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[Fantasía] Zirisia (Capítulo 4)
#11
(02/07/2021 09:14 AM).JPQueirozPerez escribió:
(01/07/2021 09:47 PM)AdrianHK escribió: JPQueirozPerezTe recomiendo apuntarte al Dragón Lector. Ahora está medio parado, aunque en parte es una ventaja porque tardarás menos en llegar al primer puesto de la lista.

Por un lado tiene el beneficio evidente de que sabes que te van a leer y comentar sí o sí (a diferencia de aquí, que incluso aunque te lean, tal vez no comenten, o sean comentarios escuetos tipo me gusta / no me gusta); por el otro, corregir al resto puede ayudar a ver errores que tú mismo tienes pero no eres capaz de ver en tus propios textos, con lo cual también vas a mejorar como escrior

Hola, JP, muchas gracias por la sugerencia. Quisiera participar, pero este tipo de formatos chocan un poco con mi estilo, ya que la espera es muy larga para un texto tan corto. Estoy dispuesto a leer y comentar, pero no me veo escribiendo algo de 1.500 palabras a menos que se trate de una escena en específico. Probé la misma actividad en otro foro y parece desequilibrada la espera de dos meses por comentarios sobre solo una escena.

Estoy más interesado en encontrar un grupo de escritura. De hecho, creo que la actividad funcionaría mejor haciendo grupos pequeños, de tres o cuatro personas máximo dependiendo de la disponibilidad de todos. Al ser menos textos escritos, todos pueden leerse y recibir críticas por lo menos una vez cada dos semanas.

En realidad es el doble de palabras, y como te digo, hay poca gente haciendo subidas ahora así que a lo sumo esperarías un mes a lo sumo.

Sobre los grupos de escritura, obviando que en realidad es el mismo concepto que el Dragón, siempre es una propuesta que puedes presentar en el foro.

En las reglas dice "Cada semana dos miembros subiran un fragmento cada uno de aprox. 1500 palabras". Si es el doble, habría que actualizar las reglas. De todas formas me gusta tu sugerencia de proponer una actividad similar pero con un grupo más cerrado y activo. ¿Debería hacerlo en la categoría "Tus historias"?
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#12
Aquí en el apartado de Sugerencias.
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#13
¡Gracias!
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#14
Capítulo 4: Una vida más tranquila

Apoyé la espalda contra la corteza del tronco hasta que se quebró enviándome rodando hacia atrás, cuando otra flecha me rozó un hombro. Me levanté en un pie y escapé cojeando por el bosque sin mirar atrás; estaba oscuro, pero me conduje con destreza por un largo tramo dejando los pasos atrás. Aproveché para ocultarme detrás de un árbol grueso para recuperar el aliento y revisar mi herida; pero antes de que pudiera hacer nada percibí otro agudo silbido, un crujido seco, y la madera vibró detrás de mí. La flecha penetró el tronco por ambos lados y me perforó el hombro izquierdo, poniéndome de rodillas con un penoso alarido. Las heridas me ardían, me costaba respirar y comencé a toser sangre, cuando unos pasos metálicos resonaron desde más arriba; sospeché que mis gritos alertaron a los guardias, así que hice un esfuerzo para ponerme de pie y bajar cuanto antes.

Salí del bosque viendo en todas direcciones con la túnica ensangrentada y el corazón acelerado. Me dirigí a descender el risco, pero al apoyar el pie sobre una roca sentí una insoportable punzada en la pierna y caí tieso por la pendiente dando un fuerte bramido. Me arrastré sobre la grava consciente aunque adolorido, mi pierna se durmió y sentí un hormigueo en el hombro, al mismo tiempo que el ruido de las pisadas se incrementó a mis espaldas. Supe en ese momento que no podría llegar al refugio, así que me levanté baldado viendo el caudaloso río y con una enérgica embestida me arrojé en él.

