Este foro usa cookies
Este foro hace uso de cookies para almacenar su información de inicio de sesión si está registrado, y su última visita si no lo está. Las cookies son pequeños documentos de texto almacenados en su computadora; las cookies establecidas por este foro solo se pueden usar en este sitio web y no representan ningún riesgo de seguridad. Las cookies en este foro también rastrean los temas específicos que ha leído y la última vez que los leyó. Por favor, confirme si acepta o rechaza el establecimiento de estas cookies.

Se almacenará una cookie en su navegador, independientemente de su elección, para evitar que le vuelvan a hacer esta pregunta. Podrá cambiar la configuración de sus cookies en cualquier momento utilizando el enlace en el pie de página.

Calificación:
  • 0 voto(s) - 0 Media
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Reto Inv20: ¡Feliz Navidad, Ratoncito!
#1
¡Feliz Navidad, Ratoncito!
El niño más triste del mundo – Primer Acto

Papá Noel temblaba. Si pretendía salvar la Navidad del niño más triste del mundo, debía partir inmediatamente. Debía hacerlo en puntitas de pie y a espaldas de los duendes. De lo contrario, intentarían detenerlo ¡Jamás aceptarían que pusiera en riesgo la Navidad! Su misión era peligrosa. Tremendamente peligrosa. Él lo sabía. Pero ¿qué podía hacer al respecto? ¿Debía, acaso, ignorar el sufrimiento de aquella pequeña víctima, otro año más?
No podía hacerlo. Desde algún rincón de la ciudad, le llegaban los villancicos desesperados que aquel infante le arrancaba a su órgano oxidado. Eran súplicas de auxilio disparadas al viento sin esperanzas de ser escuchadas. Pero, estas, viajaban por algún canal jamás descubierto para llegar a los oídos de Papá Noel y desatar un tornado de amargura, con ojo en la base de su espíritu. Un tornado que succionaba tanto su espíritu navideño, como todas sus alegrías, dejándolo perdido en un desierto vacío de amor.
Abrió la puerta de su armario, detrás de la cual se escondía un espejo. Se observó a los ojos: brillaban en ellos las llamas de la determinación. Supo entonces que no había marcha atrás. Extrajo de su bolsillo una petaca. La abrió y echó un trago. El ardiente licor descendió por su garganta y le calentó hasta las raíces del cabello. Luego, se sacó de la cabeza su gorro de terciopelo colorado y lo arrojó tan lejos como pudo. Lo odiaba. Siempre lo había hecho. Y no pensaba morir junto a él.
Alguien llamó a la puerta. Su corazón dio un salto y comenzó a trabajar a toda velocidad, martillando sus sienes.
—Sé que es un mal momento, pero… —el duende que hablaba detrás de la puerta se interrumpió al escuchar que el ícono navideño trababa la puerta con el cerrojo—. ¿Por qué cierras? ¡Abre!
El tiempo se había acabado. Revisó que los regalos estuvieran dentro de su bolsa. Los precisaba para dibujar una sonrisa en el rostro de aquel niño que nunca cesaba de llorar. Una sonrisa en la que este pudiera lucir aquellas paletas desproporcionadamente grandes que le habían valido el apodo «Ratoncito».
Castigó la ventana de su habitación con su codo hasta volverla añicos. Los duendes la habían trabado desde el exterior. Trepó por ella y saltó a la vereda, aprovechando la nieve para amortiguar su caída. Su moto lo esperaba ansiosa, anhelante de acción. Detrás suyo, múltiples voces gritaban «¡Vuelve! ¡No seas idiota! ¡No vale la pena!». Antes de pisar el acelerador, se dio vuelta y les dedicó una sonrisa triste. De despedida.
—Resiste un poco más, Ratoncito —musitó para sus adentros Papá Noel, al tiempo que pisaba el acelerador—. Ya estoy en camino.


