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(Fantasía épica) Los Reinos Perdidos
#1
Buenas a todos, les traigo una historia que algunos ya conocen, aunque esta muy retocada, veamos que les parece. Un saludo y las criticas, buenas o malas simpre son bien recibidas.

                           La unificación de los reinos  cap1






En el interior de la taberna en una de las ciudades más concurridas del reino del sud, Ergerder, el buen beber de ese lugar llenaban las almas vacías de existencia: La música recorría la instancia con una suave y agradable melodía que alegraba los oídos y, los campesinos bailaban al ritmo del músico. Como en toda buena posada que se aprecie, no faltaban los quesos, carnes de cazas, frutas y los siempre solicitados guisos; el intenso aroma del estofado embriagaba la nariz del comensal que no podía más que pedir un plato y sucumbir el paladar.

—Ponme otra cerveza —dijo un anciano algo demacrado de voz ronca. El sonido del chocar de  las cervezas resaltaba en una noche fría y oscura, el leve goteo de la lluvia caía minuciosamente y penetraba tristemente en las ventanas entre abiertas. En esas paredes desnudas y afligidas, un colorido rosetón resaltaba del conjunto, y que mostraba una triste luna, escondida entre nubes, pidiendo mostrar su bonita sonrisa.  Varios de los residentes estaban borrachos, y  montaban algún que otro altercado, asemejándose a un teatro de mal gusto; tampoco faltaban las mujeres de alegres piernas que ofrecían sus encantos por precios contenidos. Imponentes árboles rodeaban la entrada, aunque en esa latente oscuridad de la noche no mostraban toda la grandeza; calles sin llevar a a ninguna parte que parecían atrapar al caminante despistado.
—Primero debes pagarme las anteriores pintas —replicó el tabernero—. No va a salir ni una más si no hay dinero de antemano, ¿entendido?
—Sola una, solo una más por Doz*. (* Era considero por la mayoría de los reinos, tanto del sud como del norte, el único dios verdadero.)
—No y no —exclamó el dueño.
—¿Y si os explico una historia?
—Siempre explicando los mismos cuentos…que nadie quiere le interesa —espetó molesto, mientras preparaba varios tacos de queso para varios comensales.
—Esta vez no es una fábula mía —de repente, el viejo subió en una mesa y dijo—:

—Escuchadme atentamente. En breves instantes un servidor recitará una de las mejores batallas de este reino —en ese momento varias voces interrumpieron el discurso.
—¡Bájate viejo!
—Todavía vas a caerte y voy a tener que recogerte —rió un guardia de la metrópolis, al igual que las risas se expandieron en la sala.
—Podéis reíros las veces que os plazca, pero, si alguien desea escuchar una leyenda del gran cuentacuentos, Andrew —un “oh” de exclamación reinó en la mayoría; era el mejor cuentacuentos y sus historias eran solicitadas por los reyes en veladas de gran importancia.
—¿Seguro que no os lo inventáis?
—Ahora mismo, compañero, podrás comprobar in situ la certeza de leyenda. Solo pido un módico precio, siete cervezas para refrescar el gaznate y vuestras mentes viajaran en el año mil setecientos cincuenta, una época de grandes proezas y  de héroes forjados en batalla épicas —volvieron a interrumpirle las palabras.
—Jaja —rieron la mayoría.
—Lo que eres capaz de hacer para seguir con tu borrachera —menospreció al viejo, el joven guardia de la ciudad.
—Yo pagaré las siete pintas —dijo un hombre de túnica larga,  Nilhem el destructor. De rostro escondido en una capucha y que solo dejaban entrever sus ojos, cuales desprendían un leve fuego como el fuego de una vela a punto de desvanecerse.
—Aquí tenemos a un mago de corazón bondadoso —señalo al conjurador, viendo como bajaba el capuchón mostrando ausencia de pelo, extraño en los hechiceros—, denle las gracias, ya que serán testigos de una de las siempre aclamadas narraciones del gran Andrew.
—No quiero ninguna felicitación por vuestra parte, viejo —espetó el Destructor—. Solo quiero deleitarme de una buena historia y más te vale no engañarme, ¿entendido?
—Maestre del fuego —remarcó— No debéis preocuparos —terminó mirando la fina armadura del pecho del conjurador; varias llamaradas salían de costado de las costillas y entre esas llamaradas, una aterradora cabeza de un dragón emergía en un prominente y amenazante relieve.  Múltiples aros de oro con inscripciones antiguas ornamentaban esos brazos,  ilustrados con tatuajes tribales y símbolos de dioses del fuego. Terminaba sujetando un báculo en cuya cúspide emergía una cabeza de otro dragón, que siempre emanaba un fuego rojizo. En ese momento el tabernero le trajo una cerveza, y fue cuando el viejo dijo:

—Tengo el gusto y el placer de contarles esta historia, la unificación de los reinos del sud.
“Todo empezó en uno de los inviernos más largos y tempestuosos que se recuerde. Las poderosas tormentas no daban tregua la ciudad de Urskoy, anegando sin remedio los patios de la fortaleza del rey Cladius, hasta los lejanos campos de trigo en los territorios del norte. Parecía que el mismo Agrammonth hubiera abandonado el trono del inframundo, para comandar los vientos que azotaban sin piedad estas tierras y sus habitantes. Como si no lo tuvieran difícil de por sí, para sobrevivir en un mundo donde las espadas eran un bien necesario, las batallas se detonaban con tan solo mirarse a los ojos, y la magia inclinaba la balanza a favor de los seres malignos y sanguinarios que no se compadecían de los más puros de corazón. Sí, la vida en el norte del reino del sud era ardua, pero aun así, el ambicioso rey ansiaba ser el gobernante, para más tarde atacar a las tierras de los Donwers, pacíficos esa raza, pero de poder colosal —bebió un trago largo del vaso y siguió hablando, viendo que había llamado toda la atención de la gente—. Apodado por su arrogancia, Cladius el Arrogante. Mataba a todo el que levantara la voz en su contra. Sentando sobre sus rechonchas posaderas,  mostraba sus asquerosos dientes amarillos, en una sonrisa torva y malvada. Pero una de las muchas rarezas de ese loco rey, era la de portar encima su venerada espada, que ni se quitaba en esas legendarias y depravadas orgias, donde se decía que menores de edad participaban. Como todos sabemos, era un monarca infame, impropio para una de las ciudades de mayor fervor religioso —remarcó dando otro sorbo a la cebaba, hasta que no quedó gota alguna—, ¿Por dónde íbamos?
—La bebida se está llevando la poca memoria que os queda anciano, y por el bien vuestro más vale que la recuperéis o mi pago será recuperado de alguna forma que no os gustará —frunció el mago de fuego y le acompañaron varias risas de los asistentes y algún que otra palabra grotesca sobre el viejo parlanchín.
—A sí, ya me acuerdo.

