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Reto Feb21: La elegida de palacio
#1
La elegida de palacio


Fuerte Rojo, Agra, antigua capital del imperio mogol
Madrugada del 22 de enero de 1666


Sé que me queda poco tiempo. La vida se me escapa a través de estos dedos temblorosos que apenas sostienen la pluma con la que escribo. Abatido, como un árbol viejo que ya no da fruto alguno, desgrano cada lágrima de tinta que mi alma vierte sobre este pergamino. No existen palabras, versos, poemas ni melodías que puedan dar sosiego a mi corazón solitario y vacío. Solo lo sacia la blanca silueta que veo brillar tras mi ventana: Taj Mahal, perla de mi palacio, hermoso, inmaculado féretro donde reposa la única mujer que amé.
Su historia no comenzó cuando pusieron la primera piedra de sus cimientos, sino mucho tiempo antes, cuando yo apenas contaba quince años.
Quiso el destino, Alá o, quizá, mi carácter inquieto que visitara un bazar del mercado de Agra. Buscaba un regalo para mi padre de entre los collares, dagas, espadas, cinturones y espejos que allí se vendían. Estaba examinando una daga cuando un brillo al fondo de la tienda me llamó la atención. Una muchacha sostenía un collar de diamantes frente a su cuello para probárselo. No fue la luz de los brillantes lo que me fascinó, sino la de su rostro iluminado por el velo azul que adornaba su cabello.
—Treinta mil rupias para una belleza como la vuestra, mi dama —dijo el mercader.
La joven bajó la mirada y dejó el collar sobre el mostrador.
—No puedo pagarlo.
—Yo pagaría el doble por una palabra: tu nombre —dije, sin darme cuenta de que me había acercado a ella.
¡Cómo describir lo que me causó su mirada! El mundo se detuvo a mi alrededor en el instante en que clavó sus pupilas en las mías.
—No está bien que un príncipe pague por un nombre que ya conoce, mi señor.
Y me dejó allí, plantado, sin haber respondido a mi pregunta.
Durante tres noches me fue imposible conciliar el sueño. Estaba enfurecido. ¿Por quién me había tomado? ¿Por un vulgar mercader que derrochaba su dinero en el primer capricho que encontraba? Yo era el príncipe Khurram, hijo del emperador Jahangir. Podía pedir, comprar, exigir o regalar cuanto me diera en gana. ¡Incluso pagar el triple si se me antojara!
Pero la furia no era lo único que me quitaba el sueño. Su mirada, su rostro, su voz, se habían grabado en mi corazón como un sello de fuego. En cada cosa que hacía, cada persona que veía, cada pasillo que recorría, me descubría buscándola. Por más que quisiera negarlo, me consumía en deseos de volver a verla. ¿Qué nombre tenía aquel sentimiento nuevo y extraño que había nacido en mi interior? No podía llamarse amor aquel arrebato que lo mismo me llevaba de la desesperación a la alegría más inmensa.
Pero ¿qué es el amor sino un llanto gozoso, un cautiverio en medio del desierto, el más dulce puñal que mis entrañas probaron?
Y aún revoloteaba otro interrogante en mi pensamiento: ¿quién era ella? Mil nombres había barajado y ninguno me convencía. Por eso, en secreto, yo le había puesto uno. La llamaba Mumtaz Mahal: la elegida de mi palacio. La respuesta a mis desvelos vino una mañana que acompañaba a mi padre en una reunión con sus consejeros en la que también estaban algunas mujeres de palacio. El primer ministro venía junto a su hija, una joven llamada Arjumand que siempre lo acompañaba para instruirse en la política de la corte.
Arjumand me reconoció al instante. Yo no dije nada. Fingí que escuchaba la conversación entre mi padre y el visir mientras mi mente divagaba en otros asuntos más mundanos. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de la existencia de aquella muchacha? Era la hija del primer ministro de mi padre, tendría que haberla visto no una, sino cientos de veces. Seguramente sería porque había visto a Arjumand con la apariencia de una niña y que, desde hacía poco se habría convertido en una mujer, como una de esas flores de montaña que pasan desapercibidas hasta que un día despuntan enarbolando todos sus pétalos.
Sí, tenía que ser esa la razón. Porque, de lo contrario, el príncipe Khurram, hijo del emperador, el futuro Shah Jahan, que habría pagado sesenta mil rupias por conocer un nombre que ya sabía de sobra, era un completo idiota. Y tan completo que lo único que contesté cuando mi padre pidió mi opinión acerca de la posible rebelión de Amar de Mewar fue un sonido inarticulado entre bobalicón y aturdido.
