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Reto Nov19: Li Veloa
#1
El invierno se tornaba cada día más frío y la guerra civil, cada día más cruenta. Sumado a los extraños sucesos que se sucedían desde hacía tres años, gran parte de la población creía que aquellas tierras estaban malditas y huía hacia el oeste.

Pero Maradar sabía que no había nada extraño en todo aquello. Un invierno especialmente frío era algo natural; el recrudecimiento de la guerra, obra de los nuevos apoyos que recibió el bando rebelde meses atrás; y los sucesos extraños… sin duda obra de algún mago, que utilizaba la guerra para intentar encubrir sus malas artes.

Pero había llamado demasiado la atención y los Orden de los Vigilantes, hechiceros encargados de velar por la paz entre magos y no magos, ya seguía sus pasos.

Aunque no sin dificultades. Uno de los discípulos de Maradar había muerto y el otro estaba desaparecido. En la última carta el Gran Maestre le tildaba de incompetente y le anunciaba el envío de refuerzos, junto a la orden de no actuar hasta que llegaran. Y buenas razones tenía para tomar aquellas medidas, pues los Vigilantes no habían perdido a uno de los suyos en acto de servicio desde hacia más de setenta años.

Pero lejos de toda prudencia, Maradar no tenía intención de esperarlos. Convencido de que sus discípulos debían haber cometido algún error durante sus investigaciones, y no dispuesto a permitir que sus negligencias afectaran a su honor o su reputación, había partido rumbo a las montañas para encargarse de resolver el problema personalmente y demostrar así su valía.

Cuando unos días más tarde Racko y su aprendiz, Tesia, llegaron a la casa de la Orden en Vinjar, la hallaron vacía. Entre las cenizas de la chimenea habían encontrado un trozo de la carta que el Gran Maestre le había enviado a Maradar.

—¿Crees que se ha ido solo a las montañas? —preguntó la joven aprendiz mientras salían de la casa.

El frío viento del exterior la golpeó en la cara, dejando algunos copos de nieve sobre su larga, rizada y rubia cabellera. Un desagradable olor a humo impregnó su nariz, producido por el afán de los habitantes del lugar por mantener caldeadas sus casas. Rápidamente se envolvió el cuello y la cara con un pañuelo largo, mientras se dirigía despacio hacia su caballo intentando no resbalar, pues buena parte de los caminos se habían convertido en una mezcla de nieve sucia, barro y hielo.

—Con que conserve la mitad del orgullo que tenía la última vez que le vi, sin duda —contestó Racko cerrando la puerta tras de si.

Mientras se encaminaba hacia su montura, la nieve que pisaba se derretía alrededor de sus botas, y los copos que caían sobre él, se evaporaban. Al montar, extendió el escudo de calor a su caballo.

Tesia condujo a su animal hasta llegar a la altura del de su maestro y le dirigió una mirada llena de reproche. Él sonrío y, tras hacerla esperar unos segundos más de los necesarios, extendió el escudo hasta envolverla a ella y a su corcel.

—Gracias —masculló ella.
—¿Sabes? Hay formas más naturales de calentar a alguien… —insinuó Racko con una sonrisa pícara.
—Sabes que me muero de ganas de calentarte… —dijo ella con voz coqueta, mientras apoyaba una mano en su pierna—. A hostias —añadió en un susurro, pellizcándole de golpe con todas sus fuerzas.
—¡Ay! —exclamó él mientras ambos se echaban a reír.

Hacia más de cinco años, recién cumplidos sus dieciocho, Tesia había terminado sus estudios en la academia de la Orden y Racko, que entonces ya contaba la treintena, había sido nombrado su maestro. En ese tiempo, habían desarrollado una gran confianza, hasta el punto que ella le consideraba una suerte de hermano mayor, de la misma manera que él le tenía el cariño que una hermana pequeña merece.

—Entonces, ¿vamos a subir nosotros también a las montañas? —preguntó ella.

Las enormes montañas de Jerá se extendían frente a ellos hasta donde alcanzaba la vista. Los interminables bosques del reino se escondían bajo una densa capa de nieve, mientras las cumbres hacían lo propio entre los oscuros nubarrones, que descargaban toda la furia del invierno sobre la región.

—No es que Maradar nos haya dejado muchas alternativas —adujo él.
—Es un territorio muy grande… —dijo Tesia inquisitivamente.
—Toda investigación debería empezar por el principio, buscaremos la aldea donde se produjo el primer incidente hace tres años.

Aquella tarea les llevó más tiempo del que Racko pensó en un principio. Pese a que su escudo de calor les facilitaba moverse entre la espesa capa de nieve que cubría los caminos, los habitantes de la zona parecían haber borrado todas las señales que llevaban hacia los pueblos que consideraban malditos.

Tras cuatro días de camino por los parajes invernales de Jerá, por fin aquella tarde se encontraron frente a una decena de casas de piedra, semienterradas en la nieve, de cuyas chimeneas no salía ni una mísera voluta de humo, señal inequívoca de abandono dada la época del año.

—Que pueblo tan pequeño —comentó Tesia.
—Seguramente habría docenas de edificios de madera, que habrán sucumbido a los elementos y la falta de cuidados con el paso de los años —explicó Racko.
—No parece que haya mucho que investigar.
—A la vista… no —se limitó a responder él mientras extendía sus brazos y cerraba los ojos para concentrarse.

En un arco de más de más de treinta metros frente a su caballo el manto blanco empezó a derretirse. Pronto el agua generada empezó a chisporrotear y la nieve que aún quedaba se evaporó directamente.

El calor producido por Racko acabó siendo tal, que hasta la tierra, oculta a la vista hasta hacia unos instantes bajo varios palmos de fría nieve, perdió la humedad acumulada durante los últimos meses.

Resoplando por el esfuerzo, el maestro desmontó y se acercó a la zona que había secado. Tesia le siguió, desmontando lentamente, horrorizada ante el paisaje que aparecía ante sus ojos. Docenas de esqueletos yacían semienterrados en aquella tierra considerada maldita. Y aquello tan solo era una porción de la superficie que había ocupado el poblado.

Racko se agachó para examinar de cerca unos huesos.

—Toda esta masacre… ¿se hizo mediante magia de ilusión? —preguntó a sus espaldas la joven aprendiz.

Había tenido la ocasión de ojear la carta que el Gran Maestre envió a su maestro instándole a trasladarse a Vinjar para ayudar a resolver los incidentes de Jerá. En aquella carta, el Gran Maestre le informaba de las sospechas, fundadas en el único informe que los aprendices de Maradar lograron enviar, de que el ilusionismo estuviera detrás de lo ocurrido.

