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[Ciencia Ficción] Apoplejía en la infancia
#1
Pues aquí dejo el relato con que competí en el reto de Ciencia Ficción, y del cual me criticaron mucho con el alegato ¡que no era CF! xd. Podéis despalillarlo a gusto.

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Apoplejía en la infancia

Ya casi es la hora de la partida. Me pregunto por qué tiene que ir toda la familia, por qué tengo que ir yo. Si total, basta con que vaya una sola persona a firmar los papeles y recoger eso que hay que recibir. Pero no, mamá quiere que yo la acompañe y está con esa matraca que poco a poco se vuelve insoportable. Ella quiere que viaje hasta ese lugar alejado de la ciudad, que viaje para verlo a él por última vez y para hacer esa cosa de ciencia ficción que llaman “repartir recuerdos”. Y lo digo abiertamente, él me importó en los primeros años, cuando aún no lo conocía, cuando era esa otra persona. Ahora es un extraño, o peor, un extraño de esos a quienes se les tiene inquina de solo recordarlos, sin la necesidad de que hagan algo malo, porque ya han hecho demasiado.

Suena cuatro veces la campanilla, anunciando que en varios minutos saldrá el tren. Mi madre, mis dos hermanas y yo nos dirigimos al tercer vagón, donde viajan los de clase regular, o clase media, como mencionan los profesores de historia.

Alicia y Sofía son mucho más pequeñas que yo y son mellizas. A mamá le debe haber dolido traerlas al mundo, y no solo porque al mundo llegaron casi solas, ella, el doctor y nadie más; porque la abuela estaba enferma en esos días y yo tenía pocos años, me habían dejado en casa de una vecina, una vecina que siempre me regañaba, pero aquel día accedió a hacerse cargo de mí; a mamá también debió dolerle porque eran dos a la misma vez.

Ya delante del tren, Alicia sube corriendo y mamá la regaña para que no se aleje. Quiere mantenernos cerca de la puerta para salir más rápido, porque dice que se llena el tren con tanta gente que viaja. Tuvimos suerte de que mamá conociera a un empleado y consiguiéramos subir entre los primeros. Sofía es más tranquila y no suelta mi mano, pero desearía que lo hiciera, porque la palma me está sudando. No hay aire acondicionado aquí y la energía es un problema tan grande que vamos a asarnos como pavos.

Nos sentamos en el segundo asiento, contando desde la entrada, apretándonos cuatro donde irían tres. A mamá no le gusta dejarnos muy lejos, dice que hay que estar juntos en todo momento y creo que por eso vamos tan incómodos, por estar demasiado unidos. Me toca ir entre mis hermanas y el trayecto es irresistible. Una me sujeta la mano y creo que va a terminar por entumecerla; la otra quiere salir por la ventana, me grita al oído con cada árbol, con cada montaña que ve pasar.

—¡Mira! —me dice—. ¡Es una mata de naranjas! —Se ríe frente a mi cara.

Siempre he deseado que Sofía sonría un poco más, que las palabras no se le ahoguen en la garganta cuando quiera demostrar su emoción por una nube, por un ave; pero Alicia es irritante, se pasa todo el rato gastando una energía que no sé de dónde saca, seguro nos la va quitando a nosotros.

—¡Siéntate tranquila! —le ordena mamá, cuando ve en mi cara lo poco que me falta para lanzarla hacia uno de los árboles.

—Pero… —dice y baja la cabeza, como si se estuviera recargando, porque después sigue.

La doy por incorregible y me entretengo con una señora que está en la fila izquierda de asientos, media dormida y cabeceando. Mientras sonrío, noto que Sofía se remueve con una especie de jugueteo retenido, también está burlándose de la mujer. Le aprieto un poco la mano, que sigue soldada a mí. Me mira, y como si la regañara, lo cual no fue mi intención, se vuelve a encerrar dentro de su cofrecillo de prudencia.

—¡Ay, mamá! —comento—. ¿Cuánto falta para que este cacharro llegue? Me está entrando esa picazón que da el calor.

—Ya casi —me consuela, pero con una mirada de severidad, porque ella cree que los malestares se pegan, y que si uno insiste en ellos y se queja mucho, se transmiten a los demás, y si se les pasan a mis hermanas... Así que me callo y agacho la cabeza intentando pensar en otra cosa.

