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[Fantasía contemporánea] Un Cuento de Madrid
#1
Esta historia ya está publicada en otros sitios, pero la voy a poner aquí también para ver si por fin recibo críticas decentes. Es la pieza fundamental de mi parte del Submundo, que comparto con DrRocket. Espero que os guste y que digáis lo que no os agrada.
Prólogo: Una Promesa


Rachel Smithson miró las lecturas de su ordenador-Nos vamos- anunció a las diez personas que había en esa sala con ella.- El Sujeto 0 ha dejado Norteamérica.

Minutos antes, el Sujeto 0 aún estaba en el continente. Derramó unas lágrimas sobre un montón de tierra recién apilado, sobre el que había una piedra en la que estaba escrito toscamente: "Zaren".
-Te lo prometo, amigo- dijo.- Le buscaré y le protegeré. Espero no fallarte por una vez.
El sol se ocultó tras las colinas boscosas. Entonces se fue.

Lo que el Sujeto 0 no sabía era que, en ese mismo momento, ya había fallado a Zaren.

1. Un trauma
- ¿A qué esperas?- le preguntó Elepé.- ¡Ese pollo no va a desaparecer solo!
Lentamente, con movimientos mecánicos, Oren Sylvan empezó a comerse el contenido de su plato.
Desde hacía dos semanas, el chico vivía así: sin ganas, casi por inercia. A pesar de sus diez años.
- Vamos- Elepé le acarició el pelo, del color de la arena, que le caía de la cabeza en mechones desiguales.- No puedes seguir así toda la vida. ¡Estás vivo, gracias a Dios! Algún día lo tendrás que superar, y cuanto antes, mejor.
Oren no dijo nada. No había dicho nada desde… eso.
Elepé era un cura, que había sido amigo de sus padres. Había sido el primero en ayudar a Oren, y el único. Ahora estaba intentando adoptarle.
El piso en que ambos vivían estaba situado en la calle San Bernardo, en el centro de Madrid. Tenía cinco habitaciones: un recibidor, un salón, una cocina-comedor, un cuarto de baño y un dormitorio. Casi todo el mobiliario y el suelo eran de madera, y en la decoración se unían motivos religiosos de todo tipo y arte de cierto país africano al que Elepé había ido de misionero en su juventud.
Horas más tarde, el cura se dispuso a salir.
- Tengo que dar una misa. ¿Vienes?
Oren fue al recibidor, cogió su abrigo y se lo puso.
- Dios mío… Tú odiabas las misas… ¿Qué te han hecho?
“Ójala lo supieras, Elepé.”
La iglesia que el cura atendía era un edificio pequeño, situado en una plaza pequeña en un barrio de calles estrechas. No estaba lejos de su casa.
Tras la misa, que fue tan aburrida como de costumbre, Elepé entró al confesionario y, uno por uno, los devotos se fueron confesando. Cuando hubo acabado, el cura dijo:
- ¡Hora de irse! Oren, ¿me ayudas a recoger?
Pero alguien entró.
- Está cerrado. Por favor, vuelva mañana.
- Yo creía que el Señor nos podía atender en cualquier momento- se burló la que acababa de entrar.
Tendría cuarenta y algo años, era delgada, y tenía un pelo castaño que le caía ondulando hasta la mitad de la espalda. Sus ojos eran de la forma y el color de las almendras.
- Amelia Grenland- dijo Elepé fríamente.- Pasa.
Estuvieron un rato hablando en el confesionario, pero Oren no pudo oír nada.
Tras ello, la mujer salió, Elepé y Oren recogieron las cosas que tenían en la iglesia, salieron también y volvieron a su casa. Allí, Elepé firmó algunas cosas.
Ese hombre moreno, de ojos verdes y pelo corto, unos cincuenta años y algo gordo se llamaba en realidad Luis Pérez, pero como su firma era un bosque de florituras en el que se escondían sus iniciales, el padre de Oren le había llamado desde siempre Elepé, y su hijo había heredado la costumbre.
Esa noche, Oren se durmió, y, como ya era habitual, le despertaron los gritos de las atroces pesadillas sobre lo que había ocurrido dos semanas atrás que tuvo. Se pasó un buen rato inmóvil en la oscuridad, esperando al asesino. Pero no vino, y tras unas horas Oren cayó en un sueño profundo y negro.