“Cladius se alió con el jovencísimo príncipe, Koppens de Forthor, una de las metrópolis con el mayor ejército, todo gracias a la extinta mina de plata. Dos territorios estaban unidos por distintas banderas, la de Urskoy  con el águila imperial y,  Forthor mostrando la  cabeza de león rugiendo. Aunque el Arrogante lo que temía eran los venerados colegios de magia, al que en antaño no poseía el poder de hoy en día, pero eran una fuerza muy a temer. Nuestra apreciada ciudad estaba capitaneada por nuestros dos queridos reyes; Ewon y el joven Schulemberger que más de uno no recordaría, ya en esa época debería de tener algo menos de veinte años. Poco voy a decir de ellos: Ewon era muy respetado en todo el sud, gracias a su sabiduría. Comparte muchos rasgos de los elfos: Piel emblanquecida, melena dorada  y esos ojos turbadores, cuales podías ver el alma fría e inmortal de esa raza. Su armadura fue forjada por los mejores artesanos elfos; era tal la maestría de esos herreros que se inspiraron en la misma naturaleza, creando una cota en formas de hojas, una belleza para los ojos. En esa creación destacaba el relieve del rostro de un caballo, justo en el centro del animal, brillaba la joya de Oryan, la prometida de Doz. Aunque como todos sabemos  que su capa es posiblemente una de las artesanías más difíciles de igualar: Recubierta de escamas de dracónito, centellaba con la tenue luz y  le proporcionaba protección por la retaguardia. En el centro la estrella de Mirlas descansaba con todo su resplandor; círculos y pinceladas entre sí, formaban esa creación del firmamento —en ese instante, un hombre de la guardia dijo:
—Me parece que todos sabemos quiénes o como visten nuestros reyes —argumentó.
—Lo sé y tienes toda la razón y pido perdón. Pero señores, damas la historia es contada en otras ciudades donde no conocen las vestimentas de los reyes —dijo el viejo moviendo los brazos— Ahora viene la parte buena, la que todos estáis esperando —hizo unos segundos de pausa— ¡Los acontecimientos y la desmesurada acción!
—¡Eso, eso! ¡Queremos oír espadas cortando cabezas!
—Todo en su momento, caballero, sigamos.

“El monarca de Urskoy hizo comparecer al numerable ejército de Koppens en su fortaleza, considerada una de las más dificultosas de asediar. Para llegar al castillo, uno tenía que recorrer un sendero estrecho, franqueado por un enorme precipicio para poder llegar a la puerta. Los dos reyes, mandaron varios cuervos para saber a los demás reinos sus peticiones, someterse a ellos o sucumbir a un asedio sin prisioneros: Al reino de Ergerder, los territorios de los barbaros del norte, a las tierras de los elfos de Elthor y los reinos de Theodric el Necio.
El primer papiro llegó a la región de Loghern, él soberano de los elfos: Nada más enterarse del escrito, el rey,  contestó que su pueblo no atacaría si no eran atacados primero. Poco tiempo les quedaba en estas tierras; anhelaban los dominios de sus antepasados, las llanuras de Gorgot. El siguiente pájaro del ébano voló sobre el reino sin ley, los territorios de los bárbaros del norte, del temido rey Dova el Castrador: La respuesta de éste cruel tirano fue ignorarla, ni tan siquiera respondió (él solo ansiaba acabar con Ergerder, cuyos recuerdos de la gran batalla todavía le acompañaban en sus sueños). El consiguiente en recibir el pergamino, fue a parar a Theodric el Necio: Aunque quería ser el señor del sud, no compartiría jamás el reinado con ninguna de las otras casas reinantes, solo esperaba su momento.
Cladius, al ver que los del norte no le atacarían a no ser que él diera el primer paso, decidió mantenerse a la espera y defenderse en su propia fortaleza. Sabía que los reyes de Ergerder irían a la guerra, aun sin tener alianzas posibles. Él se veía señor de todo el sud y con obtener la victoria, podría atacar a los Donwers, ancianos pacíficos, de los que poseen objetos arcanos de poder inimaginable.

Ewon recibió la carta y clamó el cielo: A sabiendas de que el norte no le apoyaría, se encontraba en una decisión que podría cambiar el destino de todos. Sin alianzas posibles, atacar la fortaleza del tirano sería una tarea titánica, pero, si no actuaba, el rival podría pactar otra alianza, y eso era algo que no quería comprobar.  
Los dos reyes  fueron hacía Urskoy con todo su ejército, incluyendo a  casi todo el colegio de magia. Era el ejército  más grande jamás reunido.
Marcharon en un amanecer triste, grandes nubarrones se amontonaban en el cielo.

—¡Quietos! —Gritó Ewon—. Escuchad guerreros. Nuestra victoria pasa por entrar  por la puerta del castillo,  dejando atrás al peligroso sendero —miró el enorme precipicio que tenía debajo de él, asombrado por el río en su más bravura.
—Mi señor, trescientos mil soldados están dispuestos a morir por vos y  la liberación de los reinos.
—Perfecto capitán,  sois un hombre que nunca podré agradeceros vuestra lealtad. Es hora de pasar cuentas.
El rey de rasgos felinos era un general muy disciplinado con sus fieles tropas bien adiestradas. De esa fila interminable de guerreros se podía contemplar a los portaestandartes de la ciudad  que ondeaban las banderas con orgullo y honor. Los músicos tocaban las trompetas en señal de veneración hacía Doz, en busca de encontrar la paz y la serenidad para luchar con mente libre. Un poco más rezagado de la batalla se encontraban  varios cardenales,  para infundir fe en los momentos más difíciles de la batalla. Al costado de los pastores de dios, asomaban varias manadas de lobos, adiestrados por Taboti, el único domador de estas fieras de los reinos.

La muralla de Urskoy era de grosor notable y de gran altura. Cladius partía en cierta ventaja,  sus arqueros aprovecharían la altura para generar el máximo daño entre las filas enemigas.

—¡A mi señal,  lanzad las flechas de fuego! —ordenó el señor de la fortaleza, levantando el brazo para indicar las correspondientes  órdenes.
Ewon alzó levemente la mirada, fijándose en la muralla y vislumbró al rey Cladius junto al joven príncipe.
—Atacad magos, demostradles cómo se paga desafiar a los nuestros —dijo el Impecable, alzando su arma mientras  levantaba el corcel con una bonita pose.

En  ese instante un mago, el más anciano,  levantó su báculo y lanzó un proyectil de fuego que impactó contra el muro de la fortaleza, destruyendo la roca, donde aguardaban algunos  combatientes. La bola de magia calcinó  varios guerreros. Del virulento impactó varios fragmentos rocosos salieron de la muralla en todas direcciones.
—¡Apartaros! —gritó un capitán— ¡Rocas ardientes caerán sobre vuestras cabezas!—. El estruendo de las rocas al chocar contra el suelo, estremecía a los guardias e intentaban buenamente esquivar esas enormes masas de  piedras. Uno de esos pedruscos dio en el rostro del príncipe Koppens.
<<Perfecto. Ahora su ejército me pertenece>> pensó Cladius con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Curanderos, salvad a este joven! —espetó el capitán de los arqueros. Varios sanadores se acercaron rápidamente e intentaban salvarle la vida, pero, las caras de estos dejaban prever que las posibilidades de sobrevivir eran escasas.  
—¡Mi rey! No responde…—comentó el sanador, mientras  observaba horrorizado el rostro descompuesto del joven.
—Ha pagado un alto precio por la inexperiencia en batalla —dijo el Arrogante sin un ápice de compasión.
—Lo llevaremos aún lugar seguro, mi Lord —argumentó el médico sujetando los brazos del rey. Fue trasladado en la biblioteca.
—¡Lanzad una lluvia de  flechas, ya!

El mismo hechicero que lanzó el conjuro, volvió a canalizar los flujos de magia para realizar uno de sus conjuros superiores. Al terminar la canalización,  empezó a brotar de sus palmas un fuego candente y rojizo que por momentos crecía de tamaño. El hechicero lanzó otra bola de fuego pura, hacía la puerta de la fortaleza y esta fue  destruida, sucumbiendo en  llamaradas.
—¡Rápido, a por la ciudad! —exaltó el rey de orejas picudas.
—¡Wha! —gritaron  los guerreros de Ergerder al ver la puerta abierta. Miles de luchadores corrían para adentrarse en la ciudad.

