Este foro usa cookies
Este foro hace uso de cookies para almacenar su información de inicio de sesión si está registrado, y su última visita si no lo está. Las cookies son pequeños documentos de texto almacenados en su computadora; las cookies establecidas por este foro solo se pueden usar en este sitio web y no representan ningún riesgo de seguridad. Las cookies en este foro también rastrean los temas específicos que ha leído y la última vez que los leyó. Por favor, confirme si acepta o rechaza el establecimiento de estas cookies.

Se almacenará una cookie en su navegador, independientemente de su elección, para evitar que le vuelvan a hacer esta pregunta. Podrá cambiar la configuración de sus cookies en cualquier momento utilizando el enlace en el pie de página.

Calificación:
  • 2 voto(s) - 3 Media
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Reto Oct19: Expediente Wilkins
#1
El Padre Michael llegó en su viejo sedán a casa de los Wilkins. Aparcó frente a la fachada y salió, sonriendo a la familia mientras caminaba hacia ellos con su maletín negro. El matrimonio, sin embargo, no logró siquiera fingir entusiasmo; ambos estaban muy juntos, casi pegados, como siameses.
Al Padre Michael no le cupo la menor duda de que estaban muy asustados, cualquiera lo estaría si su hijo se comporta de forma extraña y anormal. Pero esa no era la primera vez que una familia le pedía hablar con un pequeño, que le pedía bendecir a un niño para erradicar el mal que lo aqueja, un mal que generalmente no existía. No sería la primera, ni la última vez.
El cura se detuvo frente a ellos, esbozó otra sonrisa y saludó con sendos apretones de mano.
—Buenos días, John. Stella. Lamento haberme demorado. Debí evitar que…
—Mi hijo está dentro —lo interrumpió el dueño de casa, severo.
—Padre —dijo Stella, cogiéndole su mano con las suyas—, dígame que puede ayudarnos, dígame que puede hacer algo por mi hijo.
—Los ayudaré —respondió Michael, asintiendo con firmeza—. Les aseguro que todo estará bien para el pequeño Frank. —Desvió la mirada hacia la casa—. ¿Puedo entrar?
El señor Wilkins miró por un momento a su esposa, ella dijo que sí con la cabeza.
El Padre Michael, tras un momento de duda esperando que los Wilkins se adelantaran, tomó la delantera, aflorando a sus labios una sonrisa condescendiente al pensar en lo asustados que estaban. Esperaba que, tras bendecir al niño, sus miedos se disipasen y el nombre de Dios fuera alabado una vez más.
Remontó los escalones del pórtico y entró en la casa, el olor a pintura le asaltó de inmediato. El vestíbulo terminaba en unas escaleras al frente, pero Stella rápidamente le señaló hacia la derecha con la mano.
Ya en el salón, se acercó a la mesa y pidió permiso para depositar sobre ella su maletín, y ella asintió. El Padre Michael lo apoyó en esta y lo abrió con cuidado. Extrajo entonces su estola morada y la pasó sobre su cabeza, dejándola reposar sobre sus hombros; luego cogió del interior el frasco de agua bendita y la Biblia. Se dio la vuelta y miró al matrimonio.
—Llévenme hasta el niño —dijo, autoritario.
A continuación caminó hacia los padres sin esperar respuesta, obligándoles a abrirse paso. Se detuvo frente a la escalera del vestíbulo y, al apoyar su zapato de cuero sobre el primer escalón, la madera crujió. Tal como lo suponía; la antigüedad de la casa debía generar ruidos por la noche, lo que acrecentaba todavía más la intranquilidad de la familia. Sin volver la mirada, comenzó el lento ascenso.
Llegó a lo alto, a un amplio pasillo pobremente iluminado. Miró a un lado y a otro alternadamente, después al dueño de casa, que en ese momento le alcanzó.
—La segunda puerta de la derecha —dijo Wilkins.
Michael avanzó hacia allí dos pasos.
—Padre… —oyó a sus espaldas—. ¿No le importa que le esperemos abajo?
El cura miró sobre su hombro y volvió a sonreír.
—En absoluto —aseguró.
Cuando John Wilkins empezó a bajar la escalera, la bombilla del pasillo fluctuó unas cuantas veces, hasta apagarse. El sonido de los pasos de John aceleraron por los peldaños y el cura sintió erizarse los pelillos de la nuca. Sin embargo, avanzó decidido hasta la habitación.
Depositó su mano en el picaporte redondo y lo accionó, empujó la puerta con una ligera aprensión. Sus instintos le avisaban, pero él hizo caso omiso y entró. Tras unos pasos hacia el centro de la habitación, la puerta se cerró de golpe, sobresaltándole. Observó entonces la ventana abierta y trató de tranquilizarse, culpando del portazo a la posible corriente de aire.
El pequeño Frank estaba recostado en la cama, medio sentado por la gran cantidad de almohadas. Y lo miraba con fijeza. El Padre vio en sus ojos una extraña serenidad, un brillo que le resultó difícil de descifrar. Quizá fuera miedo; quizá todo lo contrario.
Michael se sentó al borde de la cama, dejó el frasco de agua bendita sobre la mesita de noche y apoyó la Biblia en su regazo.
Entonces miró al niño y sonrió.
—¿Cómo te sientes, Frankie? —El niño siguió mirándole, pero no respondió—. Vamos, pequeño, sabes quién soy, sabes que puedes confiar en mí.
