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(Reto relato Steampunk I) Una Vuelta de Tuerca
#1
                                                          Una Vuelta de Tuerca


Sebastián Gunngser estaba más eufórico que de costumbre, y eso se manifestaba a las claras, pues no destacaba por ser alguien  especialmente encantador u optimista, aunque en aquella ocasión no era para menos ¡Estaba feliz! Puede que con los resultados que acababa de adquirir durante las semanas anteriores tras largas horas de investigación, el mundo tal y como había sido conocido hasta aquel entonces, quedaría relegado a un pasado arcaico y lleno de ignorancia del que tan solo se recordaría como una simple anécdota más de su historia. ‹‹Y esta vez seré yo y no ese lame culos de Mackinigan quien se lleve todo el rédito al fin›› La sola idea izo que se sintiese un hormigueo en la boca del estomago por la excitación creciente, se sentía incuestionablemente dichoso. Completo.

Pasó por delante de un chaval encasquetado con un bonete a cuadros que era desproporcionadamente  grande para una cabeza tan chiquita como la suya. Concluyó que  prácticamente le hubiese cubierto la mitad de su cara si no fuera por los dos enormes tajos de carne que tenía por orejas, los cuales hacían la función de tope para que el chico no desapareciese debajo de él. Lo que comúnmente en una sociedad insensible como aquella se los conocía como (un chaval con orejas de soplido). El muchacho vociferaba a pleno pulmón en medio de la concurrida avenida con un manojo de periódicos agarrados debajo de su escuálido brazo ‹‹¡Extra, extra, otra prostituta muerta en el distrito cuarenta y tres ha sido eviscerada en un lóbrego callejón! ¡Extra, extra, el asesino de la cuchilla ha vuelto a actuar de nuevo. ¡Extra, extra….››

‹‹¡Vaya! Esto sí que es una primicia y no lo que les traigo yo a los mequetrefes de Innova››  Pensó con sarcasmo mientras le tiraba una moneda al chaval y cogía uno de los periódicos al pasar por su lado.

Dudaba que fuesen a encontrar ninguna pista a esas alturas de la película, ya iban doce chicas destripadas solo en aquel último mes, y la cifra iba creciendo alarmantemente. Por el momento no se sabía nada relevante de al que habían apodado: EL DEPREDADOR DE LA CALLE CAURENTA Y TRES. Nadie había visto nada, nadie había escuchado nada fuera de lo normal, nadie percibió que a escasos metros de sus casas alguien estaba cometiendo una auténtica carnicería.

Se encendió un pitillo y se ajustó mejor el cuello de su gabardina, le entró un escalofrío que sacudió todo su cuerpo de la punta de sus lustrosos zapatos de piel hasta su copete con forma de hongo. Esa mañana la ciudad despertaba agasajada por una densa neblina que se introducía en cada poro de su piel.

Mientras caminaba a paso decidido hacia el edificio de oficinas de Investigación y Desarrollo de INNOVA (lugar en el que Sebastián desempeñaba sus funciones de trabajo y en el que cada pocos meses surgía un nuevo invento que, presumiblemente, facilitaba la vida cotidiana de las gente en general) ojeó el periódico con menos interés de lo habitual. De pronto, un sonoro silbido parecido al que haría una tetera que se ha dejado demasiado tiempo encima del fogón, le alertó de la proximidad de uno de los muchos tranvías a vapor que circundaban la ciudad a aquella hora punta del día, el cual venía directito hacia su persona arrastrando un sinfín de vagonetas repletas de carbón. Por lo visto no se había percatado, pero mientras leía abstraído el noticiario, bajó del bordillo al carril por donde circulaba el transporte para ponerse justo enfrente de él; lo que equivalía a acabar igual de aplastado que una tortita de maíz.

‹‹¡Madre del amor hermoso…!››

Brincó hacia la seguridad del bordillo en el último segundo, emitiendo un gritito bastante poco varonil en el proceso. Tenía el corazón en un puño y comenzó a sudar copiosamente mientras notaba como la reverberación de la maquinaría pasaba lamiéndole la punta de su gabardina a escasos centímetros de su piel. Suspiró. Vaya susto que se acababa de llevar. ‹‹¡Me caguen sean todos esos malditos trastos!›› pensó mientras intentaba con escasos resultados que aquel martillear desbocado de su corazón no le partiera la caja torácica en situ; el pitillo se le había caído de sus flácidos dedos al suelo.