—¡Maldigo a toda esta calaña de asquerosos magos! —Injurió el rey de la ciudad asediada—. Guerreros de Forthor, no deben entrar —gritó— ¡Como pasen…probareis mi cólera!

Los ejércitos se acercaron en ese punto estratégico, para una cruenta batalla por  controlar la exenta puerta. En ella, la congregación de los dos ejércitos era tal que por momentos parecía una alfombra humana de hombres. La lucha en el paso era terrible, se podía notar en los rostros de los guerreros, el fervor y la tenacidad, el sudor y la sangre; guerreros a por doquier caían al suelo y eran literalmente pisados por sus propios compañeros, ya que no se quería ceder ni un metro de terreno en ese instante decisivo de la batalla. Al largo rato de lucha, el grupo de Ewon se abrió camino, siendo estos  mejores en el cuerpo a cuerpo. La hueste de Ergerder aprovechó para adentrarse en la ciudad y poder salir de esa trampa mortal, el temido acantilado.

El rey más longevo, intentaba acercarse a Cladius abatiendo a todo el que se ponía en su camino,  acercándose para poner fin a la batalla. Los dos reyes, por fin se encontraban de frente.

—Acabemos con esto tú y yo. Deja que por lo menos la gente se valla y puedan ver un nuevo despertar —dijo Ewon  mirando fijamente a su adversario.
—Morirán por mí. Sus vidas me pertenecen ¡Soy su rey!

En ese instante el silencio entre los dos se hizo latente, parecían observar cada movimiento que hacían, como si estuvieran estudiándose el uno al otro.

—Esto ha ido demasiado lejos —lamentó Ewon al ver de re ojo las muertes de los suyos—. Tu mente perturbada es la responsable de las muertes de esta batalla.
—¡Callaros de una vez! Escuchar vuestra voz me produce un intenso dolor de cabeza. La insensatez de veniros a mi fortaleza os costará la vida de inmortal.
—Tengo fe en mi gente —expresó mirando su apreciada hoja—. Puede que muera en este lugar si ese mi destino, pero mi existencia es llevar la paz a los reinos y hacer que los reyes cumplan las normas. Nadie está por encima de las leyes.
—Bla, bla, bla. ¿Leyes dices? Las leyes están para saltárselas, sino sería una vida muy aburrida, sin emociones, acaso ¿crees que no me divierto con esta guerra? —preguntó—. Deberos a los demás no es digno de nuestro estatus,  hemos nacido con la suerte de ser dioses en la tierra, reyes que ansían el absoluto poder. Verás orejonas picudas, hace muy poco tuve un sueño donde contemplé como moríais ante un guerrero de naturaleza extraña —comentó Cladius con cierta sonrisa placentera en su rostro.
—Los sueños pueden ser errantes y ni los más sabios son capaces de entender el verdadero significado.
 
El combate entre los dos reyes empezó. Las hojas chocaban cómo relámpagos sin cesar. Las miradas eran intensas, en busca de delatar el siguiente ataque, algo que su maestría no mostraba ningún movimiento en falso. El rey tirano era el más fuerte y hacía uso de ello, con fuertes golpes de espada que su oponente contrarrestaba con  rapidez, y cuerpo equilibrado de los elfos. En un rápido ataque llevado por Ewon, cambió el ángulo de ataque en busca de dar un golpe preciso y que su rival logró esquivar.

—¡Miserable! —espetó el Arrogante retirándose hacia atrás, mientras se tocaba la mejilla notando como la sangre se escurría entre sus fornidos dedos.
—Ríndete ahora antes de que sea demasiado tarde, Cladius.
—Antes prefiero morir —dijo Cladius con rabia y lanzó varios ataques que su oponente rechazo. Él sabía que cuanto más tiempo pasase en el duelo, más difícil lo tendría para vencer, ya que su oponente tenía una resistencia admirable. La intensidad en los golpes empezaba a decaer y  las estocadas  del tirano solo eran defensivas, ni tan siquiera era capaz de lanzar un ataque dado su notable cansancio. En ese instante, ante una posible derrota, silbó fuertemente como si llamara un perro. Entre los muros del final de la fortaleza, unos enormes tentáculos empezaron asomar y que procedían de la espeluznante criatura, el Ocho ojos.

—¿Qué os parece la historia? —interrumpió su discurso el viejo.
—Bravo —aplaudió—. Esta sí que es una buena leyenda, uno puede trasladarse en la misma batalla, anciano, en el nombre mío y creo que el de todos sigue por favor —dijo joven guarida de la ciudad.
—Ahora mismo sigo pero, la gola se me está secando —tocó la nuez—, ¿alguien bondadoso invita a otra birra a este pobre anciano?
—Yo, la pago —tiró varios peniques hacia el viejo.
—Gracias, Cardenal. Bueno sigamos —comentó viendo como el tabernero le traía la bebida.

“Esta criatura temida, era la última de su especie, la mayoría contraían enfermedades humanas hasta que morían agonizando. Este ser era un pulpo gigante con la peculiaridad de que vivían en la tierra. En esa leve distracción el rey de la ciudad aprovechó para escabullirse del duelo.

Esa bestia tenía la cabeza de un octópodo, pero con sus ochos ojos gigantes y de las cuales el del centro era el más grande; decían los ciudadanos encargados de dar de comer que ese ojo nunca parpadeaba, ni en los largos sueños. Sus dientes eran grandes y tajantes, como espadas forjadas por los mejores herreros. Debía tener al menos diez tentáculos largos terminados en  puntas afiladas.
A pesar de sus dimensiones holgadas era bastante ágil. Su piel se asemejaba a la de un pulpo de mar, pero algo más oscura y recubierta por unos bultos endurecidos. El gigante, solo respondía a la llamada de su amo: De muy joven, Cladius, se encontró al animal mal herido en una cueva. El joven príncipe, se lo llevó para cuidarlo, protegerlo, logrando una lealtad entro los dos, algo extraño en esos seres de arduo temperamento.

La batalla parecía decantarse a favor de los reyes de Ergerder, sobre todo gracias a los magos del colegio. Los hechiceros con la magia lograban  ejecutar conjuros de gran devastación, mermando enormemente las tropas enemigas.
—Parece mentira pero es verdad lo que se rumoreaba de la “mascota”… —En ese instante, Ewon, estaba impactado ante ese ser—. ¡Guardias, la criatura debe ser destruida!
—¡Picas al frente! —gritó un capitán de Ergerder—. Preparaos para la lucha.
 
La mascota entró en la batalla abriendo una enorme  brecha en la muralla, cerca de la exenta puerta de la ciudad.  Saltaron rocas enormes, como si fueran lanzados por los mismos dioses.
Atacó arrasando con tropas enteras de guerreros que salían volando hasta estrellarse contra el duro suelo o  por el acantilado. La moral de los guardias empezaba a decaer, los rostros reflejaban la poca esperanza.

—Vuestras palabras divinas guiaran  los corazones  más débiles —gritaron varios cardenales, mientras recitaban versos de los libros sagrados de Doz—. Señor, tú que ves la luz en donde no es bienvenida, guía estas pobres  almas  para que encuentren la fe y la suficiente fuerza en su interior.
 
