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Reto Mar21: La Mesa Número 9
#1
La Mesa Número 9




El saurocórnido arrancó tres arboles de un coletazo. Ámoreth saltó esquivando en una grácil acrobacia sobre los trozos de ramas y troncos que volaron en su dirección.
—¡Ahora! —gritó Zentín, el arcano era bueno reconociendo los patrones de movimiento de la gigantesca criatura.
—¡Casi listo! —respondió Lível el Trampero mientras se escapaba sigiloso en dirección a la llanura.
Ámoreth recogió su larga espada curvada de casi tres varas (solo un elfo como ella sería capaz de empuñar semejante belleza). La espada, a la que apodaba «Brisa», esperaba clavada sobre la tierra. La había dejado atrás debido a la anterior acometida de la criatura. La arrancó y se preparó para la orden. Entonces apareció él y una ola de vergüenza ajena la invadió.
—Yo soy Gradíen Vigorant, gran caballero de los necesitados, agente del orden y la paz. ¡Te ordeno que regreses a tu inmundo… esto… mundo, bestia horrenda! —gritó un guerrero bien pertrechado con el escudo a su espalda mientras alzaba la espada recta hacia los cielos.
La criatura de aspecto reptiliano respondió abriendo la boca casi en ciento ochenta grados, emitiendo un graznido agudísimo. Todos taparon los oídos mientras se revolcaban por el suelo, excepto el arcano Zentín que miró confuso a los demás.
Ese viejo chocho hace años que no oye nada, pensó Ámoreth.
Zentín hizo por fin el gesto, dando a entender a todos que volvía a ser el momento adecuado.
Hofir camuflado, con sus ropajes y su gorro verde, entre los matorrales, comenzó a lanzar andanadas de flechas al saurocórnido. Estas apenas suponían una leve molestia para la sus duras escamas. No importaba, era parte del plan. Cualquier humano atosigado por mosquitos se hubiera puesto furioso y recurrido a violentos manotazos… la criatura no fue menos y respondió corriendo en dirección a los disparos. Como Hofir estaba camuflado y los saurocórnidos eran más bien cegatos, lo primero que vio la criatura fue a Lível, el trampero.
El chico de pelo anaranjado sonrió. Ámoreth pensaba que el muchacho apenas era consciente del peligro, pero tenía que reconocer que era un trampero con verdadero talento.
La criatura, era una boca de dientes afilados con cuerpo lleno de escamas grisáceas que se alzaba sobre dos poderosas patas traseras. Tenía unos brazos acabados en largas y peligrosas cuchillas que nada tenían que envidiar a la espada de Ámoreth.
Se abalanzó a la carrera, sin embargo a tan solo unas diez varas de distancia de Lível, la trampa, que había establecido sobre el terreno con un par de estacas y un mecanismo de lo más ingenioso, se activó.
Las piernas del saurocórnido quedaron atadas y la criatura cayó de bruces sobre el suelo generando un estruendo. Comenzaba lo más complicado, ahora el animal se arrastraría y atacaría con sus cuchillas a cualquiera que osase acercarse. Ámoreth sabía que no había nada más peligroso que una criatura acorralada. Hofir siguió debilitando al animal desde lejos con sus flechas. Lível en cambio se alejó de la criatura, su trabajo estaba hecho.
Entonces apareció Gradíen Vigorant corriendo como loco por la llanura. Era un caballero sin caballo, puesto que los saurocórnidos tenían tendencia a centrarse en los animales grandes y estos apenas tenían posibilidad de escapar de sus fauces. Indudablemente era valiente. Un valiente bobo, pensó Ámoreth y cerró los ojos cuando el caballero llegó a la altura de la bestia.
La locura duró poco, la bestia escupió su ácido sobre el caballero. El hombre comenzó a correr escaldado. Si bien, todos habían tomado una poción creada por Zentín que hacía que el acido no fuese más que unas pocas babas calientes en contacto con la carne, no dejaba de ser un líquido apestoso a evitar.
Ámoreth corrió hacia la criatura en cuanto vio que una de las enormes cuchillas estaba a punto de alcanzar al caballero en su huida. Ella saltó radiante sobre la cuchilla encogiendo sus piernas en el aire y cayendo con un giro natural en el que liberó su espada. Esta cercenó la extremidad izquierda de la criatura a la altura del codo, donde unía con la cuchilla.
La criatura volvió a emitir un perturbador quejido agudo.
Todos llevaban tapones para bloquear esas frecuencias, sino haría rato que no tendrían tímpanos. Aun así eses graznidos sacaban a todos fuera de combate mientras duraban…  excepto al insensible Zentín por supuesto.
El barbudo lanzó una poción contra el suelo que al romperse emitió una luz cegadora que hizo retroceder a la criatura con continuos traspiés causados por las ataduras de sus patas inferiores.
Ámoreth suspiró aliviada, si no fuese por el Zentín podría haber muerto por salvar a Gradíen. Este equipo no era una casualidad, se necesitaba un trampero, un arquero, un arcano y dos espadachines para derrotar a un saurocórnido con seguridad. Esto era porque cada uno de los espadachines debía centrarse en una de las cuchillas del animal como si de un duelo individual se tratase. Lo contrario era arriesgado. Mientras te defendías de una cuchilla la otra podía partirte en dos con más facilidad que un cuchillo caliente a la mantequilla.
La criatura sin su brazo izquierdo se revolvió violenta y su sangre, corrosiva como su saliva, cayó sobre la cuerda que la atrapaba deshaciéndola. Debían volver a empezar, aunque tenían cierta ventaja al estar la criatura dañada, la misma herida volvía al animal impredecible…
…Ámoreth gruñó desolada al ver aparecer en la batalla a Nesprín el Solitario sobre su corcel. El malnacido encapuchado atrajo a la bestia utilizando a su caballo como carnaza. Sin embargo, llegado el momento lo hizo alejarse y él esperó allí plantado. El saurocórnido llegó hasta Nesprín y dejó caer la cuchilla como una guillotina. Lo esquivó ligero haciéndose a un lado e inmediatamente apuntó su enorme ballesta y disparó la gruesa saeta clavando el brazo del saurocórnido contra la tierra.
Entonces la criatura con su única extremidad atrapada, trató de devorar a Nesprín el Solitario. El maldito hombre esquivó todos los intentos y desenfundó un puñal que introdujo en la criatura bajo las blandas pieles de la garganta, único punto débil de los saurocórnidos.
La criatura tembló brevemente y quedó inmóvil. Nesprín sonrió mezquinamente a Ámoreth y comenzó a cortar la cabeza del animal. Ámoreth bajó la vista avergonzada y furiosa, les habían arrebatado el trofeo aprovechando que ya habían debilitado al animal… y todo era culpa de Gradíen Vigorant.

