Este foro usa cookies
Este foro hace uso de cookies para almacenar su información de inicio de sesión si está registrado, y su última visita si no lo está. Las cookies son pequeños documentos de texto almacenados en su computadora; las cookies establecidas por este foro solo se pueden usar en este sitio web y no representan ningún riesgo de seguridad. Las cookies en este foro también rastrean los temas específicos que ha leído y la última vez que los leyó. Por favor, confirme si acepta o rechaza el establecimiento de estas cookies.

Se almacenará una cookie en su navegador, independientemente de su elección, para evitar que le vuelvan a hacer esta pregunta. Podrá cambiar la configuración de sus cookies en cualquier momento utilizando el enlace en el pie de página.

Calificación:
  • 0 voto(s) - 0 Media
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
[Fantasía, Relatos] Futuros probables
#1
Bueno, al final sí escribí para el reto del superpoder aleatorio. 



Impostura

No era ella.

Semanas atrás, cuando volvían del Lago Infinito, había elegido creer que esa impresión era el resultado de las obvias diferencias físicas, pero Fidaki no sólo era un chico, más delgado y quizá un poco más alto que Iuner. También era diferente de verdad.

La chiquilla era paciente y reflexiva; tenía la empatía que a Gerusa le faltaba, y buscaba la belleza en todo.

Fidaki era como un petardo: iba a toda prisa y todo lo acababa con un estruendo. No estaba buscando la belleza en ningún lado, porque no estaba buscando nada; excepto, quizá, un nuevo guardarropa. Y nada de lo que había considerado vestir era bello.

Los materiales y el estilo sencillo eran algo más lógico dado el tipo de trabajo que hacían, pero no le sentaban. Sobre todo los colores oscuros, que Gerusa identificaría siempre como un color de adulto. En dónde él había crecido, hubieran dicho que el niño estaba disfrazándose de “persona grande”; algo patético para alguien que lucía como si atravesara la adolescencia. En el único mundo de la capa Terránea, habrían supuesto que era un chico muy triste o muy enojado.

Y lo peor era que seguía haciendo cambios y arreglos a cada atuendo. Gerusa temía que perdería la cabeza  si tenía que volver a dar su opinión sobre cuál manga estaba mejor doblada.

Iuner quizá tenía gustos poco prácticos, pero no pasaba un minuto eligiendo ropa, mucho menos varias semanas.
Y el problema no era que fuera vanidoso o indeciso. Lo que había acabado de convencer  a Gerusa de que no había nada de su mejor amiga en este niño, era que el crío sólo tenía ojos para sí mismo.

Y tenía miedo de todo.

Fidaki había conseguido convencerlo de rechazar cada posible asignación en el trabajo durante varias semanas. Incluso cuando se trataba de tareas que Iuner hubiera ido a solicitar, convencida de que era indispensable la rapidez y precisión que ellos tenían.
Y es que Gerusa podía ser sólo “otro guerrero” pero Iuner era única. Había otros magos en La Sociedad, incluso de la misma raza que ella, pero no tenían su experiencia y control. Si de verdad había una “habilidad mágica inmediata” en el universo, la de Iuner tenía muy poco que envidiarle.

Y ella la usaba con responsabilidad.

Pero ella se había ido, y este eco suyo prefería mantenerse lejos del peligro.

Al inicio, había parecido un cambio positivo. Por fin podía dejar de preocuparse porque la conducta desprendida de su amiga (amigo, ahora) fuera la receta para sufrir una muerte noble y dolorosa.

Gerusa creyó que era mejor que tuviera menos de ese valor. Fidaki tampoco le mostraba la admiración y confianza absolutas que él de ningún modo merecía. Sería lo más saludable para el niño. Así que él pensó que había madurado.

Pero una cosa era la prudencia y otra la cobardía. Fidaki caía en lo segundo. ¡Incluso había intentado evadir a un ladrón de poca monta!

Si ahora mismo estaban en el banco de datos que ese delincuente podría intentar robar, era porque él había decidido que podía ir sólo y Fidaki lo había alcanzado cuando tomaba el tren.

Ahora parecía nervioso. Eso tampoco solía hacerlo Iuner.

―Niño. No tienes que…

―Tengo que decirte algo ―Fidaki lo interrumpió, pero luego se quedó callado.

Gerusa comenzó a formular una invitación para que continuara, cuando escuchó las puertas de seguridad abriéndose. Todas a la vez.
Vaya delincuente menor les habían asignado. ¡Se suponía que trabajaba solo y se escabullía en los edificios, indetectable e inofensivo como la neblina baja!

