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Reto Feb20: Despiadado
#1
—Cuidado, Drogan.

Drogan caminaba arrastrando los pies y con la mirada perdida. A su lado, Iosh lo apartaba antes de que se chocase con algún transeúnte despistado, ya que cualquiera que se fijaba en él lo evitaba sin mucho disimulo.

Y es que la apariencia de Drogan había cambiado mucho en los últimos tiempos. Ahora una sucia y descuidada barba le cubría el rostro y se había dejado crecer el pelo como una mujer. Sus ropas, desgastadas y rotas, podrían haber pasado por las de un mendigo. Hasta el brillo aterrador de sus ojos castaños se había apagado.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir así?

—¿Cuántas veces más me lo vas a preguntar?

—Las que hagan falta para sacarte de este estado —respondió Iosh.

Drogan soltó un bufido e intentó apartar a su compañero. Un porteador que pasaba a su lado recibió el empujón.

—Mira lo que haces, maldito borracho —gritó mientras se alejaba a toda prisa.

Eso es lo que parezco, pensó, un maldito borracho. Pero por mucho que bebiese no conseguía ahogar sus penas en alcohol. Por alguna razón nunca había conseguido emborracharse como los demás, lo que le había privado de mucha diversión en el pasado y aumentó su sufrimiento durante mucho tiempo. El dolor lo desgarraba por dentro, día y noche, y solo conseguía dormir cuando el cansancio acababa con él. Su alma estaba rota y no había cola capaz de pegarla.

—Tienes que encontrar algo por lo que vivir.

—¡Qué más da! Ella ha muerto. —Tambaleándose se dirigió hacia un callejón donde nadie pudiese ver las lágrimas que se formaban en sus ojos—. Lo dejé todo por ella y ahora ya no está.

Iosh bajó la cabeza. Sentía la pérdida tanto como él. Estaba enfadado consigo mismo por no poder sacar a Drogan de aquella espiral autodestructiva en la que se había metido desde la pérdida de Rihana.

—Eh, tú, escoria. ¿No sabes que no se puede mendigar en territorio de los Sombras?

¿Tanto había andado para llegar tan lejos? ¿Acaso no era suficientemente grande la ciudad como para que sus pasos le hubiesen llevado hasta allí?

—Ya nos vamos —dijo Iosh a modo de disculpa.

—¿Es que no me has oído?

Drogan se giró y miró a los tres tipos que tenía delante sin levantar mucho la cabeza. Cuando fue a pasar junto a ellos, el que había hablado le dio un empujón que lo lanzó hasta la pared.

—Vas a tener que pagar la tasa si quieres salir de aquí con vida. —Los otros dos se rieron—. Así que ves sacando todo lo tengas, no me gusta rebuscar los bolsillos de un cadáver.

Drogan levantó la barbilla para verlos bien. La furia empezaba a regar sus músculos y a nublar su razón.

—No, Drogan, tranquilízate. Estás muy débil y ellos son tres.

—Me da igual, ya no tengo nada más que hacer aquí.

La sonrisa de los tres matones se volvió un tanto estúpida y se miraron entre ellos sin comprender.

—No es más que un loco —dijo el de la derecha.

Pero el de la izquierda, un veterano al que le faltaba una oreja, abrió mucho los ojos al reconocerlo.

—Maldito hijo de puta —dijo señalando a Drogan y adelantándose unos pasos—. Pensaba que este día no llegaría nunca.

—¿Qué dices, Todd? —preguntó el más joven.

—¿Es que no sabéis quién es? Es Drogan, el Despiadado.

Sus compañeros se pusieron rígidos y se llevaron las manos a sus espadas. Drogan, el Despiadado, era el antiguo jefe de su organización. Aquellos dos habían oído muchas historias, cada cual más terrorífica que la anterior, del hombre que encumbró a los Corredores de las Sombras y que posteriormente los abandonó por una mujer.

Mientras, Drogan ya había evaluado la anchura del callejón y la disposición de los obstáculos. Si sacaban sus espadas apenas tendrían espacio para luchar. Iosh, que supo al instante lo que iba a ocurrir, sacudió la cabeza y se apartó unos pasos hacia atrás.

—¿Me recuerdas, bastardo? —preguntó Todd señalándose la cicatriz donde debía haber una oreja.

—No suelo fijarme en las mierdas que cago.

