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[Nuc] Destino Manifiesto
#1
Destino Manifiesto

   Es importante conocer tus limites, más aun si cabe si eres alguien influyente y poderoso. Es fácil olvidarte de tu naturaleza mortal cuando los demás se pliegan ante ti al mínimo gesto, a la más nimia de las miradas. 
   Dejó que la luz que cruzaba el hueco central del pétreo monumento al Disco Solar, le atravesará con la calidez de la mañana. Era un buen día para cualquier habitante de Meridian que se preciase de serlo. Los días soleados eran suficiente motivo para que esas gentes caminaran despreocupadas y joviales. La ignorancia y la superstición tenían toda la culpa. Aun así  Éxodan Isread, o como todo el mundo le conocía «Exod el Atroz», valoraba a los meridians por su tolerancia y respeto por los Emisar de la Orden.
   Él era una persona sosegada, al contrario de lo que daba entender su sobrenombre, o eso trataba de decirse a sí mismo. 
   Paseó despacio por las adoquinadas y adornadas calles de Tor-Ailox abandonando a los fieles venidos de todo Nuc, que se situaban en circulo, en perpetua oración, al rededor del Disco Solar. La capital de Meridian, Tor-Ailox, era el principal núcleo religioso del reino, y si le preguntabas a sus orgullosos habitantes, ese lugar era «Ombligo de Nuc». No en vano el meridiano cero atravesaba en los mapas a aquella ciudad, como un claro indicativo de su lugar especial en el mundo… tal vez algo tuviese que ver el hecho de que los hombres que desarrollaron los primeros mapas, creyeran fervientemente en el Dios de los Meridians, Ailox; el orbe incandescente al que el resto de mortales llama sol. 
   Miró de refilón la plaza que abandonaba. Allá, volando en círculos sobre los peregrinos se encontraba una sombra imponente. Un chasquido de dedos suyo fue suficiente para llamar la atención a la corpulenta águila negra que acechaba a los presentes con sus penetrantes ojos. El animal voló hacía Exod, se poso sin delicadeza alguna sobre su antebrazo y abrió las enormes alas orgullosa. 
  —¿Has visto a alguien portándose mal? —le preguntó con sorna al animal que erizó las plumas en respuesta—. Entiendo, entonces es suficiente por ahora.
   Tras sus palabras el animal comenzó a deshacerse en un vapor negruzco, la energía que había utilizado para darle vida, se había agotado. Estaba particularmente orgulloso de su habilidad para ejecutar el Patrón Deformador del Aguila Negra, el primero que había aprendido, hacía tanto tiempo ya. 
  Al considerar la zona segura, abandonó el congestionado centro de la ciudad, en pos de un camino no menos importante. 
   Su ropa holgada se sentía cómoda, pese a que se constreñía en el pecho debido al peso de la capa azulada, símbolo de la orden a la que representaba. Su cabeza rapada y su paso raudo y recto, ayudado por sus negras y recias botas, completaban un aspecto militar solo amplificado por su porte. Y es que Exod, era para muchos el prototipo de Emisar de Campo a seguir. Un hombre inflexible, sabio, consolidado en las altas esferas de la Orden de los Verdaderos pese a todavía estaba en la treintena. También era consciente de que para otros miembros de la Orden, el representaba todo lo que estaba mal en los Verdaderos. Pero eses miembros eran débiles, eses pusilánimes tan solo son una rémora para los nobles objetivos de los Verdaderos, se dijo mientras apretaba los puños y tensaba la mandíbula. Notó como el calor recorría su cuerpo, «el Atroz» le decían sus enemigos políticos. 
   ¿Como se atrevían? ¡Vergüenza deberían de sentir! 
Su ejemplo debía hacerse visible a todos los jóvenes, eses ancianos habían confundido la sabiduría con la inclemente demencia de la senectud.
  Finalmente llegó a la segunda estructura más famosa de Tor-Ailox, tal vez para muchos la primera por derecho propio. La realidad es que era mucho más impresionante que el prehistórico Disco Solar. El palacio que tenía enfrente, era rico en columnatas y poseía un jardín ornamentado que conducía a una entrada donde un par de magnificas estatuas de dos Emisars de más de cinco metros de altura, yacían sobre una rodilla dando la bienvenida a los viajeros. El Gran Salón del Supremo Orden, un nombre algo largo para su gusto, pero que reflejaba el poder de su institución como pocos. Tal vez el único que podía hacerle frente en tamaño fuera el palacio gubernamental de Meridian, dónde ejercía la Teocracia de los sacerdotes Ails. Pero ese palacio carecía de semejante belleza. 
