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Reto Feb20: Son solo recuerdos
#1
El agua hervía con furia en la cocina de la casa, haciendo que la tetera emitiera un chillido agudo y constante. Nadie se levantó a apagarla.
—¿¡Quieres hacer callar esa cosa, Andrés!? ¿No ves que estoy trabajando? Después te quejas si me pongo nerviosa…
Aquella mujer se había pasado toda la mañana inmersa en sus manualidades. Solo se había detenido para gritarle a su marido. Luego, había vuelto a internarse en su mundo de cartulina, goma eva y pegamentos.
—A ti todo te pone nerviosa, Gloria, ¿por qué debería preocuparme a estas alturas?
La voz del hombre, a diferencia de la de ella, estaba llena de pesadumbre, como si emitir cada palabra le significase un esfuerzo desmedido.
Andrés, sin embargo, decidió hacer caso a la petición de su mujer y se levantó de su sillón para apagar el fuego. Tomó un recipiente de la alacena, lo llenó hasta la mitad con la yerba que guardaba en uno de los frascos transparentes, batió en contenido para quitarle el polvillo y vertió el agua dentro. Desde la cocina, le volvió a hablar.
—¿Dulce o amargo, mujer?
—¿Qué más da? El agua ya está hervida. Si hubiese querido tomar sopa te hubiese avisado.
El hombre gruñó con irritación.
—¿¡Oye, qué te pasa hoy!? Estás más alterada de lo normal.
Ella refunfuñó con un soplido, arrojando sus manualidades a un costado de la mesa.
—¿Ves? Siempre es igual contigo. Ahora ya me distraje y no podré acabar lo que estaba haciendo.
Andrés no solía hacer caso a los reproches de su esposa, a pesar de que estos se habían vuelto más recurrentes en los últimos años, principalmente desde que ambos habían decidido mudarse a una alejada cabaña ubicada en las afueras de la ciudad. Desde ese entonces, sus días habían sido iguales los unos con los otros. Cada uno de ellos pasaba los ratos inmersos en sus propias actividades y solo compartían el tiempo cuando un asunto los unía momentáneamente, a veces se trataba de una película, otras veces eran los noticieros, aunque en la mayoría de las ocasiones eran aquellas discusiones en donde hallaban su punto de encuentro. Se trataba de esas peleas en las cuales nadie busca ganar, solo importa pelear, como si se tratase de un remedio eficaz contra el aburrimiento.
Con sus ya cuarenta y cinco años de casados, era normal que estos tipos de roces sucedieran de manera más frecuente que en sus tiempos de juventud. Ambos conocían los caprichos y las mañas del otro como la palma de su mano. Sin embargo, aquel día todo parecía ser diferente.
Sin responder de inmediato, él agarró el mate y la tetera, se sentó en la silla que estaba ubicada frente a ella y comenzó con el interrogatorio.
—Te noto más enojada de lo normal. ¿Acaso te he hecho algo? Podemos hablarlo si quieres.
—No tiene importancia.
Ella giró la cabeza para evitar el contacto directo con los ojos de aquel hombre.
—Claro que la tiene, sino, no te comportarías de esa manera. Vamos, toma el mate y cuéntame qué es lo que te preocupa.
Llenó el recipiente con el agua hervida y se lo entregó a Gloria. Ella miró el ofrecimiento con cierto desprecio. Luego, encogió los hombros, lo acercó a su boca y absorbió su contenido con cuidado. Al terminar de ingerir, volvió a hablar.
—¿Qué día es hoy?
Su voz era seca y cortante, incluso él noto cierto aire de reproche en aquella pregunta. Miró su celular sin entender realmente a donde iba la conversación, solo se limitó a contestar.
—Jueves veintitrés de julio del año dos mil diecinueve. Son las once de la mañana. Día nublado, probabilidad de lluvia del treinta por ciento. Listo, ahora dime qué es lo que te pasa.
En ese preciso instante se dio cuenta del error garrafal que había cometido. ¡Era su aniversario de casados y se había olvidado de saludarla! Sus ojos se abrieron como platos y tragó saliva buscando quitar el sabor amargo que se había apoderado de su lengua.
—Veo que ya te has dado cuenta. —dijo ella mientras cruzaba los brazos y se apoyaba en el respaldo de la silla. Ahora sí lo estaba mirando fijamente a los ojos, con una furia en su mirada que no había visto en años. Él, buscando anteponerse a lo que se venía, intentó calmar las aguas.
—Pero mujer, ha sido la primera vez. No me puedes crucificar por eso.
Ella bufó molesta.
—Ustedes los nombres son tan simples. Nunca ven el panorama completo, solo se quedan con las pequeñeces. Si solo fuese eso, ¿crees que haría tanto escándalo? Pero no, es solo la punta del iceberg.
—Me vas a tener que hablar en español, sabes que tu lenguaje basado en indirectas nunca lo pude entender.
Ella le devolvió el mate con brusquedad y con expresión asqueada en su rostro. Él agarró el recipiente para llenarlo nuevamente, mientras esperaba que ella se dignara en decir algo. Sin embargo, el silencio apareció como un protagonista incómodo. Él notaba como ella apretaba sus labios en un intento por mantenerlos callados, como alguien que desea gritar a viva voz un secreto, pero que se contiene de hacerlo. Luego de un breve momento, el cual pareció eterno, ella decidió hablar.
