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Reto Ago19: NI EN MIL VIDAS QUE VIVIERA
#1
NI EN MIL VIDAS QUE VIVIERA



El barco del faraón cortaba las aguas del Nilo, majestuoso y orgulloso, navegando hacia puerto de Karnak. Sorteando con cuidado un grupo de hipopótamos que sólo mostraban parte del lomo, llegaron sin contratiempos al muelle y atracaron.
Tardaron un buen rato, mientras los marineros y el personal se movían como avispas irritadas, en desembarcar. Cuando lo hicieron fue en forma de comitiva, acompañando en fila de a dos a una litera con cortinajes que albergaba en su interior al primogénito del faraón.

Directos a palacio, los miembros de la comitiva no se distrajeron durante el traslado, asegurándose de que ningún peligro acechara al heredero de Egipto. Dentro aguardaba ya una corte de cargos públicos, sacerdotes y sirvientes.
Tras los saludos de protocolo, el príncipe se disculpó y se retiró a sus habitaciones, sudoroso y cansado. Al poco, a su puerta llamó la razón de su viaje a la ciudad, y entró con su permiso. 

La sanadora era una mujer muy joven a pesar de lucir el pelo, negro como la noche, recogido en un moño, lo cual indicaba su estatus de mujer casada. Todos la habían señalado como la mejor médica de todo Egipto, bendecida por los dioses con el don de la sanación. Quizá su matrimonio con el Sumo Sacerdote le hubiera procurado la gracia de Sekhmet y Toth.
Se inclinó en una pronunciada reverencia, cruzando sus delicadas y cuidadas manos sobre el pecho, mientras pronunciaba el saludo de rigor a alguien del más alto rango, y pidió permiso para aproximarse al lecho donde yacía. Él asintió.
La enfermedad del príncipe no era ya un secreto de estado. Los rumores se habían ido extendiendo por todo el país, las noticias acerca de sus visitas a médicos reputados corrieron como el fuego por la hojarasca seca, y el deterioro de su salud era visible de día en día.

Aikama se aproximó al príncipe. No llevaba más instrumento que sus propias manos. Con respeto, pidió permiso para examinarle y, al serle concedido éste, sugirió con delicadeza que se quitara la ropa hasta el mínimo indispensable para el decoro.
Cuando su petición estuvo cumplida, la sanadora procedió al examen, acompañándolo de muchas preguntas. Sus manos se deslizaban, sabias y precisas, por el cuerpo de Narfoc, deteniéndose ahora aquí, ahora allá, presionando, palpando; miró profundamente en sus ojos, en sus oídos, rebuscó entre sus cabellos y entre los dedos de manos y pies. Cuando terminó, sorprendentemente tenía ya un diagnóstico. El príncipe esbozó una sonrisa burlona, escéptico.
—Lo que ninguno de los experimentados médicos, de reputación merecida, ha conseguido tras varias visitas, ¿pretendes haberlo logrado tú en apenas media hora?
Ella bajó humildemente sus ojos del color del ébano, pero no se sonrojó ni le tembló la voz.
—Así es, mi príncipe.
La afirmación sin titubeos impresionó a Narfoc. Guardó silencio durante unos instantes, silencio que ella secundó.
—Está bien. Proseguid.
Ella no levantó la vista al hablar.
—Será un tratamiento largo, me temo. Pero no quedará huella de la enfermedad cuando finalice.
Él chasqueó la lengua. Le irritaba de algún modo la seguridad que irradiaba de ella. Pese a lo que pretendía aparentar, no había ninguna humildad en la sanadora.
—Si resultara que te equivocas o que intentas engañarme, no seré nada magnánimo contigo. ¿Te reafirmas, pues, en lo dicho?
Ahora sí levantó la cabeza, y le miró a los ojos profundamente, con reproche.
—Sin dudarlo, mi príncipe. Siempre y cuando sigáis al pie de la letra mis directrices, que tengáis la paciencia necesaria y no temáis al dolor.
Él se perdió en su mirada, midiéndola. Finalmente perdió el pulso y afirmó con la cabeza. Satisfecha, Aikama pidió permiso para retirarse y él se lo concedió con un gruñido. Antes de cruzar la puerta y sin volverse siquiera, añadió que esa tarde comenzaría el tratamiento.
Durante las primeras semanas se vieron en pocas ocasiones, tan sólo le visitaba para examinarle. La sanadora delegaba en avezados ayudantes —bajo sus órdenes— el tratamiento del príncipe, sencillo en sus primeras etapas. Luego, cuando empezó lo más duro, acudía cada día por tres veces.