―Tu revisa el recibidor principal ―ordenó, mientras iba al área de emergencias.

La primera vez que trabajaron juntos, se había negado a dejar que su compañera verificara el área más amplia, pero de inmediato había aprendido que la magia de traslación permitía cubrir más terreno.

No escuchó la protesta del chico.

***
Fidaki corrió hasta la entrada más cercana. Para cuando llegó, la puerta volvía a estar cerrada.

Que extraño.

Si había oído la puerta al abrirse, ¿por qué no la había escuchado al cerrar?

Miró alrededor. Los pasillos que llevaban a bodegas en desuso estaban demasiado oscuros y no había nada que ver en el corredor iluminado. Si alguien se ocultaba en los pasillos, completaría su misión antes de que él volviera. Necesitaba ver esos pasillos.

La luz que se encendió en cada rincón, antinatural y demasiado intensa, lo cegó por un segundo.

―Hichciadv ―la maldición en su idioma natal hizo eco en los pasillos vacíos, mientras las luces volvían a apagarse. Todas.

Había olvidado lo irritante que era esto. ¿Cuánto más iba a durar?

Empezó a andar hacia la puerta antes de que la luz del corredor se encendiera de nuevo. Deslizó el índice sobre la cerradura. Un chasquido anunció que se abría; uno más, que se estaba cerrando.

Debió haber empezado por esto.

Tonto.

Y si luego no abría, sería una preocupación para mañana.

Gerusa había dicho que podía atrapar al ladrón él sólo, y tendría que hacerlo, pero sin preocuparse por todas esas salidas.
También encontró cerrada la entrada de empleados. Y la siguiente. Al menos no había pasillos oscuros.

Por fin alcanzó la puerta principal.

―¿Cerraste todo? ―preguntó Gerusa, desde la tienda de regalos, dónde dominaba la penumbra―. ¿Puedes dejar la última? Aquí lo esperaremos.

―De acuerdo ―replicó el niño, un poco sorprendido por el tono amable. Sobre todo en un momento como este, cuando no perdería el tiempo en lo que consideraba trivialidades. Gerusa no tenía paciencia para esas cosas. Ni para nada, la verdad.

“Es una influencia terrible”, pensó Fidaki, con una sonrisa.

El sonido de cristales rotos lo sacó de sus pensamientos.

―¿Puedes  guiarlo hasta acá? ―preguntó Gerusa, acercándose  en la semioscuridad de la tienda.

Sólo le faltaba decir por favor. Por lo visto, Fidaki no era el único que estaba cambiando. Y no le gustaba la idea.

―¿Yo por qué? ―rezongó, sólo porque de pronto no quería reforzar ese comportamiento tan impropio de su amigo.

Pero al mismo tiempo, se le ocurrió que esto sí era diferente de lo habitual.

Por lo general esa tarea recaía en el guerrero, y el mago tenía que emboscarlo. Funcionaba mucho mejor.

Pero eso era antes. Probablemente después. No ahora.

¿Gerusa lo sabía? Vaya.

Antes de que el otro formulara alguna respuesta, se puso en camino.

No escuchó el suspiro de alivio, y no vio a la persona que salía de la sala  en penumbra mientras él corría sobre sus pasos. Ojala pudiera ir de inmediato al sitio donde creía que había oído el ruido.

Un momento.

Ya estaba deteniéndose mientras lo comprendía: Gerusa lo había mandado a cubrir más terreno. Como siempre. Contaba con que corriera de una puerta a la otra sin pasar por el camino intermedio.  No sabía que él estaba teniendo problemas que la anciana Iuner no tenía.

Y los dos sabían que la cortesía era algo que Gerusa sólo podía imitar. Igual que  una considerable cantidad de actitudes que nacían de las emociones que no podía sentir. Fingía cuando hacía falta, y no hacía falta fingir con él.

Y la persona que se deslizaba hacia la salida no era el robusto defensor de las normas que había venido  con él, sino un escuálido y silencioso ladrón.

Ni siquiera supo si le  estaba gritando en su idioma o en el lenguaje universal, cuando le preguntó cómo demonios había imitado a su amigo. El otro  no respondió, pero eso podía ser simplemente porque estaba ocupado corriendo.

Su grito de advertencia fue inaudible incluso para él, como lo era el motor de la puerta que se abría. Ese tipo de magia no le parecía familiar, y eso es decir bastante después de todo lo que él había visto. No se sentía como magia, debía ser otro tipo de habilidad.