   Exod cruzó el pórtico, y dos Emisars que ejercían de guardias a la entrada del palacio se pusieron rectos como varas ante su sola presencia. Tal vez si fuese más joven se habría vanagloriado ante el efecto de su reputación, hoy día le preocupaban más las consecuencias de su particular visión. 
   Siguió caminando ignorando las múltiples salas que se abrían en las interminables hileras de pasillos. Se dirigió a un área concreta del palacio, hoy no iba sentarse ante el consejo, hoy le esperaba algo más intimo.  Ascendió a la segunda planta, donde en un atrio abierto esperaba su padre y mentor. Allí dos Emisars de tan solo una graduación por debajo de la suya, le saludaron con respeto y lo custodiaron al interior. Era extraño ver ejerciendo de simples guardias a dos Emisars tan preparados, estaba claro que la dirección de la Orden era cada vez más corrupta e inútil.   
   Y allí le esperaba el viejo Hiod, en un patio interior, aprovechando la luz que se vertía sobre una hilera de pergaminos extendidos sobre una mesa y rodeado de plantas, que casi ocultaban al anciano Emisar. Hiod le dio la bienvenida con una mirada iracunda. 
   Desagradecido.
  —No esperaba que te presentaras después de lo que sucedió con ese pobre Emisar en Tzerza.
Exod bufó.
  —Las normas son claras, el reclutamiento de nuevos Emisar para la Orden es una prioridad —replicó.
  —¡Por todos los Huesos de los Entes! ¡Mataste a ese muchacho!
   —Así es. 
 El anciano cerró los ojos turbado, como si Exod debiese mostrar el más mínimo arrepentimiento por cumplir con su deber. 
  —¿Entiendes porque todos te llaman asesino a tus espaldas? —dijo el anciano esta vez con melancolía.
  —Será porque no tienen valor para hacerlo a la cara.
  —¡Bah! No eres más que un necio —gruñó Hiod.
 —Puede ser, pero no soy un asesino, padre, no quebrante ninguna norma de los Emisars, ni de del Imperio Tzerza, fue un duelo justo, que el estúpido joven no debió aceptar, pero es mejor así. De este modo tenemos un Emisar menos fuera del control de nuestra gloriosa Orden.
  El anciano se levantó de su silla y caminó encorvado en círculos mientras se sujetaba las manos cruzadas a la espalda. Su capa quedaba demasiado holgada para su enjuta figura, dando la sensación de espaldas de que se trataba de un niño con la ropa de su hermano mayor. El anciano pidió  con un gesto a los guardias que se retiraran. 
   —No vuelvas a llamarme padre, por favor. Reniego de serlo, te recogí en las calles de Tjebsobjed cuando apenas sabías limpiarte los mocos, y has decidido pagar mi compasión con continuos desafíos… pero ahora… has ido demasiado lejos.
   —¿Qué quieres decir padre?
El anciano soltó un lamentó ante la repetición de aquella palabra.
  —Quiero decir que estas fuera de la Orden de los Emisars Verdaderos. El consejo lo  verificó esta mañana. 
   —¿Todos sus miembros? —dijo Exod incrédulo.
   —Así es. 
 —Pero no pueden echarme, no he incumplido ninguna norma. Ademas necesitarían tu voto.
  Hiod le miró de una manera extraña, de una manera en la que nunca le había mirado, ¿qué era aquello?
  Siente Vergüenza, comprendió.
   —¿Has echado a tu propio hijo?
   —Lo siento, esto me duele a mi más que…
  Trato de hablar pero se vio interrumpido por la ira incontenida de Exod
   —¡Me has traicionado! ¡Tú y yo íbamos a renovar esta Orden! —gritó atrayendo a los guardias de nuevo y él anciano miró al suelo avergonzado— yo soy la persona que más Emisars Independientes ha reclutado para los Verdaderos, a mis treinta y tres años ya conozco cinco patrones, sí padre, cinco, he aprendido uno nuevo, uno de los extraños. Tú mismo dijiste que a mi edad apenas sabías dos completos. Entiendo esa vergüenza en tus ojos, has traicionado a tu propio hijo. Al único que podía reconducir esta organización.
  Hiod, para su sorpresa, levantó la mirada desafiante.
   —Te confundes, Éxodan. El único motivo de mi vergüenza es haber permitido que te convirtieras en esto.
   —Sí crees que me voy a quedar de brazos cruzados mientras me quitan lo que me pertenece por derecho…
   —Sabía que no lo harías, pero tenía la esperanza… ¡Bah! No importa, te aconsejo que no intentes nada, estaba preparado para esta reunión, te lo advierto —esta vez sus ojos dejaron entrever  una profunda tristeza, como dos pozos rebasados por  lluvia tormentosa, destellando con un brillo acuoso en su superficie. 
