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[Fanfic] Las puertas de piedra #1- Crónica del asesino de reyes
#1
Prólogo
Un silencio triple
 
 
Amanecía. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple. El silencio más obvio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera habido un vendaval, el embate del viento habría hecho temblar las viejas tejas del techo hasta hacerlas repiquetear, habría azotado los cristales de las ventanas del primer piso y habría hecho crujir la desgastada madera de sus marcos. Si hubiera habido viajeros en las habitaciones, habrían roto el silencio con sus susurros apagados y con el murmullo de las sábanas. Si hubiera habido música… pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.
En la posada Roca de Guía, un individuo con las manos manchadas de tinta se removía inquieto en su lecho, aguijoneado por sueños de tiempos pasados que prefería no recordar. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y asustado, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.
El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas un largo rato escuchando, quizá empezaras a notarlo en las crispadas facciones del posadero, en los apagados crujidos que de cuando en cuando emitían los tablones de cama. Estaba en el aire que se mecía con la pausada respiración del hombre allí tumbado, que esperaba, paciente, el inicio del día.
El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y la febril actividad de su mente contrastaba con la calma y sutileza con la que se movía su cuerpo.
La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.
 
 
1
Un nuevo comienzo
 
 
Aquella mañana Bast estaba nervioso. La taberna estaba desierta, salvo por la única presencia del muchacho moreno, que, con la agilidad de un bailarín, deambulaba inquieto de una lado a otro de la posada, como un enamorado que espera impaciente la llegada de su amada, o quizá como un bandido que teme que las autoridades se le echen encima en cualquier momento. Sea como fuere, Bast estaba nervioso.
Pasado un rato se cansó de corretear por la taberna. Entonces se sentó en uno de los taburetes, se pasó la mano por la frente y respiró hondo. Frunció el ceño y se sumió en sus pensamientos, en sus profundas tribulaciones. En esas mismas tribulaciones que le habían desvelado en mitad de la noche y que ya no le habían permitido conciliar el sueño.
Pero entonces levantó la cabeza y vio, colgada de la pared, encima de la chimenea, la espada del posadero. “Delirio” podía leerse tallado en la madera. Un recuerdo que creía ya olvidado se deslizó entonces súbitamente en su cabeza, el recuerdo de un amigo hacía tiempo perdido, y durante unos momentos se sintió reconfortado. Bast paladeó este pensamiento, se recreó en él, deseo que se hiciera realidad. Un destello de alegría y felicidad brotó en su interior. Pero duró tan solo un instante y después desapareció.
Entonces oyó un ruido en la escalera. Su rostro se contrajo por la sorpresa, como si hubiese olvidado dónde se hallaba. Pero esa vacilación solo duró un instante.
—Buenos días, Reshi —saludó, y esbozó una sonrisa que enmascaraba a la perfección su inquietud.
Kote le devolvió la sonrisa desde lo alto de las escaleras.
—Hoy has sido muy madrugador —apuntó el posadero, suspicaz.
—Ya te imaginarás por qué, ¿no, Reshi? —dijo, y su sonrisa se ensanchó aún más.
Kote pareció pensarlo un poco y después dijo:
—Estás deseando que llegue a la parte en que te conozco, ¿verdad?
Bast asintió, petulante.
—Sabes que es una buena historia. Tú y yo, en el reino Fata, primero enemigos, después compañeros… —recordó Bast, con nostalgia.
Kote se había vuelto de espaldas mientras se ponía el delantal, pero Bast pudo escuchar su risa apagada. Luego el posadero pasó a la cocina, pero al cabo de un momento volvió a la sala.
—Bast, creo que oigo el carro del viejo Garrett traqueteando por el camino. ¿Por qué no te acercas y me traes unas cuantas zanahorias y algunas patatas? —le dijo con aire ausente.
—Ahora mismo, Reshi —dijo el muchacho, aliviado de tener algo con lo que distraerse.
—Pero escógelas bien, ya sabes que Garret es un poco fullero.
Bast asintió, divertido, y salió de la taberna.
 