Abatidos por la derrota volvieron a la civilización abandonando la Planicie del Depredador. Aquellas tierras eran lo único que dividían el mundo salvaje de la ciudad de Aqüecia y las gentes como ellos, los cazacórnidos, eran lo único que se interponía entre la planicie y la ciudad. Por supuesto, cazar a una de las criaturas en las llanuras equivalía al sueldo de varios meses. Como norma, las autoridades de Aqüecia solo pagaban por aquellos saurocórnidos que se hubieran adentrado en las llanuras alejándose de sus Tierras Oscuras, ya que estaba terminantemente prohibido adentrarse en ellas para cazarlos… por no hablar de que era un suicidio.
Para ello las autoridades empleaban ojeadores que emitían una «orden de caza» cuando tenían la certeza de que alguna de las terribles criaturas se había internado en la Planicie del Depredador. Podía parecer un sistema extraño, pero se había demostrado eficaz, en los últimos cincuenta años ninguna criatura había llegado a pisar la ciudad en su búsqueda de alimento y en los cinco años que Ámoreth llevaba como cazacórnidos no habían pasado más de dos meses sin recibir una orden de caza.
Pero era cierto que en los últimos tiempos la cosa se estaba poniendo peligrosa. No pasaba un día sin que las criaturas se acercaran a la Planicie del Depredador y eso la ponía nerviosa. Sentía que algo estaba mal. Lo sabía porque era nativa de esas tierras, su propia familia la había entrenado en el noble oficio de los cazacórnidos. Si bien, había heredado la profesión, a diferencia de sus antepasados no sentía devoción por lo que hacía.
  La preciosa ciudad élfica de Aqüecia estaba rodeada de cascadas y descansaba en el fondo de un valle, sus preciosos edificios eran estilizados y estaban unidos mediante pórticos flotantes… aunque solo en apariencia. Las estructuras que servían de conducto entre los edificios y las distintas zonas de la ciudad se mantenían en pie gracias a ingeniosos y hermosos contrafuertes que cargaban todo el peso de la estructura hacia el exterior, descargándolo en eficientes arcos que contribuían a adornar la estructura.
Uno de eses preciosos pórticos conducía al lugar preferido de Ámoreth en Aqüecia. La Taberna de los Desafíos. La estructura de la taberna colgaba ingrávida al otro lado del pórtico, como un inmenso balcón que apenas estaba reforzado en un extremo por un saliente unido a una estructura vecina. Así era la arquitectura Élfica, tan matemáticamente perfecta que tus ojos no comprendían como desafiaba a la gravedad.
Dentro de la taberna esperaba Plous, el mejor tabernero y ojeador habido y por haber… y el que tenía mejor corazón.
—¿Cómo está mi pequeña elfa? —dijo Plous meciéndose el bruñido bigote.
—Querido, no ha sido un buen día, pero ya te contaré… —ante los pucheros fingidos, ella aflojó la lengua—, te basta con saber que Nesprín nos ha vuelto a robar una presa, ya va la tercera.
Plous alzó las cejas y se giró hasta la enorme pizarra que ocupaba toda la pared de la barra. Desplazó una escalera que estaba anclada al techo por una corredera y ascendió. Entonces anotó una marca en la partida donde ponía Nesprín el Solitario.
—¿Qué tamaño tenía esta vez?  —preguntó el mesero por encima de los anteojos.
Ámoreth bufó a disgusto antes de responder.
—Era un buen ejemplar, tal vez siete u ocho varas. No era una Hembra tampoco, pero sí imponente.
—¡Ay pequeña!, hace siglos que no nos visita una hembra, reza porque siga siendo así —el hombre se meció el bigote pensativo—. Últimamente Nesprín os esta sacando ventaja y eso que, como su sobrenombre indica, trabaja solo. Todavía recuerdo cuándo erais el mejor grupo de la Taberna del Desafío —dijo señalando una casilla de la pizarra donde ponía Mesa Nueve—. ¿Qué ha cambiado?
La elfa se encogió de hombros, aunque sabía perfectamente que lo que ocurría tenía un nombre concreto: Gradíen Vigorant.
No siempre había sido así, durante un tiempo Gradíen trabajó en perfecta armonía con el resto de miembros de la Mesa Nueve, como él presumía de llamarlos. Era un hombre apasionado, hábil con la espada y recto en valores. Pero en los últimos meses se había alejado de su esencia. No había perdido la actitud, pero tenía la cabeza en otro lado y eso afectaba a su desempeño.
