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[Fantasía filosófica y poética] El elfo loco
#1
Bueno, no sabía en qué género poner este relato porque realmente es fantasía pero al mismo tiempo no prevale la fantasía, sino el aspecto filosófico y poético y la locura, y hay ideas sobre la humanidad y la política. Pues eso, me dio un día por escribir algo con otro estilo que el habitual Tongue El relato tiene 81 páginas en pdf, así que supongo que se le puede llamar relato.

Copio y pego aquí el sinopsis que pongo en la página del proyecto:

Quote:Un elfo loco, en el Palacio de la Flor, deberá afrontar no solamente los fantasmas acuciantes de un pasado que lo destronó del reino, sino también los actos absurdos de una realidad de la que no consigue desatarse. Podrán encontrarse influencias de La vida es sueño de Calderón. El estilo es poético y desconcertante.

Pongo aquí el primer capítulo, a ver qué os parece Smile A lo mejor pongo también los siguientes capítulos en los próximos días para los que prefieren leer en el foro; el pdf y epub son descargables en la página.

Capítulo 1: La hoja sin árbol

La hoja revoloteó por el jardín de verano, respiró los perfumes de las flores, siguió el vuelo de un gorrión. Pasó junto a un árbol desnudo y se alejó. Y poco a poco, la hoja cayó. Pero se levantó una brisa y se la llevó de nuevo hasta que penetrase, tímida, alegre, por una ventana abierta en el Palacio de la Flor. El elfo sonrió.

—Bienvenida, hoja libre y risueña —declamaba suavemente, mientras la hoja daba vueltas en la sala—. El viento te ha traído aquí para ver la Verdad bajo la Mentira de este mundo. Bienvenida a tu hogar.

La hoja perdió fuerza y descendió. Cayó sobre el plato del Comandante Morris. El enorme humano, al advertirlo, bufó como un búfalo y sus espesos belfos dejaron paso a unos dientes viejos y carcomidos.

—¡Enemigos! —bramó, con los ojos dilatados, levantándose de un bote—. ¡Preparen la artillería!

Ya estaba el Comandante Morris otra vez desgañitándose. Terrible cómo puede llegar a enloquecer una guerra. La guerra enloquece y se enloquece ella sola. Diez años pasó entre trincheras, aquel enorme sabueso. Y ahí seguía luchando contra fantasmas blancos. Blancos como las dos siluetas que se precipitaban hacia él para calmarlo con una caja de música que le había regalado su madre hacía tal vez cincuenta años.

El elfo suspiró y dejó el plato sin tocar en la mesa para alejarse del comedor. Cruzó un ancho pasillo cubierto de alfombras. Se detuvo un momento a escuchar el canto de un mirlo, pasó una mano ligera sobre un tapiz que representaba unos molinos en el atardecer, y siguió su camino hasta la terraza.

—Buenos días, Alteza.

Un elfo alto, flaco y vestido con una larga túnica blanca se acababa de inclinar, respetuoso, al ver salir al elfo loco bajo la luz del sol.

—Buenos días, Sazún —contestó este, distraído—. Siento no haber podido pasear contigo esta mañana. ¿Ha habido rocío? ¿Y ha cantado el olistrán?

—Ha habido rocío, como todas las mañanas, y el olistrán ha cantado, como todos los días —sonrió Sazún.

El elfo loco le devolvió la sonrisa. Un tipo extraño, ese Sazún. Siempre quiere engañarme por mi propio bien. El olistrán ¿cantando como siempre? ¿Seguro, Sazún, que no sabes lo que le ha ocurrido al bello y esbelto olistrán? Hacía tiempo que el pájaro imperial había desertado el Palacio de la Flor. Tal vez el Comandante Morris lo había cazado, creyendo que era un ave mensajera enemiga. O tal vez Dulb el Cazador de Aves había conseguido retornar después del destierro para dar un aviso al malvado rey. Los actos metafóricos son frecuentemente usados entre los humanos.

—Me pregunto si hoy habrá ranas en la fuente. ¿Qué te parece si damos un paseo? —propuso el elfo loco.

Sazún hizo una mueca. Por lo visto, tenía otros planes para la tarde.

—Tendréis que disculparme, Alteza. Si me lo permitís, tengo que ir a visitar a mis hijos a la ciudad.

Por supuesto. Sazún, el gran padre, antes rico y ahora poco más que paria de la Corona, tenía su vida y sus problemas. Entre los cuales, ayudar a su hija mayor que acababa de perder la vista por una enfermedad. Ni siquiera me lo había dicho él. Lo había oído decir por un jardinero. Una gran lástima no poder ver a los pájaros revolotear y a las hojas cantar.

—Te perderás a las ranas —replicó el elfo loco, bromeando—. Saludos a tu familia —añadió, posando su puño en el pecho—. Que los dioses os amparen a todos.

Ante tal muestra de cariño, Sazún agrandó los ojos y cayó de rodillas, reclinándose profundamente.

—Gracias, Alteza —dijo con una sinceridad sin igual.

El elfo loco sonrió dulcemente pero meneó la cabeza, levantando con suavidad a su antiguo preceptor.

