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[Fantasía épica] Las espinas de las Rosas
#11
Rocolons no tienes la mensajeria abierta en el foro. Mi mail Totenkoph@hotmail.esm y no hay problemapara ser tu betareader, intenta pulirlos y me los pasas al mail. Un saludo.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
https://joom.ag/Rx3W
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#12
Buenas, compañero!

Pues el tercer capítulo también me ha gustado.

Lo negativo: al principio lo he notado así y todo algo confuso, y he tenido que releerlo para enterarme bien de todo. A veces es arriesgado empezar con acción al mismo tiempo que se presenta a un nuevo personaje y que se lo separa a este de otros personajes que aún no se han presentado, pero bueno, depende de cómo siga la historia puede ser una buena elección.

Lo positivo: la presentación de un bandolero ligado directamente a Cassia, aunque esté tan lejos de ella, es un buen detalle y el final con el carruaje de lisiados es todo un puntazo que puede dar lugar a una escena original.

Bueno, la apelación de los “indios” y la aparición del “Nuevo Mundo” tal vez recuerde demasiado a nuestro mundo, aunque ciertamente el lector se crea enseguida un ambiente sin necesitar grandes precisiones, lo cual en cierto modo es una ventaja.

Ah, no sé cuántos puntos de vista pretendes abarcar, aún no se puede saber, pero hay que tener cuidado, en mi opinión, con no enzarzarse en una telaraña de personajes, como lo hace G.R.R. Martin. Es cierto que al principio le da cierto encanto, pero luego como uno se despiste se encuentra con decenas de personajes desperdigados, que sólo se ven una vez en el tomo y que deja al lector en ascuas… tanto que las ascuas acaban por apagarse, jeje.

Lo del voseo, tuteo y eso, la verdad no tengo ni idea, a lo mejor es correcto!

Bueno, a ver cómo avanza la historia y si Taro se apiada de sus víctimas Big Grin

Un saludo,
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#13
Cita:Buenas, compañero!

Pues el tercer capítulo también me ha gustado.

Lo negativo: al principio lo he notado así y todo algo confuso, y he tenido que releerlo para enterarme bien de todo. A veces es arriesgado empezar con acción al mismo tiempo que se presenta a un nuevo personaje y que se lo separa a este de otros personajes que aún no se han presentado, pero bueno, depende de cómo siga la historia puede ser una buena elección.

Lo positivo: la presentación de un bandolero ligado directamente a Cassia, aunque esté tan lejos de ella, es un buen detalle y el final con el carruaje de lisiados es todo un puntazo que puede dar lugar a una escena original.

Bueno, la apelación de los “indios” y la aparición del “Nuevo Mundo” tal vez recuerde demasiado a nuestro mundo, aunque ciertamente el lector se crea enseguida un ambiente sin necesitar grandes precisiones, lo cual en cierto modo es una ventaja.

Ah, no sé cuántos puntos de vista pretendes abarcar, aún no se puede saber, pero hay que tener cuidado, en mi opinión, con no enzarzarse en una telaraña de personajes, como lo hace G.R.R. Martin. Es cierto que al principio le da cierto encanto, pero luego como uno se despiste se encuentra con decenas de personajes desperdigados, que sólo se ven una vez en el tomo y que deja al lector en ascuas… tanto que las ascuas acaban por apagarse, jeje.

Lo del voseo, tuteo y eso, la verdad no tengo ni idea, a lo mejor es correcto!

Bueno, a ver cómo avanza la historia y si Taro se apiada de sus víctimas

Hola Kaoseto, en primer lugar, gracias por seguir leyendome, significa mucho para mí, veamos, he actualizado el tercer capítulo, me he extendido un poco y lo he modificado. Así que sería genial que volvieras a leerlo y a la vez, volver a leer tu opinión.
Es cierto, el Nuevo Mundo es una clara apelación a América, pero veamos, tendrá un lado más mitológico de éste.
Respecto a las perspectivas de los personajes, sé que termina confundiendo al lector (a mí me pasó con Canción de Hielo y Fuego, muchos puntos de vistas de personajes que nunca se encontraban). En mi caso, habrá cuatro puntos de vistas principales: El de Cassia, Altaír, Taro y un personaje más que aparecerá más adelante. Sin embargo, luego otros personajes tendrán más protagonismo, aunque no significa que todo será contado desde su perspectiva.
Nuevamente gracias por leerme y pásate a leer el tercer capítulo que lo he actualizado para conocer tus críticas.
Gracias hasta el cansancio y Saludos!!! Smile
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#14
Buenas Rocolons, ya te he mandado mis opiniones del tercer capitulo. Dime algo En cuanto lo leas.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
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#15
Buenas de nuevo!

Pues ya he visto que has modificado y ampliado el capítulo; me gustaba cómo acababa el capítulo antes pero ahora la verdad es que también es intrigante.

Ah, cuando llegas a las descripciones de Koll y Marcus de esa forma, para que no quede artificial, creo que estaría bien que fuese el protagonista el que los describiese, pensando en la relación de amistad que tiene con ellos. Vamos, es importante describir esos personajes a través de la escena que se está desarrollando con los pensamientos de Taro. Boh, son detalles, pero es verdad que con un poco más de pensamientos y reacciones del personaje ante lo que ocurre se podrían presentar todavía más cosas en un sólo capítulo, dándole más vida y realismo. Mejor no precipitarse, sobre todo al principio. Y por ejemplo donde dices «Taro lo pensó un momento.» no estaría mal hablar brevemente de por qué Taro está dudando en revelar su nombre. Eso ayuda a identificarse mejor con el personaje y además así se van conociendo los demás personajes (como los artistas) y el mundo a través de este.

Una falta que he visto «habían muchos grupos de nativos» donde sería «había», y donde pones «a cambio de que os protejas con vuestra espada», debería ser «a cambio de que nos protejáis», ¿no?

En todo caso, tampoco hay que pasarse demasiado tiempo retocando lo mismo, lo mejor es avanzar y luego ya se verá! Smile

Saludos!
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#16
Rohman! gracias por tus comentarios y ya te he enviado otro capítulo, de nuevo, gracias por tu tiempo Smile

Kaoseto, hola compañero, la verdad es que tengo que revisar muchas cosas de los capítulos, errores gramaticales y algunos errores de conceptos, bueno, a veces prefiero seguir avanzando y después detenerme en todos los capítulos que he escrito. Por otro lado quería decirles que he publicado mi historia en Wattpad (no sé si conocen la página) y ya está el cuarto capítulo en ese sitio. Si tienen un usuario en Wattpad sería maravilloso poder leer sus comentarios allí. De nuevo, muchas gracias por leer y nos leemos compañeros! Saludos.

PD: aquí está el link con la historia http://www.wattpad.com/story/42754174
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#17
IV.