No supe dónde esconder mi turbación ante las miradas ceñudas de los ministros y de mi padre. Pero sirvió para que Arjumand me regalara su sonrisa, que cinceló una línea más en el sello que llevaba grabado en mi corazón.
Así transcurrieron muchos días en los que me encontraba con Arjumand. Primero cruzábamos miradas, luego palabras, hasta que nuestros encuentros se convirtieron en largos paseos a orillas del Yamuna.
Una tarde, sentados en el manto de flores que se extendía por la ribera, contemplábamos el vuelo de las garzas y los gansos salvajes sobre las aguas. Mumtaz, porque yo ya la llamaba así, arrojó dos margaritas al curso del río y contempló cómo se las llevaba la corriente.
—¿Adónde irán a parar estas aguas? —me preguntó.
Tomé su mano entre la mía como respuesta.
—¿Alguna vez has visto las montañas del Himalaya? —dijo mirándome a los ojos.
—No —respondí mientras observaba su perfil.
—Algún día me gustaría verlas. ¿Cómo crees que nos verán ellas a nosotros? Frente a su eterna existencia, no somos más que gotas de agua en la inmensidad del tiempo.
—Yo iría hasta la más alta de sus cumbres y te compondría un collar con sus nieves perpetuas.
Mumtaz apartó la vista del paisaje para mirarme sorprendida.
—¿Cómo lo harías? No creo que seas capaz de tal hazaña —sonrió.
—No —contesté bajando la vista hasta mi bolsillo para extraer el collar de diamantes que Mumtaz había visto en el bazar—, pero quiero que aceptes este regalo. No pretendo comprar nada con él, sino que sirva para inmortalizar el día en que nos conocimos.
Me acerqué a ella para colocarle la joya alrededor del cuello. Olía a jazmín y a sándalo. Mumtaz me sonrió, aceptando el obsequio. A su vez, me devolvió el gesto posando sus manos alrededor de mi rostro y acercando sus labios a los míos en un delicado beso. Si hubiera sabido cuántos desvelos me causaría aquel beso, le habría suplicado que no me lo entregara. Fue como si me hubiera sumergido en un torrente de caléndulas, rosas y narcisos que, lejos de dejarme satisfecho, me dejó sediento, ávido por volver a beber de aquel cáliz de la más intensa dulzura.
No me bastaba con su sola presencia, quería más, compartir mis días y mis noches con ella, hacer que siempre sonriera, despertarme con su cálida mirada, dormirme en su fragante abrazo.
Por eso, en la mañana de su cumpleaños, le escribí una breve carta donde le pedía que fuese mi esposa. Todo el día anduve ansioso por conocer su respuesta. No imaginaba lo que una sola palabra podía cambiar el ánimo de un hombre. Hasta que, al anochecer, el chambelán me entregó un pequeño papiro atado con un lazo azul. Lo desenrollé con avidez y leí la palabra que contenía escrita en persa: baleh.
No esperé más tiempo para decírselo a mi padre y pedirle que me concediera el permiso para casarme con Arjumand. El emperador vio con buenos ojos a la hija de su primer ministro como mi esposa, pero quiso consultar a los astros tal decisión. Los astrólogos predijeron que mi matrimonio con Mumtaz sería dichoso siempre que esperara cinco años para celebrarlo en la fecha propicia; si lo hacía antes, la desgracia caería sobre mi vida.
¡Cinco años! ¿Qué maldita tortura habían escrito los astros para mí?
—Leed vos mismo el horóscopo —me dijo el astrólogo real mostrándome los pliegos.
Los cogí y, sin leerlos, los arrojé al fuego.
—Voy a casarme con Arjumand y nada ni nadie podrá impedírmelo.
¡Ah, qué osada es la juventud cuando desafía al destino! Aquellas palabras serían escuchadas e interpretadas como una provocación y la vida me respondió con un golpe que me hizo lamentarlas.
Al poco tiempo, hube de acompañar a mi padre a sofocar una revuelta del marajá Amar de Mewar. Aunque vencimos en dicha batalla, tanto el emperador como sus ministros acordaron que un matrimonio serviría para cohesionar el imperio y evitar futuras rebeliones. Me vi obligado a casarme con una princesa afgana que significó alejarme de Mumtaz y ver cómo mi sueño de estar con ella se desvanecía. Pero me juré que no engendraría hijo alguno en el vientre de ninguna otra mujer. Me guardé de no pronunciar estas palabras en voz alta por miedo a que el destino volviera a golpearme.
Durante cinco años me mantuve alejado en contra de mi voluntad de la mujer que amaba, resignado a contar los días que quedaban hasta la fecha que había predicho el astrólogo. Y así, un venturoso día de marzo de 1612, pude realizar mi sueño de casarme con Mumtaz. Las leyes de mi reino y mi religión permitían que un hombre contrajera matrimonio con varias mujeres.