Al día siguiente se despertó tarde. Elepé no estaba, así que se sirvió él mismo el desayuno. Cuando hubo terminado de desayunar, entró el cura.
- ¡Buenos días, dormilón! Mira, estuve en tu casa, y buscando entre tus cosas encontré esto.
Oren se levantó de la silla. El cura había dado en el clavo. Sostenía una bolsa de deporte en la que había un equipo completo de esgrima.
- Da la casualidad de que yo, de joven, era un buen tirador. ¿Qué tal si practicamos un poco?
Oren ya se había puesto el casco y cogido el florete.
- Veo que te gusta. Pues voy a por lo mío.
Salieron al salón, y Elepé entró a la habitación y salió vestido como Oren. Se colocaron a tres pasos de distancia.
- En guard- se colocaron en guardia,- allez!
Avanzaron con cautela. Cuando estuvieron a la distancia suficiente, empezaron a intercambiar golpes; bastante básicos, para medir al oponente.
Entonces, Oren le apartó el florete usando el suyo, avanzó, y, en un complicado giro de brazos, le tocó el pecho con su arma sin dejar la del cura moverse, todo esto tan rápido que Elepé no pudo reaccionar. El segundo punto transcurrió de manera parecida, y así el tercero.
- ¡Vaya! ¡Pero que buen tirador eres! Tienes una manera de manejar el florete bastante curiosa.
- Mi padre decía que soy como un gato, siempre jugueteando con mi presa antes de matarla.
Elepé miró con asombro a Oren, que había dicho esa frase con una mezcla de orgullo y tristeza. No había podido resistirse.
- ¿Ves? No pasa nada por hablar. No tengas miedo.
Lentamente, dolorosamente, Oren articuló otra frase.
- ¿Quién era la mujer de ayer?
Elepé torció el gesto.
- Es Amelia Grenland. Antes del… asesinato, hablaba mucho con tus padres y conmigo.
- ¿Érais amigos?- la curiosidad mató al gato.
- No, nuestra relación es muy fría. Siempre hablábamos de ti, Oren.
- ¿De mí?
- Sí. Ella dijo unas cosas que… me hicieron creer que estaba loca, pero he visto horribles confirmaciones de ello. Ahora prefiero saber lo menos posible de ese asunto.
- Te voy a ser sincero… ¿Estás seguro de querer escucharlo?- Oren asintió.- Que la policía no investigue el asesinato de tus padres.
Era verdad. El inspector había postulado muy rápidamente una venganza, combinada con arrebato de furia, y había dicho que buscarían a cualquier persona que pudiera haber hecho eso a sus padres. Esa explicación, endeble de por sí, la remataba el hecho de que no hubieran preguntado nada al testigo, que era…
A Oren le empezó a doler el pecho, y paró de intentar razonar.

A un océano de allí, Rachel Smithson miró una lectura en una pantalla. Tras más de diez días en una posición errante alrededor del mundo, el Sujeto 0 se había estabilizado.
Ella pertenecía a las fuerzas de acción del Gabinete. Éstas eran algo así como la Interpol mágica: una asociación de magos y humanos sin poderes que se ocupaba de luchar contra los problemas mágicos, y de mantener en secreto cualquier evento destructivo relacionado con la magia.
Técnicamente, el Sujeto 0 no había hecho nada demasiado malo, nada tan grande como para que le persiguiera el Gabinete, pero su mera existencia era una aberración: la oscuridad como elemento mágico era casi imposible de controlar. Pero él había conseguido hacerlo. Aunque si bien su cuerpo era estable, su mente estaba destrozada. Y la agente no sabía cuál de las dos era peor.
Apagó su pantalla, que por un momento devolvió su reflejo. Tenía un cuerpo atlético, pelo color caoba muy corto y ojos del color de la miel. Llevaba mucho tiempo sin dormir, y no le importaba: había pedido encargarse personalmente del Sujeto 0, porque, aunque hubieran pasado casi diecisiete años, no lo había olvidado. Y le haría recordárselo a su perseguido.
- Despegamos- le dijo al piloto, pero también le oyeron sus diez agentes subordinados.- A España.
El avión despegó. En unas dos horas, ese aparato militar habría cruzado el Atlántico y aterrizado.
Responder
#2
Buenas compañer@ Tyren Lannister, ahora que tenía un poquito de tiempo libre para leer un poco sobre las historias de los usuarios, pues aquí estoy. Para empezar, la idea parece interesante, la narrativa es amena y fluida (aunque he visto algunos errores de tipeo) nada muy destacable. La primera impresión que me vino a la cabeza es (Soy el numero 4 (la película) Se que no tiene nada que ver, o me lo imagino, más bien. Es una mera impresión después de todo. En conclusión, no está nada mal. El prologo no estuvo mal tampoco,aunque algo escueto. Esperaremos a ver como se sigue desarrollando la historia para poder hacer un comentario mejor. Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
Responder
#3
(07/07/2015 05:47 PM)fardis2 escribió: Buenas compañer@ Tyren Lannister, ahora que tenía un poquito de tiempo libre para leer un poco sobre las historias de los usuarios, pues aquí estoy. Para empezar, la idea parece interesante, la narrativa es amena y fluida (aunque he visto algunos errores de tipeo) nada muy destacable. La primera impresión que me vino a la cabeza es (Soy el numero 4 (la película) Se que no tiene nada que ver, o me lo imagino, más bien. Es una mera impresión después de todo. En conclusión, no está nada mal. El prologo no estuvo mal tampoco,aunque algo escueto. Esperaremos a ver como se sigue desarrollando la historia para poder hacer un comentario mejor. Un saludo y nos leemos.
¡Gracias por comentar! Me alegro de que te guste la idea. No he visto esa película, o a lo mejor sí, pero no me acuerdo.

¡Siguiente capítulo!