Los líderes de la humanidad – Primer Acto

La luz del sol se filtraba entre las aromáticas ramas de un cedro, proyectando sombras veteadas sobre una mesa ladeada por cuatro sillas vacías. Los asientos pertenecían a los líderes que habían comandado, desde las sombras y durante toda la historia, a la humanidad. El jardín que albergaría aquella histórica reunión estaba custodiado por un portón de hierro forjado, cubierto de yedra y hojarasca. Recortada entre los barrotes, se distinguía la portezuela por la que ingresó Jesucristo. 
A pesar de estar flaco como una raspa de pescado y de tener los pies descalzos y cubiertos de tierra, su imagen ofrecía un deleite estético inigualable. Sus ojos verdes, punteados por pequitas marrones, eran un oasis de misericordia y resaltaban en su piel, clara como la nata. Con cada paso, su cabello castaño se agitaba al viento, barriéndole los hombros.
Jesús caminaba en círculos alrededor de la mesa, repasando mentalmente sus argumentos. Pronto llegarían sus tres compañeros para dar inicio al debate ¿Lograría impedir que la humanidad ataque a los Vollmer? ¿O lograría convencerlos que sus viejos enemigos ya no representaban una amenaza?
La portezuela se abrió, provocando un brusco quejido, a sus espaldas. Al darse vuelta, Jesús se encontró de frente con su rival histórico: Alejandro Magno. A pesar de ser bajo, su musculosa contextura y su orgulloso porte de león, le otorgaban una presencia imposible de pasar por alto. Como de costumbre, sus rasgos nobles y angulosos cargaban un semblante adusto, que funcionaba de tapadera para el incendio que eternamente ardía dentro suyo.
—Sabías que Jesús tenía piel morena y ojos castaños ¿verdad? —dijo Alejandro, que tenía una voz poderosa y ejercitada.
—Me inspiré en las estampillas —respondió Jesús y, luego de un corto silencio, ambos largaron una carcajada—. No te burles tanto, que hoy elegiste estar en la piel de un genocida.
—Conquistador, querrás decir —corrigió Alejandro.
—¿Escuchaste la versión de los Persas? —preguntó, con picardía, Jesucristo.
—No. Y no me interesa —respondió el macedonio. Su rostro se había oscurecido, develando su intensidad oculta—. No me interesa escuchar a los Persas, como tampoco a los Vollmer. Conozco una sola versión, y esa me basta. Conozco la versión de la humanidad ¡Veo a diario las terribles consecuencias que aun hoy sufre! Para mí, eso es más que suficiente.
Jesús se mordió la lengua antes de responder. Jamás convencería a Alejandro de mostrar misericordia con sus enemigos. Expresar sus argumentos antes que llegara el Comandante en Jefe era, simplemente, darle la posibilidad a su rival de preparar respuestas mejor construidas para cuando realmente hiciera falta.
La portezuela volvió a abrirse, revelando la imponente figura del Comandante en Jefe.


El niño más triste del mundo – Segundo Acto

El viento azotaba el rostro de Papá Noel, mientras conducía a máxima velocidad por aquella ciudad que el atardecer había teñido de ámbar. El aire frío le cortaba la garganta y su boca estaba seca como el polvo. Un trago lo haría sentir mejor, pero no tenía tiempo para detenerse. El Ratoncito no se merecía sufrir un minuto más de lo necesario.
Las sombras de los árboles comenzaban a alargarse en las veredas. Estaba aún a mitad de camino. Llegaría a la Torre Oscura, donde los Vollmer tenían secuestrado al Ratoncito, cerca de la medianoche. No tenía mapa, ni recordaba cómo llegar al lugar. Su única brújula eran los villancicos que aquel infante continuaba tocando, aun cuando sus dedos ya debían estar por acalambrarse.
A medida que se acercaba a la Torre Oscura, el aire se volvía más espeso, las vidrieras perdían sus decoraciones navideñas y hasta en los semblantes de los transeúntes se notaba como incrementaba su depresión. No había dudas de que aquel lugar era el centro neurálgico desde donde procedían todos los males que atormentaban a la humanidad.
Se detuvo en un semáforo. No podía arriesgarse a cruzar en rojo y que lo detuviera la policía ¿Cómo les explicaría su misión? Al igual que los duendes, no entenderían. Junto a él se detuvo un Renault 12 que, debajo de la fina capa de tierra que lo cubría, parecía ser blanco. Desde la ventana trasera se asomó un niño. Este apuntó a Papá Noel con su dedo, al tiempo que blandía una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente que lo había confundido con un imitador que trabajaba de vestirse similar a él durante las fiestas. De repente, el conductor, seguramente su padre, se dio vuelta y comenzó a gritarle con violencia al niño. Papá Noel no logró escuchar qué dijo, pero intuyó palabras terribles, dado que evaporaron aquella inocente sonrisa de un plumazo.
Se enfureció. Veía a los niños como artistas principiantes que se encontraban ante el lienzo en blanco de su alma. Lienzo con la potencialidad de convertirse en una obra maestra. El espectro de sus posibilidades era infinito, siempre y cuando, fuesen provistos con los colores del amor, el respeto y la libertad. Pero cuando los adultos salpicaban sus obras con violencia, locura y odio, estos quedaban arruinados para siempre. No importaba cuantas veces se pintase sobre estas horrendas salpicaduras, estas, tarde o temprano, regresaban para arruinar la obra.
Había conocido infantes «salpicados», como los llamaba él y había visto en qué hombres se habían convertido. Algunos habían aprendido a incorporar estas salpicaduras a sus cuadros. Aquella era, quizás, la mejor opción. Pero, en otros, se hacía evidente que aquellos traumas se asemejaban a los producidos en la guerra ¿Cómo podían existir hombres tan crueles? 
Los párpados del niño del Renault 12 perdieron la pulseada y las lágrimas no tardaron en surcar sus mejillas. Al verlas, Papá Noel también sintió el impulso de llorar. Aquellas gotas de tristeza lo conectaban con el Ratoncito ¡Era capaz de verlo a través de su brillo! Podía escuchar sus pensamientos y navegar por sus recuerdos. Pero, lo que vio fue tan desgarrador, que solo agitó más aquel tornado de amargura que le impedía sentir cualquier clase de alegría. 