El Padre alargó su mano hacia la cabeza del muchacho, la acercó poco a poco, cada vez más. Pero, de pronto, el niño dio un manotazo y se la apartó con violencia.
Michael abrió mucho los ojos, sus cejas levantadas, separó los labios e intentó decir algo, pero las palabras se atoraron en su garganta.
—Sé qué eres —dijo Frank.
Su voz alarmó al Padre, que instintivamente se incorporó y dio dos pasos atrás; no era la de un niño, de ninguna manera lo era. Los labios del pequeño se torcieron más de la cuenta, dibujaron una sonrisa extraña. Al verlo, Michael aferró con fuerza la Biblia y la alzó.
—En nombre de Dios Todopoderoso, y en nombre de su…
Al comenzar a recitar estas palabras, la cama comenzó a agitarse, golpeando con fuerza el suelo; los cuadros se desprendieron de los cáncamos y cayeron pesadamente, los objetos que descansaban inertes sobre la mesilla, las estanterías y el escritorio se convirtieron en proyectiles y él en su objetivo.
Tras unos segundos de estupefacción, el padre Michael se cubrió la cabeza con los brazos y reculó hacia la puerta, sin poder creerse aquello. Agarró el picaporte y giró, estiró tratando de abrirla, pero no se movió un ápice. De súbito sintió crecer en él un terror primigenio, uno que inundó completamente su alma: maldad, maldad pura, allí mismo, en aquella habitación.
Con el corazón repentinamente acelerado, volvió a intentar girar el picaporte, pero de nuevo no lo consiguió. Un objeto le impactó de lleno en la espalda, otro en la nuca, entonces se dio la vuelta y apoyó la espalda en la puerta, esquivó otros proyectiles cubriéndose el rostro con el brazo.
Y, de repente, todo quedó en silencio.
Alzó la mirada poco a poco, con la boca abierta advirtió que todo estaba estático ahora, que la cama ya no se movía, que los objetos flotaban inertes; un filoso fragmento del vidrio de su frasco de agua bendita estaba delante de sus ojos. Michael se hizo a un lado, lo tocó apenas, el pequeño vidrio cayó al suelo sin fuerza.
Entonces dio unos pocos pasos, miró la cama: encima de ella, el niño echó la cabeza atrás y empezó a reír.
El Padre negó con la cabeza, incrédulo, asustado, giró de nuevo hacia la puerta. Quería irse, quería escapar de aquella locura, pero, tras dar solo un paso, se frenó en seco al oír algo.
Un susurro.
Se quedó quieto, escuchando, deseando distinguir la voz del dueño de casa o la de la esposa. A medida que aumentaba de volumen, el susurro fue cambiando de tono, volviéndose grave. Y el Padre Michael sintió que se le helaba la sangre, pues ahora lo oía más claro: la lengua era extraña, siniestra de algún modo. Amenazante.
Luego, otra vez silencio.
El Padre tensó los músculos, apretó la Biblia con garras en lugar de dedos, mientras Frank reía aún a carcajadas. Entonces, súbitamente, una voz muy suave, infantil, le habló al oído.
—¡Corra!
Sin dudarlo, Michael se lanzó hacia la puerta, a su espalda los objetos salieron despedidos otra vez, con más fuerza, sin control, golpeando las paredes, el techo y el suelo. Cogió el picaporte con ambas manos, lo giró, tiró de él, seguía trabado. Y, en ese momento, una sombra enorme apareció dibujada sobre la puerta, sobre él mismo, algo había detrás de él. No se atrevió a mirar sobre su hombro, no quiso ver qué había ahí dentro con él.
Ya fuera cosa de suerte, por la fuerza que le otorgó su terror, o por el deseo de una fuerza superior a la suya, tras una decena de intentos el picaporte por fin giró. De inmediato tiró de él y cruzó la puerta, recorrió a toda prisa el pasillo, trastabilló y volvió a correr.
Logró llegar hasta la escalera, bajó a toda velocidad a través de los escalones; doblándose por la mitad, buscando aire, se frenó delante del matrimonio.
—Padre, ¿está usted bien? —preguntó Stella.
Michael alzó la cabeza y, sin incorporarse, la miró. La vio asustada, pero ahora no rio: él debía verse mucho peor.
—¿Padre…?
—Hay… No sé qué es… Un susurro… Algo. —Eso fue todo lo que consiguió articular entre jadeos.
John Wilkins le apoyó una mano en el hombro para tranquilizarlo, el Padre dio un respingo y dio dos pasos atrás, casi tropezando con los escalones. Luego, tras una serie de exhalaciones, Michael se secó la frente con pequeños toques de la manga de su camisa y alzó el mentón con lo que le quedaba de orgullo.
—Yo no puedo hacer nada por él, no tengo experiencia en… estas cosas. Lo siento. Lo siento.
—Pero, Padre, ¡¿qué haremos entonces?! —chilló la mujer—. ¡¿A quién acudiremos?!
—No les dejaré desamparados —contestó Michael—. De inmediato avisaré a las autoridades eclesiásticas, ellos sabrán cómo proceder.
Y, dicho esto, y sin esperar respuesta ni gratitud, echó a andar hacia la puerta. El matrimonio se abrió para darle paso, giraron para seguirlo en su camino. De pronto, oyó la voz de la mujer a sus espaldas.
—Padre. Se olvida su maletín.
Michael frunció el ceño, como si no supiera de qué hablaba, pero cuando giró y vio a Stella marcharse un momento y regresar con el objeto en cuestión, se sintió un tonto. Lo cogió de la mano extendida, abrió la puerta y dio un paso hacia afuera.
—Padre, ¿qué haremos nosotros mientras…? —preguntó John.
Michael se detuvo y los miró de lado.
—Rezar, hijos míos. Rezar día y noche.

