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[Fantasía] Meldoried y Dalamar/Caethdal: Caminos Separados 1 y 2
#1
Hola a todos, intentando aprender más, aquí os dejo el inicio de una serie de relatos que tengo rodando por la cabeza:

Calor, inclemente, asesino, calor. Sólo quedaba él, avanzando sobre la ardiente arena. Los ojos entrecerrados, medio cegado por los implacables soles de la Balanza. La mente fija en una sola idea: moverse, andar, sobrevivir.
—Mientras me mueva seguiré vivo.
Primero un pie, luego otro. Sobreponiéndose al dolor del roce de los grilletes de sus muñecas, al agotamiento, al imposible calor.

—No me cogerán. No se han atrevido a seguirme aquí.

Una débil sonrisa de triunfo asoma a sus labios abrasados. La arena cede bajo sus pies. Otra duna. A medias a gatas, a medias andando, culmina la ascensión. Otro triunfo. Días atrás habría alzado los brazos y mostrado sus cadenas al furibundo ojo de Heimad. Ya no, pero en su fuero interior se regocija en su victoria, como un avaro que guarda una moneda más en su bolsa. Y continua su camino, arrastrando las cadenas por la arena, con su túnica de legionario reducida a andrajos y su calzado hecho de trapos.

—Mientras me mueva seguiré vivo.

……….

Ruido de gaviotas, olor de salitre, la brisa marina, amable y generosa, refresca el ambiente y vivifica los espíritus de la cosmopolita Rasaol. Puerto libre de Alrus. Baluarte de la Balanza. La ciudad de los mil minaretes. El fértil oasis del desierto, zoco de nómadas y caravaneros. El tesoro largamente codiciado por sus vecinos. La perla amurallada.

Desde la terraza de su mansión fortificada, Meldoried respira con ansia el aire del mar. Sus manos firmes y delicadas se aferran a la exquisita balaustrada de mármol de Arras. Su espeso cabello del color de la miel cae suelto, cubriendo el escote de su espalda, mientras su vestido color perla se ciñe con corte experto desde su cuello de cisne hasta su cintura, dejando libre su pierna izquierda por la abertura de su falda asimétrica. Púrpuras sandalias de caprichoso entrelazado y un cinturón a juego con sus ojos aportan un toque de color a su estilo, envidiado e imitado desde su llegada a la capital.

Se presentó como una refinada y rica orfebre. Exiliada de su patria como tantos otros de los suyos. La Joyera, le dicen. La Dama de los Diamantes, le llaman. Y así es en verdad, aunque pocos saben cuan en lo cierto están. Pues es la hermana del Rey Sin Reino de los Diantari. 
Fue fruto de sus esfuerzos que las naciones del Libro se fijaran en Rasaol y persiguiendo las leyendas del Antiguo Reino dirigieran allí sus ejércitos.

—Todo iba tan bien, Áureo —Suspira apenada. —Todo Itnor Occidental se había volcado en la búsqueda la antigua Cantrei. Martogo, Enquiol, Omn, Arras, Radock, Pallanthia, Malvan… unidos de nuevo en un propósito común.
—Así fue. —Admite su interlocutor, cómodamente recostado en un diván lo bastante amplio para albergar a cuatro personas con holgura —Pero has de admitir, que no fuiste del todo sincera con ellos.
—¿Tan malvada fui? —Musita la bella diantari, al tiempo que agacha la cabeza y aparta un cremoso mechón color miel de sus ojos. En contra de su nombre y reputación, ninguna joya la adorna, ahora está con alguien de plena confianza, los artificios y oropeles de la corte y la diplomacia están fuera de lugar. —Les ofrecí un ideal, un objetivo compartido…
—Con la esperanza de dirigirlos a Anquei y recuperar tu hogar ancestral de las zarpas de los dragones blancos. —La interrumpe Áureo, al tiempo que se incorpora y se acerca a ella.

