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[Cuento de Fantasía épica] La cacería espejada
#1
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Queridos y queridas escritores/as, me dispongo a compartirles otra obra de mi autoría para que puedan leerla completa, si esta es de su agrado. Peca de ser bastante larga, así que mis pretensiones de que la lean toda no son tan altas, pero aun así les pido que le den una oportunidad y me dejen, en caso afirmativo, su valiosa opinión. Desde ya, muchas gracias; y sin más, les dejo el relato.
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#2
La cacería espejada




En una lejana tierra al norte del continente de Persial, un clan de enanos guerreros de gran renombre vivía en las montañas. Lo que se destacaba de estos enanos frente a las otras razas del continente era su respeto por la gloria y el honor. Un buen día, su líder de entonces, el Vey Rodost Barbanegra, ordenó que sonaran las trompetas de la tribu y convocó a todos sus seguidores para que se apresurasen a comenzar una extraña cacería. Los enanos pensaron que debía ser una cuestión de mucha importancia, porque el Vey pidió también ayuda a su experimentado hermano menor, Ladis Barbanegra. Y es que en verdad había sucedido algo grave. Rodost se vio afectado por una gran deshonra al enterarse que los seguidores del jefe trasgo Glitergix, unas alimañas detestadas por todas las razas civilizadas, se infiltraron de incógnito dentro de la montaña del Vey y secuestraron a su esposa, Miara, en medio de la noche. Cuando a la mañana siguiente la vergonzosa noticia se esparció, no sólo entre el clan de Rodost, sino por todos los otros clanes vecinos, nadie dudó que una catástrofe iría a desatarse, porque incluso entre los enanos más arrojados y temerarios del norte, la pasión con la que el Vey protegía su reputación era incomparable. Por eso, en el instante en el que el gran jefe se vio burlado por los trasgos, se apoderó de él un odio asesino, así que armó a todos sus guerreros y se lanzó a la carrera en pos de las criaturas. Tras un par de horas de búsqueda, Ladis dio con el rastro de Miara y los secuestradores apuntando hacia el sur. Entonces, seguro del éxito de la cacería, Ladis, Rodost y los enanos mantuvieron la vista en el árido sur y empezaron a cubrir millas y millas de distancia en un tiempo record, al ritmo de un trote incesante.

A la cabeza de la horda enana se ubicaba el Vey primero que nadie, y Ladis como segundo al mando. Los hermanos corrían hombro con hombro, lo que acentuaba la diferencia de tamaño entre los dos. Rodost era tres veces más ancho que Ladis y además lo doblaba en altura. El Vey era un enano gigantesco desde todo punto de vista; tan enorme como su amor propio.
La persecución había conducido a los enanos a un territorio poco transitado, en una meseta a los pies de las montañas, y la posibilidad de encontrarse con clanes que no toleraban una contingencia tan grande de extranjeros era muy alta.

—Hermano, aguarda —dijo Ladis llegando desde la parte de atrás de la columna—. Tenemos que hacer un alto. Vamos a tener que buscar alguna aldea para reabastecernos.

Rodost torció el cuello grueso como un tronco hacia su hermano y preguntó:

—¿De qué hablas, Ladis? ¿Cómo puede ser que ya estemos escasos de víveres? ¿Cuántas bolsas de grano se empacaron?
—Acabo de hablar con la retaguardia. Por alguna razón la mayoría de las bolsas de grano que cargamos son de la estación pasada y se han echado a perder. Las que contienen todavía alimento comestible durarán para dos días a lo sumo.

Los ojos de Rodost se volvieron dos finas líneas.

—¿Quién es el responsable de este descuido?

—Acabo de enterarme que Pernnie, el encargado de siempre, murió en la última batalla. Así que lo más fácil fue dejar a cargo a su ayudante.

—Haremos un alto aquí mismo. Ordena que traigan a ese ayudante a mi tienda.

—Sí, hermano.

Con el campamento levantado, Ladis fue a buscar al encargado de las carretas de provisiones. El joven se llamaba Carst. El general enano le avisó que el Vey quería verlo de inmediato y al joven le cruzó una sombra de duda, pero como fiel servidor de su líder, si lo pensó, al menos no hizo ademán de protesta. Así, los dos volvieron en silencio a la tienda del jefe.

—¿Quería verme, Vey Rodost? —preguntó con timidez el joven carretero, haciendo una reverencia.
No importaba que estuviera inclinado hacia adelante, la imponencia de Rodost era tan abrumadora que su cabeza se cernía muy por encima de la de su seguidor. El Vey no respondió de inmediato. Se tomó mucho tiempo para contemplar al joven y perforarlo con una mirada de desprecio. Ladis aprovechó la tensión para observar una docena de bolsas de grano malolientes a un costado.

—¿Cómo te llamas, hijo? —dijo por último el gran jefe.

—Carst, Vey.

—Me has deshonrado, carretero. ¿Lo sabes, no?

Como intuyendo que esas palabras significaban algo terrible, Carst se arrodilló en el suelo y comenzó a temblar.

—Oh, piedad, Vey, piedad. Fue un error de cálculo, no tomé en cuenta que el grano ya estaría estropeado. Algún descuidado lo mezcló con el grano nuevo y lo cargó en las carretas. No revisé. Yo…

—¡Silencio! —lo calló el Vey—. No des excusas. La culpa que carga tu nombre te seguirá hasta la muerte, y bien sabemos por qué será. Has hecho mal tu trabajo —y señaló al montículo de bolsas de grano rancio—. Eras el responsable de algo tan importante como las provisiones y ahora tu error retrasará mi venganza. ¿Entiendes lo que digo? Me veré obligado a desviar la ruta o, en el peor de los casos, ordenar que regresemos a las montañas del norte. ¡Y volveré a hacer el ridículo! Más de lo que ese condenado líder trasgo me ha difamado ya. Los enanos guerreros no toleramos la deshonra. ¡Yo no la tolero!

Con un rugido colérico y gutural, Rodost se paró frente al atemorizado joven, y empuñando su masivo martillo, lo descargó con furia sobre la frente del humilde Carst, aplastándosela.

El joven enano no había podido hacer nada para reaccionar. Levantó en un acto reflejo los brazos para cubrirse la cabeza, pero de nada le sirvió. Su cadáver mutilado cayó inerte, hacia adelante. Ladis, con una leve mueca de reproche, se frotó la mano por el pecho para limpiarse la sangre y las astillas de hueso que se le habían pegado al cuero de la armadura.

—Saquen esto de aquí y tápenlo con esas bolsas de grano —dijo Rodost a los centinelas de la tienda, apuntando al cuerpo—. Que los costales se conviertan en su tumba y le recuerden para siempre el fracaso que lo llevó a su ruina.

       Rodost ya no mostraba agitación, pero Ladis sabía que por dentro su hermano borboteaba con una rabia sísmica.

Mientras se llevaban el cuerpo del joven, llegó corriendo a la tienda del jefe uno de los exploradores del clan.

—Vey, terminamos de verificar los alrededores.

—Más vale que me traigas buenas noticias —respondió el Vey, limpiándose la sangre de la barba con el dorso del guante.

—Descubrimos una pequeña aldea, dos millas ladera abajo. Por los cuernos que adornan las viviendas, creemos que pertenecen a una tribu orca.

Ladis miró a su hermano y Rodost lo miró a él. Entonces el Vey dijo:

—Puede que la venganza no necesite ser retrasada.