Los dos coches levantaban polvo por el camino de tierra que llevaba hasta la casa; la hija de los Wilkins, que jugaban fuera, entró dando gritos para avisar a sus padres. Stella salió secándose las manos con el delantal, John con ropa de trabajo.
Los dos coches se habían detenido frente a la casa. Los Wilkins reconocieron el sedán gris del padre Michael, supusieron que en el otro auto iba la pareja de la que el cura les había hablado.
Efectivamente, descendieron de él un hombre y una mujer de unos cuarenta años; estos, nada más bajar, miraron la casa con interés y después fijaron su atención en la familia. Se les acercaron, los Wilkins observaron sus rostros serenos y la amable y tranquilizadora sonrisa de la mujer.
-Stella, John, tal como les he dicho por teléfono, aquí está el matrimonio Warren —dijo el Padre Michael—. Él es Ed, ella Lorraine. Les ayudarán con su "problema". No hay nadie mejor ni dentro ni fuera de la Iglesia.
—Gracias por venir, de verdad, gracias... lo estamos pasando realmente mal —expresó Stella.
Lorraine le sonrió.
—Vayamos dentro —le dijo—, deberemos hacerles unas cuantas preguntas para hacernos una idea de lo que pasa aquí y a qué nos estamos enfrentando.
Los Warren fueron los primeros en entrar, dieron unos pocos pasos y de inmediato sus miradas se perdieron en la bastedad del vestíbulo. La de Ed se fijó en lo meramente estructural: la casa, por más reparaciones que se le hicieran, era vieja y debía ser ruidosa. Lorraine, por su parte, se concentró en los cuadros que decoraban las paredes, especialmente en los retratos en blanco y negro, tan antiguos como la propia construcción.
—Por aquí —dijo Stella, invitándoles al salón.
Los recién llegados se miraron, después la siguieron.
La pequeña hija de los Wilkins se encontraba allí ahora, jugando con su muñeca sobre la alfombra; ni siquiera los miró. Lorraine la observó detenidamente un momento, luego posó la vista en la dueña de casa, sus ojos preguntaron por ella.
—Está arriba, en su habitación —fue la respuesta.
Los Warren tomaron asiento junto al otro, frente a ellos se acomodaron Stella y el Padre Michael; John Wilkins se quedó de pie detrás de su esposa, con las manos en los hombros de ella.
Ed encendió la grabadora, miró su reloj y comenzó a hablar:
—Diez cero cinco de la mañana, veintiocho de agosto. Primera entrevista con John y Stella Wilkins, padres de Frank Wilkins. Empecemos. ¿Cuánto hace que se mudaron a la casa?
—Una semana —contestó tranquilamente Stella.
—Y los problemas… ¿Cuándo empezaron?
Stella alzó la mirada hacia su marido.
—La tercera noche —contestó él.
—Ajam —asintió Ed, mirando a Lorraine un momento. Alzó una ceja—. ¿Es la primera vez que tiene este… tipo de experiencias?
—Sí, sí —se apresuró a contestar la mujer—. Nunca ocurrió nada semejante en nuestra anterior casa.
Lorraine apoyó entonces la mano sobre la de Ed, pidiendo la palabra, miró a Stella.
—Cuéntanos qué ocurrió esa noche. —La vio titubear y agregó—. Tranquila, hazlo despacio. Te creeremos. Estamos aquí para ayudarte.
Stella miró a su marido, él apretó el agarre de sus manos y asintió con la cabeza, dándole su apoyo. Entonces la mujer volvió la vista al frente y miró a Lorraine, soltó un suspiro. Tras él, comenzó a explicar que esa noche se despertó al oír abrirse la puerta de su habitación, y que vio a Frank, su hijo, de pie en el umbral y con la cabeza gacha. Con el amor de una madre, pero también con el ceño fruncido por la preocupación, ella le había preguntado qué le sucedía.
—¿Y qué respondió su hijo? —preguntó Lorraine.
—Nada. Ni una palabra. —Stella tragó saliva—. Tan solo caminó hasta los pies de la cama, con la cabeza caída sobre el pecho y los brazos inertes a los lados. Parecía enojado, o triste. Y, todavía sin hablar, se metió por debajo de las frazadas y se arrastró por la cama hasta quedar entre nosotros. Y allí se durmió.
Ed miró a su esposa, ella vio en sus ojos que para él no era ese un hecho paranormal, sino todo lo contrario, la pesadilla de un niño y la búsqueda de refugio en la cama de sus padres.
Stella notó lo mismo, y añadió:
—Al día siguiente encontramos los moratones en sus brazos.
—¿Cómo dice? —preguntó Ed, tomado por sorpresa.
—Moratones, y… arañazos en el pecho, como… como si hubiera sido atacado por un gato.
En ese momento, la niña, que jugaba en la alfombra, se levantó y caminó hasta su madre, le tironeó del vestido y dijo:
—Mami, Jason dice que…
Lorraine abrió grandes sus ojos, pero no miraba a la pequeña, sino al niño que había detrás de ella, el que le hablaba al oído.
—¡Sofie! —exclamó Stella—. ¡Jason no existe! Te lo he…
—¡Déjela! —gritó Lorraine—. ¡Deje que hable la niña! —Lorraine se incorporó, rodeó la mesa, se acuclilló frente a la pequeña y apoyó las manos en sus hombros—. Tranquila, Sofie. Soy una amiga, soy tu amiga. Cuéntame, Sofie, cuéntame lo que Jason quiere que escuchemos.