Mamá entonces nos llama, nos pide atención y comienza a explicarnos lo que ya nos ha explicado un montón de veces, lo de dividir los recuerdos. Dice que con una máquina van a cortar en cuatro pedacitos todas sus memorias, las de él, y que nos las van a dar a nosotros. Y que es obligatorio, porque según los científicos, los recuerdos se quedan en el aire y van entonces a meterse en la cabeza de algún pobre diablo, que termina mal. Que por eso hay locos en el mundo, porque recogen los recuerdos de quienes no están conectados por ningún hilo. Pero yo no quiero nada más de él, ojalá y me quitaran los que tengo. Cuando lleguemos allá, voy a ver si eso se puede hacer, con un poco de suerte reparten los míos también. Pero mamá no da tregua y no me deja expresar mi negatividad. Mis hermanas, las pobres, no entienden mucho de todo esto, solo saben que les van a dar algo, aunque ellas no tienen casi nada de él…

El tren pita y esa es la señal de que casi llegamos. Nos preparamos en nuestros asientos para salir de primeros y Alicia protesta, se cruza de brazos y dice que se quiere quedar; y yo pienso en cuán contradictorio es el ser humano, porque más incómodo que aquí no se puede estar en ningún otro sitio.

Cada vez nos acercamos más a la parada y comienzan a aparecer unos edificios blancos con grandes cristales. Hay muchísimo sol y el brillo del reflejo me obliga a cerrar los ojos, pero intento abrirlos. El lugar me ilusiona un poco, parece un centro de experimentos, como en las películas de robots y alienígenas. Mamá nos apura, agarra la mano de Alicia y la obliga a bajar; y resulta que somos los únicos que nos quedamos, resulta que todo aquello de estar cerca de la puerta es pura paranoia de mamá, porque nadie más se queda, a nadie más le van tocar recuerdos en este día.

—Yo no voy a entrar —meto berrinche, sobre todo porque quiero explorar las afueras del complejo. He visto una fuente con unos angelitos y quiero ir a verla de cerca, quiero ir a ver si hay peces. Pero Sofía no me suelta y mamá me grita, dice que no se puede, que ya vamos tarde, que debemos ser puntuales.

Entramos. Yo voy rezongando y Alicia sonriente, ya se le olvidó lo de quedarse en el tren y ahora está contenta con el nuevo lugar. En cuanto a Sofía, ya logré quitármela de arriba, ahora está pegada a la falda de mamá, que mira de un lado a otro como perdida, buscando a quién preguntarle.

Entonces ve a dos señores con espejuelos y con unas batas blancas que pasan por el pasillo donde queda la puerta principal, en la que estamos parados.

—Discúlpenme —La miran contrariados—. ¿Me pueden indicar dónde queda la sala de recuerdos?

A uno de los doctores se le ilumina el rostro:

—Claro, no faltara más. Siga por la izquierda. La penúltima puerta a la derecha tiene un rótulo que dice “Caja de Recuerdos”. Entre por ella y aparecerá un largo pasillo frente a usted. Camine hasta el final y allí encontrará la entrada que busca.

Mamá les agradece y ellos continúan su camino, contrario al nuestro. Seguimos las indicaciones que nos han dado y hallamos el cartel. Alicia, sin peguntar, le da vuelta al picaporte, empuja la puerta y allí está el pasillo, largo, muy largo… así que avanzamos.

Ahora el lugar desprende una sensación distinta. Ya no me dan deseos de explorarlo, ahora parece un hospital, tiene olor a medicina y creo que en cualquier momento nos toparemos con alguna enfermera. Al final no aparece nadie y damos con una puerta cerrada. Mamá toca, un poco nerviosa, se le nota porque no ha regañado a Alicia, que sigue intranquila como siempre. Después de un rato sin recibir respuesta, intenta abrirla pero no puede. Hay una cámara, que ha comenzado a moverse y nos enfoca. Alicia se pone a saltar delante de ella, intentando alcanzarla, Mamá la agarra del brazo y se la pega a un costado, para que no moleste más. Sofía se esconde detrás de la espalda de mamá, ocultándose de esa cosa que parece escudriñar el fondo de nuestras vidas.