Aún en su forma humanoide, Áureo exuda poder. Ella ronda los dos metros y no le llega a los hombros. Allí donde ella es pálida esbeltez y agilidad, él es broncineo músculo y fuerza. 

—Mi protector. —Con una sonrisa triste, apoya su espalda en el fornido pecho, cubierto con una túnica verde esmeralda, del draktar dorado y gira su cabeza para acomodarla en su hombro. —¿Que vamos a hacer ahora? La cruzada perdió su impulso. El príncipe de Rasaol gobierna Suttim en contra de la voluntad de su padre. Bólmir y sus seguidores se revuelven inquietos…
—Y luego está el lokithari del desierto y sus delirios acerca de zigurats y hombres lagarto. —La obliga a volver al asunto principal de su reunión, mientras con una delicadeza inusitada toma la delicada mano de ella en su enorme manaza y la conduce como si fuera una niña al diván.
—Delirios, ojalá fueran delirios. Ese hombre es uno de los legionarios de Adormar el Retornado. —Suspira ella, en lo que toma asiento y vuelve a recostarse contra Aureo. —Son la élite del Rey de Osknum, si un hombre así dice que ha visto a las criaturas de la Tirana Azul desarrollar inteligencia… Ha sido una suerte que los nómadas que le encontraron se lo entregarán a los pallanthios de Harlan y no a Bólmir.
—Nuevos seres inteligentes. ¿Era eso lo que buscaba la Azul? ¿Por eso se desentendió de todo y dejó a sus caballeros de Thalis al frente de su imperio? —Sonriente, con sus ambarinos ojos brillando de emoción exclamó el draktar de cabello plateado.
—Eres igual que un niño. —Contagiada por el entusiasmo de su amigo, protestó sonriendo Meldoried. —He vivido mucho, visto demasiados sueños marchitarse, necesito tu juventud a mi lado para no perderme en la melancolía. Si Dálamar siguiera con nosotros sería más fácil…
—Dalamar escogió su propio camino. —Serio de golpe, atajó Aureo esa línea de pensamiento. —Cuando quiera volver a nosotros, volverá. Es él quien mora en las sombras, buscando poder en ellas.
—No seas tan duro con mi hijo. —Susurra ella para apaciguarle. —No deja de llevar en las venas también la sangre de su padre. Pero volverá a nosotros, a la luz. —Y cerrando los ojos añade con un suspiro. —Pero ahora préstame tu fuerza y permíteme descansar de los pesares del mundo.
—Sabes que siempre estaré a tu lado. — Y mientras ella asiente y reposa confiada junto a él, piensa —Dálamar, Dálamar. ¿Sabes siquiera el dolor que la has causado?

……….

Las paredes rezuman humedad, pero lo que gotea, espeso, sobre un caldero, hiede a metal.
Unos candiles iluminan el centro de la estancia. En los márgenes de la luz, un roedor olisquea esperanzado, antes de escabullirse al oir como abren la pesada cerradura de la puerta del sótano.
Dos hombres cargan con un bulto voluminoso metido en un saco de esparto. Lo hacen con desgana, pero con seguridad, están habituados a estos encargos. Sin remilgos. Sin preguntas. Aquellos habitantes de Esgembrer que carecen de oficio, del paraguas de un gremio o de un patrón generoso, no pueden permitirse lujos tales como tener conciencia. 
Un tercer hombre, que porta una lucerna de apestoso aceite de ballena, les va dando instrucciones.

—Muy bien caballeros. Muy bien. Todo un hallazgo el suyo. Un hallazgo les digo. Aquí, sobre la mesa, aquí. Cuidado con el instrumental. Cuidado les digo. —Y cogiendo con mano experta y pulso firme una hoja fina y afilada procede a cortar el saco.

Evitando mirar su contenido, los sucios hombrones retroceden asqueados. Ayer era un reputado zapatero de los barrios medios de la ciudad. Hoy es una masa viscosa de piel verduzca y lengua bífida.

