eran desconocidos para él. Una incursión a la superficie de una patrulla, con las peores intenciones, pensó Kedair. Sacrificios en honor a la malvada Reina Araña, su diosa.
Ya no podía hacer nada por los elfos. Enfrentarse a veinte drow para vengar sus muertes le pareció un suicidio gratuito, así que se marchó de allí con un sentimiento de impotencia y rabia contenida. Se deslizaba como una sombra, temblando de puro odio a su raza, renegando de ella, maldiciendo ser un drow.
Cuando llegó a su campamento, despertó a Ashari. Se negó a darle explicaciones, simplemente la apremió para que le ayudara a recoger sus cosas y marchar lo más rápidamente posible. Un vistazo a su semblante fue suficiente para que la hechicera le obedeciera sin hacer preguntas, convencida de que alguna poderosa razón le amparaba.
Y en medio de una noche negra como pocas, partieron sigilosamente hacia el oeste.

Los días se alargaban, pero los kilómetros que recorrían a diario menguaban. La causa era el estado avanzado de gestación de Ashari, que se cansaba sobremanera sobre el caballo, a pesar de montar de lado agarrada al drow. Las paradas eran más frecuentes y duraban más rato.

Todo y así, llegaron a la linde de Los Páramos Eternos, lugar que debían bordear por estar señalado como muy peligroso en su mapa. A pesar de que el camino que circundaba por el este iba directo a Luna Plateada, también resultaba más peligroso que el camino largo. Kedair resolvió no correr riesgos.

Tras dos días de marcha, llegaron una vez más a la orilla de un caudaloso río. Una vez más buscaron un puente que lo atravesara, y una vez más lo encontraron. Pero al atravesarlo, un grupo de jinetes se precipitó en pos suyo.
Eran ellos. Ashari distinguió con claridad a Bethkalu. Kedair espoleó con desesperación el caballo, obligándole a dar de sí todo lo posible. Pero el caballo cargaba con el peso de dos, además de arrastrar a la montura de Ashari, así que los drow les alcanzaron enseguida, poniéndose a su altura en una cabalgada loca.
Demanel y otro elfo oscuro que flanqueaban ambos lados del rocín de la pareja, les apuntaron con unas pequeñas ballestas, similares a la que portaba Kedair, y les dispararon. Ashari formuló un rápido hechizo y desvió las pequeñas saetas, impregnadas de un potente narcótico. Pero el drow del otro flanco no falló el disparo y una se alojó en el hombro de Kedair.
Kedair sintió al momento un ligero mareo y la vista se le nubló. Aflojó las riendas y, en consecuencia, el agotado caballo refrenó su marcha hasta detenerse. El drow estaba cayendo en la inconsciencia sin que pudiera hacer nada, y lo sabía. Él había usado también esa táctica muchas veces en su vida.
Los drow de la casa U´Shea les rodearon, y Ashari sujetó a Kedair para que no se cayera de la silla.
—¡Ya sois míos, malditos! —exclamó triunfal Bethkalu en idioma drow—. Ya sois míos...
La sacerdotisa reparó entonces en el abultado vientre de Ashari, y su boca se torció en una fea mueca de desagrado.
—Pero si tú estás... ¿cómo has sido capaz? —dijo, dirigiéndose a su casi desfallecido hermano pequeño—. ¡Has mezclado tu sangre drow con sangre impura! Ya no puedes caer más bajo, Kedair. Has traicionado no sólo a tu casa, sino a toda tu raza. Nuestra casa ha sido destruida por tu traición, y ahora pretendes denigrar nuestra casta... Incluso la muerte es poco castigo a tus acciones.
—Deja a mi familia. Tómame a mí, haz lo que quieras conmigo, pero deja a Ashari —logró articular Kedair con voz pastosa, arrastrando las palabras en un enorme esfuerzo.
—¡No estás en posición de pedir nada! ¡Cómo te atreves a sugerirme siquiera que la deje libre! —gritó furiosa la sacerdotisa. Luego esbozó una perversa sonrisa—. Ella y tu hijo morirán incluso antes que tú. Así se llevará a cabo la venganza, el castigo que mereces. Así recuperaremos el favor de la Diosa.

