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[Fantasía/Erótica] Pasión tormentosa
#1
    Corría la mujer bajo la noche tormentosa, sujetando la mano de su amante; un rayo cayó a su lado, el hombre dio un respingo mas ella siguió corriendo. Debían llegar al bosque.
   Cada vez eran más los rayos que caían cerca, hasta que al fin uno de los rayos la alcanzó. Soltando la mano de su acompañante, cayó al suelo.
   El grito que dio reverberó en la noche, y al poco la tormenta se disipó hasta quedar reducida a una fina llovizna.
   —¿Hermana? —preguntó el hombre acercándose a ella, mas la mujer le hizo una seña para que se detuviera.
   —Padre está cerca. Ve al bosque, corre antes de que llegue, yo te veré allí.
   —Pero…
   —¡Ve al bosque, ya! —bramó con una furia que centelleó en sus ojos grises y en los cielos.
   Su hermano Lorjt hizo caso, temeroso de esa ira. No estaría demasiado tiempo sola tras su marcha, pronto escuchó el carro de guerra de su progenitor descender de los cielos.
   Sería imponente verlo, sin embargo, ahora que estaba ante su padre la tormenta se había apaciguado una vez más, así que lo único que era capaz de ver era la estela luminosa que dejaba tras de sí el vehículo.
   —Padre —dijo ella dando una reverencia en la oscuridad.
   —¿Crees que esos son modos? —preguntó él sin mirarla, después se dirigió a uno de sus ciervos—: Nidgell, si te place, ilumina a mi hija.
   Tras ello, el mundo se iluminó como si fuera pleno día, o al menos así era hasta donde alcanzaba la vista; más allá seguía la oscuridad de la noche sin luna.
   —Padre —repitió la mujer haciendo una reverencia—. Nidgell, Hoggert, es bueno verlos…
   El ciervo de color blanco sacudió su cabeza mientras el de color negro se dedicaba a pastar. Lo cierto es que eran majestuosos. Ella los conocía desde siempre, mas nunca los había visto tras tomar forma humana, y que una simple pata de las seis que tenían esas bestias fuera mayor que su tamaño actual la hacía sentirse una niña otra vez. Se preguntó si para un mortal sería igual de cómodo dormir en esa cornamenta como lo hacía ella cuando era pequeña.
   —Mírame —ordenó su padre, haciéndola volver al presente y recordar qué hacía allí—. ¿Qué clase de disfraz es ese? 
   —Tú te has vestido de mortal muchas veces —contestó ella mirando hacia arriba con el cuello muy torcido. No solía tener miedo, sin embargo la figura gigantesca de su padre le hacía tenerlo.
   —No para lo que tú lo haces…
   —¿Acaso no has tomado a mujeres mortales y has poblado al mundo de sangredivina?
   Su padre no contestó, simplemente la observó desde arriba en silencio; tomó su lanza y su escudo y bajó del carro. Seguía intimidando aunque estuviera en el suelo, probablemente la proximidad la intimidaba más si cabe; sin darse cuenta dio un paso para atrás.
   —No te atrevas a alejarte de mí.
   La orden causó un efecto sobrenatural en la diosa, que dio dos paso hacia adelante.
   —Soy Boreas, tu padre y señor. Todo el que habita en el norte me venera, todo lo que respira en el norte lo hace porque es mi voluntad, todo lo que existe en el norte es mi presente al mundo. ¡No vas a yacer con tu hermano y traer un engendro a mi obra!
   —Padre, no puedes impedirlo, ¿qué harás?, ¿encadenarme? Romperé cada eslabón para alcanzar el espíritu llameante de mi hermano.
   —La abominación que nazca de esta unión será un dios de la destrucción.
   —Pues que lo destruya todo.
   Antes de salir volando por los aires se había dado cuenta del error que había cometido, en realidad, se dio cuenta del error mientras respondía.