El día de la boda fue el más feliz que recuerdo. Todo brillaba a mi alrededor: los colores, las sonrisas, los rostros y, entre todos ellos, Mumtaz, con un vestido dorado adornado con un velo de seda verde y con el collar de diamantes sobre su torso. Ese día le regalé a mi ya esposa su nuevo nombre: Mumtaz Mahal, por el que sería conocida en todo el imperio.
No escatimé en gastos, comensales, adornos, música. Quería mostrar que casarme con Mumtaz era lo que yo más quería. Reí, saboreé los más diversos manjares, bebí el más exquisito licor, hablé con invitados de los más diversos rincones del reino, bailé con Mumtaz y disfruté del espectáculo de fuegos artificiales que nos regalaron como nuevos esposos.
Llegó la noche y en el silencio de palacio nos retiramos a la alcoba que compartiríamos como marido y mujer. Mumtaz se despojó del vestido y del velo. Su cuerpo me pareció una flor de loto que abría sus pétalos por primera vez. Le aparté la larga cabellera negra que caía por su espalda desnuda y acaricié la suave curva de sus hombros. Cubrí de besos su cuerpo y ambos nos sumergimos en una danza con la que recorrimos cada pliegue de nuestra piel, tanto aquella que los ojos habituales veían, como la que quedaba oculta a los demás. Cuando me hundí en su seno, ella me recibió con el deseo de entregarse aún más a esa armonía placentera que nos envolvía, nos arrastraba, nos fundía en un solo ser. El lecho se llenó de suspiros, susurros, palabras apenas pronunciadas. Nuestra danza íntima aumentó el ritmo, desató el aliento, liberó el deseo y, al culminar, sentimos que habíamos traspasado las puertas del Paraíso.
El destino tuvo a bien regalarnos una época de dicha en la que gozamos de la llegada de muchos hijos. Subí al trono como Shah Jahan y obtuve la victoria en diversas campañas militares, en las que mi esposa me acompañaba siempre.
Mas la felicidad parece estar hecha del hilo frágil y efímero de los sueños. En una de esas campañas, Mumtaz enfermó tras dar a luz a nuestra última hija. Como la estrella más brillante, su luz se consumió. ¿Tanto me odiaba el destino para desgarrarme el alma hasta lo más hondo? Prefería haberme ido yo en lugar de ella.
Mumtaz fue enterrada en los jardines de Zainabad, en Burhanpur: un hermoso lugar para que reposara el alma más bella.
Durante un año me vestí de luto, me recluí en mi palacio, aparté el rostro a la política, a mis hijos, a la vida. ¿Para qué vivir con un corazón que solo derramaba lágrimas, dolor, pena, llanto? No podía apartar mi recuerdo de la que fue la llama de mi vida: su mirada, su caricia, el olor de su piel, aún latían en mis venas. Quería que volviera, resucitarla, rescatarla de entre los muertos.
Y con esta determinación en mi pensamiento, convoqué a mis consejeros y parientes más cercanos. Al escuchar mis palabras, creyeron que la locura me había consumido.
—No puede traerse a nadie del mundo de las sombras —dijo el astrólogo.
—No me habéis entendido —contesté yo—. No quiero quebrar su reposo en el Paraíso, sino inmortalizarla, hacer que viva para siempre, que no caiga el olvido sobre su nombre ni su persona.
Seguían sin comprender.
—Quiero construir un templo en su honor, una corona digna del alma más noble. Buscad a los mejores arquitectos, los escultores más sobresalientes, los calígrafos más refinados; traed el mármol más blanco, las piedras más valiosas. No me importa lo que cueste ni en dinero ni en hombres.
De todos los rincones del imperio, incluso de lugares aún más lejanos, trajeron el mármol blanco para construir las paredes, las cúpulas, los minaretes; oro y plata para fundir las cuatro puertas del edificio; turquesas, zafiros, lapislázuli para decorar las bóvedas que protegerían su silencio; jaspe y alabastro para esculpir los versos que rezarían por su alma.
Lo quería a orillas del río Yamuna, para que siempre se reflejara en sus aguas y pudiera regar los vastos jardines que lo rodearían.
Yo mismo examiné las maquetas y planos que el arquitecto imperial había diseñado. Ninguno mostraba nada que no hubiera visto ya. Quería algo único, grandioso, creado por un sentimiento que perdurara en el tiempo y no fuera pasajero. Había oído hablar de un arquitecto veneciano llamado Gerónimo Vereneo del que se decía que se había asentado en tierras persas. Tal vez, un extranjero, un europeo en tierra extraña, supiera entender mejor la pérdida, el desarraigo, el dolor que no encuentra consuelo.
—Es cristiano, mi señor —dijo el Maestro arquitecto—, un infiel.
—¿Crees que me importa el credo que profesen las manos que crearán el mausoleo para mi esposa? ¡Tráeme a ese hombre aunque tengas que ir a buscarlo al mismo infierno!