 
Aquella mañana a Kote le apetecía estar solo. No, necesitaba estar solo, aunque solo fuera unos minutos antes de la llegada de los primeros clientes.
La historia que iba a contar ese día iba a ser amarga, angustiante y, en algunos momentos, agónica. Y no solo para él: también para Bast. A Kote no se le había pasado por alto la intranquilidad que perturbaba a su discípulo, aunque este la ocultara tras mil sonrisas. Pensándolo bien, sería una historia dura e intensa para cualquiera, incluso para Cronista. Por ello Kote se entregó a su rutina diaria en la posada. Eso le permitiría reposar, calmarse y despejar la mente.
Primero se encargó del pan. Encendió el horno y, mientras se calentaba, preparó la masa. Cuando todo estuvo listo, dio forma de hogaza al pan y lo metió en el horno. Entonces volvió a la taberna y barrió la ceniza que había quedado en el hogar de la noche anterior. Después colocó la leña en la chimenea de la pared norte y la prendió.
A continuación salió afuera y entró más leña. Cuando terminó, abrió las ventanas y aireó la sala; luego colocó las sillas en el suelo y pasó un trapo por la barra. Entonces se fue a la cocina y preparó unas salchichas y un poco de queso.
Mientras hacía todo esto, sentía como el cuerpo se le aflojaba. Por un momento se sintió relajado y contento. Sí, todo iría bien, pensó. Terminaría de contar su historia y Cronista se marcharía.
Enseguida se oyó el ruido de pisadas en el exterior e instantes después la puerta de la taberna se abrió de par en par. Tres hombres irrumpieron en el local y se acercaron a la barra, discutiendo y refunfuñando.
—¡Tehlu misericordioso! ¡Te digo yo que todo eso son estupideces! —Era la voz del viejo Cob, que destacaba por encima de las otras.
El posadero salió de la cocina en cuanto oyó el pequeño alboroto, con una humeante bandeja de salchichas en las manos.
—¿A qué estupideces te refieres? —preguntó Kote, con un deje de intriga en la voz.
—Cosas de Jake —dijo Cob con desdén, mientras señalaba al hombre que estaba a su lado—. Dice que ayer le pareció ver un escral cuando volvía del funeral de Shep.
—No sé lo que era —confesó Jake—, pero os juro que se movía como una de esas cosas.
El posadero hizo un gesto como quitándole hierro al asunto y los demás, tras burlarse un poco más de Jake y convencerle de que lo que había visto no debía ser otra cosa más que una comadreja, se olvidaron del tema. Los tres hombres se sentaron en sendos taburetes y Kote les sirvió salchichas, queso y pan, y les trajo unas jarras de cerveza.
Saltaba a la vista que los recién llegados no estaban de humor para continuar la conversación, y el motivo estaba claro. En un momento u otro, todos habían echado un vistazo al sitio donde había muerto Shep. El incidente en el que perdió la vida aún estaba demasiado reciente. Cob no estaba muy hablador y Graham apenas levantaba la vista de su jarra.
Solo se rompió el silencio cuando Jake se quedó mirando el rostro de Kote con los ojos entornados.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —preguntó, y todos levantaron la vista hacia el posadero.
—Ah, esto —dijo Kote, sin darle importancia—. No es nada, solo el resultado de una caída estúpida.
—Pues menuda caída —murmuró Cob.
El posadero sabía que esta respuesta apenas les convencería, pero Jake y Graham se encogieron de hombres y volvieron a su plato, y Cob hizo rodar los hombros mientras apuraba su jarra, y no insistió más en el asunto.
Pocos después terminaron el desayuno, pagaron la comida y se fueron tras despedirse afectuosamente de Kote.
 
 
 
En cuanto todos salieron por la puerta, Cronista asomó la cabeza en lo alto de la escalera.
—¿Estabas esperando con la oreja pegada a la puerta? —preguntó el posadero, burlón, en cuanto advirtió su llegada.
—No quería más interrupciones —refunfuñó el escribano, mientras bajaba las escaleras y se sentaba en una de las mesas—. He de terminar este asunto hoy mismo. El conde de BaednBryt debe de estar maldiciendo mi nombre.
Kote se encogió de hombros, divertido, y siguió limpiando las copas.
—¿Dónde está su ayudante? —preguntó Cronista distraídamente, tras echar una ojeada a la taberna.
—Supuse que preferiría que no estuviera por aquí hasta que retomáramos la historia —dijo Kote—. Ayer ya pudo comprobar que es todo un bromista.
Cronista recordó la escena del día anterior, cuando Bast fingió estar poseído por un bailarín de piel. El escribano reprimió un escalofrío.
—Además, yo también quiero acabar con esto cuanto antes —admitió Kote. El rostro se le ensombreció de repente mientras decía estas palabras.
El escribano asintió, serio, y descolgó la cartera de cuero de su hombro. Vació su contenido sobre una mesa cercana: pergamino, pluma y tintero, y los colocó pulcramente a un lado de la mesa. Después tomó asiento y enseguida el posadero llevó el desayuno.
—Comeré contigo, si no te importa —dijo Kote.
Cronista hizo un gesto con la mano dando a entender que le parecía bien. Los dos hombres desayunaron en silencio. Comían sin prisa, pero concentrados en la tarea. Ninguno quería perder tiempo con conversaciones superfluas.
Unos minutos más tarde ya estaban listos para proseguir con la historia. Kote recogió los platos sucios y los llevó a la barra, y luego volvió a la mesa. Cronista había cogido su cartera y sostenía entre sus dedos la última hoja escrita el día anterior.
—¿Quieres recordar en qué punto interrumpimos la historia? —le preguntó al posadero, al tiempo que le tendía la hoja.
—Sé perfectamente dónde la dejamos —cortó Kote, apartando de sí el pergamino—: justo antes de que todo mi mundo se viniera abajo.
Cronista no dijo nada. Se limitó a guardar la hoja en su cartera y sacar una nueva.
En ese momento oyeron unos alegres silbidos procedentes del exterior e instantes después se abrió la puerta de la posada. Era Bast, cargado con un saco de patatas y un manojo de zanahorias. En cuanto vio a los dos hombres sentados a la mesa, sus cejas se arquearon.
—¡Eh, Reshi, no empieces sin mí! —chilló, indignado.
Kote levantó las manos en un gesto de apaciguamiento.
—Tranquilo, Bast, no he dicho ni una sola palabra todavía —señaló la cocina—. Vamos, deja lo que traes y acerca una silla.
Bast desapareció como un torbellino y en un momento ya estaba de vuelta junto a ellos. Tomó una silla y se sentó, expectante.
Entonces Kote se volvió hacia Cronista y le lanzó una profunda mirada.
—Creo que ha llegado el momento de que cuente el final de esta historia, ¿no te parece? —dijo, y una melancólica sonrisa se dibujó en su cara.
Cronista asintió. Mojó la pluma en el tintero y se inclinó sobre el papel, preparado para empezar. Bast se arrellanó en su asiento y prestó atención.
El posadero dio un largo suspiro y comenzó.

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