—Eso creíamos pero, viendo esto…
—¿Qué te hace cambiar de opinión?
—Mediante un hechizo de ilusión en una zona en guerra como esta, podrías hacer creer a las gentes del pueblo, por ejemplo, que el enemigo les está atacando —explicó Racko—, pero la gente responde con lógica ante las ilusiones. Podría entender que los hombres salieran a luchar pero… ¿las mujeres y los niños? —preguntó señalando un cadáver menudo entre cuyos huesos de la mano había un trozo de hierro oxidado. Tesia estimó que el pequeño no debía tener más de cuatro años cuando murió—. Deberían haberse quedado escondidos en las casas o haber huido hacia el bosque.
—Tal vez les hicieron creer que era otra cosa lo que los atacaba —aventuró Tesia.
—Tal vez —concedió Racko—, pero no se me ocurre que cosa podría hacer luchar a todo un pueblo. Incluso habría que pensar que entre tanga gente, algún que otro cobarde debía haber —dijo entrecerrando los ojos mientras se acariciaba el mentón con una mano.
—Salvo… —enfatizó ella— que se lanzasen hechizos de ilusión individuales para cada persona, haciéndoles creer que se encontraban solos, sin más opción que luchar por la propia supervivencia.

Racko se giró hacia ella y clavó sus ojos en los de ella.

—¿Eres consciente de lo que implica tu razonamiento? —preguntó él.

Tesia suspiró.

—Lo sé, tendría que tratarse de un mago tremendamente poderoso.
—Cierto, pero me refería más bien a esto —dijo cogiendo unos huesos del suelo y levantándolos en alto para que su aprendiz los viera bien.
—¿Qué tienen de especial esos huesos? —inquirió ella.
—Son de ave, diría que de una gallina —contestó—. Que los perros se metieran en medio de una pelea entre humanos me lo creo, por que entendería que irían a defender a sus amos pero, ¿y las gallinas? —tiró los huesos y tras andar en cuclillas un par de metros cogió otros—. ¿Las ratas? ¿O los gatos? —añadió señalando los despojos de un animal pequeño—. Hemos recurrido a la idea de un poderoso mago que lanza docenas de hechizos simultáneos para explicar que las mujeres, los niños y los cobardes se quedarán a pelear pero, ¿como explicar que todo ser vivo que pasaba por el pueblo también se uniera a la refriega?
—Ilumíname —se resignó Tesia.
—Control mental.

La aprendiz resopló.

—Para eso seguirías necesitando un mago muy poderoso —se burló.
—No tanto —consideró Racko—. El control mental es más sencillo, no necesitas engañar a la mente del sujeto, simplemente te apoderas de ella y le conviertes en tu marioneta.
—Tal vez —concedió ella—, pero todo esto sigue dejando algunas dudas —hizo una pausa—. ¿Porqué alguien haría todo esto?
—Ah, chica lista… —dijo él mirándola con una sonrisa llena de orgullo—. Esa es la pregunta del millón. ¿Crees que esto beneficia a alguna de las partes de esta guerra?

Tesia recordó los pueblos que habían encontrado en su camino durante los últimos días. En la mayoría, más de la mitad de las casas habían sido abandonadas.

—La guerra genera pobreza de por sí, pero si la gente esta huyendo del país, gane quien gane, gobernará sobre un país infinitamente más pobre.
—Exacto —coincidió él—, esto no beneficia a nadie. Tampoco parece que tenga algún propósito especial. No es un acto de venganza contra un bando u otro porque se han arrasado pueblos en territorio de ambos contendientes.
—Entonces, ¿por qué crees tú que alguien haría algo así? —preguntó ella, segura de que Racko ya tenía una teoría.
—Está descubriendo sus poderes —susurró él—, aprendiendo sus límites.
—¿Crees que todo esto es obra de un mago joven? —preguntó Tesia boquiabierta.
—No puedo asegurarlo —contestó su maestro encogiéndose de hombros—, pero explicaría todo lo que estamos viendo.
—Un poderoso mago joven, cuyos poderes están despertando y su talento es el control mental… —meditó ella en voz alta.
—Un talento interesante, ¿verdad? —dijo Racko sonriendo—. El mío es secar la ropa y mantenerme calentito en invierno.
—Le cambiaría el mío a ese mago sin dudarlo —se quejó la aprendiz.
—Oh, vamos —hizo un ademán—, tu talento no está nada mal. Alterar el rumbo y velocidad de los objetos que lanzas es un truco bastante bueno.
—Si tú lo dices… —suspiró ella.
—Desde que soy tu maestro he podido comer carne prácticamente a diario —dijo sinceramente agradecido—. Debes de ser la mejor cazadora de la historia. Antes de tenerte conmigo alguna vez tuve que cenar sopa de piedras —sonrió.

Tesia se echó a reír.

—Ven —la invitó Racko cambiando de tema—, tengo que recordarte algo.
—¿Qué es? —preguntó la joven con ingenua curiosidad.
—Dame la mano —pidió tendiéndole la propia.

Ella se la cogió confiadamente y, de pronto, sintió una extraña y desagradable sensación. Su cuerpo empezó a moverse por su propia cuenta, acercándose a su maestro hasta un punto excesivamente íntimo.

—Control mental —susurró Racko—, ahora defiéndete, échame de tu cabeza.

Tesia recordó las clases de defensa que les habían enseñado en la academia de la Orden. Se concentró y, poco a poco, empezó a expulsar la causa de aquella extraña sensación. Una vez desterrada la mente de su maestro de la suya propia levantó rápidamente un escudo mental.

—¿A que coño ha venido eso? —preguntó dando un paso atrás, visiblemente enfadada.
—Si nuestras sospechas son ciertas, nos enfrentamos a un poderoso pero inexperto mago, por lo que es imposible que sepa burlar una defensa mental —aclaró él—. Ni siquiera estoy seguro de que sea posible hacerlo. Mantén levantado ese escudo hasta que salgamos de Jerá —le ordenó—, y expándelo a tu caballo cuando montes.

Pasaron la noche en una de las casas de piedra que aun seguían en pie. Era poco probable que nadie, ni siquiera bandidos o salteadores, se acercaran a un lugar considerado maldito.

A la mañana siguiente, reanudaron la marcha.

—¿A dónde nos dirigimos ahora? —preguntó Tesia mientras montaba en su caballo.
—A Ehrlein —contestó Racko—. Desde allí podremos enviar una carta al Gran Maestre poniéndole al corriente de nuestras sospechas, y luego podríamos buscar a Maradar mientras esperamos refuerzos.
—¿No crees que podamos encargarnos de esto? —inquirió ella.
—Tal vez, dependiendo de las circunstancias… —respondió él—. Pero siempre es mejor ser precavido. El exceso de confianza parece habernos costado ya dos hombres.

Avanzaron durante dos días en dirección a la ciudad, hasta que al tercer día, al pasar cerca de un poblado, un enorme griterío atrajo su atención. Avanzaron con cautela, por si se trataba de una batalla de la guerra civil que asolaba aquellas tierras. Una mujer pasó corriendo a su lado, gritando aterrorizada. Resbaló en la nieve unos metros más allá, y la oyeron mascullar acerca de maldiciones y demonios mientras se levantaba y seguía huyendo. Maestro y aprendiz se miraron un momento y azuzaron a sus caballos con premura.

Ya desde una cierta distancia se podían apreciar varias columnas de humo. Hasta ellos llegaba incluso un fuerte olor a quemado. Pero fue al ver una inmensa llamarada surgir entre el mar de casas, en dirección al cielo, que Racko vio confirmados sus temores.

—Maradar… —susurró azuzando aún más a su caballo.

Tesia dedujo que el talento del orgulloso hechicero de Vinjar debía estar relacionado con el fuego. Temiéndose lo que pudieran encontrar en el pueblo, preparó el arco y las flechas.