La niña intentó mirar a su madre, pero Lorraine la sostuvo firme por los hombros y no dejó que lo hiciera. Se miraron cara a cara, con fijeza, entonces Sofie dijo:
—Jason dice que no es a Frank a quien quiere eso.
Lorraine desvió enseguida la mirada hacia el niño que solo ella era capaz de advertir, lo vio correr y desaparecer al chocar una pared. Se incorporó, separándose de la niña.
—¿Qué significa eso? —preguntó Ed, con el ceño fruncido—. Cariño, ¿qué viste allí?
Lorraine clavó la mirada en los dueños de casa.
—Llévenme hasta el niño. Ahora.
John y Stella se miraron, también lo hicieron Ed y el Padre Michael, solo ella parecía entender lo que encerraban esas palabras. Pero la mirada de Lorraine era firme y decidida, y no dio lugar a más explicaciones. El dueño de casa metió una mano en su bolsillo, extrajo de él una llave, la extendió hacia ella.
—Es la segunda habitación del piso superior. Lo siento... nosotros no... no queremos ver...
—Lo entiendo —dijo Lorraine, cogiendo la llave—. Ed. Te necesitaré a mi lado.
Su esposo dijo unas pocas palabras hacia la grabadora para dar por terminada la entrevista, luego cogió su Biblia y asintió con la cabeza.
—Estoy listo.
Juntos abandonaron el salón, caminando hasta la escalera. La mirada de ella iba y venía de un sitio a otro, buscando ver lo que solo ella era capaz. Él mantenía la Biblia bien sujeta en una mano, a un lado del cuerpo. Subieron lentamente, con calma pero sin dudas. Llegaron al pasillo, miraron en una dirección y en la otra, luego giraron a la derecha y echaron a andar uno a la par del otro, manteniéndose muy cerca.
La primera puerta que encontraron estaba entreabierta; Ed la abrió por completo, dio un vistazo, negó con la cabeza ante la mirada de su esposa. Continuaron, a paso más lento, aunque firme. Así llegaron hasta la segunda puerta; estaba cerrada, y trabada con una silla para que el picaporte no girara. Se miraron, preguntándose qué podía ser tan malo como para que unos padres encerraran de ese modo a su hijo.
Ed hizo a un lado la silla, metódico. Lorraine encajó entonces la llave en la cerradura, la giró a la izquierda dos veces, el cerrojo se abrió con un ligero clic. Volvieron a mirarse, asintieron el uno para el otro, seguros de lo que hacían, seguros porque estaban juntos en esto. Tras una inhalación ruidosa, Lorraine cogió el picaporte, lo giró, empujó y fue abriendo la puerta palmo a palmo, hasta que estuvo abierta por completo.
Desde el umbral, vieron al niño sentado al borde de la cama, cabizbajo, agitando los pies en el aire. Parecía aburrido, muy aburrido. Lorraine recorrió con la vista el resto de la habitación y, al no advertir nada que llamara su atención, tragó saliva y dio un paso al frente. Entonces, ni bien hubo entrado en la habitación, la puerta se cerró de golpe a sus espaldas, en las narices de Ed.
—¡Lorraine! ¡Lorraine! —gritó él.
Pero ella no giró para mirar, no giró para intentar abrirle, porque el niño sentado en la cama ahora la miraba a ella. Lorraine también le miraba, y sabía que en ese momento no estaba mirando a un niño de ocho años, sino a algo mucho más maligno y tan viejo como el mundo.
—Te esperaba, Lorraine Warren —dijo el niño con una voz que no era la suya, escalofriante, áspera y profunda, no exenta de amenaza.
—¿Quién eres? —preguntó ella, igualmente áspera, igualmente amenazadora—. ¡Manifiéstate! ¡Muéstrame tu rostro, demonio!
En ese momento todo objeto comenzó a volar, los muebles golpearon el suelo izándose y dejándose caer pesadamente. Lorraine se protegió el rostro y profirió un grito.
Ed la oyó y dejó de forcejear con la puerta, bajó rápido las escaleras pidiendo a gritos un hacha. John salió corriendo al exterior seguido por él, y arrancó un hacha del tocón donde cortaban la leña, pero Ed se la quitó de las manos y volvió sobre sus pasos, esta vez seguido del padre Michael.
Golpeó con ella la puerta, las astillas volaban a cada hachazo, una y otra vez la descargó con desesperación hasta destrozarla.
Tiró la herramienta al suelo y empujó lo que quedaba de esta, de inmediato entró en la habitación. Lorraine se defendía como podía, izada contra la pared, de los objetos que le llovían constantemente.
Ed sólo pudo pronunciar las primeras sílabas del exorcismo antes de salir rodando de la habitación, empujado por una fuerza invisible. El padre Michael le ayudó a ponerse en pie, y ambos intentaron entrar en la habitación de nuevo, con el mismo resultado.
—¡Tenemos que distraerle! —dijo Ed al padre Michael—. ¡Lorraine necesita concentrarse para dar con el nombre del demonio, y sólo así podrá expulsarle!
—¿Cómo? ¡Si ni siquiera podemos entrar! —se desesperó el padre Michael.
—¡La Biblia, padre! ¡El ritual de exorcismo! ¡Juntos!