—Fascinante caballeros. Fascinante digo. Mi patrón estará encantado. —Continúa con su soliloquio el frenético hombrecillo, mientras le práctica una incisión todo a lo largo del tórax  —Encantado les digo.
—Ya tiene ussia lo suyo —Con un carraspeo toma la palabra el mayor de los dos, entrecano y sin casi dientes. —¿Que hay de lo nuestro?
—¿Qué? —Molesto por la interrupción, levanta la cabeza de su macabro trofeo. —¡Ah, es verdad! Les acompaño a la salida y les pago. Es verdad, les digo…

Con evidente alivio, la pareja se hace a un lado y le permite subir primero. Más por precaución, que por deferencia. Y salen tras él.
Una vez abandonan el sótano, una sombra adquiere volumen, sustancia y movimiento. La luz de los candiles parpadea y un rostro lupino, enmarcado en unos cabellos negros como el azabache sale a la luz. 
Dálamar, vestido a la moda local, con botas de media caña, calzas y jubón negro sobre camisa blanca, abullonada y arremangada, se acerca al espécimen descubierto por sus artes y capturado por sus agentes.
Pone exquisito cuidado en retirar el saco de esparto. En cierta medida, comparte el entusiasmo de su experto anatomista Fabián, pero no sus procedimientos.

Entonces es cierto. Hombres serpiente escondidos entre los humanos. ¿Pero desde cuándo? ¿Y con qué intención? Y más importante aún ¿Que puedo sacar de ello?
Culpable también de https://laitarca.blogspot.com/
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#2
No lo he leido entero, pero puedo decir que esto me ha parecido enormemente inexpresivo:

Cita:—Todo iba tan bien, Áureo —Suspira apenada. —Todo Itnor Occidental se había volcado en la búsqueda la antigua Cantrei. Martogo, Enquiol, Omn, Arras, Radock, Pallanthia, Malvan… unidos de nuevo en un propósito común.

Aunque pone que está apenada, parece que el personaje sea un robot o una marioneta, pues no hay gestos, ni signos de exclamación, ni un lenguaje propio de un ser humano. Parece como si recitara. Mira, dentro de que yo soy otro novato y dar lecciones me viene grande, lo haría así:

—¡Todo iba tan bien, Áureo! —exclamó llevándose una mano a la frente. —Todo Itnor Occidental se había volcado en la búsqueda la antigua Cantrei...

El resto lo eliminaría porque parece una alumna recitando las provincias como quien recita las preposiciones, y entiendo que su interlocutor ya tiene esos conocimientos geográficos.

Otra cosa, me resulta extraña la narración en presente, pero eso quizá sea algo muy personal. Literatura juvenil en primera persona suele usar ese tiempo verbal, pero en una narración en tercera persona se me hace raro. No digo que esté mal, solo lo dejo caer por ver qué opinan otros foreros.

Te recomiendo cambiarle el nombre a Dalamar. Canta mucho para los que sabemos de dónde has sacado ese nombre.

Por último, te recomiendo unirte al Dragón Lector:

http://clasico.fantasitura.com/thread-17.html
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#3
Tienes razón en la falta de emoción de Meldoried. Tengo que añadir los signos de exclamación fijo, aunque también es cierto que le quería dar ese toque frío, cerebral y un tanto derrotado al personaje. El lamento era maquinal al ser un lamento repetido más veces entre los personajes, como un chicle gastado que ha perdido su sabor (emoción en este caso) pero que es incapaz de escupirlo de una vez. Tengo que enfatizar ese aspecto también.

La narración en presente es algo que me sale sin pensar. Supongo que fueron muchos años dirigiendo partidas de rol. La narración en pasado me cuesta más. Tengo que trabajar en ello.

Lo de Dalamar me has matado. Hace más de 20 años que leí la Dragonlance y no me acordaba. Por algo le casaba tan bien el nombre al PNJ. Epic fail  anguished

Pues que sea... Caethdal. Sin resultados evidentes en una búsqueda superficial en google  sweat

Volvemos a la labor. Gracias por tu ayuda!