Bethkalu hizo un gesto con la cabeza a Demanel y éste se acercó en su montura.
—Bajad del caballo —les ordenó en común con una maligna expresión satisfecha en el rostro.
Su mirada, dirigida a Ashari, se deslizó de los ojos verdes de la muchacha hasta clavarse en su vientre. La crueldad impresa en sus miradas delató con claridad los planes que los drow tenían para con ellos, para con su hijo nonato. Pero los drow ignoraban lo que era una madre protegiendo a su hijo, desconocían ese instinto y lo peligrosa que esa madre podía volverse. En la Antípoda Oscura las cosas no funcionaban con las mismas reglas que en la superficie.
Inesperadamente, Ashari conjuró un escudo protector que les mantenía aislados, a ellos dos y sus caballos, del grupo drow. Luego, recostando a Kedair contra su hombro para poder gesticular con ambas manos, realizó un complicado hechizo que les teletransportó a algún lugar a unos veinte kilómetros a la redonda, lejos del alcance de Bethkalu.

La poca ventaja que sacaron con esta maniobra fue suficiente para despistar a sus perseguidores y escapar, al menos de momento. Ashari frenó el caballo y buscó en su bolsillo a Das A´Shea, luego acarició con ella la frente y la pequeña herida de saeta del hombro de Kedair. El drow recuperó la consciencia al punto, gracias a la Piedra Negra se encontró de inmediato en plena forma una vez más.
—¿Cómo? —preguntó perplejo a Ashari, al no ver rastro de sus captores—. ¿Cómo hemos escapado?
—No iba a permitir que nos hicieran daño. No ahora, que gracias a nuestro llorado Galai ya no estoy indefensa.
Kedair la miró y sonrió, orgulloso de ella. Luego la besó en los labios.
—No, no eres ya una muchacha indefensa. Eres toda una hechicera. Seguro que les dejaste pasmados.
—Pero pasmados.
Kedair soltó una alegre carcajada y sacudió las riendas. El caballo reanudó la marcha.

Cruzaron un nuevo río y viajaron paralelos a su curso, pues llegaron a la conclusión de que se hallaban al norte de los Páramos Eternos, y debían bordearlos hacia el este para llegar a Luna Plateada. Tras guardar el mapa, sus corazones se llenaron de esperanza y ansiedad, pues se hallaban a no más de cinco días de distancia de su destino.

Cabalgaron medio día hasta caer la noche, y arribaron a la linde de unas montañas con poca forestación. Su intención no era detenerse, pero Ashari, que había intentado disimular su malestar durante horas, no podía continuar: en su estado, esa desesperada cabalgada le había hecho más mal que bien. Necesitaba descanso, un lugar tranquilo donde prepararse para dar a luz. Kedair buscó y encontró una profunda cueva, que se hundía en las entrañas de la tierra y que incluso contaba con un pequeño lago de aguas heladas, condujo hasta allí a la muchacha y los caballos. Luego buscó leña y encendió un fuego.
Dos días completos tardó en ponerse de parto, dos días de angustia temiendo ser encontrados. Dos días en los que Kedair salía de la gruta en contadas ocasiones para cazar y buscar leña. Y en más de una de estas ocasiones, el drow fue visto por alguien que vigilaba sin que él lo advirtiera.
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Esa noche, los dolores se hicieron más frecuentes y más intensos. Ella esperó, tal y como le explicaran las enanas de Threnken Hall, hasta que le sobrevinieron unas ganas tremendas de empujar. Entonces, ayudada siempre por el drow, Ashari se desnudó completamente y puso una manta sobre sus hombros; colocó otra en el suelo y se arrodilló sobre ésta con las piernas bien abiertas, cerca del calor de la lumbre. A pesar del frío ambiente, la hechicera sudaba. Kedair, que no cabía en sí de angustia, se colocó frente a ella, para ayudarla en lo que pudiera. Y Ashari empujó, agarrada al solícito y preocupado drow, y una buena cantidad de agua salió de su cuerpo, corriéndole por la cara interna de los muslos, hasta empapar la manta. Las contracciones se hicieron entonces más intensas y frecuentes.
—Duele, Kedair, duele mucho…
—Aprieta mis manos cada vez que empujes. No te asustes, todo va a salir bien —dijo él, más espantado aún que ella.
—¿Y si no sale bien?
—¿Quieres que use la piedra? —sugirió el más preocupado aún ante tal posibilidad.
—No… creo que… sea buena idea…—respondió ella con los dientes apretados durante otra contracción. —¿Y si… me regenera y le cierra… el paso al bebé?
El decidió no usarla por si las moscas, pero odiaba no poder aliviar el dolor de su amada.
—Grita, Ashari, grita si lo necesitas, pues nadie ha de oírte.
—No creo que sea buena idea…