Si bien no habían empezado con buen pie y al principio el trato entre ambos fue cordial pero frío, poco a poco esto cambió. Narfoc fue mejorando y también lo hizo su humor. Empezó a fijarse en la joven, en su esbelto cuerpo, en sus facciones dulces, en sus manos pequeñas; de igual modo se encontró disfrutando de su melodiosa voz en conversaciones agradables y cada vez más distendidas. Su ingenio le hacía estallar en sonoras carcajadas, y cuando la vio sonreír por primera vez se quedó prendido de su sonrisa. Y así, no bien salía por la puerta, anhelaba ya su regreso.
Y ella ya no delegaba en sus ayudantes ningún aspecto del tratamiento, por sencillo que fuera. Las conversaciones con el príncipe, la agudeza de ambos en ellas al servicio del humor y también del intelecto, la hacían disfrutar de esos momentos. Comenzó a apreciar al hombre inteligente tras el título, y también al hombre a secas. Le empezó a preocupar, a su vez y mucho, el nerviosismo que antecedía a sus visitas, el placer que su compañía le procuraba y el abatimiento en que se sumía cuando se marchaba. Temía a sus sentimientos, pero eran más fuertes que ella.
La diosa Hathor les bendijo con el amor, un amor puro y fuerte que no tardó en revelarse. Un día sus manos se tocaron, sus labios se encontraron y sus cuerpos se unieron. Ya no hubo marcha atrás.

Mas, sucedió que, terminado el tratamiento, Narfoc le pidió que abandonara a su marido y se fuera con él a Menfis, para convertirla en su esposa. Y ella accedió. Pero el Sumo Sacerdote también amaba a Aikama, aunque con una pasión enfermiza, y después de anunciarle al religioso su divorcio y su marcha, prefirió la muerte a perderla. Así pues, cuando fue capaz de reaccionar, la abordó en el momento en que iba a subir al barco del faraón, hundiendo una daga en su pecho.
Narfoc, roto de dolor, se derrumbó junto a ella en su agonía. Y tanto se amaban que de allí surgió la promesa de ambos, jurada a los dioses por testigos, de buscarse en el más allá y no cejar hasta tener lo que no pudieron en esta vida. Mas, antes de ser ajusticiado por el príncipe allí mismo, el Sumo Sacerdote les maldijo con no lograrlo en mil vidas. Su cabeza rodó poco después de que Aikama expirara. 
     


*          *          *

Muchas fueron las veces volvieron a nacer y no se encontraron, bien porque lo hicieron en lugares distantes, o bien porque uno de los dos, o los dos, morían antes de llegar a la pubertad, incluso al nacer; otras veces sus nacimientos no estuvieron sincronizados, y el uno llegaba a la flor de la vida cuando el otro estaba ya en el ocaso de la suya. Pero otras veces sí lo hicieron, se encontraron, se sincronizaron.


*        *        *


La aldea estaba en llamas. La gente corría entre las casas mientras la caballería les perseguía, dándoles muerte sin ningún miramiento, sin importar que fueran hombres, mujeres o niños. Había que dar escarmiento: eran las órdenes del Shogun.
El samurái bajó del caballo y comenzó a registrar las cabañas una por una. Si hallaba a alguien escondido lo sacaba a la calle, implacable, arrastrándole de los cabellos; su catana acallaba, sistemáticamente, las súplicas de piedad y los gritos de terror.

La encontró en un rincón, hecha un ovillo. Agarró sin compasión sus largos cabellos negros y tiró de ellos, preparó su espada para cortar el cuello de la infeliz muchacha; pero cuando descubrió su rostro y sus ojos se encontraron, algo le detuvo. Ambos se miraron profundamente, pasmados, inmóviles. El terror en su mirada y las lágrimas que arrasaban sus ojos se detuvieron, así como el fervor asesino del guerrero. En la mano del samurái aún permanecía la espada, goteando sangre, perpendicular a su cuerpo, mas ella supo que ya no era una amenaza. Y él, efectivamente, no pudo usarla.

La sacó de la casa y ató sus muñecas. Sin dejar la cuerda, montó en su caballo e impartió órdenes a los soldados; luego golpeó los flancos de la montura con los pies y el caballo echó a andar con la muchacha maniatada caminando tras él.

