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(FANTASÍA) Theia. Cap.2 De metal.
#1
Primera parte: http://clasico.fantasitura.com/thread-1791.html




-Os ordeno que os detengáis.- la fulminó con la mirada en la nuca, mientras se alejaba de él.
-Órdenes a mí! Ja, ja , ja. De un crío? Ja, ja, ja. Niño, he visto morir más árboles que días puedes contar. Y nadie los taló, morían por que llegaba su hora. Así que imagina quién eres tú para darme órdenes a mí.
-Gut' Errez. Señor del ejército Perla. Primer guardia de la Gobernadora del área civilizada de Sevsha. - Disparó su arma y del cañón salió una microscópica bola metálica que impactó de lleno en la nuca de la mujer que se quedó clavada en el suelo, rígida como una estatua.- Y tú,- dijo avanzando hacia ella- no eres más que una vieja salvaje que vive en un prado donde ha aprendido unos cuantos trucos. - Alzó la mano y el cuerpo de Aya levitó del suelo.- No eres para tanto. Me advirtieron sobre tí, dijeron que tuviese cuidado. Incluso me sorprendí de que enviasen tantas unidades para un trabajo que podría hacer yo sólo. Poderes mágicos? Cuentos de viejas! Habilidades sobrenaturales? Una mierda! Esperaba mucho más y qué me encuentro? Una vieja con mal carácter por que nadie se la folla en un prado vacío. No desapareces ahora, perra?- el general cada vez perdía más los estribos- Dónde esta tu magia?- y cerró fuertemente su puño, haciéndo que el dispositivo en la nuca de Aya transmitiese la misma fuerza y presión a todo su cuerpo a través de su sistema nervioso. La mujer comenzó a sangrar por la nariz.- Esta es la magia, este es el poder y no tus trucos.- hizo un gesto con la mano que tenía libre y todos los soldados se giraron y encendieron sus maquinarias.- Despegad.-la orden fue reproducida dentro de los cerebros de cada miembro del escuadrón gracias a los chips implantados en sus médulas- Debemos volver lo antes posible y soltar a esta puta donde la reclaman.
Despegó con su exoesqueleto y la abuela, inerte, salió disparada siguiendo la misma ruta. Tras ellos, un enjambre de letales soldados cubrieron el cielo.
“Aya” sonó una voz en algún rincón de la conciencia de la guardiana. “No temas. Ven, déjate llevar o no podré hacer nada”
La anciana así lo hizo y salió de su cuerpo por su propia decisión. Estaba asustada pues no sabía si podría volver a el. No asustada por perder su vehículo físico, si no por que sentía que aún tenía que dar mucha guerra en ese viejo cascarón. Aún así, sabía que si salía de él para adentrarse en los planos superiores podría hacer mucho más que simplemente dejándose llevar en su estado de parálisis. No sabía quien la llamaba, ni que tipo de ser sería, pero era tan valiente como temerosa. Bien podría estar citándola un ente negativo, solo para aprovecharse de su situación y ocupar su cuerpo. Bien podría ser cualquier otro ser que quisiera ayudarla. A pesar de la situación que vivía el mundo, en los planos superiores era más común encontrar entidades positivas y amables que seres temibles. Estos últimos, sabía Aya de buena mano, estaban más atareados en parasitar a los habitantes del plano físico, alimentándose de su desdicha y sus cargas negativas, producidas por pensamientos en bucle sobre la miseria propia y malos deseos hacia el vecino.
Se encontraba su ser no físico en unas ruinas, muy conocidas para ella, pues eran su propia entrada al primero de los planos, el bajo astral. A partir de ahí, sólo podría ascender y ascender de plano en plano. Las ruinas pertenecían a un antiguo templo, guardado en su memoria y en su corazón, que en algún momento de la vida del tiempo había sido esplendoroso y magnífico. Era de noche allí. Siempre lo era. Fué así, destruido, con todos sus arcos destrozados y todo el arte existente extinguido, que lo vió por última vez antes del Gran Colapso. Desde ese momento nunca más había salido del prado pues, Laquésis, la Moira del destino, le había asignado su custodia en un último intento de defensa y aquel templo, o lo que quedase de él, estaba fuera de su terreno.