No podía dejar escapar a una persona que además de estar robando, tenía un don no documentado.

Pero tampoco podía detenerlo en sus condiciones actuales…  Si lo intentaba…

―¡Niño! ―exclamó Gerusa, deteniéndose a su lado.

Fidaki dio un saltito. No lo había oído venir.

―¿Estás bien? ¿Qué pasó?

―¡Que se escapa! ¡Detenlo! ¿Qué diablos haces aquí platicando conmigo?

Por un segundo, Gerusa no hizo nada más que verlo con cara de sorpresa,  luego corrió tras el delincuente.

Fidaki hubiera querido ayudar, pero en lugar de eso se quedó ahí, tratando de recordar si había estado gritándole a Gerusa todo este tiempo.

Era cierto que había tenido malhumorado, pero no llevaba la cuenta de cada vez que se desquitaba con los demás.

El silencio absoluto no ayudaba a distraerlo de esas ideas que hubieran podido ser útiles en otro momento pero ahora sólo lo distraían.

¿Silencio… absoluto? Eso no tenía sentido.
***

Gerusa no había perdido los sentidos, pero bien podría ser así. El zumbido era tan fuerte que era imposible concentrarse en otra cosa y sus ojos se habían llenado de lágrimas. Aún así, no aflojó su agarre sobre el delincuente.

Nunca había aprendido a soltar. Iuner solía recomendarle que trabajara en eso, y él lo había interpretado como una invitación para utilizarlo a su favor. Justo antes de ir al Lago, ella había explicado que no, que se suponía que intentara resolverlo… y que se arrepentía de haberle dado esa recomendación.

―Tienes que soltarlo ―gritó Fidaki, como si también en eso  quisiera contradecir al recuerdo de Iuner.

Se giró hacia la voz, ignorando el quejido del muchacho al que sacudía como un trapo.

Apenas alcanzó a ver al niño. El zumbido se había ido, pero sus ojos aún estaban empañados. Así, parecía que el niño tenía cara de preguntarle algo, no de dar instrucciones. Pero repitió la orden.

―¿Qué está mal contigo? ―preguntó, en lugar de obedecer ciegamente como había hecho antes.

―Suelta ―dijo el mago, negando con la cabeza―. No es él.

Parpadeó, intentando enfocar la vista. Estaba demasiado oscuro para ver bien al chico, pero se notaba que algo no le gustaba, porque movía la cabeza como buscando el orígen de algún tipo de amenaza.

―Déjalo ―insistió, pero estaba sacudiendo las manos como solía hacer Iuner cuando estaba molesta, sólo que mucha más energía―. Hay que buscar lo correcto.

Era como una versión aumentada de su amiga, aquella vez que por fin había conseguido enojarla de verdad, cuando ella todavía no entendía que él no ignoraba a propósito las necesidades y los miedos de los demás.

Era gracioso verlo.

―¡Contesta mi pregunta primero! Dijiste que cambiarías, pero no en lo importante. Estás diferente en lo importante.

―¡Te dije que lo d…! ―comenzó Fidaki y luego se cruzó de brazos, como un niño tratando de hacer un berrinche sin gritar. Y así, justo así, era Iuner, cuando Gerusa colmaba su paciencia.

El niño vino hacia ellos a grandes zancadas. Ya no cruzaba los brazos, pero tenía los puños apretados y ahora que estaba más cerca, ¿estaba haciendo un puchero?

―Deja ir al tipo ―dijo, pero todo parecía fuera de lugar, porque estaba dirigiéndose al sujeto que prácticamente colgaba en manos de Gerusa―. ¿Por qué no lo haces?

El guerrero estaba culpando a la falta de luz por esa sensación rara de que el movimiento que alcanzaba a ver en la mandíbula del chico no cuadraba con las palabras que acababan de salir de su boca, pero el pensamiento no llegó a formarse del todo, porque entonces el niño exclamó otro “Ya suéltalo” y golpeó al ladrón en el rostro.

Fue un golpe débil, apenas un roce de los largos y delgados dedos del chico. Y sin embargo, el tipo perdió el conocimiento en un instante.

―¿Está vivo? ¡Dime que no lo maté! ¡Intenté no matarlo, pero estaba…! ¡El tipo es desesperante!

―¿Qué?

***
El tipo desesperante estaba vivo.

Efectivamente, no era un mago. La encargada del Laboratorio del Noveno Mundo estaba loca de dicha cuando Fidaki le contó que ese criminal había hecho desaparecer su voz con la misma facilidad con la que imitaba a cualquiera de ellos.