Aquí os dejo otro ejercicio para intentar recuperar la sintonía con el teclado. La parte del combate no me convence, se me antoja estática. ¿Algún consejo?

EEl untuoso hedor a cadáver inundaba las fosas nasales de Caethdal. Las horas pasadas en compañía de Fabián y su trofeo habían reportado resultados, pero no por ello resultaban menos desagradables.

Con paso decidido caminaba el diantari, envuelto en su capote de viaje, pesado y resistente, de más de un tajo asesino le había protegido. Su ensortijado pelo negro cubierto con un sombrero de ala ancha, que al tiempo cancelaba sus afiladas facciones. Sus manos, de largos y diestros dedos, enfundadas en sendos guantes de suave cuero, prestas a desenvainar su florete de duelo.

No pecaba de afectación al portar un arma tal con él. Larga había sido su vida, muchas las disciplinas a las que dedicó su atención en tiempos más ociosos. Era consciente de no poder competir con verdaderos expertos duelistas, ni con veteranos curtidos en batalla. Tampoco  era esa su intención, sino ganar tiempo y espacio para recurrir a sus verdaderas armas.

Y en los sórdidos callejones portuarios donde encontró a Fabián vendiendo sus habilidades a matones y rufianes, remendando su carne maltratada, proporcionando pociones y venenos a aquellas que buscaban una solución rápida a sus problemas conyugales, era prudente dar muestra de aplomo y entereza, enseñando los dientes y escarmentado de ser necesario a sus nativos.

La peste a pescado podrido, apenas enmascarado por la brisa nocturna, se unía al hedor a cadáver de su ropa, pero Caethdal  no se dejaba distraer con facilidad. Le seguían.

Los callejones sinuosos y estrechos de la barriada eran un desafío para los ajenos a la marginal sociedad que en ellos vivía y moría. Plazoletas y patios interiores recibían el nombre de los negocios que allí se acordaban. "El Patio de los Cuchillos", "La Fuente del Ahogado" o "El Jardín de los Enamorados" eran nombres de doble significado. Los viejos muros se combaban, compartiendo confidencias. Los tendales iban de una pared a otra limitando el campo de visión. Y las escasas luces prendidas sembraban anzuelos listos para capturar a los incautos.

Sin embargo, Caethdal llevaba frecuentando el Barrio Bajo suficiente tiempo para interpretar las señales, los ecos huidizos, las ausencias, sobre todo las ausencias. Ni un habitual en su camino, mendigo, pilluelo, prostituta, descuidero o carterista.


—Alguien ha enviado a un degollador tras de mí —Pensó el elfo esbozando una sonrisa lupina, al tiempo que modificaba el curso de sus pasos.


Al poco, pudo comprobar que su perseguidor no estaba dispuesto a cejar en su empeño, y con resolución renovada se dirigió a uno de sus rincones predilectos. El patio interior de un caserón largo tiempo abandonado y ruinoso. "El Pozo del Carnicero" le decían, motivado por el gran pozo levantado en su centro. Una vetusta, carcomida y maciza rueda de carro fijada con herrumbrosos clavos tapaba su boca y calmaba habladurías y conciencias inquietas.

Con decisión caminó el mago elfo hasta el fondo del patio. Interponiendo el pozo entre su perseguidor y la salida.


—¿Y bien? —Con un deje de desdén interpeló a las sombras, mientras desenvainaba su florete y desentumecía los músculos de sus brazos.


Tal y como esperaba, un individuo menudo y furtivo, encapuchado, embozado y cubierto de pies a cabeza con ropajes de tonos oscuros, verdes, marrones y negros entró cauteloso en el patio. Sus ojos duros e inquisitivos examinaban el campo de batalla elegido por su presa. Cimitarra en la diestra y cuchillo en la siniestra, medía la distancia que los separaba.