Y todo estalló. Los tres hombres sacaron sus espadas, pero Drogan ya se había abalanzado sobre Todd. Con una mano bloqueó el brazo de la espada y con la otra le quitó la daga que llevaba al cinto. Todd intentó revolverse sin éxito, aunque consiguió agarrar la mano en con la que el Despiadado le había quitado la daga. Los otros dos, que no encontraban un buen ángulo por donde introducir la espada, no se atrevían a lanzar ninguna estocada por miedo a herir a su compañero.
Entonces Drogan le mordió la única oreja que le quedaba a su adversario y se la arrancó de cuajo. Los gritos y la sangre que manaron de la herida sembraron más dudas todavía entre los otros dos, convencidos ahora de que se enfrentaban a una suerte de fantasma del pasado.

—Ya no la necesitarás —dijo Drogan tras escupir la oreja y, aprovechando el momento de debilidad de su adversario, clavarle la daga en el abdomen, rajándole los intestinos y dejando que la sangre y vísceras se derramaran por el suelo.

El Despiadado se plantó ante los otros dos como un gigante ante un sabroso bocado. Antes de que pudiesen reaccionar se abalanzó sobre uno de ellos y le incrustó la daga en la garganta, dejando que emitiese unos gorgoteos antes de morir. El otro, atrapado entre la pared y aquella bestia asesina, dejó caer la espada y levantó los brazos.

—No, por favor, no me mate —suplicó.

Cuando estaba a punto de hacer honor a su antiguo apodo, Iosh le colocó la mano en el hombro.

—Míralo, es solo un chaval.

Todavía con la adrenalina recorriendo con frenesí su cuerpo, Drogan iba recuperando el control poco a poco, hasta que con un movimiento de cabeza le indicó al pobre chico que podía irse. Cuando desapareció tras una esquina, Drogan miró a su alrededor, a los dos cadáveres todavía calientes que se vaciaban de sangre. Había vuelto a matar, ocho años después, y no se sentía mal por ello.

Unas palmadas al fondo del callejón captaron la atención de los dos compañeros. Poco a poco se fue perfilando la figura de un hombre corpulento, de pelo largo recogido en un moño y rasgos duros. Vestía una casaca roja y pantalones negros. Tal vez demasiada ropa para la época del año en la que se encontraban.

—Pensaba que te habías vuelto un tendero, no un carnicero —dijo con una voz profunda.

—Maldita sea, Karren, ¿qué haces aquí? —preguntó Iosh colocándose entre Drogan y él.

—Nada, pasaba por aquí y me he acercado al escuchar los gritos de agonía.

—Sí, como el carroñero en busca de alimento —dijo desafiante—. Ya puedes volver a tus asuntos.

Karren amplió la sonrisa hasta llegar casi a las orejas.

—Eso es lo que he hecho, volver a mis asuntos.

Iosh endureció su rostro y lo amenazó con el dedo índice.

—¡Largate! No te queremos aquí. Ya nos causaste mucho dolor y sufrimiento en el pasado. Te rechazamos, ¿lo recuerdas? —Luego, tras una pequeña pausa, señaló a Drogan—. Ha cambiado, ya no es como lo conociste.

—¿Qué? —Una mueca de incredulidad burlona se esbozó en el rostro del recién llegado—. ¿Pero a quién quieres engañar? Nunca supo hacer nada más. Es el hijo de Dragnar, el Invisible, el mayor asesino que ha conocido esta ciudad.

—Los hombres puede cambiar. Y así lo ha demostrado todo este tiempo que has estado alejado de él.

—Vamos, despierta. —Karren empezó a caminar de un lado a otro del callejón gesticulando con las manos, como si estuviese contándole una historia a un niño pequeño—. Jasper, el molinero, es hijo de Jhelmo, molinero, que a su vez heredó el negocio de su padre, que resultó ser molinero también. Rolmar, el tabernero, está formando a su hijo para regentar la taberna y a su vez él la heredó de su padre.

El tono condescendiente que empleaba Karren exhasperaba a Iosh.

—Un hombre elige su propio destino. Ser hijo de un asesino no implica que tengas que ser un asesino. Algo que a veces cuesta de ver —dijo Iosh con un deje de tristeza.

—¿Ah, sí? ¿Haciendo qué? ¿Llevando un puesto en el mercado?

—Al menos es una vida honrada.