La hubiera tomado por esposa, si no tuviera ya una. Así que, incapaz de renunciar, la acogió como concubina y la alojó con las demás.
Sin embargo, no era una más de las varias de las que el samurái disponía. Ella se convirtió en su obsesión, Akiama gozaba de todo el tiempo libre de su señor en exclusiva. Fankor no yacía con ninguna otra, ni siquiera con su esposa, y ésta sufría sus celos en silencio, sumisa, sintiendo crecer el odio hacia la concubina. Nunca había tenido para sí la pasión que veía en él cuando la miraba, el amor con que la acariciaba, la dulzura con que le hablaba. Pero lo peor era que ella le correspondía en el mismo grado: la esclava le amaba, sin duda.

Mas un día recibieron la visita del Shogun. Tal honor había que ser correspondido con total hospitalidad, lo cual incluía la visita —si el Señor así lo quería— a las concubinas de la casa.
Pero Fankor no estaba dispuesto a compartir a Akiama con nadie, y menos con ese hombre, así que la ocultó. Esa noche, acompañó al Shogun a la casa donde las esclavas se alojaban. Ninguna de las seis agradó al noble, que torció los labios con disgusto y frunció el ceño, mas entonces apareció la esposa custodiando a Akiama. Ambas se inclinaron ante el hombre respetuosamente y después la mujer pidió perdón por la tardanza, alegando el arreglo de la concubina como excusa. Los ojos del Shogun se alegraron y una sonrisa apareció en sus labios: también en los de la esposa, que miró a su marido intentando disimular su aire triunfal. Se la llevó a los aposentos, mientras Fankor apretaba los dientes y los puños. Cuando salieron, le dio a su esposa una fuerte bofetada que la tiró al suelo.

Esperó solo en un rincón oscuro del jardín, loco de rabia, mientras oía los gritos y lloros de Akiama. De todos era sabido el maltrato que el Shogun gustaba prodigarles a sus compañeras de cama. Fankor apretaba la empuñadura de su catana, intentaba templar sus nervios, mas finalmente no pudo.
Mató a los centinelas del Shogun antes de entrar en el aposento en tromba, con la catana bien agarrada con ambas manos. Akiama estaba en el suelo, bajo el peso del hombre, desnuda y sangrando por la nariz, con el labio partido. En su hombro atisbó la marca roja de unos dientes, pero cuando el señor se apartó vio las mismas marcas en sus pechos y en su cuello. La catana silbó y una cabeza rodó por el suelo. Después, soltándola, corrió hacia ella y se arrodilló a su lado.
Akiama lloró cobijada en sus brazos, temblaba. El dolor y terror de su amada se filtraba por sus poros y los sentía como propios, y así estuvieron un rato, abrazados, consolándose. Hasta que poco a poco, la consciencia de su acto ensombreció la mente de ambos.

El castigo por asesinar al Shogun era la muerte. Y, sin él, ¿qué sería de ella? Lo comprendieron. Mirándose a los ojos, supieron que no tenían otra salida. Antes de hacerlo se volvieron a abrazar, se besaron entre lágrimas, se confesaron una vez más su amor. Y luego lo hicieron: él hundió la catana en su vientre mientras ella se clavaba una afilada daga. Así les encontraron, sobre dos charcos de sangre, con las manos entrelazadas y los ojos perdidos en la eternidad.


*          *            *


Otras vidas transcurrieron sin encontrarse, en algunas ni siquiera fueron humanos; en otras de nuevo nacieron y murieron lejos el uno del otro, sin llegar a conocerse, viviendo unas vidas a veces solitarias, a veces infelices, otras creyendo ser afortunados pero con la sensación de que les faltaba algo. Nunca podrían alcanzar la plenitud, pues sólo la lograban cuando estaban juntos, durante esos efímeros tiempos en que tocaban la felicidad con solo mirarse, pero que no duraban a causa de la maldición.


*          *          *


La turba llegó como un río, ocupando la calleja en toda su anchura; como un enorme gusano erizado de púas, sobresalían por encima de las numerosas cabezas herramientas de campo convertidas ahora en armas: azadas, guadañas, horcas y hachas.
Se detuvieron ante la casa y uno de ellos, aquel que había envenenado las mentes de sus vecinos, tomó la voz cantante. Cada una de sus acusadoras frases era secundada por el gentío, enardecido y excitado como un lobo oliendo la sangre de su víctima. No recordaban ya todas las veces que la herbolaria había aliviado sus males e incluso salvado sus vidas y las de sus hijos. Ni siquiera pensaban como individuos, ahora eran parte de la masa y no pensaban. Solo obedecían, convencidos y guiados por la habilidad de un hombre despechado, los mandatos de la Iglesia, los mandatos de Dios.
La llamaron bruja. Le exigieron que saliera, pero ella no lo hizo. Entonces echaron la puerta abajo y entraron. No estaba en la casa, había huido.