Desde la ventana de mi alcoba contemplaba día y noche la construcción del mausoleo que necesitó más de veinte mil obreros. Tumbado en el lecho solitario, el recuerdo de Mumtaz seguía vivo en la memoria de mi piel. En las sábanas donde antes moraban los besos, los abrazos, las caricias, ahora me arropaba la luz fría y plateada de la luna.
Y así pasaron veintidós largos años, hasta que, una mañana de 1653, me desperté con la imagen del mausoleo reluciendo al fondo de mi ventana.
Ordené que exhumaran el cuerpo de Mumtaz y fuera trasladado a su nuevo lugar de reposo. Lo llamé Taj Mahal: corona de mi palacio, la lágrima más hermosa que jamás haya llorado alma enamorada. Se ofició un funeral en su nombre y a su término, mi espíritu encontró reposo. Caminé por los senderos que recorrían la alberca central de los jardines. Había dejado cada huella de mi piel en sus piedras, cada aliento de mis entrañas en sus huertas, cada sentimiento de mis venas en las aguas que lo nutren.

Del final de esta historia poco tengo que contar. Mis últimos ocho años los he vivido recluido en el Fuerte Rojo, en la Torre del Prisionero, como así llaman a mi lugar de encierro. En realidad fue mi hijo Aurangzeb el que me encerró en contra de mi voluntad. Aprovechando que yo estaba en un momento de debilidad, se enfrentó a su hermano Dara en una guerra por la sucesión. ¡Amargo cáliz es el que bebe un padre al ver derramada la sangre de su sangre! Solo encontré consuelo en mi hija Jahanara, cuyo rostro tanto me recordaba al de Mumtaz.
Mis tristes días languidecen como humo de incienso, ceniza aventada al aire. Y moriré muy pronto, quizá cuando termine de escribir este pliego, y mi último deseo es que en mis pupilas quede guardada la imagen del Taj Mahal en la luz menguante de la luna.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Este relato también me ha gustado mucho por su tono poético y por relatar un hecho histórico: la construcción del Taj Mahal. Tuvo que ser un amor muy grande el que se profesaban los dos protagonistas de la historia para verse reflejado en este monumento tan bonito.
La escena de sexo es muy metafórica, pero ha quedado muy bien según el tono del relato.
También me ha gustado la frase: la felicidad está hecha del hilo frágil y efímero de los sueños. Muy reflexiva. Aunque yo creo que la felicidad puede ser más duradera y fuerte.
Narrativamente poco tengo que comentar, no he visto faltas gramaticales ni nada que me llamara la atención.
¡Suerte en el reto!
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#3
Como siempre leí todos ya a medida que fueron publicados y ahora estoy dándoles segundas lecturas y comentado. Empiezo a comentar por el orden en qué creo que van a ir mis votaciones... si no cambio de opinión con esta segunda lectura.


