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Reto Oct19: Recogerás lo que siembres
#1
Dulce hechicera, de rara hermosura, misteriosa como un recuerdo lejano, cantarina como una alondra, no tenía miedo de las sombras. Tenía sangre de fata.
Repudiada y admirada, vivía sola en aquella colina que dominaba un valle de senderos tortuosos, hayas desperdigadas y algún roble centenario. Puñados de fresnos altivos convivían rodeados por peñascos musgosos que parecían rostros cincelados al descuido. Tenues corrientes de agua desembocaban en charcas herbosas, oasis para martas cibelinas y ciervos de roja pelambre.
Un paraje adusto, salvaje. El lugar de su retiro perpetuo por decisión propia.
Hoy tendría visita, ¡estaba al caer! No era algo tan inusual, dada su fama de hechicera de sueños y anhelos. Aquellos pobres de espíritu que poblaban la comarca temían a Niamh la mestiza, pese a su mirada cálida y su sugerente sonrisa.
Estaba contenta, hacía falta determinación para atreverse a buscar la cura del mal de espíritu, no era motivo de orgullo para los simples. La gente era, en esencia, vanidosa e inculta, mezquina con aquello que no comprendían. Merecían desprecio, pero a cambio ella les ofrecía consuelo y, lo más importante, una cura ante los males que acechaban en sus almas mundanas.
El Señor Álvaro Núñez de Callobre era un extranjero. Había llegado a los montes del interior de Gales con la intención de conocerla y suplicar remedio a su dolor. Hombre robusto y saludable, tenía sin embargo algo que le reconcomía las entrañas. Se habían entrevistado dos días atrás en la pequeña aldea de Heol Senni, en la casa que el hombre había adquirido temporalmente. Allí vivía con algunos sirvientes que habían viajado con él desde su lejano país. Ninguno osó dirigirle la palabra a la encantadora Niamh, temerosos ante su presencia. ¡Qué pronto habían adquirido las malas costumbres de los lugareños!
La muchacha no se lo había tenido en cuenta. Se dedicó por entero a una charla larga y provechosa con Don Álvaro, varón notable por apostura y presencia de ánimo. Había viajado mucho por Europa, con liviano equipaje y su pequeño grupo de fieles.
«Huyendo sin cesar de una sombra acechante del pasado, destructora y terrible».
Apoyada en el muro de la cabaña, miró hacia el valle mientras recordaba el último encuentro.

Tras un rato de presentaciones y puesta en antecedentes, el caballero no pudo contenerse por más tiempo.
—Señorita, he de confesar que no me esperaba a alguien como usted.
Don Álvaro se había mostrado confundido al verla por primera vez. Contaba, tal vez, con entrevistarse con alguna matrona arrugada de ceño atroz y risa lúgubre. En su lugar, al otro lado de la mesita, con una tacita de té humeante entre las manos, le observaba una beldad juvenil de melena cobriza y ojos ambarinos.
—¿En ese caso, no soy de su agrado? —a ella le chispeó la mirada— ¿Tal vez preferiría al padre Kellan, que vive a tiro de piedra de aquí?
—No pretendo ofenderla…
El hombre cerró la boca y la contempló con la duda en su mirada. La muchacha sonrió. Le gustaba Don Álvaro, era un caballero fuerte y agradable, también le agradaba su peculiar acento. Sobre todo le atraía lo que percibía en su interior, el eco de un canto firme, varonil y valiente, bañado en una luz ocre, algo sucia pero menos de lo habitual. No era un santo, pero no carecía de nobleza. Sin dejar de mirarle, Niamh se lo imaginó en pleno acto sexual con ella a horcajadas sobre él.
Fue como una explosión interior, Don Álvaro sintió que se disparaban sus emociones, un calor inesperado le hizo sudar. Azorado, se aflojó el cuello de la camisa y trató de sacarse de la cabeza las imágenes que se iban arracimando sin su permiso. ¡Él no era así, un rufián sin mesura! ¡Por todos los…!
—¿Necesita algo el señor?
Era el feo rostro narigudo de Tobías el que había hablado, asomado al vano de la puerta. El sirviente mostraba una mueca de desagrado hacia la joven. Con la interrupción se disipó aquella tormenta de sensaciones que eran puro pecado. No es que Don Álvaro fuese precisamente mojigato. Alardeaba para sí mismo de no pocas conquistas, todas en buena lid, era atractivo para las mujeres y a él le apasionaban, pero no de aquella manera tan…¡primaria!
—¡Nada…! No necesito nada, Tobías, déjanos solos por favor.
Desapareció la nariz, volvió el deseo. Don Álvaro se cernió vagamente amenazador sobre la muchacha, fuente de la irrupción de sus instintos animales.
—Señorita, ya veo de que va esto, pero le recomiendo que cese en sus manejos, que se me antojan vulgares —carraspeó e hizo un esfuerzo para recuperar la compostura—. Me han advertido en su contra, ¿tenían razón, entonces?