Entonces alzaron las Biblias con ambas manos, con la cruz de la tapa orientada hacia la habitación, y comenzaron a recitar el conjuro. Y, mientras decían las primeras palabras, avanzaron con firmeza. Atravesaron así el umbral y, aunque sintieron una energía empujándoles hacia fuera, como un fuerte vendaval, ellos no se detuvieron, mirando hacia delante sin temor alguno. Se separaron dentro de la habitación para abarcarla por completo, los objetos seguían volando de aquí para allá. Ed y el Padre Michael se convirtieron ahora en sus objetivos; a pesar de que muchos daban en el blanco, ninguno de los dos detuvo sus palabras.
Lorraine, sin embargo, seguía izada contra la pared, pegada a ella por un agarre invisible incluso para ella.
De pronto, una potente energía golpeó al Padre Michael justo en el pecho, lo lanzó por el aire, lo estrelló contra la pared junto a la puerta. Ed dudó por un instante, siguiéndolo con la mirada, pero luego avanzó más y elevó la voz, ahora gritaba las palabras del conjuro.
La ventana se abrió de golpe, comenzó a golpear la pared una y otra vez. Así apareció una grieta en esta, que se extendió hacia el techo; el ventilador, que giraba rabiosamente en lo alto, se desprendió y cayó. Ed, que se encontraba debajo, dio un salto a un lado, pero una de las aspas golpeó su cabeza y lo derribó.
Entonces Lorraine cayó al suelo con un fuerte golpe. A pesar de ello logró ponerse de rodillas, alzó confusa la mirada, vio al demonio acercándose a Ed, que se arrastraba por el suelo, ya sin poder hablar y con un gran manchón de sangre brotando de su cabello. El demonio llevaba atavíos de monja.
—No puede ser… —balbuceó Lorraine—. No puede ser…
El demonio cogió a Ed del cuello, lo elevó en el aire, él solo pudo dar manotazos a algo que no veía, solo pudo agitar las piernas buscando apoyo.
Lorraine sintió que se le estrujaba el corazón, Ed iba a morir si no hacía nada. Pero se sentía incapaz de hilvanar un solo pensamiento, de comprender algo que se le antojaba imposible. Incluso se sentía incapaz de levantarse. Estaba rendida.
Sin embargo, de pronto frente a ella apareció aquel niño que ella vio hablando al oído de la niña. El pequeño, con un rostro templado y una mirada increíblemente tranquila, le tendió la mano. Lorraine, con los ojos abiertos como platos, la tomó, y con su ayuda consiguió ponerse en pie.
—Ves más que los demás —dijo el niño—. Pero no todo lo que ves es la verdad.
Al acabar de decir estas palabras, el niño soltó su mano y se alejó corriendo, desapareciendo en una pared.
Lorraine clavó la mirada en su esposo, cuyos manotazos eran ya débiles, cuyos pies se movían ya sin fuerza. Y entonces, viéndose en esa situación tan desesperada, un pensamiento fugaz pasó por su mente, y de pronto lo comprendió.
Con su pecho moviéndose sin control, Lorraine dio un paso al frente y alzó la voz:
—¡No puedes ser Valak! ¡Porque yo te expulse!
El demonio giró la cabeza para mirarla, y ella vio su rostro pálido, sus ojos amarillos enmarcados por una sombra, tan oscura como sus labios negros, y dudó, porque se veía igual que aquel demonio.
—Lorraine… —gimió Ed, y el demonio apretó con más fuerza.
—¡No puedes ser Valak! —repitió ella entonces—. ¡Porque yo te expulsé! —Avanzó otro paso, ahora más decidida que nunca—. ¡Solo puedes ser Vassago, el rey del engaño!
Al pronunciar ese nombre, el demonio giró su cabeza otra vez, abrió su boca, que era enorme, enseñando sus dientes afilados, y gritó, chilló de una forma horrible.
Lorraine, al ver lo que causaba, cogió la Biblia de Ed del suelo, la extendió frente a ella y de cara al demonio.
—¡En el nombre del Padre y del Hijo! —El demonio volvió a gritar, soltó a Ed y avanzó hacia ella; Lorraine retrocedió, pero no cesó—. ¡Y en el nombre del Espíritu Santo, yo te condeno al infiernoooooooo!
De pronto todos los objetos que volaban comenzaron a caer, sin fuerza, como pájaros que mueren en el aire. Pero el demonio avanzó otro paso, otro más y… un agujero se abrió en el suelo de la habitación, y el rumor de unas llamas brotaba de él, acompañado de un calor insoportable. Lorraine se mantuvo firme, pero el demonio comenzó a ser arrastrado hacia allí. Se tumbó en el suelo, clavó las uñas, intentando resistirse, cogió a Ed por una pierna. El Padre Michael, recuperado del golpe, aferró la mano de Ed con las suyas, y entonces él pudo dar una patada y librarse. El demonio, sin ningún asidero, se vio arrastrado hacia el agujero, dejando las marcas de sus uñas, hasta que fue tragado por él. Luego el hoyo ardiente se cerró y la habitación quedó en completo silencio.
Lorraine corrió, se lanzó de rodillas junto a su esposo, lo abrazó, lo abrazó muy fuerte, y lo beso con lágrimas en los ojos. Ed apenas pudo descansar la cabeza en su regazo. Entonces, mientras aún lo mecía contra su cuerpo, vio que el niño fantasma pasaba delante de ella, caminando hacia la puerta de la habitación.
—¡Espera! —dijo Lorraine, el niño se detuvo y giró. Ella sonrió—. Nos has salvado la vida. Gracias.
El pequeño fantasma permaneció serio, pero en sus ojos también había agradecimiento.
—Soy libre —le dijo—. Soy libre por fin. Gracias.
Y dicho esto, el niño se marchó a paso tranquilo de la habitación.