—Odio tener que descifrarlo todo, deberías darte cuenta solo.
—¿Darme cuenta de que, mujer?
—El hecho de que te hayas olvidado nuestro día especial dice muchas más cosas de las que crees. Es una bola de nieve que se viene acumulando hace años. Ya no salimos a ningún lado, no compartimos nada juntos, solo te limitas a sentarte todo el día en ese sillón apestoso a mirar tus partidos. Tus únicas salidas son con tus amigos al bar de la esquina a hablar de política y a fumar. Se suponía que estos años iban a ser los mejores para nosotros, lejos del ruido de la ciudad, sin los niños, sin preocupaciones. —Ella se detuvo por un segundo. Sus ojos ya no lo miraban a él, sino a un punto fijo perdido en medio de la mesa. —¿Sabes qué? Olvídate, no sé ni por qué lo intento. Lo nuestro ya murió hace años.
Él sintió como en su garganta se formaba un nudo frío y duro. Todo su mundo se le caía encima de manera precipitada y sin previo aviso. Su rostro se ensombreció y su voz se volvió poco más que un susurro apagado.
—Vaya, no me esperaba esto. Me alegra que me lo hayas contado, no es bueno guardarse estas cosas. Ahora no sé qué decir.
—¡Y claro que no! Nunca has sabido qué decir, mientras tengas tu cerveza y tu cigarro, lo demás se puede caer a pedazos, ¿no?
—Estás siendo demasiado injusta conmigo. No todo ha sido culpa mía, tú también has hecho tu parte…
Le costó reunir el valor para pronunciar aquellas palabras, aunque, luego de pronunciarlas, se sintió más aliviado. Ella pareció enfurecerse aún más, aunque procuró mantener la ira contenida.
—A ver, soy todo oídos.
Ella alzó su mentón y lo miró desafiante.
—No me gusta reprocharte nada, lo sabes, pero me has obligado a hacerlo. Es injusto que yo quede como el malo de la película. Siempre has intentado buscar en mí un hombre que nunca he sido. Siempre exigiendo más de lo que puedo dar. “Nunca arreglas la casa”, “no sabes administrar el dinero”, “nunca nos vamos de vacaciones”, “nunca me regalas nada”. Es como si, por cada cosa que intento hacer, me refriegas en la cara otras tres que no he hecho. Siempre has sido así, aunque, a diferencia tuya, entendí que si pretendía quererte, debía aprender a convivir con ello.
Ella lo miró con sus ojos húmedos y con sus cachetes colorados. Parecía no tener las fuerzas suficientes para continuar con ese tono enfurecido que traía, así que comenzó hablar con una voz que sonó mortecina.
—¿Cómo hemos llegado a esto? No lo entiendo, nos queríamos tanto, recuerdo todas las cosas que nos prometimos el uno con el otro. No hemos cumplido ni una sola. ¿En qué momento nos perdimos? ¿Cómo dejamos que esto pasara? Miro para atrás y lo único que veo es costumbre y monotonía, como si viviésemos a control remoto. No es sano vivir así.
Él suspiró, dándose tiempo para buscar las palabras adecuadas.
—Supongo que a todos les pasa en mayor o menor medida. Vinieron los niños, las obligaciones, la rutina, todo eso nos fue consumiendo poco a poco. ¿Tiene sentido, acaso, intentar cambiarlo ahora? ¿Podremos darnos una segunda oportunidad?
Ella, finalmente, rompió en llanto. Él, sintiendo lástima por lo que veía, se acercó para envolverla entre sus brazos.
—Cálmate, no debes pensar solo en lo malo. Piensa en todas las cosas buenas que hicimos, en los momentos maravillosos que pasamos, en las adversidades que logramos atravesar juntos. ¿Recuerdas nuestro primer beso? ¿Nuestra luna de miel? ¿Lo felices que fuimos cuando pronunciamos ese «sí» en el altar?
—A eso mismo me refiero. ¿Dónde quedaron esos sentimientos? ¿Dónde quedaron esas personas que se habían prometido amor eterno? ¿Esas personas que estaban ansiosas por entregar su mundo al otro? Ahora esos recuerdos son solo sombras, memorias de una vida pasada.
—Éramos más jóvenes, cariño, más inocentes, teníamos más energía y todo un futuro por delante. Dijimos muchas cosas y, al fin y al cabo, a todas las parejas les pasa lo mismo. Creo que intentamos hacer lo que mejor que nos salió, a pesar de todas las dificultades. Aún podemos hacer algo, estamos a tiempo.
—Íbamos a ser diferentes, ¿recuerdas? —Ella no parecía escuchar sus palabras. Estaba envuelta en otro tiempo, en otro mundo, mientras las lágrimas seguían brotando de sus ojos.  —Dijimos que no caeríamos en los mismo, que nunca dejaríamos que la vida apagara nuestras pasiones. Y míranos ahora, estamos deshechos, convertidos en lo que siempre odiamos. —Levantó la cabeza y lo miró. —No Andrés, ya es tarde, demasiado tarde... El tiempo de hacer algo ya pasó y si en su momento no buscamos cambiar, por algo fue, ¿no?