El pulpo seguía exterminando  guerreros de forma alarmante, justo en el momento que entró en batalla el domador de lobos:

—Atacad, sin piedad mis pequeñas criaturas —dijo el adiestrador al ver que los magos estaban teniendo serios problemas con ese engendro—. Recuperad vuestras mentes, pueden servirnos más tarde —terminó mirando a esos magos fatigados y estos agradecieron su valor. Los lobos se lanzaron sobre la presa astutamente y bien organizados, algo característico de esa raza. Ese era uno de los motivos por los que es relativamente fácil adiestrar a un tigre, puma o similar, pero es sumamente difícil adiestrar a estos animales.

Los mamíferos atacaron con saña  las múltiples patas de ese ser gigante,  mientras varias fieras, aguardaban el turno de ataque como si fueran un ejército disciplinado y quisieran rodear a la bestia para desorientarla. Los canes hundían los penetrantes colmillos en esa carne gruesa. Estaban causando un cierto daño a esa criatura que se retorcía de dolor. La bestia  intentaba agarrar a esos lobos para poder estrangularlos como si fuera una serpiente constrictora.  El Ocho ojos atacó con sus  múltiples brazos afilados como cuchillas, atravesando a varios de ellos como simples tallos de  flor. Los lobos seguían con sus ataques incansables, propio de su naturaleza, la tenacidad. El pulpo gigante siguió con la eliminación de los animales salvajes, que aunque le hicieron un cierto daño no parecían ser rivales. Taboti vio que de las dos manadas, solo le quedaba una quinta parte, algo que le enfureció su corazón; quería esos mamíferos como si fueran  hijos propios y sin pensárselo cargó contra el enemigo. El ataque fue en vano ya que atravesó a dos de ellos con esos largos apéndices y lanzó a los restantes por el pronunciado acantilado. El adiestrador también tuvo un fatal destino,  fue literalmente barrido por uno de esas extremidades,  impactando en la tosca muralla de la fortaleza y perdiendo en ello la vida.
La pérdida del señor de los lobos era importante para el combate, nadie sabía educar  esos animales. Al no tener descendencia,  nunca más se  podría volver a adiestrar a un lobo para el uso en batalla.

—A ver cómo te sientan estos rayos, por Taboti —gritó un mago, mientras emergían  rayos y chispas de las manos—. Maldita criatura del mal, agoniza ante mi dominio del elemento.
El gigante parecía padecer un fuerte dolor, pero de forma súbita y con una rapidez envidiable, lanzó dos de sus tentáculos hacía el conjurador, partiéndolo en dos sin apenas esfuerzo.
Otro anciano empezó a canalizar magia, recitando palabras de procedencia antigua. En ese instante empezó a brotar de las manos un intenso fuego que poco a poco iba creciendo. La bestia se percató del posible ataque  llevado por el conjurador y velozmente se acercó. El hechicero al ver que el oponente no le permitiría terminar de concentrar la totalidad de su magia, empezó a lanzar otro conjuro sobre la primera invocación. Rápidamente acercó las palmas cerca de su cara, cuales llamaradas  pasaban muy cerca de la nariz y sopló. Al soplar el fuego se partió en mil pedazos; parecía una lluvia candente  que atravesó la gruesa piel del monstruo.  El ocho ojos se retorcía de dolor, y los chillos se acentuaban y resonaban por las montañas. En un ataque de ira de la imponente criatura, cogió a un guardia que yacía muerto en el suelo y lo lanzó hacia el conjurador.

—¡Cuidado mago! —gritó el príncipe de Ergerder viendo como sus palabras se perdían en el aire, el conjurador recibió un golpe mortal. Los magos aunque intentaban lanzar varios conjuros, el pulpo con esa rapidez impropia de su envergadura, no dejaba que se centraran en la magia, produciendo ciertas lagunas en la canalización.
—Mi señor, no aguantaremos mucho  este ritmo. Estamos teniendo demasiadas bajas, necesitamos un cambio urgente… majestad —finalizó uno de los capitanes de la guardia de Ergerder.                                              
—¿Pero cómo podemos derrotar a esta criatura? —preguntó el Impecable
—Sois tan previsible… —dijo Schulemberger, como si de golpe, ese chiquillo hubiera madurado—. ¡Tenéis que guiaros más por el corazón… por Ergerder! —acabó gritando, aproximándose hacía esa criatura.
El gigante octópodo empezaba a notarse fatigado, sus movimientos eran algo más lentos y más toscos, debido a los múltiples y tajantes cortes que tenía por todo el cuerpo.

El joven soberano aprovechó que la bestia había bajado la guardia para atacar por detrás y seccionarle uno de los brazos. El pulpo gigante reaccionó con uno de sus largos apéndices, agarrando al joven. El  príncipe era  balanceado de un lado a otro, hasta que el animal prosiguió a levantarlo para poder comérselo, y deleitarse con su aperitivo preferido, la carne humana.
—¡Déjale en paz, maldita bestia! —gritó Ewon, mientras ágilmente atacó a la criatura con esa espada mágica—. ¡Sufre la hoja de los  primeros elfos!
El acero  penetró la gruesa piel y emanaba un fuego intenso.
El octópodo, debido al dolor, soltó al joven rey cayendo al suelo y provocándole el desmayo en el acto.  El ser gigante empezaba a tambalearse de un lado  al otro hasta que  se derrumbó, como una piña es soltada por el árbol.

El rey de la ciudad asediada podía contemplar entre lágrimas, como la apreciada criatura había causado estragos entre las filas enemigas, pero su muerte fue un dolor en su corazón que jamás podría aliviar.
Ewon no se rindió y siguió luchando, aun sabiendo que la batalla parecía pérdida,  el ejército de Ergerder había sido reducido de  forma alarmante por la criatura gigante y por el desfiladero.

Un fuerte y estridente ruido se escuchó por todo el valle, hizo temblar hasta la gruesa  muralla. El desconcierto se apoderó de los guerreros, no sabían que era pero algo estaba en este lugar, ocultó entre las sombras, esperando su turno.

La lucha era frenética y el fervor de los líderes por tener la moral alta de sus soldados era palpable. La sangre caía por el suelo formando ríos de  color rojo, mientras los demás vivos, solo podían desear no estar en la misma situación.

—¡Todavía hay luz! ¡Podemos ganar la batalla! Por nuestra ciudad que si hoy perdemos, nuestros seres más queridos caerán con ella! —ensalzó Ewon en una señal de un último esfuerzo.

Al rato de seguir con la intensa batalla, Ergerder, parecía ganar terreno, y eso era gracias a los magos.
Otro chillido parecido al anterior  volvió a sentir por todas las montañas; varias mandas de pájaros se alejaron del lugar y eso era señal de que algo pasaba en ese lugar.

—Worfer, ¿Qué crees qué puede ser este grito? —preguntó Ewon  preocupado.
—Mucho me temo mi rey que es una criatura milenaria… —contestó el hechicero confundido y cuyo rostro parecía asustado.

 Quedaban escasos magos en la batalla;  Un anciano conjurador del colegio de fuego. Otro viejo del mismo colegio, y quedaba  un niño aprendiz del colegio de los cielos, y que sus conocimientos por los vientos de la magia eran gratamente sorprendentes.