El arma de Caethdal le otorgaba la ventaja de su mayor alcance, el pozo jugaba también en beneficio del mago.

Mientras se evaluaban el uno al otro, rodeaban el pozo. Si el florete lanzaba una estocada, el encapuchado lo desviaba con su hoja. Si la cimitarra, arma más pesada, atacaba, Caethdal retiraba la suya, más frágil y retrocedía.

Dos combatientes expertos esperando el error ajeno. Entonces, un lance imprevisto, el florete hace sangre en la mejilla, un rasguño a cambio de acortar la distancia que los separa. El cuchillo surca el aire, la pesada capa de viaje, convenientemente enrollado en el brazo libre, lo intercepta. Cae sobre la rueda que cubre el pozo. Caethdal ha dejado una abertura en su guardia. El embozado la aprovecha, corriendo tras lanzar su hoja, le toma la posición y golpea al elfo en el pecho con su mano libre, la cimitarra gira, al mago le falta momentáneamente el aire, pero la esquiva. Su sombrero cae al suelo.

En ese momento, una idea lo asalta. Su adversario no está usando fuerza letal. Tampoco parece preparado para enfrentarse a su magia. Recupera la distancia entre ellos. El pozo los separa otra vez.


—¿A qué viene todo esto? —Murmura, sin obtener respuesta.


Entonces se sorprende de nuevo. Su rival se lleva un tubo a la boca, instintivamente, él se cubre con su pesada capa. Una nube de empalagoso polvo le irrita los ojos, pero evita inhalar lo peor. El retrocede tosiendo, su atacante salta sobre la rueda que cubre el pozo, recoge su cuchillo…


—Jaula de Espinas —Con férrea autoridad da forma a su verdadero poder.


Las sombras en torno al encapuchado se solidifican, como zarzas de afiladas espinas se aferran a brazos y piernas buscando sangre, inmovilizando a su presa.


—Luna Negra —Habla por vez primera su asaltante, debatiéndose por liberarse, sin dejar de vigilar sus movimientos.

—Si. —Con sencillez se encoge de hombros. —Y tú estás muy lejos de casa. Si no me equivoco.


Espera en respuesta en vano, en lo que recoge su sombrero y le sacude el polvo.


—No, no te equivocas. Venyagozar está a un mar y medio continente de distancia —Le contesta una voz femenina.

—¿Quién…?

—Es una pena lo que los humanos han hecho con este lugar. ¿No te parece Caethdal?

—Ya te veo —Mintió al reconocer la voz —¿Y a ti te parece mejor perseguirme así, Drinlar? —La contestó él obsequiando con una mueca a los aparentemente vacíos soportales.

—No sabíamos que eras tú el que nos arrebató al zapatero. —Reconoció ella con calma, una vez canceladas las disciplinas que la mantenían oculta, en lo que entraba en el patio.


Ahora sí la veía. Vestida para el trabajo, como su compañero, ropajes de colores apagados y oscuros, encapuchada, pero no embozada, lucía una sonrisa triste y una mirada de nostalgia en sus ojos grises.


—Y ahora que lo sabes, ¿qué vas a hacer? —Divertido por el vuelco de la situación se regodeó él.

—Pedirte que liberes a Selid, para empezar —Mås sería respondió ella —Y luego tratar de intercambiar información en un lugar civilizado.

—Sea —Aceptó el, disipando su conjuro —Yo tampoco sabía que estabais tras la pista de estas criaturas.

—¿No pretenderás que colaboremos con un luna negra? —Una vez liberado, protestó el enjuto venagozariano.

—Esto es más importante que tus rencores —Le amonestó Drinlar —Ademås, a Meldoried le agradará que colabores con "este" luna negra.


Y ante la mirada de perplejidad de Selid, Caethdal se caló su sombrero y suspiró con gesto cansino añadiendo:


—Lo mismo es a mi al que menos convence está asociación…


Pero salieron juntos de los callejones.
Culpable también de https://laitarca.blogspot.com/
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