La sonrisa de Niamh se esfumó de sus labios finos y sensuales. No le importaba su reputación frente a la chusma de las aldeas y los valles, pero de alguna manera que no dejaba de sorprenderla, sí le importaba la opinión que aquel caballero tuviese de ella.
—Lo lamento —dijo ella, sin lamentarlo en exceso.
—Vive Dios, al menos este mal trago me ha servido para ver que tiene usted poco de ordinario.
—¿Mal trago? Tal vez debería catarlo de nuevo.
Don Álvaro levantó un dedo admonitorio, pero ella dejó escapar una carcajada ligera que disipó la tensión al momento.
—No se preocupe, Don Álvaro. Apenas le conozco y ya le respeto, ¿sabe?, y eso es mucho, puede sentirse afortunado.
—De nuevo no sé si se burla pero escuche, este asunto es importante para mí y no quisiera que subestimase lo que me atormenta ¡Nada de tonterías, ni de charlatanería o trucos baratos! —se tocó el pecho con crispación—. He viajado, buscado ayuda en sitios que me han vendido como milagrosos…¡Sandeces, todo majaderías, desatinos!
La joven no dejó de observar que Don Álvaro tensaba los músculos como si fuese a emprenderla a golpes. Parecía un depredador a su vez acorralado.
—Ya no soy joven, mi cabeza está en su sitio y no creo en el destino —continuó el—, y aun así juro que algo horrendo e inexorable me acecha y por momentos creo desfallecer. Es como, como si…
—Como si una mano helada le revolviese las entrañas. Como si un aliento fétido subiese por la garganta lacerándola, y en lo más profundo un grito agudo pidiese un auxilio que no llegará.
Don Álvaro tragó saliva, se había quedado mudo ante las palabras de la mujer. La mirada de ella parecía perdida, aunque estaba fija en él.
—Es lo que percibo —dijo ella con sencillez.
—Tendré que confiar entonces —el caballero asintió lentamente—. Las referencias que he recopilado de la dulce Niamh son tan enigmáticas como oscuras. ¡Pero al infierno con lo convencional! Ningún médico de los muchos que me han tratado ha detectado nada físico, mi salud es la de un roble. Tal vez simplemente me esté volviendo loco.
—Tal vez pero, ¿qué es la locura para usted? —encogió los delgados y pecosos hombros, apenas cubiertos por un chal de punto—. Cualquier patán de ahí afuera le llamaría loco por muy poca cosa. La gente sencilla ve locura en cualquier acto más complejo que comer, follar o cagar.
Ajena a la expresión escandalizada de él, la muchacha se levantó y comenzó a pasear por la sala. Su talle delicado de atractivas formas perturbó de nuevo el arrebolado subconsciente del caballero. Definitivamente, si aquella era una mujer común, Don Álvaro era Napoleón Bonaparte redivivo.
—Menudo lenguaje el suyo —dijo él.
—Dígame cuándo y dónde empezó su nuevo despertar.
Don Álvaro bajó la vista. Le dolía recordar aquel momento, el de su segundo nacimiento.
—Recuperé el conocimiento en medio del bosque, las fragas que acunan el río Eume, a una decena de kilómetros de la pequeña aldea de Callobre, mi pueblo natal en España. Hace veinte años de aquello y parece que fue ayer. Desnudo, aterido, todo me dolía como si me hubiesen molido a palos, tenía sangre en las manos, y en la boca. Algunos de mis criados me encontraron y me llevaron de vuelta.
—¿Adónde? ¿Qué lugar?
—Mi casa, el hogar ancestral de mi familia pero que ya no lo era. Una mansión solariega a las afueras de la villa, buen refugio para una casta como la nuestra, burgueses adinerados que aspiraban aun señorío que se resistía. La Francia de Bonaparte nos tenía bajo la bota, pero se abría un mundo de posibilidades, al menos esa dicen que era la postura de mi familia, aunque me cueste creerlo.
—Debían de tener muchos enemigos, entonces.
—Tengo que suponerlo, pese a mi vacío de memoria. En todo caso, los pocos fieles a mi familia que quedaban, me convencieron de marcharme pues allí nada bueno me aguardaba. Así lo hice, con lo que restaba de mi fortuna, que no era una nadería pues mucho se dedicaron mis antepasados a engrosarla.
—¿Y su familia? Ningún detalle ha dejado caer acerca de ella.
Don Álvaro apretó los puños y los dejó caer lentamente sobre la mesa. Apretó con fuerza inusitada y la madera crujió, los nudillos se le pusieron blancos por la tensión.
—Mi mente se bloquea cuando intento recordar. Lo que sé de ella es demasiado escaso, lo peor es que no veo sus caras. Mis criados me han contado cosas, siempre vaguedades, algo sobre abandonos y huidas. La guerra, los franceses invasores, el país era en aquel entonces un caos, una época de violencia y miedo. A saber qué ocurrió en realidad…
—¿Por qué ha acabado aquí? ¿Por qué yo? —la muchacha no lo miraba, parecía pensar—. ¿No había en su país nadie que tuviese piedad de usted? ¿Nadie, pese a lo singular de su apuro? Pues sé que allá existen las mujeres con sangre de fata, como aquí, aunque tal vez sean de otra disposición.