Mientras observaba alejarse el último de los vagones, pálido como un fantasma en una noche de aquelarre, concluyó que cada día estaba más harto de todas aquellas estrambóticas maquinas y del ruido infernal que hacían, esos mastodontes de metal que escupían humo y fuego por los hollares eran como un demonio sacado de una de las peores pesadillas de cualquier crio temeroso de dios. El problema radicaba en que él trabajaba precisamente donde se creaban aquel tipo de cacharros tan insidiosos, era uno de sus ingenieros en jefe, lo que sin duda era una paradoja y lo sabía, aunque no por eso le desagradaba menos su trabajo.

‹‹De algo tiene que comer uno después de todo››

Dejó el incidente atrás mientras prendía un nuevo pitillo. Al mirar la torre del reloj se percató de que estaba a punto de volver a llegar tarde a su turno, lo que tampoco es que fuera algo fuera de lo común, aunque le mosqueaba ser el centro de atención de los demás por tan solo haber llegado con unos míseros minutos de retraso. ‹‹No importa›› Sabía lo mala que era la envidia de los demás. ¡Sí! No era la persona más puntual de la empresa, ni el más simpático de ella, pero era un prodigio en su faceta de ingeniero y  pensaba demostrárselo al mundo aquella misma mañana. Así que, ‹‹¡Al diablo!›› Porque se retrasarse nuevamente unos minutillos no iba a marcar ninguna diferencia.

Decidió que era mejor centrarse en cosas más agradables. Se imaginó la cara que pondrían el Supervisor Bertíasen y los otros directivos cuando les mostrase el descubrimiento que le habían abierto los ojos a un nuevo mundo de posibilidades. Sí estaba en lo cierto, terminaría con esa cultura de ciudad ennegrecida por el hollín que desprendían la mayoría de las maquinas que trasteaban en su entorno. Acabaría con el molesto zumbido del vapor y el zafio olor de la quema de carbón, haría historia, y lo más importante de todo, sería recordado y rico, ‹‹¡Muy rico!››.
 
Advirtió que la ciudad, siempre bulliciosa como una colmena, lucía algo distinta que de costumbre aquel día. Aunque también suponía que ese era el efecto de ser el motor industrial de toda una región que se vanagloriaba de su tecnología vanguardista con los ingenios de vapor (una ciudad cambiante como se solía decir). Gracias a aquella cultura incineraría y su tirón, creían que se podía ingeniar casi cualquier cosa que funcionase por el mero hecho de quemar carbón en sus calderas. Era la triste realidad de aquellos tiempos, quemaban el pasado para que el futuro pudiese evolucionar. Contempló su entorno con desidia. ‹‹¡Y una mierda!›› Pensó finalmente convencido de lo absurdo del planteamiento. Eso es lo que les gustaba pensar a las fosilizadas autoridades de aquella época, a la directiva. Las maquinas a vapor eran el último grito de la evolución, o el ‹‹El progreso››, como ellos les gustaba llamarlo ‹‹¡Ja, y mis cojones!›› Esa mañana estaba decidido a romper aquel muro de hipocresía que los separaba de la realidad para que cayese encima de sus calvas cabezotas y los descalabrase de una vez por todas. ‹‹Hoy es mí gran día›› Se dijo cada vez más entusiasta.

Había descubierto una nueva materia prima de combustión, más liviana, menos costosa de extraer, y mucha más limpia y eficaz que el simple y sucio carbón. Sería recordado por muchos años gracias a su innovadora visión del mundo, y lo sabía. Volvió a embargarlo el regocijo. Se hablaría de su descubrimiento muchos siglos después de que él hubiera muerto. Siempre supo que sería un visionario.

Un helipalano que se dedicaba a la mensajería pasó volando a escasos metros de uno de los edificios más altos de la avenida, haciendo cabriolas y tirabuzones mientras iba esquivando estructuras a una velocidad casi demencial mientras dejaba un reguero de humo oscuro. El piloto se trataba de uno de aquellos tejones que hacía años que habían sido tratados genéticamente para lograr que adquiriesen una capacidad casi sobrehumana para pilotar los trastos con gran facilidad. Observó durante un rato su zigzagueante trayectoria hasta que finalmente  acabó perdiéndose detrás de una de las muchas nueves grises que encapotaban el cielo.

Estaba más que arto de todos aquellos artilugios, confirmó, y si la operación que se había propuesto llevar a cabo aquel día daba sus frutos, no tendría que volver a tener que trabajar en ellos nunca más. Siempre supo que estaba destinado a lograr propósitos mayores que fabricar esas malditas cafeteras con alas, su mente era muy capaz de idear conceptos mucho mejores de modernidad. Estaba convencido de ello. No era la mejor persona del mundo, pero sabía con seguridad que de su mano llegaría el progreso que necesitaba aquella estancada sociedad.