La puerta se abre, es una corrediza. Nosotros entramos, yo de primero y luego mamá con las niñas acuestas. La entrada se vuelve a cerrar. En la nueva habitación todo parece raro, como si estuviésemos en una nave. Hay una filita de asientos en una esquina, una planta ornamental, una puerta al fondo y un mostrador con una mujer. Está muy seria, pero es bastante bonita y joven, quizás tenga el doble de mi edad. No me puedo ver, pero creo que me he sonrojado un poquito.

Nos sentamos, porque mamá dice que aunque no haya nadie más, uno debe ser respetuoso y esperar a que lo llamen, que no hay razón para atosigar a la gente cuando queremos un servicio; pero yo creo que con esa lógica a veces la espera puede llegar a ser eterna.

Sofía se aprieta a mi lado y yo la empujo un poco, porque estoy al borde de la tira de asientos y, de seguir así, me va a sacar. Alicia está deshojando la planta… y mamá peleándole de nuevo, ella ha peleado mucho en los últimos días, más que de costumbre.

No pasan ni cinco minutos antes de que la muchacha nos llame, probablemente le dio pena con la infeliz mata que mi hermana está martirizando. Nos pregunta si tenemos cita. Mamá saca unos papeles de su bolso y se los entrega. La joven agarra un teléfono. El modelo es viejo, no tiene botones, sino un marcador redondo que da vueltas. Del otro lado del auricular alguien contesta, aunque no se entienden las palabras y la muchacha no dice nada, solo asiente con la cabeza (como si del otro lado la pudieran ver). Cuelga y nos manda a continuar por la otra puerta. Es del tipo que se empuja y cede con facilidad, pero después, por un mecanismo de resortes, se queda un rato oscilando entre abrir y cerrar. Cuando la cruzamos, mamá le quita la libertad y la deja cerrada como antes, para mantenerlo todo ordenado.

Me detengo y miro alrededor. Se trata de una habitación cuadrada, semejante a la anterior. Hay una entrada en cada una de las paredes. Pasa un tiempo corto y se presenta un señor. El hombre tiene un sombrero negro y de copa, también un traje con corbata, parece sacado de una película de dos siglos atrás. Nos saluda y se aproxima a mamá, le pide que se aparte hacia una esquina. Allí le cuchichea unas palabras al oído y ella le responde, le dice que solo yo.

No entiendo qué significa, pero no pregunto. Mamá nos ha intentado enseñar que no se puede interrumpir cuando dos personas mayores conversan, que es de mala educación y uno debe esperar a que terminen. Por eso me guardo mis dudas.

El hombre se va por donde mismo entró y mamá se acerca a nosotros, que estamos parados porque en esa sala no hay asientos. Al instante se vuelve a abrir una de las puertas y regresa el señor. Lleva en las manos dos cajitas con lazos encimas, una rosa y otra amarilla, que me recuerdan a las cajoncitos de zapatos de mis hermanas. Se las entrega a mamá, quien a su vez se lo agradece.

Ella le da la caja rosada a Sofía y la otra a Alicia, y les dice que las abran. Alicia, con mucha emoción, pero sin saber qué es aquello, es la primera en abrirla, y a los pocos segundos se le cae y se pone a llorar, aferrándose a un muslo de mamá, que la agarra, la carga y le da un beso.

Y entonces miro a Sofía que ya abrió la suya. La está apretando tanto que en cualquier momento va a romperla. Se ha puesto roja como un tomate. Mamá le pasa el brazo por encima y la arrima también hacia ella, hasta que se calman las dos.

Me pide que permanezca allí, que no me mueva y se las lleva a la sala de antes, donde están la joven y la planta. Después regresa y a través de la puerta oscilante, que esta vez mamá no ha acotejado, veo a mis hermanas sentadas una al lado de la otra, agarradas de la mano, con las cabecitas un poco gachas, no sé si tristes, y con las cajitas encima de sus piernas. Mamá me llama desde la otra puerta, por la que entró el señor, y por primera vez no quiero dejar de lado a Alicia y Sofía, pero mamá insiste, y entonces la sigo.

Estamos ahora en un gigantesco salón, por donde transitan muchas personas, personas vestidas con trajes verdes, azules y blancos. Aquí la luz es muy brillante.