Todo empezó con la llegada del nuevo párroco, un joven cura venido de la capital con una mentalidad más abierta que la del fallecido padre Damián, hombre recto e inflexible. El joven sacerdote pronto chocó con la forma de pensar de la gente de la villa, que no obstante le respetaban por ser el representante local de la Iglesia. Pero pronto empezaron las habladurías, en especial desde que la herbolaria pasó a ser compañía habitual del cura.
Fue un flechazo, como suele decirse. Dada su condición, ambos trataron de luchar contra sus sentimientos, mas eran estos más fuertes que sus voluntades y, a pesar de sus esfuerzos, acabaron sucumbiendo al amor que sentían en sus corazones. Trataron de ser discretos, pero los modos entre los amantes suelen delatarles, y en el pueblo empezó a hablarse de ello. Y en esto vio su oportunidad de venganza aquel a quien ella rechazo varias veces, que encontró en la situación, loco de celos, el modo de conseguir que, si ella no habría de ser para él, no fuera para nadie. Él fue el primero en usar la palabra “bruja", él plantó esa semilla en las mentes de los más beatos, insistiendo, argumentando. Y pronto la gente vio pócimas en sus jarabes, conjuros en sus cocciones y al diablo en su sombra.
La turba se dirigió a la iglesia entonces, dejando tras de sí la casa en llamas.

Maika lloraba abrazada al padre Fran. Él acariciaba su espalda con preocupación, intentando consolarla, pero sabía que la muchacha estaba en serios problemas. Y él también. La soltó cuando escuchó abrirse la puerta de la iglesia, la miró a los ojos durante un momento y se levantó del banco, dispuesto a enfrentarse con la turba. Sin miedo, avanzó hacia ellos y se plantó ante el cabecilla.
—¡Esta es la casa del Señor! ¡No toleraré violencia alguna aquí! ¡Salid ahora mismo, sacad vuestras armas, estáis en Sagrado!
La gente bajó la cabeza y las armas, convirtiéndose de nuevo en campesinos portando útiles de labranza. Las palabras del párroco actuaron como un jarro de agua fría en los ánimos asesinos de la turba, y poco a poco se dieron la vuelta y se dispusieron a abandonar la iglesia; mas no aquel cuyo odio ennegrecía su alma.
—¡Ahí está la bruja! —gritó señalando a la mujer del primer banco—. ¡Entregádnosla, padre, hay que quemarla!
—¡No hay tal bruja! Tan sólo hay aquí una mujer que ha ayudado al bienestar de este pueblo, aquella que nunca ha negado a nadie sus conocimientos, acogida a sagrado por culpa de la ingratitud de sus vecinos. ¿Acaso no os avergonzáis de darle este trato? ¿Acaso no entendéis la gravedad de vuestros actos?
Los campesinos escuchaban al cura y dudaban. Eusebio, el incitador de todo ello, se giró y se disgustó ante la duda de la gente. Pero no iba a rendirse.
—¡Ya veis, vecinos, lo que ocurre aquí! ¡La bruja ha hechizado al cura! ¡Ha corrompido a un representante de Dios!
La gente comenzó a murmurar, los ceños volvieron a fruncirse y los ojos volvieron a desconfiar.
—¡Cómo osas, desgraciado! ¡Fuera de aquí todos! ¡Fuera, he dicho! Pienso informar de esto a la autoridad, Eusebio. No voy a tolerar nada de lo que pretendes.
El facineroso le miró con una sonrisa siniestra.
—Nosotros tampoco. Debemos informar a la Inquisición, padre, por su propio bien.
Salieron de la iglesia y cerraron la puerta, pero al padre Fran le flaquearon las piernas y sintió un nudo en el estómago tras la mención a la Santa Inquisición.

Y la Inquisición no tardó en aparecer, eran rápidos en acudir cuando se les requería. Antes de que se dieran cuenta habían recopilado docenas de testimonios en contra de Maika, encontrado pruebas y puesto fecha al juicio. Para ellos no significaba nada que una bruja se acogiera a sagrado, pues la iglesia era su feudo y allí no había piedad alguna con el diablo. La muchacha salió de allí maniatada y fue arrojada a una mazmorra fría y oscura, donde fue maltratada, violada y humillada por sus carceleros. En la soledad de su encierro, en las tinieblas de aquella celda de donde solo salía para ser torturada en crueles interrogatorios, sufrió un aborto. Había sospechado su embarazo poco antes de ser prendida y no le había dicho nada a Fran, no hubo tiempo de confirmarlo; pero también eso fue tergiversado en su contra. En el informe del Gran Inquisidor constaba el aborto de una aberración como una de las principales pruebas de su vínculo con el diablo.