“ Defenderé esto con mi vida y más allá de ella y de este plano. Defenderé a cada ser que nazca bajo mi custodia. Seré la praesidia del prado” Había jurado Aya en aquel momento, ante el tribunal formado por Laquésis, Kaal y Omettl. Dioses antiguos.
Debía cumplir su misió sin fallar. No podía fallar pues asílo habían designado y el designio de los dioses tiende a ser ineludible. Aya sabía que aquello era una certeza y que si ahora estaba abandonando el prado era por que así debía de ser. Y no se negaba a ello.
"Soy poco más que una célula en la infinidad de todo. Qué sabré yo? "se preguntaba a menudo, cuando le asaltaban ciertas dudas sobre lo que estaba haciendo.
Sus reflexiones la llevaban siempre al mismo punto. No estaba haciendo eso por el designio de los dioses antiguos, si no por su amor a todo lo existente. Solamente por esa razón. Tan sólo por hacer que el flujo de la vida siga haciendo brotar a las flores, correr al agua, y cantar a los pájaros. Daría la suya propia, si fuese necesario, por una cucaracha a punto de ser aplastada.
Siempre había sido asá Desde que nació en el corazón de la hermosa ciudad que ahora aplastaba Sevsha. No era extraño aquel pensamiento en la sociedad donde se había criado. Las personas de su entorno amaban todo aquello existente y lo respetaban hasta puntos inimaginables. Nunca cortaron un tallo ni mataron a un animal intencionadamente. Sabían que todo era un ser y que ellos eran parte de lo mismo. No podían comunicarse con todos, pues no todos nacían con la capacidad de oir. Pero Aya sí.
Cuando comenzó a hablar, sus mayores se dieron cuenta de momento de que no sólo se dirigía a ellos. Algunas veces estaba en su cuna, atendida por su maestro, y comenzaba a hablar aparentemente sola pero increíblemente acompañda por el Aire y por Somtus, por alguna dríade que pasase de vez en cuando para enseñrle el idioma del Agua, o por las musas, que le llenaban la cabeza de preciosas imágenes y la dotaban de la capacidad de pintar aquello que imaginaba. El Maestro pronto lo puso en conocimiento de sus padres y se tomó la decisión de que ambos, Maestro y alumna, viajasen al centro del bosque, escoltados por los guardias reales y uno de los dos Oyentes que habitaban en palacio y se alojaran en el Templo del Sol para que Aya fuera educada acorde con sus habilidades. Allí el Maestro aprendería cómo tratar con una niña Oyente y podría guiarla por el camino correcto y, la niña, aprendería de mano de los Oyentes que allí hacían rezo por todos los demás.
La separación fue dolorosa, así la sentía si la recordaba, pero la visión de aquel increíble templo dorado, tostándose bajo la cálida luz del medio día, abriéndole los brazos para recibirla y con ganas de entregarle todo su conocimiento, calmó su corazón y le hizo saber que allí era el lugar donde crecería feliz.



Miró a su alrededor, algo nostálgica y comenzó a bajar la escalera que, pegada a una de las paredes de la sala del templo, la conducía hasta un arco de piedra, en cuyo interior solo había oscuridad.
Aspiró aire. “Diez” pensó y expiró el aire. La atmósfera se hizo densa.
Aspiró profundamente. “Nueve” pensó y expiró el aire. Y así con cada respiración, fue bajando escalones y adentrándose en una oscuridad cada vez más plena que se cernía sobre ella, haciéndo que la negrura del arco reluciera en contraste, estando este ahora lleno de una extraña luz negra que poco a poco iba acrecentando su intensidad.
“Cero” terminó de contar y apoyó los dos pies juntos y su báculo frente a ella, con el enorme y enrevesado sol de orfebrería que lo coronaba. Este brilló como el mismo astro y disipó toda la oscuridad alrededor, dejando al descubierto un lugar donde no existía dirección alguna ni ley física que lo atase.
Estaba ahora flotando en un vacío iridiscente, infinito hasta allí donde su vista podía alcanzar. Eneágonos perfectos, de diversas y centelleantes texturas levitaban en un orden indeciso de aquí para allá por todo el paraje.