Cladius se veía amo y señor de los reinos hasta que se escuchó otra vez el chillido. Esta vez fue más estridente y agudo, tan agudo que hizo vibrar la tierra. En ese instante el silencio cortaba la tensión, mientras un intenso miedo se apoderaba de los corazones de los guerreros. Los combatientes de los dos bandos se giraron, pudiendo contemplar a Ineth, una criatura casi extinta  en esta época.
La extraña bestia procedía de las primeras creaciones de Doz. Se decía en leyendas que salía de las profundidades de los ríos para destruir  aquel que osara menguar las aguas o contaminara los cauces.
Este ser milenario era muy alto y a la vez delgado. Su extraño rostro destacaba de  sus facciones muy estiradas. De más grosor en  la parte superior de la cabeza, como una apreciada almendra;  un haz de luz  azul emergía del centro del rostro y no dejaba ver si poseía ojos o boca.  El cuerpo estaba cubierto por una piel de color verdoso azulado y se asemejaban a las burbujas de agua, como si fuera un cuerpo gelatinoso y relleno de agua con pompas. Los brazos eran finos y largos, sobrepasaban las rodillas. Las manos eran algo más grande, resaltando del extraño cuerpo. Las piernas eran también acordes al cuerpo delgado, más holgado desde la cadera hasta ser más ancho en los pies. Aunque su aspecto no era terrorífico, sus dotes de destrucción eran legendarias.
Los dos bandos se retiraron hasta el final de la muralla ya que temían a esa criatura antigua.

—¡Cladius! Debemos apartar por un momento nuestras indiferencias y luchar juntos contra este ser —expuso Ewon mirando fijamente a su rival, que parecía indiferente—. Escúchame. Mi pueblo ha luchado desde tiempos pasados con estas criaturas, y su poder es aterrador.  
—¡Maldita sea! —Gritó el rey la  fortaleza—. Mis dioses me han abandonado justo en el momento de mi dulce victoria.
—¡No decaigas en este momento. Te necesitamos más que nunca. Podemos abatirle, si luchamos codo con codo. Si unimos fuerzas todavía podemos hacerle frente.
—Ewon, aceptó luchar contra esta criatura, pero solo sí yo dirijo el ataque. Este es mi castillo y nadie entra sin mí permiso y sufrir las consecuencias… veamos esta legendaria destrucción de este individuo —dijo Cladius. Aunque el rey de Ergerder no estaba del todo acorde, no se opuso a su petición.
—¡Escudadme guerreros de Ergerder. Ahora Cladius es quién dirige el ataque contra esta criatura, ¿entendido?!
—¡Arqueros en la retaguardia!—ordenó el Arrogante—. ¡Caballeros en primeras filas!

La criatura con sus manos, más concretamente de sus palmas, le brotaba unos chorros de agua caliente que levantaban la piel. En ese instante la criatura zigzagueó con sus brazos en el aire, con lo que se formó una cortina de agua saliendo de las extremidades. El tapiz de ese elemento acuoso fue hacía  las tropas, introduciéndose  entre los agujeros de las armaduras, dejando a los guerreros con quemaduras muy profundas. Los soldados gritaban de dolor por la piel levantada, con resultadas horribles y que diezmaba  las tropas como si fueran cartas de naipes.

La bestia del agua al ver que destrozaba a los enemigos, soltó  un fuerte chillido, siendo este rugido más fuerte y agudo que el anterior bramido, como si fuera una provocación sobre sus rivales.

—¡Hussmar enséñanos que eres capaz de hacer! —dijo el rey de orejas picudas, fijando una mirada de esperanza sobre ese joven mago.
Acto seguido y con algo de dificultad, lanzó varias palabras de poder en el aire, cuales parecían resonar en algún vacío que había creado ese joven y hábil conjurador. Del báculo del hechicero salió de repente una bocanada de viento mágico, siendo este de una celeridad pasmosa, llegando al instante sobre esa criatura, impactando  fuertemente en el pecho. La corriente era tan rápida que se podía notar como cortaba,  ya que brotaron varios flujos azules de la bestia. En ese instante el niño cayó en el suelo por su propio hechizo, fue tal esfuerzo, que agotó  su mente hasta la extenuación.

Los guerreros de cada bando estaban siendo arrasados de forma pasmosa y ni los pocos magos que quedaban se veían  capaces de eliminar  esa terrible creación divina.
—¡Cargad contra esa criatura. Lanzad flechas miserables o probaréis mi cólera! —amenazó Cladius.
La criatura empezaba a decaer;  no brotaba ni la mitad de esa agua candente y sus movimientos eran algo predecibles, debido a la acumulación de daño, cortes y demás. Los dos líderes atacaron  con todas sus fuerzas, consiguiendo herir a al coloso rival. El rey de Ergerder  empezaba a perder las fuerzas. Hizo un último ataque; atacó de frente y consiguió hundir el arma en el pie derecho de la criatura. La bestia de agua le atizó una ardua  patada, arrojándolo contra una  de las estatuas del rey tirano, hasta que cayó al suelo sin sentido.
Cladius en un acto de valentía cargó con todas sus fuerzas con su espada (un arma de uno de los hijos de Doz que tiene la facilidad de generar magia dañina). Atacó a la criatura con esa divina hoja, cortando primero una pierna y luego  abrió una gran herida en la otra extremidad. De pronto, de ese pie entreabierto, empezó a brotar un líquido viscoso azul. Ineth agonizaba de dolor. Mientras la bestia rugía de dolor, golpeó con esos largos brazos en la cadera del Arrogante, dejándolo fuera de sí. Fue un golpe terrorífico. Se escuchó un ruido del interior del cuerpo, pareciéndose partir en mil pedazos la columna, como si se hubiera agitado un tarro de ricas avellanas.
El rey por momentos sacudía de su interior sangre espesa,  notaba el fin de la vida.

El mago anciano que quedaba en pie sacó un objeto arcano y prosiguió a leerlo; al acabar de leer el escrito salió una bola de fuego que impactó contra el gigante, desintegrándose.
Las bajas fueron abrumadoras,  pocos eran los afortunados que podían seguir vivos para ver un nuevo amanecer de esperanza entre los reinos.
Ewon junto al mago, se acercaron hacía el caído y dijo mientras el mago curaba como podía las heridas:

—Cladius tu valentía nos ha salvado de una muerte —pronunció con admiración.
—No quiero morir…—dijo el Arrogante bostezando sangre por la boca, y resbalando alguna lágrima que esta se mezclaba con la fina lluvia.
—Ni los dioses desean una muerte.
—Ewon… —agonizó el Arrogante mientras sujetaba fuertemente la corona de su reino que yacía en su costado—. Solo te pediré una petición antes de fallecer. Sé que sois hombre de palabra —fijó su mirada en esos ojos perturbadores—. Mi hijo es un gran príncipe y según los monjes es bendecido por los dioses. Nombra a mi heredero, rey de los reinos.
—Cladius,  no es tan sencillo.
—Su corazón no cabe la maldad —tosió varias veces, junto con sangre negra—. Fui testigo de cómo la diosa Oryan sostenía a mi hijo entre sus brazos, mientras la diosa recitaba una nana celestial.
—Siento meterme entre majestades, pero desde los cardenales de Ergerder como la santidad de Urskoy, sabemos que este niño es especial, es un regalo de Doz y debemos usarlo a nuestro favor—expresó un grueso pastor de dios.
—Pero Cardenal, podría revelarse contra nosotros.
—Podría, pero al ser tan joven es muy manejable. Además la santa iglesia nos comprometemos en sacar el mayor potencial del joven, tanto espiritual, intelectual como que sea uno de los nuestros —argumentó el cardenal—. Tampoco tenéis que tener miedo. Cladius, sin el apoyo de Forthor, nunca hubiera resultado una seria amenaza
—Cierto, sin la alianza de Koppens jamás hubiera llegado tan lejos. Vuestras dotes de control no las negare. Confío en vuestras capacidades —finalizó.