   —¡¿Así vas a honrar a tu hermano?! ¡Werr te dio su rayo como presente de nacimiento y pretendes dar a luz a una deidad como la que acabó con su vida!
   —Padre, yo…
   —¡Si entras en ese bosque dejarás de ser de mi sangre! ¡No seré el abuelo de un engendro! —clamó Boreas mientras andaba en dirección a su hija. En realidad sus palabras iban en contra de su voluntad, pero no quería tener que detener a su estimada Eirya a la fuerza.
   La diosa se levantó con cierta dificultad y empezó a caminar hacia el bosque. Supo que su padre no la detenía porque no quería, lo tenía muy fácil para alcanzarla incluso si ella hubiera corrido.
   —¡Perderás tu divinidad en cuanto ese ser empiece a formarse! —clamó Boreas mientras andaba en dirección a su hija. Estas palabras no eran su voluntad, eran el futuro que había visto a través de su ojo derecho, el ojo robado al gigante Theer.
   —¡Pues que así sea! ¡No me importa mi divinidad, me importa mi deseo!
   —¡El deseo propio de un mortal! ¡¿Cuándo uno de mis hijos se ha degradado tanto para sentir como lo hacen los que nos rinden pleitesía?!
   Eirya se detuvo y se dio la vuelta, porque esta vez era plenamente consciente del error que estaba por cometer:
   —¡Tal vez mis pasiones son propias de un mortal, empero al menos sigo viva!
   Otra vez fue arrojada por los aires, mas esta vez, un enorme rayo partió el cielo y la tierra, atravesando en su camino al Padre de los Dioses del Norte. Boreas supo, en toda su sabiduría, que ese rayo, aunque lanzado por la voluntad de Eirya, guardaba la voluntad de Werr; recordó cuando su hijo le lanzó un rayo similar por motivos similares. Supo que parte del espíritu de su hijo todavía moraba en el rayo, y ese remanente del señor del rayo le recordó que la voluntad de un padre no superaría nunca las pasiones de un hijo, también le hizo saber que conocía el destino de su hermana y que esperaba que se cumpliera para poder verla una vez más.
   —Que así sea —clamó la deidad más para sí que para el mundo—. Con este acto la voluntad de mi hija ha confirmado la visión predestinada. Esa criatura, que no tendrá nombre pues nada bueno sale de nombrar a un ente destructor, va a ser un eslabón más encadenando los destinos de muchos, constriñendo sus futuros más allá de sus voluntades. Que así sea. —Se dio la vuelta y empezó a andar en dirección a su carro; mientras una lágrima salía de su ojo, el ojo de Theer seguía viendo el final de su predilecta. Una vez más clamó—: Que así sea.
   Y así fue, pues la voluntad de Werr no alcanzó solo a su padre, sino a su hermana, que se conectó con dicha voluntad al atacar a su sangre. Y quiso volver, y quiso pedir perdón a su padre, y quiso pedirle que la cuidara, mas no lo hizo, pues el deseo era más fuerte que el destino. Era más fuerte que su voluntad.
   Al alcanzar la linde del bosque, siempre acompañada por una llovizna fina que la hacía sentir como siente un mortal, Eirya miró el muro de madera que se alzaba ante ella. Yrrervhal, el primer bosque; Yrrervhal, el último bosque. Fue el primer refugio de la mortalidad, también sería el último, sin embargo ahora era territorio prohibido, su señor Vinn no permitía la visita de criaturas pensantes, mas su hermana había llegado a un acuerdo. 
   Dar un paso en el bosque era una sensación extraña, que sería incapaz de describir a dios o mortal. Ninguno habría vivido algo similar, ni siquiera los que habían viajado a otros mundos, porque este no era simplemente otro mundo, era una entidad viviente, un árbol, el primero de los seres mortales que pobló el mundo, que se extendió hasta ser todo un gigantesco bosque. Ahora ella estaba en el interior de este ser.