A los enanos les fue muy fácil tomar la aldea. Todos sabían que los orcos eran en general un pueblo duro y aguerrido, pero el asentamiento no albergaría más de cincuenta pobladores, y con todo eso, además habían sido atacados en una noche sin luna. Rodost y Ladis, haciendo honor a su reputación, los arrasaron en una oleada violenta, matando a todos sus guerreros y arqueros antes que pudiesen organizar una defensa. Y eso fue todo. Los dos días siguientes los enanos se abocaron tan rápido como podían a la tarea de reaprovisionarse. Vaciaron las despensas orcas, desraizaron las verduras de los huertos y carnearon el ganado que encontraron en los establos. Ladis por su parte descubrió una contingencia de prisioneros en una de las viviendas y se encargó de juntarlos y tenerlos controlados. Rodost aplaudió el hallazgo de su hermano y proclamó que serían vendidos por una jugosa fortuna. Y su felicidad tenía sustento. Entre los cautivos de los orcos habían encontrado a una mujer de raza élfica. En el mercado de esclavos, tan común en esa tierra, los elfos eran muy buscados por humanos de gran poder adquisitivo, porque dentro de sus círculos estaba muy bien visto tener al menos uno bajo custodia. Esta gente los empleaba, más veces que menos, en calidad de sirvientes, ya que los elfos embellecían con su encantadora presencia todo lugar donde residiesen. Pero lo que Ladis no había contado es que, en ese corto tiempo, la elfa se hubiese convertido en alguien tan cercano a él, porque eso fue lo que sucedió. Sabía que el acercamiento le traería problemas en el futuro, y el primero de ellos ya estaba operando en él, pues, apenas horas más tarde de conocer a la elfa, la orden de su querido hermano le fue desagradando cada vez más. Lo cierto es que por dentro ya había tomado una decisión.

—Tu barba me pincha —dijo Namia reprimiendo una risita.

—¿Y eso que significa, que debería cortarla?

Ladis se incorporó en la cama y ojeó a la elfa. Los pechos turgentes y caderas voluptuosas provocaban que la energía masculina de su cuerpo despertara otra vez. Pero sentía que debía protestar.

—Nunca le pidas a un enano que se corte la barba —dijo, mitad divertido, mitad serio.

—Nunca, tonto — dijo la elfa, y trepando sobre el enano le plantó un sonoro beso en la boca, que se transformó pronto en un ligero ondular de lenguas húmedas.

Ladis cerró los ojos y se dejó aprisionar entre la cortina de cabello rubio, el aliento tibio y perfumado y los vapores arremolinándose entre el espacio de sus cuerpos. El enano cedió a la derrota sin dar pelea, más vulnerable bajo el poder de esa mujer que en cualquier batalla que hubiese tomado parte en el pasado. Había aprendido que a Namia le gustaba provocarlo, pero aun así se sorprendió cuando la elfa dejó de besarlo y lo privó del bienestar del contacto de ella.

—Oh, esta vez has ido demasiado lejos. —Pero Ladis no siguió bromeando. Namia lo contemplaba con una mirada de ternura, sosteniendo la vista en los ojos de él—. ¿Qué tienes, Namia?

—Gracias —le respondió la elfa.

Ladis entendió sin necesidad de ponerse a pensar.

—No tienes por qué decir eso. Creí que sabías que estamos sólo de paso. Fue una casualidad.

—Aun así. Los orcos me iban a matar, o peor, me venderían a los trasgos. ¿Tienes idea de lo crueles que son los trasgos?

—Sí, lo sé muy bien. Nosotros estamos persiguiendo seguidores de uno de sus líderes más importantes.

Namia abrió los ojos bien grandes, dejando entrever el impacto de incredulidad.

—No hablas en serio…

—Sí, es cierto. Mañana retomamos la cacería contra varios trasgos que sabemos que pertenecen al clan de Glitergix.
La elfa se alejó de Ladis y le dijo con un dejo de advertencia:

—Me dejas intranquila, Ladis. Los elfos verdes conocemos la reputación de Glitergix. Su clan es más numeroso que el de tu hermano y he oído que su forma de combatir es extraña…

El enano dudó por un instante, pero recobrándose dijo:

—¿Qué? ¿No confías en mí o en mis guerreros? ¿Crees que el ejército de los trasgos puede llegar a vencernos? Tranquilízate. No vamos a pelear con todos ellos, ya te dije que sólo estamos buscando unos pocos culpables.

—¿Culpables?, ¿de qué? ¿Qué hicieron?

—No sé si está bien que te lo diga —contestó el enano con gravedad.

Ante el leve reproche de Ladis, Namia quedó en silencio, azorada. Entonces, El enano, sintiéndose culpable dijo:

—Oh, Namia, no puedo tratarte de esta manera. Mira, jamás he dicho esto a nadie, pero siento que te conozco desde toda la vida, por eso no tengo dudas de que puedo confiar en ti.

Namia sonrió pero no dijo nada.

       El enano se incorporó una vez más, porque el tema del que hablaría era delicado. Luego se aclaró la garganta y frunció el ceño.

       —Escucha, hace dos años mi hermano buscaba aliarse con el resto de los jefes enanos para unificar a los pueblos del norte—. Para lograrlo, como muestra de buena voluntad para formar una alianza con dos de esos clanes, desafió al trasgo Solvorgix y lo enfrentó. Solvorgix era el antiguo jefe de los trasgos sureños, y también el padre de Glitergix. Rodost aplastó a su ejército en una batalla a campo abierto y le cortó la cabeza como trofeo. Al regresar, se trajo el cráneo de Solvorgix al norte y dejó que las otras dos tribus enanas lo utilizaran como una bacineta.

Namia no demostró ni asco ni alegría por lo relatado, sino más bien curiosidad.

      —Ya veo, ¿pero por qué quiere tu hermano destruir a los trasgos ahora?

      —Hace poco, nos enteramos que estos últimos dos años su hijo Glitergix estuvo fraguando una venganza contra Rodost. El jefe trasgo secuestró a Miara, su mujer y mi cuñada, bajo nuestras propias narices y de esa forma lo humilló. En la habitación dejó una bandera de los trasgos sureños, lo que nos hizo entender quien había sido el culpable. Apuesto la cabeza a que Glitergix sabía que mi hermano hace años aspira a convertirse en jefe absoluto de todos los clanes del norte. Ahora que lo pienso, creo que fue una movida muy astuta de su parte. La unificación de las tribus enanas bajo el estandarte de un solo jefe es una ambición que a Rodost le está trayendo muchos dolores de cabeza, y ahora, hasta que este problema no se resuelva, será directamente imposible. Al menos no sin una venganza, porque ¿quién confiaría en un líder guerrero que no puede proteger a su propia esposa? —Ladis dejó escapar un prolongado suspiro—. Pero todo lo dicho aparte, creo que lo que más atormenta a Rodost es la mancha en su reputación.

—¿De qué hablas?

—No conoces a Rodost. Sé que no tiene ambición más alta que la de ser inmortalizado en las canciones de nuestro pueblo, junto con los grandes héroes de las leyendas. Él no se lo ha dicho a nadie,  pero yo lo he oído hablar en sueños. Quiere ser recordado por toda la eternidad cuando su cuerpo ya no esté en este mundo.

—Eso explica muchas cosas —contestó la elfa, pensativa—. Querido, tengo una pregunta que ha estado molestándome desde que tú y el Vey llegaron a la aldea.

—Dime, Namia.

—¿Por qué tu hermano duplica en tamaño a cualquier enano que haya visto antes? No te lo tomes a mal, pero él no parece un enano normal.

—¿Todavía no te has dado cuenta? —preguntó Ladis, haciendo una mueca burlona.

Namia negó con vehemencia.

—Rodost es mitad ogro, querida. Su madre era un ogro de quien mi padre se enamoró. La conoció en una sus exploraciones en las montañas.

—Estás bromeando.