No conocía el lugar, y llevaba siglos explorando los planos.
“Debe de ser un Hogar” pensó, y su voz de cuando tenía doce años repitió sus palabras como por miles de megáfonos dispuestos por todas partes.
“Efectivamente, es un Hogar” y se rió para sí, pues su propia voz, ahora cuando era una mujer madura, volvió a hacer audible su propio pensamiento.
Se sentó en el aire, como la que lo hace sobre un sillón. Sabía como funcionaba todo aquello perfectamente. Si ponía pensamiento y sentimiento en sincronía, entonces aquello se materializaba. Si sentía y pensaba que se sentaría cómodamente, sólo eso podía ocurrir. Era sencillo.
-Quién eres?- susurró al vacío.
-Alguien y nadie, igual que tú. No tienes que saber más por el momento, creeme.
-Está bien. Por qué estoy en tu hogar? Esto es peligroso para tí, lo sabes no ?
-Se que no me harás daño, Aya. Y sé que vas a respetar mis sentimientos y no vas a cotillear en ellos. De todos modos, pobre de tí si se te ocurriese. Yo no soy una Guardiana. - respondió la voz, profunda y femenina, con un curioso deje al final de cada palabra y casi en un susurro.- Si te he hecho venir es para advertirte.
-Vaya, a buenas horas muchacha!
-No de tu captura, Aya, eso es parte del plan. Debes estar en Sevsha cuando todo ocurra.
-Y qué ocurrirá, niña?- Dijo la abuela, que percibía claramente la esencia de quién se estaba comunicando con ella.- y por qué debo estar yo?
- Cuando el planeta hermano se alinee con el sol, Saturno será reflejado por la luz, pero para nosotros ese día sólo habrá oscuridad. Será entonces cuando se intente quebrar el velo y será entonces cuando tu liberarás al Ancestro para que lo evite.
-Ay! Chiquilla! Qué me estás diciendo de ancestros ni oscuridad? Ancestrales son estos huesos ya para tanto jaleo por Dios! Es que no puedes tu solita ? Debes de conocer mucho cómo funciona todo como para saber tanto y traerme hasta aquí.
-Mi sino me es desconocido pues los arcanos no revelan los pasos para uno mismo, pero me permiten ayudarte. Y es guiándote como puedo hacerlo. Estoy segura de que podrás oirme cuando sea necesario.
Ante ella apareció un gato negro, delgado y estilizado, esperando sentado pacientemente. Tenía tres ojos clavados fijamente en los dos de la mujer, que seguía medio tumbada en su cómodísimo sillón astral.
-Sígueme.- Le dijo con una voz que sonaba como muchos susurros a la vez.
-Eres una bruja?- preguntó Aya a la chica al ver al gato.- Qué clasicas que sois!
Frente a ellos, una espiral se abrió como si de un remolino en el agua se tratase y todo a su alrededor se curvó y distorsionó.
El gato se adentró en ella y Aya, tranquila, lo siguió. La voz seguía sonando en la lejanía mientras una multitud de colores iridiscentes se los tragaba.
-Deja que el Egregor te muestre el camino. Confía en él. Confía en mí. Las brujas no somos todas tan malas...Algunas sabemos sacar provecho de las circunstancias favorables sin dañar a nadie. Y, ahora mismo, esto es lo más provechoso para todos.
Entraron en un túnel de luces que giraban sin cesar , el gato delante, la abuela siguiéndole los talones.
-A dónde me llevas, gato?- preguntó esta.
-Al lugar donde se guardan los misterios.
-Vamos a Akesha?
-Así es.- respondió el egregor, conciso.
-Habedlo dicho antes! Sé llegar perfectamente.
-No es tu Akesha. No es el Akesha blanco donde todos los milagros son recogidos. Aquí se obtienen otra clase de conocimientos.
-Qué me cuentas, gato?!- exclamó horrorizada- Esta vieja no va a pisar ni un sólo adoquín de la Ciudadela Negra. Tenlo por seguro.
-Es allí dónde encontrarás el saber necesario, Aya. Tu tercer ojo no estará verdaderamente abierto hasta que equilibres la dualidad.