Los líderes de la humanidad – Segundo Acto

El Comandante en Jefe avanzó, tambaleándose, hasta su puesto. Antes de intentar sentarse, tuvo que detenerse a recobrar el equilibrio, apoyándose sobre el respaldo de su silla. Jesucristo y Alejandro lo observaban estupefactos.
—¡Maldición, Mozart! —vociferó Alejandro—. No puedes decidir si bombardearemos a los Vollmer, estando ebrio.
El Comandante, que a pesar de que se hacía llamar Mozart, no tenía ningún parecido físico con el músico del siglo XVIII, sonrió con picardía. Era un hombre corpulento, de hombros anchos, nariz chata y cabeza afeitada.
—¿Tú podrías tomar semejante decisión estando sobrio? —desafió Mozart a Alejandro, sin perder aquella ladina expresión.
—Por supuesto —respondió orgulloso, Alejandro.
—Pues, entonces: ¡tómala! —gritó Mozart, golpeando la mesa con ambas manos. Acto seguido, se incorporó y agregó: —Si me precisan, estaré en el bar. No pregunten cual. No están invitados.
—Mozart, por favor, siéntate —Jesús lo reprochó como lo haría con un niño—. No podemos tomar esta decisión sin ti.
Pero el Comandante ya no lo escuchaba. Había palidecido súbitamente. Su mirada estaba posada en el umbral de la puerta de entrada, desde donde el Enmascarado, el cuarto y último invitado a aquella reunión, los observaba quieto como una culebra.
El último líder era sumamente corto de estatura, llevaba una máscara que solo dejaba al descubierto un par de ojos inyectados en sangre y nunca pronunciaba palabra alguna. Pero, aun así, su mera presencia bastaba para helar la sangre de los demás miembros.

—Supongo que ha llegado el momento de discutir qué haremos con los Vollmer —dijo Jesús, una vez que todas las sillas estuvieron ocupadas—. He pasado los últimos años realizando trabajos de inteligencia. Los resultados son contundentes: nuestros antiguos enemigos se han civilizado y ya no representan una amenaza para la humanidad. Les recuerdo que el último ataque sucedió hace veinte años.
—¿Acaso se puede pisotear a la humanidad sin consecuencia alguna? —Alejandro preguntó enfadado—.¿Acaso no quedaron secuelas que aun hoy pagamos? Si no atacamos antes, es porque hubiéramos perdido la batalla. Recién ahora somos capaces de vencer. El momento de atacar ha llegado. Lo injusto no se transformará en justo por el simple paso del tiempo. Lo injusto solo será saldado cuando se aplique el castigo adecuado.
—¿Para qué? —preguntó Jesús—. Los Vollmer ya no ponen en peligro a la humanidad ¿Cuál es la necesidad de desatar una guerra que puede acabar con todo lo que conocemos?
—¡El mal nunca cambia! No podemos esperar a que nos ataquen para actuar ¡Debemos adelantarnos! Aprovechar que se sienten seguros para aniquilarlos por sorpresa. La guerra termina cuando ambas partes están de acuerdo en que eso suceda. Y, Jesús, te aseguro que nuestros deseos de venganza jamás dejaron de arder. La guerra nunca terminó. —Los ojos de Alejandro ardían y su rostro se había endurecido como un escollo rocoso—. Los Vollmer son el mal y al mal se lo destruye. No se razona con él, ni tampoco se empatiza. Se lo golpea. Se lo apuñala. Se lo incendia. Y, cuando yace moribundo en el suelo, se lo pisa. Una y otra vez hasta que no quede el más mínimo resabio de vida. Solamente en ese momento seremos capaces de asegurar que estamos a salvo.
—¡A salvo de ti tendríamos que estar! —vociferó Jesús—. La humanidad ha pasado veinte años aprendiendo a luchar, disparar y matar ¡Se ha vuelto una maldita máquina de guerra! Una máquina infeliz que solo anhela violencia. Y lo hemos hecho para prepararnos frente a un ataque que nunca va a suceder, pues los Vollmer dejaron de ser las temibles criaturas que alguna vez fueron.
—¿Y qué propones? —preguntó Alejandro— ¿Qué olvidemos nuestros años de esclavitud? ¿Qué olvidemos las múltiples humillaciones a la que nos vimos sometidos?
—Exactamente —contestó Jesús—. Propongo que los perdonemos. Olvidemos. Soltemos. Para así poder destinar todo nuestro tiempo y recursos en recomponer a la humanidad. En buscar la felicidad que, te aseguro, no vamos a encontrar en el resentimiento y la venganza.
Alejandro Magno y Jesús se sostenían la mirada con gravedad, como si la discusión pudiese ser ganada mediante aquella pulseada invisible. Aquella tensión fue luego desviada hacia Mozart, que luchaba para extraer las últimas gotas de su petaca.
—¿Qué miran? ¿Realmente creen que estuve escuchando sus monólogos? ¡Son somníferos naturales! —se quejó Mozart—. Todos sabemos que la humanidad está perdida ¿Por qué no esperar, bien borrachos, a que se extinga? Yo no pedí esta responsabilidad. Hace años que vengo evitándola. Solo quiero una maldita botella de ron.
—Y un poco de keta ¿verdad? —le reprochó Jesús.
Mozart no respondió. Tampoco hizo chistes o se burló. Había sido un golpe bajo, pero efectivo. Solo se dignó a bajar la cabeza.
—Pretenden que sea algo que no puedo ser y que tome decisiones que no puedo tomar —musitó, finalmente el Comandante—. Ambos tienen razón. La tienen desde hace veinte años. Pero ya estoy cansado de escuchar hablar sobre los Vollmer ¡Solo quería paz! ¿Pedía demasiado? —Suspiró—. Afortunadamente, todo está por terminar.


