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Reto Cuento de Terror I: El portal
#1
EL PORTAL

A mediados de agosto el calor abrasaba la ciudad como si de un horno se tratase; la gente había huido del asfalto a cualquier sitio que prometiera un mínimo alivio, y hasta las ocho o las nueve de la noche apenas se podía ver a nadie paseando por las calles.

—A ver: Diego, Toño, Rubén y Fran conmigo. —Juanjo fue llamando a sus favoritos, aquellos con los que mejor trabajaba, no solo por su rapidez sino también por el buen talante con el que enfocaban los desplantes de los vecinos a cuyas casas iban a repartir publicidad. Los aludidos se acercaron deprisa al coche del Jefe de Equipo y ayudaron a cargar las cajas repletas de propaganda que había junto al vehículo—. Terminad rápido, que hoy nos toca currar en pleno centro.

—Joder, pues el calor que va a hacer a la una en el centro va a ser la hostia —comentó Toño mientras colocaba ordenadamente los paquetes de papel.

—Bueno —respondió Fran—, al menos así nos aseguramos de que la gente está en casa y nos abren el portal. Al menos los que se hayan quedado —remató, consciente de que sus padres y su hermana hacía dos semanas que ya estaban en su pueblo de Santander, mucho más frescos que en la capital.

Acabaron de cargar el coche y cerraron la puerta del maletero, esperando a Juanjo que estaba terminando de rellenar unos papeles de la empresa para la que iban a trabajar ese día. Lo vieron salir de las oficinas andando apresuradamente, con unos papeles en la mano: los planos de las calles que tenían que cubrir. Sin apenas decir palabra repartió uno a cada uno y entraron en el coche; llevaban mucho tiempo trabajando como equipo como para andar perdiendo el tiempo en las instrucciones de rigor. Una vez dentro, emprendieron camino hacia la zona de reparto, cada uno a lo suyo: Fran amodorrado con la cabeza apoyada en la ventanilla del coche, Diego y Toño enfrascados en una conversación sobre los últimos logros de Fernando Alonso en la Fórmula I y Rubén, el más callado de ellos, escuchando música con sus sempiternos auriculares.

—Macho, baja un poco eso, que te vas a quedar sordo —le dijo Diego a Rubén, que tenía el sonido tan alto que se podía oir sobre el ruido del motor.

—Déjalo, Diego —respondió Juanjo sin quitar ojo de la carretera—, ¿no ves que no se entera? Ahora mismo hasta podrías decirle que te has acostado con su madre y no pasaría nada.
Un coro de carcajadas contestó al comentario del jefe, tan fuerte que llegó a oídos de Rubén por encima del rap y le hizo quitarse los cascos.

—¿Eh? ¿Qué pasa? —preguntó, con una expresión recelosa en el rostro. Otro estallido de risas hizo que mirase a sus compañeros con desconfianza y volviera con su Mp3.

Poco después llegaron al destino. Con la ciudad desierta era fácil encontrar aparcamiento, así que dejaron el coche a la sombra de un enorme tilo. Salieron del vehículo y se reunieron en torno al capó para organizarse la zona.

—Vamos a ver, Rubén y Fran el lado derecho y Diego y Toño el izquierdo. Esta vez nos han dado un par de carros…

—¡Coño, qué novedad! —interrumpió Diego.

—…uno para cada pareja —continuó Juanjo haciendo caso omiso de la interrupción—, así que no tendremos que andar yendo y viniendo al coche. Llenadlos bien y vais reponiendo. En el plano os he sombreado la zona que tenéis que cubrir, ya os la termináis de repartir vosotros. Ahora cuando cojáis la carga, me voy a comprar los bocatas para el almuerzo y unas botellas de agua fría, y os espero en la parte de arriba de la calle, ¿vale? Ah, y no os olvidéis de poner las pegatinas, que luego tengo que repasar la zona y me da mucho por culo entrar a comprobar si habéis hecho o no los portales. Además, hoy son rosa fosforito así que se verán bien.

Llenaron los carritos con varios paquetes de folletos para hacer el reparto de un tirón y se dirigieron a la zona correspondiente. Con un último saludo ambas parejas se perdieron de vista.