Todo sucedió muy rápido: escuché fuertes clamidos pero en cuestión de segundos la turbulencia me alejó de los guardias. Fue revolcado como un muñeco de trapo, mis piernas no respondían, conseguí sacar la cabeza para tomar aire, cuando advertí que iba directo hacia una hilera de piedras picudas. Muchos no me creerán, pero tuve la impresión de que unos instantes antes de recibir el golpe fatal, el río se apiadó de mí y apaciguó la corriente.

—¡No lo pinches más! Creo que está abriendo un ojo —fue lo siguiente que escuché.

Con la visión aún borrosa discerní frente a mí a una mujer robusta como un tronco, pero de rasgos finos y piel muy tersa; tenía el cuerpo cubierto de collares y pulseras, y sujetaba una trucha inmensa en la mano. Entonces sentí un retortijón y solté un quejido.

—¡Por Almena! —exclamó aterrada—. ¿Qué hacemos, Valdo? ¿Llamamos a un guardia?

—Tendríamos que explicar por qué estábamos aquí —replicó una voz rasgada. Miré de reojo al hombre moreno, ligeramente canoso, con bigote de brocha, ropa holgada y un ojo morado—. Mejor dejémoslo aquí, Bisenia. Además de las flechas tiene la cabeza rota, ya debe haber perdido mucha sangre.

—Pobre criatura —se lamentó la mujer viéndome revolcarme en la tierra—. Pero Valdo... ¿Y si es una prueba de Almena? —el hombre volteó a verla intrigado—. Si dejamos morir al niño... ¿Oirá luego nuestras plegarias?

Él la observó por un momento rascándose un pómulo con el ceño fruncido, después me miró a mí y de nuevo a ella. Entonces guardó la carnada en su bolsillo y me levantó por los brazos.

—De acuerdo, pero que nadie nos vea, no quiero que nos culpen a nosotros si se muere más tarde. Y tú, muchacho —me habló metiendo sus brazos bajo mis sobacos—, necesitamos que guardes silencio.

Uno de los mayores desafíos de mi vida fue suprimir los alaridos de dolor todo el viaje a espaldas de Valdo a través de una serie de colinas lodosas, una ruta que la pareja eligió tomar para evitar el camino principal hacia un pueblito. Al llegar aprecié múltiples hileras de casas de leño de aspecto decadente: tejados despedazados, cortinas desgarradas, paredes torcidas y exteriores descoloridos. Cuando entramos unos soldados caminaron frente a nosotros por la calle del pueblo levantando sus antorchas, pero antes de que nos vieran, Bisenia asió a Valdo de la muñeca y lo guió por una calleja hacia un patio por donde nos escabullimos a las siguientes casas, hasta alcanzar un cercado de alambre y tablas añejas que protegía una pequeña cabaña.

Atravesamos el jardín marchito y entramos por la puerta trasera a una habitación oscura donde solo pude distinguir una fila de túnicas colgadas frente a una enorme ventana. De repente sonó un potente golpeteo del otro lado de la casa que sobresaltó a los Krenis.

—¿Quién puede ser tan temprano? —se cuestionó Bisenia mirando a su marido.

—¡Solo la guardia tocaría así! —murmuró exaltado Valdo al entrar al pasillo. Volvieron a batir la puerta—. ¡Intenta distraerlos mientras oculto al muchacho!

Bisenia corrió hacia la puerta principal mientras que Valdo me introdujo en una habitación y me sentó en el suelo. Adentro no había más que muebles desgastados y cajas de madera vacías; él metió la mano debajo de una vitrina, sacó una palanqueta de hierro oxidada y se estiró para clavarla justo entre una viga del techo y la solera. Los primeros rayos de sol atravesaron las hendiduras del tejado cuando empezó a palanquear para desprender el tablón de la pared.

—¡Cariño, el alcaide Felgan quiere verte! —llamó Bisenia desde la sala.

La tabla crujió al desprenderse. Valdo me arrastró por el boquete murmurando improperios, me dejó sobre el suelo rústico del armario secreto, se limpió la sangre con un trapo viejo y selló la pared de nuevo.