—Lo juro por mi la longitud de mi barba. Creo que de allí heredó mucho de su instinto salvaje.

Namia observó a Ladis con una mirada extraña.

—Puede ser que tu hermano sea muy fuerte, pero yo sé a quién prefiero, y por mucho. Tú no eres un salvaje, eres la persona más tierna que conozco —dijo la elfa, cruzándose de brazos.

Ladis le sonrió con indulgencia.

       —Eso es porque no me has visto combatir. Los enanos podemos ser temibles cuando nos presionan.

Como si Ladis hubiese dicho algo malo, la cara de Namia sufrió un cambio. Las facciones se le volvieron largas y sus ojos comenzaron a lagrimear.

—Ladis, ¿qué es lo que tu clan hará conmigo? ¿Me venderán a los hombres junto con el resto de los esclavos, como dice tu hermano?

—No te preocupes —la tranquilizó el enano, apoyándole una mano en el hombro—. No importa cuánto oro puedan pagar esos humanos del oeste por tenerte como sirvienta. A ti no te tocara nadie. Ni siquiera Rodost.

Namia se acercó a Ladis y dejó descansar la cabeza en su pecho.

—No dejes que me lleven —susurró la elfa.

Ladis envolvió a Namia en sus cortos pero poderosos brazos y dijo:

       —No los dejaré.

Al día siguiente, con las carretas llenas de carne seca, verduras y cidra, el ejército de Rodost reanudó la travesía por las tierras neutrales del sur. Una pequeña compañía de enanos ágiles se apartó del grueso del ejército, virando hacia el oeste. A este pequeño grupo se le encargó que condujera en una carreta a los esclavos encontrados en la aldea orca hasta la ciudad más cercana, para que fueran vendidos en el mercado.

       El problema de las provisiones había retrasado bastante los planes de Rodost. Ahora intentaba, con el ánimo intranquilo, recuperar la distancia que los trasgos habían ganado, marchando de sol a luna y descansando antes que el sol volviera a aparecer. Al retomar la marcha tuvieron problemas para encontrar una vez más el rastro de pies deformes en la tierra dura, porque el clima árido y ventoso deshacía en pocas horas cualquier tipo de huella. Por fortuna la habilidad de los exploradores enanos volvió a colocarlos en la dirección correcta, comentando que las pisadas de los trasgos tenían, como habían pensado, más de dos días de antigüedad.

       Así fue que con cada nuevo día de persecución, los enanos se acercaron más y más al infame pantano de Degrosk. Cinco días después de la partida desde la aldea orca, alcanzaron a ver las mustias copas de unos árboles enfermos, rodeados de tierra yerma. El rastro de las presas se dirigía en línea recta hasta los árboles y se perdía en su espesura enmarañada.

       Se conocían historias perturbadoras sobre este pantano. A los pueblos vecinos de la región les llegaban noticias constantes de avistamientos de trasgos, pero ninguno podía asegurar la razón, porque nadie estaba dispuesto a averiguar si las historias eran ciertas o puras fantasías. Los más osados atrevían a asegurar que una antigua fortaleza de esas alimañas se escondía en el centro de la traicionera ciénaga, y que había que destruirla por el bien de todos, pero pocos prestaban atención a las palabras de estos alborotadores.

       De pie, bajo los rayos agobiantes del sol, contemplando en silencio la maraña amenazante de árboles, ningún enano tuvo la menor duda de que la esposa del gran jefe estaba allí dentro.

—Hermano, espera. Si los trasgos han venido hasta aquí es porque seguramente sienten que tendrán una ventaja. Puede que estén pensando en tendernos una trampa.

       Las palabras de Ladis sonaban carentes de sentido a los oídos de su hermano. Y no sólo a él, sino también a muchos de los otros enanos. Era ridículo para ellos quedarse parados sin hacer nada, como damiselas indecisas. Estaban acostumbrados a pelear de frente y rechazaban cualquier otra forma de arte de guerra. Así fue como el Vey entendió la pasividad de los captores de su esposa como una muestra de cobardía.

—¡Oídme, enanos! —gritó Rodost, dando la espalda a la ciénaga y mirando a las filas de enanos—. Los trasgos han cometido un grave error al esconderse en este pantano. Nos han conducido hasta este lugar hediondo, digno de los de su especie. No esperaría menos de los seguidores del maldito Glitergix, al cual juré matar con mis propias manos por haberse burlado de mí. Y ya ven, no tienen el valor para salir de su escondrijo y dar la cara. Pues que así sea, ¡los sacaremos de la ratonera para que supliquen, antes que los despedacemos!

       Y así se internó la compañía de Rodost en la penumbra de Degrosk. Tuvieron que transcurrir dos días más de marcha forzada, para que su horda llegara hasta el centro. Los pozos de lodo y la excesiva maleza era un inconveniente que ninguno de ellos había previsto. La dificultad para avanzar a buena velocidad era considerable. En algún momento, mientras avanzaban por los tortuosos senderos, Ladis y su compañía comenzó a retrasarse. Antes que el general se diera cuenta, la retaguardia de Rodost se había perdido en el frente. El motivo de esta imprudente división había sido un aparente capricho del general enano, quien había ordenado, sin aceptar protestas, llevar una de las carretas de provisiones dentro de la ciénaga, a pesar de la decisión de Rodost de cargar con raciones únicamente en las mochilas. Lo cierto es que Ladis ocultaba de contrabando en el carro a la elfa Namia. Ladis no pudo pensar en otra mejor forma de traerla consigo sin tener que enfrentarse a su hermano y sus seguidores. Pero mientras las horas desde la última vez que habían visto a Rodost se iban acumulando, Ladis empezaba a estar cada vez más intranquilo sobre la decisión que había tomado.

       En el tercer día desde que ingresaron en Degrosk, el centro del pantano ahora se encontraba apenas a un par horas. Pero la retaguardia del ejército del Vey seguía sin aparecer.

—Pensé que me esperaría —murmuró Ladis con preocupación.

Un enano que había ido a explorar el frente regresó con noticias. Había corrido mucho, pues se lo veía muy agitado y con cara de horror.

—¡Señor, tengo algo muy importante que decirle!

—Habla, Terbus. ¿Qué sucede?

—A doscientos metros de aquí encontré un sitio donde puede verse la cima de una fortaleza a lo lejos.

       —Entonces las historias son ciertas —dijo Ladis—. Existe una fortaleza de trasgos aquí. Tal vez ya estemos en una trampa y, ¡demonios!, en estos momentos Rodost puede estar corriendo un gran peligro. Dime, Terbus. ¿Has localizado señales del Vey, de Miara o de alguna contingencia de tragos?

—Eso quería decirle, general —contestó el enano, con miedo en los ojos—. No vi a ninguno de los nuestros por el camino, pero sí encontré sus huellas, y van directamente hasta la fortaleza y…

—¿Y? —lo animó Ladis, suponiendo lo peor.

       —…Y además hay pisadas de trasgo por todas partes.

—Mierda. Es evidente que Rodost halló la fortaleza y la atacó sin esperarme. Pero es imposible que lo hayan vencido. —Ladis se sumió en silencio y pensó la siguiente acción—. No hay tiempo que perder, vayamos hacia allí y consigamos la cabeza de todos los trasgos ilusos que creen que nos tienen en sus garras.

—¿Usted cree que los trasgos sabían que vendríamos?

       —Sí. Temo que Glitergix tenga más que ver en esto de lo que imaginábamos. Pero basta. Después nos preocuparemos por los demás problemas. No tiene sentido que nos escondamos entre los árboles, somos muy numerosos. Todavía no lo creo, pero si le han hecho daño a mi hermano, lo pagarán.