—¿Y? La vida hay que vivirla y esos oficios apagan a los hombres. Dejan pasar su existencia, venta tras venta, sin que eso les haga sentirse vivos. ¿No es así, Drogan? —dijo Kerran asomándose por encima del hombro de Iosh para poder verlo mejor.

—Esa vida ha causado mucho mal. —Iosh empujó a Karren y se acercó a su amigo. Le tomó el rostro entre las manos para que le mirara a los ojos—. Recuerda por qué lo dejaste y qué querías, Drogan.

—¡Eso! —gritó Karren a su espalda, en un susurro—. Recuérdalo porque ya no lo tienes. Volveremos a ser el de antes. Es momento de vivir la vida de nuevo.

—¡Callaos los dos! —gritó Drogan—. Me dáis dolor de cabeza.

—Escúchame. Te estoy ofreciendo un motivo por el que vivir. ¿Acaso no es eso lo que estás buscando?

Drogan se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer, repentinamente débil. Lloró amargamente por su esposa fallecida como hacía todos los días. Lloró también por su hijo no nacido, y que se había llevado a su madre con él. Pero en esta ocasión el llanto fue más profundo, sentido y largo, como si de alguna manera se estuviese despidiendo de ella. Karren tenía razón, necesitaba un motivo para vivir, y ese motivo había sido distinto en las distintas etapas de su vida. Había levantado una cofradía hasta dejarla en lo más alto. Había amado como nunca antes lo había hecho. Y ahora era el momento de recuperar lo que dejó atrás: su gremio.

Con las ropas manchadas de sangre que le había quitado a uno de los muertos y el pelo largo recogido en un moño, Drogan se dirigía a la que durante muchos años había sido su casa. En la calle del Olvido, un callejón estrecho y fácilmente defendible, estaba la entrada a la sede de Corredores de las Sombras.

—Al menos entremos por la parte de atrás  —dijo Iosh con cierto disgusto en su voz.

—¿Por detrás? ¿Acaso nos estamos escondiendo de algo? Vuelves a ser Drogan, el Despiadado. Tú no entras por la puerta de atrás —dijo Karren pasando el brazo sobre los hombros de su antiguo amigo y sacudiéndolo con camaradería.

Drogan se libró del brazo, todavía algo inseguro de la decisión que había tomado. El dolor de cabeza había remitido mientras caminaba por la ciudad, pero en aquellos instantes le estaba volviendo.

—Te recuerdo que Drogan entra por donde cree más conveniente. No es el orgullo precisamente lo que lo mantuvo vivo tantos años al frente de la organización.

—¿Orgullo? No es una cuestión de orgullo, nenaza. Solo hay que tener decisión en lo que se hace y todo lo demás viene rodado.

—Callaos de una vez. —El Despiadado se paró y se masajeó las sienes en un vano intento de que el dolor remitiera—. Necesito estar sereno durante la próxima hora, así que estaos calladitos y dejadme a mí.

Drogan se dirigió a un oscuro callejón. Allí, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos mientras estiraba las articulaciones de las muñecas, brazos y piernas, empezando un ritual que dejó de practicar cuando conoció a Rihana. El dolor le atenazó de nuevo el corazón; su mero recuerdo le creaba un nudo en la garganta. Por ella lo había dejado todo y se había convertido en el hombre que siempre quiso ser. Incluso sus explosiones de ira desaparecieron. Pero Rihana ya no estaba, ni volvería.

Consciente de que no hacía más que inflingirse dolor, se dio unas bofetadas y se golpeó la cabeza contra la pared. Rihana ya no estaba y no había nada que hacer. Aquello era pasado y pensar sobre eso solo le producía angustia y desesperación. Era hora de volver a la antigua costumbre de no pensar.

Se pasó las yemas de los dedos por las cejas, se estiró las orejas y giró la cabeza en círculos, completando así el ritual que seguía cada vez que iba a realizar un trabajo.

Salió del callejón y se acercó hasta la puerta de la organización, donde en aquellos momentos había un grupo de cuatro personas hablando. Reconoció a dos de ellos, a Risitas y al Moreno, que debía estar comentando algo muy gracioso a juzgar por las sonoras carcajadas de los demás. Carcajadas que se helaron en el rostro de Risitas y su tono de piel perdió el color rojizo que había adquirido. Los demás se giraron sin comprender. Cuando el Moreno dejó de reír y tragó saliva, los otros dos entendieron que algo grave pasaba.

—Echando unas risas, ¿eh? Eso está bien, hay que mantener la moral alta entre los soldados, ¿verdad?