2. Una maga
Tras determinar que el objeto de su promesa vivía en España, Dornem se instaló en un piso abandonado de la capital. Allí estaba esa mañana a punto de empezar su búsqueda. Esperaba no equivocarse. No equivocarse de nuevo. Dornem era lo que era por culpa de la equivocación, o al menos, de la ignorancia.
Se miró al espejo roto de una habitación sin vida. Seguía teniendo aspecto de adolescente, aunque tuviera ya más de treinta años. Era alto, y su piel y su pelo eran de un blanco inmaculado: la única pureza que quedaba en él. Era albino. Se miró a los ojos y al instante giró la cabeza. No podía soportar durante mucho tiempo esa mirada, se veía a sí mismo en ella.
Tenía en sus manos la máscara, tejida por él en una tela más dura y ligera que el mejor chaleco antibalas. Estaba hecha de trozos de tela negra cosidos entre sí con hilo blanco. Cubría toda la cabeza sin dejar agujeros. No sabía por qué la llevaba, pero desde hacía diecisiete años se mostraba sin ella sólo a aquellos en quienes más confiaba.
- Sujeto 0, entrégate.
Un agente del Gabinete. ¿Cuándo había entrado? ¿Podían haberle rastreado así de rápido? Seguro, con lo que había avanzado la tecnología…
Se giró hacia él con la máscara estirada frente al corazón. Bien hecho, el disparo se topó con el tejido mágico.
Se la puso, y su ropa normal se transformó en unos zapatos, pantalones, gabardina, guantes y sombrero, todo negro y hecho del mismo tejido que la máscara. Los siguientes disparos dolieron bastante, pero Dornem sabía de sobra que como mucho le causarían cardenales.
- ¡Estás acorralado!- gritó el agente.- ¡Entrégate!
- Ójala pudiera- se lamentó el mago.
Corrió hacia la ventana, la abrió y se tiró a la calle desierta. La caída desde el tercero tampoco le produciría lesiones importantes. Fue a una vía más transitada, donde los agentes no se atreverían a atacarle. ¿Por qué le perseguían?
“Eres gilipollas, lo sabes perfectamente.”
La oscuridad era el más inestable de los elementos mágicos: ni magos ni Bestias podían dominarla. Pero él, por equivocación o ignorancia, sí. Y, como era una magia casi incontrolable, el Gabinete, la agencia mundial de seguridad mágica, le perseguía.
“Pero saben que he logrado dominar mi magia. ¿Por qué me persiguen? Por su estado mental. Si había algo inestable en Dornem, era eso.

¿Cómo encontraría al objeto de su promesa? La explicación de Zaren no había sido muy clara. Mientras andaba por la calle viendo cómo algunas personas le miraban de forma rara por su vestimenta, recordó.
Zaren ya respiraba con dificultad. Estaba tendido sobre el suelo del bosque, sin poder mover la mayoría de sus potentes músculos.
- Con tu magia- había murmurado,- puedes sentir la magia ajena. Le encontrarás porque te atraerá, como la luz atrae a una polilla.
- ¿Tan poderoso es?- había preguntado Dornem.
- No, no es tan poderoso. Pero… es único. No hay otro como él.
Después llegaba el momento de la muerte de Zaren, pero Dornem no quería recordar eso. Desde entonces, hacía dos semanas, el mago oscuro había recorrido todo el mundo, viajando con la noche, intentando ser atraído. Y sí había notado la atracción: era una sensación extraña, sentía que no estaba cómodo en ningún sitio. Madrid era, de momento, el sitio donde menos incomodidad había notado. Por eso, ahora no le importaba adónde iba, se dejaba llevar.
Se detuvo en seco. Le había visto. No podía ser otro. Se le cortó la respiración. Formó en su mano una espada de sombras usando su magia. Y se lanzó a salvarle.