Sería recordado por toda la posteridad.

Tras franquear un par de calles, maldecir a un taxista que seguramente se había sacado el carnet en una feria, regalarse la vista con algunas bellezas con las que se cruzó en dicho transcurso de tiempo, al fin se plantó delante de las enormes puertas de INNOVA faltándole aún un par de minutos para fichar. Se hubiese sentido la mar de satisfecho si para su sorpresa no hubiera topado con un carrusel de periodistas que se amontonaban a las puertas de la sucursal.

‹‹¿Pero qué diablos…››

Siquiera pudo completar a hacerse mentalmente aquella pregunta cuando fue asaltado por los flashes de las cámaras, los requerimientos, y el apelotonamiento de la muchedumbre a su alrededor. La cacofonía era tan caótica y tan dispar, tan hilarante, que en realidad no logró entender ni una sola palabra de lo que decían. Con un miedo inherente se abrió paso a trompicones hasta lograr rebasar la muralla de miembros, cuadernos y cámaras que le cerraban el paso.

Ya dentro de las instalaciones logro coger algo de aliento. ¿Qué podía haber llevado a que se reuniese toda la maldita prensa de la ciudad a las puertas de INNOVA? ‹‹¿Se habrá filtrado algo de los estudios que he estado llevando a cabo durante estos meses?›› Fue lo primero que le pasó por su cabeza, pero tras rumiarlo unos segundos concluyó que aquello era improbable del todo. ‹‹Quizás se trate de otro maldito trasto que sale hoy al mercado›› especuló. En todo caso, solo él concia los avances que había hecho en la materia con la que había estado trabajando, ¿no? Incluso eran un completo secreto para los otros investigadores y la cúpula directiva de la corporación. Dudaba que alguien pudiera conocer aún lo que significaba la materia que él había bautizado como ‹‹Petróleo››

‹‹No seas idiota, hoy es tu gran día›› se reprendió ‹‹¡Tú gran día!››

Miró a todos aquellos buitres pegados a las vidrieras y tragó saliva. En fin, cosas más raras se habían visto. Se dirigió a recepción donde esperaba con los ojos como platos el guardia de seguridad, el cual se llamaba Skally, evidentemente también sorprendido por la conmoción que se respiraba allí afuera.

—No veas la que hay montada ¿Qué es lo que ha sucedido?

Skally lo miró como si le acabara de hablar un ente con tentáculos y la piel verde. ‹‹Yo también me alegro de verte›› pensó con desdén al pasar su tarjeta y fichar su entrada. Nunca es que se hubiese llevado especialmente bien con aquél gordinflón saturado de colesterol, pero de allí a que lo mirase como si acabara de violar a su hermana iba un trecho.

Lo mala que era la envidia.

Se dirigió al montacargas que lo transportaría a la planta inferior de la corporación con paso seguro, echando una última ojeada de soslayo a Skally, el cual, con manos temblorosas agarraba el telefonillo mientras marcaba rápidamente y hablaba con su oyente sin dejar de lanzarle miradas inquietas. ‹‹¿Qué les pasa a todo el mundo hoy?›› Caviló al ver aquella extraña reacción.

Era su gran día y no lo parecía en absoluto.

En fin, tampoco es que tuviera tiempo que perder en sandeces como la ojeriza que pudiese guardarle un imbécil como Skally, por lo que no le prestó mucha más atención al tema. Para poder hacer su razonable petición a la cúpula directiva de la corporación, antes debía comprobar que en los almacenes todo estuviera en su correcto sitio. Tenía varios barriles preparados con dicha materia guardada en su interior, y varios ingenios preparados por él mismo capaces de empezar a trabajar con ella. Después de la demostración que tenía intención de hacerles aquella misma mañana a los mandamases de la empresa sobre su nueva materia prima de combustión, iba a romper el molde de todo lo que habían conocido hasta aquel entonces. Todo debía estar en perfecto estado. No le cabía duda de que lograría dejarlos estupefactos cuando  lograsen apreciar el incomparable ingenio que lo había llevado a aquella solución tan innovadora de verdad.

Henchido como un globo de helio se montó en el montacargas que lo llevaría a la planta inferior, hacia la gloria. Sería elogiado durante años.