El siempre parlanchín Moreno había enmudecido.

—Bueno, sí —dijo Risitas con indecisión mientras jugaba con la hebilla de su cinturón—. Ya sabes que el Moreno siempre tiene buenas historias que contar. ¿Qué te trae por aquí?

Drogan se puso serio.

—He oído que durante mi ausencia Iulius ha estado calentando mi silla —y mientras hablaba, le pasó el brazo por encima del hombro y lo llevó hasta la gruesa puerta con mirilla—, y como ya he vuelto vengo a sentarme de nuevo en ella.

Risitas, en un acto reflejo, intentó tragar saliva, pero tenía la boca tan seca como una cuerda de cáñamo.

—Claro, Drogan. Ya sabes que yo siempre estuve de tu parte —dijo en un hilo de voz, intentando que los demás no le oyesen.

—Claro que lo sé, Risitas, por eso sé que ahora vas a llamar para que te abran y dejarme pasar, ¿verdad?

Unos sudores fríos recorrieron en cuerpo del bribón y las manos empezaron a temblarle débilmente. Cuando todo acabase Iulius querría saber cómo entró Drogan al edificio, y más de un dedo lo señalaría a él. Pero si no hacía lo que le pedía tampoco llegaría a ver ese futuro.

Con una sonrisa estúpida cincelada en lo que parecía ahora un busto de mármol, Risitas llamó a la puerta con una combinación de golpes. La mirilla se abrió y cerró, y la puerta se abrió. Drogan le dio unas palmaditas en la mejilla y entró.

Se suele decir que la gente cambia y que hay lugares que cuando los vuelves a ver después de un tiempo te parecen distintos. La base de la sede no es que pareciese distinta, sino que parecía otra. Habían cambiado la barra de lado y Gondar el Gordo ya no estaba tras ella. Ahora había un tipo flaco, con un parecido a un perro callejero que no debería tener ningún hombre. La sala, con un mobiliario completamente renovado, constaba de mesas y sillas robustas, y sus ocupantes, a pesar de reconocer algunos rostros que dejaron de reír, beber o hablar, parecían menos duros.

—Pfff, vaya pinta tiene ahora el lugar —dijo Karren.

Iosh permanecía callado. El lugar le gustaba mucho más ahora. Era más acogedor.

Drogan atravesó la sala en dirección a una de las puertas que había al otro extremo. Los matones que lo reconocieron se levantaron de su silla sin comprender lo que estaba ocurriendo. La mayoría eran rostros desconcertados ante el repentino silencio que se había creado en la sala, y miraban en silencio al hombre que con paso decidido atravesaba la sala y saludaba a algunos de los peores hombres que puede parir un mujer.

Cuando llegó frente a la puerta, un joven fornido se plantó delante de él. A pesar de haber visto la conmoción al entrar, no iba a permitir que entrase en la Sala de los Despachos sin ser invitado.

—¿Dónde crees que..?

No pudo terminar la frase porque Drogan le estrelló la frente contra la nariz y, aprovechando que se dobló como una bisagra, lo agarró por los hombros y lo proyectó hacia adelante dándole la vuelta. Los riñones del desgraciado aguantaron todo el peso de su cuerpo cuando se estampó contra el suelo y se quedó sin aliento y aturdido.

—¡Empieza la fiesta! —gritó Karren. Se colocó detrás de Drogan y fue a lanzarse sobre su espalda, pero Iosh lo agarró por detrás.

—De eso nada. Si entras tú entraré yo después, y ya sabes lo que ocurrió la última vez que eso sucedió.

Karren lo miró con desprecio y se sacudió.

—Aguafiestas —dijo mientras se colocaba de nuevo a uno de los lados de Drogan.

De una patada, el Despiadado abrió la puerta y pasó al interior de la Sala de los Despachos, larga y de techo bajo. Aquella sala había sido bautizada así por su padre y se debía su nombre a su doble función: se dirimían los asuntos importantes y se despachaba a traidores, rivales o desafortunados.

La quincena de personas que se encontraba reunida en su interior empuñaron sus armas y algunos desenvainaron. Drogan colocó las manos sobre el puño de las armas que había tomado prestadas de Todd y entró como un conquistador que vuelve a casa tras mucho tiempo fuera.

—Maldito bastardo —dijo alguien a su derecha.

Se paró y giró la cabeza para encararse con el autor de aquellas palabras. Grillak, el Violador.