-De verdad crees que yo, una Praesidium, voy a querer aprender a matar?
-De verdad creo que tú, - y se giró para mirarla fijamente con sus tres ojos enormes, azules y cristalinos.- Praesidia del prado, tendrás que saber cómo defenderte pues grandes horrores esperan a que cruces sus puertas y entres en sus casas para caer directamente sobre tí. Por mucho que tú respetes la vida, nadie va a respetar la tuya.
-No será hoy el día en que, despues de siglos esquivando la Mano Negra , me convierta en una bruja! No hay necesidad de ello ni la habrá! - Estaba perdiendo el control de sus emociones y una rabia intensa le recorría el cuerpo de pies a cabeza.- No señor! No cambiaré mi rama de olivo por el Cónico.
Y sintió cómo el cordón de plata, que une nuestro cuerpo con la conciencia cuando uno hace un viaje a los planos superiores, tiraba de ella ansiosamente, arrastrándola a traves de planos y planos, mezclados en una amalgama de imágenes intermitentes y fugaces, hasta arrojarla de nuevo bruscamente dentro de su cascarón.







El suelo era de metal y estaba plagado de miles de cubos metálicos apilados. Era todo lo que podía ver en sus entumecidos y secos ojos que ya llevaban bastante rato abiertos debido a su parálisis.
Iba volando, suspendida por un campo de gravedad proporcionado por la cápsula que llevaba clavada en la nuca, siguiéndo a toda velocidad al general, que volaba en su traje de metal, sobre la ciudad de Sevsha y sintió el hedor caliente que desprendía y vió claramente como el color de la energía era totalmente distinto al que estaba acostumbrada a ver. Se percató de que el flujo vital era turbio y parecido al fango. Jamás había visto tal densidad en algo etérico. El flujo vital que ella observaba alrededor de las flores, en los toros del prado, en el río, era cristalino y brillante, lleno de vida. Y este sin embargo solo transportaba muerte y dolor.
Agudizó la vista todo lo que pudo y se arrepintió de haberlo hecho. Pasaban sobre un cúmulo de cubículos por donde transitaba mucha gente, todos inmersos en una realidad virtual, reproducida dentro de sus cerebros, siguiendo las instrucciones que allí les daban, sin cuestionarlas.
Gira a la izquierda, allá iban. A la derecha, allí giraban. Parecían hormigas, todos sincronizados, subiendo y bajando de vehículos, pasando unos al lado de otros sin chocarse aún cuando ni se miraban a la cara. Algunos reían sólos. Otros lloraban en alguna esquina. Nada parecía tener sentido pues para Aya , un ser humano cien por cien, sin ningún tipo de implante, era imposible percatarse de la realidad ficticia en la que estos caminaban. Ni si quiera la podía imaginar.
Comenzaron a sobrevolar una amplia avenida, muchísimo más lujosa que el resto de la ciudad, y el escuadron empezó a aminorar la velocidad. Estaba llegando al panal de sus avispas captoras y ahora tendría que conocer a su reina.
“Quién sería la bruja y para qué querría darme la llave del Lore Occultus?” se preguntaba “
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#2
Saludos @ifrit_djinn. Sería un detalle que editaras tu texto para que fuera un poco más grande (y, de paso, corregir esos símbolos raros que sustituyen algunas tildes), porque si a mí me cuesta, teniendo vista de grifo, imagina lo mal que lo deben pasar otros foreros con una visión menos aguda que también quieran acercarse a él... Big Grin
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
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#3
(23/09/2019 03:54 AM)Helkion escribió: Saludos @ifrit_djinn. Sería un detalle que editaras tu texto para que fuera un poco más grande (y, de paso, corregir esos símbolos raros que sustituyen algunas tildes), porque si a mí me cuesta, teniendo vista de grifo, imagina lo mal que lo deben pasar otros foreros con una visión menos aguda que también quieran acercarse a él... Big Grin
 
Hey!!
Muchas gracias por el aviso!!
La verdad es que paso poco por aquí y no me había dado cuenta. Si te apetece estaría genial que le echaras un ojito y me dieras opinión Smile
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