—No me estás dando las gracias a mí, amigo, sino al príncipe que antaño era. Pero ese ya no existe. Tal vez nunca existió. Yo soy el del olistrán y el de las campanillas. El que habla al mar a solas sin haberlo visto nunca. El que deambula por los pasillos sombríos del palacio conversando con las hadas del bosque. Que pases una buena tarde, Sazún, yo voy a ver cómo andan las ranas —añadió, mientras la expresión del alto elfo se entristecía al oír divagar a su príncipe.

El elfo loco se alejó por la terraza. Saludó educadamente a un cortesano de aspecto ridículo que evitó mirarlo y no le contestó. Mala gente. Siempre pensando qué dirá el Rey Su Majestad si lo ve hablando con su hermano, el loco. Qué dirán tantos otros, qué dirán los dioses, ¡oh, Diosa Celbena! ¿Qué dirás tú? Silencio total. Los dioses no responden para decir disparates. El qué dirán es un teatro insano. Infamia pensante. El mundo no tiene arreglo.

Con la agilidad de un duende, bajó las escaleras hasta el inmenso jardín del Palacio. Los jardineros seguían trabajando como siempre. Las flores se reían, algunas frívolamente, de los cortesanos que se paseaban entre ellas. Los árboles, robustos y de sombra ancha, bailaban al son de la música del viento, para acompañarlo.

El elfo loco caminó evitando un grupo de elfas que reía, en un banco, escondiéndose detrás de sus sombrillas. Pasó junto a un roble y lo saludó con la mano. Obtuvo una respuesta más amable que la del cortesano.

Siguió avanzando entre los troncos, por un camino de tierra seca. Hacía días que no llovía. Pero eso no había impedido al rey robar agua de las torres de la ciudad para llenar su piscina personal. Irónica maldad. Nefasta locura de los que se dicen cuerdos.

La Fuente de Platazul estaba lejos. Lejos de la gente que se queda junto al palacio para que todos la vean. El pretil estaba roto. El león había perdido una pata delantera y Ratuk, Dios de la Fortuna, había perdido la nariz. Poca fortuna y poco olfato para el porvenir.

El elfo loco dio una vuelta entera a la fuente, buscando a las ranas. Hoy no habían venido. La poca agua que quedaba estaba sucia como el corazón de un traidor. Verdes algas que empezaban a secarse. Mosquitos ronroneando alrededor de la cabeza de Ratuk, tal vez buscando la nariz. Hacía fresco bajo la sombra de los árboles.

El elfo trepó a un árbol y se sentó ahí a echar la siesta. Siempre dicen que es bueno después de la comida. Claro que él no había probado bocado por el ataque sufrido por el Comandante Morris. Por no mencionar que aquel día habían puesto carne de paloma. Como la paloma blanca que, la víspera, se había posado sobre la ventana de su cuarto. Había sido totalmente imposible tocar el plato. Qué se le iba a hacer. ¡Oh, bella princesa alada! tus restos serán pasto de los perros de la guardia real. Futuro provechoso. Más provechoso que el de un príncipe atormentado hasta el final de sus días.

Oyó un liviano ruido de pasos sobre la hierba. Abrió los ojos y miró hacia abajo.

—¡Príncipe loco! ¡Príncipe loco! —gritó una voz infantil entre los árboles.

Se oyeron risas y pasos precipitados que huían. El elfo loco se estiró entre las ramas y sonrió antes de volver a cerrar los ojos. La reputación era un arma peligrosa e increíblemente voluble. Cinco años atrás, llamarle loco a un príncipe de la familia Da-Kin hubiera sido considerado como infamia y blasfemia. A fe mía. Y cuánto cambian las cosas en cinco años. Todos habían olvidado el nombre del joven príncipe. Todo el mundo sabía quién era, pero nadie hablaba de él, y si lo hacían, se contentaban con llamarlo el Príncipe Loco, pues su salud mental y las actuaciones del nuevo rey le habían quitado el derecho y el honor de ser apellidado Da-Kin. Nunca más seré un Da-Kin. De acuerdo, yo nunca quise pertenecer a una familia de asesinos. ¿Me echáis de vuestro linaje? ¡Pero si os lo vengo suplicando desde que dejé de ser un niño! Pero entonces su padre ¡sorpresa, querido hijo! había querido cambiar el orden de la herencia, considerando que Oledrié, el hijo mayor, estaba demasiado ocupado estudiando teología en el Templo de Akmi para atender a sus súbditos. ¡Oh, Diosa del Perdón! Y lo había nombrado a él como heredero antes de morir. Al saberlo, Oledrié apareció al día siguiente en el palacio, rojo y humeante como un pimiento horneado, mirándome con cara de querer enterrarme vivo. Amenazas. Regalos mortíferos. Sonrisas criminales. Todos diciéndome que yo sería el mejor rey de todo el mundo, y el más feliz. Y de entre ese todos, algunos se amotinan como perros, siguiendo a Oledrié, buscando sus favores y esperando ya sus plazas como Consejeros. Algunos incluso se prestan voluntarios para desquiciar al rey caído con sonrisas de verdugos. Malditos elfos. Ojalá Akmi no te conceda ese perdón que tanto has estado buscando, hermano.

El elfo loco se removió en su pesadilla y soltó un grito. Las siestas de los locos no siempre son buenas para la digestión. Permaneció unos momentos respirando aceleradamente y entonces oyó el suave arrullo de una tórtola. Alzó unos ojos brillantes de ternura y desazón.