El juicio fue una pantomima, estaba ya condenada de antemano. Se la penó a morir en la hoguera, como todas las brujas. En cuanto al padre Fran, ingresaría en un monasterio para ser “desintoxicado" de la influencia del Maligno.

Descalza, sucia y harapienta, arrastrando los pies atados con cadenas cuyos grilletes hacían sangrar sus tobillos, la otrora herbolaria de la villa era conducida a la pira preparada en la plaza del pueblo. Sus ojos habían perdido el brillo de la inocencia, habían perdido la esperanza, y los dirigía, opacos y aterrorizados, al palo donde sería atada para ser quemada viva. Lloraba vivamente, mas no suplicaba: qué piedad ha de esperarse de un tirano, de un fanático sin un ápice de humanidad. El Gran Inquisidor la miraba como a un insecto que había que aplastar, y en su mirada no había nada más.
Fran sintió desesperación. Sus piernas dejaron de sostenerle al verla en ese estado, tanto como por el hecho de que desfilaba hacia la muerte. En ese momento le abandonó su fe, porque ella no era lo que ellos decían: ella era amor y generosidad, un alma sensible al padecimiento ajeno, cuyo único pecado consistió en enamorarse perdidamente de él. Los monjes le sujetaron fuerte por ambos brazos y no dejaron que cayera. Iban a obligarle a ver cumplirse la sentencia.

Cuando Maika estuvo atada fuertemente en el palo, vertieron óleo en la leña. Eusebio acercó la antorcha, pero su mano temblaba. Ahora, viendo la consecuencia de su rabia, se arrepentía. Se arrepentía de haberle arrebatado la frescura, la dignidad y la vida misma. Pero ella no le miraba, ni siquiera escuchó su súplica de perdón; ella tenia la vista fija en Fran. Y Fran, blanco como el papel, la miraba a su vez con horror.
—¡Proceda con la sentencia! —tronó el inquisidor ante la inmovilidad de Eusebio—. ¿No fue usted quien insistió en ser quien prendiera la pira?
Sacudido por la voz áspera del poderoso representante de la Inquisición, Eusebio bajó la tea. Los leños secos prendieron rápidamente y el fuego se extendió hasta los pies de la muchacha, que empezó a gritar. Las llamas crecieron y también los alaridos de Maika, agudos y desesperados, y Fran luchó contra las manos que le inmovilizaban. Quería ir con ella y sacarla de allí, sentía consumirse su alma a la par que lo hacia el cuerpo de la mujer; finalmente sus aullidos cesaron y quedó inmóvil, una forma oscura entre las llamas, retorcida de dolor y desesperación.

Cuando ya sólo quedaron brasas, la gente fue abandonando la plaza, cabizbajos y horrorizados. Quizá el macabro espectáculo había calado en sus conciencias, tal vez no fue lo gratificante que pensaron, a lo mejor se dieron cuenta de que aquella forma carbonizada había sido una muchacha que nunca mereció la muerte, y menos aún una tan cruel.
El inquisidor también se puso en pie y se retiró del entablado montado para la ocasión, iría a recoger sus cosas: allí había terminado su labor.

Acompañaron a Fran a por su escaso equipaje, también él habría de cumplir su castigo con efectos inmediatos. Entró en sus dependencias personales mientras los monjes esperaban fuera. Al cabo de un rato, extrañados por su tardanza, estos entraron llamándole a viva voz, mas el padre Fran ya no oía nada mientras se balanceaba colgado de una soga prendida de una viga.


*          *          *


Más vidas se sucedieron hasta volverse a encontrar como seres humanos; fueron la flor y la abeja, la mariposa y el hinojo, el león y la hiena. Uno fue colono en el Oeste; la otra padeció hambrunas en China, nacieron en África y en Oceanía, en la Rusia de los zares y en América del Sur, sin coincidir tampoco en el tiempo.


*          *          *


Había nazis por toda la ciudad. Kamaia caminaba con cautela, agachando la cabeza, procurando no mirar a los ojos a los soldados alemanes que patrullaban las calles con los máuser cruzados en el pecho. Sabía que la buscaban y debía salir de París lo antes posible: su célula de la Resistencia había caído y algunos habían sido apresados, era más que probable que les sacaran los nombres de los demás componentes. La Wehrmacht sabía muy bien cómo hacerlo.

Estaba en un buen lío. A pesar de contar con muchas complicidades por parte de la población no activa, no faltaban colaboracionistas dispuestos a echarle el guante. Así pues, debía evitar no sólo a los soldados alemanes, sino también a la milicia francesa y a la policía del estado.