—Las hay, de hecho busqué su auxilio, consejo al menos —Don Álvaro se pasó la mano poderosa por el rostro—. Pero me desdeñaron una y otra vez apenas verme, estaba maldito a sus ojos. Ninguna se aprestó a auxiliarme, malditas brujas escondidas como arañas en sus frondas de matojos y árboles retorcidos. ¡Así se pudran!
La muchacha se quedó inmóvil en medio de la sala. Cerca había «algo», se diría que las meras palabras la habían convocado, una sombra al acecho, casi asomada a aquella estancia apagando la luz del sol, un poder de negra oscuridad, una esencia perversa que ansiaba penetrar el cerco de piadoso olvido que rodeaba al caballero. ¿Sería prudente despertarlo, sacarlo de su refugio? Quizá con ello le dejaría expuesto e indefenso frente a la sombra. Pero él no era malvado, su alma no estaba esencialmente corrupta, había luz allí, brutalidad también, como correspondía a un hijo de la tierra. Carne y espíritu, todo estaba donde debía estar. Y una tristeza atroz, soterrada pero pulsante.
Tobías miraba a hurtadillas desde el vano de la puerta. Le temblaban las manos, aparentaba temer por su amo. A Niamh no le agradaba aquel hombrecillo mezquino y servil.
—Le ayudaré —dijo ella en un impulso—. Creo que se lo merece, Don Álvaro.
—¿Ah sí? —respondió el hombre con voz ahogada—. Dígame por qué lo piensa.
—¿Necesita que alguien como yo le explique las razones? —la joven se tensó, gruñó como un animal y aspiró con fuerza. Cuando habló de nuevo, su voz fue intensa y grave, pronunció palabras en una libre acepción del galés.
— ¡Tylwyth Teg gwadu, bach marwol! ¡gwadu tywyllwch!
Parecía un mandato. El noble se quedó callado ante el poder soterrado tras aquella voz, de pronto respiró mejor, el color le volvió al rostro maduro y agraciado. Lo que fuese que había rondado los límites de la casa, se había marchado. Niamh se encogió, quizá de frío o dolor, dejó la taza en la mesa y se sentó temblorosa. Durante un rato no dijo nada e ignoró las preocupadas preguntas de Don Álvaro. Al fin se recuperó y se dirigió hacia la salida. Abrió la puerta y antes de desaparecer, se volvió hacia el caballero.
—Mañana, al atardecer. Ya sabe dónde vivo, venga solo.
Don Álvaro se levantó, imponente una vez recuperado, e hizo una cortés reverencia. Aquello hizo que la fascinante mujer recuperase la sonrisa. Dejó que la comprensión y el deseo se transmitiesen a través de aquellos misteriosos ojos ambarinos. Tras un parpadeo, se alejó sin hacer ruido por la parte trasera del caserón, rumbo a las colinas cercanas.

Y aquí estaba ahora, esperando. Y ahí llegaba él, subiendo con pasos pesados la empinada cuesta. El sendero era inseguro, algunas piedrecillas se desprendían ante el avance de las curtidas botas de viajero. Niamh sintió que sus latidos se aceleraban, en respuesta a la mirada altiva pero a la vez cálida del caballero. No era un hombre corriente, tenía la certeza. Noble de espíritu, pero la oscuridad le seguía por el sendero, imperceptible para ojos profanos, apenas un parpadeo de odio que reptaba tras su presa.
Se estremeció. Hija de la tierra, fuerte y sin embargo frágil ante los subterfugios de la magia sustancial. Pues aquella trama retorcida y funesta debía de tener semejante origen, un espíritu primordial que se había alimentado de emociones tan poderosas que había adquirido forma. Una sombra sujeta a él, al caballero, ansiosa por doblegarle y apoderarse de su persona. ¿Con qué fin? Eso no lo sabía, pero a menudo aquellos espíritus esenciales solo buscaban satisfacer un poderoso instinto primario.
—Dama Niamh, aquí me hallo, tal como me pidió.
Estaba erguido frente a ella, parecía un héroe antiguo envuelto en elegantes aunque desgastados ropajes. La angustia de su expresión parecía atenuada por la esperanza. Ella sonrió y le invitó a entrar en la cabaña de piedra. La noche estaba próxima, un viento gélido ululaba entre los cantos rodados y troncos solitarios.
Entró detrás de él, un pequeño fuego bailaba en la ennegrecida chimenea de piedra, proyectando sombras en las paredes. Enseguida se dispuso a preparar el escenario, algo muy sencillo, que solo necesitaba de los dos implicados, junto con un poco de aderezo que sirviese de acicate. Un puñadito de muérdago por aquí, una ramita de abedul por allá, pluma de corneja, colmillo de jabalí, saliva de fata…
Niamh escupió en varios lugares de la cabaña. Don Álvaro la contemplaba, entre fascinado y vacilante. Había confiado sus temores, su enfermedad y su incierta cura o liberación, a una muchachita esbelta de piel pecosa y cabellera cobriza, que apenas parecía sobrepasar por un poco la mayoría de edad.