   —¡Creí que no vendrías! —gritó Lorjt, quien con su forma mortal parecía indefenso en este lugar. Se acercó a ella y la abrazó, la besó.
   Había una extraña calidez en esos labios helados por la lluvia. La sensación de liberación tras enfrentarse a su padre y señor, la certeza de conocer su sino; el calor era poder, el calor era conocimiento, el calor era necesidad. Su lengua luchó con la del dios como si eso fuera lo que los mantuviera con vida.
   Un ruido los hizo separarse. En una rama justo por encima suyo se encontraba el señor de este lugar, quien dejándose caer gracilmente llegó a su lado. Su tamaño seguía siendo mucho mayor que el de los hombres, sin embargo nunca había tomado una grandeza como la de su padre o de las demás deidades, creía que era innecesario y que hacerlo era un insulto a su bosque.
   —Hermano… —dijo ella haciendo una ligera reverencia.
   Él se la devolvió y luego se encaró con el otro. Estarían así unos momentos, en silencio, observandose. Madera y fuego nunca se habían llevado bien, pero ambos amaban a su pequeña hermana, por ello no se enfrentaban.
   —Hermana, tu visita es adorable, sin embargo habíamos llegado a un acuerdo. Has conseguido mi beneplácito para entrar en Yrrervhal, ahora es tu turno, ¿me has traído la perla? —preguntó tras dejar de mirar al otro dios.
   —Por supuesto que la he traído —respondió ella antes de expulsar la pieza de nácar que guardaba en su interior.
   La perla resultaba grande incluso para el estándar divino, sacarla de su interior había sido más complicado de lo que creía. Entregó la madreperla a Vinn, que la observó un instante antes de tragarla.
   —¿Para qué piensas usarla?
   —Tengo una deuda que pagar. Igual que no preguntaré detalles de qué buscas hacer en mi hogar, aunque es más que evidente, no debes preguntar tú por mis asuntos. —El señor de Yrrervhal observó a su alrededor—. Este lugar es seguro, nadie, ni siquiera padre, puede entrar aquí si esa no es mi voluntad. Estaréis a salvo para vuestro encuentro. Si quemas algo del lugar —comentó a Lorjt—, te castraré y buscaré a cada una de tus semillas para matarlas y convertirlas en abono.
   Ninguno dijo nada mientras Vinn daba un beso en la frente de su hermana, para luego apoyarse en un tronco y hundirse poco a poco en el mismo.
   —Nuestro hermano es más encantador en cada encuentro —dijo Lorjt mientras la abrazaba por detrás.
   —Solo cuida este lugar… —dijo ella mientras recibía besos en el cuello—. Si te conociera como lo hago, no temería.
   —¿Por qué no habría de temerme? —preguntó él indignado separándose de Eirya.
   —Vamos hermano —dijo ella dándose la vuelta, y tras empujarle contra un árbol prosiguió—: Tal vez tu ira sea terrible, empero tu calma es de lo más inofensiva.
   —Podría enfurecerme ahora mismo y arrasar este lugar —aseguró orgullo Lorjt.
   La respuesta que recibió fue una carcajada por parte de Eirya.
   —Podrías enfurecerte, empero no lo harás —reiteró ella mientras agarraba con firmeza la virilidad de su hermano—. No hay nada ahora que deba hacerte enfurecer, eres un viejo volcán durmiente y la única erupción que causarás hoy será cuando me llenes con tu semilla.
   Lorjt se lanzó a besarla, mientras Eirya seguía acariciándole. Al cabo de un rato ella se separó y empezó a desvestirse; el clima en este lugar era cálido, por tanto sus pezones no se habían endurecido por el frío. Tras desnudarse se sintió conectada con Yrrervhal, la energía del bosque fluía a través de ella y podría haber dejado por siempre a Lorjt por este éxtasis que le provocaba temblores cada vez más fuertes. Empezaba a humedecerse y sus piernas ya no conseguían sostenerla.