Cassia galopaba agitada junto a su señor padre y a los quince hombres de la guardia Rossal. Había soportado los primeros días de viaje dentro del carruaje, pero el camino de piedra que unía Fuerte Roble con Muros Blancos se hacía tan irregular que el carro saltaba al andar sin parar. Prefería el manso galope de su blanco caballo. Alexandor, el encargado del establo, le había obsequiado a Luna dos semanas antes que la hermosa doncella partiera. Lord Domen temía que el joven caballo no se acostumbrara tan deprisa a un nuevo dueño, sin embargo, la conexión entre Luna y Cassia fue inmediata; era un caballo manso y muy rápido cuando la joven se lo ordenaba.
El viaje había sido largo y tedioso, los bosques y pequeñas colinas se alzaban por el Este mientras que el Mar de los Dioses brillaba en el Oeste, los pequeños puertos y villas que se esparcían por la Bahía de los Cangrejos eran pobres y desaliñadas; muchos de sus habitantes se arrastraban hasta el camino de piedra para pedir alguna limosna. Los guardias Rossal amenazaban y empujaban a todos los que osaran acercarse a su señor o a la doncella, sin embargo Cassia se compadecía de ellos.
A lo lejos divisaron Muros Blancos; el castillo se alzaba encima de las murallas relucientes y el poblado a su alrededor parecía limpio y tranquilo. La joven Rossal se percató que el follaje no era tan abundante como en Fuerte Roble, quizá porque cada vez se acercaban más a El Cruce y a las Tierras de Fuego.
«Y allí casi nunca crecen flores».
Cassia sintió un nudo en el estómago, hace mucho tiempo que no veía a Altaír El Bello y cada vez estaba más cerca de conocer Piedrafuego y a la familia Real. Había sido difícil despedirse de su señora madre, de Lander, de Myro y hasta de Iona. Cassia tuvo que secar sus lágrimas cuando se despidió con un fuerte abrazo. Sabía que pasaría bastante tiempo para poder volver a ver a sus hermanos, especialmente a la pequeña que había sido prometida a Los Antiguos, como dictaba la tradición de los elementos. Por otro lado, sabía que Lander y Myro no dejarían en paz a las nodrizas, les jugarían bromas pesadas e irritarían a madre.
Sin embargo algo más inquietaba a Cassia Rossal. Desde el incidente que presenció en el Gran Roble junto a Alexandor, no había podido conciliar el sueño; cada noche sentía un calor que emergía de su interior, resequedad en las manos y despertaba ahogada y desesperada. Lady Lena ordenó de inmediato traer a la herborista más conocida de la región, quien por suerte, se hallaba en los bosques de Fuerte Roble buscando hierbas para sus pócimas. Pero ninguna milagrosa pócima logró sanar lo que le acontecía a la joven Cassia por las noches, sin embargo, Cassia mintió a su señora madre, afirmando que ya estaba mejor; no quería que cancelaran su viaje a la capital.
Cuando llegaron a las puertas del castillo de Muros Blancos, los barrotes de hierro comenzaron a subir lentamente. Ser Keont, el castellano, estaba parado en el gran patio central, mientras que un pequeño grupo de hombres de la guardia Lemar se erguían cansados.
Lord Domen Rossal desmontó torpemente su caballo y se acercó al grupo.
―Sois bienvenido, Mi Conde―saludó recio Keont.
El Lord observó a su hija e hizo un gesto para que se acercara.
―Muchas gracias castellano―respondió sin parecer importarle y observando hacia su alrededor. ― ¿Dónde está Altaír?
―Mi Señor se encuentra dándose un baño en estos momentos, pensamos que demorarían más en llegar.
―Decidle a tu Lord que tendrá tiempo de darse baños de chicas más tarde― dijo Domen lanzando un bufido―. Hay asuntos más importantes que discutir.
―Por favor, acompañadme al gran salón, haré llamar a nuestro Señor de inmediato.
Cassia entregó las riendas de Luna a un regordete niño que estaba encargado del establo. El blanco caballo lanzó un bufido y retrocedió.
―Tranquila, tranquila…―susurró Cassia acariciando el pelaje de Luna.―Volveré de inmediato.
Inmediatamente el animal se tranquilizó y el niño, que había estado tironeando las cuerdas, se marchó junto al caballo con los mofletes colorados.
―Mi Dama, será mejor que camine junto a vuestro padre―dijo Lomber, un fornido miembro de su guardia.
Cassia avanzó por los iluminados pasillos del castillo; nunca había visto paredes tan blancas y limpias. En Fuerte Roble, la madera que cubría los muros comenzaba a podrirse por la humedad y el moho tenía que ser limpiado constantemente.
«Aquí todo es tan puro».
Los tibios rayos del sol de invierno entraban por una magnífica cúpula de cristal que cubría el gran salón. Tenía forma pentagonal, piso de madera oscura y una redonda mesa adherida al suelo se erguía imponente. Lord Domen saludaba amablemente a un joven que Cassia no demoró en reconocer; Altaír El Bello.
El joven llevaba el cabello corto, de un castaño claro, ojos verdes como los que ella poseía y mandíbula cuadrada. Vestía un jubón púrpura de seda brocado con figuras en forma de flores color bronce, una pequeña gorguera que apretaba su cuello y calzas blancas que parecían lavadas en lejía.
―Mi Dama―saludó Altaír esbozando una amplia sonrisa.― es un gusto veros después de tanto tiempo. Seguís tan bella como os recordaba.
Cassia sintió que sus pómulos comenzaban a arder.
«No te pongas nerviosa, los hombres de tierra detestan a las doncellas tímidas».
―Lo mismo podría decir de vos, Mi señor―trató de mantener una voz firme.―Estáis mucho más alto desde la última vez que os vi.
―Sé que estaréis un poco cansada luego de tan largo viaje, Mi Dama―dijo con una voz suave.―pero me preguntaba si era posible enseñaros los jardines de orquídeas antes de que celebremos el banquete.
Cassia se percató que su padre clavaba sus caídos ojos sobre el muchacho.
―Si es que vuestro padre lo concede―volteó su rostro hacia el Lord.
Lord Domen soltó una carcajada grotesca.
―Por supuesto que puede, Cassia ha estado ansiosa de verte desde que celebró su banquete―contestó mientras ajustaba la correa que estrangulaba su barriga prominente.―cuando vuelvas podremos hablar de nuestros asuntos.
«Padre ¿por qué me avergüenzas así?» pensó la joven mientras depositaba su brazo en el regazo que le ofrecía Altaír.
Los jardines de orquídeas se situaban en la parte trasera del castillo, estaban rodeados de pequeños muros para que los campesinos y gente del pueblo no entraran a robar o a pernoctar en el lugar. También tenía un camino de piedras rojas que formaban una cruz y en cada extremo un jardín crecía; el primero de orquídeas blancas, luego de árboles frutales; hierbas medicinales y pequeñas hortalizas para la comida.
Altaír llevaba del brazo a Cassia hacía al medio del jardín, donde había una glorieta de madera cubierta por pequeñas flores.
―Es magnífico este lugar, Mi señor ―dijo Cassia halagándolo―. Sabéis bien que en Fuerte Roble no tenemos estos hermosos jardines. Las rosas crecen de manera libre en los bosques.
―Estos jardines fueron construidos hace cientos de años por Alexer II, lo llamaban El Jardinero ―respondió Altaír observándola a los ojos―. Se dice que Alexer se enamoró de la Princesa del Bosque, pero ella tenía solamente ojos para el Rey de los Frexnos.
― ¿Los Frexnos? ¿Aquellos antiguos árboles caminantes? ―preguntó Cassia sorprendida.
―Así es. Alexer mandó a llamar a todos los herboristas de la zona para que recolectaran las especies más raras de plantas y flores; quería realizar las pócimas más fuertes del amor, para así enamorar a la dulce y recóndita princesa.
»Sin embargo, nada de eso funcionó. Fue entonces cuando Alexer mandó a llamar por segunda vez a los herboristas y también a los constructores para que erigieran un hermoso jardín; el buen Lord pretendía ganarse el favor de la princesa con el mejor jardín de orquídeas que existiese en todo el Reino. La princesa comenzó a visitar el jardín cuando el sol se ocultaba por el mar, así ningún Frexno podía observarla. No obstante, Alexer fue traicionado por un Antiguo devoto de la tierra que estaba a su servicio.
» Xendhou, el rey de los Frexnos, al enterarse de lo que acontecía, envió a su ejército a destruir el jardín. Aquellos días fueron oscuros y sangrientos, docenas de mujeres, niños y hombres fueron masacrados por los Frexnos.
»Alexer observó cómo su jardín quedaba reducido a escombros desde esa torre―apuntó Altaír hacia una gran columna que se erguía en la zona trasera del castillo―. Pero no se dio por vencido. Tiempo después llamó a constructores y herbarios de otras regiones, volvieron a construir y los Frexnos lo volvieron a destruir. Así pasaron muchas lunas llenas e incluso años, pero el amor que sentía Alexer por la princesa era demasiado fuerte para dejarse vencer.
»Cuando ya ningún herbario o constructor quería edificar algo que sería inmediatamente destruido, el buen Lord decidió hacerlo con sus manos, moldeo un jardín tan bello que no solo atrajo a la princesa del bosque, sino a todas las damiselas nobles del Reino. Xendhou cansado de la insolencia de Alexer Lemar, marchó solo en busca de su princesa. Una gran batalla se llevó a cabo en Muros Blancos aquel atardecer. Se dice que Alexer fue capaz de controlar la tierra que había bajo sus pies, que fue así como, a pesar de sus años, logró vencer a Xendhou, convirtiéndolo en esta glorieta de madera en la que estamos ahora mismo.
―Es una historia magnífica, Mi señor― dijo Cassia mirándolo embobada―. Sois muy sabio.
―Pero es solo una leyenda, Mi Dama― respondió con un tono solemne―. Dudo que todas aquellas cosas hayan pasado alguna vez.
Cassia se percató que Altaír observaba el suelo.
― ¿Os acontece algo, Mi señor?
―Nada que os deba preocuparos, Mi Dama― esbozó una falsa sonrisa―. Es simplemente que tengo una sensación amarga. A veces no sabemos si hemos tomado una decisión sabia o no, no sabemos si las consecuencias serán positivas o nefastas; solo tenemos incertidumbre.
―Os vuelvo a repetir, Mi señor― dijo Cassia consolándolo―. Parecéis muy sabio, sea cual se aquella decisión, estoy segura que fue la correcta.
―Y vos sois muy observadora, Mi Dama― dijo Altaír tomando su mano.
« ¡Dioses de Tierra! Tranquila ¿Es ahora cuando viene un beso?, su aliento huele a limón. ¿Deberé besarlo yo? ¡Anda! No seáis estúpida, los hombres son los que deben besar primero»
―Está oscureciendo y vuestro padre quiere hablar algunos asuntos antes del banquete―dijo Altaír soltándole la mano―. Ve a cambiaros de ropa, me han dicho que has dejado a vuestra criada en Fuerte Roble, mi hermana Nora os esperará en vuestra habitación. Está encantada de serviros.
―Eh… Muchas gracias, Mi señor―respondió sonrojada Cassia.
Ambos jóvenes regresaron por el camino de tierra que cubría el jardín, los últimos rayos de sol se colaban por las ramas de los árboles que parecían estar alegres de escuchar una antigua leyenda.