La noche anterior, Oren se había sumido en sueños turbulentos, y se despertó cuando la espada…
Pero esta vez, en vez de quedarse en silencio, apañó un maniquí sobre una silla usando su ropa y la de Elepé, cogió su florete y practicó en la oscuridad hasta caer dormido. Y durmió realmente bien.
Le despertó Elepé al entrar en la habitación: como en la casa solo había una verdadera cama, el cura dormía desde que adoptó a Oren en el salón, donde guardaba un sofá-cama para cualquier emergencia.
El cura le dio los buenos días, y Oren se los devolvió.
- Veo que te despiertas de buen humor.
- No lo he pasado mal esta noche.
- Supongo que eso es bueno. Mira- siguió tras una pausa,- la señora Grenland me pidió hablar contigo. Quiere hablarte sobre ese… asunto.
Oren recordó la alusión que había hecho Elepé el día anterior.
- Pero yo también quiero saber lo menos posible.
Sabía qué era lo que… había matado a sus padres, y no podía sospechar ni quería saber qué había tras ello.
- Es distinto. Creo que tú ya estás metido en ello hasta el fondo.
Oren se sumió en el miedo.
- Pero, Elepé, ¡no quiero!
- Mira, Oren- le acarició el pelo,- tienes cierta razón. Dicen que la ignorancia es la felicidad, y a eso me atengo. Pero tú, que, supongo, tras lo que viste no podrás ser feliz en mucho tiempo, tienes que pensar que el conocimiento es poder.
Se resignó a hacerlo. Amelia Grenland le diría qué podía causar a la vez una herida y una quemadura. Y por qué ese hombre… podía coger su espada… al rojo y no quemarse.
Llegó tras media hora. Oren no la oyó saludar al cura. Entró a la cocina, donde estaba el huérfano leyendo un libro, y se sentó a la mesa. Oren cerró el libro y la miró.
- Cierra la puerta, por favor.
Obedeció: Grenland parecía tener una autoridad natural. Cuando se volvió a sentar, la mujer dijo:
- Que sepas que no quiero hacerte daño.
Oren no respondió.
- ¿Qué fue? ¿Qué viste?
- Era un hombre, que sujetaba una espada al rojo vivo.
- Lo que suponía. Oren, tienes que saber que la magia existe, por mucho que te intenten o te intentes convencer de que no.
Oren no se alteró: eso explicaba muchas cosas.
- Hay muchos tipos de magia. Yo, por ejemplo, soy una maga del hielo. Y quiero saber qué eres tú.
- ¿Cómo sabe que yo puedo… hacer magia?
- La magia da. Te da conocimiento, poder… Pero también quita. Y mucho, la magia es cara. A ti ya te ha quitado, es lógico que te vaya a dar.
Oren comprendió por qué Elepé no quería saber nada de eso.
- ¿Y a usted qué le quitó?
El chico supo que no había dicho lo correcto cuando el gesto de Grenland se endureció.
- Mucho. No vuelvas a preguntarlo.
Estuvieron largos momentos en un silencio incómodo.
- Sé que llevaba mucho tiempo hablando con mis padres. ¿Cómo supo que yo puedo hacer magia?
- Mira… Como somos vecinos, a menudo te veía por la calle. Siempre has sido flaco, de aspecto endeble. Pero no sé, un día… un día cambiaste. Se te notaba más decidido, más fuerte. No fue gradual, y eso me hizo sospechar. Y junto con esto…
Oren no lo creía. En los libros y las películas, la magia aparecía en el último momento, cuando más se necesitaba. Pero en su caso no había sido así.
Estuvo a punto de irse, pero la presencia de la maga era realmente intimidante. Sin embargo, Amelia Grenland pronto se levantó y se despidió. Pero sus palabras quedaron, y cada vez le daban más miedo a Oren: “La magia te quita mucho. Es cara.”
Necesitaba hacer algo para distraerse, y vio que Elepé se estaba disponiendo a hacer la compra.
No, le dijo una voz interior, no salgas. Pero lentamente fue razonando: la calle era mucho más segura, pues allí había más gente. Así que consiguió el permiso del cura para ir al supermercado.
Menudo error.
Para ir al comercio, tenía que subir un tramo de la calle San Bernardo, que estaba en cuesta. Al llegar a la altura de la tienda, tenía que cruzar un semáforo. Y al otro lado le vio. El mismo pelo rubio oro. Los mismos ojos azules. Un paquete alargado envuelto en tela en la mano que solo podía ser una cosa. Cuando los coches empezaron a circular, Oren se libró del shock en el que estaba y empezó a correr huyendo del asesino.
Pero este también se había percatado de la víctima, así que corrió temerariamente a través de la calzada hasta dar alcance al chico. Sacó su espada de la funda de tela y, usando sus poderes de fuego, la puso al rojo.
- No es nada personal- le dijo a Oren.- Quisiera poder explicártelo, pero no hay tiempo. Que sepas que es por el bien común.
“¡Bien común una mierda! Magia, ¿dónde estás?”, pensó Oren tras ser arrojado al suelo. Intentó revolverse, pero el mago, que estaba encima de él, era demasiado fuerte. Entonces lo escuchó.
- ¡Métete con alguien de tu tamaño!
La voz había hablado en inglés, idioma que Oren conocía por la procedencia de sus padres, Manchester.
Acto seguido, una silueta vestida de negro que sujetaba una espada negra arremetió contra el de la espada roja. Este se defendió a duras penas y se alejó de Oren. Como ya no tenía a nadie encima, el chico rubio se alejó de los combatientes. El asesino hizo aparecer una llama en la palma de su mano libre, pero el salvador describió un amplio movimiento con el brazo. Por donde pasó la mano, quedó una estela de oscuridad que se tranformó en dagas de sombras que volaron e impactaron contra el asesino. Este, al ser herido, efectuó un intento desesperado de dañar a Oren: le lanzó la espada. Oren la paró abrazándola con el pecho. Notó un olor acre: tela quemada. Entonces recordó que la espada estaba al rojo. La soltó, y corrió gritando al piso del cura.
Estuvo allí en lo que le parecieron cinco segundos. Abrió el congelador, agarró una bolsa de hielo y...
Al mirarse la piel que había quedado al descubierto, notó la extraña ausencia de dolor.
Y es que la sudadera, el jersey y la camiseta estaban calcinados, pero en la piel de su torso y sus brazos no había ni una quemadura.
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#4
Perdón por el doble post... Aquí os traigo otro capítulo de Un Cuento de Madrid. Además, he cambiado el género a "fantasía contemporánea", porque aunque haya en esta historia magia y criaturas mitológicas, ocurre en un mundo muy parecido al real, de hecho, todas las localizaciones de esta historia son reales.

3. Un ángel

- ¿Qué te ha pasado, por Dios?
- Elepé…
Oren luchó por contener las lágrimas. No se lo había contado, ni pensaba hacerlo, pero no podía aguantar más.
- Aquel día… no solo murieron mis… mis padres, también…
- Calla- le abrazó.
- Pero… Ahora eres mi padre… ¿Cómo vas a quererme si no sabes nada de mí?
- Tranquilo- le besó en el pelo.- No quiero saber de eso, pero eso no significa que me importes o no- se separaron.- ¿Sabes por qué a los curas se nos llama padres?- hizo una pausa.- Porque tenemos la obligación de guiar, perdonar y querer a toda la gente del mundo. Toda, por poco que sepamos de ellos. Y tú no eres ninguna excepción, Oren.
- Gracias, Elepé- se volvieron a abrazar.- Los ángeles guardianes existen.
- Lo sé.
Oren no podía definir de otra manera la silueta negra que le había protegido, aunque no pareciera un ángel. Le había salvado la vida dos veces, y había hecho su piel ignífuga para que no se quemara con la espada.
Aquella noche durmió como no lo había hecho en mucho tiempo.

