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Reto Ago19: La chica del saco rojo
#1
‹‹Llegó con poco retraso›› pensó Alan.
Se refería al metro de las 07:30.
Él sabía qué pasajero sería el primero en bajar: la anciana, bajita y encorvada, empujando el chirriante carrito de las compras, que amenazaba con desarmarse ante cada depresión del descuidado andén. Después vendría el oficinista, con su cabello peinado estrictamente hacia un costado, y vestido con un suéter azul por encima de la camisa y corbata. Le seguirían las mellizas pelirrojas, con sus indisimulables caras de sueño. Atrás, bajaría el sujeto alto y de frente despejada, a quien envidiaba por ir siempre bien afeitado. Este último se llamaba Alberto.
Pero esta vez dicho sujeto estaba solo, cuando Alan siempre le había visto viajar con su familia y separarse al bajar; momentos después, el hombre se le acercaba y se sentaba a su lado, en el mismo banco día tras día. En el pasado habían acostumbrado charlar, pasando el tiempo hasta el siguiente metro. Por supuesto, jamás llegaron a conversar de un tema que no fueran de los típicos entre dos desconocidos: deportes, clima o comida. Sin embargo, hacía ya dos años que Alberto no lo saludaba, y Alan no se atrevía a comenzar la conversación. Era muy tímido.
Y ese día la historia parecía repetirse una vez más
El metro de las 07:55 llegó desde la otra dirección.
Alan miró hacia las puertas. Éstas se abrieron con un chillido, enseguida decenas de personas descendieron sin que él les prestara atención. Sabía que ella esperaría hasta ser la última en bajar.
—Parece que ahora estamos en la misma —dijo Alberto, de pronto.
Alan se sobresaltó y, cuando giró la cabeza para mirarle, el otro cambió de mano el cigarro para ofrecérsela en un saludo. Alan lo correspondió.
—Tú también estás…
—Espera. —Alan lo interrumpió con un gesto de la mano—. Es el momento.
Ambos se quedaron en silencio hasta que el último pasajero descendió del metro.
—¿Te refieres a la joven de saco rojo y gorro de lana? —preguntó el sujeto bien afeitado. Su voz, aunque se esforzó por evitarlo, transmitió una sensación de lástima demasiado patente.
—Es su ropa favorita —explicó Alan, con los ojos encendidos—. La lleva puesta casi cada día. —Hizo una pausa, asintiendo en silencio sin dejar de mirarla. Luego agregó—: Cree que contrasta muy bien con el tono frío de su piel.
—Hum —musitó Alberto, moviendo la cabeza arriba y abajo— ¿Y puede saberse quién es ella?
—M.F la llamo yo.
—¿M.F?
—Las iniciales que tiene bordado en el bolsillo del pecho.
El tipo bien afeitado dio una última calada al cigarrillo y luego arrojó al suelo la colilla, para después pisarla haciendo bailar encima la punta del zapato.
—Hum —dijo—, la esperas… ¿Pero no sabes siquiera su nombre?
—Podría saber sus miedos y sus gustos, distinguir el sonido de su risa y el de su voz entre otras cientas, y aun así no saber su nombre —aseguró Alan—. El nombre no es lo importante.
—Pero… ¿Has hablado alguna vez con ella?
—No.
—Pues entonces déjame decirte —espetó Alberto—, que no la conoces en absoluto.
Ambos siguieron con la mirada a la joven, que con aire melancólico se había sentado en el banquito junto a la columna.
—No quise ofenderte —volvió a hablar el tipo bien afeitado, con un arrepentimiento sincero.
Alan no dejaba de mirarla, murmurando por lo bajo.
—¿Sabes cuánto tiempo se quedara allí sentada? —preguntó el otro, sacando en limpio unas pocas palabras de esos susurros.
—Depende de cuánto lleve de retraso el de las 08:10 —contestó Alan, diligente. Enseguida miró su reloj y remató—: Unos trece minutos.
El sujeto torció la cabeza. Luego soltó una risita.
—¿Y cuánto hace que la sigues? —preguntó, guiñando un ojo.
—No la sigo —le corrigió Alan—. Sólo…, sólo la acompaño.
