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Reto Ago19: Desde Roma con amor
#1
La estancia estaba pobremente iluminada por el tintineante resplandor de una antorcha. La penumbra provocaba que la cara del anciano senador Claudio Suetonio Agripa pareciera más inquietante y peligrosa de lo habitual, sin embargo, sus ojos brillaban cómo los de un adolescente que está a punto de yacer por primera vez junto a una mujer. Frente a él, el pretor buscaba una hoja bajo su capa.

—Aquí está, todos ellos han aceptado unirse a la causa —anunció mientras sacaba una hoja doblada llena de nombres y se la tendía al senador.
—¿Están todos? —preguntó poniendo énfasis sobre la última palabra mientras abría la hoja.
—Si, mi señor.
—Excelente… —comentó el senador mientras echaba un vistazo a los nombres.
—¿Ha escogido ya una fecha para el golpe de estado, señor?
—Los idus de marzo serán un buen momento —respondió mientras doblaba la hoja de nuevo y la guardaba en una cajita. Al alzar los ojos vio que el pretor le miraba con ojos incrédulos y añadió—. Si, ya sé que pasado mañana puede parecer demasiado pronto pero confía en mi, se lo que me hago.

Pero lo que no sabía es que uno de sus esclavos lo había escuchado todo a hurtadillas tras la ventana del atrio.

A la mañana siguiente la villa bullía de actividad, con siervos yendo y viniendo de un lado para otro atareados con su trabajo. En las cocinas Isinia estaba terminando de limpiar una olla dónde después debía empezar a preparar la comida. Marco entró en aquel momento y se acercó a ella abrazándola por detrás.

—Buenos días —saludó él con un susurro que acompañó con varios besos por el cuello.
—¡Shh! Al final conseguirás que nos pillen… —se quejó ella, aunque no trató de en ningún momento de escapar de sus brazos.

Él la hizo darse la vuelta y le besó los labios.

—¿Te sirvió de algo mi ayuda? —preguntó ella.
—Sí, al parecer el dominus y el pretor están tramando algo gordo… Y no hubiera podido averiguar nada sin ti —le plantó otro beso—. Ahora solo tengo que recuperar una cosa del despacho del amo e ir a informar al cónsul, el se encargará del resto y se librará por fin del senador Claudio Suetonio Agripa —dijo pronunciando con sorna el nombre de su enemigo.
—¿Y que pasará después?
—El cónsul me recompensará por mi trabajo y con la recompensa te compraré, te liberaré y nos casaremos.

Isinia sonrió y esta vez fue ella quien le besó. Marco recordó en ese momento la noche en que ella había descubierto su secreto. Por entonces llevaban ya varios meses de romance furtivo, robándose besos fugaces en rincones apartados de la villa, abrazándose entre las sombras de la noche… Los esclavos solo debían servir y obedecer, el amor estaba prohibido para ellos. Pero él no era un esclavo. Aquella noche el senador acudía a una fiesta en las afueras de Roma y la villa estaba prácticamente vacía, por lo que pudieron yacer juntos por primera vez… Recordaba perfectamente las caricias, los besos, las miradas ansiosas por llegar más lejos… Y entonces ella lo vio. A la luz de las velas las letras SPQR brillaban tatuadas sobre su hombro y tuvo que contarle la verdad. Ella se sorprendió enormemente al enterarse de que era un centurión de la Sexta Legión y que trabajaba en secreto para el cónsul Decimo Iunio Liviano.

Minutos más tarde Marco salió de la cocina cavilando como entrar en el despacho del senador. En realidad entrar y coger la hoja sería fácil, lo difícil era conseguir que no le viera ningún guardia, pues siempre andaban pululando por ahí. Precisamente al ir a cruzar el atrio en dirección a la entrada uno de ellos se le acercó.

—¡Eh, tu! ¡Esclavo! Vigila unos minutos por mí, que tengo que ir a las letrinas. Y más te vale que no ocurra nada raro mientras no estoy —dijo cogiéndole por el cuello.