Al llegar al poblado, se toparon con el caos que días atrás habían imaginado viendo aquel pequeño campo de huesos. Pero ahora, muchas de aquellas personas aún se mantenían con vida, luchando unos contra otros como auténticos salvajes, mientras voces producían un tremendo griterío sazonado con el metálico entrechocar de las armas.

—¡Maradar! —gritó Racko en dirección al hechicero, que en medio de una plaza invocaba llamaradas con sus manos.

Pero si aquel hombre le había reconocido o escuchado, no dio muestras de ello. El maestro se lanzó con presteza en su dirección, obviando todo lo que ocurría a su alrededor.

Un joven con un hacha se lanzó ferozmente sobre su costado, Racko a duras penas logró esquivarlo, recibiendo durante la maniobra un profundo corte en la mano. Pero Tesia derribó de un flechazo al hachero antes de que pudiera intentar nada más.

Se quedó mirando al chico, que yacía inmóvil en el suelo con el proyectil atravesándole el cuello, durante un insntante. Era la primera vez que mataba a un ser humano, pero antes de poder darle muchas vueltas al asunto, tuvo que disparar a otras dos personas más.

En la plaza, Maradar lanzaba llamaradas en todas direcciones, reduciendo a cenizas casas, animales y seres humanos. Sin tiempo para meditarlo profundamente y no viendo otra solución, Racko decidió embestirle con su caballo.

Tesia miró a su alrededor, sin soportar la sensación de impotencia que la embargaba. Necesitaba poder ayudar a alguien. Al mirar entre dos casas a su derecha, vio su oportunidad: acurrucada contra una pared de piedra, una niña de unos siete años observaba con aparente terror el caos que se desarrollaba frente a ella. La aprendiz se abrió paso hasta llegar a su lado.

—¡Sube! —le gritó tendiéndole la mano, mientras ignoraba un ligero cosquilleo en la frente. La niña la miró, como si no entendiera—. ¡Vamos!

Finalmente la pequeña alargó su mano hasta encontrarse con la suya y, con un pequeño esfuerzo, Tesia la subió a su caballo. Rápidamente condujo a su montura hacia las afueras, alejándose del poblado unos cientos de metros, hasta asegurarse de estar fuera de peligro.

—¿Estás bien? —le preguntó.

La niña se limitó a asentir con la cabeza. Tesia le pasó un brazo alrededor, en ademán protector. Poco después Racko las alcanzó.

—¿Estáis bien? —inquirió él parando su caballo junto al de ella.
—Si —contestó su aprendiz—, ¿Maradar…?

Racko torció el gesto.

—Muerto, me lo llevé por delante…
—Lo siento —dijo ella atrayéndolo hacia si, haciéndole apoyar la cabeza en su hombro.

No estaba segura de si aquel medio abrazo lo hacia por él o para si misma.

—Confiaba en que el golpe no fuera demasiado fuerte y tan solo lo dejara inconsciente —se lamentó él.
—Hiciste lo que pudiste —le animó Tesia, apretándole cariñosamente el brazo.
—Supongo que sí —dijo Racko enderezándose—. Poco después la gente empezó a suicidarse, supongo que habría muerto de todas formas.
—Que horror… —susurró ella, recordando que mientras se esta bajo el control mental, uno es consciente de todo lo que sucede.

Sin decir una palabra más, cada cual sumido en sus propios pensamientos, retomaron el camino a Ehrlein.

Al caer la noche, se apartaron del sendero y acamparon en una pequeña hondonada.

Racko se internó en el bosque en busca de madera. Tesia sacó algo de comida de una alforja, se acerco a la niña y le ofreció un poco de queso, acompañado de una sonrisa tranquilizadora. La pequeña lo cogió con precaución y empezó a mordisquearlo.

—¿Te gusta? —preguntó la aprendiz sin dejar de sonreír.

La chica sacudió la cabeza afirmativamente. Tesia le acarició el brazo de forma maternal, hasta que un leve cosquilleo la obligó a rascarse la frente.

El maestro surgió de entre los arbustos en ese momento. Se acercó con unos troncos húmedos al lugar dónde estaban ellas y los dejo en el suelo. A continuación extendió su mano hacia ellos y empezó a secarlos con su magia.

—¿Qué haces? —preguntó Tesia, sacudiendo la cabeza en dirección a la niña.
—Sois magos —susurró la pequeña, como si de pronto comprendiera algo.
—¿Aún no has caído? —inquirió Racko—. Ella es a quien andamos buscando —desvió la mirada hacia la niña, que se la devolvió con frialdad.

La aprendiz miró sorprendida a la niña, que seguía mordisqueando tranquilamente el queso que le había dado, y negó con la cabeza. Era incapaz de asimilar que aquella chiquilla, aparentemente inocente, fuera una asesina.

—Piénsalo —continuo él—, era la única del lugar que no estaba poseída y, cuando te la llevaste, todos los lugareños se suicidaron. En el pueblo que visitamos hace unos días no había indicios de que nadie se suicidara. Debió de obligar a ello porque iba a perder el control mental, a causa de la distancia a la que te la estabas llevando. Y a todo eso, hay que sumar esos cosquilleos en la frente que seguro que habrás notado —concluyó.
—Si… —susurró ella—, pero, ¿que tienen que ver…?
—Cuando el hechizo de control mental es muy, pero que muy poderoso, el choque contra el escudo puede sentirse físicamente —explicó.
—Pero… ¿por qué? —preguntó Tesia mirando a la niña.
—Las personas son malas —dijo ella con absoluta convicción.
—¿Quién te ha enseñado eso? —inquirió la aprendiz—. Es una mentira, ¡hay mucha gente buena en el mundo! —exclamó sin verle el sentido a todo aquello.

Racko se acercó a la pequeña y se puso en cuclillas frente a ella.

—Se lo ha enseñado la vida, me temo —suspiró—. Nació en medio de esta guerra civil, y no quisiera ni imaginar los horrores que ha visto para llegar a desarrollar tal pensamiento. Pero, si nos dejas —añadió, tendiéndole la mano a la pequeña—, nosotros podemos enseñarte lo equivocada que estás.

La niña le miró de hito en hito y, tras una breve vacilación, le cogió la mano. En ese momento, Racko notó un cosquilleo en la frente, pero cuando quiso rascarse descubrió con horror que su cuerpo ya no le pertenecía. Entonces, recordó una enseñanza aparentemente intranscendente que les daban en la academia: los escudos que un mago levanta, de forma inconsciente se sitúan siempre en las capas mas externas de la piel hasta que uno decide extenderlos más afuera o más adentro.

En la mano que había tendido a la chica, aún tenía abierta la herida que un hacha le había producido en el pueblo. A través de ella, la pequeña había podido burlar su escudo mental.

La niña le soltó la mano y dio unos pasos hacia atrás. Obligó a Racko a redirigir su escudo de calor para envolverles a él y a Tesia y, en su interior, la nieve empezó a derretirse.

—¿Qué diablos…? —inquirió la aprendiz, aún sin entender— ¿Qué estás...?

Y entonces comprendió que algo iba realmente mal. La nieve y el agua chisporroteaban.