No así Dornem. Cuando el asesino se puso en fuga, el mago atormentado se quitó la máscara. Nadie sabía quién era, así que no se fijarían demasiado en él; no le importaba.
Siguió al mago hasta su casa. Entraría por la ventana, pero solo necesitaba conocer la puerta: la magia del piromante le diría el resto.
Esperó a la noche. Uno de sus poderes más útiles consistía en la habilidad de poder disolverse en la oscuridad, deshacerse en ella, y en ese estado podía desplazarse a velocidades increíbles, traspasar el cristal y colarse por cualquier oquedad, por pequeña que fuera. Por eso el Gabinete nunca le intentaba atacar de noche, por eso podía haber viajado por todo el mundo en apenas dos semanas.
Se disolvió en la noche y entró por la ventana. Había una luz en la vivienda. Se puso la máscara y, con la ropa tejida en sombras, fue a la luz.
El mago estaba en la cocina, viendo un partido de fútbol europeo en la televisión. Dornem le cogió por debajo del hombro, le levantó de la silla y le tiró al suelo. Le propinó dos o tres patadas.
- Que no vuelva a oír que tocas a ese niño.
- Tengo una buena razón para matarle- jadeó el mago.
La cuarta fue para las costillas.
- Ningún asesinato es por una buena razón.
El piromante soltó una risa.
- ¿Seguro?- su acento al hablar inglés irritaba al mago.- Sé quién eres. Eres Dornem. Y tú seguramente no pienses eso.
Dornem se enfadó aún más. “¡Yo nunca quise convertirme en esto!” Se agachó y sintió con satisfacción la mandíbula del hombre bajo su brazo derecho.
- Pronto… lamentarás…-tosió y escupió sangre- haberle salvado.
- Y tú lo lamentarás aún antes si le matas.
Se levantó y empezó a irse. Pero entonces el mago dijo:
- Seguramente solo estés haciendo algo bueno para ver cómo te sientes al hacerlo.
Dornem se volvió con calma: parecía calmado cuando rebasaba cierto límite de ira.
- Vi que te dejaste la espada- se agachó y le cogió la mano derecha.- Te voy a hacer un favor.
- ¿De verdad?- su ironía era odiosa.
Dornem apretó la mano hasta que oyó un crujido.
- Ya no la necesitarás en mucho tiempo.
Dejó al mago gritando de dolor en el suelo. Puestos a hacer psicoanálisis barato, Dornem podría haberle dicho que se estaba proyectando a sí mismo en él. Que el dolor que le causaba al mago era el que querría causarse a sí mismo. Pero él no era ningún Freud.
Se fue y buscó un sitio bueno para hablar. Lo encontró: una alta azotea donde nadie le vería. Después fue a la casa de su protegido: su magia era tan característica que no necesitó ninguna información previa. Se coló por la ventana y estuvo en su habitación. Miró al chico: su rostro dormido mostraba una tranquilidad que Dornem había olvidado. Miró el cuarto, ya que sus poderes le permitían ver en la oscuridad, para buscar un trozo de papel. La decoración le pareció rara para un niño de diez años, pero no le dio más importancia. Cuando encontró el papel, grabó en él unas letras con sombras, y lo dejó en la mesilla del chico rubio.