   Para su sorpresa, los dos guaridas que había en la puerta lo flanquearon. Exod trató de llevarse la mano izquierda a la bolsa que colgaba de su cinto. Allí guardaba los huesos, la leña que necesita ese fuego que es la Ormántica. Pero fue una necedad. Los dos Emisar  que ejercían de guardias estaban preparados, absorbieron el hueso antes que él. Antes de que pudiese tan siquiera rendirse, una voluta de fuego le alcanzo el pecho y lo arrojó contra una columna del patio. Él que le había atacado conocía el Patrón Mental del fuego. Y lo conocía bien, su ropa derretida y las quemaduras de su hombro eran testigos. ¿Qué más podía hacer? ¿Rendirse y pasar una vida de vergüenza? No, volvió a intentar alcanzar su bolsa.
  Fue un segundo intento absurdo… y un error terrible. Sintió la oscuridad y una ausencia cuando trato de llevarse la mano a la bolsa. Se arrastró por el suelo cubriéndose con las columnas, hasta que consiguió ver entre una mancha de sangre. Se palpó todo el cuerpo asustado… no, no era posible. Tajos profundos le habían alcanzado, había perdido un ojo, le habían cercenado el brazo izquierdo y por si fuera poco, notaba media nariz desprendida. 
   Solo conocía a una persona capaz de usar el patrón mental del viento cortante. Una orden que consumía el hueso más rápido de lo que dura una gota de agua en la arena del desierto de Asdarh.
    —¿Padre? ¿tú me has hecho esto?
  —Lo siento… hijo —dijo el anciano mientras se aceraba a Exod a paso cansado.
  Estaba muerto. No, no renunciaría a su destino manifiesto. 
  —Tú mismo lo dijiste un día padre… ¡Yo soy el futuro de esta orden!
   —Lo eras…
   —Destino manifiesto lo llamabas cuando era crío… — dijo soportando el horrible dolor. 
    —Destino errado digo ahora. 
   Entre la sangre que manaba por su rostro consiguió ver la imagen difusa de su padre. Con disimulo y esfuerzo por su única mano consiguió retirar el anillo azulado de su dedo corazón y apretarlo sobre su palma. No era mucho hueso, pero era todo lo que tenía. Su padre lo miraba con superioridad, inconsciente de como la energía se iba arremolinado en su interior. Una Orden Mental precisa era suficiente para extraer la energía del hueso.
   Su padre, custodiado por los dos guaridas, se llevo la mano a su bolsa y extrajo otro pequeño hueso, probablemente una falange.
   —De veras, nunca creí que esto acabaría así —dijo despidiéndose y comenzando a absorber el hueso, dispuesto de seguro a utilizar de nuevo su temible Viento Cortante. 
    —Yo tampoco Padre, yo… tampoco.
  Exod se incorporó de rodillas para recibir a la muerte. O eso creían ellos… él nunca se iría, no sin luchar. Antes de que su padre o los guardias lo advirtieran, extendió su mano derecha liberando el Patrón Mental con que había extraído la energía del anillo de hueso. 
   Tanto su padre como los guardias se llevaron las manos al cuello buscando un aire que se había vuelto huidizo. Era un truco, su anillo de hueso no tenía la energía necesaria para crear un vacío lo suficientemente grande como para asfixiarles. Pero si lo suficiente como para asustarles. La Orden Elemental del Vacío había cumplido su propósito. Exod llevó ahora rápido su única mano por fin a su bolsa. Absorbió un poco del polvo de hueso que allí se encontraba y con una Orden Deformadora invocó una preciosa lanza dorada llena de ornamentos. Sin meditarlo ni un instante, atravesó el pecho de su padre. Los guardias quedaron atónitos. A uno de ellos consiguió alcanzarle en la garganta mientras se defendía  lanzando otra voluta de fuego. 
  Las abrasantes llamas le alcanzaron el lado izquierdo del rostro donde había perdido el ojo. Con suerte la capa le había protegido del resto de la voluta flamígera. Se quedó a la defensiva, viendo a duras penas entre los daños, el dolor y el humo. Observó como el otro guardia huía a la carrera, de seguro no por cobardía, sino en busca de ayuda para enfrentarle. 
   La lanza se evaporó de sus manos, el polvo que había empleado ya se había consumido.
   Agotó su último polvo de hueso de la bolsa, para ejecutar el Patrón Mental Regeneración. Notó como sus dolores se aliviaban y sus heridas cicatrizaban, pero no le creció otro brazo, no se regeneró su ojo, ni siquiera la piel chamuscada del lado izquierdo de la cara volvió a la normalidad. Pero curó, ahora la notaba tensa y rugosa al tacto. Mierda también la oreja. No volveré a gustar a las mujeres, pero estoy vivo. Pensó y rió como si fuese un chiste qué solo él pudiese comprender. Se había curado, pero la regeneración no hacía milagros, al menos no moriría desangrado. 