Ed y el Padre Michael aparecieron en lo alto de la escalera, uno a la par del otro. Estaban sudados, y el primero tenía un corte sangrante a un  lado de la cabeza; el gesto serio y agotado de ambos provocó que Stella cayera de rodillas y echara a llorar al imaginarse que algo terrible había sucedido con su hijo.
Ambos hombres bajaron la mirada, luego comenzaron a descender por los escalones.
—¡¿Qué sucedió?! —exclamó John, adelantándose—. ¡Díganme!
Llegaron hasta el nivel del suelo, Ed se detuvo cara a cara con el dueño de casa, el sacerdote siguió hasta apoyar una mano en el hombro de la dolida mujer.
John Wilkins cogió a Ed por el cuello de su camisa y rugió:
—¡¿Dónde está mi hijo?! ¡Dime qué le sucedió!
En ese momento, Lorraine apareció en la cima de los escalones, los miró desde arriba, giró la cabeza hacia el pasillo y llamó a alguien con un gesto de la mano y unas palabras delicadas.
Stella detuvo su llanto, esperó con la vista puesta allí, con los ojos vidriosos y brillantes de pura expectación. Su esposo, sin soltar a Ed, esperó con el corazón en un puño.
Entonces, tras unos segundos de silencio total, el pequeño hijo del matrimonio apareció desde el pasillo y tomó la mano que Lorraine le ofreció. El niño, una vez se sintió seguro, bajó la mirada y vio a sus padres, y les obsequió una sonrisa infantil.
Stella lloró, pero ahora de alegría, y John soltó a Ed y lo abrazó. Lorraine y el pequeño Frank recorrieron los escalones y llegaron hasta abajo; el niño se lanzó a los brazos de sus padres, y Lorraine a los de su esposo, que la rodeó y le besó la frente. Luego ambos sonrieron al ver la felicidad de la familia reunida, pues ahora la niña se había sumado al abrazo.
—Lo hemos logrado, cariño —susurro Ed.
Lorraine recostó su cabeza sobre el hombro de él, le rodeó el vientre con una mano. Su sonrisa tenía una sombra difícil de descifrar.
—Lo logramos, cielo. Una vez más y gracias a Dios.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Los Warren... Me lo temía con ese título, pero esperaba que tal vez se tratara de algún homenaje a El exorcista. Se me hace dificil opinar de un relato interesante y bien escrito sobre una posesión demoníaca cuando está protagonizado por una pareja de estafadores de la vida real; me provoca disonancia cognitiva.