Encontró que en esa planta también había una gran muchedumbre allí reunida. Estaban sus colegas ingenieros de batas blancas, mecánicos, peones, administrativos de la segunda planta con sus estilizados trajes, secretarias, mensajeros, ‹‹¿Más periodistas?›› Los directivos y el Supervisor Bertíasen también estaban formando un grupo aparte.

No comprendía nada de lo que estaba sucediendo allí ¿Porque estaban todo tipo variopinto de personal de la corporación reunida en aquella misma planta? Era algo que estaba totalmente fuera de lugar.

Miró hacia la muchedumbre pasmado, ellos lo observaron a su vez, aún más pasmados todavía; aquello lo hizo recelar sin duda. Alguien tenía que haber descubierto su preciado petróleo y había avisado a los demás para fastidiar así su gran día.

‹‹¡¿Por eso estaban todos allí abajo, por eso la prensa?!››

Comenzó a notar como el odio primordial comenzaba a bullir dentro de él. ¿Cómo podían arrebatarle así su día de gloria, el futuro que tanto anhelaba?

—¿Señor Sebastián Gunngser? —Dijo alguien a su costado.

—¡Quien… —Exclamó enfadado mientras se volteaba para descargar su furia sobre el primero que había osado dirigirle la palabra. Era un Policía. —¿Sí? —Terminó contestando con la boca de piñón.

—Queda usted detenido, tiene derecho a un abogado, todo lo que diga puede ser usado en su contra y bla, bla, bla…….

Después de allí todo fue un torbellino deilarante de acontecimientos.

La gente se apartó de su camino como si fuera el mismísimo Belzebú, los agentes le acercaron esposado a uno de los barriles que tenía allá guardados de su preciada materia, cuando lo abrieron, justo delante de él, se descubrió que en su interior había el cuerpo completamente desmembrado de una mujer y no el petróleo propiamente dicho, que es lo que debería de haber. Entonces lo comprendió.

‹‹Así que era esto›› Pensó ya del todo ido.

Se había olvidado por completo de que también allí guardaba varios especímenes de sus escarceos nocturnos. Estaba claro que no había sido una de sus mejores ideas. Tenía la intención de deshacerse de aquellos (otros) barriles un día de aquellos, solo que entre sus investigaciones y su disfrute personal, no encontró el momento adecuado para poder hacerlo.

Ahora el nombre de Sebastián Gunngser quedaría grabado en la historia como EL DEPREDADOR DE LA CALLE CAURENTA Y TRES.

‹‹No es como me lo imagine, aunque seré recordado después de todo›› Pensó antes de comenzar a reír guturalmente mientras los policías lo sacaban a rastras de la corporación.

                                                  ****

Mientras él Supervisor Bertíasen y los directivos de la corporación contemplaban como se llevaban al lunático de Gunngser hacía las dependencias policiales, uno de los mozos del almacén (el mismo que había descubierto el primer barril con la chica dentro), un chaval con la cara llena de pecas y con orejas de soplido se les acercó.

—¿Y qué hago con ese líquido negro y espeso que hemos encontrado en los otros barriles? —Les preguntó inquieto.

Bertíasen y los directivos de la corporación se miraron unos a otros, amagando una sonrisa cómplice en sus flácidas expresiones, luego el Supervisor contestó.

—Tíralos por el desagüe y no se lo cuentes a nadie más ¿Entendido?

El chaval asintió y corrió a cumplir la orden con premura, ajeno a la realidad de lo que pasaba.

Ya se encargarían más tarde de silenciarlo, pensó el Supervisor con desgana.

La cúpula conocía los devaneos de Gunngser con el asesinato desde el principio, pero eran reticentes de eliminar un activo tan valioso por el simple hecho de que fuese un peligro público para las prostitutas de la zona. Aquello no los escandalizaba en absoluto, lo podían tolerar. Sus inventos de vapor siempre habían sido los más vendidos de toda la corporativa a fin de cuentas. Hasta aquel entonces, claro estaba. Pensó qué en realidad era una verdadera lástima  que quisiera cambiar el orden establecido por una nueva materia que solo los dioses sabían cómo se vendería después, eso no se lo podían consentir. Los beneficios eran los beneficios después de todo, siempre había sido así, por los siglos de los siglos y generación tras generaciones sin permutar en el tiempo. Con los beneficios no se jugaba, y eso lo sabía hasta el más tonto de la clase.


FIN.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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(Reto relato Steampunk I) Una Vuelta de Tuerca - por Joker - 15/06/2015 08:47 PM

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