Tan concentrada parecía ella que no osó interrumpirla. Se limitó a esperar, sentado en un tosco banco de madera desbastada. Las últimas luces languidecían afuera, el viento gemía, una intermitente lluvia golpeaba el tejado de madera y paja.
—Esto bastará —dijo ella, satisfecha.
Se acercó a él, le acarició inesperadamente el rostro barbudo con una mano blanca y fina, delicada. Sin mediar palabra, acercó sus carnosos labios a los de él, finos y ásperos. Le dio un beso, profundo, íntimo, con los ojos cerrados y la mano sosteniéndole el cuadrado mentón. Don Álvaro no fue capaz de moverse, tan solo de solazarse en el beso.
Al cabo de un rato, Niamh se separó. Seguía con los ojos cerrados, caminó hacia el centro de la cabaña y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. A un lado le quedaba el colmillo de jabalí, al otro la pluma de corneja.
—Tengo lo que necesito —dijo ella—. Protección, sabiduría y esencia.
Las palabras le salían como adormiladas. Abrió los ojos, de un ámbar intenso pese a la escasa luz, miró al caballero y señaló la puerta de la cabaña.
—Es momento de salir. Afrontarlo cara a cara.
—¿Salir ahora, yo sólo?
Niamh asintió, su expresión mostraba calidez y empatía. El hombre tenía un miedo atroz, no quería encontrarse a solas con la sombra que llevaba años persiguiéndole. Ahora era distinto, él lo sabía, pues la dulce hechicera iba a llamar a la umbra por su nombre, a convocarla, a tratar de comprenderla y tal vez a erradicarla. O tal vez fuera otro el desenlace.
—No temas, pues cantaré para ti. Hay diversos tipos de cantos —le aclaró ella—. Para la tierra, los árboles, las estrellas, las aguas que corren, el zorro que husmea, la perdiz que se oculta, el amor bajo la luna…¡son muchos! Tengo talento para algunos de ellos. Aunque debes aguardar solo ahí afuera, no estarás abandonado. Entonaré algo apropiado para ti, eso te ayudará. Luego habré de cambiar, será algo desagradable, pero no debes asustarte por ello…
Se encogió de hombros, parecía una niña desmelenada a la que rodeaban extraños juguetes.
—¿Por qué cambiar? ¿Qué significa eso?—dijo Don Álvaro, tenía la boca seca.
—Aquello que te persigue no puede ser afrontado con dulces palabras. Ahora, ve afuera y aguarda.
Sin más, Niamh comenzó a tararear su tonada. Al principio en voz muy baja, suaves palabras en un idioma desconocido para él. De nuevo se parecía al galés, pero con sutiles diferencias. Más bien se servía del galés para pronunciar palabras extrañas e ignotas. Una melodía triste pero agradable sedujo los oídos de Don Álvaro, una canción apacible, tierna, que invitaba a amar y confiar. No había épica en aquellas estrofas desmañadas pero intensas, y sin embargo el caballero sintió que su alma se fortalecía. Antes de abandonar la cabaña, desde el umbral contempló a la joven con sangre de fata. Un fuerte sentimiento hacia ella le encogió las entrañas. Con el corazón en un puño, salió afuera con paso firme.
La pequeña explanada frente a la cabaña no era precisamente acogedora. Dudó un instante, hasta decidir que no aguardaría en pie a lo que tuviese que venir, expuesto y azotado por el viento, calado por la lluvia. Ella no había dado más indicaciones, así que se encaminó hacia el único retorcido roble cercano, que parecía apoyarse como un anciano en la falda de la colina. No le protegía demasiado, pero al menos podía cubrirse de lo peor del viento, que ahora arreciaba.
Aun podía escuchar el canto. Evocaba melancolía, una emoción contenida y serena. A lo lejos podía contemplar el valle, lecho de sueños cubierto por el manto nocturno. Flexionó los músculos ateridos, atento a cada movimiento o sonido. ¿Acudiría ella en el momento propicio? ¿Y cuándo sería éste? Tal vez en esos precisos instantes el mal que lo acosaba estuviese reptando por la colina…
Dejó escapar una breve carcajada, fruto de la desesperación, de la ira contenida durante tanto tiempo. Niamh cantaba, su voz cautivadora le envolvía, su tierna calidez le protegía de lo peor de la noche.
Entonces algo cambió. La melodía se trastocó, el tono del canto se volvió oscuro, las palabras graves, desafiantes. Esperaba que ya no fuese dirigido a él. Empezó a tragar con dificultad, la angustia le devoraba las entrañas. Un ritmo pulsátil pareció adueñarse de su cabeza, se apretó las sienes con las manos temblorosas.
«¡Asesino!»
Se apoyó como pudo en el tronco del roble. Miró hacia arriba, las ramas que se cimbreaban parecían contemplarle con cien pares de ojos nudosos.
«¡Asesino! ¡Desleal! ¡Asesino!»
El canto se hizo más apremiante, la voz de Niamh se impregnó de una apremiante cólera. Don Álvaro empezó a gemir de dolor, miró hacia la vereda que ascendía hacia la casa.