Ámoreth entregó a Brisa a Plous. El mesero apoyó la larga hoja con dificultad cerca de las botellas. Luego recogió también las piezas de su armadura ligera y las ocultó bajo la barra. Sin la armadura quedó únicamente vestida con un blusón, una capa y sus largas botas. Retiró la trenza y su larga melena rubia refulgió con la luz de las numerosas velas de la estancia. Entonces tras guardar todo su equipo de cazacórnidos, Plous, le hizo entrega de su bien más preciado: su laúd.
—Creo que tus amigos ya están esperándote.
—Lo sé —respondió con una sonrisa y se dirigió a saltitos, en dirección a la mesa nueve, haciendo ondear su blusón que apenas cubría sus largas piernas.
Era evidente que la sexualidad no era igual para un elfo que para un humano. Lo que ellos consideraban obsceno, los elfos lo trataban con naturalidad. Lo que los elfos consideraban brutal, a menudo lo humanos lo consideraban irrisorio. No era algo malo ni bueno, eran seres de distinta sensibilidad. Tal vez lo mejor de Aqüecia era que las diferentes razas habían aprendido a convivir con los diferentes aspectos de cada una. Bueno, tal vez a los búlfidos les costase un poco aceptarlo, eses seres musculosos y peludos sí tenían una sensibilidad diferente, lo arreglaban todo a golpes… aunque al final del día el zumo de cebada les relajaba los ánimos.
Era cierto que los elfos ya eran una minoría en su propia ciudad. No se debía tanto a la presencia de humanos y bulfidos, sino más bien al la longevidad de los elfos que provocaba que se reprodujeran a menor ritmo que otras especies.
Pensar en la reproducción hizo que Ámoreth se sonrojara… tal vez la sexualidad de los elfos no fuese mucho más desinhibida.
Decidió dejarse de pensamientos inoportunos y observó la Taberna del Desafío. Estaba abarrotada a esas horas, ese día había sido movidito; que ella supera habían coincidido al menos tres incursiones en la Planicie del Depredador. Decidió rodear la mesa de los búlfidos y por fin llegó a su rincón preferido de toda Aqüecia. Allí estaba, la Mesa Nueve, el sitio perfecto: no muy alejada de la chimenea y cerca de la ventana. Preciosas vistas, directas a la cascada norte.
Allí estaba el anciano Zentín, cabeceando mientras mojaba su larga barba sobre una cerveza a medio acabar. El joven Lível reía sobre su silla las aventuras sobre ligoteos de Hofir. El elfo, como siempre, seguía con su capucha verde incluso en la mesa de la taberna. Ella se sentó a su lado.
—Le dije a la búlfida: «¿Esas pestañas son postizas? Tienen que serlo, no pueden existir ojos tan bellos»
Lível el Trampero se echó hacia atrás su pelo anaranjado mientras prestaba atención con los ojos como platos. Era el más joven del grupo con diferencia.
—¿Y qué te dijo?
—Ah verás, me dijo: «Lo son, por supuesto». Entonces yo la desafié —dijo Hofir con una sonrisa taimada—. Le dije: «Si esas pestañas son de verdad reales no te importará cerrar los ojos para que pueda comprobarlo»… Y los cerró, y ahí fue cuando yo le robé un beso.
—¡Oh, con razón tienes un disparo certero, Hofir! —dijo emocionado Lível—. ¿Y qué ocurrió después?
—Mmm creo que para eso… necesito otra cerveza.
Lível se levantó como un resorte y corrió a buscar unas jarras.
—¡Tráeme también una! —gritó Ámoreth mientras situaba el Laúd sobre sus piernas  cruzadas.
Hofir, se inclinó sobre Ámoreth y le sonrió.
—Tócanos algo, sabes que cuando agarras esa cosa es mi momento preferido del día.
—Quieto amigo, sabes que no soy una de tus presas… además, ¿en serio besaste una búlfida? Con razón tenía las pestañas largas.
Hofir soltó tal carcajada que casi se cae de la silla.
—Reconozco que no era lo único que tenía peludo.
—Demasiada información —dijo Ámoreth poniendo los ojos en blanco.
Zentín pareció salir de su ensimismamiento, se secó la barba y terminó lo que le quedaba de cerveza.
—Oh pequeña, estas aquí. Por favor concédenos el placer de tocarnos algo.
Zentín era un hombre anciano y taciturno, pero se desvivía por el grupo. Muchas veces habían sobrevivido gracias a sus valiosos consejos, era una persona que realmente los complementaba. ¿Y a quién quería engañar ella? Si tenía ese Laúd entre las manos era precisamente porque le apasionaba tocar. Por ello asintió al viejo con una sonrisa y comenzó a acariciar las cuerdas acompasando su espíritu en cada acorde. No tocó siguiendo de manera ortodoxa cada estrofa, sino que le imprimió unas suaves cadencias inimitables por pertenecientes a cada artista. La melodía fue in crescendo hasta que llegó la letra. Entonces con su dulce voz, Ámoreth, acalló la taberna al completo.