—¡Oh bella tórtola amiga, cuántas locas pesadillas vendrán aún a ahogarme en su mar de confusión! —La tórtola surgió de entre las ramas para escuchar su lamento—. El pasado me persigue, y dicen que en la muerte los recuerdos no se olvidan, se alejan, vienen y van. Tórtola, parda y oscura, amiga de los cielos y de la paz, mírame, ceniza hambrienta, aire muerto y sombra de lo que era. Vivo muerto en un palacio que antaño era mi hogar y que hoy se ha convertido en una prisión maldita. ¡Cinco años! Cinco años temiendo la muerte y buscando refugio en la locura. Cinco años —repitió el elfo. Sacudió la cabeza y suspiró—. Pero ¿para qué te molesto a ti, alma cándida y libre, con mis desvaríos que tan sólo son fruto de un mundo que no es el tuyo? Ve, amiga, a tu nido y tus cielos y sigue cantando tus hermosas melodías. Al menos me recuerdas que parte de este ancho mundo merece la pena.

La tórtola siguió observándolo, atenta, como intrigada por aquel gran pájaro exótico que trinaba con resignación. El elfo loco se movió, se arrimó a una rama y aterrizó en el suelo con elegancia.

—Basta de lamentos —pronunció, acariciando, al pasar, el león de la fuente—. Hoy va a ser el día en que la justicia tenga sentido además de nombre. Hoy el rey tendrá que actuar como rey. Y si no lo hace, mi deber será… mi deber será…

¿Matarlo? Los dioses me libren de eso. Una idea totalmente repugnante y cruel. Indigna. Sería actuar como él. Y aun peor. Él no me mató. Me atormentó, me torturó y vilipendió. Pero no me mató. Claro que hubiera sido dar mala imagen matar a un Da-Kin. La dichosa reputación. Ella otra vez. Una reputación mancillada por un lado e hipócrita por otro. El rey es una moneda con dos caras tan negras como las alas de un cuervo.

Se detuvo y volvió a la fuente de Platazul para sentarse sobre la piedra. ¿Qué podía hacer un loco contra un rey? ¿Acaso el pueblo estaba realmente descontento con él? Tal vez no. Tal vez la maldad no existiese y todo fuera una ilusión. Tal vez todos los pueblos y ciudades del reino cantasen al unísono como pájaros alegres. No había manera de saberlo. Sazún jamás contesta a esas preguntas. Simplemente porque yo no se las hago. ¿Qué pensaría si descubriese que su príncipe no estaba tan loco como le habían hecho creer? Adiós, Sazún. Eso mismo me dijo el ayudante de Oledrié: mal pese a tus fieles amigos, o a los que te quedan, si continúas hablando de política. No te preocupes, Wen Sao-Rem, no volveré a hablar de política. No volveré a proferir el nombre de tu rey. No volveré a pisar la Gran Sala, ni me quejaré cuando me llamen Príncipe Loco. Me arrodillaré cuando pase el traidor coronado por los jardines y no diré nada. No saldré del Palacio de la Flor hasta que mi condenado espíritu fusione con la tierra. Que así sea. Hoy no va a ser el día de nada. Y nunca lo será.

—Croa.

Una rana acababa de posarse en el pretil de piedra y se acercaba al elfo. Él tendió la mano hacia el pequeño animal y lo recogió con la palma de la mano, murmurando con dulzura una canción. La rana le contestó con su canto gutural. El elfo ladeó la cabeza para escucharla mejor. Y sonrió.
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#2
Que te puedo decir Kaoseto, ¡Me ha encantado! Sobre todo el primer párrafo (La hoja revoloteó por el jardín de verano, respiró los perfumes de las flores, siguió el vuelo de un gorrión. Pasó junto a un árbol desnudo y se alejó. Y poco a poco, la hoja cayó. Pero se levantó una brisa y se la llevó de nuevo hasta que penetrase, tímida, alegre, por una ventana abierta en el Palacio de la Flor. El elfo sonrió)
La narrativa muy al son con el personaje y la sociedad de la que nos hablas, casi me he sentido transportado a palacio, reviviendo cada instante con el pobre del príncipe loco. La prosa esta muy bien entrelazada y el juego de palabras alcanza unas cotas de sátira que me han echo sonreír en más de una ocasión. La historia parece atrayente, pues ¿que le habrá sucedido (a parte de ser nombrado heredero contra su voluntad) para trastornarlo de tal manera? Es evidente que loco no esta, ya que en muchos aspectos se deja intuir un personaje inteligente y sutil, quizás un poco asqueado de los tiempos que corren. En cualquier caso y tras leérmelo con detenimiento, te puedo asegurar, que es sin lugar a dudas fantasía pura y dura, con una prosa muy rica y un vocabulario muy acorde a la situación que nos describes. Pero fantasía al fin y al cabo.
PD Por cierto, me encantó Elfo, me gustan este tipo de personajes con ese deje sarcástico y que parecen ajenos al mundo que los rodea, que se lo cuestionan todo y nada a su vez. Lo has clavado. XD ¡Felicidades! Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#3
Hola, fardis, me alegra de que te haya gustado! El estilo poético sigue a lo largo de toda la historia (el final es todo poesía en prosa casi, me salió así sin querer, mientras me metía cada vez más en la historia Tongue). También se van explicando poco a poco esos misterios sobre el pasado del elfo loco. Es cierto que el elfo loco no está tan loco como lo parece aunque así y todo, dado lo que le ha pasado, muy cuerdo tampoco está (por eso el estilo es mayormente desconcertante, creo). Y bueno, al principio me entraba la duda de si podía ser considerado fantasía: al fin y al cabo los elfos de ese mundo son, digamos… exactamente iguales que los humanos, menos en apariencia. Y cometen los mismos errores, claro está. Pero me gustó la idea de escribir una historia que podría existir en el mundo real y enmarcarlo en un munto de fantasía. Bueno, en los días siguientes a ver si posteo el próximo capítulo.