El niño más triste del mundo – Tercer Acto

Papá Noel se desprendió de su cuerpo, dejando a su alma libre para romper las barreras del tiempo y del espacio. De esta forma, consiguió entrar en la lágrima que surcaba la mejilla de aquel pequeño pasajero del Renault 12, para salir por otra que rodaba sobre el rostro del Ratoncito.
Su pequeño cuerpo temblaba en un rincón de la celda. Tenía sobre sus piernas un pequeño órgano. Su única y más valiosa pertenencia. El volumen del instrumento estaba al máximo y él tocaba una y otra vez los mismos villancicos que su madre le había enseñado. No conocía otra canción, pero, no importaba. Dejar de tocar no era una posibilidad. Si se detenía, quedaría a solas con desgarradores gritos que provenían de la habitación contigua.
Papá Noel flotaba, de forma etérea, sobre el Ratoncito. Pero estaba conectado espiritualmente con él. Sufría su desesperación en carne propia. Lo torturaba la sensación de impotencia ¡Lo sabía todo de aquel niño! Sabía que había añorado un órgano desde su más tierna infancia. Que lo había visto por primera vez en el cumpleaños de su primo y, que, desde entonces, lo había anhelado. También sabía que el pequeño había tratado de esconder estos sentimientos de su madre, pues era un lujo que ella no podía afrontar. Pero, esta, había juntado dinero para regalárselo para su sexto cumpleaños. El Ratoncito nunca olvidaría la felicidad que inundaba los ojos de ella cuando le entregó aquel regalo. Aquellos hermosos ojos verdes, punteados por pequitas marrones, en los que él siempre había encontrado seguridad. Al menos, hasta que los Vollmer los secuestrara.
Un grito desgarrador, seguido por un silencio sepulcral, hizo que el Ratoncito deje de tocar. Su madre ya no lloraba. Ya no suplicaba piedad ¿Estaría muerta? El Ratoncito temblaba. La desesperación era absoluta. De repente, se abrió la puerta de su celda. Lord Vollmer se materializó en el umbral, con los puños cubiertos de sangre. Sus ojos taimados, fuera de sí, observaban al Ratoncito blandiendo una sonrisa que enseñaba sus dientes puntiagudos.
—Apaga esa mierda, Ratoncito —dijo Lord Vollmer—. Apaga que es tarde.


Los líderes de la humanidad – Tercer Acto

—¿Ya es hora? —preguntó Jesús, tragando saliva.
Mozart asintió. En su semblante danzaban el miedo, la pena, la ira y la incertidumbre. Alejandro se paró de su asiento bruscamente. Estaba molesto. Sentía que había perdido el debate.
—Te seguimos, Comandante —dijo Alejandro, sin disimular un dejo de sorna en su voz.
—Si no queda otra opción —respondió Mozart. Una vez que consiguió pararse, con un poco de ayuda de Jesús, enfiló hacia las profundidades del jardín—. Síganme, manga de lunáticos.
—¿Qué vas a hacer? —Jesucristo preguntó a Mozart, una vez que estuvieron a mitad de camino.
—No lo sé —admitió este último—. Confío en que lo sabré cuando llegue el momento.
A Jesús, aquella respuesta, no lo preocupó. Mozart no era un hombre al que le gustase planear. Si podía evitar pensar en el mañana, lo hacía. Para él, solo importaba el presente. Era lógico que aún no hubiera decidido qué hacer. Pero tenía confianza en que iba a elegir la opción correcta. Después de todo, el Comandante era una buena persona. Siempre lo había sido. Cuando viera con sus propios ojos que los Vollmer se habían civilizado, desistiría de atacar.
—Mis estimadísimos compañeros —dijo Mozart, deteniéndose ante la Torre Oscura—. Nuestro momento ha llegado.