El mago  vio que la muerte del rey  era inminente y llamaron a su jovencísimo hijo, Peter, para que se preparara para una ceremonia de fiesta en todos los reinos. Cada año en Urskoy, en el mismo día de invierno, justo la cuarta semana de cosecha de arroz.

En la larga celebridad  vinieron todos los reyes de los reinos, exceptuando el rey Theodric. Este rito era para entregar la corona del rey de todos los reinos del sud  y para recordar que batallas entre reinos solo crean muerte y dolor. Fue  un acto de recordatorio a todos los valientes guerreros que lucharon por el bien de estas tierras.  Desde la primera ceremonia Peter,  fue renombrado Lord Peter.

En esa batalla que perduraba en las leyendas, se forjo los reinos nuevos, los nuevos pactos de lealtad entre los reinos y la ansiada paz de sus gentes” —concluyó el viejo algo alegre de las cervezas, pero, observando como la mayoría aplaudían.

Los tiempos han pasado, cincuenta años desde esa batalla y parece ser que los pactos empiezan a perderse entre las casas reales… pero no es todo, algo que ni el destino es capaz de controlar, una oscuridad acecha estas tierras.

                       FIN
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
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#2
Buenas Rohman, vamos a ver qué nos traes por aquí.

Primero, la historia me ha gustado, no es nada arriesgada, en el sentido de que es totalmente clásica, pero eso no quiere decir que esté mal... yo también tengo un estilo muy clásico.

He visto algunos fallos gramaticales/ortográficos, pero poca cosa. Para mi gusto, el tono general es demasiado épico, empalagoso. Prefiero conversaciones más "naturales", no cosas como: "Vayamos tras los pasos de esas infernales criaturas", pero ahora que lo pienso si lo está contando un anciano, tiene más sentido. Es algo así como un cantar de gesta, no? También hecho en falta un final algo menos abrupto. De repente se acaba y aplauden y ya está.

Aparte de eso, el recurso del cuentacuentos en la posada me gusta, y la historia es entretenida y no se hace pesada o liosa. O sea que, en general, muy bien.

Nos leemos. Saludos!
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#3
Buenas Aljamar y gracias por pasarte por aquí. Cierto que el comienzo es algo clásico; batallas entre reinos, asedios encarnizados, dialogos épicos, criaturas imaginarias, pero en lo siguiente cambia absolutamente y es donde la originalidad brilla más. Y si representa que es narrada por un anciano que es todo un apasionado de su ciudad, alabando y agrandado la susedicha gesta-batalla. En lo gramatical y ortográfico...no es mucho lo mio...pero todo la historia sera corregida gramaticalmente, de estilo por editorial( vamos a pagar xD...) Un gusto que te gustará, y si subo mas verás que es una historia diferente, una ciudsd gobernada por dos reyes compartiendo una reina...una fortaleza en el borde de una inmensa catarata, una historia muy oscura tirando a terror en muchos casos, ademas de mucha magia de grandes conjuros y donde cualquiera puede morir...hasta los reyes. Un saludo y nos leemos!
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#4
Buenooooooo

Después de lo que acabas de decir no puedes tardar más de una semana en colgar el siguiente capítulo! Lightsabre
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#5
jiji juró en en no tardar. También juró en que mañana tienes mis opiniones de tu segundo capitulo, y siempre son de hachazo( alabo lo bueno pero meto caña en lo malo, en cuanto hay algo de lectura mas larga) un saludo.
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#6
Les traigo el siguiente capitulo de mi libro, que le queda muy poco para ver la luz xD. Espero que disfruten tanto como yo escribiendo ledger y los comentarios, tanto criticas como halagadores siempre ayudan a un escritor, soñador Horse que en buena medida intenta crecer en este bonito mundo de la pluma. Un saludo y disfruten.

                                           Transylvania  cap2( los nombres serán cambiados)





Año 1200 Doz

En el interior de una casa se oye gritar a una dama:

—¡Por favor, no os llevéis a mi hijo! —gritó desesperada la mujer.
—Es lo único que me queda de esta vida cruel, no por favor… no mi hijo… no —La mujer estaba abatida y las lágrimas de dolor resbalaban por su rostro.
Pronunció con tristeza las siguientes palabras:
—Desde que  murió mi querido cónyuge, que descanse en paz, no tenemos donde acogernos, mi señor. Os abonaré esta misma tarde, lo juro mi señor.
—¡Cállate ya zorra! —exclamó con una poderosa y desafiante voz del  general.
—Si no puedes pagar a nuestro rey, quien te protege de las injurias, de los ladrones, de guerras. Campesinos, que poco agradecéis el servicio de vuestro señor. Tu hijo pagará tus deudas con el sudor de las minas.
—No mi señor, eso no, no por favor, es mi hijo… —contestó la dama con voz temeraria— prometo pagaros, pero tened piedad —suplicó—¡Os ofrezco mis servicios! —dijo, tras titubear un momento, en un último intento de desesperación.
—¡Me junto con mujeres más bellas y jóvenes que tú! ¿Acaso no sabes con quien estás hablando? —preguntó el gran general— ¡Wrigleys, llévate a su hijo! —Clavó la mirada hacía ese pobre chiquillo, giró sutilmente el cuello, hasta fijar su mirada en la mujer y prosiguió— Qué pena de mujer, quitadla de mi vista, solo de pensar lo qué me ofrece me dan arcadas. El ayudante agarró al joven, y este intento ofrecer alguna resistencia, pero en seguida, otro camarada, aturdió al niño con un golpe seco en la cabeza.
—Por tu grosería y falta de respeto hacia mí, el gran Bouquet, mano derecha del  rey Koppens  de Transilvania, que mis soldados leales hagan lo que se les antoje contigo.
Se oyeron gritos de cómo  estaban sometiendo a la mujer.

Había gente en los alrededores de las casas cerrando las ventanas, presas por el pánico. Sabían lo que estaba sucediendo en esa casa, muchos ya habían sido testigos de la crueldad y locura del general. Cegados por el miedo, nadie se interponía ante la mano derecha del monarca.
Bouquet salió de la casa junto con el niño de unos doce años. El joven no medía mucho más que el principio de la puerta de un ventanal; tenía el pelo corto, muy típico de estas aldeas que facilitaba ver si había alguna garrapata. Sus ojos eran de un ámbar suave, como la miel recién sacada de un panal de abejas. El precoz aldeano era más bien  de corpulencia delgaducha y  degradada,  de ropaje típico de un chiquillo transylvano: llevaba una camisa de color verde mugre por el tiempo que la llevaba utilizando. Los pantalones rotos dejaban entrever sus piernas flacuchas.


La pequeña aldea estaba cerca de Pensylvania. Estaba compuesta por campesinos que habían decidido vivir fuera del bullicio de la ciudad. El poblado se llamaba Hagen: las casas eran bastante parecidas a la ciudad de Pensylvania, de madera de pino, una madera considerada de calidad más bien escasa. Las puertas de la mayoría de las moradas lucían todo tipo de amuletos de carácter protector y religioso de Doz. Se podía ver cómo colgaban esos talismanes: varias orquídeas de luz, una flor que brillaba en la noche; Alguna que otra cabeza de ajos y sobre todo la insignia de Doz, que era una mano agarrando el sol.