¡Muchas gracias por pasar a comentar!
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#4
Yao Kaoseto, debo decir que aquí tienes una hermosa historia tanto en narrativa como en su contenido. Siempre me gustó la poesía y aquí la implementaste perfectamente (siempre me gustó pero nunca fui capaz de escribirla y que quedara tan bien como la tuya :/)
Me fascinó la forma que relatas las escenas, también los diálogos entre los personajes.
Lo único que podría decirte como "punto negativo" (que realmente ni lo es) sería en uno de los primeros párrafos (concretamente el del Comandante), notaba muchas pausas por los signos de puntuación y eso me entorpecía un poco a la hora de leerlo pero ya digo que es solo por capricho mio xD, quizás así era como querías que quedase.
Para finalizar te felicito por este hermoso relato :B, vuelvo a decir que me gustó mucho. Además tiene elfos y príncipes, sabes que una historia es buena cuando hay elfos y príncipes/reyes en ella (al menos eso noto yo con mi experiencia leyendo fantasía :B)

Un saludo.
“Te llevaste mi mejor mitad, Sin Sangre, y lo que dejaste es a un peligroso enemigo” –Wyrell.

“Dentro de mi locura, tengo mi propia cordura” -Avelon.

Concordia - [1/3]
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#5
Buenas, Wyrell,

gracias por pasar a comentar! Lo cierto es que tienes razón, el párrafo donde hablo de la guerra y del comandante tiene un ritmo entrecortado. Creo que lo escribí así porque en realidad son pensamientos del elfo loco y no es la voz del narrador, pero visto lo que dices a lo mejor intento mejorar esa parte, gracias por señalarla! Wink

Quote:Para finalizar te felicito por este hermoso relato :B, vuelvo a decir que me gustó mucho. Además tiene elfos y príncipes, sabes que una historia es buena cuando hay elfos y príncipes/reyes en ella (al menos eso noto yo con mi experiencia leyendo fantasía :B)
Hombre, el hecho de tener elfos o no una historia no es un factor determinante para decir si la historia es buena o mala, jeje. Hay algunos libros de fantasía con elfos y de todo que no he podido tragarme hasta el final aunque lo intentase XD

Saludos y gracias por comentar!
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#6
Buenas kaoseto!

Pues nada, otro buen comienzo para otra historia. Me pregunto de dónde sacas el tiempo para escribir tanto Smile Aunque igual tendría que preguntarme en qué lo gasto yo para no hacerlo Tongue

Muy curiosa la forma de intercambiar el narrador en tercera y primera persona; supongo que para darle más énfasis a la locura principil. He de reconocer que al principio me ha desconcertado un poco, pero ya para el final le he ido cogiendo el hilo.

Así que nada, esperemos a la revuelta donde el príncipe reclame por fin su trono y donde se desvelen los verdaderos motivos de su nombramiento y la vil traición de su hermano. O igual todo transcurre de una forma más calmada, quién sabe...

Iep!
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#7
Buenas, landanohr, un gusto verte por aquí!

(07/04/2015 06:15 PM)landanohr Wrote: Pues nada, otro buen comienzo para otra historia. Me pregunto de dónde sacas el tiempo para escribir tanto Smile Aunque igual tendría que preguntarme en qué lo gasto yo para no hacerlo Tongue
Jeje, no creas, es que este año he decidido dedicarme a escribir, con la esperanza de poder vivir de eso algún día Smile Por esperar no se pierde nada! Aunque bueno, El elfo loco lo escribí en apenas cuatro días, fue un arranque, jeje.

Quote:Muy curiosa la forma de intercambiar el narrador en tercera y primera persona; supongo que para darle más énfasis a la locura principil. He de reconocer que al principio me ha desconcertado un poco, pero ya para el final le he ido cogiendo el hilo.
Sí, es un estilo un poco raro y como habrás podido comprobar no es para nada el mismo estilo que el de Shaedra, aun a mí me desconcierta un poco cuando lo releo Tongue

Quote:Así que nada, esperemos a la revuelta donde el príncipe reclame por fin su trono y donde se desvelen los verdaderos motivos de su nombramiento y la vil traición de su hermano. O igual todo transcurre de una forma más calmada, quién sabe...
Bueno, es una mezcla de momentos tensos y momentos tranquilos, hasta al final, que se desencadenan los acontecimientos. Ya se verá si el príncipe retoma su trono… o no Big Grin

Gracias por comentar!
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#8
Aquí va el segundo capítulo, preciso que pasan cinco años entre ambos capítulos.