El canto había cesado, la naturaleza desbocada parecía concentrarse en un punto en concreto. Algo se movía apenas a unos metros, ajeno al viento y la lluvia que se arremolinaba a su alrededor. ¡Una sombra, una masa informe! Le miraba, le juzgaba…
Don Álvaro no podía moverse, tan solo contemplar impotente cómo, poco a poco, la ira vengadora se hacía materia.
Durante ese tiempo, dentro de la cabaña y sin dejar de cantar, Niamh había percibido a la umbra cazadora que ascendía en pos de su presa. Ahora que aspiraba el aroma de maldad que se acercaba, la embargó un temor que jamás había sentido antes. Si tan maléfico era aquel espíritu de odio que reclamaba su derecho, es que entonces estaba equivocada. Don Álvaro Núñez de Callobre tal vez no era un buen hombre, sino un alma podrida llena de malos sentimientos. ¿Qué acto vil había cometido para seguir atada a «aquello»? Se enfureció, las palabras amorosas se convirtieron en imprecaciones, pero enseguida se diluyeron en murmullos.
—¡No, no puedo equivocarme en esto! La dulce Niamh no yerra en estos asuntos.
Fue entonces que una silueta se coló por el umbral de la cabaña. Era un simple humano, un varón enjuto de mirada aviesa. El hombre le echó un vistazo rápido desde la puerta a lo que ocurría en el exterior y se encaminó resuelto hacia la hechicera, que permanecía sentada rodeada de sus salvaguardas. Entonces ella entrevió las hebras de la verdad, lo supo mientras bajaba el volumen hasta convertirlo en apenas un murmullo.
—Cierra esa maldita boca, arpía —dijo el hombre.
La voz era sibilina, destilaba veneno y desprecio. También miedo. Salió a relucir un fino estilete, la tenue luz de la hoguera se reflejó en la hoja afilada. La enorme nariz del individuo proyectaba sombra propia.
Cuando sintió el frío acero contra su desprotegida garganta, la muchacha se limitó a mirarle a la cara.
—¿Tenías tú que ser diferente, zorra pagana? ¿Por qué no has rechazado al maldito, como las otras?
Niamh no mostró temor.
—¿Qué hace aquí Tobías, el sirviente desleal?
El sirviente de Don Álvaro sonrió, pese al insulto se sentía halagado. Era una mueca desagradable. Niamh vio una muerte dolorosa, un destino consumado.
—¿Qué sabes tú de eso, desgraciada?
—Apestas a traición. Ya lo noté en la casa de Heol Senni, mientras espiabas a tu amo, pero no pensé que fuese tan grave, tan solo lo propio de un ser mezquino de esos que abundan. Pero eres algo mucho peor que eso. ¿Por qué lo has hecho?
Tobías se puso en cuclillas junto a la joven. Ni un momento dejó de presionar con el filo en la delicada piel blanca.
—La casa de mi señor se maldijo sola, no necesitó de mi ayuda para ello, ¿entiendes, entrometida?
—De eso no sé nada, pero empiezo a imaginármelo.
—Se vendieron a los franceses. ¡Amigos del enemigo! ¿Puedes creerlo? —parecía estar rememorando algo particularmente desagradable—. La gente pisoteada, mientras ellos hacían negocios y confraternizaban.
Niamh frunció la delicada nariz y tensó el cuello de cisne. El aliento de Tobías hedía a corrupción.
—Y tú los traicionaste, vendiste al Señor. ¡Rompiste tu juramento!
Tobías se soliviantó tanto que apartó el estilete y se levantó como por un resorte.
—¡Qué sabrás tú de juramentos!
—Un hilo roto de confianza traicionada pende sobre ti, puedo verlo, una herida de látigo en tu negra conciencia. Juraste servir bien a esa familia…¡les envidiabas, su riqueza y prosperidad! ¡El trato con franceses solo fue una excusa! ¡Una mentira! —Aquí Niamh aspiró con fuerza— Y la dama de la casa, debía de ser para ti, el eco de tu lujuria te delata.
Tobías se tocó la cabeza, incrédulo ante el despliegue de poder de la muchacha. ¿Cómo podía? ¡Cómo se atrevía!
—¡No quería que la mataran! Esos estúpidos se dejaron llevar, malditos patanes, no tenía que haber confiado en esos pueblerinos que lo único en lo que pensaban era en vengarse de los franceses y sus benefactores. Pero ya estaba hecho, solo restaba terminarlo como era debido.
—Asesinados, acuchillados, golpeados hasta la muerte en su propia casa, todo por una mentira —lloraba de pena—. Tú los convenciste, tú los llevaste a aquello. ¡Alma negra!
Exceptuando las voces y el crepitar de la llama, reinaba el silencio. El viento y la lluvia se habían marchado de repente. Niamh temía por Don Álvaro, pero ahora sabía más cosas y eso le dio fuerza.
—No viene a por tu señor —lo dijo con una sonrisa perversa en su rostro angelical anegado de lágrimas—. ¡Es a ti a quien quiere!