—¡Ja! —rio el sujeto—. Entonces, ¿cuánto hace que la… acompañas?
—Hace dos mil ciento noventa y un días, teniendo en cuenta que hubo año bisiesto. —El otro levantó las cejas—. Seis años, pero solo lo hago dentro del túnel.
—¡Seis años! ¡Por Dios, hombre! ¡¿Cómo puede ser que no le hayas preguntado al menos su nombre?!
—Estuve a punto de hacerlo, hace setecientos treinta días. La acompañé estación tras estación, sentado cada vez un poco más cerca de ella, en busca de coraje. Esperaba seguirla hasta fuera y hablarle. Tenía miedo.
—¿Miedo de que? —preguntó el sujeto.
—De decepcionarme, de que no salieran palabras de mi boca en cuanto me acercara, que ella ni siquiera me mirase o escuchase. Miedo de que allí fuera alguien más la estuviera esperando.
—Si no sobrepasas tus miedos, nunca serás el dueño de tu vida. Por ejemplo, si yo no me hubiese acercado a Celeste, no nos hubiésemos casado, y tampoco tendría hijos.
—¿Y dónde están ellos, por cierto? —preguntó Alan, un tanto contrariado—. No los he visto bajar contigo hoy.
—No vendrán por un tiempo, supongo —contestó Alberto, sacando de la caja otro cigarro—. Continúa mejor con tu historia. ¿Juntaste valor?
—Lo hice. Aquel día me dije que si alguna vez iba a acercarme a ella, tenía que ser en ese momento. Me había permitido esperar demasiado. —Alan se miró las manos, jugueteando con los dedos, mientras hacía una pausa para retomar el hilo de la historia—. Estábamos los dos sentados en el último metro, el de las 10:15, que había llegado a destino. Esperé a que ella bajara y descendí detrás. Entonces caminé hacia un banquito, un tanto alejado del que había bajo la luz, el que ella escogía invariablemente. Seguí esperando, sabiendo que enseguida sacaría de su mochila un alfajor; todos los días comía uno antes de salir a las calles. Como siempre, hizo un bollo con la envoltura y la guardó en el bolsillo izquierdo del saco. Comió sin apuro, luego se chupó sin disimulo los dedos manchados de chocolate. No le importaba dónde estaba y si alguien la estaba mirando. —Alan miró fijamente a su interlocutor—. Es lo que más me gusta de ella.
—Continúa —dijo el sujeto.
—Bien —siguió Alan—. Después de comerse el alfajor, caminó hacia las escaleras y fui tras ella, diciéndome a mí mismo que aprovecharía los numerosos escalones para ponerme a la par sin que me prestara atención.
—¿Lo conseguiste?
Alan siguió manejando los tiempos a su antojo:
—Llegué al pie de las escaleras, ella iba subiendo. Algo me detuvo y me alentó a quedarme allí abajo, en el túnel; sentía un gran peso en mis piernas, y no podía hacer nada contra él. Parecía algo sobrenatural.
—Es algo normal —aseguró Alberto—. Todos lo han sentido alguna vez, aunque casi nadie lo admita. Es miedo.
—La distancia a ella era cada vez mayor —siguió Alan, ignorando sus palabras—. Así que luché con todas mis fuerzas y comencé a subir a toda prisa hasta llegar al final. Restaba tan sólo una corta pasarela techada para salir del túnel. A la distancia pude ver que lloviznaba.
‹‹La vi salir a la intemperie y mirar hacia arriba antes de llegar al borde de la calzada, el tránsito me dio el tiempo que necesitaba para alcanzarla. Ella no notó lo cerca que yo estaba. Pude oler su perfume. Olía a jazmín.
El tipo bien afeitado aspiró, como si él también pudiera oler el aroma que flotaba en su imaginación.
—La fila de coches pronto se cortó, solo faltaba una motocicleta que venía rugiendo. Ella hizo ademán de avanzar, pero la detuve y… —Alan notó que el sujeto ya no le miraba—. Y hasta ahí llega mi recuerdo. No sé qué fue lo que paso después, pero estoy seguro que no me dijo su nombre.
Se hizo el silencio. Pensaban.
—Es una historia triste, en verdad…
—¿Por qué? —preguntó Alan.