—¡Cariño, es urgente! —insistió su mujer—. ¡El alcaide quiere hacerte unas preguntas!

Escuché que chasqueó la lengua antes de irse por el pasillo. Quedé en un lugar oscuro con olor a cebada y óxido, me ardían las heridas y un soplo gélido me recorrió los huesos. Sentí la humedad en mi pierna y espalda, el aroma de la sangre penetró mi olfato y mis párpados se fueron cerrando solos; creí escuchar un altercado afuera antes de desmayarme.

Soñé que era un bebé sentado sobre un montículo de hojas verdes. De fondo una mano gigante y rugosa arrancaba de raíz los árboles infinitos uno por uno. Alrededor de mí ondulaba una víbora de dos cabezas: la primera serpenteaba por la tierra apartando las hojas caídas, la segunda cabeceaba en el aire mostrando los colmillos, al acecho de mis movimientos.

—Demasiado débil —clamó desde el cielo una voz dulce pero severa, resonando por encima del estruendo de los árboles—. Así jamás llegarás ante mí....

Al intentar responder noté que no podía hablar ni moverme del sitio. La serpiente sonrió con malicia abriendo sus fauces, solté un llanto, ella se impulsó hacia atrás y me saltó al cuello; pero un poderoso ruido la detuvo en el acto. El insoportable crepitar la hizo retorcerse frente a mí, soltó un chirrido lastimero y escapó arrastrándose entre los árboles; yo sentí que me iba a reventar un oído, la tierra debajo se volvió húmeda como si me estuviera bañado en un pozo, el agua siguió creció hasta que me cubrió por completo y no podía respirar. Entonces desperté agitado a la luz de una vela en manos de Bisenia.

—Debió ser una pesadilla —opinó Valdo a su lado; tenía un nuevo moretón en el rostro. Presionó un dedo cerca de mi talón y solo entonces me di cuenta de que tenía la herida vendada—. ¿Esto te duele?

—No —respondí con dificultad. Ya no sentía dolor; de hecho, ya no sentía la pierna—. Pero tengo mucho frío...

—Debe ser la fiebre —dijo Bisenia con una mano en la mejilla—. Necesita reposo, no un trapo mojado.

—Es normal, el prafmín está haciendo efecto. Tendrás el cuerpo friolento y entumecido por unos días. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Torva.

—Valjag, Torva —pronunciaron ambos al mismo tiempo—. Ah, significa un placer conocerte —aclaró el hombre—. Nosotros somos Bisenia y Valdo Krenis, venimos del norte. Dime, ¿quién te hizo eso? —Negué con la cabeza—. ¿No lo recuerdas? —Negué de nuevo y mi respiración se aceleró.

—Creo que ha sido suficiente —intervino la mujer—. Dejemos que descanse. Con el favor de Almena te recuperarás pronto.

La fiebre empeoró considerablemente antes de mejorar un poco. Bisenia me alimentó a base de sopas y garbanzos, me regaló una túnica vieja de su marido y me limpió usando un trapo mojado. Era una mujer dedicada y muy religiosa; de hecho, todo el tiempo estaba hablando sobre sus dioses.

—Almena es la diosa de los tiempos difíciles —me explicó una vez—. Se dice que el ejército de Ingrid viene en camino, así que le rezamos todos los días para que la guardia nos conceda un carruaje con el que regresar al norte; podrías acompañarnos, si quieres. Aún no hemos tenido suerte pero verás que se cumple, mi niño, porque mientras peor se está, más fuerte se escuchan tus plegarias. Podrías acompañarnos, si quieres; son tierras cálidas pero muy en contacto con las ánimas.