—¡Calla! ¡Calla de una vez! ¡Nadie me tendrá pues el amo seguirá en su trance de olvido!
Niamh se levantó. Llevaba el colmillo de jabalí en una mano, la pluma de corneja en la otra. Su esbelta figura se alzaba sin temor en medio de la cabaña. Tras la tormenta, parecía tranquila.
—Tengo sangre de fata —Una expresión de triunfo iluminaba se bello rostro—. Sé distinguir la urdimbre de esa burda hechicería que niega la memoria y atrae la culpa devoradora. Don Álvaro es inocente.
—¡Inocente! —Tobías dejó escapar una carcajada desagradable—. Díselo a los hombres que asesinó en el bosque con sus propias manos. ¡Vaya bestia sanguinaria!
Niamh sujetó la pluma de la corneja, invocó en silencio a espíritus que favorecían la vanidad y la soberbia. Tobías era un maníaco egocéntrico, de esos que necesitaban darle a la lengua antes de hundir la hoja en la carne.
—Vengó a su familia…—dijo ella, incitante.
—Sí, se fue a la fraga tras la partida de mastuerzos, que dios los maldiga por no hacer bien su trabajo. Al atardecer el Señor había llegado de una reunión de negocios, para encontrarse con su casa asaltada y los cuerpos de los suyos mancillados. Se volvió loco de dolor, ni siquiera se dejó vencer por el duelo. Salió en pos de ellos y los asesinó, a golpes, a mordiscos…
—Lo seguiste y lo viste todo.
—Durante días lo seguí, necesitaba ver el alcance de aquello. Jamás vi nada igual, ni quiero volver a verlo. Don Álvaro ya no parecía un hombre, más bien una bestia feroz de poderosos músculos, que trituraba con las manos y desgarraba con su boca…¡qué locura! Una docena de ellos había, recios mozos o resentidos cabezas de familia que odiaban a los poderosos. Todos fenecieron de una manera horrible, entre alaridos. Y no acabó ahí…
—No acabó —un escalofrío recorrió a la joven.
—No. El amo conocía sus nombres, sus hogares. Se dedicó a la faena, aniquiló a las familias de la misma manera horrenda.
La hechicera dejó caer los hombros, abrumada.
—Meibion a merched Cerunnos —susurró.
Tobías se quedó petrificado.
—¿Qué has dicho?
—Hijos e hijas de Cerunnos. Uno feroz y vengativo se apoderó de él. Encontró la puerta abierta, por la pena y el odio que dominaban a Don Álvaro. Y aun así tal grado de posesión es insólito.
Hablaba para sí misma, como si hacerlo le sirviese para comprender mejor aquel entresijo siniestro.
—Recurrí a una de aquellas viejas meigas. Rumiaba sus hechicerías en rincones ocultos pero está claro que no atendió del todo a mis razones, la muy miserable. Yo quería que Don Álvaro se librase de la locura, que renaciera sin recuerdos y siguiese su vida con el bueno de Tobías a su lado...
La joven murmuraba para sí misma mientras empuñaba el colmillo de jabalí y sostenía la pluma negra de corneja contra su frente.
—No le bastó el poder —siguió ella—. La matanza causada por el caballero fue bendecida por el Rey Astado. Una simple mortal no puede exorcizar por completo a aquello que goza del beneplácito de una deidad de la tierra. De ahí la umbra, siempre tras los pasos del caballero, esperando el momento de poseerlo de nuevo.
—¿Todo eso te lo ha dicho esa maldita pluma? ¿O acaso divagas para ganar tiempo? ¡Tanto conocimiento esotérico! —escupió al suelo con desdén— ¡Me aburren tus explicaciones! No dejaré que saques del olvido a mi amo, por la cuenta que me trae.
—Aun ahora, no alcanzas a entender…
Se abalanzó hacia ella con una rapidez inesperada. Le sujetó con fuerza la cabellera y le tiró de la cabeza hacia atrás. El filo del estilete sajó con cruel desidia, se tiñó de rojo. Mientras le sujetaba el talle y la acompañaba en su lenta caída hacia el suelo, con la otra mano le tapó la boca, de la que surgía un desesperado barboteo. Le posó en el polvoriento suelo de la cabaña, un despojo del que escapaba el hálito de la vida. Un dolor sordo se elevó desde la pierna. Una terrible herida se había abierto en su muslo derecho, era como la mordedura de una criatura de gran dentadura. La de un enorme colmillo retorcido. Casi podría jurar estar escuchando el ronquido de un jabalí.
—¡Agh, maldita! A fin de cuentas sí te sirvieron de algo tus juguetes paganos, pero no lo bastante ¡Dios mío, qué dolor!
Tobías apenas podía caminar, tal era el padecimiento. Solo a fuerza de voluntad se encaminó a trompicones hacia la puerta.
—Pero nada me va a detener. Ahora, a por mi señor, que todavía lo es mal que me pese. Y a él le pesará aún más.