—Es triste darme cuenta que tú aún no lo comprendes.
—¿A qué te refieres?
El sujeto le puso una mano en el hombro.
—Estás muerto, y yo también —dijo—. Ojala no fuera cierto, al menos para ti. Yo lo merezco y no me quejo. —Exhaló, una nubecilla de humo se formó sobre sus cabezas—. Piensa. ¿Cuánto hace que no hablas con tus padres? ¿Qué hiciste la última vez que saliste de este túnel?
Alan revolvió en su interior; tenía presentes a sus padres, pero no recordaba la última conversación con ellos.
—Nunca me había puesto a pensar en eso —reconoció—. Admito que hay muchas lagunas en mi memoria. No recuerdo haber pensado en otra cosa que no sea en ella, tampoco en algo que no haya visto en las estaciones del metro. —Alan se sentía abrumado.
—Es duro darse cuenta de algo así —dijo Alberto, mirando hacia el otro lado.
A Alan le pareció que lloraba.
—¿Por qué llevabas tanto tiempo sin hablarme? —preguntó de repente, comenzando a pintar todo en un mismo lienzo.
—Porque tú no estabas aquí para mí, no podía verte. Pero ahora las cosas son diferentes. Te veo. Y me acerqué para pedirte perdón: yo fui quién te mató.
Alan le miró con la boca abierta.
—No intencionalmente, pero así fue. —El sujeto resopló—. Déjame explicarte, hay tiempo suficiente. —Tragó saliva—. Hace tres años descubrí que mi mujer tenía otro hombre, más joven que yo, que solo jugaba con ella. Comencé a seguirle, quería descubrir que había visto en él; fue así que observé que el tipo tenía además una novia, más o menos de su edad.
Alan siguió con la mirada la dirección que apuntaba la cabeza de sujeto, hacia la chica del saco rojo.
—Sí. Ella. Al poco tiempo supe que Celeste planeaba escapar con él. Llegué borracho a casa, y no recuerdo qué fue exactamente lo que ella dijo, pero le di una gran golpiza. —Soltó otro suspiro—. Me denunció al día siguiente. Y no la culpo. Estuve preso seis de meses, cuando salí ya no volví a saber de ella ni de mis hijos. Entonces decidí buscar al sujeto, al amante, y lo vi muy feliz junto a su novia. No parecía importarle el haber arruinado una familia. Decidí vengarme, pagarle con la misma moneda. —Dio una gran pitada al cigarro, para luego, de nuevo, arrojar la colilla y pisotearla. Enseguida encendió otro—. Comencé a seguir a su chica por un tiempo, hasta que logré trazar un plan. Le dispararía al salir del metro, siempre lo hacía sola.
Alan seguía la historia con el ceño fruncido y la boca abierta.
—El día marcado esperé en la esquina —continuó el sujeto—, encima de mi motocicleta. La vi aparecer, ir hasta el cordón de la calle y mirar de cara a la llovizna. Bajé la visera del casco, aceleré, llevaba una pistola en una mano: la disparé varias veces al pasar a su lado; cuando miré hacia atrás, vi a alguien en el suelo. Creí que había sido ella. —Negó con la cabeza—. Al día siguiente leí la verdad en el periódico. Lo siento.
Alan comenzó a llorar.
—Intenté vivir con ello, como castigo —dijo Alberto, con la voz entrecortada—. Fue una tortura diaria, no lo soporté mucho: me arrojé bajo el metro ayer mismo, dos años después de tu muerte. Ahora te encontré otra vez aquí, como antes. No podía desaprovechar la oportunidad de pedirte perdón.
—¿Por qué sigo aquí? —preguntó Alan.
—Quién sabe —el tipo se encogió de hombros—. Quizás debas averiguar el nombre de ella para encontrar la paz.
—¿Tú sabes cuál es, verdad?
—Sí, así es. ¿Quieres oírlo? Puede que luego ya no tengas otra oportunidad de hacerlo.
Alan quedó en silencio unos minutos, pensativo. Luego dijo al fin:
—Poder acompañarla a ella eternamente es mi paz.
El sujeto asintió.