El niño más triste del mundo, junto a los líderes del mundo – Acto Final

Papá Noel detuvo su moto frente a la Torre Oscura, que se alzaba sola, cruel y orgullosa en el corazón de la ciudad. En algunos minutos sería Nochebuena. Él debería estar surcando la noche, junto a sus duendes y renos, dejando regalos en cada hogar ¡Sus queridos duendes! Sintió una punzada de dolor al entender que, si las cosas salían mal, jamás volvería a verlos. Pero aquel no era momento para acongojarse. No era momento para la debilidad. Tenía que dejar de temblar como un niño, sacar pecho y hacer frente a las bestias que hostigaban al niño más triste del mundo.
A cada paso, el aire se volvía más espeso. Le costaba respirar. Al mismo tiempo, lo perturbaba saber que habría demonios escondidos en cada rincón de aquella maldita torre. Demonios dispuestos a despedazar al primer distraído que encuentren. Debía estar alerta.
—¿A qué piso se dirige? —le preguntó el único guardián de la Torre, sin disimular la mueca de asco que cruzó su rostro. Era grande como una montaña y su piel estaba cubierta por una lámina de grasiento sudor.
—Tengo una cita con Lord Vollmer —anunció Papá Noel.
El guardián entrecerró los ojos, pero aun así no pudo esconder la furia que en ellos se desataba. Aquel gigante salió del mostrador que lo separaba del ícono navideño y avanzó hasta que sus rostros quedaron enfrentados.
—No te lo voy a decir dos veces —amenazó el Guardián—. Vete de aquí antes de que te dé una paliza de la que tardarás años en recuperarte.
Pero Papá Noel no se dejó amedrentar y, sin previo aviso, golpeó con su rodilla el estómago del guardia. No una, sino dos veces, a fin de que el dolor doblara lo suficiente el cuerpo del gigante para dejar al descubierto su nuca. No importaba cuanta fuerza tuvieras, todas las nucas eran igual de frágiles. Una vez conseguido, clavó allí, con violencia, su codo izquierdo. El guardián cayó desplomado. Dormiría durante algunas horas, como mínimo.
El palier de aquella Torre estaba protegido por hechizos de magia negra ¡La locura contaminaba el aire! A Papá Noel le costaba avanzar sin perder la cordura. A cada paso, lo acechaba una crisis de nervios que descompensaría para siempre su consciencia. Sudaba. Tenía náuseas. Un perturbador hormigueo recorría su cuerpo. Pero, cada vez que estaba por rendirse, cerraba los ojos y se conectaba con el Ratoncito. Sufría cada golpe que Lord Vollmer le proporcionaba en la cabeza con su propio órgano y, al mismo tiempo, veía los hilos de sangre que caían desde la frente del niño. Sentía como el sector de su cerebro que albergaba aquella capacidad sobrenatural para tocar su instrumento favorito, se destruía bajo aquellos terribles golpes. Sentía, y sabía, que jamás recuperaría aquella capacidad. Sentía tanto que apenas podía caminar. Respirar. Existir. Apenas podía subir aquella escalera de piedra, tan gastada que los escalones estaban combados en el centro.
Llegó hasta el primer piso y se detuvo detrás de una puerta. La puerta detrás de la que todo había sucedido. Detrás de ella se escuchaban canciones navideñas y risas de niños siendo felices. La pateó. La volvió a patear. Y la pateó otra vez más. Ya nadie reía del otro lado.
—¡Hay niños dentro! —vociferó Jesús, que estaba parado junto al hombre disfrazado de Papá Noel—. No podemos hacerlo ¡Es momento de retirarnos y olvidar este asunto para siempre!
La puerta no resistió y se abrió de par en par, revelando al maldito Lord Vollmer, junto a su clan. Criaturas espeluznantes de pieles escamosas y dientes puntiagudos. Criaturas dignas del mayor odio.
—¿Q-qué estás haciendo aquí? —preguntó Lord Vollmer—. El dinero está en el vestidor de mi habitación. Puedo dártelo. Pero, por favor, no le hagas daño a mi familia.
—¡Está muerto de miedo! —gritó Jesús—. Ya le dimos un susto que no se olvidará jamás ¡Ya es suficiente!
—¡No es suficiente! Esto recién comienza —dijo Alejandro—. Dispárale. Un solo tiro. Un tiro redentor. Justo. En el medio de la frente ¡Hazlo, Mozart!
Mozart. Así le decían sus amigos, porque decía que alguna vez había tenido un talento sobrenatural para tocar el piano y solía amanecer tirado en las puertas de los bares. Mozart, que trabajaba en el centro comercial del barrio y todos los veinticuatro de diciembre se disfrazaba de Papá Noel. Mozart, era el que extrajo de su bolsa los regalos para el Ratoncito, que no era más que su roto niño interno. Dos pistolas metralletas con cargador suficiente para desatar una masacre, esos eran los regalos.
—¿E-eres el hijo de Josefina? —preguntó Lord Vollmer. Su voz sonaba mucho menos amenazante de lo que recordaba—. Sí… eres el Ratoncito… y estás completamente ebrio. Baja las armas.