—Bueno Diego, ¿cómo repartimos el tema? —preguntó Toño observando el mapa.

—Yo creo que lo mejor es que pillemos cada uno un paquete de propaganda y hagamos una manzana. Si coges la de los edificios altos llévate el carro, y cuando yo termine con la mía empiezo con la tuya por la parte de arriba y nos encontramos, ¿te parece?

—Vale, por mí no hay problema. Además, no me gustan esos edificios viejos, huelen a repollo hervido —respondió su compañero arrugando la nariz. Diego puso los ojos en blanco y, cogiendo un buen montón de papel, cruzó la calle para empezar a trabajar.

El sol caía inexorable sobre los edificios, provocando un efecto de oscilación del aire que otorgaba a las casas un aspecto irreal. Aunque le incomodaba el calor, Diego adoraba la soledad en la que se sumían las calles a causa de los más de treinta y cinco grados de temperatura. El trabajo era cansado y rutinario, sin apenas alicientes, pero al chico le gustaba organizarse a su manera y por eso cada verano volvía a repartir. Aquella zona era totalmente nueva para él, y los portales no le sonaban de nada; lo cierto es que Toño tenía razón, algunos apestaban. Dobló una esquina y se encontró en un callejón umbrío con solo dos puertas: la primera estaba cancelada, debía ser un edificio abandonado pues las ventanas estaban cubiertas con tablones, y la entrada cruzada por una pesada cadena enganchada a un candado enorme. Diego puso una pegatina para que Juanjo no tuviera ni que acercarse y se dirigió a la siguiente.

Iba tan distraído que no vio el adoquín que se había soltado a un par de metros de la puerta. Tropezó y los papeles salieron disparados por todas partes, revoloteando hasta posarse en la acera recalentada. Mascullando un torrente de palabrotas se levantó del suelo, y casi volvió a caer al fallarle la pierna. Se miró, comprobando consternado que había roto el pantalón y tenía la rodilla ensangrentada. Hizo unos movimientos y respiró con alivio al ver que no había sido más que un rasguño, aunque la inflamación comenzaba ya a notarse. Recogió todos los folletos que encontró y se acercó cojeando al portal.

La casa a la que iba a entrar acaparó toda su atención, hasta el punto de reducir el dolor de la rodilla a un palpitar sordo. Sorprendentemente los gamberros habían respetado toda la fachada del edificio, ni pintadas ni olores a orina o restos de botellón. La puerta era de madera ennegrecida por los años y la contaminación, con cuarterones adornados con caras en relieve y rodeados de cenefas talladas. Dos grandes aldabones sobresalían de las bocas de los rostros de arriba, de algún tipo de metal ya verdoso por la acción de los elementos. “Joder, una puerta de madera, ya no se ven cosas así” pensó el chico, admirando los relieves sucios de polvo. Colocó la pegatina, presionó una de las hojas y comprobó que se abría casi sin ruido.

El interior estaba oscuro, apenas podía atisbar más allá de un metro de donde se encontraba, así que buscó por la pared junto a la puerta hasta que encontró y pulsó un interruptor. Inmediatamente se encendió una sola bombilla amarillenta y cubierta de suciedad, con una luz mortecina que iluminaba lo suficiente como para permitir a Diego entrar y dejar que la puerta se cerrase a sus espaldas.

Hacía frío, más del habitual en los portales en los que acostumbraba a repartir, eso fue lo primero que notó. Supuso que sería por la madera de la puerta y porque daba a una calle en la que no daba el sol, así que no le concedió mayor importancia. El portal era un pasillo largo, al fondo del cual se vislumbraban unos bultos que podrían ser los buzones. Un friso de madera carcomida y polvorienta cubría las paredes de ambos lados hasta una altura de metro y medio, y se podía ver algún trozo arrancado por efecto de la humedad. El suelo, embaldosado con losetas que no se veían desde hace cien años, estaba cubierto de porquería que se hacía más patente en los bordes. La bombilla oscilaba suavemente y convertía a las sombras en bailarines escurridizos que tremolaban en las esquinas. Un olor entre polvoriento y dulzón flotaba en el aire, con otro trasfondo que Diego no conseguía identificar.