En el ascensor, Oren Sylvan se movía inquieto. Eran las diez de la mañana, y Elepá le había dejado salir (“¡Espero que lo pases mejor que ayer!”, le había dicho sonriendo). La razón para salir era una nota cuyas letras de sombras se habían disipado nada más leerla, en la que ponía una dirección, una hora y una frase: “Nos vimos ayer”. La había visto al despertarse en su mesilla. Sabía que era de su ángel de la guarda, ya que había visto sus poderes, y estaba impaciente por llegar a la azotea. Finalmente, el ascensor se detuvo, y él salió. Subió el tramo final de escaleras y salió por una puerta de metal.
Le recibió la brisa jugueteando con su pelo. Al frente estaba una figura de espaldas. Era alta y negra, con sombrero. Su gabardina se movía con la brisa. No cabía duda, era él. Oren corrió y le abrazó.
- ¡Gracias, gracias, gracias!- exclamó.
El ángel le apartó muy bruscamente.
- ¡Eres tú! Me habías asustado- su tono se ensombreció.- Si supieras más de mí no dirías eso. No me lo merezco.
Se quitó el sombrero y la máscara, y su ropa se transformó. El ángel de la oscuridad pasó a ser un adolescente casi normal, porque era albino. Pero algo en sus pupilas no le convencía, como tampoco le convencía su última frase.
- ¿Por qué dices eso? Eres mi ángel de la guarda. Me salvaste la vida.
Una sonrisa triste cruzó el rostro del joven.
- No soy ningún ángel. Me llamo Dornem. ¿Nos sentamos?
Se sentaron de espaldas a la calle, apoyados en la baranda.
- ¿Quién eres- le preguntó Dornem,- y qué eres?
- Me llamo Oren Sylvan.
- ¿Nada más? ¿Nada especial?
- Bueno… Algunos dicen que hago magia. Yo no lo creo.
- Puedes hacerla. Lo sé- se anticipó- porque mis poderes me permiten sentirla.
- ¿Por qué decías que no merecías que te diera las gracias?
Dornem cerró los ojos y espiró fuertemente.
- He hecho cosas horribles. He matado a mucha gente.
Oren sintió el impulso de alejarse.
- Quédate. No te haré nada.
- ¿Cómo puedo estar seguro?
- Hace tiempo tuve un amigo. Una vez me pidió dos cosas. Me dijo: “En algún lugar del mundo hay un niño único. Encuéntralo y protégelo.”
- ¿Y la otra?
- Que le enterrara. Murió esa misma noche- estuvieron un rato en silencio.- No era humano, era una Bestia del viento. Era parecido a un grifo, pero negro y cubierto de plumas duras como el acero…
- ¿Y ese niño único soy yo?- interrumpió Oren.
- Sí.
- Pero hay más gente que puede hacer magia. ¿Por qué yo soy único?
- Esa es una buena pregunta. Quiero responderla. ¿Por qué me dabas antes las gracias?
- Me salvaste la vida dos veces.
- ¿Dos?- Dornem le miró sorprendido. Una ayer, pero la otra no fui yo. ¿Qué pasó?
¡No había sido él! Entonces, ¿qué le había salvado esa vez?
- Mató… mató a mis padres.
- ¿Quién?
- El hombre de ayer.
- Ah, ese. No te preocupes más por él.
Oren se tranquilizó: a pesar de lo que dijera Dornem, parecía que se podía confiar en él. Como decía Elepé: “Una persona arrepentida es alguien nuevo y mejor”.
La puerta de las escaleras se abrió.
- ¡Mierda!- exclamó Dornem, y se puso de pie.
Entraron diez hombres grandes y musculosos que parecían agentes de las películas americanas.
- Debería haberlo previsto… Lo siento, Oren.
Oren también se levantó. Dornem se puso su máscara y se transformó en el mago oscuro.
Entró una undécima agente, una mujer.
- ¡Tú!- exclamó Dornem.
- Sí, yo. Inesperado, ¿verdad? Bueno, chicos, ya conocéis las órdenes.
Un presentimiento le dijo a Oren que se tumbara, y al segundo siguiente, una ráfaga de balas alcanzó de lleno a Dornem, que cayó de rodillas.
- ¿Y el niño?- oyó a un agente.
- Le consideraremos cómplice.
Eso fue lo peor que podía oír Oren en ese momento. Salió corriendo, dando un rodeo para evitar a los hombres en un intento desesperado de llegar a la puerta. Pero un agente le cogió con un abrazo de oso. A Oren le dio un ataque de pánico: no quería morir, no quería volver a..
Sintió cómo algo en su interior se abría. Después, micho fuego. El agente le soltó gritando. Él no esperó, y se fue sin pensar demasiado en lo que acababa de pasar.
- ¿Y ahora qué?- dijo un agente mientras el otro se revolvía en el suelo para apagar las llamas que devoraban su ropa.
- Gajes del oficio, Martin. Acostúmbrate.
- Dejadle…- la voz de Dornem reflejaba el dolor que le habían provocado los disparos.- Está limpio como el agua.
- Quizá a él le dejemos ir, Jakob- respondió Rachel Smithson,- pero a ti, no.
- No- se levantó.- Yo me voy solo.
Se subió a la baranda, dio un paso hacia atrás y cayó de la azotea.
Responder
#5
4. Un cambio