   Su padre yacía moribundo, tratando a duras penas de alcanzar la falange caída a unos pocos palmos de él. Exod se inclinó sobre su rostro.
  —Tienes razón padre, mi Destino Manifiesto ha cambiado, refundaré la Orden de los Verdaderos o acabaré con ella en el intento. 
   —No… no saldrás de aquí con vida. 
  —Créeme, lo haré, ya te he dicho que aprendí un nuevo Patrón —dijo mientras apretaba el gaznate de anciano con su única mano hasta que dejó de moverse. Entonces recogió la falange de su padre y arranco la bolsa de huesos del guardia perecido y los incorporó a su cinto. 
   Recogió con velocidad los pergaminos que allí se encontraban y los metió en un bolso  de cuero que cruzó a la espalda. Tenía la vana esperanza de que allí, entre los objetos de su padre, se encontrase el pergamino que contenía el Patrón del Viento Cortante, aunque en cualquier caso, le llevaría años aprender un Patrón Mental de semejante complejidad.
   Entonces, escuchó los pasos de numerosos guardias por el pasillo. Sonrió. Había estado a punto de perderlo todo, pero ese día era un nuevo comienzo. Ya no tendría que seguir el cobarde código de la Orden, ya no tendría que suavizar sus métodos. 
Sujetó la falange de hueso azulada con su mano y la absorbió completamente. Luego esperó gustoso hasta que los guardias entraron y rodearon el atrio. Miró los rostros de todos ellos desafiante. 
   —Decidle a los viejos Emisars, que no me tomare esta traición a la ligera. 
   Entonces se impulsó levemente con las puntillas de las botas. Para sorpresa de los presentes, sus pies se separaron del suelo y comenzó a ascender muy despacio hasta abandonar el palacio a través de la apertura del patio. Sonrío  con una mueca, que era lo que le permitía ahora su tensa piel, ante los ojos confusos de los Emisars que se arremolinaban a una distancia cada vez mayor. Abandonado el atrio y una altitud que dejaba empequeñecido al propio palacio, el viento arrastró su ligero cuerpo a capricho por el cielo, víctima de la la Orden Mental de Liviandad. Su capa ennegrecida por el fuego, pero no destruida, ondeaba al viento. Las capas de los Emisars eran resistentes en sobremanera, así que tal vez ese oscuro color tan diferente del típico azulado, fuera un augurio del destino de la orden. Así quiso tomarlo.
   Su cuerpo iba agotando los últimos reductos de la energía extraída de los huesos y él fue reduciendo su liviandad en consecuencia. Para cuando se agotó totalmente, tocó suelo con delicadeza, lejos ya Tor-Ailox, lejos de su padre… lejos tal vez para siempre, de la influencia de los débiles principios de los Verdaderos. 


© Created by Miles.
Atrás solo quedan los errores, adelante en cambio hay... errores nuevos, pero imprevisibles y diversos. Disfrutaré y lamentaré cada uno de ellos a su debido tiempo.
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#2
Un día me contarás como haces para escribir desde el punto de vista de tus villanos; desde las primeras líneas empezamos a comprender como lo ven los demás... a través de la forma en que él mismo se ve. Y aunque son opiniones opuestas, se entiende que todos creen estar en lo cierto.

Creo que ya lo leyeron los demás y que ya esta "aprobada".
El eje de todos los mundos posibles no tiene esquinas ni aristas.
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#3
(3 horas )tyess escribió: Un día me contarás como haces para escribir desde el punto de vista de tus villanos; desde las primeras líneas empezamos a comprender  como lo ven los demás... a través de la forma en que él  mismo se ve. Y aunque son opiniones opuestas, se entiende que todos creen estar en lo cierto.

Creo que ya lo leyeron los demás y que ya esta "aprobada".

Gracias por tu comentario Tyess, me alegra que lo hayas sentido de ese modo, puesto que la intención era crear un villano con motivaciones y no un simple malo malísimo. Secreto no hay,  escribir desde su perspectiva ayuda a sentirte identificado con su pensamiento. No sé tú, pero yo reconozco que me gustan especialmente los villanos, si estan bien hechos sueles llegar a empatizar con ellos y creértelos.
Atrás solo quedan los errores, adelante en cambio hay... errores nuevos, pero imprevisibles y diversos. Disfrutaré y lamentaré cada uno de ellos a su debido tiempo.
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