―¡Y ni siquiera estaba hablando! Sólo… solo se oía nuestra voz.

Al ir hacia él para hacerlo callar, sabía que estaba tan harto por la suplantación, que lastimaría al muchacho, pero suponía que, si usaba magia gestual en lugar de la que se basaba en sus emociones, podría no ser tan severo.
Pero se  había sentido demasiado… bien.  Había puesto emoción  en ese golpe.

Daba igual. Estaba vivo y probablemente mentía al decir que su habilidad de forzar y callar sonidos había desaparecido.

Ahora era problema de alguien más. Lo custodiaban sordos, telépatas, o algún otro guardia al que no podría engañar aunque su poder funcionara.

Fidaki podía ocuparse de sus propias complicaciones.

―Cuando me preguntaste que anda mal conmigo. Sí te contesté.

―No, no es cierto. Lo que sea que dijiste, lo dijiste negando la cabeza. Y yo sé que sí te pasa algo.

―Dije que nada, es normal.

―¿Normal? ¡Estás rarísimo!

―Estoy de mal humor. Y… sí, es posible que en eso reaccione un poco como harías tú. Eres una mala influencia.

―¿Y porque estás de mal humor? Y si dices que es por que no encuentras accesorios que no te estorben al moverte…

―No. Lo de la ropa es hasta divertido. El problema es la magia.

―¿Qué? Si estás mejor que nunca. Apenas lo tocaste…

―La magia es mejor, pero yo tengo la experiencia de siempre. Todavía no me familiarizo con esto y… se me va de las manos. Así que prácticamente no puedo hacer nada sin preocuparme de volar en pedazos el objetivo o que el efecto dure demasiado. Y a veces se me olvida y… es un lío. Lo odio.

―Oh. Haberlo dicho antes. Tenemos que practicar mucho.

Estuvo a punto de insistir en  lo arriesgado que era, pero Gerusa lo sabía. Y no era la primera vez que lidiaba con un mago o con lecciones en que se corría el riesgo de una muerte accidental.

Sí, debería haberlo dicho antes.
El eje de todos los mundos posibles no tiene esquinas ni aristas.
Responder
#2
Aunque el relato está muy bien, has dejado el tema del poder muy de lado, cuando la idea era que fuera el elemento principal.
Responder
#3
(16/09/2020 02:58 PM)JPQueirozPerez escribió: Aunque el relato está muy bien, has dejado el tema del poder muy de lado, cuando la idea era que fuera el elemento principal.

Sí, lo sé.  Confused
Aunque toda la misión se trataba de él, y su poder esta en uso desde la escena uno, me concentré demasiado en Fidaki.

Quizá sería mejor si el tipo huyera. Este fue su caso más difícil de manejar(bueno, el segundo más difícil), y no fue por la magia sino porque la habilidad del ladrón. Sin embargo, ganan, así que ese hecho pierde relevancia....
El eje de todos los mundos posibles no tiene esquinas ni aristas.
Responder
#4
Y otro, que por fastidiar incluye  más o menos a los mismos personajes del primero, sólo que "en otra vida". De hecho, voy a cambiarle el nombre a este hilo. 

Por  cierto, si alguien lo reconoce: sí, éste es el relato que usé para el reto. Sólo que cuando lo colgué ahí quité todo lo que tenía que ver con los personajes por lo de la secretividad. Se supone que a esta versión le aplique alguna corrección basada en lo que comentaron, pero no creo que haya mejorado mucho XD


Destruir para sanar, y viceversa
Entré al edificio espada en mano y sin disimular mis intenciones. No lo necesitaba,  porque nadie podía detenerme, y ellos debían saberlo, porque nadie lo intentó. Subí doce pisos, llenos de joyas invaluables y artefactos mágicos letales, sin que un solo guardia se metiera en mi camino. Tales eran el poder de mi espada y el terror que causaba mi sed de sangre.

Ese día no buscaba saciar esa sed, venía a destruir algo específico en lugar de matar por matar.

Si la leyenda era cierta, el trocito de material irrompible que guardaban en este Laboratorio podía usarse para destruir mi espada. Sería mejor apoderarme de esa astilla antes de que ellos lo descubrieran. Ya bastante suerte había tenido de que no se enteraran aún.