Sin embargo, Bisenia tenía un secreto desconcertante. La guardia empezó a inspeccionar las casas a los días de mi llegada, y con cada visita traían rumores sobre el avance de las tropas de Ingrid. Una noche Bisenia entró a mi habitación temblando y mirando hacia el pasillo de reojo, sacó una botella de su faja y se vació la mitad de un solo trago. Un minuto más tarde regresó por el pasillo tambaleando y repitiendo oraciones a Almena. A veces entraba al armario a sacar otra botella y me pedía que no dijera nada; pero lo fue haciendo con más frecuencia hasta que terminó hablando sola por toda la casa.

Valdo estaba consternado; ya tenía suficiente con las palizas que le propinaban en el trabajo y las que recibía más tarde en casa, para que su mujer mostrara indicios de locura. Me comentó que los guardias locales aborrecían a los norteños y solían agredirlo en el almacén del ejército donde trabajaba; por eso no le importaba meter las manos en sus cargamentos para robarles licor, medicina y otros suministros que iba acumulando en el armario clandestino. Era un hombre de fe, pero más racional que su mujer.

Pero una noche se comportó un poco extraño al llevarme un tazón con pescado y lechuga; tenía un vaso de cerámica en la mano del que iba dando sorbos mientras me explicaba algunos ritos de siembra del norte. Pero en algún punto cruzó los brazos y adoptó una expresión más seria de lo común.

—Escucha, Torva. Hoy unos jinetes me detuvieron para preguntarme por un niño delgado de cabello pardo. —Sentí un vuelco en el estómago—. Les dije que no sabía nada, pero... ¿Aún no recuerdas quién te hizo eso?

Dio un trago sin quitarme los ojos de encima. Me fijé en su pantalón viejo, aún lleno de tierra; después le devolví la mirada, tenía la cara magullada y un gesto cansado. Los Krenis no solo me rescataron, también me ofrecieron acompañarlos al norte, era momento de confiar en ellos.

—Creo que esa noche escuché algo que no debía —confesé con la mirada baja—. Algo extraño sobre el río y unos «cántaros», que ni siquiera sé lo que es. ¡Juro que no entiendo por qué me siguen buscando!

Valdo alzó las cejas, se llevó el vaso a los labios y se mantuvo así como en un trance. Entonces frunció el ceño, bajó el trago y me habló:

—No esperaba menos de esas ratas... Se pasan las leyes por las botas porque nadie les dice nada, pero ninguno se atrevió a ir a la guerra. La guerra... —Se perdió de nuevo en sus pensamientos dando otro sorbo—. Perdón, Torva. Hoy estoy un poco... cansado, sí. Es mejor que ambos vayamos a dormir, y aprovechemos para rezar porque Almena nos saque pronto de aquí.

—Claro, ya estoy aprendiendo el canto —comenté entusiasmado, pero Valdo se marchó sin decir nada.

Me fui a dormir con una sensación extraña. Los siguientes días noté un cambio en los Krenis: se intercambiaban susurros, comían apartados y no volvieron a visitarme para conversar. Yo aproveché las tardes para moverme por la habitación; habían pasado solo un par de semanas desde el incidente, pero aunque las heridas aún me incomodaban, me sentía mejor cada día. Sin embargo, las noticias sobre la inminente guerra elevaron la tensión en la casa: Bisenia tenía conversaciones solitarias por el pasillo y Valdo esquivaba toda oportunidad de hablarme.

Recuerdo la humedad aquella noche en que desperté acalorado; la casa estaba oscura, pero escuché algunos susurros de fondo. Me moví al pasillo en cuclillas y me asomé a la sala iluminada por la tenue luz de una vela: Valdo y Bisenia estaban en la mesa tomados de manos frente a un señor alto y de barba espesa, que llevaba una larga capa blanca y los observaba con vanidad.

—Se alertará si entramos ahora —murmuró Bisenia desde la penumbra—, creo que ya sospecha algo. Pero le aseguro que es él, señor Alcaide.

—Me fiaré de su palabra —respondió el hombre ajustándose el cinturón—. ¿Puedo confiar en que lo tengan vigilado hasta que traiga a mis hombres?