“Tío, no seas gilipollas” se dijo a sí mismo atemorizado, tras constatar cómo los escalofríos recorrían su espalda y se erizaba todo el vello de su cuerpo, “hay que joderse el frío que hace en este portal”. Casi a regañadientes, avanzó adentrándose en el pasillo, mientras el vaho que salía de sus labios se elevaba hasta fundirse en la oscuridad del techo. No había llegado aún al fondo cuando escuchó un sonido leve, como de arrastrar algo suave por el suelo, y una peste nauseabunda a podredumbre invadió sus sentidos. Paralizado, vio como una nube de oscuridad se iba materializando en lo alto de la escalera, acercándose lentamente. Igual que el insecto cautivo en una telaraña, se sentía incapaz de mover un solo músculo a pesar de que todos sus nervios le gritaban ¡huye!, y no podía más que observar cómo una figura ensombrecida se iba perfilando cada vez más cerca.

Tras unos segundos que se le antojaron horas, Diego pudo ver aquella silueta con claridad. El corazón se le aceleró, un sudor frío empezó a brotar de todos sus poros, y abrió tanto los ojos que casi se salían de las órbitas; ante él se erguía un ente de forma humana, pero ahí acababa todo su parecido. Espantado, su inmovilidad no le impedía constatar todos y cada uno de los detalles del ser que lo observaba con curiosidad desde el final de la escalera. Era alto, sacaba más de una cabeza al repartidor, cubierto con una túnica sucia y raída de color oscuro que no ocultaba la estrechez de sus hombros y su extrema delgadez. La piel, blanca y apergaminada, cubría un cráneo redondo, casi pelado, de cuya nuca emergía una trenza exigua de cabello amarillento que llevaba sobre los hombros y caía casi hasta las rodillas. De las mangas sobresalían unas manos anormalmente grandes, de dedos finos y largos, con las uñas astilladas y renegridas por la mugre y el tiempo. Los ojos de aquello (su mente se resistía a darle algún calificativo) relucían en un blanco espectral, sin iris ni pupila, pero aun así los sentía clavados en su alma como cuchillos ardientes. Abrió unos labios exangües y habló.

—Ah… pero ¿qué tenemos aquí? ¿Qué es lo que huele a sangre, a vida?—La figura se acercó deslizándose sin hacer más ruido que el roce de la ropa que había alertado al chico. La fetidez lo abrumó como si fuera algo físico, y el terror de verse enfrentado a aquel horror le hizo perder el control de sus esfínteres: el hedor de su pánico se sumó al que despedía aquel ente, que sonrió viendo aquella reacción. Alargó una de sus manos para coger los papeles que Diego aún conservaba en la mano, crispada y tensa, y tiró todos al suelo menos uno, que acercó a la nada de sus ojos.

—¿Telepizza? —preguntó en un tono chirriante, y echando la cabeza hacia atrás se carcajeó—. ¿No es una ironía que una empresa de comida rápida te haya traído hasta mí? Todavía tendré que escribirles una carta de agradecimiento —comentó sin dejar de reír. Tal despliegue de hilaridad devolvió a Diego algo de su voluntad, y pudo alejarse un par de pasos. El ser calló de repente y, con un sucinto gesto de su mano, envió al muchacho contra la pared con tal fuerza que apenas podía respirar. En un movimiento relampagueante se acercó a solo unos centímetros de su cara, olfateando el sudor, el cabello, respirando el aire que exhalaba el aterrorizado joven.

—No irías a dejarme tan pronto, ¿verdad? —siseó. Al borde de la locura Diego vio como la punta de una lengua imposiblemente larga y fina asomaba por entre dos hileras de dientes, como probando la textura del ambiente, hasta rozar con suavidad sus mejillas. “Oh Dios mío, me va a comer, el vampiro me va a comer” pensó el joven.

—¿Comerte? No, mi querido chiquillo, yo no como carne. Y tampoco soy un vampiro, ya que estamos —respondió a los pensamientos de Diego, mientras acariciaba su garganta con una uña renegrida—. Pero vas a pasar mucho tiempo conmigo, nos divertiremos juntos, ¿sí? —sonrió, mientras deslizaba sus dedos golosamente por el cuello del muchacho, relamiéndose de anticipación.