Y entonces lo veo a él. Ya casi lo había olvidado, había olvidado cuál era el cometido de este viaje. Está en medio del salón, pegado a una pared de cristal o de algún material transparente. Está en lo alto, con los brazos abiertos, sostenido por unos cables, me recuerda a los crucifijos de la iglesia a la que mamá nos obliga a ir. Pero es distinto, es él, y él no es nada. Verlo allí no me produce ningún sentimiento, ni lástima, ni pena, ni vergüenza, ni regocijo, nada, es como uno de los cables que cuelgan del techo, es un cable más. Me fijo en que aún conserva sus ojos, esos ojos negros que solo demuestran hipocresía y mentiras.

Por todo su cuerpo entran y salen tubos; y en su cabeza, a cada uno de los lados, de la parte donde está el cerebro, salen unos conductos. Por el de la derecha pasa un líquido blanco y por el de la izquierda, uno negro; y yo, siguiendo con la vista hasta donde llegan esas dos mangueras, veo dos cajitas, similares a las de mis hermanas, una negra y otra blanca.

—Son las memorias de él —me explica el señor, que nos había acompañado—. En unos segundos estarán listas, así que voy a recogerlas. —Y sale caminando hacia donde descansan las cajas con los recuerdos.

Miro a mamá y ella me abraza, pero trato de deshacerme de su apretón, lo que menos deseo es que me transmita su lástima. Lo único que quiero es irme, terminar y largarme para volver a mi casa. Para volver a leer,  a jugar con mis amigos y subirme a los árboles. No quiero nada de él.

El hombre regresa con las dos cajas, idénticas en todo, menos en el color, y me alcanza la blanca. Yo la agarro, con un poco de miedo y un poco de asco, pero mamá me hace una señal, se ve muy triste. Así que la abro y los veo. Los recuerdos de él están allí y siento cómo empiezan a meterse en mi cabeza, a darle vueltas a todos mis pensamientos, y cuando terminan… cuando todo termina, unas pocas lágrimas corren por mis ojos. Es una acción involuntaria, como cuando uno ve una película y el cuerpo sabe que tiene que llorar, como cuando uno se da cuenta de que todo lo que ha hecho está mal y debe pedir perdón, pero no sabe hacerlo. Y razono “Si estos son los recuerdos blancos, los que me tocaron a mí ¿Dónde están los otros?” Y veo a mamá, apunto de abrir la caja negra. Me precipito y se la arrebato de las manos, y sin pensarlo la abro, y los acaparo para mí. Y ella me observa, triste, pero con un fondo de alegría, como en las pinturas impresionistas en las que se mezclan todos los sentimientos.

Me fijo en él, en sus ojos, que ya no son negros, sino grises. Están vacíos, sin recuerdos. Y yo, con las dos cajas agarradas, me doy cuenta de mi error; ahora comprendo, para que exista una caja tan negra, debe haber una muy blanca. Y sin razonar abrazo a mamá y lloro, lloro con todas las fuerzas que puedo encontrar, porque yo… yo acabo de ver morir a papá.
Era insegura, grosera,
nada amorosa, vivía despeinada.
Era algo así como perfecta.
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#2
Muy buenas Myth!! Yo no tengo nada que objetar. Fue el segundo relato que más puntuación le dí y la narración me pareció exquisita. Para mí si tiene CF, aunque de manera más sutil y cara al final, donde se ven las cajitas de colores.

Espero nuevos relatos tuyoos!!

Nos leemoooos!!
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#3
Buenas!!

Pues la verdad es que el relato me encantó. Quizás no esté plagado de ciborgs que viajan en el tiempo y en el espacio luchando en guerras interestelares, pero considero que el toque de ciencia ficción está ahí en la parte final de la historia.

Además, incluso ahora que lo he vuelto a releer, transmite muy bien los sentimientos de madre e hijos; te mete en la lectura y te hace acompañarlos en su viaje. Y eso es otro punto a favor.

Iep!
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#4
Hola Myth, un gusto leerte. Me ha gustado bastante tu historia de ciencia ficción, es bastante entretenida, te atrapa con todas las interrogantes que surgen al momento. Es una buena lectura, me ha gustado bastante y claro que si es CF, no sé porque no la consideraban como tal. Es algo corto, pero supiste llevar bien todo. Un saludo y nos vemos por aquí.
En algún lugar, más allá de la estrellas...
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#5
Ya te dije que me encantó esta historia y lo sigo manteniendo a día de hoy.
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