—¡Por supuesto! —le aseguró Valdo—. Solo le pido que una vez tengan al muchacho, por favor, no se olvide del carruaje que nos prometió.

El alcaide les lanzó una mirada repulsiva, como si los Krenis le dieran asco.

—Ocultaron a un prófugo por dos semanas, ¿cómo se atreven a pedir recompensa? —los reprendió abriendo la puerta, pero se detuvo un momento—. Bueno, si realmente es el chico que buscamos, puedo hacerles un hueco en algún cargamento.

—¡Que Almena se lo pague, mi señor! —agradecieron con un resplandor en el rostro, y Bisenia descorchó una botella sobre la mesa.

Me escapé por la ventana del jardín para evitar el crujido de la puerta, aunque las plantas secas chascaban bajo mis pies. Me fui cojeando sobre las lomas áridas de vuelta al río, pero me detuve a mitad de camino tras avistar a un grupo de pescadores dialogando con un par de guardias; de repente, entre ellos, un par de ojos se clavaron en mí. Me quedé inmóvil por unos segundos: era la chica tímida de rizos castaños que me había entregado el arpón. Ella me observó con los párpados excesivamente abiertos, se giró a ver a los guardias, y entonces me hizo una sutil señal con la cabeza. Un segundo después se desplomó en el suelo acaparando la atención de todos.

Aproveché la oportunidad para escabullirme por la ladera y fui directo al río. Me ceñí al borde del terreno elevado que poco a poco se fue convirtiendo en un risco y llegué a la gruta recuperando el aliento; casi vomito al mover la piedra. Tuve que arrojar al río la canasta con truchas que se habían podrido durante mi ausencia; lo que fue desgarrador teniendo tanta hambre, pero ya sabía bien que en esta vida a veces toca acostarse sin comer.

Por otra parte, aunque muchos pensarían que ya estaba acostumbrado a estar solo, la traición de los Krenis me afectó profundamente. Hasta entonces no conocía muchas personas, pero estaba descubriendo por las malas que no podía fiarme de nadie; solo de Preya. Me pregunté dónde estaría en ese momento...

La mañana siguiente desperté demasiado hambriento como para hacer algo que no fuera buscar comida, así que me lavé, usé mi manta como un turbante y abandoné la cueva con mi arpón y una piedra roja escondida en mi túnica, en caso de que tuviera que hacer un intercambio. Pero me sorprendió que todo el camino del río estaba repleto de alegres pescadores, mesas improvisadas y fogatas donde cocinaban pescado y algo de carne; compartían bebidas y algunos bailaban al ritmo de los cantos.

Me temblaron las piernas; nunca había visto algo parecido. Apresuré el paso con la vista baja e incluso dejé atrás el sitio de pesca usual, donde unas chicas me vieron con recelo. Caminé alejándome del bullicio hasta que llegué a un área solitaria y calmada. Temí que los Krenis pudieran encontrarme allí, pero el rugir del estómago me motivó a quedarme. Por varias horas arrojé el arpón y me sumergí a buscarlo una y otra vez, sin tener suerte. Sin embargo, pasado el mediodía alguien se acercó por detrás.

—Es imposible esconder ese cuerpo enclenque —Al girarme vi al anciano Ebraél acercándose con un bolso en la mano. Levanté el arpón y lo apunté a su ombligo; él dio un salto hacia atrás.

—¡Ey, baja eso, mocoso! Vengo a ayudarte.

—Lárgate, pescador —le espeté—. No me quedan más piedras.

Pude ver la desilusión en sus ojos antes de dar un largo suspiro.

—Por lo menos escucha lo que tengo que decir —me pidió—. Mi nieta me comentó que anoche te vio cojeando cerca del río. Se preocupó de que estuvieras herido y estuvl toda la noche acusándome de esto y lo otro... En fin, dijo que no se iría si no te enseñaba a pescar, y aquí me tienes.

Recordé de inmediato a la chica: claramente me había salvado, aunque no entendía por qué. Sin embargo, ya me habían vendido antes.