Oren llegó jadeando a casa de Elepé. Decidió no decir nada: esta vez no traía signos evidentes de lo que había pasado.
- Hola- saludó.
- Hola, Oren. Mira, está aquí la señora Grenland. Quiere hablar contigo.
A Oren se le pusieron los pelos de punta: ¿qué querría?
Entró en la cocina, donde ya estaba Amelia.
- Cierra la puerta.
Oren no pudo evitar hacerlo. Entre su magia y su mirada, Oren creía que Grenland le iba a congelar. Pero hizo un gran esfuerzo y consiguió aparentar tranquilidad.
- ¿Qué pasa?
- Dornem.
Ninguna actuación podría haber ocultado su reacción. Se sintió como si le hubieran pillado robando, o algo peor.
- Está… está muerto- tartamudeó.- Vi cómo le disparaban.
- Muchos magos pueden sobrevivir a disparos. Él, desde luego. ¿En qué coño estabas pensando, reuniéndote con alguien buscado por el Gabinete?
Oren no tenía ni idea de lo que decía la maga, pero respondió con sinceridad:
- Él me estaba protegiendo.
- ¿Proteger? ¿Dornem, proteger? Puede que haya salvado tu vida alguna vez, pero si te sigues viendo con él es más probable que mueras. De hecho… ¿no has estado hoy a punto de morir?
- ¿Cómo lo sabes?- murmuró Oren.- Casi parece mi madre…- dijo para sí.
- Dornem lleva diecisiete años buscado por el Gabinete, y usa conjuros que impiden que envejezca. Su aspecto es conocido por muchísimos magos. Así que cuando estaba viniendo hacia aquí, le vi entrar en un edificio. Decidí ignorarlo, pero muy poco, demasiado poco después, entraste tú. Y lo de que casi te han matado… Hay cosas que no se olvidan. Creo que no tienes ni idea de lo que haces. Vas a ciegas en un camino con fuego a cada lado. Tienes que empezar a aprender, sobre la magia y sobre el mundo en que te mueves. Por eso, ya le he exigido al señor Pérez que te vengas a vivir conmigo.
- ¡No!- exclamó Oren.
Desde que se había recuperado del trauma, Oren anhelaba volver al colegio con sus amigos y a su club de esgrima: recuperar, en la medida de lo posible, su vida. Y ahora Amelia Grenland, aunque no lo había dicho definitivamente, se lo estaba quitando.
Recordó su primera charla con esa mujer, y solo pudo comprobar la certeza de sus palabras: “Pero la magia también quita. Y se paga cara.” Vaya si quitaba.
Oren decidió lanzar un último golpe a la desesperada.
- No podrás. Adoptarme te va a ser muy difícil, ¡y no llevarme al colegio es ilegal!
Amelia sonrió.
- Tendrías razón si no tuvieras magia. Pero la tienes, y las leyes que nos regulan a ti y a mí son muy distintas de las que regulan a la mayoría de la gente.
- Pero no sabes si tengo magia o no. Ayer dijiste que solo sospechabas.
- Pero hoy te has reunido con Dornem, que puede ver la magia. Buen intento, Oren.
Se fue, y Oren se quedó sin habla. En menos de un mes, su vida había cambiado demasiado demasiadas veces.
- Oren- Elepé entró a la cocina.- Me ha dicho que vayas esta tarde. Pero que sepas que me tienes aquí para lo que necesites.
Nada podía haberle enfadado más.
- ¡Necesito a alguien a quien contarle todo y tú no quieres oírme! ¡Por tu propio bien! ¡No eres un padre para todos, eres un egoísta!
Corrió y se encerró en el cuarto. Se tumbó en la cama, enterró la cara en la almohada y empezó a llorar. Todo el mundo parecía tener algo que decir, todos pedían a Oren que creyeran solo a ellos mientras condenaban a los demás. Todos eran titiriteros, y él, el único títere; que sólo podía ver, impotente, las luchas de los demás para hacerse con los hilos. Cuánto quitaba la magia: también se había cobrado su libertad.
Empezó a poner su ropa y sus pocas pertenencias en una maleta de Elepé: no había elección, y era lógico que junto a una maga estaría más seguro que allí.
La casa de Amelia Grenland distaba solo tres manzanas de la de Elepé, pero en el viaje, Oren dejó atrás una vida. Otra vez.
Se echó a temblar al pulsar el timbre. Abrió la puerta una mujer diferente: era idéntica a Amelia, y probablemente se llamara igual, pero la Amelia Grenland que Oren conocía era impecable: en el vestir, el moverse y el hablar. Pero esta estaba apoyada en el marco de la puerta, en pijama, y el maquillaje ya no disimulaba sus ojeras azuladas. Ante el cambio, Oren no supo decir nada.
- Hola- saludó.- Pasa, no muerdo. Deja aquí la maleta. Siéntate si quieres.
Oren no se sentó.
- Perdona por cómo he actuado estos días. En realidad, no soy tan brusca, ni tan borde. Tenía que imponerme ante ese cura, qué mal me cae… ¿Puedes perdonar lo mal que te he hablado?
- Me… me hablabas mal hasta cuando estábamos solos.
- Creo que el cura nos escuchaba.
“Te trataré bien, marionetita, ven conmigo.”
- Te… perdono- concedió el chico de ojos grises con cautela.
- Gracias. No tenemos por qué hablar ahora, ¿sabes? Tómate tu tiempo, come algo si quieres, mira la casa. Es muy espaciosa… demasiado para vivir sola.
Oren se percató del tono triste de Amelia al decir la última frase. Optó por la última alternativa.
Su casa tenía dos habitaciones, dos baños, un comedor, la cocina y una sala donde estaba todo el equipo informático. Las paredes estaban pintadas de colores no muy normales: naranja oscuro, o índigo. La decoración era un mosaico de piezas de muy distintas épocas y procedencias. Sin embargo, quizá de forma extraña, el conjunto era la casa más acogedora en la que Oren hubiera estado nunca.
- ¡Hora de comer!- anunció Amelia.
Su comida era como su casa: muy rara, pero sabía bien. El chico ya no sabía qué pensar de la maga: lo que había visto de ella en esa hora escasa había disminuido su temor y aumentado su afecto hacia ella. La preguntó si volvería al colegio: era ilegal que no fuera.