La muchacha no gritaba. A cada nueva contracción, apretaba los dientes y jadeaba con dolor, empujando, ayudando a su hijo a salir de su cuerpo.
De pronto, el fino oído de Kedair captó un tenue susurro de ropas, y sus ojos un ligero movimiento. Alguien había entrado en la cueva. Y supo que ese alguien era un drow.
—Nos han encontrado...—le dijo a Ashari.
—¡Oh, por los Dioses, ahora no!
Entonces, rápido como el rayo, se puso en pie y desenfundó sus catanas, corriendo hacia el invasor para hacerle frente. Una sombra pareció cobrar vida, Kedair se agachó instintivamente y evitó que algo grande, que le pasó por encima, le derribara. Se enderezó y continuó derecho hacia el extraño.
El intruso llevaba en sus manos dos cimitarras, que levantó para detener la embestida de Kedair. Por un momento, los ojos lilas del oponente confundieron al defensor. No reconoció en ellos a un guerrero de su casa, pues ninguno poseía unos ojos de tan peculiar color, pero aún y así siguió atacando como un animal acorralado en defensa de su familia. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que su oponente era más diestro que él, además de contar con aquél animal negro y de afiladas garras y dientes, que Kedair tenía que esquivar continuamente.

La danza a muerte que enfrentaba a ambos drow llenó la gruta de ecos que amplificaban el sonido del choque de aceros. Sin dejar de batirse, sorteaban estalagmitas, realizaban giros y saltos, atacaban y se defendían sin cuartel. Tanta adrenalina recorría el cuerpo de Kedair, tanta era su determinación por terminar con la amenaza, que ni siquiera sintió el corte que una de las cimitarras le hizo en el brazo. Pero estaba consiguiendo que el enemigo no se acercara a Ashari tanto como para descubrirla.
Ella, desesperada, no podía hacer nada. El nacimiento del bebé era inminente, y no lograba concentrarse para lanzar un hechizo que ayudara a su drow. Sólo atinó a llamar a Vernelot: el unicornio ayudaría a Kedair una vez más.
La cota de mallas detuvo una estocada que impactó en su pecho, pero la siguiente le hirió en la pierna izquierda. Kedair supo que estaba perdido. Supo que estaba a su merced. Ya no podía moverse con soltura, y ante dos rivales de esa envergadura, pronto llegaría el golpe de gracia. Sin embargo, siguió luchando con desesperación. Hasta que tropezó al retroceder y cayó de espaldas pesadamente.

En ese momento, Ashari gritó. Su grito, desgarrador y esforzado, recorrió toda la cueva antes de perderse en la noche, sobrecogiendo a ambos contendientes. Luego, el llanto de un bebé se sumó a los últimos ecos del grito de Ashari.
El extraño cruzó sus armas aprisionando el cuello de Kedair, un solo movimiento y su cabeza rodaría por el suelo, pero el llanto del bebé le dejó consternado y detuvo su brazo. Entonces, un unicornio surgió de la nada y se colocó protectoramente junto al drow herido, amenazando con su cuerno al intruso y su pantera.
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“¡Alto!”, dijo el unicornio al drow de los ojos lilas, levantando la testa tras haberle reconocido. “Baja tus armas, pues Kedair no es tu enemigo”.
El peculiar drow obedeció atónito, apartando de inmediato las cimitarras.
—No… no pensaba matarle… Guenhwyvar, aléjate de él —dijo el drow intruso a su pantera, confundido y pasmado tanto por la presencia del unicornio como por que le hubiera hablado.
—¿Quién eres? Tú no perteneces a la casa U´Shea...—preguntó Kedair, aún desconfiado.
—Por supuesto que no, ya no pertenezco a ninguna. Soy Drizzt Do´Urden.
—¿Drizzt... Do´Urden? He oído hablar de ti. ¿Eres el drow que dejó Menzoberranzán para vivir en la superficie? —dijo Kedair, pasmado.
—Lo soy.
Durante unos segundos, Kedair miró al otro, absorto en sus pensamientos. De pronto recordó a Ashari y salió de su estupor.
—Tengo que ir con ella…
Kedair, convencido ya de que el drow no era una amenaza, corrió cojeando hasta Ashari. La muchacha sostenía en sus manos a un bebé de piel oscura, aunque más clara que la de su padre, cuyos ojos rojizos la miraban inquietos. Aún respiraba pesadamente, y parecía terriblemente cansada, pero en sus ojos brillaba la ilusión y la ternura contemplando al pequeño ser que agitaba los bracitos en el aire.