—¿Por qué debería confiar en ti? —apreté la madera del arpón y avancé, pero él retrocedió al mismo ritmo.

—¡Cuidado donde apuntas eso, mocoso! ¿Qué no quieres mi ayuda? La guerra estallará en cualquier momento, todos están abandonando el pueblo y estos están celebrando el último día de pesca antes de partir. ¿Lo ves? No quedará nadie que te enseñe a pescar ni a quien comprarle pescado.

—No los necesito —declaré frunciendo el ceño y avanzando hacia él—. Una vez me dijiste que si los guardias me encontraban me enviarían a la guerra. Me ofreceré yo mismo para ir a la guerra y me convertiré en un héroe al que no le falte nada.

—¿Un héroe? —Ebraél golpeó una piedra con la espalda; tuvo un momento de pánico, pero su alivio fue notable cuando también me detuve—. De acuerdo, te entiendo, muchacho. Pero hoy tendrás que comer, ¿no? —Limpió el sudor de su frente con el antebrazo—. Si quisiera entregarte a la guardia, ¿no crees que habría venido acompañado? Pero sabes que detesto a esos usureros. Y ya no te quedan piedritas de esas, por lo que no tengo razones para hacerte daño.

Examiné al anciano con atención: había ganado peso y vestía ropa más gruesa y colorida, aunque su rostro arrugado y mañoso seguía igual que siempre. Me acerqué un poco más dispuesto a pedirle que se marchara, cuando mis tripas rugieron como un animal molesto y perdí vigor en los brazos; si no comía algo pronto no me aceptarían en ningún pelotón, por mucha ayuda que necesiten.

—Enséñame entonces —accedí ofreciéndole mi arpón—. Pero te estoy vigilando, pescador.

—¡Cuánto drama últimamente! —bromeó él tomando el arma—. Mira, te faltó llevarte una parte escencial —Metió la mano en su bolso y sacó una cuerda, la ató a un extremo del arpón y se movió hacia el borde del río—. Atento a cómo lo hago.

Me senté en una piedra apartada. El anciano echó un breve vistazo al río, levantó el arpón por encima de su hombro y, en un veloz movimiento de muñeca, el asta se deslizó de su mano y penetró disparada en el agua; de inmediato jaló la cuerda y en la punta agonizaban un par de truchas bañadas en sangre.

—¡Demonios, voy a extrañar este lugar! —vociferó triunfante—. ¿Ves lo fácil que es, mocoso? Prueba con las dos manos: con la izquierda diriges la punta y empujas con la derecha. Todo es cuestión de sentirlo y actuar, chiquillo. ¡Sentirlo y actuar!

—Sentirlo y actuar... —repetí motivado poniéndome de pie.

Primero practiqué el movimiento en el aire. Ebraél me criticó duramente, pero terminé encontrando una pose en la que mis heridas no me incomodaban, y cuando por fin realicé mi primer lanzamiento, se le escapó un cumplido. Pero pese a lo rápido que aprendí, el sol se ocultó sin que lograra empalar una sola trucha.

—Es que ya no los veo —me excusé apenado tras otro intento fallido—. Tal vez deba probar mañana, cuando haya luz y...

—La luz no va a cambiar nada —me cortó Ebraél con una expresión seria—. Tampoco podrás aunque practiques, ¿sabes la razón? —se levantó frunciendo el ceño y las arrugas marcadas—: No quieres herir a los peces.

—¿De qué hablas? Me estoy muriendo de hambre, claro que... ¡Ey, aparta! —El anciano siguió avanzando con un aura siniestra. De inmediato levanté el arpón apuntándole al pecho; él se detuvo a unos dedos de la cuchilla, pero lejos de intimidarse, sujetó la sujetó por el asta y de un tirón me la arrebató de las manos. Caí sentado en la grava con el cuerpo tembloroso y observando su mirada soberbia, como si le diera lástima.