Fue entonces cuando vio un árbol de Navidad, apenas un poco más alto de lo que era el Ratoncito, parado en una esquina del ambiente. Un árbol parecido al que él solía decorar junto a su madre, en esa misma esquina. Por un instante, se sintió tranquilo. El asfixiante aire se aligeró. La opresiva sensación de locura se evaporó. Pudo ver el mundo tal cual era. Pudo ver que no era tan amenazante. Pudo ver que delante de él había una familia que temblaba despavorida. Los hijos del matrimonio se aferraban a los brazos de su madre como si estos fueran los escudos más seguros del planeta. Como si no fuesen simples trozos de carne que serían despedazados por unos simples balazos. El padre, Norberto Vollmer, estaba parado frente a ellos con los brazos extendidos.
—Baja las armas, por favor —repitió Norberto Vollmer—. Escucha, te pido perdón por lo que le hice a tu madre y a ti aquel día. Estaba fuera de mí. Nunca imaginé que Josefina fuera a suicidarse. No pasa un día en el que no me arrepienta. Por favor, deja ir a los niños y arregla el asunto conmigo.
Bajo aquel árbol de Navidad, alguna vez, había encontrado su órgano. En los tiempos en que su madre estaba casada con Norberto. Aquel árbol estaba íntimamente entrelazado con el recuerdo de su madre. Alejandro Magno comenzaba a extinguirse. Su existencia ya no tenía razón de ser. Aquellas sorpresivas disculpas lo habían desarticulado. Jesús, en cambio, flotaba en el aire, despidiendo un aura de amor y piedad cuya radiación tranquilizaba a Mozart. Bajó las armas.
Jesús había triunfado. Había salvado a los Vollmer. Había salvado a Mozart. O, al menos, eso había creído. Pero, en tan solo un instante, su plan fue irremediablemente arruinado. Norberto Vollmer sonrió cuando vio a Mozart bajar las armas. Sonrió triunfal cuando lo vio rendirse. Sonrió como cuando lo humillaba de niño. Norberto indicaba con aquella sonrisa, que más que sonrisa fue una imperceptible mueca en el lateral izquierdo de su labio, que era superior a él y que siempre lo sería.
Fue entonces cuando el Enmascarado se quitó su máscara. Su rostro había estado veinte años escondido detrás de ella y su aspecto había cambiado radicalmente. Ofrecía una imagen concebida en el más macabro inferno. Era un engendro mitad-rata, mitad-demonio.  Era la mismísima encarnación de la furia y la venganza. Era muerte y destrucción. 
Aquel pequeño monstruo avanzó hacia Mozart, pero Jesús se interpuso entre ellos.
—¡Detente! —le gritó Jesús—. La decisión ya está tomada.
—¿Ah sí? —preguntó la rata, al tiempo que observaba los misericordiosos ojos verdes de Jesús. Aquellos ojos iguales a los de su madre—. Porque lo último que recuerdo, es que me abandonaste. Hija de puta.
La rata abrió la boca y desde ella sonó el chillido más desgarrador que oídos humanos jamás hayan escuchado. Era el sonido de la tortura. De la oscuridad más espesa del infierno. Era un sonido de desgarraba la piel de Jesús. Este último, intentó aferrarse a la realidad con todas sus fuerzas. Sabía que Mozart estaría perdido sin él. Pero, a pesar de cuanto se esforzó, no fue suficiente. Al cabo de unos instantes, se extinguió para siempre.
La rata se acercó a Mozart y, suavemente, levantó sus armas.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Norberto Vollmer— ¡Puedo ayudarte!
—«Apago la mierda»—citó Mozart—. «La apago porque es tarde.»
El Ratoncito, como le llamaban sus amigos de la infancia, o Mozart, como le llamaban sus amigos de la juventud, supo cómo el odio, la furia y el dolor que había cristalizado dentro suyo durante veinte años, resurgían como lava dentro de un volcán en erupción. Disparó. Disparó disfrutando el violento sacudir de sus armas. Disparó dominado por una locura berserker que lo destruía todo a su alrededor. Disparó hasta agotar los cartuchos de ambas armas. Disparó diciéndole al Ratoncito asustado que vivía en su interior, que todo iba a estar bien, que el monstruo estaba muerto. Bien muerto. Al igual que su familia.
—Íbamos a matarlo solo a él —dijo Alejandro—. ¿No creen que nos excedimos?
—No estoy seguro —admitió Mozart, encogiéndose de hombros—. El que se encargaba de esos temas era Jesús. Siempre diciéndonos qué cosas no podíamos hacer. No lo vamos a extrañar. Cuéntame: ¿te gustaron tus regalos, Ratoncito?
—¡Me encantaron! —festejó aquella pequeña rata, que sonreía tiernamente con sus enormes paletas manchadas de sangre—. Me siento mejor que nunca.
—Supongo que eso es lo único que importa, al final del día —reflexionó Alejandro. Luego, miró a Mozart y preguntó: —¿Vamos por una cerveza antes de que llegue la policía?
—¡¿Una sola?! —protestó Mozart y todos rieron.
Escaparon por la ventana, dejando una granada a sus espaldas. Una nueva vida les esperaba.