—Es un varón... —dijo ella con voz quebrada por la emoción, tranquila ahora tras el parto y la presentación del extraño. Ashari recordaba las palabras de Witael y de Vernelot, que hablaron de la bondad de aquel drow.
Kedair miraba a su hijo aliviado, finalmente todo había salido bien.
—Condenado Galai, tenía, como siempre, razón: el niño ha salido a mi…—bromeó, recordando al mago y haciéndole partícipe, de algún modo, de ese mágico momento—. Te ha salido perfecto, amor mío, como todo lo que haces.
Kedair acarició su manita y el bebé agarró uno de sus dedos; en ese momento le pareció una maravilla que ellos dos hubieran hecho una personita.
Drizzt contemplaba la escena con una cálida expresión en el rostro, aún azorado al pensar en la tragedia que podía haber acontecido por su culpa.
—Quisiera que se llamara Ashzá.
—Me gusta… ¿Es un nombre drow? —preguntó ella.
—No. Es tu nombre transformado al masculino.
Ella le sonrió, sintiéndose adulada.
—Pues que Ashzá sea su nombre —concedió Ashari.

Posteriormente, Kedair usó la Piedra con el bebé y el cordón umbilical se secó, dejando un bien formado ombligo; después la usó con Ashari, que expulsó la placenta, dejó de sangrar y sintió cómo todo regresaba a su estado natural, como si nada hubiera ocurrido. Cuando terminó, la usó consigo mientras la hechicera se afanaba en limpiar y vestir al bebé antes de ocuparse de ella misma.
Kedair volvió a aproximarse a Drizzt, que se hallaba sentado sobre una roca a cierta distancia de la pareja, con el bebé envuelto en una mantita. Mientras, la nueva madre procedía a asearse en el lago como era su deseo, cuya agua calentó previamente con un práctico hechizo.
Drizzt, vuelto de espaldas a ella por respeto, miró al bebé con un extraño anhelo.
—Siento haberte atacado, pero te tomé por uno de mis perseguidores —le dijo Kedair—. Varios guerreros, una sacerdotisa y el maestro de armas de mi casa nos persiguen. Yo también abandoné nuestro oscuro mundo. Por ella. Porque la amo. Y también porque soy diferente… como tú.
—Te entiendo, hermano —dijo Drizzt palmeando suavemente el hombro de Kedair—. Y te envidio. Es un bebé precioso... Ojalá hubiera muchos más como nosotros…
Drizzt acarició la cabecita del pequeño, recubierta de una pelusilla blanca salvo por un mechón negro como una noche sin luna, en la parte superior. El pequeñín agarraba con fuerza el dedo de su padre, que le miraba con orgullo y amor.
Otros personajes aparecieron en la cueva. Kedair dio un respingo, pero Drizzt se apresuró a tranquilizarle.
—Son amigos — dijo.

Una muchacha de cabellos ondulados y rojizos, armada con un bello arco, un enano y un bárbaro que portaba un enorme martillo de guerra, se acercaron hasta ellos.
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—Bajad las armas, pues aquí no hay enemigos —les pidió Drizzt.
—¿Qué demonios ocurre aquí? —bramó el enano, cuyo rostro estaba surcado por una cicatriz que atravesaba una cuenca ocular vacía.
—Acaba de nacer un bebé —dijo Drizzt, dejando al enano perplejo.
—¡Será mejor que te expliques, elfo! ¡No nos habrás movilizado para que hagamos de parteras! —gruñó.
—Permitid que nos presentemos. Yo soy Kedair U´Shea, y ella es Ashari Nalpahal, mi esposa —dijo Kedair señalando en dirección al lago.
Los tres personajes soltaron una exclamación al reparar en el unicornio que se erguía junto al agua, ocultando con su cuerpo la desnudez de una mujer, y que les observaba en su blancura radiante
—Viajamos a Luna Plateada, para establecernos allí… si es que somos aceptados, cosa que, con las experiencias que hemos afrontado, empiezo a dudar. Por otro lado, estamos siendo perseguidos por un grupo de drow de la desaparecida casa U´Shea con intención de darnos muerte… Por eso te ataqué, Drizzt, creí que eras uno de ellos.
Drizzt hizo un gesto para indicarle que lo entendía y que no pasaba nada.
—Yo soy Bruenor Battlehammer, rey de Mithril Hall, que se encuentra muy cerca de aquí —se presentó el enano—. Ella es Cattie-Brie, mi hija, y él mi muchacho, Wulfgar. Drizzt, que supongo que ya se habrá presentado, es mi yerno.