Este es un relato que me hubiese gustado escribir a mi. Me apasiona la historia, hasta el punto de que curse un par de años de la carrera a distancia (algún día de seguro la continuaré). Por tanto también me apasiona la literatura que la toca, ya sea siendo fiel a los acontecimientos o simplemente utilizando una ambientación determinada en la que se toman ciertas licencias. En el caso que nos atañe veo una perfecta ejecución en la que si hay algún tipo de evento histórico erróneo, a mi no me ha saltado a la vista. Así mismo, veo una profunda documentación al rededor de este relato, lo que me lleva a valorar enormemente el esfuerzo detrás. Y el resultado es exitoso, el relato es coherente y atrapa.

Sé que me queda poco tiempo. La vida se me escapa a través de estos dedos temblorosos que apenas sostienen la pluma con la que escribo. Abatido, como un árbol viejo que ya no da fruto alguno, desgrano cada lágrima de tinta que mi alma vierte sobre este pergamino. No existen palabras, versos, poemas ni melodías que puedan dar sosiego a mi corazón solitario y vacío. Solo lo sacia la blanca silueta que veo brillar tras mi ventana: Taj Mahal, perla de mi palacio, hermoso, inmaculado féretro donde reposa la única mujer que amé.

Simplemente brutal, ¡y yo que pensaba que mi relato tenía poesía!... este comienzo es precioso y efectivo, profundamente evocador de la nostalgia del emperador Shah Jahan. Si bien, después la narración no continúa ni con esa intensidad ni con ese nivel de belleza, creo que tampoco es necesario, puesto que alternas una prosa ágil con momentos de sentimientos más intensos donde este tipo de adornos encajan perfectamente. Marco un Ejemplo:

No podía llamarse amor aquel arrebato que lo mismo me llevaba de la desesperación a la alegría más inmensa.
Pero ¿qué es el amor sino un llanto gozoso, un cautiverio en medio del desierto, el más dulce puñal que mis entrañas probaron?

Nuevamente precioso. Aun así me gustaría mencionar algo "negativo" muy entre comillas porque no es tal, que he visto en más relatos, te lo pongo en el tuyo porque es el primero que comento, no lo tomes como algo personal:

...recorrimos cada pliegue de nuestra piel...

Es una frase que he encontrado en varios de los relatos expresado de una manera bastante similar así como en numerosas novelas. Creo que no es necesario expresar una relación sexual siempre recurriendo a este tópico del traje de saliva, de recorrer cada cm de la piel del amante... en fin, es solo por señalarlo, no es que este mal, pero a mi me cansa la vista la expresión, por bonita y gráfica que sea.

En definitiva, ya hablando exclusivamente de este relato, a sido un texto precioso de leer, que se va a llevar el primer puesto de mis votos indudablemente, el cual argumento en su belleza, en su capacidad evocadora y en el trabajo que hay detrás.
Atrás solo quedan los errores, adelante en cambio hay... errores nuevos, pero imprevisibles y diversos. Disfrutaré y lamentaré cada uno de ellos a su debido tiempo.
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#4
Segundo relato en orden de presentación.

Bueno, me quedé perplejo. Realmente ha sido una experiencia sensorial espléndida. Me quedo sin palabras ante la facilidad de narrar una historia utilizando un lenguaje a veces sumamente poético otras con tan oportunas palabras. Quería ponerme un poco quisquilloso a la búsqueda de algo que lo afeara: alguna frase malsonante, errores ortográficos, puntuación, pero no encontré nada y eso dice mucho del autor/a, Un excelente trabajo.