FIN
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
Responder
#2
¡Maaadre del amor hermoso! Exclamation

Un Papá Noel distinto, pero Papá Noel al fin y al cabo, con regalos un tanto gore que repartir. El giro (o la ampliación) del concepto de "alegría navideña" merece unos cuantos aplausos en sí mismo, por más que la realización a la que aboca lo revuelva todo un poco allá por las entrañas. Interesante la vinculación arquetípica de las distintas "voces interiores" del protagonista con figuras histórico/míticas; me resulta especialmente llamativo el del tema del pseudo-autorregalo: él mismo se otorga el regalo navideño pero... ¿cuánto de él mismo entrega y cuánto de sí recibe? octopus

Ahora bien, el tema de los arquetipos me deja dubitativo; creo que su uso puede caer fácilmente en lo estereotípico, y no tengo claro que sumen a este relato, con la excepción del de Papá Noel, en clara consonancia con el tema navideño. Aparte de éste, el más desarrollado, con la construcción imaginaria de los duendes y demás, el siguiente cuya presencia me hace acusar un impacto es el  Enmascarado; en él, el arquetipo cobra forma de manera más pura, a través de sus actos, de su identidad "histórica" una vez revelada... Jesús, Alejandro y Mozart quedan, a mi entender, más flojos, más mediatizados de manera innecesaria por sus correlatos "reales"... y, coincidencia o no, por lo desenfadado de sus intervenciones. Este es el último aspecto que me resulta llamativo del relato, ese cuasi desenfado mezclado con el horror, que deja el relato un poco en tierra de nadie, como si esos componentes tan marcadamente antitéticos no hubiesen alcanzado del todo un equilibrio, y uno restase impacto al otro. Sin embargo, no querría condenar del todo dicho planteamiento, ya que la lucha de dichos elementos es coherente con el juego propuesto, con el giro navideño, y la desazón que dicho equilibrio no alcanzado propicia es muy acorde con la revulsión de la historia y de la escena. Todo esto me parece muy, muy, muy interesante, y creo que tiene un potencial enorme, jugar con ese equilibrio y, quizás, profundizar más en él, no sé si a través de contrastes aún más marcados, de reformular el tema de los arquetipos o de que. Idea
Angel "Angels can fly because they take themselves lightly." blowfish
"To be educated means to be able to play gracefully with ideas."  
Responder
#3
De escritura no he visto erratas, excepto el hecho de mencionar una mueca imperceptible que sin embargo, es percibida... La definición de imperceptible es que no puede percibirse... Tampoco tiene sentido hablar de rival histórico cuando hablas de ese Jesús y ese Alejandro; tal vez haces referencia a los conceptos que representan o de esas personalidades o lo que sean, pero no es lo que vemos: Nos hablas de cuatro hombres que controlan la humanidad, nos mencionas a Jesús y a Alejandro Magno y nos dices eso de la rivalidad histórica, cosa imposible por razones evidentes... Por mucho que en realidad no hagas referencia a los personajes históricos, no es lo que narras en ese momento, porque como retomaré más adelante, no es algo que sepamos. Por otro lado, en general la narrativa funciona para lo que pretende contar.

De personajes y la historia por otro lado, pues hay que empezar que la premisa inicial es falsa; sí, lo de niño más triste del mundo lo vemos desde el punto de vista de ese niño, pero como lectores no lo descubrimos hasta el final. Y eso tampoco ayuda con dos historias entrelazadas, porque realmente hay una única historia: Papá Noel resulta ser el propio Mozart, lo que hace todo más confuso si cabe. De los personajes poco hay que decir porque en su mayoría cumplen un papel cliché de ser el que disfruta de la violencia, del que busca la paz...