—¿Qué? ¿Ya te ha crecido la polla que te corté?

Poseído por la ira, Grillak se abalanzó sobre Drogan con su característico main-gauge, lanzando varias estocadas donde instantes antes estaba el abdomen y pecho del Despiadado. Este esquivó sin dificultad mientras desenvainaba y atacó con brutalidad medida, cortando la carne del rufián en brazos y pecho, para finalmente con un tajo transversal, abrirle el cuello. La sangre empezó a emanar a borbotones y Grillak intentó taparse el corte pero el flujo encontraba el camino de salida entre los dedos. Cayó de rodillas y, sin ocultar la mueca de pánico, se desmoronó y murió.

Drogan siguió su camino hacia el final de la sala, donde rostros de reconocimiento y temor lo flanqueaban por igual. El  Sillón de Poder lo esperaba, así como el que ahora lo ocupaba.

Tres hombres formaron un fila delante de su objetivo. Los conocía a todos: Fattom, el Escurridizo, Tallos, el Descarnado y Bot, el ladrón de botas. Juraría haber visto cuando entró a Nanos, la Sombra, pero ya no estaba en la sala.

—Vaya, vaya, ¡qué alegría verte! Hacía tiempo que no pasabas a visitarnos y a saludar a los viejos amigos —dijo Iulius, el Leal, que ahora ocupaba el Sillón de Poder. Sus palabras parecían sinceras, pero Drogan lo conocía suficiente como para saber el veneno que destilaban.

—He estado fuera un tiempo —contestó mientras evaluaba la situación.

—No pierdas el tiempo y acaba con ellos en un ataque sorpresa. Ya sabes cómo va a acabar esto —le indicó Karren mientras señalaba hacia la puerta por donde habían entrado. La sala se estaba llenando de gente.

—El Leal siempre ha sido más dado a la palabra que a la violencia. No será difícil convencerlo —dijo Iosh dando un paso al frente.

—Querrás decir más dado a la traición.

—¡Callaos de una vez! Me provocáis dolor de cabeza.

—¡Ja, ja, ja! ¿Sigues oyendo voces en tu cabeza? —Iulius meneó la cabeza—. Hay cosas que nunca cambian, ¿verdad? Pero en cambio, otras sí. Te fuiste, dejando el sillón vacío. ¿A qué has venido? Además de matar a alguno de mis hombres —dijo en un ademán hacia donde estaba el cuerpo caído de Grillak.

—Mátalo ya.

—No pierdas la calma. Son muchos.

—La ley dice que el sillón no se pierde hasta que no se pierde la vida —dijo Drogan.

—¡Vamos! ¿Eso te dices por las noches? Nos dejaste por una mujer. Te largaste. No puedes venir ahora a reclamar lo que tú mismo abandonaste. De hecho, la ley ni siquiera contempla que se pueda abandonar el sillón si no es con la muerte.

—Haz que se trague sus palabras.

—Puedes convencerlo sin derramar sangre. Lo has hecho otras veces.

Drogan se llevó una de las muñecas a la sien. Estaba empezando a cansarse de aquella situación, pero eran muchos. Y si alguno más de los presentes se unía, podía darse por muerto.

—Iulius, tú también vas a abandonar el sillón sin morir —dijo apretando la empuñadura de sus armas.

El Leal se agitó como una serpiente a la que quieren sacar de su madriguera. Miró a un lugar al fondo de la sala y asintió.

—¡Cuidado! —gritó alguien.

Drogan giró la cabeza y por el rabillo del ojo vio como la Sombra disparaba una ballesta. El virote se alojó en su espalda, y si no hubiese sido por que se había movido estaría alojada en su corazón. Los otros tres se lanzaron sobre él y los repelió a duras penas. Cuando recuperó la posición pasó al ataque, con varias estocadas y fintas logró herir al feo de Tallos en la mano, inutilizándola, pero se llevó un corte en la espalda por parte de el Escurridizo. Debía acabar con él el primero. Detuvo y esquivó las nuevas acometidas de los dos hombres buscando un hueco en sus defensas, pero habían mejorado mucho desde la última vez que los vio en acción.

Y justo en el último momento pudo apartarse cuando una sombra salió entre el público y descargó una estocada con el rapier, pero no evitó que el frío metal penetrase en su muslo derecho. Retrocedió trastabillando hasta la pared; si lo acorralaban no tendría escapatoria.