Capítulo 2: Los juegos de la inocencia

Un pañuelo blanco en la mano izquierda, con la otra alzada hacia el público, el Príncipe Loco adoptó una pose teatral. Todos los espectadores retenían la respiración, expectantes. Agitó el pañuelo y surgió de él una paloma blanca. Se oyeron exclamaciones admirativas. La paloma hizo un círculo alrededor de los espectadores, que la seguían con la mirada, y fue a posarse finalmente sobre la cabeza del elfo, quien simuló una mueca cómica de desagrado. La paloma soltó un arrullo indiferente. La gente se rió, divertida.

A continuación, el elfo loco puso dos dedos en la boca y silbó ruidosamente. De su capucha escondida salieron decenas de mariposas multicolores. La paloma fingió asustarse y voló muy alto en el cielo azul antes de descender y desaparecer entre los árboles. Las mariposas la imitaron, como persiguiéndola.

Un trueno de aplausos siguió la función. El elfo loco se inclinó profundamente varias veces, alegrándose de ver brillar la fascinación en los ojos de los más jóvenes. No era ni mucho menos la mejor función de aquellos días, pero eso no parecían haberlo notado los niños, los cuales reclamaban que apareciese la ardilla. Pero la ardilla, hoy, había decidido que hacía demasiado calor para trabajar en buenas condiciones.

Así que recogió su “bolsa de magia”, como la llamaba él, se la puso al hombro y se encaminó silbando hacia el palacio. Otras mariposas salieron de su capucha y dos gorriones salieron de sus mangas diciéndole hasta luego. Los niños soltaron exclamaciones de alegría. ¿Qué podría merendar hoy?, se preguntó mientras avanzaba con paso ligero. Seguramente Loe lo invitaría a tomar una taza de chocolate caliente. Hacía calor, era verano, pero Loe tomaba siempre su taza de chocolate, aunque los horizontes empezasen a hervir y los guardias a sudar bajo sus armaduras. Curiosas costumbres, las de Loe. No era un loco, como el Comandante Morris o él mismo. Loe era un palafrenero. No todos los palafreneros tenían la posibilidad de beber chocolate todos los días, pero Loe, siendo el hermano del capitán de la guardia real, tenía más de una comodidad.

—¡Mago! —exclamó una voz infantil detrás de él—. ¡Mago!

Se giró hacia la vocecita y vio a una pequeña elfa rubia que corría hacia él.

—Mago —repitió, jadeante y sonriente, deteniéndose ante el elfo loco—. Eres… eres… ¡genial!

El elfo loco la miró y se echó a reír, desordenándole el cabello afectuosamente. Y retirando la mano, le tendió una hoja de roble.

—Guárdala en un lugar seguro.

La niña cogió la hoja como un tesoro delicado y preguntó:

—¿Qué es?

—Magia —contestó el mago. Y sonrió con aire misterioso antes de empezar a subir las escaleras de piedra hacia la larga terraza. Tal vez una taza de chocolate no sea lo ideal. Tal vez baste con escuchar el trino del olistrán.

Pan de avena para ti,
y para mí una canción
que llene mi corazón
con un arrullo feliz.

La música alimenta el alma, como dice la poetisa Medélami. Aunque así y todo tal vez uno de esos pastelillos que hace Sirma, la cocinera…

—¡Mago! —lo llamó la pequeña elfa rubia, corriendo tras él—. Mago, ¿qué es la magia? ¿Cómo puedo hacer yo magia? ¿Es verdad que hablas con los animales? ¿Qué te dicen? ¿Es verdad que sabes hacer que llueva?

El elfo loco llegaba arriba de las escaleras, sumido en sus pensamientos, pero la última pregunta lo hizo enarcar una ceja. ¿Hacer que llueva? Tin, ton, las gotas de agua contra las cristaleras. Ojalá fuese posible con un día tan caluroso como aquel. Levantar los manos hacia el cielo y hablarle como a la paloma blanca. Decirle: llueve. A lo mejor se anima y nos descarga un aguacero. Invocar agua desde cero. ¿Por qué no?

—¡Aletella! —clamó una voz profunda—. ¡Ven aquí inmediatamente!

El elfo loco se sobresaltó y miró a su alrededor. La terraza estaba llena de sombrillas y cortesanos. Estos últimos lo observaban atentamente, algunos con curiosidad, otros con evidente asco, otros con lástima, y los más estaban tan apabullados por el calor que parpadeaban bajo las sombrillas y se abanicaban en un movimiento regular. La pequeña elfa rubia se precipitó hacia un elfo de porte elegante y desenfadado que la acogió con un brazo protector mientras sus sirvientes lo abanicaban con dedicación. Sus ojos se cruzaron con los del elfo loco y, mientras su rostro quedaba impasible, sus pupilas expresaron un destello incomprensible. Tal vez repulsión, ira, rencor contra un hermano del que no consigue deshacerse. Deshazte de mí y el mundo será enteramente tuyo. ¿Acaso te estoy robando algo sin saberlo? ¿Mi vida te atormenta? No creo que tanto como tú me atormentas a mí. Que te den, reyezuelo impávido, cruel muñeco de papel…

—¿Qué has estado diciéndole a mi hija? —preguntó el rey.

Un miedo atenazante invadió al elfo loco. Terribles sentimientos del pasado volvieron a asaltarlo. “Humíllate ante quien te ha perdonado la vida”. Cayó de rodillas y se tumbó, levemente tembloroso, ante el reyezuelo, agachando la cabeza para no verlo. ¡Fuera de mi vista, muñeco de papel! ¡Fuera de mi mente, oh pasado traidor! El elfo loco balbuceó unas palabras inintelegibles. Se oyeron unas risas.