Altaír observó que Cassia subía las frías escaleras de pedruscos oscuros junto a dos guardias Rossal.
El joven se dirigió hacia el gran salón, donde las criadas ya habían encendido los candelabros y las llamas de los cirios abrigaban el ambiente.
«Es una noche bastante iluminada― pensó mientras observaba la cúpula de cristal―. El cielo está despejado y las estrellas brillan con fuerza».
De pronto la puerta principal se abrió de golpe. Lord Domen venía murmurando con Ser Keont, sin embargo, al notar la presencia de Altaír ambos callaron de inmediato.
―Mi señor ―dijo Keont con una mirada tosca―. Os dejo con vuestro Conde, iré a cerciorarme de que el banquete se esté preparando apropiadamente.
Altaír sintió un extraño escalofrío. El joven asintió y el castellano se retiró silenciosamente. Lord Domen se sentó en la gran mesa que se erguía al centro de la habitación y Altaír agarró una jarra de vino que estaba depositada en una encimera del rincón.
El joven se dispuso a servir en la copa del Conde Rossal hasta que éste lo interrumpió.
―El vino es bebida de mujeres, muchacho ―dijo lanzando un gruñido―. ¿No tenéis acaso cerveza o algo más fuerte?
―Me temo que en la habitación no, Mi Conde ―respondió Altaír cuidadosamente―. Los barriles de cerveza serán ocupados en el banquete. Si os place puedo mandar a buscar un barril con las criadas.
―Olvidadlo, habrá tiempo de bebidas en el banquete. Vayamos a lo que importa.
El frío comenzaba a colarse por los huecos de las puertas, el gran Lord olía a sudor y tenía el aliento agrio.
― ¿Qué es lo que os acontece? ―preguntó sirviendo una copa de vino para él.
―Vos sabéis bien que el bienestar de mi familia es lo más importante para mí, especialmente de mi hija Cassia.
―Sin dudas, Mi señor. He escuchado que desde la muerte de Taro vuestra familia no ha podido estar completamente tranquila.
Lord Domen lo miró directamente a los ojos.
―Aquél muchacho era terco, le gustaba pescar y pelear con cualquiera que se le cruzase. Le advertí muchas veces que no subestimara el poder el mar, pero ya sabéis que sucedió.
―Una gran lástima, Mi señor.
Un tenso silencio se apoderó de la habitación.
―Pero no he pasado por Muros Blancos para lamentar fantasmas del pasado― cambió de tema el Lord―. He venido a haceros una propuesta.
―Soy todo oídos, Mi Conde ―dijo Altaír mientras tomaba un sorbo de vino.
―Sabéis bien que mi hija está enamorada de vos. Siempre lo ha estado, desde aquél baile de la cosecha que se celebró en Puerto Anchoa.
―Vuestra hija me admira mucho, tanto como yo la admiro a ella.
―No seáis humilde, muchacho ―lanzó una pequeña carcajada―. Sois tan guapo que cualquier chica caería a vuestros pies. Hasta los pervertidos os desearían.
Altaír se ruborizó.
« ¿A qué quiere llegar con todo esto?».
―Mi hija estará algún tiempo en Piedrafuego, sirviendo a la princesa Edda. No quiero que se quedé allí por mucho tiempo, ya es una mujer y necesita un hombre al que sirva.
El joven Lemar entendió a lo que quería llegar.
― ¿Queréis que pida su mano? ¿Qué unamos nuestras Casas?
―Exactamente muchacho, desde hace generaciones que los Rossal no se han casado por amor; mi hija estará feliz contigo y vuestro heredero será algún día Conde de las Tierras de las Flores y de las Tierras de los Minerales.
―Este… Es un trato justo, Mi señor…Pero… ―la voz de Altaír comenzó a temblar.
El gran Lord entre cerró los ojos.
― ¿Qué es lo que sucede, muchacho? Decidlo de una vez.
Altaír no sabía cómo decirlo.
―Hace algunas semanas el príncipe Ronn Dugues vino a visitarme y…
― ¿El cabrón Dugues os ha hecho una visita? ―preguntó sorprendido el Lord―. ¿Qué es lo que quería el hijo de puta?
Las manos de Altaír comenzaron a sudar, el frío parecía haber entrado en su interior, pues no dejaba de sentirlo a pesar de que sus mejillas ardían.
―Este… Ha venido a ofrecer ayuda para combatir a los mercenarios que están robando el oro en Montehierro y sus alrededores.
Lord Domen soltó una gran risotada que pareció extraña.
― ¿Qué pedía a cambio ese príncipe mendigo?―preguntó incrédulo el Lord―. Un Dugues nunca realiza un favor sin nada a cambio.
Altaír intentó escoger cuidadosamente sus palabras.
―Ha querido tomarme como pupilo de los Dugues, para que aprenda a ser un buen Señor y un respetado Conde, como lo sois vos, Mi señor.
―Me hubiese gustado ver su rostro cuando lo echasteis del castillo ―sonrió observando los ojos verdes del muchacho.
―Este… no, Mi señor ―dijo Altaír con la voz temblorosa―. Aquello no sucedió, he aceptado la propuesta del príncipe. Partiré a Colina Dorada apenas vosotros abandonéis el castillo.
La sonrisa de Lord Domen se desvaneció por completo y pareció apretar los dientes.
―Entonces la historia que me contó vuestro castellano era cierta ―dijo con un tono brusco.
Altaír palideció.
« ¿Ser Keont?... El bastardo se lo ha contado antes que yo ―pensó furioso―. Me ha traicionado, lo haría tarde o temprano….».
― ¿Qué creéis que sucederá cuando vos estéis lejos de Muros Blancos y de Montehierro?―preguntó el Lord subiendo el tono de su voz.
―El príncipe administrará este castillo y el de Montehierro―respondió sin tomar aliento―. Mi hermana Nora será guiada por un tutor que….
― ¿Es que acaso no habéis aprendido nada de los jodidos libros? ¡Sois un estúpido! ―gritó de pronto el hombre―. Te arrebatarán tu hogar, tus dominios, ¡Mis dominios!
Lord Domen se levantó de la mesa de golpe con la respiración agitada.
― Esto es un acto de traición, a los Folmener y a tu Señor ―continuó―. Recuerda que sois mi vasallo, niñato.
« Ya no soy un niño, hijo de puta ».
Altaír se levantó de la mesa y observó directamente a los ojos del Lord.
―Os recuerdo que yo también soy un Conde ―dijo apretando los dientes―. Las Tierras de los Minerales me pertenecen.
―Pero seguís siendo mi vasallo por las Tierra de las Flores. Un Rey de Tierra nunca se arrodillará ante un Rey de Fuego, mucho menos a un Conde, cabrón.
― ¿Habéis visto acaso alguna vez al Rey Larsh Folmener visitando este castillo? ¿O el vuestro?―preguntó Altaír con furia.― No les importamos a la corona de Fuego, solo quieren nuestros recursos. Los hombres de tierra quieren volver a la corona de Tierra, es allí donde pertenecemos. El príncipe Dugues me ha ofrecido protección, una protección que vos como Conde debía haberme brindado. La decisión ya está tomada.
―Mi deber es brindaros ayuda, sin dudas, Mi señor ―Lord Domen aplaudió dos veces―. Os ayudaré en terminar rápido con esta tontería.
Las puertas que estaban situadas a espaldas de Lord Domen se abrieron de golpe, diez hombres de su guardia entraron erguidos y con un casco que sólo dejaba ver sus ojos. La guardia se desperdigó por ambos lados de la habitación.