Cosa que no ocurre con el protagonista, al que vemos en dos papeles que en realidad son antagónicos; por un lado lo tenemos como un San Nicolás queriendo dar regalos a un niño y por otro liderando un grupo que quiere luchar contra una especie de raza monstruosa. Técnicamente ambas cosas están relacionadas, el problema es que lo que está llevando a cabo cada personaje se contradice, porque lo que vemos por un lado es una reunión y por otro una huida... Eso entra a lo que comenté en su día acerca de engañar al lector; no me estás contando algo que yo pudiera llegar a adivinar, sino que al final das una vuelta imprevista para unir dos tramas distintas sin pistas previas.

Sobre la historia también decir que ese chistecillo final mata toda la tensión, y no es que hayas dibujado al grupo como Los Mercenarios para que vayan soltando chascarrillos, así que eso también rompe la construcción del personaje.

Y ya de tema worldbuilding, hay un grave problema: Vemos la reunión entre Jesús y Alejandro antes de la aparición de Mozart, cosa imposible porque no existen, y esto se relaciona a lo que dije antes, me estás engañando para hacerme creer que esa gente es real. Y con respecto a la construcción de mundo, obviando lo ya comentado acerca de como todo es un engaño que nos cuelas, realmente el planteamiento original no tiene sentido: Pretende hablarnos de una especie de NWO o gobierno en la sombra, pero nos habla de un Jesús que no es Jesús y que toma su aparencia de unas estampitas, aquí ya hay algo que no cuadra (y no, no es algo que nos haga decir «¡Pues claro, es que son amigos imaginarios!»), lo suyo es que dejarás a ese Jesús como la imagen renacentista del mismo y luego al final, al ver que es algo imaginario comprendamos porque no tiene una lógica histórica.

Otro tema que falla en la construcción de mundo es que tenga una granada al final, o sea, conseguir pistolas es «fácil», pero no así conseguir una granada.
Responder
#4
A ver, a ver. Esta segunda lectura me ha servido para fijarme en más cosas. Es una historia interesante, un conflicto interno mostrado de manera bastante original, y a mi a diferencia de JPQ, si que me ha parecido bueno el concepto de Alejandro Magno como rival histórico (antítesis) de Jesús, porque en el momento en el que lo dices no tiene ningún sentido para el lector, porque con un poco que estes versado en historia, esa afirmación carece de sentido, pero es lo que nos hace sentir que algo esta mal. Por eso cuando al final comprendes el conjunto si entiendes a que venían ciertas afirmaciones. Jesus simboliza las buenas acciones de nuestro Papa Noel, y A.Magno, su ansia de respuesta violenta. Mírese como se mire, se trata de una construcción que sucede en la mente del protagonista, con unas personalidades y en un espacio al que él mismo le da forma. En ese sentido, a mi sí me gusto la sorpresa final, porque cuando acabas la lectura encuentras las piezas que faltaban del puzzle y no falta ninguna.

En lo que sí estoy de acuerdo con JPQ, es que el "chistecito" rompe bastante con la ambientación oscura conseguida al final.

Pienso que es un buen relato en su conjunto, cuyo único pero grande, es que por momentos la narración se siente confusa, y el lector puede llegar a sentirse bastante perdido. A mi en lo personal me ha convencido con su giro final, y es algo que valoraré positivamente en las votaciones.
Atrás solo quedan los errores, adelante en cambio hay... errores nuevos, pero imprevisibles y diversos. Disfrutaré y lamentaré cada uno de ellos a su debido tiempo.
Responder
#5
Apa, apa, apa! Que nos has bañado de sangre a todos!

Debo admitir que en una primera lectura me quedaron muchas dudas. No fue hasta que lo releí que me cerraron un montón de cabos. Rebuscado. Pero muy bien hecho.

Dos relatos muy confusos al principio, que se van entrelazando y concluyen en un gran final. Me encantó el juego de palabras de la humanidad, que si bien parece que habla de toda la humanidad, la humanidad era el ser humano al que ellos pertenecían. Entiendo que Jesucristo era el avatar que representaba la consciencia (que el personaje tenía muy relacionado a la madre y por eso ambos tienen la misma descripción de ojos). Entiendo que Alejandro Magno era el sentimiento de justicia y el Enmascarado era el trauma que no lo dejaba ser feliz. Luego Mozart, ebrio y sin querer hacerse cargo de nada, solo emborrachándose y drogándose, era su identidad.

A diferencia de los anteriores, creo que el chiste final es, curiosamente, lo mejor del cuento. Si Jesús era su consciencia, y fue asesinada por su trauma (cuando el enmascarado se saca su máscara y se venga de su madre), es lógico que los que queden no tengan ninguna clase de remordimiento.

Termino con sensaciones encontradas. Por un lado, tuve que releerlo para entender su brillantez. Hubiera preferido entenderla de una. Pero, por otro lado, debo admitir que es un texto brillante. Felicitaciones!
"En mis sueños de colegial siempre seríamos dos fugitivos cabalgando a lomos de un libro, dispuestos a escaparse a través de mundos de ficción y sueños de segunda mano."
Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)