Ladis se volvió hacia su tropa con el hacha de guerra en mano y ordenó que cumplieran con lo que un enano guerrero nace sabiendo—: ¡Enanos de mi sangre, prepárense para combatir! ¡Hoy es el día que por fin haremos rodar cabezas trasgas!

Los enanos trotaban con tanta resolución que el suelo del pantano de Dregosk retumbaba hasta sus mismos bordes. No habían pasado ni veinte minutos de marcha cuando la hueste alcanzó el claro donde se levantaba la fortaleza.

      Las noticias de presencia trasgas en el pantano no eran del todo ciertas; habían errado por mucho la cantidad. Frente a los enanos había miles de trasgos. Verdes, feos y narigones. Tan alto era su número que llenaban tres cuartas partes del extenso claro. Las criaturillas se encontraban alrededor de una fortaleza de piedra y madera, recubierta con un muro circular. La mera visión de semejante multitud de criaturas repugnantes y gritonas removió en Ladis un odio adormecido. Cuando los trasgos vieron a la hueste de enanos aparecer de entre la maleza, lanzaron gritos estridentes y comenzaron a hacer una extraña danza de guerra. No alcanzándoles con eso, provocaron a los recién llegados sacándoles las lenguas y haciéndoles gestos muy obscenos. Pero Ladis no prestaba atención a esa trivialidad. A los pies de las alimañas danzarinas yacían muchísimos cadáveres de trasgos, una situación que dificultaría a cualquier raza decente ponerse en humor festivo. Pero no fue eso lo que tomó por sorpresa a Ladis y lo llenó de angustia. Dentro de una fosa, en un costado del claro, apilados estaban los enanos del Vey: todos muertos. Haciéndole surgir un alivio y una duda latente al mismo tiempo, el líder enano no consiguió avistar entre los cadáveres el enorme cuerpo de Rodost.

Ladis sintió entonces emerger una cólera que le infundía la fuerza para resistir cualquier daga de hueso trasga o el veneno más negro de sus puntas de flecha.

—¡Enanos, pulvericemos la carne de estos malnacidos hasta que sólo sean un charco de sangre! —gritó Ladis, con la barba manchada por la espuma que comenzaba a salir de su boca. De haberlo visto, Namia se hubiese aterrorizado—. Por Rodost, por nuestro Vey. ¡ATAQUEN! —Y tras prorrumpir en un rugido de intensidad bestial, se lanzó sin reparos contra la legión de interminables criaturillas.

Acompañando el aullido de su general, las tropas enanas imitaron a su líder, con los escudos de metal firmes a los costados y los martillos y hachas balanceándose por detrás de los cascos de cuerno.

—¡Enanos estúpidos, morirán! —gritaron en respuesta los generales trasgos, y dieron una señal levantando al cielo los sables de hierro negro.

Mientras los enanos corrían desenfrenados, el cielo de la tarde se sumió en la oscuridad y Ladis y los suyos fueron recibidos por una lluvia de flechas interminables, lanzadas por los arqueros trasgos. Muchos de los proyectiles fallaban su objetivo al rebotar en los escudos y armaduras de acero, o lacerando brazos y piernas. Este tipo de heridas no era un problema para los enanos, pero había flechas que alcanzaron a los enanos en los ojos o la boca y terminaron para siempre la implacable carrera de representantes de tan estoica raza.

El anhelo de matar aumentaba con cada flechazo que los enanos recibían. La furia de la muerte de sus hermanos caídos les alargaba los pasos y les elevaba el pecho. Ladis fue el primero de la vanguardia en alcanzar las huestes trasgas. Blandiendo su hacha como un torbellino delante de su cuerpo, cortó enemigos en pedazos, haciéndolos volar en todas direcciones. El resto de la hueste cargó contra la primera línea trasga y los oponentes se trabaron en un chispeo de metales, hachas contra cimitarras. Los trasgos tenían la sórdida ventaja de ser el triple de tropas que sus enemigos, pero ninguno de esos diablos raquíticos —aunque crueles y sanguinarios— podía igualar las proezas físicas del clan guerrero de las montañas.

Los enanos despacharon con mortal rapidez la primera línea de defensa. El siguiente turno les tocó a los arqueros, que tontamente habían quedado en el exterior del fuerte para unirse al despojo de posesiones de los enanos caídos bajo el mando de Rodost. Defendiéndose en la corta distancia sólo con dagas y cuchillos, los arqueros trasgos fueron aplastados, masacrados y decapitados en una orgía de sangre negra.

       La balanza se inclinaba en favor los enardecidos enanos, pero entonces retumbó el cuerno de guerra trasga y su inercia fue detenida. Ladis y los suyos presintieron la inminencia de un gran peligro y levantaron la cabeza hacia el fuerte. Entre los ecos de guerra, surgiendo como sombras abominables desde lo alto del muro, cayó en medio del campo de batalla la artillería pesada trasga: los cornullones.

—¿Qué mierda son esos? —preguntaron varios enanos.

—¡Cornullones, cornullones! —se oía clamar a los trasgos.

—¡Son ranas gigantes!

—No, tienen más pinta de sapos.

—Qué importa, idiota. Córtales las patas.

—¡Cuidado con las lenguas!

Las bestias llamadas cornullones parecían sapos gigantes de lenguas larguísimas terminadas en una punta de cuerno. Las mismas criaturas eran jineteadas por arqueros montados, preparados para pelear en el frente de batalla sin ser  vulnerables a la infantería enemiga. Antes que los enanos pudiesen clavarlas con las hachas, los batracios se impulsaban en el aire con sus poderosas patas y desenrollaban la babosa lengua buscando a sus enemigos. Cuando algún guerrero barbudo era alcanzado por el repugnante apéndice, la armadura, ropas, carne y hueso, eran atravesados para salir, junto con torrente de sangre, por el otro lado. Como si eso no fuera suficiente, cuando los cornullones volvían a caer al suelo, debido a su gran tamaño aplastaban sin dificultad cinco o seis enanos la vez.

       —¡General Ladis, nos están barriendo! —gritaba el explorador Terbus.

       Ladis quería evitar por todos los medios la desmoralización de sus tropas.

—¡Atención, mis enanos, cuando las bestias den un salto aléjense de ellas y cuídense por todos los medios de no ser tocados por sus lenguas! ¡Pero no se desconcentren, deben anticipar el lugar donde caerán, y en el momento que toquen el suelo, aprovechar a atacarles el vientre sin piedad! —ordenó.

Obedeciendo las indicaciones de su general, los enanos reorganizaron una nueva táctica. Aguardaron con los sentidos alerta a que los cornullones volvieran a atacar. Las bestias cargaron contra los enanos, se impulsaron cinco metros en el aire y expulsaron los mortales lengüetazos. Los guerreros barbudos no se dejaron intimidar y esquivaron las lenguas lo mejor que podían. Entonces, cuando las ranas intentaron aplastarlos y quedaron al alcance de sus mazas y hachas, los enanos atacaron los vientres de las criaturas una y otra vez, intentando impedir que escaparan en el aire. Tanto fue su afán de vencerlas, que los ataques abrieron en el vientre de los cornullones profundos agujeros, por donde se les escaparon las tripas.

—¡Sigan, sigan así, enanos! —rugía Ladis, bañado en sangre de la cabeza a los pies.

       Repitiendo esa agotadora táctica que no siempre funcionaba, en la que había que moverse y gastar energía de forma constante, los enanos consiguieron, tras muchas bajas, eliminar a todos los batracios.