La muchacha de cabellos rojizos se aproximó a Kedair y miró al bebé. Luego vio a la mujer de aspecto humano que se aproximaba, y sus ojos se encontraron con la mirada color lavanda de Drizzt.
—Oh...—exclamó—. No puedo creerlo… Ellos…Ellos también, como nosotros…
—Y, además, nos hemos encontrado —añadió Drizzt, que entendía la sorpresa de Catti-Brie.
—Sí, veo que tenemos mucho en común —dijo Ashari, ya aseada y vestida, que se aproximaba a ellos flanqueada por el unicornio—. ¿Vosotros tenéis hijos?
—No, aún no. Pero viendo al vuestro, no creo que tardemos…—apuntó Drizzt, mirando a su esposa.
—Qué bonito es… ¿Puedo cogerlo? — pidió Catti-Brie.
Kedair le pasó con cuidado al recién nacido. Ashari captó la mirada que Drizzt y la mujer cruzaron y se sonrió; no pudo evitar sentir una corriente de simpatía hacia ellos.

Kedair la rodeó con su brazo y la estrechó contra sí, pues se sentía feliz. También contribuía a esa felicidad haber encontrado a alguien de su propia raza que, asimismo, había traspasado el umbral de su mundo para abandonarlo. Nadie, ni siquiera Ashari, podía entenderle como Drizzt.
Luego, la muchacha de cabellos castaño-rojizos le devolvió el pequeño a la hechicera.
—La Dama Alustriel es amiga nuestra —dijo Drizzt—. Os acompañaré hasta Luna Plateada y os presentaré. No habrá ningún problema. Si existe algún lugar donde podáis vivir tranquilos, es allí, sin duda.
—Pero antes descansaréis en Mithril Hall —decretó el enano—. A ver si esos drow se atreven a venir a por vosotros…
—No he de decir que no a tan amable ofrecimiento —aceptó Kedair.
Ashari afirmó con la cabeza, mostrando su acuerdo. Entonces se volvió a Vernelot, dejó al grupo y se aproximó al unicornio, que se hallaba a unos metros.
—Mira, Vernelot, éste es Ashzà, nuestro hijo.

El unicornio acercó sus ollares y olfateó al recién nacido con sumo cuidado. Luego levantó la testa y la sacudió, alborotando sus largas crines en el aire, en señal de regocijo.
“Este bebé es único, Aental’ne: no hay otro en el mundo como él. Pertenece a una raza nueva, una mezcla que aún no tiene nombre. Pero yo sé qué nombre ha de tener”.
—Y, ¿cuál es, Vernelot?
“Shee´med, que en élfico significa semilla del bien. Será un drow shee´med”.
—Shee´med...—murmuró la hechicera mirando embelesada a su hijo, que dormía plácidamente ahora—. Qué bonito nombre para una raza... Gracias, Vernelot.
“Drizzt Do´Urden”, llamó el unicornio. “Tu destino está ligado a esta familia, en especial a Kedair. Él es tu hermano ahora, tu homónimo, tu equivalente, tu responsabilidad. Cuida esos lazos, fortalécelos, y esa parte de tu alma que añora y aborrece tus orígenes encontrará la paz que tanto anhelas. Ayúdale, vigilante, a hacerse un sitio en este mundo y prepáralo para lo que está por devenir, pues el Tiempo de la Gran Guerra se acerca”.
—¿La...Gran Guerra? —preguntó Drizzt, intrigado y sobrecogido.
“No he de explicar más”, zanjó Vernelot.
—Así lo haré —acató el vigilante cruzando sus manos en el pecho e inclinándose levemente.
Vernelot se centró entonces en Ashari y frotó cariñosamente su morro contra el brazo de ella.
“Se acercan tiempos oscuros, mi Aental’ne: debes completar tu formación”, le dijo sólo a Ashari. “Aprende de la Dama Alustriel tal como aprendiste de Galai. No vivas angustiada esperando el conflicto, pues poco antes de que ocurra yo volveré a ti. Ya no nos veremos hasta entonces, señora”.
—¿No… no nos veremos…? ¿Ni aunque te llame? — dijo ella con tristeza.
“No vas a necesitarme, Aental’ne. Y hasta entonces, vive la vida por la que has luchado tanto, aprende y sé feliz, pues cuando tú lo eres, yo lo soy”.

El unicornio giró en una alegre cabriola y cabalgó hacia el exterior de la gruta. Todos le miraron hasta que desapareció.
—Os ayudaremos a recoger el campamento —dijo Wulfgar—. No demoremos más la partida hacia Mithril Hall.
—Mi muchacho tiene razón —estuvo de acuerdo Bruenor—. Volvamos todos a casa.






LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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