Se detuvo en el cruce acordado, pero enseguida vio que el coche que debía recogerla estaba siendo inspeccionado por los alemanes.  Pierre mostraba a un soldado su documentación, y ella maldijo. El novato había llamado la atención, seguramente, por permanecer estacionado demasiado tiempo, esperándola. Si hubiera podido, habría pateado el culo al muy idiota. Pero esa no fue la única torpeza del muchacho: el imbécil entró en pánico y trató de huir, gritándole a ella que corriera. Un disparo le detuvo, cayó casi a sus pies y alargó hacia ella su brazo; Kamaia miró a los soldados, ya venían hacia allí, pero sus piernas no respondían. Fue apresada y conducida a las dependencias de la Wehrmacht sin dilación.

Kamaia casi no veia nada más allá del cono de luz que proyectaba la lámpara sobre ella, pero cuando el uniforme de la Wehrmacht entró en su campo de visión, no pudo creerlo. Las insignias del cuello y del hombro portaban tres estrellas: nada menos que un general del ejército en persona. Tembló por lo que aquello significaba.
El general tomó una silla y se sentó, sacó una pitillera y extrajo un cigarrillo que se llevó a los labios, todo con una calma que le ponía los pelos de punta. Encendió el cigarro con un mechero de oro y expulsó una bocanada de humo con placer; entonces la miró a los ojos, larga y profundamente. Para sorpresa de Kamaia le ofreció uno.
—¿Gustas?
—Por favor —respondió ella sorprendiéndose a sí misma.
El alemán depositó el cigarrillo con suavidad entre sus maltrechos labios, luego le dio lumbre y ella aspiró varias bocanadas con ansiedad sin dejarlo caer, pues sus manos estaban atadas a la espada tras el respaldo de la silla. Le miró con el único ojo que podía abrir, desafiante, y él sonrió de un modo cálido y exento de amenaza.
Kamaia le miraba perpleja. No se fiaba pero, de algún modo, la mirada risueña del general la tranquilizaba y la atraía. El oficial era un hombre atractivo y elegante, destilaba seguridad en sí mismo e inteligencia; un espécimen peligroso a todas luces. Ella no iba a dejarse engañar por sus tácticas de interrogatorio.
—Veamos —dijo él cruzando las piernas despreocupadamente—, tu alias es Kamaia, ¿cierto?
Ella ni negó ni afirmó nada.
—Dime tu nombre real, Kamaia, no nos hagas perder más el tiempo. El tuyo y el de tus contactos, sabemos que no eres una simple maqui. Nuestra información apunta a que diriges una célula de las más importantes aquí, en París, por tanto debes conocer a algunos líderes.
Hablaba francés con fluidez y sin apenas acento alemán, lo cual significaba que era también una persona culta, pero no dejó que él apreciara su sorpresa. Kamaia aspiró una bocanada del cigarrillo y expulsó el humo en dirección al general.  El hombre le arrebató entonces el cigarrillo de los labios y lo aplastó en el suelo. Luego tomó su mentón y lo acarició con el pulgar, suavemente.
—No quisiera que tu hermoso rostro resulte más dañado de lo que está. Danos algo, algo que me permita detener esto.
—No voy a delatar a nadie. No hablaré, por mucho que me machaquéis.
El apartó su mano, ella se estremeció.
—Haré una cosa. Ya que no quiero continuar con este tipo de interrogatorio, te llevaré a mi casa. Vivirás conmigo. Supongo que sabes lo que tus amigos pensarán.
Lo sabía. Creerían que había hablado a cambio de protección, que se había convertido en una colaboracionista. Se revolvió en el asiento.
—¡Hijo de perra! ¡No diré una palabra, ni tampoco nadie creerá esa falacia!
—Oh, sí, me temo que lo creerán cuando se produzcan unas cuantas detenciones que teníamos planeadas. Irán a por ti, mon chéri.
Entonces se levantó y, sin añadir nada más, se marchó.

Se alojaba en el Hotel Meurice, sito en la calle de Rívoli, muy cerca de la Plaza de la Concordia, en la mejor suite. Kamaia era vigilada por soldados alemanes a todas horas, estuviera o no el general.
Lo cierto es que estaba muy confusa, llena de sentimientos encontrados. Por un lado, ella odiaba a los nazis, era una activista convencida; pero por otro se sentía a gusto cuando Frank estaba en casa. Frank. Había empezado a llamarle así en su interior cuando evitó que la SS se la llevara. Además era atento con ella, incluso cariñoso a veces; había llegado a apreciar sus charlas, siempre tan interesantes. El general era una persona culta, daba gusto escucharle, y se ganó su respeto. Pero su respeto aumentó cuando Frank le confesó en secreto que pertenecía a un grupo de militares, dentro de la Wehrmacht, que planeaba atentar contra Hitler. Fue entonces cuando Kamaia dejó de luchar contra sus sentimientos y se convirtió en su amante, pues él sentía lo mismo por ella. Fueron unos meses felices para ambos.