       La luna alumbraba con un fulgor plateado todo el claro cuando, rodeados de columnas de cuerpos, la veintena de enanos sobrevivientes pudo por fin bajar las mazas y los escudos. No quedaba ningún rastro de trasgos con vida. La refriega había continuado por horas enteras y la cantidad de cadáveres en ese momento ascendía a cantidades difíciles de soportar con la vista. El flujo caótico de la batalla parecía haber formado, como si fuera una broma, montañas de cuerpos entremezclados de enanos y trasgos.

       Ladis permitió que descansaran cinco minutos y organizó el plan que seguirían momentos después.

       —Escúchenme bien. Ustedes diez vigilaran cualquier movimiento extraño, escondidos entre los árboles hasta que regresemos. Intenten ubicarse en una posición favorable para no perder ningún detalle del claro. Los demás entraremos al fuerte a ver que ha sido de Rodost. Por el honor de mi hermano me reservo la cabeza de Glitergix para mí, si lo encontramos. Ahora vamos.

       El gran jefe trasgo no había sido visto en la batalla y eso significaba que podía ser que estuviera esperándolos dentro del fuerte.

       Más cansados que antes de interrumpir el combate, Ladis y los enanos encararon la puerta del fuerte y le propinaron golpes secos con enormes hachas de dos manos. Los impactos en la madera fueron tan pesados que en segundos los goznes del portón se doblaron y cedieron. La puerta cayó hacia adentro y envolvió al pequeño grupo en una nube de polvo. Cuando la nube se disipó, en el fondo del salón de piedra, ya preparado para defenderse, estaba la criatura más despreciada por el clan de los enanos: Glitergix. El gran jefe trasgo aguardaba con aire tranquilo sobre un pequeño cornullón del tamaño de un caballo. A su alrededor le protegían una veintena de piqueros trasgos de aspecto cruel. Era imposible confundir al jefe trasgo con el resto de su ejército debido al cráneo de jabalí pintado con símbolos rojos, adornando su cabeza. A un costado del salón, ajena a todo y atada con grilletes, una corpulenta figura yacía encogida e inmóvil en el suelo de piedra. Ladis dejó escapar una exclamación de asombro. La figura no era otra que Rodost, y parecía que lo habían  torturado a golpes. El Vey estaba tan lleno de magullones y con la cara manchada por su propia sangre que la única forma que supo que estaba viendo a su hermano fue por su inconfundible tamaño. Pero las sorpresas no terminaban allí, porque detrás de dos piqueros, amarrada con cuerdas, se encontraba la persona por la que se había desatado la cacería en primer lugar.

       —Miara…

       Miara había sido amordazada y como gesto del todo innecesario, un piquero le apoyaba una lanza, carcomida por el óxido y en ángulo oblicuo, sobre la garganta.

       La esposa del Vey estaba viva, y esa certeza infundió ánimos en los enanos, quienes comenzaron a llamarla por su nombre. Fue entonces cuando el gran trasgo interrumpió la algarabía.

—Por fin —dijo—. Tú debes ser el hermano del gigantón.

Ladis alzó la mano a los suyos pidiendo silencio.

—Glitergix.

—Ssí, enano, Yo. El trasgo que venció al Vey Rodost. Pero antes que sigamos adelante, seré piadoso, y en vez de matarte, te ofreceré un trato.

—No hago tratos con los de tu especie.

Glitergix frunció la enorme nariz ganchuda.

—Esstúpido, la vida de los tuyos pende de un hilo. No te conviene soltar palabras a la ligera —escupió el gran trasgo—. Ahora presta atención. Como acto de buena voluntad tengo pensado regresar a la enana secuestrada. —dicho eso los enanos se miraron, incrédulos—. Lo único que pido a cambio, es que retires todas las fuerzas enanas de Degrosk.

—¿Qué hay de Rodost? —preguntó Ladis, sin demostrar emoción alguna.

—Él no es parte del trato. El cerdo volverá a mi tierra para pagar la deuda que contrajo al matar a mi padre… y por todo lo que hizo con su cabeza. Cuando haya terminado de ajustar cuentas con él, le cortaré personalmente la garganta. Su muerte será mi recompensa y la deuda estará saldada.

Ladis cerró el puño y gruñó sin poder contenerse:

—¿Qué sabes tú de saldar deudas, alimaña rastrera? ¿Cómo se te ocurre hablar de honor después de lo que has hecho?

A una señal del gran trasgo, un piquero se acercó hasta el Vey y le clavó la lanza en el hombro. Después de esto comenzó a zarandear el asta violentamente. Los enanos quisieron ir en su auxilio, pero fue el mismo Ladis quien los detuvo.

—¡ALTO! —exclamó.

—Pero señor… —quiso protestar el explorador.

—Ten fe, Terbus.

       El Vey no dormía ni tampoco estaba desmayado. Sus ojos azabaches estaban clavados en los enanos, y brillaban con un fuego intenso. A pesar de estar siendo mutilado por una lanza, no dejó escapar el más mínimo sonido, ni tampoco cambió de expresión. Eso era suficiente para su hermano.

—Esto es innecesario, Glitergix. No lograrás que mi hermano grite, y menos aún que suplique por su vida.

—¡Eso se verá! —gruñó el gran trasgo. Hizo una señal y el piquero retiró la lanza—. Ahora dejemos de perder el tiempo y dame tu respuesta de una vez.

Ladis balanceó la cabeza de lado a lado, muy despacio.

—No puedo aceptar tus términos. No me iré sin mi hermano.

La mueca de disgusto de Glitergix se tornó entonces en una sonrisa.

—Bueno, ¿y qué pasaría si mejoro la oferta?

  A señal del líder trasgo, un piquero fue hasta una habitación aledaña y trajo a la rastra a una mujer que no era ni trasga ni enana. Cuando Ladis reconoció la cabellera dorada y esas orejas puntiagudas y delicadas, la fuerza colérica que lo había llevado hasta allí se congeló hasta quebrarse, y en su lugar empezó a crecer un sentimiento parecido al miedo.

—Curioso lo que esta chica tuvo para decir cuando la capturamos —comentó Glitergix—. La encontramos dentro de una carreta protegida por un pequeño grupo de enanos, antes de que les diésemos muerte. Al principio la zorra se negó a hablar con mis hombres, pero cuando la trajeron pude persuadirla utilizando los métodos de mi raza. Queríamos que nos explique qué hacía una elfa verde junto a un grupo tan dispar como lo es una hueste enana.

Los dolores de pecho y el zumbar de los oídos, acompañaban a Ladis en el trance que le había provocado la visión de Namia hecha prisionera. No podía sacar la vista de la elfa.

—Déjala ir —pudo por fin articular con los dientes apretados, tras un grandísimo esfuerzo.

—Eso es lo que pretendo —respondió Glitergix con un tono peligroso de voz—. Sólo dame tu palabra de honor que te irás con las hembras y no osarás perseguirme ni a mí ni a los míos.

—¿Pero ti que te importa el honor? —masculló Terbus.

Glitergix lo miró con despreció y contestó:

—¡Me pregunto qué le importó al traicionero de tu Vey el honor cuando emboscó a mi padre en los yermos de Brodd, dos años atrás! —y dirigiéndose a Ladis otra vez—. ¿Vas a aceptar de una vez, o los mato a todos en este mismo instante?

Ladis, sintiéndose presionado, buscó con la mirada lo que debía hacer. Posó la vista en los ojos de Namia y vio miedo y tristeza. Luego se detuvo en Miara y vio pura desesperación. Buscó los ojos de su hermano, escondidos entre los moretones de su cara y encontró furia e impotencia. En último lugar, el porte del gran trasgo le reveló a Ladis que lo inspiraba una decisión febril: no mentía. Así, el general enano bajó la cabeza y contestó:

—Muy bien. Acepto el trato que ofreces.

