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[Fantasía] La boda
#1
¡Buenas! Dejo por aquí un relato corto que tiene ya bastante tiempo. Por supuesto el feedback y consejos son bienvenidos y os animo a ello. ¡Disculpad si es un poco largo (+2000 palabras) pero no tenía sentido subirlo por partes!


La boda


Alna se sobresaltó cuando el consejero Suzil entró sin llamar a la habitación de estar. Le seguía de cerca su dama de cámara, Vannah, aunque Alna sabía que era más una niñera que una asistente. Alna dejó el bordado a un lado y saludó educadamente al consejero, pero este hizo caso omiso.
‌-Vuestro padre os ha prometido al heredero de los Veor. La celebración será en dos semanas; partiréis cuando esté todo listo. Vannah y un embajador os acompañarán y regresarán cuando acabe la ceremonia. Ya hemos enviado invitaciones a todas las casa que quieran asistir, si es que alguna emprende el viaje. Eso es todo por ahora. Vannah se encargará de preparar sus cosas.
La ayudante ya se encontraba en las estancias de la princesa calculando qué valdría la pena llevar y qué dejar. Alna sintió una punzada de miedo; sabía que su padre no tardaría en prometer su mano a un alto miembro de la aristocracia. Tenía mucho menos valor que su hermano mayor, al que habían preparado desde la cuna para heredar el reino de Reld. Su posición como princesa apenas tenía relevancia, pero había esperado que el futuro compromiso se produjese con un miembro de una casa cercana o un reino vecino, no con los lejanos Veor. Se decía que a pesar de tener cabello que ardía como el fuego, eran brujos del mar y realizaban primitivos rituales a dioses olvidados. Alna no entendía qué podía obtener su padre de ese compromiso, pero la habían educado desde niña para saber que esas maquinaciones estarían fuera de su alcance. Todo lo que no fueran bordados, clases de poesía y paseos por los jardines estaba fuera de su alcance.
Suzil se dirigió con prisas a la puerta y le hizo una descuidada reverencia a la princesa sin detenerse. Alna estaba acostumbrada a que la corte de su padre la olvidara o la considerara poco más que una molestia en el protocolo; al fin y al cabo, el único destino que le esperaba era esperar a un matrimonio que conveniese a su padre y su hermano y asegurarse de cumplir a la perfección su papel de esposa. Alna estaba en paz con la idea, pero al levantarse para ir a sus aposentos con Vannah volvió a sentir inquietud. Su destino habría estado claro en una corte como la de los Reld, pero apenas sabía nada sobre los Veor.
Vannah había sacado de los arcones la mayoría de sus vestidos y los había desplegado sobre la enorme cama. Resopló.
-Vamos a tener que deshacernos de la mayoría de estos.
--
Alna se frotó las manos, nerviosa. Nunca había estado en un sitio como este. El enorme templo de piedra estaba invadido por plantas trepadoras, que se enrollaban en las columnas y subían por las cúpulas. Algunas de las ramas más gruesas habían abierto agujeros en los gruesos techos y paredes de piedra, por los que se filtraban rayos dorados de luz. Sin embargo, el lugar parecía cuidado con mimo más que abandonado. Podía escuchar levemente el murmullo del agua, pero no había visto ninguna fuente.
Y tampoco había llevado nunca un vestido como aquel. En Reid llevaba pesados vestidos con brocados y encajes, de varias capas de rica tela, acompañados de joyas y adornos como le correspondía como princesa. Vannah había empaquetado la mayoría para el viaje, pero dado que la boda se celebraba al estilo Veor, le habían traído un vestido ceremonial. Blanco y vaporoso, el largo no le cubría las piernas completamente a pesar de tener más de una capa y le hacía sentir violenta. La tradición dictaba ir descalza pero ella ha la insistido en ponerse unas finas zapatillas de tela. Alrededor de la cintura llevaba enrolladas varias cintas de colores claros. En el templo hacía una temperatura cálida a pesar de las finas ropas, pero Alna temblaba de los nervios. Vannah daba vueltas a su alrededor irritada terminando de fijar el peinado.
-Os voy a clavar una horquilla si no os estáis quieta de una vez.
La princesa trató de tranquilizarse. 
-Lo siento. Son los nervios. No quiero cometer ninguna equivocación y humillar a mi padre. Pero… es que es todo tan diferente. No entiendo la ceremonia ni...
-Entendéis perfectamente la ceremonia, princesa. -respondió molesta Vannah-. Os lo expliqué ayer y os lo expliqué esta mañana y no sois estúpida. Qué más da lo extravagantes que sean estos chamanes, si están satisfechos con este circo bienvenidos sean y así debéis cumplir. Pero esta noche, majestad, recordad cumplir con nuestra tradición nupcial. Espero poder volver a Reid pudiendo confirmarle a vuestro padre que pronto habrá herederos para asegurar el pacto.