Desde detrás de sus hombres, Iulius lo observaba triunfal. El combate estaba decidido. Todos podían verlo.

—Maldita sea, voy a entrar —le dijo Karren a Iosh—. Si no, todos moriremos.

Iosh asintió. Esta vez no había alternativa.

Con un grito salvaje Karren entró en el cuerpo de Drogan, seguido de Iosh.

Todos vieron cómo el desesperado rostro de el Despiadado cambiaba a una mueca salvaje y el jadeo desaparecía, al tiempo que sus iris eran recorridos por unas vetas rojas. Los que reconocieron aquel cambio dieron un par de pasos hacia atrás y miraron instintivamente la puerta de salida.

Con la furia de una bestia y la visión de un demente, Drogan se abalanzó sobre ellos en una tormenta salvaje de cortes y estocadas que anuncia sangre y muerte. A pesar de su superioridad numérica, los rufianes no pudieron impedir que la sangre brotara de sus rajados cuerpos y la vida se escapara por ellos. Aquel espectáculo de macabra violencia dejó un reguero de sangre, que incluso llegó a salpicar a los incautos que se habían quedado demasiado cerca de la masacre.

Todo pareció paralizarse cuando Nanos, la Sombra, se encontraba de rodillas, con los brazos inertes y las lágrimas brotando de sus ojos rasgados, pidiendo clemencia.

—¿Cómo me llamo? —preguntó Drogan.

Nanos supo con certeza de que estaba condenado.

—¿Cómo me llamo? —volvió a preguntar en un grito que inundó toda la sala.

—Dro…gan.

—Drogan, ¿qué mas?

Con la voz quebrada, atinó a responder:

—El Despiad…

Antes de terminar sus últimas palabras, Drogan le apuñaló con saña el cuello, estómago y corazón, convirtiendo la ya rojiza escena en un baño de ensañamiento.
Dejando tras de sí un rastro de muerte se dirigió hacia el sillón que volvía a ser suyo. Iulius ya no estaba, ni se le esperaba. Con el cuerpo lleno de cortes empapando las ropas prestadas, se sentó con cuidado de no apoyar el virote contra el respaldo. Uno de los pulmones estaba ya encharcado y tras el esfuerzo realizado, apenas podía respirar.

Miró a todos los componentes del gremio de ladrones y asesinos de los Corredores de las Sombras y, con voz silbante anunció:

—Mil rublos para el me traiga a Iulios vivo. Muerto valdrá menos.

La mayoría abandonó la sala, ya buscando la recompensa o bien por salir de aquel lugar infestado de muerte. Algunos necesitaban aire fresco.

—Has vuelto a tu pasado, Drogan. Ya no me necesitas —dijo Iosh con la voz herida.

—Eso, lárgate. Y si puede ser, no vuelvas —le espetó Karren. Se volvió hacia Drogan con una sonrisa triunfal—. Volvemos a estar juntos, tú y yo. Ya nadie volverá a detenernos.

Mientras, Iosh caminaba lentamente de espaldas, con la mirada fija en quien había sido su compañero desde que conoció a Rihana, hasta desaparecer en las sombras.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Nuestro primer relato del mes, que lleva unos días solitario sin que nadie le haga caso. Vamos allá.
La historia se centra en la vuelta de un antiguo jefe de cofradía de ladrones y asesinos, que tras la muerte de su mujer, decide volver a recuperar lo que considera todavía suyo. Para ello le ayudarán dos personajes, que finalmente se descubre que no son más que dosdoblamientos de su personalidad, o algo más. Al principio me chocó que nadie hiciese caso a estos dos, y lo achaqué a un despiste del autor. Luego lo comprendí todo, cuando Iulius le dice que está loco.
Es un relato sencillo en cuanto a trama, con clichés de fondo, que trata de sorprendernos con ese giro de la triple personalidad del protagonista. Al menos está entretenido y me sacado alguna sonrisa el cabrón de Karren. Eso sí, un poquito demasiado angelito bueno - diablillo malo.
No he visto errores y la prosa es correcta, sin que ninguna oración me chirriase por su construcción.
El final lo deja abierto, como preludio de alguno más grande, pero funciona bien como relato independiente. Cierra el relato en cuanto a su inicio, pero deja la puerta abierta a más.
Suerte!

NdT: espero que el autor no reclame puntos extra por San Valentín...
[Imagen: stormbringer4.jpg]
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