Nadie se cruzó en mi camino, ni siquiera por accidente. Vi a algunos desde lejos. Hombres y mujeres muy mayores o muy jóvenes, cargando libros o frascos sospechosos. Un chico me saludó con una sonrisa, pero alguien tuvo el buen juicio de llevárselo. Tenía un objetivo, y el suficiente autocontrol para dejarlos ir… por ahora.

En el piso número doce, me esperaba una pequeña fiesta de bienvenida. Más de una docena de espadachines.

Dos de ellos atacaron a la vez, de tal forma que uno de ellos alcanzó a herirme mientras la espada del otro se partía en dos al chocar con la mía. Alguien  más había salido de la nada para desgarrar mi tobillo.

La magia infundida en mi espada se activó. Mis heridas se transmitieron a la hoja, pero esta era irrompible, así que pareció que sólo había sanado. De vez en cuando un mago comprendía cómo funcionaba, pero no vivía para hablar de ello. Sin embargo, alguien había difundido el rumor. Quizá algún perceptivo de los que intentaban contribuir a mi captura. Valientes esperanzas, ¡capturarme!

A medida que los eliminaba uno a uno, los que quedaban se volvían más fieros, pero yo mantenía la lucidez y el  aliento. Finalmente, su determinación se convirtió en terror y dos de ellos incluso intentaron escapar, pero yo había agotado mi compasión para ese día. Los últimos se defendieron muy bien pero nadie puede pelear para siempre.

Avancé entre espadas rotas y cuerpos mutilados, hasta la habitación dónde estaba el fragmento. Sally estaba ahí, inclinada sobre un libro, de esa forma que siempre la hacía ver más menuda de lo que era.

Verla traía malos recuerdos, de esos momentos sin importancia cuando Iuner y ella intentaban entender mi incapacidad para formar conexiones reales con las personas y formar sentimientos a largo plazo. Sally siempre me hacía sentir incómodo, parecía que quería abrirme el cráneo para estudiar mi cerebro. Pero en realidad era una de las personas más inofensivas del laboratorio. Sus muchos dones estaban relacionados con analizar, organizar y reparar.

―Lo siento mucho, tendrás que volver más tarde ―dijo, con su amabilidad habitual, pero al hacerlo levantó la vista y alcanzó a ver las evidencias del caos que no había oído mientras la puerta estaba cerrada.

―Supongo que  me recuerdas, pero no vine de visita. Busco el fragmento del material irrompible.

¿Me lo daría antes de morir, o yo tendría que buscarlo después?

―No tomo nota de todos los matones del universo―dijo, con la voz controlada de quien trata de disimular su ira o su terror. Nunca sé muy bien cuál es cual.

Vino hacia mí con esa expresión que suelen tener los que me enfrentan, y en el camino tomo un arma del estante donde había varias armas del octavo mundo. Esta era una pistola de diseño muy antiguo. Aún se construían, porque eran de las más precisas y fáciles de manejar. Mi madre me había dado mis primeras lecciones con una de esas. Su única desventaja era que sólo permitían dos disparos, pero a veces eso es todo lo que necesita un buen guerrero.

Contra mí no servirían, pero ella actuaba como si no lo supiera. Se  veía tan decidida que me dieron ganas de entretenerme un poco dándole una lección. Abrí mis brazos para invitarla a disparar, gritándole:

―¡No puedes hacerme daño!

―Querrás decir que no puedo hacerle daño a la espada irrompible ―corrigió ella.

Conocía mi secreto.

―Sí, sé sobre eso ―agregó, como respondiendo a mi cara de sorpresa―. Las cosas únicas sí me interesan, ¿recuerdas? Esa espada es una de las cosas que he estudiado obsesivamente. Cada rumor sobre su posible ubicación, intenté verificarlo. ¿Cómo fue a dar a tus manos?

Era como si de pronto se le hubiera olvidado la matanza. Estaba mirando la espada como solía verme a mí, y no parecía asustada.

Temí que estuviera a punto de confirmar la leyenda. Quizá ponía tanta confianza en dos proyectiles, porque sólo necesitaba uno. Así que la ataqué antes de que tuviera tiempo de apuntarme. El disparo acabó dirigido hacia mi brazo, y el impacto fue tal que desvió la estocada para convertir algo letal en una herida menor.

―Que suerte tienes ―exclamé, sorprendido una vez más.

―¿Suerte? ―la mujer reaccionó con tal indignación, que casi no se notaba el temblor en su voz―. ¡No tienes idea de todo lo que he tenido que estudiar para saber como hacer un disparo así de preciso! Además no hay nada de afortunado en lo mucho que va a doler esto más tarde.