Voy a intentar pasar por alto ese hecho y analizar el relato en sí mismo, en ese caso, es bastante bueno: no es otro relato basado en Lovecraft (lo cual se agradece), los investigadores dan cierta muestra de pensamiento deductivo (aunque es un elemento que se podría quitar porque no se llega a jugar con la posibilidad de que todo tenga una explicación racional), hay una muestra de peligro real para los personajes...

Claro que también tiene problemas: el ya mencionado elemento deductivo que no lleva a ninguna parte (¿qué me importa que la casa sea vieja si el demonio es real?), hace necesario conocer el Warrenverso (al menos El conjuro 2), el personaje de la niña surge de la nada en la segunda parte del relato.

En definitiva lo que hubiera necesitado el relato (obviando lo de no basarse en estafadores) sería una presentación de esos Warren para quien no sepa de ellos, si es un fanfic uno lo lee porque es fan de esa obra, pero en este caso uno podía o no conocerla y hay elementos como los poderes de Lorraine que si uno desconoce la saga cinematográfica parecerán un Deus ex, también el hecho de añadir un personaje escépctico al principio que da muestra de deducir a qué se puede deber algo como los ruidos que se oyen, debería ser aprovechado mejor, por ejemplo con una investigación corriente que se va volviendo paranormal poco a poco (no demasiado que ya es un relato algo largo). Tampoco se cierra el punto sobre quién quiere realmente el demonio (uno supone que es Lorraine por lo que le dice cuando la ve, pero luego en lugar de ir a por ella va a por el marido, lo que contradice eso).
Responder
#3
Mmmmm, mmmmm, dudo terriblemente. Vamos por partes.
Por un lado es un relato correcto, bien escrito en general, y con partes que necesitan un buen repaso. Tiene distintos personajes que caen todos en cliché, que no tiene por qué ser malo si lo que prima es la historia. Y ahí es donde veo su mayor punto flaco. No se trata de ser siempre original y reinventar la rueda, sino de tomar elementos ya existentes y mezclarlos de manera que puedas darle algo diferente al lector (sobre todo si el lector es un cuarentón con cientos de libros leídos). La cuestión es que me ha parecido una versión corta de cualquier película o capítulo de serie en versión relato. Y no está mal per se, es simplemente que es la misma historia conocida de siempre.
A parte de lo repetitivo de la escena en que los objetos vuelan por doquier, me ha sorprendido mucho de que solo llevasen viviendo allí una semana. Curioso porque en ese tiempo han llamado a un cura y luego a la pareja de exorcistas. Todo muy rápido.
Suerte!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
Responder
#4
Al empezar a leer, de verdad pensé en el regreso de Pazuzu y que ahora sería personal, pero no, es un relato con los Warren.

Llevan viviendo una semana en la casa y todo empezó al tercer día, osea que en tres o cuatro dias se hizo tremendo desmadre y hasta los padres mejor encerraron a su hijo y llamaron a un sacerdote, saben que puede ser un demonio y aún así Stella no le cree a su hija cuando habla de Jason. Esa es otra, para mi sobra la hija. ¿Lorraine de donde sacó el poder de mandar demonios al infierno?, ¿tan fácil se van?, ¿ella abrió el portal al infierno o como es el asunto?, ¿me tengo que ver las películas del warrenverso para salir de dudas?.
El dinero no da la felicidad pero la pobreza tampoco
Responder
#5
Los finales felices no dan miedo jaja
No, ya en serio, me agradó la película, como dijeron acá arriba, pero no le veo problema a ello. Es exactamente así, como ver una película. La narrativa es simple, pero esforzada, y los tiempos están bien repartidos. No tengo alabanzas, pero tampoco tengo quejas. Quizá sólo el hecho que a la mitad del exorcismo hubo un momento en que no sabía qué era pe percepción de la mujer y qué era real, pero no deja de ser difícil describir algo así.
Buen trabajo.
Bardo
Responder
#6
Después de leer el La Pagina Maldita, este me ha parecido muy bueno! Tiene lo que eché en falta: personajes bien definidos, aunque simples; descripciones bien narradas, en cantidad justa; diálogos bien llevados y coherentes; una trama con un inicio, un nudo y un desenlace (este ultimo suele ser una rareza en los retos Big Grin  ). Además, no le he visto errores, ni uno solo, y eso suma muchos puntos en mis votaciones. En fin, de momento es mi favorito.
Buena suerte en el reto!
Viviendo a la sombra del destino.
Responder
#7
El relato está muy apresurado, lo digo por los tiempos.
Hay cosas que en la brevedad del tiempo suceden rápido y son muchas.
En la vida real no se podrían hacer tantas cosas en esos breves lapsos de tiempo.
El texto es muy bueno gramaticalmente hablando. Es interesante, pero hay cosillas que entran como 'con calzador', ya que en una semana que levan los Warren en la casa, suceden tantas cosas y tan precipitadamente.
Pero en fin... le pongo un 9, ya que se nota el esmero que tuvo el Autor para prepararlo.  octopus
La Pluma Mata más que la Espada...   Mf_swordfight
Responder
#8
El texto presenta pocos, pero evidentes, errores técnicos: una concordancia verbal, varias frases de extraña construcción, leísmos, una tilde fantasma, reiteraciones. En general, texto bien trabajado, aunque le falta una última revisión para pulir esos pequeños defectos.