Pero sucedió que el atentado contra Hitler fracasó. Todos los oficiales involucrados en la Operación Valquiria fueron apresados y conducidos a un consejo de guerra, condenados a muerte de forma inmediata y ejecutados. Frank murió frente a un pelotón de fusilamiento el 21 de julio de 1944, pero antes se había ocupado de esconder a Kamaia en lugar seguro, a salvo de la SS y de la Resistencia francesa, que la tenía por colaboracionista.
Poco más de un mes después, París fue liberada por los aliados.


Kamaia no era la misma. Frank ya no estaba y todo le daba igual. Sin embargo, no tenía ni idea de que aún no había tocado fondo. Ella fue una de las mujeres víctimas de la Depuración. Así pues, fue sacada a la calle, arrastrada por las calzadas, humillada y apalizada; le raparon el cabello al cero para que todo el mundo la señalara como colaboracionista allá donde fuera, la exhibieron desnuda por las calles mientras recibía los escupitajos de sus conciudadanos, ignorantes de la verdad.

Tras eso, cuando pudo, Kamaia escribió una larga carta explicando la verdad, exonerando a Frank y a ella misma, y se encargó de que se hiciera pública. Luego se cortó las venas.


*          *        *


Las almas de Aikama y Narfoc se encontraron de nuevo en el éter y se acariciaron una vez más, pero esta vez no hubo tristeza. Mil vidas habían transcurrido, ni una más, ni una menos. La Diosa Hathor se materializó ante ellos.
—La maldición ha finalizado por fin —les transmitió con una sonrisa—. Y la próxima vida podréis vivirla juntos. Por fin. Después, os habréis ganado la Ascensión.
—No tendré suficiente con una vida, mi Señora. No, una vida es tan sólo un instante en la inmensidad del Tiempo…
—Siempre buscaré a Aikama, nunca renunciaré a encontrarla. Ni en otras mil vidas que viviera.
La Diosa les miró, sorprendida.
— ¿Y la meta… la meta que está al final del camino?
—Es él. —Aikama fundió su esencia con la de Narfoc por un momento, como un abrazo—. Precisamente acabo de alcanzarla. Gracias a él perviviré, mi Señora, probaré que no hay límites de lo posible.
—Y para mí es ella, ella es mi Ascensión —añadió Narfoc—. Viviremos la eternidad en la Tierra, a lo largo de innumerables vidas juntos…
—Y así será, os lo garantizo, pues pocas pasiones me han conmovido tanto como la vuestra. Id, volved al mundo con mi bendición. Empezad la primera de las innumerables vidas juntos que os esperan, pues bien os habéis ganado la felicidad.

Y entonces sus almas viajaron y, en el mundo, dos niños nacieron.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Con razón los nombres no se me hacían para nada japoneses en la reencarnación japonesa, usaste anagramas para nombrarlos en todas las vidas, aunque la verdad no lo veo necesario.

No soy lo que un padre quiere para su hijita bebé
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#3
(22/08/2019 07:34 PM)Duncan Idaho escribió: Con razón los nombres no se me hacían para nada japoneses en la reencarnación japonesa, usaste anagramas para nombrarlos en todas las vidas, aunque la verdad no lo veo necesario.

Apuesto a que este relato es tuyo, Duncan.
Responder
#4
(22/08/2019 07:42 PM)Iramesoj escribió:
(22/08/2019 07:34 PM)Duncan Idaho escribió: Con razón los nombres no se me hacían para nada japoneses en la reencarnación japonesa, usaste anagramas para nombrarlos en todas las vidas, aunque la verdad no lo veo necesario.

Apuesto a que este relato es tuyo, Duncan.