—¡Para! —le gritó a la chiquilla, mientras alzaba las manos en su dirección con las palmas extendidas.

Pero no le hizo caso, la niña seguía mirando a los ojos de Racko, que le devolvía la mirada.

Tesia se acercó a su maestro y, arrodillándose a su lado, le cogió la mano.

—Échala de tu mente, se que tú puedes —le animó entre susurros, sabedora que dentro de aquel cuerpo, la mente de su maestro estaría combatiendo a la intrusa.

Pero la temperatura seguía aumentando rápidamente. La nieve a su alrededor sublimaba.

Desesperada, Tesia cogió la cabeza de su maestro entre sus manos y, girándola hacia ella, le besó.

No hubiera sido capaz de decir si fue un intento de hacerle reaccionar o una despedida. Ella siempre había reprimido sus sentimientos, temiendo que no fueran correspondidos. Conformándose con una relación cuasi fraternal y esporádicos coqueteos. Pensando siempre que, tal vez, en un futuro…

Y al separar sus labios y mirarle, vio amor en la profundidad de sus ojos.

Quiso despedirse con un “te quiero”, pero solo pudo gritar de dolor mientras sus cuerpos se quemaban y sus ropajes estallaban en llamas.

Ahora que sabía lo que ella sentía, él, cuya mente se mantenía apartada de su cuerpo, pasó sus últimos instantes lamentando todo el tiempo perdido… Tan solo deseó encontrarse con ella en otra vida.

Cuando todo acabó, la niña miraba meditabunda las dos masas desfiguradas. Tal vez le hubieran dicho la verdad. Tal vez hubiera personas buenas en el mundo. Pero, en cualquier caso, decidió que aquello era algo que tendría que averiguar por sí misma. Li Veloa solo se fiaba de Li Veloa.

En mitad de la noche, regresó al camino y reemprendió la marcha en dirección a Ehrlein, mientras la nieve que pisaba se derretía alrededor de sus botas.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
Todo iba bien, todo iba genial, hasta llegar al final. Pero empecemos por lo bueno. Una buena redacción, sin apenas errores. Con las dificultades que presenta escribir un relato corto de misterio, está bien llevado. Los personajes algo superficiales, pero se salva por esa relación que existe entre ellos, mezcla de respeto, afecto y humor. Se siente real.
Peeero, ese final, releído un par de veces, me amarga el buen sabor de boca que me estaba quedando. Me ha parecido muy forzado, desde que le tiende la mano herida, hasta el punto en que Tesia no hace nada por evitar la muerte. Ella estaba libre del control mental, podría haber hecho algo contra la niña. Acepto que hubiese dudado, pero una vez sabe lo que intenta matarlos, podría utilizar su poder para algo, que para eso el narrador le ha otorgado ese poder. ¿Lanzar una piedra?¿Una flecha?¿Darle una patada, un puñetazo, o cortarle con una daga?
Salvando ese final, un relato muy bueno.
Suerte!
[Imagen: stormbringer4.jpg]
Responder
#3
El invierno se tornaba cada día más frío y la guerra civil, cada día más cruenta. Sumado a los extraños sucesos que se sucedían desde hacía tres años, gran parte de la población creía que aquellas tierras estaban malditas y huía hacia el oeste. (gran parte de la población huía hacia el oeste, ya que creían que aquellas tierras estaban malditas).

Pero Maradar sabía que no había nada extraño en todo aquello. Un invierno especialmente frío era algo natural; el recrudecimiento de la guerra, obra de los nuevos apoyos que recibió el bando rebelde meses atrás; y los sucesos extraños… sin duda obra de algún mago, que utilizaba la guerra para intentar encubrir sus malas artes.

Pero había llamado demasiado la atención y los Orden de los Vigilantes, (y la Orden de los Vigilantes, los hechiceros encargados) hechiceros encargados de velar por la paz entre magos y no magos, ya seguía sus pasos.

Aunque no sin dificultades. Uno de los discípulos de Maradar había muerto y el otro estaba desaparecido. En la última carta el Gran Maestre le tildaba de incompetente y le anunciaba el envío de refuerzos, junto a la orden de no actuar hasta que llegaran. Y buenas razones tenía para tomar aquellas medidas, pues los Vigilantes no habían perdido a uno de los suyos en acto de servicio desde hacia más de setenta años.

Pero lejos de toda prudencia, Maradar no tenía intención de esperarlos. Convencido de que sus discípulos debían haber cometido algún error durante sus investigaciones, y no dispuesto a permitir que sus negligencias afectaran a su honor o su reputación, había partido rumbo a las montañas para encargarse de resolver el problema personalmente y demostrar así su valía.

Cuando unos días más tarde Racko y su aprendiz, Tesia, llegaron a la casa de la Orden en Vinjar, la hallaron vacía. Entre las cenizas de la chimenea habían encontrado un trozo de la carta que el Gran Maestre le había enviado a Maradar.

—¿Crees que se ha ido solo a las montañas? —preguntó la joven aprendiz mientras salían de la casa.

El frío viento del exterior la golpeó en la cara, dejando algunos copos de nieve sobre su larga, rizada y rubia cabellera. Un desagradable olor a humo impregnó su nariz, producido por el afán de los habitantes del lugar por mantener caldeadas sus casas. Rápidamente se envolvió el cuello y la cara con un pañuelo largo, mientras se dirigía despacio hacia su caballo intentando no resbalar, pues buena parte de los caminos se habían convertido en una mezcla de nieve sucia, barro y hielo.

—Con que conserve la mitad del orgullo que tenía la última vez que le vi, sin duda —contestó Racko cerrando la puerta tras de si.

Mientras se encaminaba hacia su montura, la nieve que pisaba se derretía alrededor de sus botas, y los copos que caían sobre él, se evaporaban. Al montar, extendió el escudo de calor a su caballo.

Tesia condujo a su animal hasta llegar a la altura del de su maestro y le dirigió una mirada llena de reproche. Él sonrío y, tras hacerla esperar unos segundos más de los necesarios, extendió el escudo hasta envolverla a ella y a su corcel.

—Gracias —masculló ella.
—¿Sabes? Hay formas más naturales de calentar a alguien… —insinuó Racko con una sonrisa pícara.
—Sabes que me muero de ganas de calentarte… —dijo ella con voz coqueta, mientras apoyaba una mano en su pierna—. A hostias —añadió en un susurro, pellizcándole de golpe con todas sus fuerzas.
—¡Ay! —exclamó él mientras ambos se echaban a reír.

Hacia más de cinco años, recién cumplidos sus dieciocho, Tesia había terminado sus estudios en la academia de la Orden y Racko, que entonces ya contaba la treintena, había sido nombrado su maestro. En ese tiempo, habían desarrollado una gran confianza, hasta el punto que ella le consideraba una suerte de hermano mayor, de la misma manera que él le tenía el cariño que una hermana pequeña merece.

—Entonces, ¿vamos a subir nosotros también a las montañas? —preguntó ella.

Las enormes montañas de Jerá se extendían frente a ellos hasta donde alcanzaba la vista. Los interminables bosques del reino se escondían bajo una densa capa de nieve, mientras las cumbres hacían lo propio entre los oscuros nubarrones, que descargaban toda la furia del invierno sobre la región.