Alna volvió a frotarse las manos nerviosa. Tampoco quería pensar en esa noche cuando tuviese que compartir cama con su nuevo marido. Habían llevar a Veor el día anterior y no había podido conocer a su prometido antes de la ceremonia. Tampoco habría podido decirle nada; su idioma era radicalmente distinto al que ella conocía, y habían tenido que recurrir en todo momento al embajador asignado como traductor. Sabía que tanto él como Vannah se marcharían de vuelta a casa en unos días, y le aterrorizaba quedarse sola e incomunicada. La única respuesta que había recibido es que haría bien en adaptarse lo antes posible.
Se oyó un murmullos al otro lado de los altos arcos de piedra. Una joven sacerdotisa se acercó; su pelo rubio brillaba débilmente iluminado, como era característico de los Veor. Sonrió al ver a la novia e hizo un gesto para que la siguieran.
Vannah fue la primera en salir a la enorme sala contigua, ocultando a Alna. Bajo la cúpula, la hiedra y los rayos de luz se entremezclaban con las columnas y salientes de piedra, iluminándolos y ensombreciéndolos. En uno de los laterales del salón, oculta bajo una galería de columnas, una pequeña muchedumbre esperaba el comienzo de la ceremonia. Agrupados en dos claros grupos, se distinguían a los Veor, con sus cabelleras iluminadas y ropas ligeras, y los nobles invitados por parte de los Reid. Sudaban bajo los costosos trajes y mostraban expresiones de aburrimiento e impaciencia. La mayoría eran nobles de casas menores que no podían rechazar la invitación a la boda de la princesa, por muy inconveniente o indeseable que resultase el viaje. Las casas mayores habían permanecido en sus palacios esperando la invitación a un evento de mayor importancia. La unión de la princesa menor con el heredero de un pueblo de brujos no era motivo suficiente para desplazarse.
En mitad de la sala, a cierta distancia de los invitados, había una piscina de piedra redonda. Al acercarse, Alna pudo ver que el interior estaba iluminado por algas fluorescentes que crecían en las paredes de la piscina. Parecía profunda. Junto al estanque, un sacerdote con una túnica blanca y el pelo plateado ligeramente brillante ya había comenzado a recitar el principio de la Unión.
Vannah se alejó había el grupo de invitados Reid y Alna caminó sola hasta la piscina. Fue entonces cuando le vió junto al agua: un joven mayor que ella, vestido con una camisa y pantalones claros bajo la rodilla. Iba descalzo, y su pelo castaño tenía las puntas iluminadas. Alna soltó aire al aproximarse; afortunadamente era joven y parecía sano. Hasta era guapo. Hasta ese momento, no había sabido qué esperar de su compromiso. Lo único que le habían comunicado era su nombre, Rao.
Sintiendo crecer de nuevo la ansiedad, se situó cerca de él, pero mantuvo las distancias. Esa encantadora primera impresión no significaba nada, lo sabía bien por su hermano. Y esperaba realizar bien la ceremonia. Hacía años que no nadaba, y tendría que bucear hasta el fondo de la piscina hasta que su futuro marido se lanzase al agua a sacarla. Tendría que esperar a quedarse sin aire para que él, bajo el agua, pudiera pasarme su propio aliento a través de un beso para poder emerger los dos, juntos, a la superficie como marido y mujer. Vannah le había explicado que tenía algo que ver con la confianza ciega en el otro, la responsabilidad de cuidarse, el sacrificio ante el peligro… y luego había soltado un bufido como si todo eso le resultase ridículo. Alna tampoco había oido jamás de una ceremonia así.
Junto a ella, Rao dió una zancada lateral para situarse más cerca y la miró de reojo. Ella le enrojeció y fijó la vista en el agua. ¿Cómo iba a bajar con el vestido? Se alegraba de no llevar sus propios vestidos, más pesados, pero sería una molesta a la hora de nadar. ¿Cuanto rato pasaría antes de que él bajase a por ella? ¿Y si no aguantaba? Suponía que sería capaz de emerger si se le acabara el aire, ¿pero lo considerarían los Veor un fracaso? ¿Anularía el matrimonio? Busco a Vannah con la mirada buscando apoyo, pero estaba hablando en voz baja con uno de los invitados Reid. Ninguno seos nobles prestaba atención y parecían estar deseando retirarse. Alna trató de llamar su atención disimuladamente, pero la dama de cámara se echó a reír por algo que la princesa no alcanzó a oír. 
Se fijó en los Reid. Aún no se había acostumbrado a su cabello extraño desde su llegada el día anterior, pero por todo lo demás parecían iguales que las personas que conocía. Sus ropas y casas eran distintas, muchas construidas sobre el agua, pero no había visto ninguna muestra de la magia con la que tanto desprecio había oído hablar de vuelta en su reino. ¿Sería siquiera real o sólo un mito? ¿Vería alguna muestra durante la celebración? ¿Y si eran realmente brujos? ¿Tendría que vivir entre magia toda su vida? Sintió como se hacía más pequeña. 