Lo único que me chirrió, y eso como gusto personal, es que el utilizar una historia de amor ya existente, aunque desconozco los detalles de la misma, para mí le quita originalidad. Estoy convencido que sólo pillaste detalles y que el relleno es cosa única y exclusiva tuya, pero me faltó algo más personal.

De todas formas, la manera de narrarlo ha sido tan perfecta que mi punto negativo (por decirlo de alguna manera) queda difuminado en el espacio.

Mi más sincera enhorabuena por tan bello regalo
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#5
Espléndido relato, lo he disfrutado de principio a fin. Ese estilo tan poético que a mí tanto me gusta, utilizado de una manera estupenda.
No conocía la historia de la construccion Taj Mahal, pero me tomé el tiempo de leer un resumen que encontré por ahí y parece ser un retrato bastante fiel de lo que sucedió realmente. Me da curiosidad saber hasta que punto el autor se ha tomado la libertad de agregar sus propios detalles o si todo lo narrado es tomado al pie de la letra de la historia oficial. Igual, en cualquier caso, eso no quita la belleza de la escritura.
Cómo momento puntual para recalcar, debo decir que el inicio del relato me ha parecido esquicito, no solo por lo bien que está escrito, sino por como te sumerge de lleno en la tristeza del personaje.
Cómo "pero", debo decir que la muerte de la mujer me ha parecido demasiado brusca. Es decir, se nota que has invertido el tiempo necesario para describir cada escena, incluso el ritmo general del relato me resulta correcto, pero la muerta de ella sucede en un pestaneo, teniendo en cuenta que la podríamos considerar como la escena más importante de todas y la que da motivo a la construcción del edificio.
No quiero decir que es mi relato favorito, ya que estoy leyendo y comentando por orden de publicacion y este recién es el segundo, pero va a ser difícil superarlo.
Por lo demás, te felicito, excelente trabajo.
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#6
Un relato excelente, muy cautivador y que te traslada sin problemas a un cuento árabe clásico. Me ha sorprendido mucho, además hace poco leí un cuento de Ted Chiang con esta ambientación que me flipó mucho y fue una grata sorpresa volver a ser transportado a tan mágicas tierras.
Tras leer el relato fui inmediatamente a buscar la historia en la que te basas, la desconocía por completo,  y me ha encantado tu forma de contarla.

Por corregir algunos aspectos (e intentar ser de ayuda para futuras revisiones), creo haber encontrado algunas oraciones mal construidas. Yo utilizo un sistema para darme cuenta de si están todas las comas bien puestas que me comentó una amiga editora: si eliminas todo lo que hay entre comas y te quedas con el principio y el final de la oración, esta tiene que tener sentido.
Por ejemplo:
Cuando me hundí en su seno, ella me recibió con el deseo de entregarse aún más a esa armonía placentera que nos envolvía, nos arrastraba, nos fundía en un solo ser.
Estaría mal formulada. Se puede solucionar eliminando la primera coma:
Cuando me hundí en su seno ella me recibió con el deseo de entregarse aún más a esa armonía placentera que nos envolvía, nos arrastraba, nos fundía en un solo ser.
O podemos conservar esa coma pero moverla tras el sujeto y suplantar una la coma tras "envolvía" por una "Y" (Aunque podría perder algo de cadencia al final):
Cuando me hundí en su seno ella, me recibió con el deseo de entregarse aún más a esa armonía placentera que nos envolvía y nos arrastraba, nos fundía en un solo ser.

Aquí ocurriría lo mismo:
Quiso el destino, Alá o, quizá, mi carácter inquieto que visitara un bazar del mercado de Agra.
Debería ser:
Quiso el destino, Alá, o quizá mi carácter inquieto que visitara un bazar del mercado de Agra.
O también sería posible:
Quiso el destino, Alá, o quizá mi carácter inquieto: que visitara un bazar del mercado de Agra.

Espero haber sido de ayuda. Me ha gustado mucho este relato y te felicito por tu buen hacer.
¡Suerte en el reto!
Responder


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