Marco se quedó atónito durante unos instantes, pues no podía creerse la suerte que tenía. Ocupó el puesto del guardia cerca del despacho del dominus y, tras asegurarse de que nadie le miraba, entró. No tenía mucho tiempo, así que se apresuró a buscar por los estantes y la mesa, abriendo cajones y armarios, hasta dar con una pequeña cajita de roble con incrustaciones de ópalo. Dentro encontró una hoja doblada que contenía una larga lista de nombres, y aunque no reconoció ni una cuarta parte de ellos, los que reconoció le dejaron sin habla: senadores, ediles, capitanes de la guardia de la ciudad…

Se dirigió rápidamente al jefe de esclavos, un liberto llamado Lembius que servia a la familia Agripa desde hacía décadas, para que le diera el dinero con el que debía ir al mercado a por varios artículos que se necesitaban en la villa. Desde que había llegado a la domus tras ser comprado se había encargado de esa clase de recados, lo cual le había dado la oportunidad perfecta para escaparse a informar al cónsul, lo cual era vital hacer de inmediato en aquel momento.

Instantes más tarde abandonaba la villa con una bolsita repleta de sestercios rumbo al mercado, sin embargo, antes de llegar allí torció por la vía Apia y después por varias callejuelas. Entonces se paró en un callejón estrecho y se aseguró de que nadie le seguía, tras lo cual se dirigió apresuradamente hasta la casa del cónsul y entró por una puerta trasera vigilada por dos guardias.

—Vengo a ver al cónsul —dijo sin esperar a que estos le dijeran nada y poniéndoles una hoja en blanco con el sello del cónsul estampado en el centro bajo las narices.
—Adelante —dijo uno de ellos visiblemente turbado por la repentina aparición.

Una vez dentro se apresuró a llegar al despacho.

—¡Marco! —saludó un niño saliendo de detrás de una columna.
—Hola Tito, ¿esta tu padre en casa?
—No, salió hace un rato. Ya estará a punto de volver. ¿Juegas conmigo a los gladiadores? —preguntó esperanzado.
—No, lo siento. Tengo algo importante que hablar con tu padre y le esperaré en su despacho —dijo removiéndole el pelo, aunque ese gesto de cariño no impidió que al niño se le dibujara la decepción en la cara.

Marco entró en el despacho y se sentó en una banqueta que había frente a la mesa. Se quedó quieto unos instantes y después sacó la hoja que había robado al senador y empezó a leer los nombres, no por que fuera a sacar ninguna información nueva de ellos ni con la esperanza de reconocer algún otro nombre, sino simplemente por entretenerse con algo. Tras haber leído la lista al menos tres veces decidió guardarla de nuevo y perder la mirada por la habitación. Esta estaba ricamente decorada con toda clase de trofeos que el cónsul había conseguido en sus campañas militares, pero lo que más llamó la atención de Marco fue un precioso mosaico en la pared de la derecha que representaba los Alpes. El mosaico le trajo muchos recuerdos de su vida, pues el se había criado en un pequeño pueblo de la Galia Cisalpina. Cuando entró en el ejército fue destinado a la Sexta, que se encontraba acuartelada cerca de los Alpes, y allí había conocido al cónsul cuando aún era comandante. Luchó bajo sus órdenes en la Galia durante tres años y durante ese tiempo entablaron una gran amistad. Decimo volvió a la urbe para empezar su carrera política, la cual había durado varios años y culminó meses atrás cuando había sido nombrado cónsul de Roma junto con Numa Julio Craso. Pero ya antes de alcanzar lo más alto se había puesto en contacto con él para pedirle un enorme favor: hacerse pasar por esclavo e infiltrarse en la casa de su mayor enemigo político.

—¡Buenos días, Marco! —saludó alguien alegremente a su espalda sacándole de sus pensamientos.
—Buenos días, cónsul —respondió él poniéndose en pie de un salto y haciendo una reverencia.
—¡Ja! Si no fuese porque siempre has sido así de formal pensaría que tanto tiempo haciéndote pasar por esclavo te esta afectando —comentó sonriendo.
—Tengo noticias importantes.
—Y como buen soldado, directo al grano —puso los ojos en blanco—. ¿Una copa? —preguntó mientras cogía una jarra de vino de un estante.
—Con tres partes de agua, por favor.
—Veo que Roma aún no te ha corrompido como es debido —sonrió Decimo vertiendo un chorro de vino en una copa y añadiendo tres veces la misma cantidad en agua—. Yo en cambio no he podido evitar sucumbir a algunos placeres… Como este delicioso vino de Mesina —comentó mientras se servia una copa enteramente de vino.