―Os haré entender por las palabras o por las espadas ―recitó lentamente el Lord.
Altaír comprendió lo que sucedía y agradeció a los dioses de Tierra, pues se había anticipado a aquel escenario.
― ¿Es que acaso os habéis quedado mudo? ¡Habla cabrón!
Altaír agarró su copa de vino y realizó tres fuertes golpes contra la mesa. Veinte hombres de la guardia Dugues entraron ordenadamente por el otro extremo de la habitación, algunos tenían cota de malla, mientras que los otros vestían prendas más livianas.
Cinco arqueros rápidamente agarraron una flecha de sus carcajes y la tensaron en sus cuerdas.
Lord Domen palideció.
―No quiero derramar sangre en estos salones, Mi señor ―dijo Altaír apretando sus mandíbulas―. Os pido que se retire inmediatamente de mi Castillo, os daré pan y trozos de cerdo para el camino de su hueste. Sólo iros de aquí.
― ¿Y dejar que manches las Tierras de las Flores con una traición que el Fuego no olvidará? Seré arrastrado como traidor junto a vos. Prefiero morir.―dijo con decisión Lord Domen Rossal―. ¡Hombres! ¡Tomad este castillo! ¡Asesinad a los jodidos guardias Dugues y tomad a este niñato! ¡Ahora!
Y fue en ese momento que Cassia, desde la habitación, escuchó el rugido del bosque.
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#18
V.
Los primeros rayos de sol comenzaban a salir por las pequeñas colinas que se alzaban por el Este. Algunos pájaros revoloteaban por los árboles mientras la humedad del suelo se evaporaba.
Taro Rossal observaba fijamente las cenizas de la fogata. Alder dormía encima de Donna mientras un pequeño hilo de saliva caía por la comisura de su labio. Balwin por el otro lado, se encontraba guardando algunas raciones de comida dentro del gran carruaje.
Taro sintió una presencia tras él.
―Os he traído un poco de conejo ―dijo Jendayi con una voz oscura―. Comed.
El joven siguió observando las extintas llamas. Tenía una pequeña herida en su tobillo y un gran rasguño atravesaba su rostro.
―No has dicho palabra desde que regresaste del carruaje―presionó la adivina―. ¿Qué es lo que habéis visto?
―Vos sois una adivina ―respondió por fin el joven con una voz débil― deberíais saber qué es lo que acontece.
―Así no es cómo funciona la obra de Marduk, él vigila, acompaña y elige ―contestó Jendayi tocando su hombro y mirándolo directamente a los ojos.
Taro sintió un escalofríos y recordó bruscamente aquellos ojos rojos que había visto hacia unas horas atrás.
―Comed ―insistió la mujer de cabello azulado―. Hoy necesitaremos vuestra fuerza.
«Es verdad, hoy pasaremos por el Paso del Sol y Balwin ha dicho que la Tribu de la Lluvia merodea por allí».
Él joven Rossal agarró bruscamente la pata del conejo de las manos de la adivina y se lo introdujo a la boca, tenía un sabor amargo y estaba frío. Jendayi se levantó de su lado y arregló la oscura y larga capa que cubría su cuerpo. A veces Taro se preguntaba que se escondía bajo el abrigo.
― ¡Estamos listos para partir! ―se escuchó de lejos la voz del hombre que solo era torso.
―Dejadme dormir un poco más ―canturreó somnoliento Alder mientras la regordete mujer parecía estar incómoda.
―Tendréis tiempo para dormir dentro del carruaje ―intervino Balwin caminando colina abajo desde el carruaje―. ¡Levantaos cabrón!
Alder no reaccionó y siguió tendido en el suelo, mientras Donna intentaba moverlo para levantarse. Balwin se apresuró y le propinó una fuerte patada en las costillas, el juglar se levantó rápidamente sollozando y buscó su sombrero; tenía el cabello sucio y desordenado.
Taro se levantó silencioso y caminó hacia el carruaje; un hedor a orina y a sudor inundaba el ambiente interior. Balwin fue el último en subir y el hombre que no tenía pies hizo avanzar el carro. El joven Rossal abrió la ventanilla para observar el exterior; era un viaje que duraría todo el día.
El joven se percató que todos estaban en silencio y lo observaban de vez en cuando, él sabía lo que todos pensaban; querían saber qué era lo que había visto allá en la oscuridad, pero él no quería recordarlo.
―Os puedo cantar una canción si queréis, Mi señor ―dijo Alder situando el laúd entre las manos.
―Os puedo lanzar hacia afuera si queréis ―replicó Taro con una voz dura.
―No es momento de canciones ―intervino Donna con una voz juguetona y metió su mano dentro de la calza del juglar.
Alder dio un pequeño brinco y luego cerró los ojos. Balwin soltó una carcajada y observó la ventanilla junto a Taro.
―Sé que no queréis hablar de lo que viste, estas tierras están llenas de cosas que no logramos comprender.
No hubo respuesta.
― ¿Habíais salido alguna vez de Puntablanca?―preguntó Balwin insistiendo―. Parecéis bastante emocionado observando hacia afuera.
―Por supuesto que sí ―respondió al fin el joven―. Conozco Puertoamargo, fue allí donde arribé por primera vez, luego acabé en los campamentos de Puntablanca y no nos movimos de allí, había buenas villas y aldeas para robar.
― ¿Y cómo acabasteis llegando a nosotros?
―El campamento fue atacado por los nativos; no pude reconocer a qué tribu pertenecían, no llevaban colores en la piel, ni adornos en el rostro.
― ¿Dónde creéis que han ido el resto de vuestro grupo?―intervino Jendayi que estaba situada frente a Taro.
―Muertos y en las barrigas de los indios―respondió sin despegar la mirada de la ventanilla.
«Solo espero que Marcus y Koll hayan atravesado a un par de ellos antes de morir».
Hubo un silencio.
― ¿Y vosotros? ―preguntó el joven observando de reojo a Jendayi―. ¿Cómo acabasteis en el carruaje de un noble?
Donna quitó la mano de la calza de Alder, quién un poco sonrojado ocultó su erección bajo el instrumento musical. Balwin se alejó de la ventanilla y observó de una manera extraña a Jendayi.
―Os he dicho que es nuestro…―contestó Donna con una voz débil.
―He sido franco con vosotros y vuestras preguntas―dijo molesto el muchacho acomodándose en el asiento―. Espero recibir lo mismo de vuelta.
―Pasamos muchos años trabajando en una compañía de teatro…―comenzó a relatar Balwin con un tono sombrío―. “Los Monstruos de Hierba Fina” nos llamaban comúnmente, hacíamos nuestros espectáculos en una gran carpa situada a las afueras de esa ciudad.
»Entenderás que en las Antiguas Tierras nos hubieran asesinado o confinado a las fortalezas por el simple hecho de nacer así, pero estas tierras son diferentes. Aquí nos respetaban, nos temían ―continuó observando el pasado―. El pueblo pagaba muchas monedas de bronce por ver lo que hacíamos; hasta algunas monedas de oro caían al escenario.