—¿Y ahora qué quieres que haga? ¿Cómo seguimos viviendo con esta cruz sobre nuestros hombros?
—Tal vez no haya porque seguir, tal vez debemos dejar de torturarnos y lastimarnos entre nosotros.
—¿Qué insinúas?
Él se separó de ella, mirándola con ojos extrañados. Ella continuó hablando.
—Tenemos que hacer lo que debimos hacer hace tiempo: cortar por lo sano y no dejar que nuestro mal presente termine por ahogar los lindos recuerdos del pasado. Que son solo eso, recuerdos del pasado.
Él entendió lo que ella decía, aunque no pudo evitar que la tristeza hiciera mella en su alma.
—¿Podríamos por lo menos hoy, como última vez, pretender que aún vivimos en aquellos recuerdos? ¿Volver a ser esa pareja que alguna vez fuimos?
Ella pareció dudar ante la propuesta, aunque luego asintió levemente.
Ambos se agarraron de las manos y se dirigieron lentamente al cuarto. Allí, sin mediar ni una sola palabra de por medio, empezaron a entrelazarse en un beso que resultó más forzado que apasionado. Lo intentaron varias veces, pero el resultado siempre fue el mismo.
En ese momento, ambos comprendieron lo que aquello significaba. Las palabras sobraron nuevamente, solo bastó con un par de miradas frías, repletas de rechazo.
Gerardo la observó por unos instantes, como hacía tiempo no lo hacía. Se preguntó, ¿en qué momento había dejado de amarla, de admirarla, de verse obnubilado por su personalidad? ¿Dónde estaba aquella niña que lo había deslumbrado tantas veces con su belleza? ¿Aquella persona a la cual había jurado proteger contra todos los males, con amarla hasta que los cielos se desvaneciesen, protegerla hasta que los mares se convirtieran en desiertos abandonados?
Fueron esos segundos en los que recordó aquellas noches de pasión y lujuria en algún hotel de la costa, los besos y abrazos esporádicos que tanto significado tenían, las largas caminatas por la playa, las miradas que denotaban un «estamos juntos en todo esto». Ya nada de eso quedaba. El culpable no había sido el paso de los años, ni las arrugas, ni las visitas al médico, ni el sexo cada vez menos frecuente, era algo más profundo, algo que los había destrozado gota tras gota, segundo tras segundo, hasta que de ellos solo quedó un reflejo difuso de tiempos mejores.
También había cambiado él, pecaría de orgulloso si lo negaba. Con el tiempo se volvió un hombre más aburrido, más sedentario, menos detallista, menos cariñoso. Hubiese hecho lo que sea por contar con una máquina del tiempo que le permitiese volver a aquellos años dorados. De haber sido posible, habría elegido vivir eternamente allí, en esos instantes gloriosos en donde solo importaban ellos dos.
Mientras salían de aquella habitación fría y olvidada por los dioses, Gerardo entendió que no había nada más que hacer y, de haber existido alguna oportunidad de cambiar el rumbo de las cosas, esa oportunidad se había marchado hacía ya tanto tiempo.
Él fue el primero en hablar.
—Así ya es demasiado tarde…
—Sí, parece que esto es todo. Quién lo hubiera dicho, ¿no? Nosotros, que nos creíamos tan especiales, terminamos cayendo en la misma trampa que caen todos. Será mejor que dejemos el pasado en donde está y sigamos con nuestras vidas.
—Ok. —sentenció él, con una voz más decidida de lo que le hubiese gustado admitir.
Ya en el salón principal, cada uno se internó nuevamente en su hábitat natural. Ella con sus manualidades, él, por su parte, se acomodó en su tradicional sofá y encendió el televisor.
Allí reflexionó, con la mirada perdida en las luces de la pantalla. Tal vez aquel día sería el último día que compartirían juntos, tal vez el cielo les otorgaría la oportunidad que necesitaban para reencontrarse en el más allá y poder así amarse eternamente. Tal vez no existía el cielo ni existía el más allá y esto era lo último que les quedaba, lo último que tenían, recuerdos que eran imborrables, sí, pero solo recuerdos al fin y al cabo.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Este relato se lee muy fluido gracias, quizá, al uso del diálogo en su mayor parte. Los personajes me han parecido muy bien caracterizados y lo has sabido mostrar con el diálogo y con las pinceladas que has ido dando en los incisos.
Lo único que he visto es que le has cambiado el nombre al protagonista, primero se llamaba Andrés y después Gerardo.
El intento de reconciliación debería haber sido un poco más extenso, que viéramos varios intentos de conectar con la pareja: un viaje al lugar donde se conocieron, una cena, revivir algo del pasado. Y que, después de varios intentos, se den por vencidos con algo más que un "Ok" por parte de él. Me pareció muy cortante, como si no le importara, o quizá fue la prisa por terminar el relato a tiempo para el reto Wink
Espero que te sirvan estos consejos.
¡Suerte, compañero!
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