Y con un chasqueo de los dedos envió volando al chico escaleras arriba sin ningún miramiento, recogió la propaganda desparramada por el suelo y subió tras él con su andar deslizante.

* * *

—Juanjo, tío —resolló Toño, llegando a la carrera al punto de encuentro con su jefe—, Diego no está, ha desaparecido, ¡joder, que no lo encuentro!

—Venga Toño, respira un poco, tranquilo. ¿Cómo que ha desaparecido? Estará en algún bar meando o algo —lo tranquilizó el hombre.

—¡Hostia puta, macho, que no soy gilipollas! Lo he buscado por todas partes y esperé más de media hora. He mirado las pegatinas y la última está en una casa vieja, luego nada más.

—Bueno, voy a llamarlo al móvil, que tengo su número por aquí. —Sacó un teléfono del bolsillo, buscó e hizo una llamada. Inmediatamente se escuchó una musiquilla que venía del asiento trasero—. Mierda, se lo ha dejado en el coche. Vamos a buscarlo, verás cómo anda por ahí.

Casi corriendo a causa del ritmo acelerado que Toño imprimía a sus piernas, llegaron a la casa donde destellaba una pincelada de color rosa fosforescente y comprobaron que la siguiente no tenía la marca, así que retrocedieron y entraron en el portal. Nada los recibió, salvo un leve hedor a podrido y humedad que saturaba el aire. Un único folleto de Telepizza descansaba en el centro del pasillo, testimonio de que Diego había estado en aquel lugar, pero aparte de aquello solo encontraron polvo y silencio.

—Diego, ¡Diego! —tronó Juanjo, acercándose al borde de las escaleras. Allí comprobó la inutilidad de su búsqueda: unos pocos escalones más arriba había un enorme agujero que imposibilitaba la subida; el edificio estaba claramente abandonado.

—No está aquí. Esto es muy raro, Diego es un tío muy formal —dijo el jefe, retrocediendo preocupado hacia la entrada. Salieron al sol del mediodía—. Vamos a hacer una cosa, volvemos al coche y esperamos hasta las tres de la tarde; si para entonces no ha vuelto, nos acercamos a Comisaría a poner una denuncia.

Y, con la propaganda abandonada como único testigo de lo sucedido, regresaron a esperar al muchacho.

* * *

Diego despertó, con todos los miembros entumecidos. Ya había perdido la cuenta de los días que llevaba con el Acechador, como el mismo ser se había autodenominado. “Qué idiota he sido, yo que pensé que era un vampiro. Ojalá, así me habría desangrado y terminaría todo” se lamentaba para sí. No podía hablar, el Acechador le había cosido los labios de forma que no los podía despegar más que cuando él se lo permitía, para beber algún líquido asqueroso que lo mantenía con vida. Intentó moverse, y comprobó con desaliento que seguía encadenado a la pared: no tenía la más remota posibilidad de intentar huir.

—Ahhhh mi querido pequeño, ya te has despertado… —La voz susurrante le envió un ramalazo de pánico por su columna vertebral y las lágrimas empezaron a resbalar por su rostro. Un quedo gemido se originó en el fondo de su garganta, y agitó infructuosamente las cadenas.

—No te muevas, pajarito, que debo estar más cerca de ti para recoger tu miedo, tu delicioso miedo —chirriaba el Acechador mientras se acercaba al chico por detrás. Sintió una espeluznante caricia en la nuca, y el quejido se convirtió en aullido silencioso—. Así, así, muy bien. Te prometí que nos divertiríamos, ¿verdad? No te apures, no llores, nos quedan años de estar juntos…

Se giró para ponerse frente a Diego y, con los ojos muy abiertos y vacíos, sacó la lengua para sorber las lágrimas del joven. Y por fin, misericordiosamente, su cordura se quebró.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
¡Buenas autor!

He visto varios errores. El primero es que en varias ocasiones he visto , seguido de y. Se que hay casos en que esto es permitido, pero yo no soy muy partidario de ello ya que es facil equivocarse.