Esta es la historia de la gran Gatma.
De profesión y mente libertaria.
Ella derrotó al saurio con la luz de su alma.

Luchó, aunque nunca creyó que lo haría.
Las cuchillas cayeron.
La voluntad de su espada vencía.

Los saurocórnidos en tromba se alejaron
Gatma orgullosa moría.
Los Aqüecinos alzándose aullaron.

Pero la muerte no los resignaría.
La convirtieron en canción y leyenda.
Que la gente nunca jamás olvidaría.

Amenizó unos últimos acordes, cerró los ojos y dejó morir todo sonido. Cuando los abrió todo el mundo la miraba ensimismado. Por fin rompieron los aplausos y pudo ocultar su rubor bajo una leve reverencia. Aquello le hacía hervir la sangre más que la misma batalla.
Entonces llegó Gradíen Vigorant, llegó con su armadura todavía puesta y se sentó en la cabecera de la Mesa Nueve. Había llegado a respetar a ese hombre…
—Hola familia —dijo el caballero tratando de ser amable con la voz, pero sin conseguirlo con el rostro.
—Llegas tarde —observó Hofir— aunque reconozco que ya no me molesta.
—¡Venga ya, putos Elfos petulantes, ya estoy cansado de tus indirectas! No haces más que criticar mis aportaciones, pero tú con tu arco apenas nos eres de utilidad. Mira hoy lo que nos ha hecho Nesprín el Solitario con su ballesta.
Hofir miró a los demás con los ojos entrecerrados.
—¿De verdad está pasando esto? ¿Me está acusando a mi? Sabes que si no uso una ballesta como la de Nesprín es porque semejante armatoste lleva tiempo cargarlo, ¿qué ocurriría si fallase el disparo? ¿Cómo podría distraer al córnido para que no mate a alguno de vosotros? —Hofir se encogió de hombros—. Nuestro problema eres tú, humano blandengue.
Gradíen se rascó su barba y cabellos oscuros con nerviosismo. Ámoreth pagaría de buen gusto una ronda de cervezas por saber que le ocurría a su errático amigo. El hombre pareció aclararse las ideas y habló con tono más calmado.
—Lo siento, tenéis razón. Últimamente no soy un buen adalid de mis juramentos. Perdona mis feas palabras Hofir, he insultado a todo un colectivo —dijo visiblemente abochornado y pareció desviar la mirada cuando se cruzó con los ojos de Ámoreth.
—No te preocupes —dijo Hofir más tranquilo—, yo pienso de verdad que los humanos sois unos blandengues y tienes razón en que la mayoría de los elfos somos unos petulantes. ¡Ah! Por fin llegan las cervezas —dijo mientras Lível aterrizaba con una bandeja repleta.
El joven se sentó y mojó su lampiño rostro en la espuma de una jarra. Todos brindaron y pegaron un buen trago lo que pareció calmar los ánimos. Gradíen Vigorant vaciló y tras unos instantes de duda consiguió arrancarse a hablar.
—¿Habéis pensado…?  —titubeó.
—No irás a decirnos otra vez eso de que debemos tatuarnos el número de la mesa —preguntó Ámoreth con sorna.
—No, no es eso. Esta claro que mi tatuaje de la Mesa Nueve —dijo mostrando un nueve brillante sobre el antebrazo— no os parece una buena idea ¿Lo qué quería preguntaros es si habéis pensado alguna vez a que os dedicarías si dejaseis esto?
—¿Tenía entendido que el juramento de caballero era de por vida? —dijo Hofir.
Gradíen suspiró.
—En realidad no, un caballero puede ceder su titulo y juramento en su retiro, pero no me refiero a eso, ¿qué haríais si sobraran cuadrillas para encargarse de los saurocórnidos y pudieseis dedicaros a lo que realmente os gusta?
Lível levantó la mano como si estuviera en una clase de pociones de Zentín.
—Yo —se puso en pie, carraspeó y utilizó un tono solemne—, sería sin lugar a duda caballero.
Gradíen se llevó la mano al rostro, pero no pudo ocultar su sonrisa.
—No esperaba que escogieras un trabajo que entraña prácticamente los mismo riesgos que el que ya tienes.
—No es igual, yo pongo trampas. Tú en cambio te enfrentas a esa criatura después de desafiarla de palabra para que no pueda considerarse un ataque a traición —dijo Lível y todos parecieron comprender que era el único que tenía una visión positiva de lo que había ocurrido aquella tarde.
Gradíen contuvo su emoción y el anciano que había estado observando sin participar, como de costumbre, se asió la barba y se inclinó hacia delante. Todos prestaron atención porque sabían que era hombre de pocas palabras y cuando hablaba desprendía pura sabiduría.
—Yo —habló con sosiego—, sería dermatólogo.
—¿Cómo? —dijeron al unísono.
El anciano asintió.
—Me encanta hacer potingues y conozco algunos remedios que te dejan la piel sin una arruga —los demás se miraron escépticos, Zentín tenía la piel como una uva pasa—. El caso es que siempre estoy haciendo pociones contra el ácido, pociones deslumbrantes, pociones de humo, pociones para catalizar un incendio, pociones para esto, pociones para lo otro… Eso no es divertido. Lo que me motiva es ayudar… eso y el dinero —miró a Ámoreth— Los elfos no envejecéis en apariencia. —y añadió en un susurro en el que se inclinó más aun sobre ellos como si tuviese un secreto vital—… pero las hembras humanas lo darían todo por mis potingues… ¡todo!
—Me interesa mucho lo que dices —dijo un Hofir socarrón—. Pero hablando en serio, te entiendo, Zentín. Siempre quise ser ebanista, me gusta trabajar la madera, hago mis propias flechas… pero a menudo siento mi creatividad limitada a estos palitos —un breve silencio los envolvió, Hofir alzó la vista y traspasó la incómoda conversación a otro— ¿Qué hay de ti Gradíen?
—Pues yo siempre creí que continuaría el negocio familiar, mis antepasados fueron herreros. Yo jugaba con sus espadas, yelmos y corazas de niño. Soñaba que no era el que las hacía sino el que las empleaba… Hoy día es increíble ser lo que soy, pero siento nostalgia y pienso… tal vez si un día dejo de ser caballero pueda emplear los conocimientos de mi familia.
Tras otro breve silencio todos se quedaron mirando hacía Ámoreth.
—¿Que ocurre?
—Vamos —dijo Hofir mirando a su laúd.
—Estáis confundidos, soy feliz siendo cazacórnidos y continuando mi legado familiar… esto es solo un entretenimiento.
Gradíen la miró con una sonrisa tierna, Hofir no paraba de sonreír como si hubiese oido un chiste graciosísimo. Zentín asentía para sí como si realmente pudiese ver a través de ella. Hasta el joven Lível parecía juzgarla.
Odiaba esa actitud.
Por suerte el momento pasó y la noche continuó creciendo mientras ellos se alimentaban de cervezas. En cierto momento quedaron solos sobre la mesa Gradíen y ella. El caballero había bebido mucho menos que los demás y parecía alerta en todo momento. Ámoreth lo consideró el momento adecuado para sonsacarle.
—¿Qué te ocurre, mi brillante caballero? Últimamente no eres el mismo.
Gradíen Vigorant asintió pesaroso.
—Desde cuándo me lo notas.
—Meses ya —respondió ella—. Parece que no duermes, apareces en las batallas desconcentrado, apenas sigues las pautas de Zentín y ya no eres capaz de sincronizarte conmigo para enfrentarte a las cuchillas. Hemos bajado muchísimos puestos en la tabla —dijo señalando a la pizarra que se alzaba sobre la barra—. Sé que esa pizarra es lo de menos, pero es una prueba de que algo te sucede. Quiero saberlo.
Gradíen Vigorant asintió tal vez consciente de que el día de hoy podría haberle costado la vida Ámoreth, o quizás simplemente había tocado fondo.
—Quería contártelo, pero mi juramento de caballero me prohibe acusar sin pruebas. Pero algo ha cambiado, tengo la certeza de que pasa algo.
»Hace seis meses —dijo en un susurro— comencé a sospechar. Los ataques de saurocórnidos habían aumentado de manera brusca. Cualquiera que se dedique a esto lo habría notado, pero como era bueno para el negocio nadie hacía preguntas… El caso es que llevo meses investigando que puede estar detrás de esta anomalía.
—¿Y bien?
—No tengo pruebas, pero creo… ¡qué demonios! sé que Nesprín el Solitario está detrás.
—¿Por qué crees…?
Gradíen no la dejó acabar.
—Lo he seguido. Casi todas las noches que no venía a la taberna seguía a ese malnacido. Hasta en dos ocasiones le vi adentrarse más allá de la planicie, hacia las Tierras Oscuras. Pero hoy he visto algo que me ha dado valor para contártelo. Hoy volvió de aquellas tierras prohibidas con algo oculto en un saco atado a su caballo. Sé que oculta algo en su escondrijo, pero yo solo no me atrevo a enfrentarme a alguien de su habilidad… soy un cobarde —dijo encogiéndose en la armadura.
—Un cobarde no habría cargado con ese peso él solo. Pero tranquilo, no tienes que  volver a hacerlo, para eso tienes a la Mesa Nueve.
Ámoreth se levantó resolutiva  y fue a por su espada.