—¿Lo entiendes ahora, mocoso? Eres un blando, desde lo más profundo de tu ser. Admito que te sobran agallas, sí, pero eres... inofensivo. ¿Y quieres ir a la guerra? —Soltó una amarga carcajada—. No me hagas reír.

De repente me vino un pensamiento: cada uno de los héroes que tanto admiraba se convirtió en leyenda usando la violencia. Comparado con ellos, yo solo era un chico desnutrido y sin malicia que se paralizaba cada vez que sentía el peligro.

—No digo esto para herirte, muchacho —El anciano se agachó a mi altura—. Unos pocos saborean la gloria, pero la mayoría terminan rebanados o torturados. ¿Qué hay de bueno en ser un guerrero?

Bajé la cara avergonzado, porque había empezado a pensar como él: solo la idea de pelear me revolvía el estómago, y habría sido feliz de no ver a un guardia o un arquero de nuevo en mi vida. Finalmente pude sincerarme conmigo mismo: todo lo que hice desde la última vez que vi a Preya fue por el mismo motivo. Entonces rompí a llorar.

—No quiero ser un héroe —le confesé entre sollozos—. Todo lo que quiero es dejar de estar solo. Y tengo miedo, porque la guerra se acerca y no sé qué hacer. Ya no sé qué hacer...

La sombra de Ebraél me cubrió por completo al ponerse de pie.

—Eres un chico sin suerte, pero con determinación. Escucha... la vida en los campos no es fácil ni bonita, pero siempre se puede trabajar duro para seguir adelante —Entonces me quitó la manta de la cabeza—. Yo puedo ofrecerte una vida así, de esfuerzo, claro, pero más tranquila.

Levanté el mentón con el ceño fruncido; mis emociones eran una mezcla de confusión e inseguridad.

—No entiendo. ¿Una vida más...? ¿Me estás invitando a ir contigo?

—No te confundas, mocoso, no fue mi idea —aseguró desviando la mirada—. Cebreo me lo propuso esta mañana antes de irse y... la verdad no me vendría mal una mano en la siembra. Tengo una casa en el campo a las afueras de un reino, es humilde, pero nunca estarás solo. Y es mejor que salir a matarse por un pedazo de tierra, ¿no crees?

Una serie de imágenes atravesaron mi mente: noches frías en la solitaria caverna, sangre en mis manos, la figura de los guardias con sus hachas, flechas volando por el bosque, y una guerra que arrasaría con todo como un torbellino. Una presencia protectora se alejaba como si no quisiera ser alcanzada. ¿Una vida más tranquila sería posible para alguien como yo?

—Llévame contigo, por favor —le pedí limpiando mis lágrimas. Ebraél me tendió la mano sonriendo.

El firmamento brillaba glorioso en el silencio nocturno y su luz iluminaba el cerro encharcado por el que seguí al anciano, pasando por curvas y un empinado descenso pedregoso hasta llegar al punto donde el sendero conectaba con otro camino de tierra, más amplio y aplanado. Ebraél miró hacia ambos lados, chasqueó la lengua y se sentó en la tierra.

—Aún no llega. Este es un truco de aventurero, Torva —me reveló orgulloso—. Si esperamos el carruaje de este lado, solo le pagamos un cuarto de los impuestos al carrero. —Soltó una risita seca mostrándome una reluciente moneda—. Con esto que nos ahorramos, el viaje nos sale gratis.

—Nunca había visto una moneda —comenté desganado, aunque sin saber por qué; era como un pesado nudo en la garganta. Examiné el paisaje con la misma actitud afligida, cuando algo llamó mi atención en el horizonte—. ¿Y qué es eso de allí?

El anciano entornó los ojos concentrando la vista en las siluetas dispares.

—Hmm... Diría que un bosque de pinos, o algo así —respondió, pero al ver con más detenimiento pareció notar, al igual que yo, que aquello se estaba moviendo. Sus ojos se abrieron como dos lunas y se puso de pie de un salto—. ¡Por los picos de Ergos, ya están aquí!