Cita: la gente había huido del asfalto a cualquier sitio que prometiera un mínimo alivio, y hasta las ocho

Esta frase es un buen ejemplo de ello, o almenos esa es mi opinión.

También he visto algunos casos donde faltaría añadir alguna coma, aunque esto aveces es un poco a gusto del lector.

Hay una frase donde falta un guión.

Cita:—Déjalo, Diego —respondió Juanjo sin quitar ojo de la carretera—, ¿no ves que no se entera? Ahora mismo hasta podrías decirle que te has acostado con su madre y no pasaría nada.
Un coro de carcajadas contestó al comentario del jefe, tan fuerte que llegó a oídos de Rubén por encima del rap y le hizo quitarse los cascos.

Aquí estas siguiendo la conversación con las carcajadas, así que creo debería haber un guión.

Alguna repetición.

Cita: —Bueno —respondió Fran—, al menos así nos aseguramos de que la gente está en casa y nos abren el portal. Al menos los que se hayan quedado

En cuanto a la historia:

Pues me ha gustado bastante. Quizás la introducción sea demasiado larga y deberías haber intentado alargar un poco más la parte del Acechante, que a fin de cuentas es la base para que esto se trate de una historia de terror, y quitar algo de paja en la introducción de los otros 4 personajes, que realmente no pintan nada.
Luego hay una pequeña incongruencia en el hecho que el chico entre en una casa que tiene aspecto de abandonada para poner propaganada. Quiero decir...¿si tiene pinta de estar abandonada, para qué poner propaganda? Aunque viviera algún vagabundo...bueno, que esos no suelen ir a telepizza.

Suerte!
May the force be with you!
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#3
Bueno, por una cuestión de lenguaje, me cuesta entender bien qué es lo que hace este grupo de chicos. Entiendo que dejan publicidad en casas, pero no me resulta muy creíble que deban entrar en los edificios para ello. ¿No se tira el papel por debajo de las puertas y listo? Tal vez sea una cuestión de que el autor vive en un lugar donde esto es normal, pero al menos a mi me resulta un poco difícil de imaginar.

Noté también un comienzo demasiado largo, presentando personajes y vínculos entre ellos que luego casi no tienen relevancia. Se podría acortar esa parte, y llegar más rápido a la acción.

Me gustó mucho que apareciera el ser que se alimenta de miedo, pero no me pareció muy apropiado el nombre. "Acechador" me resulta demasiado suave y no califica correctamente al monstruo. Él no es un stalker, un acechador, sino que se alimenta de miedo, es una especie de demonio. Creo que amerita tener un nombre que imparta respeto y miedo y poder y fuerza.
"Nadie está exactamente seguro de qué es lo que de verdad quiere decir, hasta que no ha escrito sus pensamientos."
Danza macabra - Stephen King
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#4
Bueno, creo que este relato cumple con la temática del reto, aunque no está exento de fallos. De los errores técnicos y formales destacaría algún acento (“oír”), el empleo no sé hasta qué punto justificado de algunas mayúsculas (“jefe de equipo” o “mp3”), y un uso excesivo (a mi juicio, claro) de adverbios terminados en “-mente” y de gerundios muy próximos entre sí. También hubo momentos en que eché en falta algunas comas.

Vamos con el contenido. Como primera pega, diría que este cuento es demasiado largo, y de las más de 2700 palabras que tiene, las 1000 primeras no tienen nada de terrorífico. Si se pretendía hacer una introducción larga para que el lector se identificara con los personajes, creo que no funcionó. Para empezar, lo que se dice apenas tiene que ver con la parte que sí tiene que ver con el reto, y el trabajo de Diego se podía haber explicado en muchas menos palabras y sin tener que introducir a tantos personajes que, en realidad, no lo son, pues a partir de cierto momento desaparecen y ya no vuelven a salir.

Ahí está el segundo defecto grave que le veo al cuento, tiene demasiados “personajes”, y eso impide que el lector se pueda identificar con Diego hasta que ya está en manos del monstruo (o sea, demasiado tarde). En realidad, como auténticos personajes yo dejaría a Juanjo, Toño, Diego y Acechador. El resto no cumplen ninguna función significativa en la historia.