La penumbra de la noche alimentaba las peores historias, eso lo sabían todos.
Gradíen condujo a todo el equipo al refugio de Nesprín el Solitario, situado en la entrada de la ciudad. El extraño elfo hacia honor a su sobrenombre, vivía en las afueras, alejado de todo en una cueva bajo una cascada. Que ella supiera, solo se adentraba en la ciudad para frecuentar la Taberna del Desafío, sacro lugar para todo cazacórnidos que se preciara de serlo.
No se anduvieron con rodeos. Hofir se quedó cerca  apuntando al acecho. Lível, preparó una pequeña trampa por si trataba de escapar. Zentín por su parte preparó una poción paralizante que duraría unos minutos de utilizarse y se la entregó a Ámoreth. Gradíen y ella de dispusieron a atravesar la cascada, tenían un buen plan y el alcohol no había hecho demasiada mella en ellos.
—¿Quién va? —se escuchó desde el interior.
—Ríndete o muere —gritó Gradíen autoritario.
Nesprín el Solitario avanzó a grandes pasos sin mostrar temor. Giró sobre si mismo mientras Gradíen trataba de alcanzarlo y lo golpeó con un guantelete en el yelmo. Gradíen terminó en el suelo confuso por el golpe y se quitó el yelmo para orientarse. Entonces Ámoreth y Nesprín se enfrentaron en el interior de la cascada. Ella había recogido su espada en la taberna, no así su armadura. Por un lado se sentía ligera y veloz, por otro un golpe la dejaría fuera de combate con facilidad.
Danzaron esquivando sin tocarse. Aunque él era más lento, ella cada vez que trataba de alcanzarle ponía en riesgo su vida. Por fin entró Hofir como apoyó y disparó una flecha que lo alcanzó en un hombro, pero no se inmutó. Entonces una segunda flecha alcanzó algo al fondo de la cueva. Algo se resquebrajó.
Nesprín maldijo aterrorizado y Ámoreth aprovechó para lanzar la poción paralizante.
El elfo cayó sobre el suelo de la cueva rígido como una tabla. Ámoreth se acercó al fondo y comprendió aterrada porque saurocórnidos se habían obcecado en los últimos meses sobre Aqüecia. Un huevo de casi una vara de altura se hallaba fragmentado por una flecha. En su interior estaba el cuerpo no nato de un córnido.
—¿Por qué? ¿Arriesgas las vidas de todos los Aqüecinos por dinero? —preguntó  a Nesprín que yacía inmóvil pero no había perdido la facultad del habla.
—No, no por dinero. Lo que quiero es destruir esta ciudad infesta. Infectada por alimañas como los humanos, los bulfidos y las hadas. Atrás queda la grandeza de lo que un día fue la Aqüecia de los elfos.
—Me das asco y pensar que llegue a admirarte. Da igual no has logrado nada —no gracias a Gradíen, pensó. Después de todo tenía razón en estar preocupado.
—De verdad creías que esto era todo. Llevó meses trayendo huevos esperando a atraer una hembra capaz de destruir la ciudad. Y debéis saber que ya esta llegando.
Ámoreth apuntó a Nesprín con Brisa… y Gradíen se interpuso en el medio.
—No vale la pena —dijo y Nesprín lo miró sorprendido.
Entonces escucharon un graznido agudo, seguido de pisadas que hacían temblar el suelo.
El sonido de la muerte acercándose.
—Debemos parar a esta bestia, somos los únicos que saben que llega —dijo Gradíen
Todos asintieron comprometidos. Se pusieron los tapones. Ámoreth se puso Brisa al hombro y Gradíen desmontó el escudo de su espalda. Hofir sacó su arco y Lível preparó sus cuerdas y Zentín sus pócimas.
Todos tomaron la poción antiácido.
Estaban listos. Si es que se podía estar listo para lo que les venía encima.
La criatura media unas quince varas, era con diferencia el mayor monstruo que habían visto. Sus oscuras escamas brillaban plateadas a la luz de la luna. Con su cola reptiliana arrancó uno de los contrafuertes de cuajo provocando el derrumbe de una torre.
Entonces las flechas de Hofir lo atrajeron, alejándolo un poco de Aqüecia. Pero el animal era tremendamente veloz, aunque no vio a Hofir intuyó de dónde venían los disparos y lo barrió con su cola. Ámoreth rezó por que siguiera vivo, aunque realmente lo dudaba. Ya lloraría luego.
Al menos el monstruo se dirigía a la trampa y al pisarla, esta saltó correctamente atrapando sus piernas… O eso creyeron, las cuerdas reventaron por la presión sometida y Lível huyó aterrorizado a esconderse.
Si no hacían algo le alcanzaría.
Así apareció él. El caballero desafiando a la criatura. Avisando a la muerte. El saurocórnido consumiría su vida, pero jamás sus valores.
La criatura aceptó el desafío. El pecho de Ámoreth se llenó de orgullo y corrió hacia la muerte para apoyar a su compañero. Una cuchilla para cada uno como en los viejos tiempos. La diferencia era que la bestia no estaba atada.
Lucharon con valor. Ámoreth esquivaba con elegancia todas las acometidas que era capaz de evitar, las que no, las respondía con el filo de Brisa. Gradíen por su parte lanzaba estocadas al mismo tiempo que se cubría con el escudo. Aquello no habría sido posible sin el apoyo de Zentín que lanzaba continuamente sus pócimas deslumbrantes para molestar a la bestia… hasta que se le acabaron.
Entonces la guadaña de la criatura cayó sin que Ámoreth pudiese hacer nada al respecto.
Se escuchó el ruido de metal contra metal. Un filo había bloqueado el golpe fatal.
—Nesprín…
—No puedo dejar morir a una elfa —dijo mirando visiblemente avergonzado a otro lado.
Pero ni tres eran suficiente. La bestia pugnaba por matarlos cada vez más obstinada. Uno de sus movimientos fortuitos le alcanzó de refilón en una pierna dejándola fuera del juego. Se arrancó la capa para hacerse un torniquete. La batalla ya no dependía de ella.
Ya no, se lamentó.
En cambio, elfo y humano luchaban sincronizados aunque en perpetua desventaja. Zentín mezclaba polvos desesperado en la distancia… pero no llegaría a tiempo.
Entonces ocurrió algo. Algo digno de las leyendas que ella cantaba. Digno de su grandeza y de su tristeza.
La criatura lanzó un inevitable zarpazo a Nesprín… Gradíen Vigorant se alzó en su lugar, desplazándolo y recibió muerte en el acto.
Su espada apuntó, como siempre, al cielo hasta en el último segundo. Un cielo donde se encontró con la garganta de la enorme criatura.