Pese al sufrimiento, que aumentaba por momentos, rió ante aquella última ocurrencia. Se sentía perversamente feliz, pues durante los últimos días había creído que la muchacha podía ser la horma de su zapato. Y le aterrorizaba aquella sombra que entreveía en las noches de luna. Se volvió hacia la salida, pero una voz doliente le detuvo.
—Tarde para ti. Sin salvaguarda no tienes escapatoria.
Se giró hacia la muerta, que todavía no era tal. Yacía en un charco de sangre y miraba hacia el techo. Tobías esgrimió de nuevo el estilete ensangrentado.
—No temo a la muerte —dijo ella con un hilo de voz—. La tierra me ama, me acogerá en su seno y volveré como hada para reírme de los mundanos. El caballero revivirá, el velo le ha sido apartado —una lágrima resbaló por su pálida mejilla—. Sufrirá con el recuerdo, pero será libre de nuevo. Pero tú…
Tobías acercó el oído, intrigado a pesar suyo.
—A ti la tierra no te ama. Un vástago de Cerunnos te reclama, el colmillo del jabalí le ha puesto sobre la pista.
Niamh sonrió y murió.
«¡Desleal!» «¡Asesino!»
Tobías se palpó angustiado la herida sangrante de la pierna. De pronto sintió frío a sus espaldas. Se volvió. Una forma terrible le observaba desde la entrada a la cabaña. Umbra hija del Rey Astado, terror del bosque, espíritu vengativo hambriento de justicia.
Tobías gritó, aulló. Su padecimiento no tendría consuelo, hasta el fin de los tiempos.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Me ha encantado el relato, la manera en que se narra y el usar la mitología celta que, aún siendo tan cercana, suele resultar más desconocida que otras mitologías como la griega o la nórdica.

Sin embargo el relato tiene un par de problemas algo gordos considerando lo bien hilado que está todo lo demás: por una parte lo de Tobías siendo un traidor está planteado de forma extraña, no queda claro si se pretende hacer un giro de ese descubrimiento o si es una información más (siendo el giro lo mencionado sobre los hijos e hijas de Cernunnos), en ambos casos no funciona (en el primero es un giro que se ve venir desde la primera aparición de Tobías, en el segundo se pierde el tiempo con un misterio que no es tal); por otra, parece que de pronto la existencia del resto de siervos simplemente es un elemento que el autor olvida a mitad de relato, porque no sólo no hace una nueva aparición, es que ni siquiera se les menciona, y no pasaría nada si no se les hubiera nombrado como fieles, en dicho caso se me hace rarísimo que el único que hace algo aquí sea justo el traidor (y esto se relaciona un poco con el problema anterior).
Responder
#3
Este es el tipo de relatos que se disfrutan con una deliciosa tacita de café caliente y acostado en el sillón favorito.
Solo falta el fuego en la chimenea, los pies con pantuflas y el perro echado cerca de los troncos crepitantes.
El relato es apacible, se puede paladear con toda calma, sin importar el paso del tiempo.
La mujer es astuta, pérfida. Jugó con Don Álvaro como el gato con el ratón.
Ella, en ocasiones vulgar, a veces sensual, otras más prosaica, al final descubre su juego.
Yo me preguntaba... ¿Y dónde está el terror tipo halloween? El autor dejó para el final el terrífico desenlace y fue tejiendo poco a poco la trama. Esto me gustó mucho.
Estoy en un dilema. Me estoy encontrando con muy buenos relatos y a éste también le pongo 10.
La Pluma Mata más que la Espada...   Mf_swordfight
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#4
Muy bueno, sin duda. Buen vocabulario, bien estructurado, buenos personajes, trama manida pero con ese toque que hace que con elementos ya conocidos sea algo diferente. Todo muy bien, no puedo decir más en ese aspecto.
Solo como apunte personal, las cuatro líneas del principio me han condicionado negativamente. Poético demasiado recargado, pesado para mi gusto, y completamente prescindible. Tal vez una licencia del autor. Y unido a eso, demasiados adjetivos. Por un lado está bien porque el autor demuestra que tiene amplio vocabulario y controla perfectamente la narración; por otro recargan demasiado el texto. No digo quitarlos todos, sino aligerarlo.
Enhorabuena!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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#5
Al contrario de Celembor, fueron las primeras palabras las que me engancharon como pocas veces he sido enganchado. Es cosa de costumbre, es cosa de costumbre. Reflejan un pluma sensible y poco corriente, poética, recargada y pesada, para que uno tenga que detenerse y verse obligado a saborear cada adorno, un masoquista placer que debe ser adquirido. Aquello que es completamente "prescindible" es lo que hace la magia.
Los personajes, a pesar de que en el fondo son simples, relucen por las potentes palabras que describen aquello que son y hacen.
Y es precisamente hacia el final del nudo y desenlace, cuando la acción se precipita y lo barroco empieza a desvanecerse para dejar pasar una prosa más común, cuando se revela que el villano es un vulgar villano, y ella no es tan mágica, y en general no hay tanta magia y gloria y belleza como se podía esperar al principio.

Sea como sea, me falta un relato por leer, pero estoy seguro desde ya que tú eres mi ganador.