A pesar de la luz nocturna, estaban demasiado lejos para discernirlos, pero tenía que ser un ejército impresionante para ocupar toda la línea del horizonte. De repente mi corazón se aceleró y me empecé a ahogar, como si el aire no tuviera efecto en mí.

—Son los mastodontes de Ingrid —comentó Ebraél sin notar mi respiración forzada—. He escuchado que están locos y experimentan con sus prisioneros. No solo con personas, también con... ¡Ah mira, ahí viene el carruaje!

A nuestra izquierda apareció un carruaje mediano conducido por un guardia joven, aunque envejecido por su exagerada expresión de angustia. Puso los caballos al paso junto a nosotros y se acercó al borde del pescante;.

—¡Después hacemos cuentas! —le gritó a Ebraél—. ¡Suban antes de que lleguen, o quedaremos atrapados!

Cojeando y ahogado, seguí el ritmo lento de los caballos. Ebraél corrió a guardar su bolso bajo la gualdrapa y se subió al carro. Entonces estiró la mano para ayudarme a montar, pero no se la di; intentó sujetarme, pero lo esquivé. Entonces metí la mano en mi túnica y arrojé mi piedra roja a sus pies; solo entonces pude volver a respirar, y lo entendí todo.

—Gracias por todo, pescador —dije jadeando—. Lo siento, pero no puedo ir contigo. Hay algo que debo hacer primero.

Un tirón en el pie me hizo detenerme justo cuando los caballos aceleraron el trote. Ebraél maldijo desconcertado, pero se le pasó muy rápido, porque un momento dio un profundo suspiro.

—¡Demonios! ¡Tienes agallas, mocoso! —Tuvo que elevar la voz a medida que crecía la distancia entre nosotros—. ¡Si sobrevives, búscame en los campos de Médalos! ¡Te enseñaré a sembrar!

Me fascinó lo rápido que se alejó; nunca había visto un carruaje fuera de un pergamino. Me despedí agitando la mano hasta que se convirtieron en una mancha lejana, y enseguida sentí un escalofrío; todo sería más difícil sin el anciano, pero sin importar lo que me esperase, no podía marcharme sin saber lo que pasó con Preya. Me di la vuelta y regresé por el sendero al cauce, con la vista puesta en la temible montaña y sus difusas nubes grises.

A veces me pregunto si el mundo sería diferente de haberme subido a ese carruaje.
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#15
(01/07/2021 09:47 PM)AdrianHK escribió: JPQueirozPerezTe recomiendo apuntarte al Dragón Lector. Ahora está medio parado, aunque en parte es una ventaja porque tardarás menos en llegar al primer puesto de la lista.

Por un lado tiene el beneficio evidente de que sabes que te van a leer y comentar sí o sí (a diferencia de aquí, que incluso aunque te lean, tal vez no comenten, o sean comentarios escuetos tipo me gusta / no me gusta); por el otro, corregir al resto puede ayudar a ver errores que tú mismo tienes pero no eres capaz de ver en tus propios textos, con lo cual también vas a mejorar como escrior

Hola, JP, muchas gracias por la sugerencia. Quisiera participar, pero este tipo de formatos chocan un poco con mi estilo, ya que la espera es muy larga para un texto tan corto. Estoy dispuesto a leer y comentar, pero no me veo escribiendo algo de 1.500 palabras a menos que se trate de una escena en específico. Probé la misma actividad en otro foro y parece desequilibrada la espera de dos meses por comentarios sobre solo una escena.

Estoy más interesado en encontrar un grupo de escritura. De hecho, creo que la actividad funcionaría mejor haciendo grupos pequeños, de tres o cuatro personas máximo dependiendo de la disponibilidad de todos. Al ser menos textos escritos, todos pueden leerse y recibir críticas por lo menos una vez cada dos semanas.

Trasladado al hilo correcto.

Momo
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