Los héroes nacen cuando se convierten en leyendas.
En la Mesa Nueve de la Taberna del Desafío, Ámoreth descansaba con su laúd sobre el regazo. Contemplaba con una sonrisa nostálgica los cambios de los últimos tres meses. Sobre la pared superior, a un palmo de las vigas, colgaba a modo de trofeo la cabeza del saurocórnido más grande que jamás tuvieran constancia que había existido. No muy lejos de allí estaban el escudo de un viejo conocido a modo de símbolo heráldico.
Sentados a su lado, sus amigos jugaban a las cartas: Zentín llevaba un gorro en el que se apoyaba un hada (el anciano decía que era la recepcionista de su consulta de dermatólogo). Hofir con su habituales ropajes verdes miraba descontentó a los naipes. Lível en cambio sonreía de oreja a oreja, debía de tener una buena mano.
El joven había heredado los votos de caballero de Gradíen y con ello su espada y la armadura, sobre la que se destacaba su pelo anaranjado. Ella misma le había dicho al chico que esas habían sido las últimas voluntades de su amigo. Una pequeña mentira que habría enorgullecido a Gradíen. Por supuesto Lível tenía mucho que entrenar y aprender para ser un caballero, pero se le veía realmente entregado a la causa.
Todo parecía ir bien también para los demás. Hofir seguía siendo arquero, pero había comenzado a montar un pequeño taller de carpintero que lo atrapaba en sus horas libres. A Zentín en cambio le iba tan bien con sus potingues que se habían acostumbrado a que pagara todas las rondas de la Mesa Nueve.
Entre otras novedades, ahora todos llevaban un radiante y orgulloso nueve tatuado sobre el antebrazo.  Y Ámoreth por su parte…
—¿Está ocupada esta silla? —preguntó un elfo refiriéndose al asiento de la cabecera.
—Sí, siempre estará ocupada —contestó Ámoreth
—Pues yo no veo a nadie sentado —dijo a desgana y trató de alzar la silla.
No tuvo tiempo. Otro elfo encapuchado y de mirada férrea lo apartó de un empujón. Luego se llevó la mano a la ballesta que descansaba sobre su espalda a modo de advertencia.
  —Si se te ocurre arrastrar esa silla o simplemente sentarte en ella, te mandaré allá a donde repose su buen dueño.
El elfo se largó amedrentado. Y Nesprín hizo una señal de respeto, primero a Ámoreth y luego a la silla vacía, antes de retirarse.
Por dónde iba, pensó Ámoreth. Ah cierto, se dijo. Ella también había cambiado un poco, ahora se dedicaba a tiempo completo a su laúd, al que había apodado Calma, mientras que Brisa descansaba cerca de la ventana, sobre una vidriera.
La Brisa había partido, y la Calma había llegado para quedarse y a menos que los vientos regresasen revueltos no rompería su descanso.
Tomó a Calma y comenzó a tocar una historia sobre héroes y bestias, sobre honor y pérdida.

Esta es la historia de Gradíen.
De cuya fuerza fui testigo.
Héroe sacrificado por el bien

Y mi palabra de honor entrego
Que Gradíen nunca renunció
A sus jurados votos de caballero
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#2
"Si bien,...". He visto dos veces ese error. La coma sobraría. 
"Un elfo como ella". Quedaría mejor "una elfa como ella". 
"Plous, le hizo..." No separar con coma sujeto y verbo
Lo de las pestañas que cuenta Hofir se me hace un poco raro, y la respuesta de la mujer estaría mal. Dice "lo son por supuesto" cuando quiere decir que no son postizas. Debería decir lo contrario
"¿Lo que quería decir es que...?" En una pregunta indirecta el signo de interrogación sobra. Ese error aparece más veces
"Los héroes nacen cuando se convierten en leyendas". Buena frase
La narración tiene varios errores gramaticales, pero la historia está bien y la conversación en la taberna se hace realista. Me parece un poco extraño, eso sí, que a Nesprín no le castiguen de algún modo por lo ocurrido. 
Pero insisto, me ha gustado y resulta interesante
Adelante, pues. El destino nos aguarda
 @elcentineladelaesperanza
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#3
Aspectos técnicos: Tienes erratas como la sus duras, entregó a Brisa a Plous (donde el primer a sobra), o un Elfos en mayúscula donde no debería estarlo; problemas de puntuación como en Aqüecia. La Taberna de los Desafíos (que debería ser dos puntos, punto y coma o incluso simplemente coma), o sin una arruga —los demás (al no tratarse de un verbo dicendi y encima ser la acción de otros personajes, debe haber un punto tras arruga y los debe ser en mayúscula)...

Aunque en sí no son muchos, considerando que es el primer relato colgado y, que sin contar los días extra que ha dado la cabra, has tenido otros cinco días para correcciones, pues son demasiados para este caso.

También, para facilitar la lectura, habría que separar los párrafos para que no sea todo tochos enormes de texto.

Por otro lado a veces usas la puntuación como toca (y que incluso no suele ser habitual ver) como en el diálogo de Gradíen donde tras un cambio de párrafo y seguir con el mismo diálogo, empiezas la línea con las comillas de cierre.

Historia y mundo: La historia aunque tiene ciertos conceptos cliché (ya sea de la fantasía, como los elfos siendo seres que se distinguen mucho de los humanos por su manera de ser; o de la narración en general, como el traidor que solo lo hace por lo que él considera un bien mayor para luego darse cuenta de que se equivocaba) se desarrolla bien, planteando un mundo consistente incluso aunque no sabemos demasiado de él al final.

Sin embargo, pierde mucho por el hecho de que, casualmente, cuando Gradíen explica lo que ha descubierto es justo cuando el monstruo aparece para atacar.

Personajes: Funcionan bien cada uno en su papel. Evidentemente los que mejor funcionan son Ámoreth, Gradíen y Nesprín; lo que implica que los personajes secundarios acaban quedando demasiado desdibujados, con algún aspecto algo más destacable como Hofir siendo un ligón o la sordera de Zenín, pero que al final, en lo que a la trama se refiere, los hace meros instrumentos para el combate.

La temática: Se cumple bastante bien el plasmar la imagen que ha sido escogida, aprovechando incluso detalles del fondo como parte de la trama.

Lo mejor: La relación de Ámoreth con sus compañeros.

Lo peor: Que Gradíen guardara esa investigación en secreto tanto tiempo (tendría sentido si Nesprín fuera un amigo o miembro del grupo) y que encima cuando lo desvela es cuando aparece la saurocórnido.

Destacados: Todo el concepto que envuelve a la mesa 9 y sus miembros

Sugerencias: Trabajar más acerca de la investigación y su desarrollo; tal vez convirtiendo a Nesprín en un amigo (lo que explica que Gradíen no quisiera decir nada), o haciendo a Gradíen un borracho (y que por tanto su palabra no fuera del todo de fiar) o algo, y con respecto al desarrollo, que no ocurra que la misma noche en la que van a por Nesprín sea cuando aparezca el monstruo o que si ocurre, que haya una explicación dentro de la trama (por ejemplo que se explique que las hembras están conectadas a sus huevos y el hecho de haber destruido uno provoque el ataque).
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#4
El relato tiene varios errores que dificultan un poco la lectura, a mi parecer.
Faltan algunas comas:

"Se abalanzó a la carrera, sin embargo(coma) a tan solo unas diez varas de distancia de Lível, la trampa, que había establecido sobre el terreno con un par de estacas y un mecanismo de lo más ingenioso, se activó."