Bardo
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#6
Bravo. Me ha gustado mucho, me ha atrapado enseguida, solo empezar a leer se aprecia la calidad. Ya no sólo por la calidad de la escritura, sino por la trama y los personajes, cuyo carisma enseguida seduce al lector con facilidad.
A mi me ha gustado el desarrollo y la conclusión, aunque no me gusta mucho que mueran protagonistas. Bueno, por lo menos el facineroso se lleva un buen castigo, algo es algo.

Al contrario que Guardián, yo sí creo que fue mágica hasta el final, que no inmortal, puesto que pone sobre aviso a la sombra gracias al hechizo que lanza sobre el colmillo de jabalí. Tampoco temía a la muerte, ella misma explica el por qué; y su compromiso, por la palabra dada, la lleva a dar la vida con tal de cumplirla.
Enhorabuena, autor.

LEEROS LAS ENSEÑANZAS  DE UN BRUJO IV  http://clasico.fantasitura.com/thread-2007.html
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#7
Un gran relato, muy entretenido de leer, se veia largo pero se me ha hecho corto. La escritura es genial, tiene un aire clasico que me gusta. Los personajes estan muy bien perfilados, la trama te intriga desde el comienzo hasta el final. Es el final el que no me convence, la traicion de Tobias es muy predecible y el nivel baja respecto a lo anterior. Errores hay poquitos, aunque los hay, y hay un error que se te ha pasado por alto: primero la hechicera tiene labios finos y sensuales,luego, al dar el beso, dicen que son carnosos.
Buena suerte en el reto!
Viviendo a la sombra del destino.
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#8
A nivel técnico, veo luces y sombras. Las luces, básicamente, descansan en la calidad narrativa, para mi gusto este cuento está muy bien escrito (salvo por las sombras), y resulta muy fácil imaginarse todo lo que pasa gracias a la precisión conseguida en descripciones y diálogos. En cuanto a las sombras, he visto reiteraciones evitables, errores en palabras acentuadas, comas mal situadas o, como mínimo, cuestionables, algún despiste y también un uso discutible de, al menos, un par de palabras: “adusto” (que hace referencia a un paisaje áspero, seco) aplicado a una descripción de un paisaje rebosante de agua y vegetación, y “dios” en minúscula, cuando creo que el contexto es cristiano, por lo que debería emplearse con mayúscula.

La historia, en sí, me ha parecido bastante interesante y, como dije antes, está bien contada, por lo que es fácil disfrutar de la lectura. Que el “monstruo” sea una “sombra” y no una criatura tentacular venida de otro mundo le ha aportado un poco de aire fresco al reto, cosa que agradecí.

Los personajes, además, son complejos, no es fácil ubicarlos, y a medida que transcurren los hechos vamos viendo facetas muy diferentes de casi todos ellos, al menos esto es cierto para los protagonistas. Esa duda sobre ellos, su pasado, y su posible comportamiento futuro ayuda a sostener la intriga. Bien.

El título, en cambio, es de lo que menos me convence de este relato. Le suelo dar mucha importancia a los títulos de las historias, y me temo que este, pese a su evidente cualidad informativa y admonitoria, no me atrapa. Creo que se le debería haber dedicado un poco más de tiempo a este importante (y a menudo olvidado) elemento.
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
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#9
Un relato con un tono muy lírico en el que lo que más me gusta es la ambientación. También me han parecido interesantes los personajes, sobre todo Niamh, que me parece llena de matices.

A nivel argumento, la trama parece enrevesada, aunque poco a poco se va descubriendo el pastel. Eso sí, he percibido alguna incoherencia entre medias, algo relacionado con Tobías y los siervos. El caballero cumple bien con un papel de atormentado y la hechicera, pues me tiene un poquito enamorado la muchachuela esa.

Aunque el texto está bien, creo que le hubiera venido bien un par de repasos extra para pulir asperezas, sobre todo de tipo argumental. Casi diría que has subordinado la trama a ese lirismo algo oscuro que has plasmado en el relato, autor.
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#10
Bueno, bueno, bueno... palabras mayores...
Si he de ser sincero por momentos se me ha hecho pesado y complejo, pero en este caso no me cabe ninguna duda que esto se debe a mi poca capacidad (ya sea hoy, o permanente) lectora que a un defecto del texto. Palabras mayores, soberbio relato.
Es denso sì, pero es genial... original como pocos, enrevesado, quizàs se le quedò corto el formato de relato... quizàs hubiese sido mejor plasmarlo en 7 u 8 mil palabras... no sé... de todos modos estamos ante un relato magistral.
No me quedò muy claro qué fue de Don Alvaro después... quiero decir, saliò de la cabaña y fue poseido? es él el espiritu que ataca a al traidor sirviente? o sigue afuera esperando hacer frente a sus demonios?
Y la maga ya podrìa haber sido un poco màs avispada y haber buscado un modo de deshacerse del sirviente.
Una histora, como veo que ya han escrito, para leer con buena mùsica y una infusiòn. Tremebunda!
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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