No puedo afirmarlo ; )

No soy lo que un padre quiere para su hijita bebé
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#5
Un gran relato. Has hecho, autor, gran uso de la cantidad de palabras, la historia tiene de todo y la mayor parte de buena calidad. El eje principal, la reencarnación, es un tema que me llama mucho la atención, y has sabido desarrollarlo de gran manera, pasando por distintas etapas de la historia. Lo que sin duda mas me ha gustado, es que no te has cortado ni un poco al contarnos el final de los personajes, es tan real y visceral que da que pensar. Ademas, como otro gran punto a favor, destaco la buena labor de investigación para cada época. El final es un gran broche para la trama.
Como puntos en contra, diría que en ciertos momentos ha quedado algo apresurado, o el ritmo cambió demasiado de un punto al otro.
En cuanto a ortografía, es el mejor hasta ahora.
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#6
Madre mia, varias historias de amor seguidas, es el paraíso para mí! Y además, muy bien escritas y documentadas, verosímiles, tragicas, y en épocas muy atractivas! Y con la reencarnación de telón de fondo, vamos, no se puede pedir más! Genial, autor, te me has metido en el bolsillo, y cómo!
Te has comido un articulo al principio, por eso, pero se te perdona por la preciosidad de relato que nos has traído. Genial, de diez, me encanta!
Suerte en el reto, te auguro un muy buen puesto!

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#7
Puedo decir que el relato tiene pies y cabeza, está perfectamente delimitado, con sus partes regulares, secuencia concreta, todo muy bien escrito, muy bien hecho en general.
Pero la historia no me acaba de invadir, no lo sé, quizá el hecho de es un relato histórico (un mundo conocido), por así decirlo, le exige a la historia que ponga mucho más énfasis en la humanidad de los personajes. ¿El único aspecto de estas dos almas humanas hijas de los dioses es que están pegados el uno al otro? Sé que la promesa de una sacerdotisa egipcia y un faraón han de ser muy potentes, pero bueno, quizá. Lo que sí me parece de lo más extraño es que Hathor misma les concediera así como así su petición.
Otra cosa, en el momento en que supe que en asa vida la estaban buscando por bruja, ya sabía exactamente como terminarían. Los otros tres escenarios sí me parecieron originales, en especial los primeros dos.
En fin, lindo, me dejó con los personajes en la cabeza un buen rato.
Suerte.
[Imagen: thump_9275437bardo.jpg]
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#8
Bastante bueno, pero demasiado repetitivo. La maldicion era que no pudieran vivir juntos, no que murieran siempre igual. Alguna vez podrian haberse separado por enfermedad, por accidente... o incluso matarse entre ellos por error o casualidad, para darle un extra de dramatismo.

Seguro que apreciaras esta cancion, autor:

[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#9
Leí este relato hace un día y se me olvido comentarte. A mí me ha gustado mucho (y no porque mi nombre esté implícito) tus historias siempre son muy empaticas con el lector. Claro que no a todos les gusta un relato que destile sentimientos, hay quienes prefieren giros argumentales, tensión, etc. Pero para gusto colores. Sí es cierto que el tema de la reencarnación y el reencuentro no es algo nuevo, pero a mí me gustó. Desde el principio sentí pena de que el relato acabará porque me encantaba. Las reencarnaciones que más me gustaron fueron la de Japón y los nazis. Esta última es mi preferida porque no sólo se ve el punto de vista de Narfoc, también el de Aikama, además de que ésta no se presta tan fácilmente al hechizo del reencuentro. Por cierto quiero leer que pasa después de que nazcan los dos bebés. Ya sé que pusiste que serían felices pero después de tanto sufrimiento quisiera verlo.
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#10
Yo lo leí el mismo día que se colgó, y enseguida fui consciente de que el nick de nuestra compañera Amaika estaba implícito, y dado que los personajes de Akiama, Kamaia y Maika sufren cosas tan humillantes (y pudieran interpretarse como alter egos de nuestra forera Amaika), me resultó duro por esa asociación, ya que de algún modo imaginaba que era a ella a la que le pasaban esas cosas. Sin embargo, viendo que la propia Amaika ha sido indiferente a este detalle, es absurdo que yo le siga dando importancia. Así que voy a decir algo:

Está muy bien escrito y da la sensación de tener rigor histórico, ya que en cada época da detalles históricos y culturales. La de la Inquisición es la menos detallada ya que solo menciona algo que sabemos todos, por incultos que seamos (que hacian juicios y torturas a las brujas), pero el de Egipto, mencionando sus creencias y rituales, el de Japón, mencionando sus leyes y costumbres, y el de la segunda guerra Mundial, con todos los detalles de las tramas de espionaje y la fecha de la Operación walquiria, demuestran mucho rigor y documentación. El estilo y redacción están muy bien y la idea de unir todas las historias mediante la creencia de la reencarnación, resulta muy atrayente.

No sabía quien es la diosa Hathor y siempre me gusta aprender cosas. Ahora me pregunto si fue elegida esa diosa en el relato porque los egipcios creían en la reencarnación, y siempre viene bien un texto que espolea a aprender. Enorabuena
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