Bouquet tenía  una gran melena de color negro  ceniza. Su rostro tenía una cicatriz desde la ceja derecha hasta un poco más abajo del ojo derecho,  dejándolo ciego de ese ojo. Tenía unas facciones estiradas de haber derramado mucha sangre, ya que su cara no mostraba expresión alguna. Su barba era larga y se encontraba recogida por tiras de cuero de jabalí.
La mano derecha del rey era un hombre fornido, de aspecto fuerte, de una edad avanzada, pero de años bien conservados. Su armadura estaba decorada acorde a la cercanía con el rey; en el pecho guarecía una cabeza de león sobresaliendo de su abdomen, infundado un aspecto imponente a los ojos de cualquiera que gozara del honor a  luchar contra él.  De la espalda colgaba su enorme escudo que  sobresalía de los hombros. Se podía entrever el gran peso, debido al generoso tamaño. La defensa estaba realizada en acero y madera de roble, teniendo el símbolo de la mano derecha y  la cabeza de león de Forthor en la parte visible.
En su cinturón de piel guardaba el imponente mandoble; de mango algo grueso,  donde destacaba los  adornados de oro y las dos cabezas de león en la guarda.
Cogió su caballo blanco como la luz, cubierto por una tela azulada  con las correspondientes insignias de su ciudad. Bouquet y sus leales guardias pusieron rumba hacia el castillo.


La gente empezó a salir de sus casas como si no hubiera pasado nada.  La multitud percibían de que a la mano derecha ya no le quedaba mucha más fuerza para estar entre los vivos, para poder pasar al mundo de los muertos, y eso les consolaba.
Cerca de esta tranquila aldea se encontraba Pensylvania que nunca podía ser atacada, pues le protegía una ley pactada entre los reinos. Sus murallas eran  no muy altas, no más que  tres hombres adultos.


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La ciudad, en los días de lluvia era un auténtico barrizal. Solo tenía dos calles empedradas: la calle principal, donde se ponían las principales casas de comercios y la calle de los herreros.
Era una urbe muy alegre pese a no tener reyes ni muchos acomodos que se pudiera decir. Los campesinos encontraban la ciudad libre de posibles guerras y eso confortaba a sus habitantes. Nunca había sido atacada, no por los múltiples magos que poseía la ciudad, sino por no albergar rey alguno, lo que la hacía carecer de valor  para los enemigos. Los pocos que lo habían intentado eran alguna muchedumbre de bárbaros,  aunque no llegaron ni a las puertas de la muralla.


Aquel día, en el puerto, solo se discutía sobre la llegada de un individuo que vendría a la ciudad, con su navío, del cual el nombre era Valafar. Decían  que era extranjero de la ciudad Ramhurta, aunque no se sabía con certeza.
Quedaba poco para la llegada de ese barco, que llegaría al ponerse el sol, a sus tres cuartos de vida, más o menos a las siete horas de la tarde.  El puerto era de madera de gran calidad, pero  algo consumida por la sal del mar. Aunque era enorme, solo transcurrían los pescadores en esos amarres desgastados. Entre esa abundante madera se encontraba otra obra colosal, el faro de la ciudad; solo dos ciudades poseían puerto y estas eran Ramhurta y Pensylvania.


Y llegó la hora; en esa época  de invierno precoz, el sol se aposentaba  en sus tres cuartos de recorrido y  se reflejaba en el agua un esmero esbozo de flor: la flor de jazmín. Antiguos libros decían que cuando el sol dibuja esa flora, era presagio de malas pescas del pez espada, un pez considerado por la corte real de un manjar exquisito.            
Entonces, en el horizonte del mar, se dibujaba una  vela negra de grande dimensiones. El color negro era por regla general, considerado un barco pirata o de malas intenciones. Se iba acercando hacia la orilla, pudiéndose observar las enormes dimensiones.
Cuando el barco se acercó se pudo observar que no tenía ornamentos, que digamos de cierta riqueza y carente alguno de signos de realeza, algo extraño de ver. El navío era madera de roble, una madera muy polivalente, pero en este barco extrañaba su escaso tratamiento, sin sus correspondientes aceites. Se podía contemplar algún que otro signo de musgo entre las ranuras de encaje. Ni oro, ni plata, la ausencia contrastaba con la envergadura de tal magnitud, como mínimo medía setenta pies. En la proa yacía un largo mástil en forma de lanza, en la cual permanecía un cadáver, dándole aspecto de  barco ruin y siniestro. En la popa del barco estaban varios habitáculos y demás estancias. Estaba iluminada por candelabros, gárgolas de horrorosa figura y de gran tamaño. Este barco daba escalofríos solo de verlo pasar.
Llegó al puerto.

Unos pescadores  se pusieron a hablar. Asombrados y espantados se miraron el uno al otro.
—Es el barco más grande que hayan podido ver mis ojos —pronunció las palabras el más joven de los dos.
—Debe de ser de alguien de gran poder, de rango alto o de un importante rey —comentó el otro, mientras se miraban atónitos
El barco lo amarraron, echaron la pasadera y salió el dueño.

Valafar poseía una espesa melena de color negro que por momentos parecía  moverse a contra viento. Sus ojos eran de un negro profundo, como el anochecer de un largo invierno, su mirada hipnotizaba al guerrero más puro de corazón. En sus finas orejas aguardaban varios abalorios de oro, de los cuales el que más destacaba era una serpiente vil enroscada en la oreja derecha y con su mordedura en la misma piel, siendo esto lo que sujetaba el peculiar abalorio. Sus facciones  eran la de una persona mucho más joven a la avanzada edad que tenía, sin apenas arrugas desdeñables y de un color muy pálido, tirando a color carne en el transcurso de descomposición. En la parte derecha del mentón, se le podía notar una leve sutura negrizca y algo roja, como si fuera piel viva quemada. Esa piel de aspecto horrible era la de su auténtica forma, la de un duque del inframundo: el hijo del dios inframundo.
En su boca se podían entrever unos colmillos largos, brillando con los últimos rayos de sol del atardecer.
Llevaba un chaleco de color negrizco, cuyo borde tenía hilos finos de oro,  una verdadera artesanía. El señor de la noche portaba una capa negra por detrás, pero por delante era de un rojo oscuro siniestro. La capa era larga hasta los pies,  como si formara parte de su propia piel, como si la capa fuese su propia sombra.  Poseía un cinturón de piel, que en el centro albergaba una pequeña estrella, símbolo del poder de su padre, que no es más que una estrella de cinco puntas y  una serpiente en el medio. El cinturón sujetaba un pantalón de lino fino negro. Su mano derecha siempre estaba en movimiento, la movía de forma provocadora, como si quisiera decir algo, seria porque tenía una especie de sello. El anillo era de grande como una nuez y   resplandecía muchísimo; debía de ser de oro puro. En el centro del sello aguardaba un ojo cerrado. Su voz era atrayente pero a la vez errante y cuando se enojaba su tono era el de un duque del inframundo; como si fuera de ultratumba, grave y replicante a los oídos humanos.  No se sabía si era vampiro o demonio, pero alguna leyenda antigua relataba que de la copulación de Agrammonth(dios del inframundo) y de una joven vampiresa, nacería el mal, un mal que ni en las peores pesadillas podrían igualar. En algún libro de la biblioteca de Ergerder descansa un relato antiguo, de la posible procedencia de este ser. Según el libro antiguo del tomo primero, de las creaciones de las criaturas de la prisión del averno, es donde se relata un pequeño relato de este ser.  Era hijo del dios del mismo mal, uno de los muchos hijos que poseía el dios del infierno.  Al tener sangre de su padre disponía  poderes casi ilimitados y cuya gran ventaja que tenía era ser mitad vampiro. Estos seres de la oscuridad pueden cruzar fácilmente la eterna prisión del averno. Su sabiduría e inteligencia era otorgada gracias, a la astucia de los seres de la noche, los vampiros, algo que en su mayoría de demonios y dioses del inframundo carecen tener.