       —Eso es, general. Vayamos al exterior. Finalizaremos este acuerdo en el claro —dijo Glitergix, con aire de satisfacción.

La operación se hizo de la siguiente manera: los trasgos se retiraron al borde sur del claro y los enanos al borde norte. En el centro, Ladis aguardó sin compañía a que los piqueros trajesen a las dos cautivas, con la condición de que si después de regresarlas los enanos no se iban, matarían a Rodost allí mismo. Así, la elfa y la esposa del Vey fueron conducidas hasta el general enano por dos piqueros. Cuando convergieron en el centro del claro, Namia buscó la mirada de Ladis, pero el interés de Ladis se mantenía en la lejana figura de Rodost. Entonces al llegar hasta él, la elfa quiso tomarle la mano, pero él no se la tomó. Sin dejar de caminar, las prisioneras pasaron entonces junto al general y se alejaron solas en dirección al límite norte. Luego de echarle una mirada de odio y burla, los piqueros dieron media vuelta y volvieron con su grupo. El general enano se preguntaba en esos momentos dónde estaría el grupo al que le había ordenado esconderse.

—¡Ahora vete! —oyó gritar al gran trasgo desde su cornullón.

Sintiéndose obligado a obedecer, Ladis dio media vuelta y caminó en dirección opuesta. Pero algo no estaba bien. Como si fuese víctima de una repentina alucinación, el verde y marrón de los árboles tras los enanos no hacían movimientos armónicos como cuando eran mecidos por el viento. Al contrario eran frenéticos y erráticos. Como de presencias subrepticias esquivando la maleza. Como de emboscada.

Ladis se detuvo en seco y gritó con todas sus fuerzas a los enanos:

—¡EMBOSCADA!

Ni un momento después, del claro norte surgió una incursión de trasgos de entre los árboles y se lanzó contra Terbus y los otros enanos.

       —¡Pedazo de tramposo…! —Ladis quiso ir a asistirlos, pero llamando su atención con los brazos abiertos, Namia le hacía señas inequívocas para que mirase para el lado contrario.

       Así lo hizo y vio que de los árboles donde los trasgos aguardaban el regreso de los piqueros, emergieron los enanos que Ladis había apostado como precaución. Cayéndoles por atrás, la tropa de Ladis tomó por sorpresa a los piqueros del gran trasgo. Los asaltantes apenas llegaban a ocho, pero eran suficientes como para resultar una amenaza. Entonces, sintiendo que la oportunidad era la única que tendría alguna vez, Ladis se precipitó hacia el foco de la trifulca. De la nuca de un cadáver trasgo despegó un hacha de un solo filo y con la inercia que llevaba lanzó el mandoblazo más poderoso de su vida. En dos segundos el arma cruzó el campo de batalla, se deslizó gloriosamente en arco por encima del mar de cadáveres y fue a pulverizarse en la sien izquierda del piquero que custodiaba a Rodost, destruyéndole el cerebro.

       Antes que lo vieran llegar, Ladis ya los había alcanzado y saltaba entre los combatientes a mano limpia. Sin siquiera detenerse a pensar, alzó los puños dispuesto a asesinar a cualquiera que se atreviera a enfrentarlo. Al primer trasgo que lo desafió le hizo saltar los dientes de una trompada y lo acabó de tumbar con un codazo en la quijada. El lanzazo oportunista de otro piquero desde el flanco lo obligó a tirarse en la hierba y rodar. El enano esquivó la puntada con esa pirueta, se metió bajo los brazos del trasgo y en tanto se levantaba le enterró el antebrazo derecho mediante un gancho desmantelador al estómago. En ese instante sintió un aguijón ardiente en la base del omóplato. Volviéndose con furia, empujó al trasgo que lo había atacado, lo tumbó al suelo y le arrancó la nariz purulenta de un violento mordisco. Mientras se despegaba la lanza de la espalda y se daba cuenta que no había más oponentes al alcance, la vista viajó hasta hallar en la parte trasera del combate la figura de Rodost que luchaba con sus cadenas para ponerse de pie. Ladis corrió agachando la cabeza hasta él y con la ayuda de dos enanos que llegaron en ese momento en su auxilio, se cargaron al gran Vey sobre los hombros y sin mirar para atrás se alejaron de la pelea, tropezando por el terreno.

       La escaramuza no duró mucho más. Tanto los enanos en el borde norte como los que surgieron del lado sur, habían logrado desbandar a los trasgos con pocas perdidas. Las lanzas de los piqueros eran una pésima arma para pelear cuerpo a cuerpo contra hachas, por la poca movilidad que se tiene y la dificultad para blandirlas en un intercambio de ataques cercanos. Por ese detalle y por el coraje de los enanos es que Glitergix fue vencido. Pero la fortuna no lo había abandonado del todo. Gracias a la agilidad de su montura, cuando intuyó que la situación se tornaba peligrosa, llegó antes que lo atraparan hasta el límite de la espesura y, con un par de saltos, escapó del claro y se perdió en el horizonte. Así el gran jefe trasgo se vio expulsado de su propia guarida, con su ejército exterminado y furioso por haber fracasado en su plan de venganza.

       Sin embargo el jefe trasgo no era el único que masticaba la amargura de un inmenso disgusto. Alguien más había fallado en cumplir su promesa de sangre.

Ladis, Rodost y el resto de los sobrevivientes se alejaron del claro sin decir palabra alguna, por temor a que los interceptaran refuerzos inesperados.   A la velocidad de marcha que mantenían, en menos de dos días consiguieron salir de la espesura del pantano y volver a sentir la plena luz del sol acalorándoles las mejillas. Tras el intenso enfrentamiento pocos eran los que todavía cargaban provisiones en las mochilas, por eso decidieron que era inútil detenerse a acampar. Sabían que lo mejor era que forzaran la marcha hasta llegar aldea más cercana. Tampoco les agradaba la idea de deambular en medio  de tierras hostiles con un grupo tan pequeño, y encima herido. El Vey Rodost había sufrido cortes y contusiones por todo el cuerpo y necesitaba ayuda para trasladarse. Ladis se imaginaba que ése era el motivo por el cual no había querido hablar con nadie desde la pelea, ni siquiera con su esposa; se le pasaría una vez que hubiesen disfrutado de una buena comida y un baño caliente, pensó él. Pero el general enano erraba en su reflexión, pues no adivinaba que tan importante se había vuelto para Rodost el éxito de aquella cacería.

—Aguarden un segundo —dijo el Vey enano, terminando por fin con el voto de silencio, tres días después del escape de Degrosk—. No seguiremos así.

—Hasta que recuperaste la energía para hablar—comentó Ladis con ánimo.

—¿Estás herido, esposo mío? —añadió Miara, claramente contenta de que Rodost hablara otra vez.

—No hables —le ordenó el jefe enano—.  Quédense todos de mi lado, excepto Ladis y esa ramera elfa suya.

Aquello fue como una bofetada en el rostro para todos, en especial para Ladis. No sólo el hecho que hubiera insultado a Namia, sino que además hiciera distinción entre el resto del grupo y ellos dos.

—¿Qué tratas de hacer, Rodost? —preguntó Ladis, sobreponiéndose a la sorpresa.

Los otros enanos se miraron unos a otros y obedecieron al Vey sin decir una palabra. Soplaba un viento árido y el sol empezaba a esconderse en el horizonte. Ladis y Namia por un lado; Rodost, Miara y el resto de los enanos por el otro.

—No puedo creer que me traicionaras así —dijo Rodost, por último.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—¿Cuándo pensabas decirme algo sobre la elfa que tienes al lado?