—No es que Maradar nos haya dejado muchas alternativas —adujo él.
—Es un territorio muy grande… —dijo Tesia inquisitivamente.
—Toda investigación debería empezar por el principio, buscaremos la aldea donde se produjo el primer incidente hace tres años.

Aquella tarea les llevó más tiempo del que Racko pensó en un principio. Pese a que su escudo de calor les facilitaba moverse entre la espesa capa de nieve que cubría los caminos, los habitantes de la zona parecían haber borrado todas las señales que llevaban hacia los pueblos que consideraban malditos.

Tras cuatro días de camino por los parajes invernales de Jerá, por fin aquella tarde se encontraron frente a una decena de casas de piedra, semienterradas en la nieve, de cuyas chimeneas no salía ni una mísera voluta de humo, señal inequívoca de abandono dada la época del año.

—Que pueblo tan pequeño —comentó Tesia.
—Seguramente habría docenas de edificios de madera, que habrán sucumbido a los elementos y la falta de cuidados con el paso de los años —explicó Racko.
—No parece que haya mucho que investigar.
—A la vista… no —se limitó a responder él mientras extendía sus brazos y cerraba los ojos para concentrarse.

En un arco de más de más de treinta metros frente a su caballo el manto blanco empezó a derretirse. Pronto el agua generada empezó a chisporrotear y la nieve que aún quedaba se evaporó directamente.

El calor producido por Racko acabó siendo tal, que hasta la tierra, oculta a la vista hasta hacia unos instantes bajo varios palmos de fría nieve, perdió la humedad acumulada durante los últimos meses.

Resoplando por el esfuerzo, el maestro desmontó y se acercó a la zona que había secado. Tesia le siguió, desmontando lentamente, horrorizada ante el paisaje que aparecía ante sus ojos. Docenas de esqueletos yacían semienterrados en aquella tierra considerada maldita. Y aquello tan solo era una porción de la superficie que había ocupado el poblado.

Racko se agachó para examinar de cerca unos huesos.

—Toda esta masacre… ¿se hizo mediante magia de ilusión? —preguntó a sus espaldas la joven aprendiz.

Había tenido la ocasión de ojear la carta que el Gran Maestre envió a su maestro instándole a trasladarse a Vinjar para ayudar a resolver los incidentes de Jerá. En aquella carta, el Gran Maestre le informaba de las sospechas, fundadas en el único informe que los aprendices de Maradar lograron enviar, de que el ilusionismo estuviera detrás de lo ocurrido. (Para ser un trozo sacado de entre los rescoldos de la chimenea, tiene bastante información. Mejor poner al principio que en la chimenea se había salvado de milagro esa carta de ser quemada, o que se había salvado una hoja).

—Eso creíamos pero, viendo esto…
—¿Qué te hace cambiar de opinión?
—Mediante un hechizo de ilusión en una zona en guerra como esta, podrías hacer creer a las gentes del pueblo, por ejemplo, que el enemigo les está atacando —explicó Racko—, pero la gente responde con lógica ante las ilusiones. Podría entender que los hombres salieran a luchar pero… ¿las mujeres y los niños? —preguntó señalando un cadáver menudo entre cuyos huesos de la mano había un trozo de hierro oxidado. Tesia estimó que el pequeño no debía tener más de cuatro años cuando murió—. Deberían haberse quedado escondidos en las casas o haber huido hacia el bosque.
—Tal vez les hicieron creer que era otra cosa lo que los atacaba —aventuró Tesia.
—Tal vez —concedió Racko—, pero no se me ocurre que cosa podría hacer luchar a todo un pueblo. Incluso habría que pensar que entre tanga (tanta. Tanga las que usan las  brasileñas  :D  ) gente, algún que otro cobarde debía haber —dijo entrecerrando los ojos mientras se acariciaba el mentón con una mano.
—Salvo… —enfatizó ella— que se lanzasen hechizos de ilusión individuales para cada persona, haciéndoles creer que se encontraban solos, sin más opción que luchar por la propia supervivencia.

Racko se giró hacia ella y clavó sus ojos en los de ella.

—¿Eres consciente de lo que implica tu razonamiento? —preguntó él.

Tesia suspiró.

—Lo sé, tendría que tratarse de un mago tremendamente poderoso.
—Cierto, pero me refería más bien a esto —dijo cogiendo unos huesos del suelo y levantándolos en alto para que su aprendiz los viera bien.
—¿Qué tienen de especial esos huesos? —inquirió ella.
—Son de ave, diría que de una gallina —contestó—. Que los perros se metieran en medio de una pelea entre humanos me lo creo, por que entendería que irían a defender a sus amos pero, ¿y las gallinas? —tiró los huesos y tras andar en cuclillas un par de metros cogió otros—. ¿Las ratas? ¿O los gatos? —añadió señalando los despojos de un animal pequeño—. Hemos recurrido a la idea de un poderoso mago que lanza docenas de hechizos simultáneos para explicar que las mujeres, los niños y los cobardes se quedarán a pelear pero, ¿como explicar que todo ser vivo que pasaba por el pueblo también se uniera a la refriega?
—Ilumíname —se resignó Tesia.
—Control mental.

La aprendiz resopló.

—Para eso seguirías necesitando un mago muy poderoso —se burló.
—No tanto —consideró Racko—. El control mental es más sencillo, no necesitas engañar a la mente del sujeto, simplemente te apoderas de ella y le conviertes en tu marioneta.
—Tal vez —concedió ella—, pero todo esto sigue dejando algunas dudas —hizo una pausa—. ¿Porqué alguien haría todo esto?
—Ah, chica lista… —dijo él mirándola con una sonrisa llena de orgullo—. Esa es la pregunta del millón. ¿Crees que esto beneficia a alguna de las partes de esta guerra?

Tesia recordó los pueblos que habían encontrado en su camino durante los últimos días. En la mayoría, más de la mitad de las casas habían sido abandonadas.

—La guerra genera pobreza de por sí, pero si la gente esta huyendo del país, gane quien gane, gobernará sobre un país infinitamente más pobre.
—Exacto —coincidió él—, esto no beneficia a nadie. Tampoco parece que tenga algún propósito especial. No es un acto de venganza contra un bando u otro porque se han arrasado pueblos en territorio de ambos contendientes.
—Entonces, ¿por qué crees tú que alguien haría algo así? —preguntó ella, segura de que Racko ya tenía una teoría.
—Está descubriendo sus poderes —susurró él—, aprendiendo sus límites.
—¿Crees que todo esto es obra de un mago joven? —preguntó Tesia boquiabierta.
—No puedo asegurarlo —contestó su maestro encogiéndose de hombros—, pero explicaría todo lo que estamos viendo.
—Un poderoso mago joven, cuyos poderes están despertando y su talento es el control mental… —meditó ella en voz alta.
—Un talento interesante, ¿verdad? —dijo Racko sonriendo—. El mío es secar la ropa y mantenerme calentito en invierno.
—Le cambiaría el mío a ese mago sin dudarlo —se quejó la aprendiz.
—Oh, vamos —hizo un ademán—, tu talento no está nada mal. Alterar el rumbo y velocidad de los objetos que lanzas es un truco bastante bueno.
—Si tú lo dices… —suspiró ella.
—Desde que soy tu maestro he podido comer carne prácticamente a diario —dijo sinceramente agradecido—. Debes de ser la mejor cazadora de la historia. Antes de tenerte conmigo alguna vez tuve que cenar sopa de piedras —sonrió.