Por lo que respecta a la segunda parte del cuento, la de terror, me parece que está desequilibrada. Un cuento de terror implica una lucha (aunque sea psicológica) contra el Mal, pero en esta historia no hay lucha que valga, Diego es, como bien dice Acechador, un “pajarillo” en las garras de un león, y en ningún momento da la sensación de poder enfrentarse con éxito o escapar del monstruo. Es cierto que a lo largo de la historia (en el cine es evidente) numerosas historias nos han contado cómo seres malignos y muy poderosos aniquilan a seres indefensos, hombres y mujeres, pero (siempre desde mi punto de vista, claro), eso le resta un punto de interés a la historia, porque ya sabes lo que va a pasar. Y si, como en este caso, el indefenso protagonista no ha sido presentado como alguien con quien el lector pueda sentirse identificado, su sufrimiento pasa desapercibido.

A nivel de coherencia hay algo que me llama la atención respecto a cómo el monstruo tortura a sus víctimas. Al parecer, se alimenta del miedo de estas. Pero eso significa que, al arrebatarles el miedo, en esos momentos sus víctimas deberían sentir menos miedo, y no más… ¿Qué queda cuando un monstruo te arrebata el miedo que sientes hacia él? ¿Otras emociones de las que Acechador no puede sacar nada? ¿Odio? ¿Furia asesina? ¿Cinismo? ¿Valor? Tal vez la reacción de Diego debería transcurrir por esos caminos y no quedarse sólo en un estado de constante terror. Eso, por otro lado, podría ser la debilidad del monstruo que le daría a Diego esperanzas de escapar. No sé, yo exploraría un poco por ese camino, tal vez encuentres algún nuevo recorrido para tu historia y hacerla así más compleja que el típico binomio “verdugo-victima”. Y si reduces la nada terrorífica introducción, el cuento no tendría por qué resultar más largo de lo que es ahora.

Sin embargo no todo es negativo, también he de apuntar que he visto muy buenas descripciones y bastante talento a la hora de narrar las situaciones en las que intervienen los personajes. Estoy convencido, además, de que hay una buena base sobre la que cimentar una historia de terror más que interesante, y animo desde aquí al autor a que lo haga.

Buena suerte.
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
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#5
Muy buenas, empiezo con este que es el primero que me aparece. Y hoy me tengo que comentar todos, así que no me extenderé.

Vaya tirria que le tienes a los repartidores de propaganda, maj@... Vale, sé que es muy molesto encontrarnos los buzones llenos de publi, pero jope...
A mí no me disgusta la intro larga, es más, siempre me han interesado porque personalmente me ayuda a meterme en la historia. Supongo que eso va en gustos. Lo que más me ha gustado es el ambiente del portal, resulta entre misterioso, repugnante y siniestro. Que Diego esté acojonado del todo desde el principio no lo veo ni bien, ni mal, es tu elección. Pero ¿no os sorprende siempre la "entereza" de muchos protas de películas, que se quedan solitos a las tantas en una casa llena de ruidos y cosas que se mueven? Vamos, yo no es que saliera corriendo, es que hasta me materializaría directamente en casa de mi madre, y a la mierda las leyes espacio-tiempo XD

No obstante, no sé, es un relato que me deja un sabor algo agridulce...
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#6
Último relato.

Me ha gustado mucho este último relato. Aunque me llama la atención que en los dos últimos haya repartidores de algo y una mención a las pizzas.... creo que voy a dejar de comerlas. :S

Bueno, en serio ya. Me ha gustado mucho, como venia diciendo. Está muy bien narrado, permitiéndonos conocer al personaje antes de enfrentarse al terror, y dando detalles de su vida. Aunque quizás al principio das demasiada información sobre los compañeros y cómo se organizan el trabajo y eso, que, aunque ha sido interesante de leer, luego no es del todo relevante, podrías haber abreviado información. O, más bien, haber alargado lo demás, aunque creo que no tenías mucho más espacio.

A nivel técnico no he visto errores.

La criatura que no es un vampiro me ha gustado como la describes. Un ser terrorífico, sin duda, que ha quedado muy bien definido en mi mente. Al principio yo también pensé que se trataba de un vampiro (has tratado de dar esa impresión para luego revatirla), pero no. Es un ser más siniestro que se alimenta del miedo de sus víctimas. En eso me ha recordado a un personaje de la serie "Embrujadas" que veía cuando era pequeña, y también a los dementores de Harry Potter, aunque estos se alimentan de desesperación más que de terror.