Los ojos de Rodost tenían el mismo brillo que le había visto cuando se encontraba prisionero en el fuerte trasgo. Ladis suspiró con tristeza y dijo:

—Lo siento, hermano, no quería importunarte antes de tiempo. Pensé que las heridas que tienes eran suficiente molestia. Esperaba poder hablar este tema contigo una vez que llegásemos a la ciudad más próxima. Me pareció que era lo mejor, ya que nos estamos por comer hasta las botas del hamre. Perdóname por no darte una explicación antes. —El general enano bajó la cabeza—. Pero sé que a ti eso no te conformará. Así que ya que lo has mencionado, confieso que no podía dejar que Namia fuese vendida, o que los trasgos se la llevaran. No podía.

La vista de Rodost era de piedra, al igual que sus facciones. No estaba conmovido en lo más mínimo.

—Di una orden directa, Ladis. No sólo a los otros enanos, también a ti.

—No podíamos discutirlo en plena cacería, no había tiempo. No tenía opción.

—¿No tenías opción? Y yo que creía que eras el enano más astuto del norte. ¡Ahora sé que te atrasaste en el pantano por obligar a las tropas a hacer ingresar el carro de provisiones, y con esa jugarreta dividiste nuestras fuerzas en dos! ¡Me vencieron por completo y casi me matan, y todo por tu lujuria con una elfa ramera!

Ladis sintió que las cenizas de la reciente cólera ardían otra vez.

—¿Yo me atrasé? ¡Te aconsejé día tras día que anduviésemos con cuidado! Que entrar en Degrosk a buscar un puñado de trasgos olía a trampa.

—Admite que te atrasaste por una elfa, Ladis —dijo Rodost con tono gélido.

—¡Y tu admite que fue una trampa, Rodost! Te adelantaste sin pensar en nada, porque estabas cegado por el anhelo de limpiar tu nombre. ¿Por qué no mencionas que sin mí hubieras muerto? Por las barbas de Drastos, ¿por qué no agradeces todo el esfuerzo que hicimos por salvarte?

Rodost se irguió en toda su estatura y miró a Ladis por encima de su barbilla. Era una torre roja de sangre, monstruosa.

—Hubiese preferido morir en combate a que me rescatarás así. Dejaste que Glitergix escapara. Sabes bien que proclamé ante todos los clanes del norte que lo mataría y traería su cabeza. Debiste haberlo ejecutado sin hacer ningún trato; pero no, cediste. Y no te atrevas a contradecirme, sólo lo hiciste por esa elfa. —Se llevó las manos a la cabeza y gritó—: ¡Mi propio hermano me ha llenado de vergüenza! ¿Cómo crees que volveré a las montañas? ¡Has arruinado mis posibilidades de unir a los clanes! Además, me has rescatado utilizando a los enanos en una vil emboscada.

La mano de Ladis había empezado a bajar con el arrastre de un caracol hasta el mango de su hacha. Las venas de las sienes se le inyectaron en sangre y la cabeza comenzó a palpitarle sin parar.

—Ingrato de m…—dijo—. Eres increíble. De no ser por los enanos que emboscaron a Glitergix, no podrías estar quejándote ahora. Te salvamos la vida y no eres capaz de agradecerlo. Estás tan absorbido en ti mismo que te olvidas de que con nuestra victoria la presencia trasga en la región habrá de disminuir. Y más allá de todo, rescatamos a Miara, a la que todavía no has dirigido más que una palabra de censura.

Rodost se contemplaba los nudillos con cara de hartazgo profundo.

—Miara me es importante… pero sin el honor que juré restablecer, es poca la felicidad que me devuelve. Pero basta ya. —Se acercó a Ladis y tendió la mano—. Entrega a la elfa.

—¿Para qué? ¿Para que la vendas? —preguntó el general en tono burlón.

—Por supuesto.

Ladis dio un paso al frente.

—No.

Rodost lo imitó y dio un paso al frente él también. La sombra que proyectó el Vey fue tan extensa que cubrió tanto a Ladis como a Namia, quien estaba detrás de su amado.

—Quítate del medio —le exigió el Vey.

—Si la tocas, lo lamentarás, hermano.

—¡Muévete!

—¡No!

—¡Enanos a mí! —exclamó Rodost.

Con la tristeza marcada en los ojos, los mismos enanos que habían protegido a Ladis hasta la última batalla levantaron las armas contra su general y esperaron las órdenes del Vey.

Adivinando que podía acontecer una tragedia, la esposa del Vey exclamó:

—¡Basta! Rodost, no la tomes con la elfa —protestó con cierta agitación—.Me tienes a mí. ¿No es cierto que parte de tu promesa a los clanes era que me rescatarás? ¿No está cumplida esa parte de tu promesa, y que así tu honor no ha sido del todo mancillado? Me desilusionaría que pensaras que no valgo nada para ti —comentó en tono fingido de reproche—. Por favor, no veas todo tan negro…

El Vey exhaló aire, ya cansado de discutir.

—Ladis, no sé qué mosca te ha picado —dijo el líder del clan del norte, por sobre la voz de Miara—. Te lo diré por última vez: hazte a un lado y no pierdas la vida, porque si me obligas, te mataré. Aunque no lo quiera.

Pero la desilusión y el repentino miedo de perder a Namia había otorgado a Ladis una claridad de la situación que le permitió evitar la tragedia.

—No, tú eres el que no entiende, hermano. Pero entenderás. —Ladis se sacó el casco para ver poder mirar mejor a su hermano a los ojos—. Ella representa mi renombre, Rodost, mi mayor tesoro. Si te la llevas, me robarás el honor: me harás a mí lo que Glitergix ha hecho contigo.

El Vey no dijo nada por unos segundos. Luego ladeo la cabeza.

—¿Eso es cierto? ¿Acaso la quieres tanto?

Ladis le dedicó una débil sonrisa a la monstruosa figura de su hermano. Una sonrisa que iba más allá de lo que podía expresar en palabras.

—Más de lo que puedes imaginar, Rodost Barbanegra. Por eso, no me interesa que tú o cualquiera de los otros enanos a los que considero mis hermanos quieran llevársela. Nadie de los que están aquí ahora le pondrá un dedo encima a Namia.

Tras el discurso de Ladis, Rodost levantó poco a poco la mano para dar la orden de que atraparan a la elfa, con lo cual se vería obligado a asesinar a su hermano menor. Sin embargo, antes de dar la señal, dejó de mover el brazo y se mantuvo en silencio. Ladis vio en los ojos del semiogro que muchos pensamientos ocultos daban vueltas por su mente. De esa forma transcurrió un agobiante minuto para todos los que estaban allí, hasta que anunció las palabras que decidirían la difícil situación. Su cara de disgusto auguraba lo que en verdad prefería, pero fue otra la frase que escapó de su boca:

—Puedes hacer con ella lo que quieras.

Una oleada de alivio envolvió a Ladis desde la punta de los pies y se elevó hasta su pecho. También Miara y los enanos, relajaron la postura y bajaron las armas.

—Pero sabe esto —continuó el Vey—. Ladis: tú y yo ya no somos hermanos, ni medio hermanos, ni nada nos ata. Convocando el poder de mi autoridad yo te exilio del clan de los enanos. Ciento cincuenta años, empezando desde el día hoy, deberán trascurrir antes que pueda siquiera considerar que eres digno de volver. Si cumplido el tiempo, estás arrepentido y reconoces tus errores ante mí, tendrás mi perdón para regresar entre los nuestros. Hasta entonces, cuida de acercarte a cien millas de las montañas, porque estableceré una ley para que te maten.

Dicho eso, la torre de carne dio media vuelta y se alejó en dirección al norte.

Ladis no dijo nada y contempló con mirada ausente a los enanos y a Miara.