Mientras tomaban la copa Marco le puso al tanto de cuanto había oído en casa del senador y le entregó la hoja. El cónsul observó la lista de nombres y su semblante se enrojeció de ira.

—Ese bastardo ha comprado a casi toda la guardia de Roma…
—Señor, no se que podemos hacer…

Decimo siguió sosteniendo la hoja frente a sus ojos, pero su mente estaba sopesando a toda prisa todas las posibilidades que tenían. Tras un par de minutos que parecieron eternos agachó la cabeza.

—Solo hay una cosa que podamos hacer —sentenció apesadumbrado. Tras una corta pausa una sonrisa amarga se dibujo en su rostro—. ¿Sabes dónde esta ahora la Sexta?
—Hace mucho que no se nada de mis compañeros, señor —respondió Marco con un deje de tristeza.
—Están acuartelados en Ostia, a medio día de camino de Roma.
—Señor, no estará pensando en… —Marco abrió mucho los ojos, no podía creerlo.
—No veo ninguna otra opción, la Sexta Legión tendrá que entrar en la urbe.
—Pero señor, nadie lo permitirá, ningún ejército puede entrar armado en Roma. Es la ley —sentenció Marco.
—Es mi deber proteger la república. Estoy seguro que cuando todo esto haya acabado el senado dará su aprobación y el pueblo también. Siempre pueden dejar el uniforme en Ostia y entrar como si fueran ciudadanos… Ya pensaremos en algo, ahora tengo que ponerme en contacto con el cónsul Numa para informarle de la situación —después miró a Marco a los ojos durante unos segundos hasta que de repente cayó en algo—. ¡Diantres! ¡¿Qué haces todavía aquí?! ¡Regresa a casa del senador antes de que se den cuenta de que estás tardando demasiado!

Marco se dirigió a toda prisa al mercado a comprar lo que le habían encomendado y después regresó con la misma celeridad a la villa. Durante todo el camino estuvo dándole vueltas al plan. Sin duda nadie vería con buenos ojos que la Sexta Legión se presentara en Roma como quiera que se vistieran, ahora bien, si ayudaban a salvar la república… Sí, la gente lo entendería, el cónsul Decimo recibiría toda clase de honores y él podría volver a su estimada legión, liberar a Isinia, casarse con ella… Pensar en las nupcias con la mujer a la que amaba le hizo llegar a la villa mucho más feliz y animado.

Bien entrada la noche Marco miraba el techo ensimismado en sus pensamientos cuando unos pasos fuera de su habitáculo le sacaron de ellos. De pronto los pasos se pararon frente a su puerta y él se puso en guardia, pero cuando la puerta se abrió se relajó, pues quien apareció en el umbral era Isinia.

—¿Qué haces aquí? ¿Te ha visto alguien? —preguntó él preocupado mientras encendía una vela.
—He dado esquinazo a los vigilantes, no te preocupes —dijo ella echándose a sus brazos para besarle—. ¿Qué tal ha ido tu visita al cónsul?

Marco se lo contó todo.

—Vaya, es muy valiente —comentó ella cuando él termino de hablar.
—Sí, siempre lo ha sido.
—Es una lástima.
—¿Qué? —preguntó él extrañado. Pero Isinia no contestó y, sin que Marco supiera de dónde la había sacado, le hundió una daga en el vientre. Cuando él exhaló su último aliento ella le dio un último beso en los labios mientras unas tibias lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas.

El día siguiente transcurrió muy lentamente para el gusto de Decimo. Había enviado un mensajero a la sexta legión durante la noche y siguiendo su plan los comandantes de la Sexta enviaron a lo largo de la tarde y la noche siguientes cuatro centurias a la ciudad. El cónsul Numa se encontraba fuera de la ciudad y no había podido ser avisado, pero Decimo no consideraba aquello un contratiempo, casi le parecía mejor, pues se ahorraba tener que convencerle para que apoyara sus actos y sería mucho más fácil dar explicaciones a posteriori.