¿Más tarde? ¿Acaso no entendía que no viviría tanto?

Me disparó a quemarropa tan pronto como saqué la espada para poder rematarla. Sentí el dolor, como no lo había sentido en varios años, justo cuando observaba que la hoja estaba quebrada, de modo que sólo alcanzaba un par de pulgadas desde  la empuñadura.

No tenía sentido. Aún si una de las balas hubiera sido especial, no debería haber bastado para romperla completamente. La hoja debería seguir tomando mis heridas.

Di varios pasos atrás, intentando encontrar algo en que apoyarme; y me di la vuelta a tiempo para sostenerme en el marco de la puerta. Había perdido tanta sangre que ya empezaba a ver borroso, pero aún así noté las espadas, como nuevas, entre los cuerpos sin vida. La voz de Sally me siguió.

―No es un metal irrompible, sólo es más duro que todo lo demás. Si lo golpeas con algo igual de duro, hay desgaste. Se rompe después de muchos intentos.

―Pero… sólo era una astilla…

―No usé el fragmento. No haría gran cosa contra una espada sólida.

―¿Entonces…?

―Lo hiciste tú. Cortaste las espadas de todos esos guerreros en el corredor, y yo las reparé, de la manera más fácil que conozco: transferir el daño a otro objeto: tu arma indestructible. La desventaja es que tenía que estar tocándola para hacerlo.

El suelo estaba muy cerca.  Todo se oscurecía…

―Que desperdicio ―ahora ella se sostenía del marco de la puerta, mientras yo miraba su silueta desde el piso―. Una arma brillante y un guerrero aún mejor. Ambos perdidos. ¿Que diria Iuner?

Nada. La pequeña anciana traidora estaba muerta.

Como yo lo estaría muy pronto.

Apenas identifiqué al muchacho que me había sonreído antes, cuando se acercó a mi asesina y la ayudó a sentarse en el suelo.

―Con cuidado. Todavía podrías morir por uno de esos fragmentos.

―¿Morir? ¡Entonces viste esto! ¿Por qué no nos advertiste? ―reclamó ella.

―Hubieran puesto más gente en la entrada y te hubieran sacado a ti. Además, el merecía este final.

Hubo más pasos a mi alrededor, y alguien buscó mi pulso. No entendí lo que dijo.

Lo último que oí fueron los primeros alaridos de dolor mientras sacaban los fragmentos de metal de su tórax. No era tan satisfactorio como de costumbre. Pero el silencio que se arrastró entre ellos, y el terror del final, casi eran como sentir. El vacío que había intentado llenar con todas esas muertes, por fin era ocupado: con la mía.
El eje de todos los mundos posibles no tiene esquinas ni aristas.
Responder
#5
Buenas Tyess. Aún no sigo entendiendo mucho el final. A pesar de ello el relato me gustó. Empaticé con el prota, con todo ese control para seguir su objetivo. Sentí que él en realidad no disfrutaba matar, que era algo que tenía que hacer, por algún motivo.
De lo que recuerdo del reto, las partes agregadas creo que hacen una mejor historia, a pesar que algunas cosas se me escaparon
Cita:No lo necesitaba,  porque nadie podía detenerme, y ellos debían saberlo, porque nadie lo intentó. Subí doce pisos, llenos de joyas invaluables y artefactos mágicos letales, sin que un solo guardia se metiera en mi camino. Tales eran el poder de mi espada y el terror que causaba mi sed de sangre.
Te señalo esa repetición por las dudas, aunque creo que la escribiste a propósito. Dicho esto, me gustó cómo quedó, se lee bien.
Cita:Hombres y mujeres muy mayores o muy jóvenes, cargando libros o frascos sospechosos.
¿No te gusta más: demasiado mayores o demasiado jóvenes?
Cita:En el piso número doce, (sin coma)  me esperaba una pequeña fiesta de bienvenida. Más de una docena de espadachines.

Cita:Dos de ellos atacaron a la vez, de tal forma que uno de ellos alcanzó a herirme mientras la espada del otro se partía en dos al chocar con la mía.
Para no repetir: ...de tal forma que el primero alcanzó....

Cita:Finalmente, su determinación se convirtió en terror y dos de ellos incluso intentaron escapar, pero yo había agotado mi compasión para ese día. Los últimos se defendieron muy bien pero nadie puede pelear para siempre.

El "dos de ellos" te lo señalé porque me parece una muletilla que has repetido varias veces. A mí me costó sacarme "aquello" "aquella" XD.