—Ladis… —intervino Namia, al ver que todos se preparaban para seguir adelante sin ellos dos.

—Quiero quedarme contigo —la tranquilizó el enano, rozándole el brazo.

Entonces sintió que era quien debía decir la última palabra a su hermano y exclamó:

—Adiós, Vey Rodost. Ojala que la sensatez vuelva a encontrarte cuando todavía el mundo se preocupa por ti.

Rodost no se dio por aludido y siguió caminando. Pero eso a Ladis no le importó. Estaba seguro que lo había escuchado. Aun así, al querer despedirse de Terbus, Miara y los otros enanos, que tantas batallas e inolvidables momentos habían compartido a lo largo de los años, tuvo que contener las ganas de largarse llorar. Los otros en cambio no lo soportaron y lloraron la partida de su valiente y respetado general. Lo abrazaron como a un hermano y le hicieron muchas reverencias. Cuando el último enano se despidió de él, Miara misma se le acercó.

—Adiós, Ladis —dijo Miara—. Gracias por salvarme. Sé que en el fondo Rodost está agradecido por lo que hiciste por él. Tú lo sabes tanto como yo. —Por un momento calló—. Se fuerte. Tú también Namia.

       Miara fue al encuentro del Vey y los otros, que ya se alejaban. Ladis se quedó quieto, sin mover un músculo, manteniendo la vista en el grupo, que se fue haciendo más y más diminuto, hasta que se perdió en el ocaso del horizonte. En todo ese tiempo estuvo tomado de la mano de Namia.

       Ladis se sintió partido al medio por un abismo. Vislumbró la separación de una vida pasada, la revolución de su presente y la continuación de un sinuoso camino hacia un incierto futuro. La escena que acababa de vivir se le antojó más difícil de asimilar que el riesgo de haber perecido bajo las hojas trasgas en el campo de batalla.

       Y así fue que, cuando las primeras luces de las estrellas brillaron, Ladis despertó de su trance. Entonces, tomado de la mano de su amada, la pareja se desvió de la ruta hacia las montañas y emprendió una nueva marcha hacia el oeste.

Fin
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#3
Awwwww awwwwww :3
Vale, basta ya de sonidos gatunos extraños.
Es larga, sí, predecible, también, pero es una bonita historia. De verdad que me la leí con gusto. No se me da muy bien comentar, así que solo diré que me la leí y me gustó. Siento la pobreza del comentario. ¡Ánimos y a escribir más!
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#4
Gracias por tu aporte, Noa! Tu impresión breve pero positiva vale tanto como una reseña profunda, creo yo. Me alegro que te haya gustado el Relatazo (no puedo con mi genio verborrágico, pero también creo que no podría haberlo hecho más breve sin realizar serios cortes).

PD: En cuanto al ruido de animales... no haré ningún comentario.

De nuevo gracias por pasar. Nos leemos!
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#5
Buenas Laundrich. Es una historia la verdad que larga y con alguno cambios podrías divididla al mismo tiempo que creas algo de misterio en hacerla en dos partes. Cómo bueno, la historia es buena, típica pero esta muy bien echa y es pegadiza. Pero algo que destacaría es los diálogos son tu mejor parte, creíbles y de fuerza. Yo lo que haría sería añadir un poco mas de descripción en alguno de los enanos, el entorno del pantano da mucho juego(en mi libro sale también un pantano) y otra cosa; lo que si que encontré a faltar fue más épica en las batallas: Más diálogos de órdenes tipo de enanos(asin matas dos pájaros de un tiro ya que el lector podría ver el pensar bélico de esta raza menuda, además de hacer ver como el rival aun siendo numeroso, es barrido) Se que narrar batallas no es fácil pero dan mucha fuerza al texto y ya que creas un mundo tipo warhammet(muy parecido a mi libro también) la batalla debe de ser impactante. Piensa que al añadir descripciones de los enanos,pantano consigues cerrar un capitulo y abrir la batalla-entrada al fuerte trasgo, que creó que quedaría mejor. Un saludo y si deseas te puede ayudar algo en lo de la batalla.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
https://joom.ag/Rx3W
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#6
Buenos días, Rohman. Agradezco tanto tus cumplidos como tus críticas. Ahora que lo mencionas, podría agregar un par de líneas respecto a los enanos, es cierto que quedaría mejor, una caracterización un poco más abarcativa. Lo de la batalla también es una sugerencia aceptable, pero es que de alargarla, ¡la historia no terminaría más! En cuanto a lo del pantano de Degrosk, lo importante de este era el claro, esencialmente el claro. La dificultad para que lo atraviese la contingencia de enanos, era mi necesidad en la historia de que las huestes se dividieran en dos, a eso apunté yo. Podría agregar más descripciones del repulsivo pantano, pero temo abusar aún más del lector al hacerlo. Pero quédate tranquilo que por lo menos lo reflexionaré. Por último, si quieres ayudarme con sugerencias de las batallas, con gusto aceptaré la mano que me das.

Nos vemos, Rohman, gracias por pasarte! Y como siempre, nos leemos.
Responder
#7
Nada para eso estamos. Un saludo y si quieres no tengo problema en ayudarte o como yo enfocaria la batalla, pero siempre intentando respetar tu criterio, al que tendrías que relatar bien como quieres ciertas cosas, por eso mejor por mail, si lo deseas. Cuídate y nos leemos.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
https://joom.ag/Rx3W
Responder
#8
Buenas, Laundrich,

la historia tiene buenos detalles, y está bien contada. Al principio me recordó un poco a los cuentos escandinavos, jeje. Y el final me ha gustado. Como crítica, algunas descripciones de batallas me resultaron un poco pesadas, aunque es cierto que no es fácil narrar una larga acción sin que resulte pesada. La base de la historia es bastante típica, aunque amena y el hecho de que sean enanos y el jefe un semiogro le añade gracia. Eso sí, el tal Rodost está loco de atar, casi es de extrañar que los demás enanos no le manden a freír espárragos Tongue

Saludos!
Responder
#9
Gracias por pasarte, kaoseto. Tomaré como un cumplido lo de la rememoración con los cuentos escandinavos. En cuanto a las batallas, veo que genera sentimientos encontrados, algunos quieren escenas de batallas más extensas, otros que se construyan de forma diferente o tal vez que se acorten: En definitiva: me gusta que se polemice la cosa jaja

En cuanto al jefe enano... verás, Rodost es un tipo especial... esa una de esas personas que es buena bien en el centro, pero que su personalidad se ve vastamente desmejorada por algunos defectos muy marcados. Habría que ser bastante valiente para mandar a freír espárragos a alguien como el Vey Big Grin

Me alegro que al menos hayas podido disfrutar momentos del titánico relato.

Saludos, y gracias otra vez por pasarte!
Responder
#10
Buenas Laundrich,

Lo primero decirte que tu relato no está  mal, y sí, tiene todo el aire de Warhammer! jejeje.

Como dicen, la historia es bastante típica pero no por ello tiene menos mérito o ha de ser mala. Yo, personalmente, prefiero las narraciones más "explicadas" o más "descriptivas"... creo que es un poco lo que apunta Rohman: más descripcion de paisajes, sensaciones, ambientacion en definitiva. Pero ahi es cierto que corres el riesgo de soltar un ladrillo dificil de tragar.
Tu estilo es más rápido, se lee todo de un tirón. Ya te digo que no es mi favorito pero eso no quiere decir nada.

Por cierto, lo de las batallas... puedes ocupar un parrafo o un capítulo, eso depende de la importancia que quieras darle dentro de tu novela. En este caso lo veo muy bien proporcionado.

Nos vemos!

PD: Una pregunta... qué significa el título? Espejada? viene de espejo?
Responder


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