Se quedaron un tiempo allí sentados sin decir nada, hasta que la chicharra del metro de las 8:10 se oyó muy cerca.
Entonces ambos vieron que ella se levantó.
—Aquí subo yo también —dijo Alan, guardando las manos en los bolsillos del sobretodo al echar a caminar.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Un relato interesante y entretenido, aunque el tema que trata no es de los que me atraen al elegir lectura. El personaje principal esta bien mostrado, aunque el otro, el que se sienta con él en el banco, no tanto. La historia, por su parte, esta bien contada y te mantiene atento, el giro del final funciona para cerrar la trama. Muy bien hecho.
Lo malo es la manera en que has distribuido los párrafos, queda todo de manera muy amontonada y en el algun momento me sacó de la lectura. Ademas, hay errores con palabras escritas en pasado cuando no deberian estarlo. Y el hecho de que los números esten escritos con números, mmmm, me genera mis dudas. A ver si alguien lo tiene más claro eso.
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#3
A mi me gustan las historias de amor, y esta es muy bonita. Me sorprendió la historia, las circunstancias de los dos protagonistas y su conexión; tampoco esperaba que fuesen dos espíritus!
Es fluida y fácil de leer, también es cortita y no llega al limite de palabras, pero tampoco lo necesita: suficiente para contar la historia. Está bien escrita aunque, no obstante, he encontrado alguna palabra extraña que me ha chocado, y no sé si se trata de errores o de palabras usadas en países latinoamericanos, con lo cual no los señalo y ya responderá el autor@ al final del reto.
Me ha gustado mucho, enhorabuena.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#4
Lindo, muy lindo y melancólico, como algo viejo y delicado que sostienes en las manos. Hay cierta desilusión, y es que cuántas son las historias sobre fantasmas que no saben que están muertos, pero ciertamente logra uno acompañarlos ahí, en la estación del metro. Bastante real, incluso pude sentir la incomodidad del frío y la humedad que yo, en lo personal, intuí en la escena. La chica de rojo seguro que es muy bella. ¿Qué más elogio se puede decir de una historia que principalmente es diálogo?
Sólo tengo un par de peros. Lo primero es lo extraño que habla Alan; sé que está muerto, y por lo demás es un tipo raro -y así diseñado-, pero dentro del realismo general, descuadra un poco. Segundo. Alberto explicó la sobrenatural situación de ambos de manera precipitada, sólo un pelín, pero precipitada al fin.
También he de decir que la prosa es agradable, insinúa un estilo propio del autor.
Suerte en el reto, tu relato es como un platillo grmet, pequeño, pero con los sabores milimétricamente perfilados.
[Image: thump_9275437bardo.jpg]
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#5
Alan: Un tipo timido y obsesionado con una chica hasta aún después de la muerte, bastante enfermizo la verdad.

Alberto: Un tipo golpeador que prefiere matar a la novia del amante de su esposa en lugar de matar al amante, golpear al amante  o tratar de seducir a la novia.

Pd: Alan tiene lagunas en su memoria ¿pero sabe exactamente cuantos dias lleva "stalkeando" a la chica?
No soy lo que un padre quiere para su hijita bebé
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#6
Sobre las comillas que usaste (‹›) decirte que no son las correctas, son estas, que vienen ya dobles («»). Y cuando las pusiste para indicar una continuacion de un dialogo tras punto y a parte («), se colocan las que señalan en la otra direccion (»), para que no parezca que se esta abriendo un pensamiento. Si te srive, piensa que son como una flecha que indica donde continua el dialogo.

Sobre lo que comento Franco de los numeros, si bien creo que no hay una norma especifica, en los generos narrativos se recomienda encarecidamente escribir los numerales con palabras y no con numeros, siempre que sea posible. "El tren de las ocho y diez" mejor que "el tren de las 08:10".

Por lo demas la historia esta bien, y la ambientacion es maravillosa, pero me falto un personaje con el que empatizar. Salvando la chica, de la que poco sabemos, los tres hombres me parecen despreciables (infiel uno, otro asesino y el ultimo acosador...). Tal vez la idea era presentar al chico como un romantico timido, pero a mi termino pareciendome mas un acosador enfermizo.
[Image: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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