—Le has asustado —intervino la bella princesa rubia—. Él es un mago. No es bueno dar miedo a un mago. A mí me ha dado magia.

Con el rabillo del ojo, el elfo loco vio que la niña le enseñaba a su padre la hoja de roble. Las comisuras de los labios del rey se levantaron pero sus ojos permanecieron fríos. Nieve en verano. Muerte del pasado. Resonaron unas risitas, como silbidos de serpientes en medio de una música letal.

—Eso es una hoja, mi cielo. No es magia. El mago no es más que un ilusionista. Ya te he dicho que no deben engañarte las apariencias. Venga, vuelve a tu lección de flauta. No deberías estar paseándote por aquí.

—¡No! —exclamó la princesa, a punto de echarse a llorar—. El mago dice la verdad. Habla con los pájaros. Y con las ardillas. Y los animales hacen lo que quiere que hagan. ¡Te lo juro, papá!

—¡Aletella! Compórtate como una princesa —la recriminó su padre con el gesto severo. Bajó los ojos hacia su hermano caído—. Tú. Di, ¿hablas con los pájaros?

Ojos entornados. Loco, ¡dime quién es el rey! Su Majestad Oledrié Da-Kin. Olé, olé. Silbidos y preguntas en las mazmorras frías. ¿Quién es tu rey? Su Majestad Oledrié Da-Kin. ¿Lo reconoces? Sí. Siseos susurrantes. ¿Lo reconoces? sí. Gemidos quejumbrosos. Ojos desorbitados. ¿Eres el Príncipe Loco? … Chirridos en la sombra. ¿Eres el Príncipe Loco? Sí. Sí, ¡soy el Príncipe Loco! ¿Y hablas con los pájaros?

—Sí. —El elfo loco se percató del error antes de que el rey abriese la boca, consternado—. ¡No! —exclamó—. Soy un loco. No soy un mago. Nunca… nunca lo he sido —insistió tartamudeando y abriendo los ojos como platos, aterrado. ¡Oh, triste pasado! Ojalá no hubieses construido un nido tan alto.

—¿Lo ves, querida? Los pájaros no hablan.

—Pero… pero —decía la princesa.

—Cielo, ve ya a tu lección —la interrumpió el rey con dulzura. Un Cielo grave y amoroso. Ojalá me hubiese llamado Cielo a mí también.

La princesa se repuso, asintió y se alejó corriendo por la ancha terraza que rodeaba el palacio. Una hoja que vuelve y otra que se va. El elfo loco sonrió. La princesa rubia había guardado la hoja de roble en su bolsillo.

Su sonrisa desapareció cuando levantó de nuevo la cabeza. El rey se había alejado hacia el jardín con su séquito. Antes de desaparecer por las escaleras, una elfa elegante de ojos azules echó un vistazo rápido e indiferente al elfo flaco y trémulo inclinado en el suelo. Eikasia, bella hermana de sangre real, falsa sonrisa, falsa beldad que esconde un corazón de piedra. Marchaos lejos de aquí. Rey papel, ¡infeliz pastel!

El elfo loco se levantó ágilmente, recogió su bolsa de magia y cruzó la terraza. Pasó por el pasillo de alfombras canturreando y se metió en la cocina buscando algún pastel.

—¡Sirma, oh bondadosa amiga y bienaventurada! —exclamó con una gran sonrisa, mientras agarraba un pastelito y le daba un suave mordisco—. Tan dulce como las aguas y bello como la flor. ¡Diez puntos le pongo yo!

Resonó una risa franca. Sirma, la cocinera, surgió de la despensa cargando con un pesado saco de harina.

—Menos poesía y más actos, muchacho. Ayúdame a llevar esto.

El elfo loco realizó una reverencia teatral. Sirma era la bondad en persona. Madre de todas las almas. Mejor que Serilea, la diosa de la Vida. Hacía unos pasteles deliciosos.

—Con las manos, los pies y mis ojos, te ayudo cómo y cuando quieras, Sirma, ¡con toda mi pasión!

Se precipitó hacia ella para ayudarla mientras ella meneaba la cabeza, sonriente.

—Será mejor que no hagas nada con los pies, querido. Déjalo ahí, sobre la mesa. Hay que hacer más pan. Esta mañana, se nos acabó la harina. Sin harina, en el Palacio de la Flor, ¿te das cuenta? Increíble que no sepan prever las cantidades necesarias. Y como el panadero no está aquí a la tarde, el trabajo será todo para mí. ¿Ves qué poca organización? Este palacio no es como era antes, muchacho. Hace veinte años, esto no pasaba.

—Hoy la harina es de otro costal —aprobó el elfo loco, posando el pesado saco sobre la mesa.

Sirma rió.

—Siéntate y come tantos pasteles como quieras. ¿Qué tal los jardines?

—Hornos floridos —contestó. No cogió más pasteles, pero se sentó a la mesa mientras Sirma aunaba todo lo necesario para hacer pan.

—Es cierto que afuera hace un calor asfixiante. ¡Qué verano! Pero eso sí, el… la piscina está llena de agua todos los días.