»Vesna, mi mujer, estaba a cargo de la compañía, sin embargo, con el correr del tiempo el público dejó de asistir, lo consideraban aburrido, repetitivo y simplón; querían ver más.
Taro prestaba atención a cada palabra que Balwin decía.
―Un Lord que había sido honorado con aquél título recientemente, compró la compañía. Nos prometió que volveríamos a triunfar, que seríamos nuevamente los monstruos queridos y temidos por todos.
»La carpa nunca había estado tan atestada de personas, estaban frenéticos, hasta vitoreaban nuestros nombres, pero lo que teníamos que hacer en nuestro espectáculo era horrible e inhumano. El gran Lord nos obligaba a follar entre nosotros frente al público, a quemarnos con fuego, prometía a las mujeres de la compañía a hombres que pagaban monedas de oro por tener una noche con ellas ―sus ojos estaban vidriosos―. Mi mujer era la favorita de todos.
―Yo hubiera asesinado a aquél animal―intercedió Taro molesto.
Balwin esbozó una extraña sonrisa.
―Una noche nos reunimos a las afueras de nuestra tienda y consensuamos lo que haríamos. El espectáculo de la noche siguiente fue un éxito, realizamos cada acto que el Lord quería disfrutar. Observé en sus ojos el placer de vernos humillados mientras salpicaba de su boca el vino sobre el público. Y fue allí cuando el fuego empezó, el pánico no demoró en apoderarse de las personas que comenzaron a correr hacia el exterior; muchas murieron aplastadas entre ellas mismas, mientras otras gritaban de dolor con la carne viva en sus cuerpos.
»La última vez que observé al gran Lord, un pedazo de tela ardiente caía sobre su cabeza, fue allí cuando nos percatamos de la magnitud de lo que habíamos hecho; ya no éramos simples monstruos, éramos unos carniceros.
Taro permaneció en silencio unos segundos.
― ¿Entonces este carruaje es de aquél gran Lord?
―Así es, muchacho―respondió Balwin volviendo a la realidad.
«Y ¿Por qué no está su mujer aquí?» Quiso preguntar, pero el carruaje se detuvo bruscamente. Alguien propinó dos golpetazos en la madera oscura, Taro entendió que era el hombre sin torso, así que se dispuso a abrir la puerta.
―Estamos en la entrada de Paso del Sol ―el joven bajó la mirada para observar al pequeño hombre.
― ¿Queréis que vaya junto a ti adelante? ―preguntó decidido.
―No os toméis esa molestia, golpearé tres veces por el asiento delantero cuando salgamos del maldito Paso, si necesitamos vuestra espada golpearé dos ―el hombre parecía tranquilo―. Cerrad todas las ventanillas, estos indios reconocen el carruaje de un noble.
Taro asintió y el hombre se marchó con sus grandes manos. Cerró la puerta del carruaje y la ventanilla que tenía a su costado. Donna y Alder parecían nerviosos mientras que Jendayi observaba al joven Rossal con su rostro frío.
―Vosotros estéis tranquilos ―Balwin se dirigió a al juglar y a su compañera―-. Los indios de La Lluvia son conocidos por temerles a los caballos, no tenéis por qué tener miedo.
― ¿Conocéis a los indios de La Lluvia?―preguntó Taro casi susurrando.
―Combatí muchas veces contra ellos en mis años de juventud, claramente antes de perder estos dos ―Balwin guio la mirada hacia sus muñones―. Son salvajes desperdigados por las colinas verdosas de ésta región, se dice que pertenecían al Imperio de las Plumas, pues hablan el mismo idioma y creen en los mismos dioses emplumados.
― Los hombres del Viejo Mundo llevan más de cincuenta años aquí y aún no han podido dominar el Imperio de las Plumas ―soltó una pequeña carcajada.
―Han conquistado las aldeas cercanas a Puertoamargo, los indios tienen un gran imperio al norte, sin embargo no hay demasiado oro, se dice que el oro está en las tierras del sur; donde el sol no se esconde jamás.
El carruaje comenzó a andar y todos guardaron silencio. Pequeños rayos de luz se colaban por las ventanillas que se encontraban cerradas, el aire comenzaba a ponerse denso y se escuchaba la respiración agitada de Donna.
Taro acercó su oído a la ventanilla que estaba situada en la puerta.
«Debo estar atento al más mínimo ruido, los indios que atacaron el campamento eran silenciosos e inteligentes, no creo que aquí sean más imbéciles»
Mientras el silencio reinaba en el ambiente, el joven observaba de reojo a sus ocupantes; Balwin estaba erguido en el asiento con los ojos cerrados; Alder y Donna permanecían abrazados en el fondo y Jendayi agarraba el prendedor con forma de serpiente que sujetaba su capa.
«Hay demasiado silencio afuera, vamos…Salgamos rápido de éste maldito lugar»
Luego de un momento, se escuchó un pequeño golpe en la madera del carruaje, luego vino otro…Y luego el último.
«Por fin hemos salido» suspiró.
De pronto un gran golpe hizo temblar el suelo; el carruaje se tambaleó de un lado y sus ocupantes perdieron el equilibrio.
― ¿Qué ha sido eso? ―preguntó Donna pálida.
De inmediato se escuchó un golpe de la misma magnitud. Escucharon los gruñidos de los caballos y el carruaje comenzó a avanzar violentamente mientras Taro trataba de aferrarse a su asiento. El joven se las ingenió para abrir la ventanilla que estaba a su lado y observó el exterior; dos grandes paredes de roca oscura se alzaban imponentes sobre ellos y la vegetación se hacía cada vez más verde y húmeda.
«Seguimos en el maldito Paso ―pensó Taro mientras identificó los violentos golpes―. Son rocas, nos están lanzando jodidas rocas».
De pronto el carruaje volcó.
El joven cayó violentamente al rígido suelo mientras escuchaba cómo la madera crujía. Sentía el sabor de la sangre en la boca y trataba de mover la mano hacia el cinto que sujetaba sus calzas.
«Mi espada…Necesito mi espada ―logró agarrar la funda de su arma―. Mierda…No está».
El dolor agudo que sentía en su cabeza no fue impedimento para que Taro se levantara rápidamente. Analizó la situación a su alrededor; el carruaje estaba destruido y volcado casi al final del Paso mientras los caballos aún atados con las cuerdas intentaban avanzar. Balwin corría hacía él con el rostro ensangrentado, no había rastro de Donna ni de Alder, mientras que Jendayi estaba parada junto al cuerpo del hombre sin torso que había sido destrozado por un gran peñasco.
― ¡Los jodidos indios! ―oía la lejana voz de Balwin―. ¡Vendrán los jodidos indios!
De pronto el joven escuchó un silbido.
«Balwin… ¡No!».
El hombre cayó al suelo con una curvada flecha que le atravesaba el muslo. Taro Rossal corrió hacia él mientras observaba hacia las alturas; las oscuras paredes de piedra musgosa parecían no terminar nunca, no sabía de donde podían venir las flechas, sin embargo, vinieron más.