El pero es más fácil de corregir con un "sin embargo" o "no obstante", para intercalar y no repetirlo tanto.

Cita:mi incapacidad para formar conexiones reales con las personas y formar sentimientos a largo plazo. 
El segundo puede ser "forjar sentimientos..."

Cita:Vino hacia mí con esa expresión que suelen tener los que me enfrentan, y en el camino tomo un arma del estante donde había varias armas del octavo mundo.

Es difícil no repetir la palabra. Sugiero: ...tomó una de las tantas armas del octavo mundo apiladas en el estante.

Cita:¡No tienes idea de todo lo que he tenido que estudiar para saber como hacer un disparo así de preciso!

 y yo las reparé, de la manera más fácil que conozco: transferir el daño a otro objeto: tu arma indestructible. La desventaja es que tenía que estar tocándola para hacerlo.
Por eso el disparo era tan difícil, porque tenía que efectuarse de tal manera que la tocara sin que fuera mortal. ¿Es así?

Cita:Lo último que oí fueron los primeros alaridos de dolor mientras sacaban los fragmentos de metal de su tórax. No era tan satisfactorio como de costumbre. Pero el silencio que se arrastró entre ellos, y el terror del final, casi eran como sentir. El vacío que había intentado llenar con todas esas muertes, por fin era ocupado: con la mía.
 
Este último párrafo me confundió bastante. Será "de mi torax", ¿no?
Ese "eran" me parece que sería un "era", creo.
Entiendo que el silencio a su alrededor y el terror que siente porque sabe que estaba vez sí va a morir es como sentir. Me faltan piezas aquí, algo que tal vez no está en el relato. Como dije antes, me da la sensación de que pagó un alto precio por poseer esa espada, con ese poder.

Pues eso, me gustó, creo que me quedó más claro que cuando lo leí en el reto. No sé si es porque es una relectura o por las cosas que corregiste y agregaste. Está muy bien, es una buena historia y me gusta que el prota muera al final.
Jamás dejes de crear, es muy aburrido.
Responder
#6
Sobre el último comentario: no, están sacando los trozos de espada del tórax de Sally. (Ya lo decía ella, que eso iba a doler). Y ese "¿eran" o "era"? me está matando. Por que se refiere al terror y al silencio, así que es plural, pero igual suena feo Tongue

En cuanto al primer comentario... aquí es donde uno disimula y dice, "claro que sí, lo escribí así a propósito, para crear ese efecto en la frase". Jajaja.

Y sí, ahí en ese relato falta... conocer más a Ge. Aunque si mencioné antes que Sally y Iuner hablaban sobre su carencia de "sentimientos a largo plazo", no hay referencias a cuando ha empeorado el problema desde entonces. No siente nada. Excepto la adrenalina de la pelea y el orgullo de vencer. Y ambas cosas son... insuficientes, falsos. Ahora, el miedo de morir, si lo puede sentir como algo real.
El eje de todos los mundos posibles no tiene esquinas ni aristas.
Responder
#7
Existe la posibilidad, aunque remota, de que este relato tenga un poco de sentido si ya leíste Destruir para sanar y viceversa.

Ausentes
Max estaba encerrado en el baño y su tía lo esperaba fuera.

Cuando Ameriev preguntó qué pasaba, Sou le dijo que no hacía falta preocuparse por  el niño nuevo.

―¡Deja de llamarme asi! ―gritó Max, y la puerta se sacudió violentamente.

Sí era una forma rara de referirse a su sobrino segundo. Además, ¿cómo que no había que preocuparse? Esa mujer escandalosa podía verse siempre muy tranquila, pero sí se había preocupado por Ameriev cuando él era el “niño nuevo” y sufría una crisis con casi cada persona del Laboratorio a la que le presentaban.

―¿Pero qué le pasa? ―insistió el adivino. Esperaba no tener que preguntarle al propio Max, porque el chico le tenía pavor, quizá más que la mayor parte de la gente. Ese era uno de los aspectos negativos de predecir la muerte.

―Una tontería.

―¡Como puedes decir  eso! ―gritó Max. Por un momento pareció que diría algo más, pero en lugar de su voz, solo escucharon arcadas.

―Cree que Gerusa va a matar a Angelito. Cada vez que ese loco ataca en algún lado, Ángel planea ir a detenerlo a costa de su vida.

Era de esperarse. Ese hombre era el asesino más sanguinario de su época y, entre otras cosas, había arrasado con una pequeña aldea en Ogha. Era posible que hiciera algo similar en el Laboratorio del Noveno mundo.