El elfo loco esbozó una sonrisa. Sirma había estado a punto de decir “el rey”. Siempre evitaba hablar de él. Todo un detalle. Sirma, oh bello espíritu, ¿por qué en vez de amasar el pan no gobiernas nuestro reino? Pero no. No vale la pena. El reino no merece la bondad de Sirma. Que cada cual se gobierne solo. Aquí no hay lugar para sacrificios de una vida. Ni la mía ni la de los demás.

Siguió hablando Sirma, y el elfo loco la escuchaba y se levantaba de cuando en cuando para ayudarla. Cuando pasaba junto a ella, jugueteaba con uno de sus rizos y le murmuraba un verso al oído. Sirma reía y trabajaba. En un momento, un ratón apareció en los rincones y, sin que lo viese la cocinera, el elfo loco le dio un trozo de pastel y lo guió suavemente hasta la salida. Se pide pero no se roba.

Cuando ya el pan estuvo en el horno, el elfo loco se despidió de Sirma y se encaminó alegremente hasta su cuarto, una habitación pequeña pero cómoda. A falta de tapices, el elfo había pintado todos los muros, y hasta el techo, con colores feéricos. En una mesilla, guardaba todos los tintes que había ido fabricando con pigmentos sacados del bosque. Nadie entraba en su cuarto salvo alguna que otra paloma, y porque se lo permitía. Era su refugio personal. Su hogar. Ahí meditaba en voz alta durante las horas de la noche. Cuando dormía en su cama, apenas tenía pesadillas. Si había tormenta, se acurrucaba entre las mantas y silbaba una melodía alegre para rehuir el miedo. Si llovía, las paredes sonreían, y cuando el alba llegaba, los ojos de ardilla dibujados en el techo parpadeaban, desperezándose y diciéndole: ¡arriba, dormilón!

Qué vida. A la mañana, el elfo loco paseaba por el bosque. A veces, Sazún aparecía y se unía a él. Diez años habían pasado desde su caída en desgracia, pero ahí seguía, leal a su rey aunque el mismo le asegurase que ya no era rey, sino tan sólo un loco más. ¡Cuánto ha tenido que sufrir Sazún al verme salir, aquel día, de las mazmorras del palacio! Su rostro sonriente jamás ha dejado de tener un no sé qué melancólico y triste. ¡Ah, Sazún, amigo mío! Amigo que hubiera podido vivir dignamente y feliz si hubiese elegido otro camino menos blanco. ¡Ah, Sazún, tierna paloma en un mundo de lobos siemprehambrientos!

Sin embargo, su viejo preceptor venía cada vez menos. Sus ojos estaban rodeados de ojeras y cada vez que el elfo loco hablaba, un velo de tristeza los cubría, como si estuviese imaginándose qué hubiera sido de todos si quien hablaba de flores y brisas a su lado jamás hubiese sido traicionado. Tal vez todo fuera mucho mejor, o mucho peor. No le des vuelta a los talveces y quizases, mi buen Sazún, hay tantas posibilidades. Pero lo que cuenta es la realidad. Quién diría que es un loco quien lo piensa. Lo importante es el presente. Es aquella rosa que ha perdido un pétalo. Aquel roble que ha soltado una carcajada al ver revolotear una mariposa junto a una rama. El pasado no trae más que pesadumbres y penas, Sazún. Olvídalo y sigue cuidando y amando a tu familia.

A la tarde, el elfo loco salía con su bolsa de magia y los niños del Palacio de la Flor huían de sus profesores y de sus juegos de siempre para ir a verlo. «¡El Mago, el Mago!» Ya no lo llamaban el Príncipe Loco. «¡Va a venir la ardilla! ¡Van a venir las ranas!» Toda una banda de chiquillos corría por los jardines hasta ver al extraño elfo, de pie, con una rosa en la mano, silbando para llamar a las aves. Tal vez no hablase con los pájaros, como aseguraba la princesa Aletella, pero hablaba con la magia.

Los niños se sentaban alrededor del mago y cuando éste alzaba las manos, callaban, boquiabiertos. ¡Qué hermoso es ver brillar la ilusión en unos pequeños rostros redondos! Hasta la princesita rubia venía a veces, escapando de sus lecciones, para ir a verlo. Y sonreían todos y se abalanzaban sobre él cuando el espectáculo había terminado, siguiéndolo hasta la terraza. Entonces, el elfo loco les contaba una historia con una voz susurrante y unas mímicas graciosas. A veces bailaba como un duende y a veces se sentaba en la piedra y cerraba los ojos, pidiéndoles a los niños que escuchasen el latido del mundo. Y ellos, al contrario que los adultos, cerraban los ojos y escuchaban absortos, convencidos de que si el mago decía que la tierra vibraba y latía como un enorme corazón es que era cierto. Bellos amigos infantiles de corazón ingenuo, mirad la realidad. La realidad de la tierra, del viento y de la risa, de la bondad. Desviaos de las sombras, de los odios y de las ilusiones locas que pueblan el mundo que os espera. Cuánta nefasta quimera que todos debieran olvidar.

El verano se marchó y el otoño vino con sus lluvias y sus hojas muertas. Una tarde, después de haber devuelto la ardilla a su sombra boscosa y las ranas a su fuente rota, el elfo loco se paseaba por los pasillos del palacio saludando, silbando y admirando los tapices, y en una esquina, sentada junto a una ventana, vio a la pequeña elfa rubia, mirando llover.