Tesia se echó a reír.

—Ven —la invitó Racko cambiando de tema—, tengo que recordarte algo.
—¿Qué es? —preguntó la joven con ingenua curiosidad.
—Dame la mano —pidió tendiéndole la propia.

Ella se la cogió confiadamente y, de pronto, sintió una extraña y desagradable sensación. Su cuerpo empezó a moverse por su propia cuenta, acercándose a su maestro hasta un punto excesivamente íntimo.

—Control mental —susurró Racko—, ahora defiéndete, échame de tu cabeza.

Tesia recordó las clases de defensa que les habían enseñado en la academia de la Orden. Se concentró y, poco a poco, empezó a expulsar la causa de aquella extraña sensación. Una vez desterrada la mente de su maestro de la suya propia levantó rápidamente un escudo mental.

—¿A que coño ha venido eso? —preguntó dando un paso atrás, visiblemente enfadada.
—Si nuestras sospechas son ciertas, nos enfrentamos a un poderoso pero inexperto mago, por lo que es imposible que sepa burlar una defensa mental —aclaró él—. Ni siquiera estoy seguro de que sea posible hacerlo. Mantén levantado ese escudo hasta que salgamos de Jerá —le ordenó—, y expándelo a tu caballo cuando montes.

Pasaron la noche en una de las casas de piedra que aun seguían en pie. Era poco probable que nadie, ni siquiera bandidos o salteadores, se acercaran a un lugar considerado maldito.

A la mañana siguiente, reanudaron la marcha.

—¿A dónde nos dirigimos ahora? —preguntó Tesia mientras montaba en su caballo.
—A Ehrlein —contestó Racko—. Desde allí podremos enviar una carta al Gran Maestre poniéndole al corriente de nuestras sospechas, y luego podríamos buscar a Maradar mientras esperamos refuerzos.
—¿No crees que podamos encargarnos de esto? —inquirió ella.
—Tal vez, dependiendo de las circunstancias… —respondió él—. Pero siempre es mejor ser precavido. El exceso de confianza parece habernos costado ya dos hombres.

Avanzaron durante dos días en dirección a la ciudad, hasta que al tercer día, al pasar cerca de un poblado, un enorme griterío atrajo su atención. Avanzaron con cautela, por si se trataba de una batalla de la guerra civil que asolaba aquellas tierras. Una mujer pasó corriendo a su lado, gritando aterrorizada. Resbaló en la nieve unos metros más allá, y la oyeron mascullar acerca de maldiciones y demonios mientras se levantaba y seguía huyendo. Maestro y aprendiz se miraron un momento y azuzaron a sus caballos con premura.

Ya desde una cierta distancia se podían apreciar varias columnas de humo. Hasta ellos llegaba incluso un fuerte olor a quemado. Pero fue al ver una inmensa llamarada surgir entre el mar de casas, en dirección al cielo, que Racko vio confirmados sus temores.

—Maradar… —susurró azuzando aún más a su caballo.

Tesia dedujo que el talento del orgulloso hechicero de Vinjar debía estar relacionado con el fuego. Temiéndose lo que pudieran encontrar en el pueblo, preparó el arco y las flechas.

Al llegar al poblado, se toparon con el caos que días atrás habían imaginado viendo aquel pequeño campo de huesos. Pero ahora, muchas de aquellas personas aún se mantenían con vida, luchando unos contra otros como auténticos salvajes, mientras voces producían un tremendo griterío sazonado con el metálico entrechocar de las armas.

—¡Maradar! —gritó Racko en dirección al hechicero, que en medio de una plaza invocaba llamaradas con sus manos.

Pero si aquel hombre le había reconocido o escuchado, no dio muestras de ello. El maestro se lanzó con presteza en su dirección, obviando todo lo que ocurría a su alrededor.

Un joven con un hacha se lanzó ferozmente sobre su costado, Racko a duras penas logró esquivarlo, recibiendo durante la maniobra un profundo corte en la mano. Pero Tesia derribó de un flechazo al hachero antes de que pudiera intentar nada más.

Se quedó mirando al chico, que yacía inmóvil en el suelo con el proyectil atravesándole el cuello, durante un insntante. Era la primera vez que mataba a un ser humano, pero antes de poder darle muchas vueltas al asunto, tuvo que disparar a otras dos personas más.

En la plaza, Maradar lanzaba llamaradas en todas direcciones, reduciendo a cenizas casas, animales y seres humanos. Sin tiempo para meditarlo profundamente y no viendo otra solución, Racko decidió embestirle con su caballo.

Tesia miró a su alrededor, sin soportar la sensación de impotencia que la embargaba. Necesitaba poder ayudar a alguien. Al mirar entre dos casas a su derecha, vio su oportunidad: acurrucada contra una pared de piedra, una niña de unos siete años observaba con aparente terror el caos que se desarrollaba frente a ella. La aprendiz se abrió paso hasta llegar a su lado.

—¡Sube! —le gritó tendiéndole la mano, mientras ignoraba un ligero cosquilleo en la frente. La niña la miró, como si no entendiera—. ¡Vamos!

Finalmente la pequeña alargó su mano hasta encontrarse con la suya y, con un pequeño esfuerzo, Tesia la subió a su caballo. Rápidamente condujo a su montura hacia las afueras, alejándose del poblado unos cientos de metros, hasta asegurarse de estar fuera de peligro.

—¿Estás bien? —le preguntó.

La niña se limitó a asentir con la cabeza. Tesia le pasó un brazo alrededor, en ademán protector. Poco después Racko las alcanzó.

—¿Estáis bien? —inquirió él parando su caballo junto al de ella.
—Si —contestó su aprendiz—, ¿Maradar…?

Racko torció el gesto.

—Muerto, me lo llevé por delante… (Se podía haber explotado un poco la muerte de Maradar).
—Lo siento —dijo ella atrayéndolo hacia si, haciéndole apoyar la cabeza en su hombro.

No estaba segura de si aquel medio abrazo lo hacia por él o para si misma.

—Confiaba en que el golpe no fuera demasiado fuerte y tan solo lo dejara inconsciente —se lamentó él.
—Hiciste lo que pudiste —le animó Tesia, apretándole cariñosamente el brazo.
—Supongo que sí —dijo Racko enderezándose—. Poco después la gente empezó a suicidarse, supongo que habría muerto de todas formas.
—Que horror… —susurró ella, recordando que mientras se esta bajo el control mental, uno es consciente de todo lo que sucede.

Sin decir una palabra más, cada cual sumido en sus propios pensamientos, retomaron el camino a Ehrlein.

Al caer la noche, se apartaron del sendero y acamparon en una pequeña hondonada.

Racko se internó en el bosque en busca de madera. Tesia sacó algo de comida de una alforja, se acerco a la niña y le ofreció un poco de queso, acompañado de una sonrisa tranquilizadora. La pequeña lo cogió con precaución y empezó a mordisquearlo.