"Lível(coma) en cambio(coma) se alejó de la criatura, su trabajo estaba hecho."

"El barbudo lanzó una poción contra el suelo que(coma) al romperse(coma) emitió una luz cegadora que hizo retroceder a la criatura con continuos traspiés(coma) causados por las ataduras de sus patas inferiores."

"La criatura(coma) sin su brazo izquierdo(coma) se revolvió violenta y su sangre, corrosiva como su saliva, cayó sobre la cuerda que la atrapaba deshaciéndola."

Son solo algunos ejemplos.

También he notado que hay oraciones que podrían haber sido armadas de otra manera.

"Debían volver a empezar, aunque tenían cierta ventaja al estar la criatura dañada, la misma herida volvía al animal impredecible…" (no queda claro si es una ventaja o una desventaja)

"Era un caballero sin caballo, puesto que los saurocórnidos tenían tendencia a centrarse en los animales grandes y estos apenas tenían posibilidad de escapar de sus fauces."

"Aun así eses graznidos sacaban a todos fuera de combate mientras duraban…" (se entiende que lo que "duraban" eran los graznidos, pero confunde que el verbo se encuentre al final)

Y luego he visto otros errores más puntuales:

"Entonces apareció él y una ola de vergüenza ajena la invadió." (creo que aquí, en vez de "vergüenza ajena", quisiste poner que se avergonzó al verlo)

"El hombre comenzó a correr escaldado." (escandalizado)

"Ella saltó radiante sobre la cuchilla encogiendo sus piernas en el aire y cayendo con un giro natural en el que liberó su espada." ("natural" no me parece el mejor adjetivo para describir un salto, al igual que "radiante", que queda un poco descolocado en la oración)

En cuánto a la historia, me pareció entretenida. Me confundió un poco la escena de acción al inicio, tal vez sea por esos errores que te comenté más arriba, aunque es interesante el mecánico que utilizan para derribar a esas criaturas, donde cada personaje tiene un "rol" asignado.
Los diálogos se sienten naturales, principalmente en la escena en donde se dedican a hablar sobre qué profesión hubiera seguido cada uno en caso de no haber sido cazadores. También me gustó la manera en la que planteas las diferencias entre los humanos y los elfos, me pareció muy bien escrita.

Coincido con JP sobre lo forzado que resulta la parte en donde aparece la saurocórnido. Es demasiada casualidad para una sola escena.

La muerte de Gradíen me resultó algo anti climática. Sucede demasiado rápido y casi no hay reflexiones sobre lo sucedido, teniendo en cuenta que es uno de los personajes principales.

Por último, me chocó un poco que Nesprín se hiciera amigo de ellos en el final. Hasta hace poco Ámoreth le decía "—Me das asco y pensar que llegue a admirarte."

En resumen, considero que hay varias cosas buenas para rescatar, aunque también opino que le faltó una segunda o tercera repasada.

Espero haberte ayudado.
¡Saludos!
Que locura que la locura deje de ser locura cuando se convierte en realidad
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#5
Voy a utilizar un sistema parecido al de JPQ (prácticamente igual) para los comentarios... pero un pelín más adaptado a mi modo de ver:

Gramatica: He visto algún que otro error repetitivo en las comas, también alguna errata. No he visto ninguna falta grave, pero como también han dicho los demás la cantidad de pequeños errores repetidos desluce el texto.

Narración y diálogos: La narración me ha parecido que tenía un buen ritmo y aunque empiece in media res no lo sentí anticlimático. Los diálogos me han parecido la mejor parte pese algunos errores de sentido probablemente fruto de la falta de una nueva corrección. Es más en los diálogos de la taberna es donde mejor se dan a conocer los personajes con sus particularidades. 


Historia: Pues pienso que es el punto fuerte y débil de esta historia... como el gato de Schrödinger XD. La historia esta bien cuadrada según la clásica estructura: Presentación, nudo y desenlace. Sin embargo, he visto que aunque la Presentación funciona, es larga, provocando que el nudo por su parte se coma prácticamente al desenlace que parece desembocar precipitadamente. Esto, (pese a que el colofón final en la taberna recordando a Gradíen me parece acertado) provoca que el descubrimiento de Nesprín como causante de los ataques continuos de Saurocórnidos y la llegada de la Hembra se superpongan. Tal vez habría quedado mejor alargando esa parte. En cualquier caso la historia en sí funciona como un relato clásico del Héroe que se sacrifica.

Temática: Creo que se adapta perfectamente a la imagen propuesta.

Personajes: Algunos los he sentido realmente  curiosos y bien dimensionales como Ámoreth o Gradíen... o incluso Nesprín... Otros como secundarios no se ha profundizado demasiado en ellos, que aunque lo entiendo por el espacio limitado del reto, tal vez hubiese sido más eficaz introducir algunos menos.

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Colofón: Una historia entretenida y conclusiva en que lo más bonito es ver cómo tras el clímax ciertos personajes consiguen cambiar el rumbo de sus vidas hacía lo que siempre habían anhelado. Aconsejó repasar la puntuación de los textos (parece mentira que lo diga yo XD) y aumentar y cohesionar el desenlace del texto, que se sintió precipitado y oportunisimo.
Atrás solo quedan los errores, adelante en cambio hay... errores nuevos, pero imprevisibles y diversos. Disfrutaré y lamentaré cada uno de ellos a su debido tiempo.
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#6
No soy muy bueno corrigiendo gramática así que te daré mi opinión de todo lo demás.

Esta fue la primera historia que leí por obvias razones y quiero decirte que me fascinó desde el momento en que la acabé. La historia me pareció muy interesante y única (quitando los típicos elfos super habilidosos). Retrataste super bien la imagen de Cabro dándole vida a cada uno de los personajes de la imagen y haciendo que el lector empatice con ellos. Aunque si me hubiera gustado algo de mejor participación para Lível, aunque su papel parece muy importante para derrotar a los saurocórnidos creo que hubiera podido aportar más. Sobre Zentín me recordó mucho a los magos de los MMO, pero me pareció más un alquimista y lo confirmé mas aún cuando nos contó cual era lo que lo apasionaba.
Me hiciste empatizar bastante con cada uno de los personajes en su dialogo de que deseaban ser si no se dedicaban a luchar con estas feroces bestias. Me hizo conocerlos un poco más solo con lo que dijo cada uno.