Ese hombre había crecido en un mundo en el que la educación básica era para la conquista y el asesinato, y aún para esos estandares su sed de sangre era considerada una locura. No tenía otro objetivo más que dar muertes violentas a grandes grupos de personas.

Por lo que Ángel había dicho, aquel asesino en serie encontraba satisfacción en un combate desafiante y la subsecuente victoria. No había nada más que eso. Ningún plan siniestro o pretensiones nobles. Sólo un enorme hueco en donde debería estar el alma. Un hueco que intentaba llenar con la sangre de aquellos valientes que osaran enfrentarlo y los débiles que tenían la mala suerte de estar en su camino.

Pero ninguno de ellos estaba entre esas personas. Lo cual era más o menos razonable. Max y Sou no eran débiles, Ángel y Ameriev no eran valientes. Y mala suerte sería la de cualquiera que los enfrentara ahora que estaban juntos. No porque fueran invencibles, siino porque sabían cómo evitar a cualquiera que fuera a vencerlos.

―Lo que Max no entiende ―explicó Sou― es que Ángelito siempre se acobarda en último minuto―de pronto la mujer alzó la voz para que su sobrino la oyera bien:―. Te apuesto lo que quieras a que ni siquiera llega al doceavo piso.

―¡Se dice duodécimo, y ya está ahí! ―replicó el muchacho, y la puerta se abrió de golpe.

La mujer gesticuló un “ups”, y la puerta volvió a cerrarse, pero con suavidad.

―¿Estás…? ―comenzó a preguntar Ameriev, pero la voz de la Sou ahogó a la suya.

―¡Pero no se va a quedar! ―luego, en voz muy baja, se dirigió al adivino―. ¿No se va a quedar, verdad?

¿Él cómo iba a saber eso?

―No va a morir ―dijo lo único que podía asegurar.

―¿Puedes ir y decirle?  Por si acaso. Traelo a rastras o algo así. Yo lo haría, pero se supone que mantenga al niño nuevo encerrado para que él no vaya al doceavo piso . No sé por qué. Posiblemente la espada mágica es tan poderosa que Gerusa puede matar a inmortales telequinéticos que saben demasiado.

―A Max tampoco lo mata él ―dijo el adivino, negando con la cabeza.

―¡Cállate! ―gritó el chico, un poco más histérico que antes―. ¡Deja de hablar de como me matan!

―Yo no dije…

―¡Es lo  mismo! ¡Es lo mismo! ¡Deja de ver eso! ¡Y ve a buscar a mi tío!

Usualmente, Ameriev diría que “dejaría de ver si pudiera”. Pero no tenía caso explicarselo a Max, porque ya lo sabía.

Ameriev regresó por dónde había venido y tomó las escaleras más cercanas.

Estaba en el octavo piso cuando vio, en el otro extremo del pasillo, al hombre vacío del octavo mundo. También estaba subiendo. La determinación brillaba en sus ojos, pero lo que el adivino vio primero, fueron las razones por las que  Ángel nunca dejaba que Max se acercara a él: las cincuenta y dos formas más horribles de ser asesinado por un telequinético. Por lo visto, Max odiaba a ese hombre. O, quizá, conociendo a tantos adivinos, el muchacho sabía sobre las personas a las que Gerusa podría matar y haría literalmente lo que hiciera falta para causar tanto daño que ni la espada irrompible pudiera proteger al psicópata.

Las otras muertes posibles en el futuro del asesino, aunque a manos de otros verdugos, eran igualmente dolorosas. Ninguna de las partes sentía nada más que vergüenza.

Excepto…

Ameriev sonrió.

No era poco común ver una muerte que llenara tanto a quien la sufría. Pero la mayor parte de la gente no hacía más que alejarse de sus finales felices. En cambio este hombre estaba caminando directamente hacia el suyo.

En su ensimismamiento, no vio a Ángel, quien bajaba las gradas que él pretendía subir.

―¡Maldición Ameriev, no llames su atención! ―exclamó su amigo, mientras tiraba de él para que  lo acompañara escaleras abajo.

―Sou dijo…

―No, no, no. Lo siento, no puedo hacerlo ―sonaba como si realmente lo sintiera, pero también parecía aterrorizado.

Como si ese tipo de verdad pudiera matarlo. Como si no supiéramos ambos que a un cobarde bien informado como Ángel, sólo puede matarlo un cobarde que vea el futuro.
El eje de todos los mundos posibles no tiene esquinas ni aristas.
Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)