Al día siguiente el senador Claudio perpetraría su golpe de estado, pero él se adelantaría a sus movimientos y le detendría. A primera hora de la mañana mandaría reunir al senado con cualquier pretexto y allí esperaría él con la mitad de los legionarios de forma que a medida que fueran llegando los hombres que figuraban en la lista los irían deteniendo. El resto de los soldados se encargarían de detener a los capitanes de la guardia de la ciudad y los pretores.

Inquieto por lo que ocurriría al día siguiente el cónsul tardó mucho en dormirse aquella noche, pero finalmente consiguió conciliar el sueño. Sin embargo no pudo dormir todo lo que hubiera querido.

—Señor, despierte —dijo alguien zarandeándolo.
—¿Qué narices ocurre…? —preguntó el visiblemente malhumorado.
—Ha llegado un emisario del senado, señor, le está esperando en el vestíbulo.

Aquello era realmente extraño así que se levantó sin demora, se vistió y fue a encontrarse con el mensajero.

—¿Qué ocurre? —preguntó de nuevo.
—Señor, se ha convocado una sesión urgente del senado por la muerte del cónsul Numa Julio Craso.
—¡¿Qué?!
—El cónsul regresó a Roma antes de lo previsto, pero lamentablemente fue asaltado en plena noche y resultó muerto. El senado se reunirá al alba para decidir cuando se nombrará a un nuevo cónsul —informó el emisario.

Decimo no podía creer lo que acababa de oír, y no pudo evitar preguntarse si no formaría parte del plan del senador Claudio. «No, seguramente habrá sido una casualidad…», pensó. Sin embargo aquello lo cambiaba todo, por lo que se reunió rápidamente con los cuatro centuriones de la Sexta para adelantar los planes.

Los preparativos de la operación le hicieron retrasarse y cuando se dirigió hacia el senado el sol ya iluminaba la ciudad. Las calles de la ciudad estaban tan bulliciosas como siempre, pero se palpaba en el ambiente una cierta excitación. Sin duda la noticia de que uno de los cónsules de Roma había sido asesinado ya se había difundido.

Decimo irrumpió en el senado al frente de sus hombres. Muchos senadores se asustaron al ver entrar a tanta gente armada junto al cónsul, otros lanzaron miradas recelosas, y todos guardaron silencio. El cónsul se aclaró la voz.

—Señorías, han llegado hasta mí pruebas irrefutables de que ciertas personas planeaban acabar con la república. Mis hombres procederán a detener a todos aquellos que han sido acusados…
—¿Son legionarios? —preguntó alguien interrumpiéndole.

Decimo dirigió una mirada glacial en la dirección del senador que había abierto la boca y no le sorprendió reconocer a un íntimo amigo del senador Claudio. Se tomó unos segundos para meditar la respuesta.

—Son hombres leales a la república.
—Entonces, ¿son legionarios? —insistió el mismo hombre.

Decimo se desesperó.

—Sí —gruñó—, y están aquí para defender la república.
—¡Mentira! —gritó alguien.
—¡Él es quien quiere acabar con la república!

En ese momento todo el senado estalló en gritos, cruzándose toda clase de acusaciones entre unos y otros. Decimo sacó su espada y sus hombres le imitaron. El gesto bastó para que el silencio se hiciera de nuevo en la sala. En ese momento el cónsul miró a su enemigo y le sorprendió ver al senador Claudio con una sonrisa de oreja a oreja. Precisamente este empezó a hablar antes de que lo pudiera hacer él.

—Senadores, como ya se ha hablado al empezar la sesión, estando ausente el cónsul —recalcó—, Numa Julio Craso fue asesinado por un centurión de la Sexta Legión. El hombre fue abatido por los guardaespaldas del cónsul, lamentablemente demasiado tarde —se lamentó. Decimo se quedó con la boca abierta, ¿de que estaba hablando?— Esos actos demuestran que la Sexta se encuentra fuera del control de la república, y el hecho de que el cónsul restante haya hecho entrar en Roma a la legión no solo es un acto de rebeldía, sino que va contra las leyes sagradas.