   —¡Basta! —imploró ella tumbada en el suelo, mientras se acariciaba para acabar con el placer que sentía; el bosque no se detuvo y hasta llegar al clímax no se quedó tranquila.
   Su hermano la observaba absorto, con su miembro completamente erecto. No le habló hasta que la respiración de Eirya se calmó:
   —¡Solo hay verdad en tus palabras, este bosque te ha tomado antes que yo y no he sido capaz de arrasarlo!
   —Había que pagar también al bosque —respondió ella acariciándose el vientre—. Ahora que ha sembrado en mí su simiente, puedes tú sementarme también.
   Eirya se levantó y esperó un momento para asegurarse que el bosque no volvería a tomarla, cuando vio que Yrrervhal se había tranquilizado, volvió junto a su hermano, a quien besó con ansias mientras ambos cuerpos estrujaban entre sí ese miembro palpitante.
   Lorjt fue abriéndose paso con su lengua a través de un camino por el cuerpo de su hermana, hasta alcanzar ese cáliz vúlvico donde saciaría su sed carnal. Su hermana sujetaba su cabeza mientras la lengua del dios saboreaba el regusto a clorofila que había impregnado el bosque en ella.
   La diosa alcanzó un nuevo clímax, y tras ello separó a su hermano de su cuerpo, no sin dificultades pues este la agarraba con fuerza no queriendo dejar de devorar ese manjar divino que tenía ante sí. Le hizo tumbarse en el suelo y se subió encima; se dejó caer empalándose de una sentada.
   El falo de Lorjt todavía albergaba el calor propio del volcán, un calor impropio de los cuerpos mortales, un calor que abrasaría a cualquier mortal, sin embargo lo que sentía ella eran las brasas que alimentaban el fuego de la pasión que sentía; comenzó a moverse en un vainvén. Su hermano agarró uno de sus pechos y se dispuso a juguetear con uno de los pezones, y aunque ella disfrutaba de ese contacto, agarró su mano y la separó de su cuerpo; sujetó ambos brazos mientras brincaba cada vez con más afán. El señor de los volcanes intentaba moverse para besar a su hermana pero la fuerza de esta le superaba de largo. La señora de las tormentas no paró de moverse hasta recibir su gracia. 
   Al fin, la esperada erupción y, mientras era inundada, un rayo los alcanzó; tamaño había sido el arrebatamiento. Empero, el calor esta vez era demasiado incluso para ella y tuvo que separarse de él; nada cambió, su vientre seguía ardiendo y en tanto lo hacía, ese calor le permitió observar el futuro. Su parto daría lugar a dos vidas, su parto daría lugar a su muerte, su parto constreñiría las vidas de muchos.
   Ahora lloraba, por el dolor y por el saber y, una vez el calor se fue escampando, empezó a sentir frío.
   —Hermana mía, ¿estás bien? —inquirió el ardiente dios al ver las lágrimas correr por el rostro de la señora de las tormentas.
   —Sí, es simplemente que no esperaba tal éxtasis —respondió ella haciendo una mueca que intentaba imitar a una sonrisa.
   —¿Crees poder engañarme? —abrazándola—. ¿Acaso te arrepientes del acto que hemos llevado a cabo?
   —No hay tal engaño, amado hermano, y no hay tal arrepentimiento —respondió Eirya hundiendo su rostro en el cuerpo de él. Estas palabras no eran su voluntad, era la réplica que debía darle; ella buscó este destino, y ella debía cargar con este sometimiento a su sino.
   Y con el frío, ese frío que le calaba hasta los huesos ahora mismo; se preguntó si en realidad este lugar siempre había sido así de frío y la venda del deseo no había permitido que se percatara. Al fin comprendió cuán equivocada estaba; el calor era debilidad, el calor era ignorancia, el calor era hartura.
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