- Qué importa lo que sea legal o ilegal en los estados. A nosotros ni nos va ni nos viene.
Oren recordó que esa mañana la maga había hecho una alusión a algo parecido.
- ¿Por qué los magos no tenéis que ver con la política?
- Eso implicaría empezar tus lecciones de magia- el tono de Amelia era más alegre.- ¿Estás dispuesto?
La curiosidad mató al gato.
- Sí, por supuesto.
- Vale. Ponte cómodo. A ver por dónde empiezo… Hay magos en todo el mundo. Sin embargo, somos una minoría, apenas siete millones en toda la población mundial. Pero somos muy poderosos. Podríamos organizar golpes de estado y apoderarnos del mundo, o de algún país, como ya ha pasado muchas veces. Por eso, tras las catástrofes mágicas ocurridas en la Segunda Guerra Mundial, al crearse la ONU, se decidió hacer un departamento especial para regular los asuntos mágicos: el Gabinete.
¡Así que eso era el famoso Gabinete! Pero esos agentes…
- ¿El Gabinete no es como un servicio secreto?
- Solo sus fuerzas de acción. Bueno, pues en 1950, el Gabinete estableció una serie de leyes para los habitantes mágicos de todos los países, menos el país de Aho Shan.
- ¿Me las vas a decir?
- Por supuesto.
Oren se arrepintió de haber empezado: ahora tendría que escuchar una serie de largas y aburridas leyes.
- Primero: en todos los estados, menos el país de Aho Shan, el Estado no intervendrá en asuntos mágicos, ni los magos en asuntos de Estado.
- ¿Y no podéis trabajar?
- No tenemos nacionalidad. No en la mayoría de trabajos.
- ¿Y cómo os mantenéis?
- El Gabinete nos da un sueldo permanente.
- ¿Y en Aho Shan?
- Vaya, veo que aprendes. Pero te hablaré del país de Aho Shan tras acabar con las leyes. La segunda ley es que el Gabinete es la única autoridad superior a cualquier mago, menos los ciudadanos del país de Aho Shan. Y ya está.
- ¿Ya? ¿De verdad?- Amelia asintió.- ¿No hay leyes sobre mataros entre vosotros ni matar gente?
- Lo segundo entra en la primera ley. Sobre lo primero… A ver, matar no es moral, pero al Estado le da igual que nos matemos entre nosotros, y el Gabinete no investiga asesinatos, ni delitos, ni persigue delincuentes a no ser que sea algo muy gordo.
Si era así, ¿qué había hecho Dornem? Hasta él había dicho que había hecho cosas malas…
- ¿Y qué pasa con Aho Shan?
- El país de Aho Shan vendrá más tarde. Ahora deberías aprender un poco de magia práctica.
- ¿Cómo? No sé qué puedo hacer.
- No, pero lo averiguarás. Espérate.
Se fue, y tras un rato, volvió con dos grandes libros antiguos.
- Aquí están explicados los básicos de las disciplinas mágicas más importantes.
- ¿Y me lo leo todo, a ver qué puedo hacer?
- No, lee sólo el primer párrafo de cada cosa. Tu talento te llamará, es lo que más te va a interesar. Vamos a tu habitación.
La habitación de Oren tenía una gran ventana que daba a la calle. Estaba pintada de un color amarillo blanquecino. La decoración era bastante infantil. Había una cama, una silla y una mesa, sobre la que estaba…
Amelia la cogió rápidamente. Pero Oren había podido verla. Era una fotografía de un niño pequeño, con el pelo del color de la arena de la playa. La maga se fue, dejando a Oren solo ante unos antiguos libros.
Oren abrió el primero. La primera frase ya le desanimó: “De este impreso el único propósito es el de exponer las principales magias y explicar sus básicos.” Si todas las frases eran así, no podría ni aguantar un párrafo. Miró los títulos de las secciones: “Hidromancia”, “Criomancia”, “Piromancia”...
Le echó un vistazo a esto último, pero de nuevo el lenguaje le echó atrás. “Geomancia”, “Magias del bosque”, “Hemomancia”, “Magia lumínica elemental”...
Pasó al segundo libro.
“Magia de invocaciones”, “Magias del espacio”, “Transformismo”, “Simbolismo”...
¿No era el simbolismo una técnica artística? Sus padres, ambos historiadores del arte, le habían hablado siempre que iban a los museos del simbolismo de este cuadro o esa estatua…
“Dícese del simbolismo que es la magia de aquellos que pueden trazar variaciones con líneas tales que puedan ser estables, que tengan la capacidad de almacenar magia y que le den forma a la susodicha magia al ser liberada del conjunto de líneas, denominado símbolo…”
Oren ya estaba enganchado a la lectura. Además de eso, supo que los símbolos tenían dos componentes: forma y trazado. Averiguó que esto último era aportado por la magia del simbolista, y que determinaba la potencia del símbolo. También aprendió que los símbolos se recargaban en estado de reposo usando la magia del simbolista, y que se descargaban al usarlos; al contrario que los conjuros y hechizos, que absorbían y usaban la magia simultáneamente.
Cuando se quiso dar cuenta, Oren ya había leído dos páginas. Las siguientes eran los símbolos más básicos y la explicación de sus usos. Ahora solo necesitaba un “instrumento en extremo afilado, como los utensilios de los cirujanos o las espadas de los guerreros del Cipango que estos llaman katanas.
- ¡Oren! ¡Me voy a duchar!- dijo Amelia desde el baño.
“Perfecto”, pensó el chico.
Con un poco de dinero que tenía en la maleta, salió sin cerrar la puerta para no tener que abrirla al volver y corrió a través de la densa lluvia que había empezado a caer mientras él estaba enfrascado en la lectura; hasta llegar a una tienda de utensilios médicos. Allí compró un bisturí, y se sintió ligeramente orgulloso: conocía su barrio como la palma de su mano.
Y en tres días grabó dos símbolos en su cuerpo, uno en cada antebrazo.
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