La temática de terror esta clara y muy bien tratada. concluyendo, uno de los mejores relatos del reto.

Pd: La descripción del portal me ha recordado al de la casa de mi abuelo... aunque sin suciedad por los suelos ni criaturas siniestras acechando. Con todo y eso.. ¡qué yuyu!
"Toda historia tiene su final, pero el final de una historia es siempre el comienzo de otra nueva."
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#7
Hola majos y majas! Pues por regla general no suelo hacer contradevoluciones, pero en este caso haré una excepción, luego veréis por qué.

Gaoth. Respecto a las comas tras y, te diré que no siempre me gusta cómo queda, así que prefiero equivocarme al ritmo que muchas veces imprime colocar esos incisos (o como se llamen) siempre entre comas. En cuanto al guión no falta, es que ha sido error al pasarlo del word al foro, que no me ha marcado bien los párrafos y, para cuando me he dado cuenta, ya había pasado el plazo de rectificar. Con las repeticiones no estoy de acuerdo contigo, ya que no es lo mismo cuando son en las intervenciones del narrador que cuando están en los diálogos, donde son mucho más flexibles precisamente para conseguir naturalidad. Por cierto, la casa en la que entra no está abandonada, lo está la de al lado, por eso pone una pegatina, para que el jefe ni se acerque. El portal del relato es un portal viejuno, pero que se ve utilizable.

Titania. No sé cómo será donde vives, pero en España es costumbre que la propaganda te la metan en el buzón, por mucho que se habiliten recipientes especiales para ello junto a la puerta de fuera. Es algo que resulta bastante desesperante para los propietarios, pero a los repartidores los obligan a, por lo menos, intentar entrar.

Helkion. Posiblemente lo de las introducciones sea algo por lo que me suelen pillar en los relatos: me gusta mucho hacer un entorno y no entrar en seguida en materia. Supongo que es cuestión de gustos, pero cuando un relato en seguida me mete en el asunto, me siento algo agobiada. Dices que tendría que haber una lucha... ¿Por qué? Hay diferentes tipos de terror, y el derivado de la impotencia es uno de ellos. En cuanto al miedo, que desaparece cuando el monstruo se alimenta de él... el miedo es algo que tiene un fondo infinito, se retroalimenta y continúa burbujeando constantemente, al menos esa es mi opinión. ¿Esperanzas de escapar? Nonono, yo no quería ni quiero dar esperanzas al protagonista, anda y que se j... Big Grin

Lanay. Pues... gracias maja!

Y ahora el resto. Este relato está basado en un hecho real.

En mis años mozos yo era repartidora de propaganda en los veranos, y la descripción del funcionamiento y demás es la real, la forma en que trabajábamos: incluso iba siempre con el mismo equipo. Un día de agosto, me tocó repartir en una zona de Madrid en la que convivían pisos muy nuevos con edificios centenarios, en ocasiones en bastante mal estado. Y ahí estaba el portal. Era tal y como os lo he descrito, siniestro, helado, con los buzones (creo que eso eran) al fondo, allá dónde comenzaban las escaleras. Y jamás olvidaré cómo, nada más entrar, me embargó un terror y un espanto absolutamente indescriptibles, y lo digo tal cual, porque por mucho que leo cómo he explicado el terror de Diego, no está ni a la altura del betún del que sentí yo. Y como soy una cagada (o muy sensata, según se mire), salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo, que es lo que sentí que me esperaba al final del portal, me fui al sol, me senté en un banco y me puse a temblar y a llorar como una histérica.
Poco después, cuando se lo conté a Paco (el nombre real de mi jefe de equipo) se quedó lívido y me pidió miles de disculpas, porque olvidó avisarme sobre aquel portal: nadie, ningún repartidor, había conseguido nunca repartir allí, porque todos salían aterrorizados nada más entrar, y por regla general ponían la pegatina y seguían adelante.

Y esta es la historia que subyace tras el relato.
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