Agarró rápidamente a Balwin y lo arrastró hacia el extremo derecho del Paso. Jendayi recibió al hombre y se ocultaron tras una gran roca que había caído. Balwin respiraba agitado y trataba de limpiarse la sangre de la cara con sus pequeños muñones.
―Sacadnos de aquí, Taro ―sonrió adolorido―. Dijisteis que sabías como blandir una espada.
«Primero debo encontrarla».
Jendayi permanecía con el rostro frío mientras presionaba el muslo de Balwin que estaba hinchado y de un color rosáceo. El joven Rossal asomaba su cabeza de vez en cuando por sobre la piedra para observar el escenario, sin embargo, las flechas que seguían cayendo le impedían observar con detención.
De pronto un largo pedazo de tronco ardiente cayó sobre el carruaje que permanecía volcado. Las llamas comenzaron a apoderarse de la vieja madera y un telón de humo nubló el sector.
Taro Rossal se percató que largas cuerdas forjadas con hiedra caían de lo alto de las murallas, mientras en el suelo, dos sombras emergían de la humareda.
«Alder».
El juglar cojeaba apresurado hacia él mientras realizaba un extraño gesto con sus manos. Tenía una magulladura en la parte derecha del rostro y sus ropas estaban sucias producto de las cenizas. Donna no se veía mejor, tenía el rostro empapado de sudor y un pequeño hilo de sangre caía por su cuello y se perdía entre sus tres pechos.
― ¡Aquí está! ―pudo entender lo que gritaba― ¡Vuestra espada Taro!
El joven Rossal sonrió aliviado, aquella espada era todo para él. Sin embargo, aquella sonrisa se difuminó cuando percató que otras cinco sombras emergían tras Adler. Cuando intentó correr hacia ellos era demasiado tarde; los indios llevaban mazos de hueso y pequeñas navajas de obsidiana, mientras que los otros portaban arcos largos y curvos.
Donna fue la primera en recibir un golpe en la cabeza, cayó de bruces al suelo ensangrentada mientras el juglar gritaba despavorido. Alder intentaba asestar a los nativos con la espada de Taro mientras ellos arrastraban a la gorda mujer, consiguió herir a uno con un corte en el cuello, sin embargo otros dos enterraron sus navajas en las costillas del bardo.
Taro Rossal asestó un golpe que rompió la mandíbula de uno que tenía plumas en los brazos, recogió el mazo de hueso que yacía en el suelo y con él aplastó su cabeza. Alder cayó al suelo presionando las heridas en el torso, la oscura y espesa sangre corría por entre medio de sus dedos mientras que el resto de los indios se llevaban a Donna que recuperaba la conciencia.
El noble joven agarró firmemente el pesado cuerpo del juglar, tenía la piel pálida y estaba temblando.
«Vamos Alder, tengo que sacarte de aquí».
Taro se percató que los caballos seguían atados bajo una roca que presionaba las cuerdas, miró rápidamente a Jendayi que apenas podía soportar el peso de Balwin.
― ¡A los caballos! ―gritó fuertemente―.
Cuando pudieron llegar hasta los enormes animales, él depositó a Alder sobre el lomo de la bestia más oscura y cortó la cuerda que los retenía. Jendayi observó de reojo a Balwin que yacía sobre el caballo, agarró firmemente las riendas y echó andar.
Taro Rossal escuchó los lejanos y desesperados gritos de Donna, que fueron ahogados por el rápido galope.
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#19
VI.
La mujer de cabello cano y piel arrugada apretó la compresa de hierbas sobre la herida. Altaír soltó un leve gemido y frunció el ceño.
―No os preocupéis, Mi señor ―dijo la herborista mientras envolvía su muslo con una venda. ―La herida sanará antes de que llegue la luna nueva.
Altaír confiaba en el poder de las hierbas del bosque, sabía sin embargo, que los Antiguos miraban de mala manera aquellos procedimientos, según ellos, las heridas y enfermedades eran designios de los dioses y sólo ellos podían revertirlos.
El joven Lemar intentó levantarse del asiento, no obstante, un agudo y doloroso escalofrío recorrió su pierna derecha. Cayó sobre la silla de madera oscura, apagando a su paso tres velas que iluminaban la lúgubre habitación.
―Tomadlo con calma, Mi señor ―susurró la anciana mientras se levantaba hacia las velas. ―Deberíais tomar un poco de reposo, dejad que el Antiguo Thorum se haga cargo mientras os recuperáis.
― ¿Os lleváis bien con el Antiguo? ―preguntó el joven sorprendido.
―Claro que no ―soltó una pequeña carcajada. ―ha querido expulsarme desde que arribé al castillo, sin embargo, parece ser un hombre confiable.
―Lo es ―dijo Altaír lanzando una mirada tosca hacia la anciana―. Pero yo soy el Señor de Muros Blancos. Si fui capaz de repeler un ataque de traición en mi propio castillo ¿Por qué no podré encargarme de la administración a pesar de mis heridas?
―Sin dudas triunfó en el ataque, mi Señor, sin embargo dejó huir con vida al Lord y a su hija.
La luz de las velas iluminó nuevamente la habitación, mientras que por debajo de las puertas entraba un aire frío.
―Es lo que haría un Lord misericordioso―dijo titubeando Altaír―. Es lo que hubiera hecho mi señor padre. Aquella doncella no tiene la culpa de las decisiones de su padre.
―Un poco de misericordia es buena, mi joven Señor―canturreó nuevamente la herborista―. Sin embargo mucha…
«Ni la anciana de las hierbas confía en su Señor».
La puerta se abrió lentamente y entre las sombras emergió el Antiguo Thorum, quien arrastraba la túnica blanca por el suelo cubierto de madera.
El Antiguo observó a la anciana mientras juntaba las manos como solía hacer.
―Necesito hablar con vuestra señoría en privado.
La herborista no demoró en levantarse de la silla, recogió rápidamente los recipientes que contenían distintas herbajes, hizo una pequeña reverencia y se retiró de la habitación.
―No deberíais hablar de estos temas con la anciana de las hierbas―dijo el sacerdote luego de un rato―. En su mente sólo hay mentiras y magia negra.
― ¿Estabais escuchando detrás de la puerta?―preguntó molesto Altaír.
―Sólo quería cerciorarme de que estabais solo en la habitación, mi Señor.
Altaír lanzó una pequeña e incrédula carcajada.
― ¿Qué es lo que queríais decirme? ―preguntó mientras intentaba levantarse por segunda vez.
―Está todo organizado en el patio central, mi Señor. Os están esperando.
El joven noble tomó aire y lo expulsó de golpe.
Sin pronunciar palabra alguna, el sacerdote de cabello lacio abrió la puerta para que su joven Señor pudiera salir de la habitación. Altaír caminaba lento entre los pasillos que conectaban el castillo, trataba de calmar el agudo dolor que le producía la herida cada vez que daba un paso, sin embargo, todo el pueblo estaría esperándolo y debía mantenerse recio.