—Buenos días, dulce lavanda, lluvia perdida —la saludó el elfo loco, quitándose su viejo sombrero y sonriéndole.

La dulce lavanda llovía también. Es decir, lloraba. Tenía los ojos azules brillantes y las mejillas rojas.

—Buenos días, Mago —contestó, reteniendo nuevas lágrimas.

¡Dioses! Imposible verla llorar así.

—¿Puedo hacer algo por ti?

La princesa negó con la cabeza.

—Todo el mundo puede hacer algo —insistió suavemente el elfo loco—. Incluso un Mago que no es mago.

—Sí que eres mago —replicó la niña, deslizándose del borde de la ventana hasta el suelo—. Eres mago y lo sabes. Otra cosa es que diga mi padre que estás loco. Pero yo no le creo —afirmó, desafiante.

El elfo loco la miró, sorprendido.

—¿En serio?

—En serio. Y ahora que lo dices, sí que puedes ayudarme. Sígueme —le ordenó—. Quiero enseñarte algo.

El elfo loco asintió con la cabeza y la siguió por los pasillos. Ella caminaba como una princesa, con decisión. Él zigzagueaba para rozar con una mano alegre los tapices de los pasillos. Sin embargo, cuanto más avanzaban, más ralentizaba. Al cabo, la princesa se giró, ladeando la cabeza.

—¿Qué ocurre, Mago?

Diez años. Hace diez años que no me acerco tanto a la Gran sala y al edificio principal del palacio. Qué locura seguir a esa niña hacia el pasado. No puedo continuar.

—No pasa nada.

Los ojos de la niña brillaban, interrogantes. El elfo loco había hablado, contemplándolos como absorto, y la princesa sonrió. Se acercó y le cogió la mano.

—Venga.

Estiró y el elfo continuó. Lo guió por unos pasillos todavía más lujosos y el elfo loco ya no se atrevía ni a tocar aquellos tapices desconocidos. Los sirvientes que cruzaron fruncían el ceño. Una dama se tapó la boca para esconder una sonrisa de burla. La princesita condujo al elfo loco hasta una pequeña sala llena de plantas, y cerró la puerta.

—Este es mi jardín —declaró—. Le pedí a papá uno y me lo dio. Pero le faltan palomas. Y le faltan ranas. Quisiera que trajeses aquí a los animales. Para que me hagan compañía.

El elfo loco cerró los ojos y escuchó el susurro de las plantas.

—No —dijo—. Una paloma no puede vivir encerrada, princesa. La paloma debe ser libre. Y aquellas plantas debieran ser libres también y sonreír, vivir y morir bajo el sol. Aunque tal vez… —El elfo sonrió—. Tal vez conozca a una rana que quiera hacerte compañía. Es una rana extraña, muy buena amiga mía. Pero tendrás que cuidarla muy bien.

El rostro de la niña, que al principio había reflejado sorpresa por la negativa, se iluminó como un sol de primavera.

—¡Así que sabes hablar con las ranas!

—Yo no les hablo. Ellas me susurran a mí. Tan sólo hace falta escuchar.

—Escuchar la tierra —asintió la princesa, recordando gravemente las palabras del elfo loco—. Quiero ver esa rana. Y quiero que me digas su nombre.

—El nombre poco importa —le aseguró él—. Nadie tiene nombre. Todos somos. Eso es lo importante.

La princesa sonrió con una mueca infantil. Ya no lloraba.
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#9
Buenas Kaoseto, pues aquí estamos de nuevo con el segundo capitulo del pobre elfo loco. Como en el capitulo anterior, se lee del tirón; narrativa muy amena y fluída, a pesar que el lírico no es el tipo de lectura que más me atraiga, consigues transmitir muy bien (además de algunas frases que has armado que me han sonado muy bellas) todos los sentimientos y tormentos según la visión del Elfo Loco. Como te comenté, me parece muy original este estilo de texto, la mezcla de perspectivas, pasando de una narración normal a una más poética, le dan un punto añadido a la vida del Elfo (y a su carácter) En este trozo podemos ver mejor la relación que tiene con el resto de los ciudadanos (lo que da la sensación de paria, a pesar de su posición social) Lo que le aconteció dos años atrás lo ha marcado seriamente. Debe de haber sido algo sumamente traumático para él. Su hermano (el actual rey) se ve que es un cabró.... de cuidado, posiblemente en relación a lo sucedido anteriormente en el tiempo. Vamos conociendo poco a poco los tormentos y miedos del elfo, pero también sus gozos y alegrías. Es un tipo bastante particular, la verdad. Esperaremos a ver como se siguen desarrollando los acontecimientos, aunque por el momento la historia pinta muy bien. ¡Un saludo y nos leemos!
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#10
Buenas, fardis! Sí que es un tipo peculiar, el elfo loco, sí. Ya te digo, a mí me desconcierta cada vez que leo trozos del relato, es lírico y a la vez el ambiente real del palacio es realista, es una mezcla que me pareció curiosa, aunque tan sólo la vi luego, al releerlo. Y vamos, increíblemente, me ha afectado escribir tantas veces «el elfo loco» porque ahora más de una vez me ha pasado que se me colasen «elfos locos» en lugar de «elfos oscuros» en mi saga, jeje, es para armarse un lío XD

Gracias por comentar!

Nos leemos,
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