Los gestos de asentimiento se extendieron por todo el senado.

—¡Cállate! —le espetó Decimo, alzando su espada en su dirección de forma amenazadora.

—¡A mi la guardia! —gritó el senador sin poder disimular una sonrisa.

Al momento decenas de guardias empezaron a entrar en el senado. Algunos legionarios intentaron luchar, pero pronto se vieron superados en número pues no dejaban de entrar cada vez más hombres. Fue entonces cuando Decimo empezó a atar cabos y sin saber porqué no pudo evitar una amarga carcajada. Sin duda eran más peligrosos los enemigos que uno podía tener en Roma que los que había más allá de sus fronteras.

Ante el temor de que la Sexta Legión marchara sobre Roma y al desconocerse cuanta gente podía haber tras el intento de golpe de estado, el senado nombró cónsul aquella misma tarde al senador Claudio Suetonio Agripa y le fueron concedidos los poderes de dictador, los cuales no dudó en usar para acabar con toda oposición política acusándolos de cómplices en la trama golpista. La Sexta Legión fue desmantelada y sus soldados retirados del servicio. El cónsul Decimo Iunio Liviano fue acusado de traición a la república, de instigar el asesinato del cónsul Numa Julio Craso y de entrar en Roma al frente de un ejército. Se le halló culpable de todos los cargos y fue sentenciado a muerte.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
¡Extraordinario!

De lejos el mejor relato de este mes, una muy buena ficción histórica.
No soy lo que un padre quiere para su hijita bebé
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#3
Excelentemente ambientado, excelentemente narrado, romanamente conspiranoico; qué hype.
Sólo tengo una pega. Históricamente, ¿alguna vez un centurión libertó y se casó con una esclava? No es retórica, incluso fui a buscar en google.
[Image: thump_9275437bardo.jpg]
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#4
Un relato interesante, con una historia bastante bien desarrollada a pesar del limite de palabras. Las intrigas políticas no son lo mío, pero aun así disfrute la lectura. Sin embargo, al relato le faltan la mitad de las comas que debería tener, hay errores bobos como en "él" sin tilde, y alguno más. De haber estado más pulido, la imagen general habría sido mucho mejor. Aún así, muy bien hecho, autor.
Oh, eso de que el vigía deje de guardia a un esclavo es totalmente... poco creíble. Para no decir estúpido. "Marco se quedó atónito durante unos instantes, pues no podía creerse la suerte que tenía". Eso no es suerte, querido Marco, es poca ganas de romperse la cabeza para resolver el problema   Tongue
Buena suerte en el reto!
"Si te van a ahorcar pide leer La Fuerza del Destino Capítulo 14 (http://clasico.fantasitura.com/thread-2008.html) Nunca se sabe qué pasará mientras te lo lees".
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#5
Totalmente de acuerdo con lo de las comas, es algo que se aprecia enseguida al leer, también los errorestontos en acentuación. Pero dejando eso aparte, la historia es interesante si aceptamos pulpo como animal de compañía: estoy de acuerdo con la apreciación de Franco y aporto la mía, que es el papel de Matahari de la esclava. Qué quieres, autor, se me frunció el ceño ipso-facto. Por lo demás, una buena trama y una historia entretenida, aunque... hum, qué churra tuvieron los conspiradores, jejeje, pero ya se sabe, la flor en el culo con que nacen algunos.
Buena suerte Ca... autor.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#6
Esto no hay por donde cogerlo, sin duda lo ha escrito un novel. Al menos la estructura de los dialogos esta bien.

A la historia le falta bastante desarrollo, y ni se sabe a cuanta de que los actos de la esclava.

No se si alguna vez un centurion libero o no a una esclava Guardian, pero diria, asi sin mirar ni google ni libros, que seria posible. Y una vez fuera liberta, nada impediria que se casaran. Otra cosa seria la opinion de la sociedad sobre tales actos...
[Image: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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