El sacerdote pronunció unas palabras con especial énfasis y la mayoría de los Veor sonrieron con afecto. Echó un vistazo con el rabillo del ojo y vió que Rao también sonreía. ¿Qué haría con el idioma? ¿Qué haría una vez su corte la hubiera abandonado para volver a casa? ¿De verdad iba a quedarse sola? Nunca había recibido demasiada atención a pesar de su sangre real, pero de repente la idea de quedar aislada le resultó insoportable.
Se le humedecieron los ojos y volvió a buscar a Vannah con la mirada pero está seguía sin prestarle atención. Ninguno de los Reid lo hacía y no se atrevía a mirar a los Veor, en caso de que estos sí lo hicieran. Su pelo le resultaba extraño. Sus ropas claras le resultaban demasiado simplonas. El cántico del sacerdote la asustaba y le recordaba cómo sería el resto de su vida. Se arrepintió momentáneamente de no haber plantado más batalla sobre su compromiso, pero sabía que habría sido no solo impensable si no indiferente.
El sacerdote repitió las mismas palabras que acababa de pronunciar. Alna levantó rápidamente la vista y vió a Vannah mirándole duramente; se había distraído y no había oído la única frase que había memorizado y que señalaba la segunda parte de la ceremonia. Articuló una disculpa y miró a su alrededor: todo el mundo guardaba silencio y la miraba, Vennah, los invitados, su prometido. Notó como se enrojecía y mirando al suelo se acercó al borde de la piscina. El agua está completamente transparente y se apreciaba el fondo levemente iluminado: era realmente profunda. Miró de nuevo a Vennah y vio que esta le hacía gestos impaciente para que se diese prisa. Se descalzó y dejó las zapatillas junto al borde, un poco avergonzada de su capricho de calzarse y salirse del protocolo. Esperaba que no hubiese llamado demasiado la atención. Luego posó el pie sobre el primer escalón. El agua estaba sorprendente tibia y empezó a bajar. Le cubrió rápidamente las piernas, la cintura, la falda blanca se empezó a hinchar a su alrededor y torpemente trató de sumergirla. Oyó cómo los nobles de Reid susurraban al ver su intento de mantener el vestido en su sitio y sintió vergüenza. Avanzó más rápido, hasta que el agua le cubrió hasta el cuello. El vestido se mantenía en su sitio. Queriendo acabar con todo lo anterior posible, respiró hondo y sumergió la cabeza en el agua.
Enseguida comprendió por qué la ceremonia se realizaba descalza y con un vestido corto: la tela se le enredaba en las piernas y no habría podido nadar con zapatos. A brazadas y patadas, llegó hasta el fondo de la piscina y rezó porque no tardarán mucho en venir a por ella. 
Iluminada por las algas, el corazón le latía rápidamente. Quería esconderse de los nobles. Quería esconderse de Vannah. Quería esconderse de los Veor, de Reo, quería irse a casa y actuar como si nada hubiese pasado. Quería estar seca en sus aposentos bordando, no en el fondo de una piscina en una ceremonia extraña. Miró hacia la superficie: le empezaba a faltar el aire y se preguntó qué ocurriría si saliese antes de tiempo. Tal vez el matrimonio no fuese válido y podría volver a casa, dónde al menos sabía cómo debía actuar. Supuso que nadie podría culparla si empezaba a emerger. O podría quedarse ahí, aislada del ruido, de la gente, solo con el agua y las luces. Los pulmones le quemaban y tenía el pulso desbocado.
De repente, sintió como alguien entraba en el agua. Rao nadaba directo a ella, sin dudar, con el pelo brillando intensamente. Buscaba su mirada y cuando estuvo suficientemente cerca, le tendió la mano. Alna dudó y tímidamente se la ofreció. Él pegó un tirón hasta situarla a su altura y le cogió el rostro con la otra mano. Alna se dió cuenta distraída de que su pelo era ahora rojo y no castaño, y su brillo le teñía la cara. Rao la miraba fijamente a los ojos. Tal vez notara sus dudas en la cara. Una sombra de preocupación cruzó el rostro del Veor, luego se suavizó y sonrió brevemente. El corazón de Alna latía cada vez más rápido. Tal vez fuera amable. Tal vez cuidara de ella. Eso acercó sus labios a los suyos y, con un suave beso, le pasó el aire que me necesitaba para emerger mientras le apretaba suavemente la mano. Se separaron y la princesa pudo apreciar una chispa de alegría en los ojos de él. Tal vez no estuviese tan mal. Tal vez no fuese como su hermano o su padre. Tal vez pudiese aprender a vivir allí.
Ambos salieron a la superficie.
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