Cuando llegaron a la gran puerta, dos guardias Dugues empujaron la madera oscura. Altaír sintió una fuerte brisa fría en sus mejillas; el invierno había llegado y parecía ser más duro que los anteriores.
Las cerámicas azules que cubrían el patio central a penas se divisaban, ya que estaba cubierta de campesinos, artesanos y mercaderes. En el frente, una gran estructura de madera se erguía sobre ellos, la habían ensamblado la noche anterior y parecía inestable. Sobre ella, yacía un hombre fuerte, vestido de negro y con una gran espada en el cinto. El joven Lord no recordaba su nombre, pero había sido el verdugo de Muros Blancos desde hacía muchos años.
Y allí estaba el traidor. Ser Keont estaba parado con la cabeza en alto, observando al noble joven con una mirada fría y serena.
«Es primera vez que me enfrento a esto―se decía a si mismo mientras subía lentamente los peldaños que crujían con cada paso―. Es mi oportunidad de demostrarle a todos que ya no soy un niño.»
Cuando por fin llegó al patíbulo, se acercó al bordillo y observó al pueblo; un pequeño puñado de guardias Dugues estaba firmes y con la cabeza en alto, mientras que las demás personas trataban de aproximarse para poder escuchar lo que su Lord quería decir.
Las manos de Altaír comenzaron a sudar.
―Sabéis bien que nuestro castillo ha sufrido un acto de traición hace unas noches atrás―dijo aclarando la voz―. Seis de nuestros hombres fueron atravesados por la espada aquella noche y lo lamentamos profundamente.
»Sin embargo, hemos podido expulsar a Lord Domen y a su hija de nuestras tierras y os juro, que nunca más pisarán estas orquídeas.
No se escuchaba ningún murmullo del público. Ser Keont mascullaba entre dientes, mientras que el Antiguo Thorum parecía escuchar detenidamente las palabras que salían de la boca de Altaír.
―Los Dioses de Tierra nos han brindado dominios que cultivar, hermosas flores para decorar y madera para erigir las más grandes construcciones que se nos ocurra ¿Por qué debemos permitir que un Reino distante nos gobierne? El fuego no hace más que quemar. ¡Si provenimos de la Tierra, pues volvamos a ella!
― ¡Larga vida, mi Señor!―gritó un puñado de artesanos.
― ¡Tierra bella y fecunda!―aclamaba otro grupo de campesinos.
Altaír sonrió y enderezó bruscamente su postura.
―Sin embargo, aún hay quienes desean estar atados a las cadenas del fuego y que serían capaces de traicionar a su mismísimo Señor para seguir estándolo―giró su cabeza hacia Ser Keont―. Vuestro castellano os ha traicionado, pueblo mío.
»Corrompió los pactos de silencio y facilitó el ataque del castillo.
El pueblo explotó, apenas se podía distinguir los gritos de las personas. Los guardias posicionaron su escudo frente a ellos y comenzaron a contenerlos.
Tres peñascos cayeron sobre el patíbulo.
Altaír nervioso observó al Antiguo, quien suavemente asintió con la cabeza. El joven noble caminó hasta el castellano y lo miró fijamente a los ojos.
―Ser Keont, os sentencio a morir. ¿Queréis decir vuestras últimas palabras?
El castellano, quien fruncía el ceño, lanzó un escupitajo a los pies de Altaír.
―El fuego caerá sobre vosotros―elevó la voz y se dirigió al público―Cuando estén ardiendo, acordaos de vuestro señor, porque sin duda él será el último en arder.
Aquellas palabras enfurecieron aún más al público, quienes materializaron su furia lanzando mierda de caballo, pequeñas piedras o comida rancia.
Un pedazo de excremento cayó en el rostro de Ser Keont.
Altaír retrocedió, observó al verdugo y asintió con la cabeza. El corpulento hombre se acercó hacia el traidor y lo arrastró hasta una pequeña mesa de madera clara. No hubo necesidad de arrojar al castellano al suelo, ya que él mismo se hincó y depositó suavemente su cabeza en el sitio. Algunas gotas de sudor caían por la amplia frente de Ser Keont, quien miraba fijamente al público, mientras que el verdugo se erguía a su lado.
El estruendo de la gran espada saliendo de su funda hizo temblar a Altaír. Luego un golpe firme y suave como una pluma cercenó la cabeza del castellano.
El público eufórico gritó y aplaudió por un rato, luego de unos minutos se dispersaron tan rápido como se habían reunido. Dos jóvenes sirvientes se acercaron al cuerpo de Ser Keont y comenzaron a arrastrarlo hacia una carretilla que yacía bajo el patíbulo.
El Antiguo Thorum caminó lentamente hacia Altaír, atravesando el gran charco de sangre que había dejado la ejecución. Su larga e inmaculada túnica estaba levemente entintada con el vivo color de la sangre.
―Lo hicisteis muy bien, Mi señor―dijo esbozando una sonrisa a medias―. Es lo que vuestro padre hubiera hecho.
Altaír observaba cómo los sirvientes depositaban el robusto cuerpo del castellano sobre el carromato.
― ¿Habré actuado de forma sabia, Antiguo?
―La traición es un pecado nefasto y que tiene un alto precio, Mi señor―comenzó a canturrear―. Y los dioses saben que solamente se puede pagar con la vida.
―Él no me atacó, no ordenó arrestarme ni tomar el castillo―dijo pensativo Altaír―. Si Ser Keont ha pagado con su vida ¿Qué tendré que hacer con el Señor de las Flores?
―Todo a su debido tiempo, Mi señor―el sacerdote depositó una suave mano en el hombro del joven.
Un silencio inquietante reinó en los patios del castillo, los últimos rayos de sol se colaban por los blancos muros del castillo, mientras un suave olor a humo se impregnaba en las narices del joven Lord.
De pronto el Antiguo apartó bruscamente la mano del hombro de Altaír.
―Había olvidado deciros que os están esperando en el Gran Salón.
― ¿Es alguien importante? ―preguntó sorprendido el joven―. ¿Por qué no lo habéis mencionado antes?
―Disculpadme, Mi señor―bajó levemente la cabeza―. Estos días han sido ajetreados para todos y comienzo a sentir los años.
»Desconozco de quién pueda tratarse, el nuevo castellano en funciones…eh…Ser Marten, sí, él lo ha dejado entrar. Sin embargo, he recibido rumores de jinetes que han avistado un gran número de tropas Dugues avanzando hacía el castillo desde Montehierro y asumo que aquello tenga relación.
» ¿Desde Montehierro? ―pensó cauto Altaír― Si Ronn Dugues hubiera arribado a la Tierra de los Minerales mis vasallos me lo hubieran hecho saber».
―Si fuera el príncipe Ronn hasta la puta de Tres Piojos lo sabría―sentenció intrigado―. Claramente es alguien que ha querido pasar desapercibido, ha venido hasta aquí indefenso, dejando a la tropa cientos de millas atrás… Será mejor que asista de inmediato a recibirlo.
―Permitidme llamar al mayordomo de pasillo.
―No os preocupéis, puedo ir solo―Altaír comenzó a bajar el patíbulo mientras dos guardias lo siguieron en el acto.