—¿Te gusta? —preguntó la aprendiz sin dejar de sonreír.

La chica sacudió la cabeza afirmativamente. Tesia le acarició el brazo de forma maternal, hasta que un leve cosquilleo la obligó a rascarse la frente.

El maestro surgió de entre los arbustos en ese momento. Se acercó con unos troncos húmedos al lugar dónde estaban ellas y los dejo en el suelo. A continuación extendió su mano hacia ellos y empezó a secarlos con su magia.

—¿Qué haces? —preguntó Tesia, sacudiendo la cabeza en dirección a la niña.
—Sois magos —susurró la pequeña, como si de pronto comprendiera algo.
—¿Aún no has caído? —inquirió Racko—. Ella es a quien andamos buscando —desvió la mirada hacia la niña, que se la devolvió con frialdad.

La aprendiz miró sorprendida a la niña, que seguía mordisqueando tranquilamente el queso que le había dado, y negó con la cabeza. Era incapaz de asimilar que aquella chiquilla, aparentemente inocente, fuera una asesina.

—Piénsalo —continuo él—, era la única del lugar que no estaba poseída y, cuando te la llevaste, todos los lugareños se suicidaron. En el pueblo que visitamos hace unos días no había indicios de que nadie se suicidara. Debió de obligar a ello porque iba a perder el control mental, a causa de la distancia a la que te la estabas llevando. Y a todo eso, hay que sumar esos cosquilleos en la frente que seguro que habrás notado —concluyó.
—Si… —susurró ella—, pero, ¿que tienen que ver…?
—Cuando el hechizo de control mental es muy, pero que muy poderoso, el choque contra el escudo puede sentirse físicamente —explicó.
—Pero… ¿por qué? —preguntó Tesia mirando a la niña.
—Las personas son malas —dijo ella con absoluta convicción.
—¿Quién te ha enseñado eso? —inquirió la aprendiz—. Es una mentira, ¡hay mucha gente buena en el mundo! —exclamó sin verle el sentido a todo aquello.

Racko se acercó a la pequeña y se puso en cuclillas frente a ella.

—Se lo ha enseñado la vida, me temo —suspiró—. Nació en medio de esta guerra civil, y no quisiera ni imaginar los horrores que ha visto para llegar a desarrollar tal pensamiento. Pero, si nos dejas —añadió, tendiéndole la mano a la pequeña—, nosotros podemos enseñarte lo equivocada que estás.

La niña le miró de hito en hito y, tras una breve vacilación, le cogió la mano. En ese momento, Racko notó un cosquilleo en la frente, pero cuando quiso rascarse descubrió con horror que su cuerpo ya no le pertenecía. Entonces, recordó una enseñanza aparentemente intranscendente que les daban en la academia: los escudos que un mago levanta, de forma inconsciente se sitúan siempre en las capas mas externas de la piel hasta que uno decide extenderlos más afuera o más adentro.

En la mano que había tendido a la chica, aún tenía abierta la herida que un hacha le había producido en el pueblo. A través de ella, la pequeña había podido burlar su escudo mental.

La niña le soltó la mano y dio unos pasos hacia atrás. Obligó a Racko a redirigir su escudo de calor para envolverles a él y a Tesia y, en su interior, la nieve empezó a derretirse.

—¿Qué diablos…? —inquirió la aprendiz, aún sin entender— ¿Qué estás...?

Y entonces comprendió que algo iba realmente mal. La nieve y el agua chisporroteaban.

—¡Para! —le gritó a la chiquilla, mientras alzaba las manos en su dirección con las palmas extendidas.

Pero no le hizo caso, la niña seguía mirando a los ojos de Racko, que le devolvía la mirada.

Tesia se acercó a su maestro y, arrodillándose a su lado, le cogió la mano.

—Échala de tu mente, se que tú puedes —le animó entre susurros, sabedora que dentro de aquel cuerpo, la mente de su maestro estaría combatiendo a la intrusa.

Pero la temperatura seguía aumentando rápidamente. La nieve a su alrededor sublimaba.

Desesperada, Tesia cogió la cabeza de su maestro entre sus manos y, girándola hacia ella, le besó.

No hubiera sido capaz de decir si fue un intento de hacerle reaccionar o una despedida. Ella siempre había reprimido sus sentimientos, temiendo que no fueran correspondidos. Conformándose con una relación cuasi fraternal y esporádicos coqueteos. Pensando siempre que, tal vez, en un futuro…

Y al separar sus labios y mirarle, vio amor en la profundidad de sus ojos.

Quiso despedirse con un “te quiero”, pero solo pudo gritar de dolor mientras sus cuerpos se quemaban y sus ropajes estallaban en llamas.

Ahora que sabía lo que ella sentía, él, cuya mente se mantenía apartada de su cuerpo, pasó sus últimos instantes lamentando todo el tiempo perdido… Tan solo deseó encontrarse con ella en otra vida.

Cuando todo acabó, la niña miraba meditabunda las dos masas desfiguradas. Tal vez le hubieran dicho la verdad. Tal vez hubiera personas buenas en el mundo. Pero, en cualquier caso, decidió que aquello era algo que tendría que averiguar por sí misma. Li Veloa solo se fiaba de Li Veloa.

En mitad de la noche, regresó al camino y reemprendió la marcha en dirección a Ehrlein, mientras la nieve que pisaba se derretía alrededor de sus botas.


El relato está muy bien. El final es de asombro.
Reconozco que me esperaba otra cosa. Solo que se me hizo muy rápido que la niña haya acabado con los dos.
Pudo haberse explotado una pelea psíquica. Ellos dos contra las fuerzas de la niña y que ellos comprendieran que la chiquilla tiene esas fuerzas porque se la dió fulano, o por 'X' circunstancia, no sé.
Sentí como que si se hubiera trabajado más ese final, sería realmente más impactante.
La Pluma Mata más que la Espada...   Mf_swordfight
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#4
Un relato intenso e intrigante. La forma en que está escrito y el uso que hacen de la magia me recuerda un poco a El nombre del viento. Y el final es impactante. Mis felicitaciones!
Pulsa el botón "WWW" que aparece debajo y podrás leer todas las reseñas y los relatos cortos de fantasía épica que he subido a mi blog, Fantasía Breve.
[Imagen: joseph_mallord_william_turner_064-.jpg?ssl=1]
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#5
1º Técnica/Calidad narrativa
Sentimientos encontrados a la hora de juzgar lo que concierne a este apartado. He de reconocer que, a vista de grifo, se percibe una calidad narrativa que permite disfrutar de una buena experiencia de lectura. En general. Pero, si se analiza más de cerca es cuando se pueden percibir fallos recurrentes que habría que corregir. Por ejemplo, hay demasiadas reiteraciones, y no sólo de palabras, también de expresiones completas. No hace falta repetir que un pueblo o un territorio más o menos amplio “es considerado maldito”. En un relato corto como este con una sola vez que se señale es suficiente. Tampoco es conveniente abusar de los adverbios terminados en “-mente”, abusar de ellos es un síntoma de pobreza de recursos lingüísticos, y casi siempre, por no decir siempre, hay alternativas.