Al principio el tatuaje de Gradíen me hizo pensar que lo habías puesto para demostrar cuanto quería a su grupo y a sus compañeros. Pero, me sorprendió gratamente al final cuando todos se tatuaron el número y no dejaste en el aire esa idea inicial.

Sobre nuestro antagonista Nesprín que tenía una buena razón para no querer a las demás razas no me gustó mucho como fue su final, como se desenvolvió después de que apareció la hembra. No tuvo repercusiones el haber entrado a una zona prohibida. Me hizo pensar como que la única autoridad en la ciudad eran los cazadores de saurocórnidos.

La historia me encantó. Cuando la subiste tan rápido ya me pareció que habías puesto el listón muy alto para las demás historias. ¡Un saludo!
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#7
Bueno, empiezo la ronda de comentarios con este relato.

Me gustó el comienzo en media res que nos mete de lleno en una batalla en la que vemos envueltos a los personajes de la imagen, me parece una manera muy acertada de comenzar el relato. Aunque para mi gusto la escena inicial cojea un poco a causa de algunas oraciones que me resultan algo redundantes (ej: Ámoreth saltó esquivando en una grácil acrobacia sobre los trozos de ramas y troncos que volaron en su dirección. Esa frase tiene algo que no me termina de convencer. Ojo, no digo que esté mal, es solo que pienso que podría ser más efectiva si por ejemplo la montas como: Amoreth esquivó con un salto dando una ágil acrobacia sobre las ramas y troncos astillados que volaron en su dirección). 
Pero la escena va ganando fuerza según avanza y llega a dar la sensación de estar viendo una partida de monster hunter o cualquier rpg parecido. así que eso genial. 

Si que me gustaría plantearte algo que creo que tambien podrias incluir, cuando aparece Gradien y la criatura le escupe ácido, vale que a él no le ocurra nada por la poción. ¿Pero a la armadura? Molaria que metieras o una mención a que también han frotado las armas y armaduras con el ungüento mágico o que digas que se le rompe una parte a causa del ácido. Creo que podría ser un detalle interesante.

Tras la escena inicial, la explicación del worldbuilding me gustó y me introdujo a un mundo cercano por el rollito rpg con sus "misiones" de cacería pero único por como explicas luego la extraña e idílica arquitectura de Aqüecia.
La escena en la taberna, con los personajes hablando sobre que habrían sido si no se dedicasen a eso, me gustó muchísimo. De hecho creo que es lo que más me gusta del relato. Luego no puedo decir lo mismo de toda la trama con la preocupación de Gradien, no me resultó convincente el motivo de su torpeza. Y toda la parte del enfrentamiento a Nesprin... Ocurren las cosas demasiado rápido y sin apenas descripciones, no soy capaz de situar a los personajes y ese inicio con frase lapidaria me resulta pobre. Creo que con un poco más de trabajo esta escena te puede quedar mucho mejor: Una mejor entrada, situar mejor a los personajes en la escena y alguna "sensación" o descripción más para la pelea y creo que con eso ya se quedaría genial.

Que luego cuando llega la hembra eso si lo tienes y la acción está perfecta y resulta emocionante. Destacada esa frase final con la espada hacia el cielo, te quedó muy visual.

en el epílogo me chirría que no se cuente un poco más sobre Nesprín, su actitud de malo malisimo que odia a todos y quiere destruirlo todo por que si cambia a , ahora respeto a este chico que murio por mi culpa y me voy de rositas... No se, es raro. Pero la narración final fue satisfactoria, con canción heroica incluida.

¡Buen trabajo! Suerte en el reto.
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#8
Lo malo: la inmensa cantidad de erratas. Comas que faltan o que sobran, frases mal estructuradas... la primera en la frente, es una combinacion de ambas cosas: "Ámoreth saltó esquivando en una grácil acrobacia sobre los trozos de ramas y troncos que volaron en su dirección". O pones comas alrededor de "esquivando en una gracil acrobacia", o hay que cambiar algunas palabras para que la frase quede bien estructurada sin comas. Es una cuestion muy simple, no puedes tener dos verbos ("salto esquivando") en una misma frase. Hay que recordar de vez en cuando aquellas infernales clases de lengua sobre sintaxis Big Grin

Falto un buen repaso ahi, y lo malo de ser de los primeros en publicar, es que pierdes la excusa de la falta de tiempo Tongue

Lo bueno: la historia y el mundo. Creaste todo un mundillo muy interesante para tu relato, con la ciudad rodeada de tierras tenebrosas de las que brotan monstruos... y el interesante empleo de los cazacornidos.

El reto: se puede apreciar la imagen en tu historia, buen trabajo Smile
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#9
Mi devolución va a ser breve y voy a referirme a lo que más se me ha indicado que es respecto al desenlace de Nesprín.

Lo primero, comentar que me apetecía hacer una historia de aventuras clásica, con elfos y diversas especies fantásticas en un entorno con maravilla (típica construcción exagerada en algún aspecto de las novelas de fantasía como podría ser una torre inmensamente alta) y con amenazas en forma de criaturas mágicas (como pueden ser trolls u ogros). Y también quise ceñirme a una estructura clásica bien diferenciada... el resultado: como algunos apuntaron una especie de RPG Monsterhunter con un gremio de profesionales... no fue mi idea inicial pero es a lo que derivó, y me satisfizo.

El problema que me encontré fue que esta historia me pasaba por bastante de las 6000 palabras cuando la rematé. Por tanto tuve que recortar y reestructurar mucho para tratar de ajustarlo... finalmente quedó en unas 5.500. En el tijeretazo me deje un kilo de comas en la reestructuración de ciertas frases y sobre todo me cargue una parte del final que ahora pienso que podía ser vital. Era una escena de Gradíen Vigorant en su lecho de muerte nombrando caballero a Lível y pidiendo a Ámoreth que diese una oportunidad a Nesprín y no lo delatase ante las autoridades... Nesprín pasaba a formar parte de la Mesa 9 pero manteniendo parte de su aura solitaria y sin suponer una sustitución para Gradíen cuya silla permanecería siempre vacía (u ocupada por su recuerdo imperecedero, como se prefiera).

En fin pese al error del tijeretazo, es muy gratificante haber visto tantos buenos comentarios sobre esta historia y completamente increíble que recibiera tantos puntos en la votación, así que ¡gracias!

Pdta: tengo mucho que mejorar en cuanto a las comas.
Atrás solo quedan los errores, adelante en cambio hay... errores nuevos, pero imprevisibles y diversos. Disfrutaré y lamentaré cada uno de ellos a su debido tiempo.
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