Las altas velas iluminaban el salón mientras algunos sirvientes depositaban bandejas llenas de frutas y damajuanas de vinos. Al extremo de la habitación una sombra parecía estar de espalda. Altaír no dudo en hacer un gesto con la mirada para que la servidumbre se retirara rápidamente del lugar.
― ¿Quién sois?―preguntó el joven con una firme voz que retumbó en la habitación.
La sombra dio un brinco sorprendida y se acercó rápidamente hacía el medio del Gran Salón. Las tenues luces dejaron ver su rostro; era un muchacho con el cabello hasta los hombros y trenzado por un lado, tenía los ojos verdes y la piel extremadamente pálida.
―Me habéis asustado, Mi señor―dijo el muchacho mientras observaba desconcertado a Altaír de pies a cabeza―. Soy Durrel Mander, hijo de Lord Famter Mander, Señor de Torreón Antiguo.
― ¿Torreón Antiguo? Habéis venido desde el último rincón del Reino Tierra. ― lo interrumpió Altaír sorprendido―. Ahora decidme, ¿por qué habéis venido?
―Disculpadme por visitar vuestro castillo sin avisaros, Mi señor― dijo Durrel observando a los ojos de Altaír―. Pero he venido a darle una magnífica noticia, el príncipe Ronn y parte de su hueste está acampando muy cerca de Montehierro, en Bosque Blanco. Él está a la espera de vuestra orden para arribar al castillo y administrar vuestras tierras.
« ¿Tan pronto ha llegado?»
― ¿Por qué os ha enviado? Una carta a jinete habría bastado―dijo Altaír mientras se arreglaba su gorguera.
―Su alteza quiere vuestra presencia lo antes posible en Colina Dorada, los Maestros del Consejo os están esperando―respondió Durrel con los ojos abiertos―. Y respecto a mi presencia, el príncipe me ha designado para administrar Muros Blancos.
Altaír ciñió el entrecejo.
―Pensé que el príncipe pondría a cargo el castillo a un Gran Señor noble―dijo Altaír suavemente―.
Durrel no pestañeó y se acercó al joven Señor.
―Sabréis bien que mi padre ha sido uno de los vasallos más leales a los Dugués―dijo el muchacho en un tono sombrío―.   Fue mi mismísimo padre quien lideró el ejército de Tierra cuando las sombras arribaron al continente.
―Lo sé muy bien―respondió Altaír mientras se alejaba incómodo del muchacho y se dirigía a la mesa por una copa de vino―. El príncipe parece tener razones para confiar en vos mi castillo y su administración.
―Me ha dicho que el mismísimo Rey quiere conocerlo, es más, han mandado a reorganizar la Gran Biblioteca de Colina Dorada para que esté lista para su arribo, Mi señor.
―Entonces mandaré a buscar al jinete más rápido para que entregue la orden a vuestra Alteza, como también empezaré de inmediato los arreglos para partir mañana mismo a Colina Dorada.
―Muchas gracias, Mi señor―dijo Durrel con una tímida sonrisa―. El Reino Tierra volverá a ser tan magnífica como lo era antes.
―Sólo espero que las consecuencias del Fuego no nos llegue a quemar―susurró Altaír para sí mismo.
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