2º Ortotipografía
Creo que este es el apartado más flojo de los cuatro en que suelo fijarme, y es una pena porque hace desmerecer un poco el trabajo de todo lo demás. Y además no se corresponde con el nivel narrativo desplegado a lo largo de casi cuatro mil palabras, lo cual me hace pensar que faltó tiempo para realizar una profunda revisión. Entre los errores que he visto destacaría el mal empleo de algunas comas, acentos, leísmo y laísmo, algún despiste de teclado y el uso cuestionable del gerundio en una expresión.

3º Argumento/Trama
El argumento de esta historia, de partida, me ha gustado. Magos y aprendices de magos que se embarcan en una aventura recorriendo terrenos más o menos inhóspitos para intentar resolver un misterio o atajar un problema grave que afecta o puede afectar a las vidas de muchas personas es algo sobre lo que también suelo escribir, así que ¿cómo podría parecerme una mala elección para un cuento?

Aun así, hay varios “detalles” que me hicieron cuestionarme lo que leía (unos más que otros), y aunque no puedo decir que se trate de “fallos garrafales”, sí creo que alguno de ellos podría denotar cierta “debilidad argumental”. Los comparto por si al autor le sirve para replantearse cosas y hacer los ajustes que considere pertinentes.

El primer detalle sucede cuando Racko le dice a Tesia que “hay formas más naturales de calentar a alguien”, insinuando que el sexo es más natural que la magia. Evidentemente, el autor ha creado este mundo y debe de conocer cómo funciona, así como las reglas que lo rigen, pero esa frase me hizo preguntarme si de verdad el autor es consciente  de lo que implica esa aparentemente trivial afirmación. ¿Es cierto que la magia no es un “fenómeno natural” (o, cuando menos, no tan natural como el sexo) en este mundo? Y si la pregunta es afirmativa, me gustaría saber el motivo.

El segundo detalle es que, en todo momento y a lo largo de sus pesquisas y razonamientos, Racko y Tesia dan por supuesto que el responsable que buscan es “un” mago. Lanzan varias teorías, pero en ningún momento se plantean la posibilidad de que lo que ha ocurrido en la aldea sea achacable a más de una persona. Siempre piensan en “uno y muy poderoso”, que al final es lo que termina siendo. Con esa decisión (consciente o no) el autor cerró una buena opción para despistar al lector. Plantear la posibilidad de la existencia de varios adversarios y no de uno solo hubiera añadido un punto más de misterio, contribuyendo a mejorar la experiencia de lectura.

El tercer detalle se apoya en una afirmación de Racko que, en mi opinión, es bastante cuestionable: «El control mental es más sencillo, no necesitas engañar a la mente del sujeto, simplemente te apoderas de ella y le conviertes en tu marioneta.»
¿Controlar ya no una, sino muchas mentes —incluidas las de seres irracionales—, es más sencillo que crear ilusiones? ¿”Engañar la percepción” de otro ser es más complejo que “tomar el control completo” de su mente? Lo siento, pero lo diga un personaje o el narrador de la historia, y por mucho que se trate de un mundo creado por el autor, esta “regla” para mí es del todo “inverosímil”.

Cuarto detalle. Me había llamado la atención que, después de escapar del pueblo, Racko no se hubiera preocupado para nada de su herida (que era, no lo olvidemos, “un profundo corte en su mano”), ni para quejarse, ni para curársela, nada de nada. Lo mismo se puede decir de Tesia, aunque en su caso se puede esgrimir que estaba preocupada por la niña. El uso que más tarde el autor hace de esa herida para llegar al final de la historia me hizo comprender el porqué de tan extraño “olvido”. Pero que comprenda los motivos del autor no hace que la historia me resulte más verosímil. No es lógico que un mago que no duda en emplear su habilidad para calentarse y mantener cierto confort en un ambiente frío (pero que no es mortal de necesidad, pues los lugareños sobreviven a esas temperaturas sin semejante habilidad), no haga nada en absoluto por ocuparse de una herida así en algo tan necesario para hacer cualquier cosa como es una mano...

Quinto detalle. La reacción de Tesia cuando comprende la amenaza que supone la niña me decepcionó. Y mucho. Vale que sea una discípula, pero después de al menos cinco años tampoco se la puede considerar una inexperta o una inútil (de hecho, Racko había alabado el buen uso que hacía de su “talento”, que no es mostrado en ningún momento, algo que también eché en falta). Mientras leía el enfrentamiento final pensé que Tesia iba a hacer uso de ese “talento” suyo (contado pero no mostrado) contra Li Veloa para lanzarle algún objeto contundente a la cabeza y dejarla sin sentido, haciéndose de este modo con el control de la situación. Sin embargo, lejos de eso, va y se comporta como una damisela tonta, asustada y enamorada a la que lo único que se le ocurre es pedirle a su maestro (su “caballero andante”) que resuelva el problema y se salve a sí mismo y la salve a ella. Luego, cuando ve que no es posible, se resigna y muere expresándole su amor… 

Ese final, que admito que no es absurdo ni ilógico, pues no niego que puede cuadrar con la psicología del personaje, personalmente me resultó decepcionante, sobre todo por la buena imagen (en cuanto a competencia como magos) que el autor había conseguido que me hiciera de ambos personajes (maestro y discípula) a lo largo de la historia.   

4º Personajes/Ambientación
De lo mejor del cuento a mi juicio, sin duda. Personajes bien trabajados, con sus personalidades y emociones transmitidas con oficio mediante diálogos y acciones. La ambientación también funciona, es fácil imaginarse uno mismo en los lugares en los que transcurren los distintos hechos. Descripciones nada sobrecargadas, con unas pocas pinceladas basta, y eso me gusta. Menos es más. Bien trabajado.
Me hubiera gustado ver más de Maradar, pero supongo que el desarrollo de la historia no daba para conocer un poco más de este personaje, más que a través de lo que opinan de él los dos protagonistas.
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
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#6
El estilo narrativo es aceptable, moderno, anglosajón, de traducción, pero ameno, habría que darle una releída más.
Me gustó el manejo de los tiempos, también los personajes, todo muy vivo, muy real. Las descripciones y acotaciones son muy justas, apropiadas.
Odié el final. Te odio a ti.
Bardo
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#7
El relato va de mas a menos, las ultimas escenas tienen demasiadas incoherencias y van demasiado al grano. Al principio habia mas descripcion, mas pausa en la narracion, y todo eso desaparece al final.
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#8
Termino el reto con un relato que se me ha hecho cortísimo y eso solo puede ser que bueno.
Como aspectos negativos diré que, por momentos, la prosa se me hizo un poco variable y la relación entre maestro y aprendiz fue trazada de manera un poco burda, aunque por lo menos es de agradecer que el autor se esforzara en delinearla, dado que en este reto han sido muchos lo relatos que han descuidado dotar a sus personajes de una personalidad.
Como aspectos positivos… pues todos los demás. Me lo he pasado muy bien leyendo el relato, la prosa se me hecho amena, la historia… bueno yo discutiría el final, pero que cojones, no es mi relato y es un final bastante apropiado. Se queda con todo merecimiento en mi top3 de relatos, ahora solamente debo decidir en qué lugar colocarlo.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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