En cuanto al argumento, y como ya han señalado otros lectores más arriba, hay incoherencias importantes. No suena verosímil que los Wilkins lleven sólo una semana en la casa cuando hablan con Ed y Lorraine, teniendo en cuenta que antes ha tenido lugar la visita del Padre Michael. Todos esos avisos parecen haber ocurrido demasiado rápido, y leer que todo se sucede con tanta celeridad por parte de los personajes implicados queda un poco raro. La palabra en este caso es precipitación. Algo sorprendente cuando se trata de un cuento de más de cuatro mil quinientas palabras. Y, sobre todo, no resulta coherente que los padres se den tanta prisa en llamar al Padre Michael y luego se muestren reticentes cuando este llega, que se miren entre sí antes de dar permiso, que se queden atrás y sea el Padre quien haya de adelantarse… ¿Para qué lo llamaron con tanta prisa, entonces? Unos padres que se comportan con tantas dudas hubieran tardado mucho más de una semana sólo en decidirse a buscar la ayuda del Padre Michael. Hubiera estado mejor añadir un tiempo de espera que hubiera servido para acrecentar la situación de angustia de los padres. Faltó darle ese espacio al relato para permitirle crecer de manera coherente y construir poco a poco el problema al que los protagonistas van a enfrentarse.

Sin conocer de antemano a la pareja a la que se ha hecho referencia como inspiradora de este cuento, hay elementos que me resultan demasiado típicos en esta clase de historias: el cambio de voz con el que se muestra la posesión demoníaca, objetos volando por la habitación, puertas que se cierran de golpe, personas que son violentamente empujadas por fuerzas invisibles… Tampoco es que esperara una "revolución" del género, pero hubiera preferido encontrarme con elementos menos conocidos, que el autor se hubiera apartado un poco más de ese camino seguro, ya desbrozado y allanado por el paso de otros viajeros. Esos lugares comunes se podrían resumir en una expresión que es todo un cliché del género: “algo mucho más maligno y tan viejo como el mundo”. Really, George? ¿En serio, Jorge?

Los personajes no están mal caracterizados, sus diálogos son coherentes y sus comportamiento se adecúan al papel que representan, pero ese es precisamente el problema; el papel que cada uno ha de desempeñar queda constreñido por un guion que los comprime como una camisa de fuerza. No hacen nada fuera de lugar, pero el lugar que tienen asignado está tan milimétricamente delimitado que no deja mucho espacio para la sorpresa, para que cambien, para que hagan algo inesperado.

Por último, considero un error importante que Sofie y Jason no aparezcan desde el principio, durante la primera visita del Padre Michael a la casa. Gracias a ellos, sobre todo a Jason, los Warren y el Padre Michael consiguen derrotar al demonio, así que al aparecer tan sólo en el tercio final de la historia bien podría considerarse una resolución del problema vía "Deus ex machina".
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
Responder
#9
Miraaaaa, este me ha molado! Huy, es como ver una peli de los Warren, qué gracia! Huy, ahoratengo dudas con un par de autorías, pffff con lo bien que las llevaba...
Aunque canta mucho que en solo una semana pase todo eso, menuda es la iglesia y su burocracia...Yo no he visto errores, pero hay palabras que he tenido que buscar a pesar de que quedaban mas o menos comprensibles por el contexto ("frazadas"). Ostia, y evocar a la monja chunga esa, que da un cague del 15 también me ha molado (que grima da, brrrrrr), así como el modo de la mujer Warren de dar con el nombre del demonio.
Muy bien, me he divertido leyéndolo!
Suerte en el reto!

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
Responder
#10
El relato me ha gustado, bastante de hecho, pero tiene un problema: es casi una transcripción escrita y resumida de una película.

El texto es eficaz, bien escrito, se lee con facilidad. Podría decir que nos plantea bien a los personajes, pero solo en parte, el mejor dibujado es Lorraine, sin duda, incluso la niña, el resto son más accesorios, incluso Michael, que podría tener más peso. Creo que la intención de seguir un guion de película los ha constreñido un tanto, se han plegado a su cliché.

Podría decir que la mayor virtud del relato es que es bastante completo. Cumple en muchas facetas, solo me hubiera gustado que me hubiese sorprendido en alguna, da lo que ofrece y ni un poco de más.
Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)