El ser malvado bajó por la pasadera acompañado de un hombre, el  Canciller,  su mano derecha.  
Valafar  no era como los otros reyes, el Canciller no era un esclavo, si no su mejor hechicero. Aunque  no le solían llamar por ese nombre, sino por  Smithi.
—¡Guardad los carruajes! —dijo el señor de la noche.
El mago se acercó hacia los dos marineros.
—¿Dónde podemos dejar estos carros? —preguntó esbozando una sonrisa gélida.
—Ehhhhh… —tardó en reaccionar el pescador— ¡Aquí mis-mo, no mo-lestan, se-ñor! —comentó algo atrancando mientras observaba como la desdibujada sombra, de ese desconocido, que se balanceaba sobre él— ¡No se pre-ocu-pe, todo es-tara de su a-grado! —volvió atrancarse en sus palabras, y mirando como esa  extraña oscuridad parecía haberse esfumado.

El grupo siniestro se alejó del puerto y los dos navegantes se miraron aterrados.
—¿Has visto lo mismo que yo?
—Como para no verlo…esa sombra era horripilante —dijo algo atónito.
—Habrá que avisar a los magos.
—Yo me encargó. Tu vigila, por si aparecen —comentó el más joven de los dos y alejándose, en busca de los hechiceros.

Este gran hechicero  era dos palmas de mano de hombre, más bajo que su amo. Su rostro parecía enfermizo y de su absorbida cara se percibían sutilmente los huesos. Sus ojos padecían sucumbir a la oscuridad, algo que delataba su naturaleza corroída por la vil hechicería. Sobre su espantosa cabeza se podía contemplar un yelmo algo desgastado. Esa reliquia la portaba el  mismísimo gran mago Abidos, o eso decían antiguos relatos. La vieja joya estaba realizada en  oro puro ennegrecido, debido a los años que tenía ese objeto hechizado. El apreciado yelmo tenía unas formas algo curvas, con trazos rectos a la vez y terminaba con un rubí, del tamaño de un diente de ajo y de un color azul brillante. El yelmo desatacaba bastante con el atuendo de colores fríos del mago. La extraña corona  obtenía almas revitalizadoras de los espíritus encerrados en el rubí.  De la boca del hechicero, se podía ver algún que otro diente caído, como un aciago anciano. Su pelo era negro a mugre de sucio. La túnica que le rodeaba toda su espalada y cuerpo era de piel de oso pardo de bastante desgaste; se podían palpar los bordes de la túnica, donde ya empezaban a cambiar a color, debido al contacto ligero del suelo.
Portaba un extraño y abultado cinturón, que contenían varias cuerdas que sujetaban tres calaveras reducidas por algún tipo de magia oscura siendo, estas de diferentes razas.
El primer cráneo era de un humano, la siguiente podría ser de algún demonio, donde nacían dos cuernos negros. La tercera debería ser elfica, aunque es difícil de apreciar a simple vista de mortal, ya que su gran diferencia son sus orejas de elfo, que lógicamente ya no poseía.
El conjurador portaba una capa  de un color  morado algo oscurecido y tenía bastantes palabras mágicas grabadas en él. Los escritos destacaban bastante, ya que las letras tenían un prominente relieve, siendo hechas de hilo de piel de gato y pintadas de un color amarillo suave.  Sus manos estaban muy consumidas, desgastadas por el paso  de los largos años y debido a su delgadez, se le dibujaban o se apercibían, los huesos de las manos, dando cierto estupor al observar.
A simple vista no llevaba  espada alguna, cuchillo, nada de armas de filo, solo  sostenía un báculo.

—Qué tristeza de ciudad —comentó un hombre envuelto en una capa y su capucha ocultaba su rostro, pero su voz parecía vacía, sin alma—. ¿Podríamos ir a al burdel, es de los mejores de los reinos, no os parece? —acabó preguntando ese extraño, siendo el más bajo del grupo. Llevaba una túnica de color negro penetrante sucia de pies a cabeza. Su capucha no  le dejaba ver su rostro,  solo se  asomaban unos ojos. La profundidad y sombría de sus ojos parecía  adueñarse de quien osara mirarlos. Su cara estaba absorbida, pudiendo ver algún que otro hueso. Se parecía a un cadáver errante. El misterioso ser tenía un carácter muy reservado, casi nunca decía nada, ni conversaba con nadie. De carácter frío como el hielo, parecía no tener alma; su corazón estaba vacío, además parecía emanar una extraña maldad, como si fuera recubierto por una misteriosa aura de infortunios.  Inspiraba terror profundo a cualquier guerrero osado que temerariamente intentara enfrentarse a él y esgrimía una larga y afilada hoz.

—Estaría bien, Drehath, —habló un hombre fornido, enorme y siendo el más alto de todo el grupo— ¡Tengo ganas de notar el sexo de varias mujeres! —terminó con ciertos aires groseros. Ese personaje se llamaba Wailter y parecía un hombre, pero en él, todo era más grande de lo normal. Sus enormes ojos se asemejaban a dos manzanas, que  brillaban con la tenue luz de la luna. Ese extraño y alto individuo,  poseía una  enorme  boca, seguramente podría comerse de un solo bocado  un pollo entero, y  en ella le nacían unos imponentes dientes afilados, como cuchillos.
El guerrero musculoso  tenía una altura prominente, le sacaba cuatro cabezas a su líder y eso que su amo no era bajo alguno. Sus ropajes estaban algo desgastados por el tiempo. Entre esa vestimenta maltrecha, destacaba su camisa, desabrochada y dejando ver su enorme musculatura. Daba un cierto respeto, dando la impresión de que podría partir un árbol por la mitad.

—Quien quiera que se venga. Sino que regrese a los carruajes —dijo Valafar con ciertos aires de autoridad y viendo como el más bajo del grupo, el que portaba una guadaña, se marchaba hacia los carros.

Al poco rato de andar, llegaron hasta una plaza bastante amplia.
—Mi amor —recitó una mujer de belleza incalculable pero parecía delicada como una flor—. Casi no recuerdo nada de la ciudad, cuántos años han pasado de nuestra estancia, ¿mi amor? —terminó exponiendo la única mujer entre tanto hombre, la bella dama Líria, esposa del señor del mal .Tenía un rostro hermoso y pómulos generosos que le otorgaban una cara algo redonda. La bonita palidez  contrastaba con sus labios rojos intensos. Su pelo era de  color grisáceo suave, con  algún recogido y terminado en dos largas colas que,  llegaban hasta casi tentar su imponente trasero. De ojos verde esmeralda donde la luz de las estrellas atrapaba. Contrastaba del intenso rojo de los párpados, cuales descubrían una mirada felina.  Portaba sutilmente una vestimenta  de seda translúcida y opaca en los brazos, dejando entrever un escote de vértigo, de muy bien ver. Entre tanta belleza de esa dama, de la mano descansaba un fino anillo en forma de serpiente, realizado en oro brillante.

—Demasiados años hemos estado en la maldita prisión —murmuró el líder del grupo cerrando el puño de rabia.
Esa plaza albergaba en el centro un pozo, una de las pocas formas de abastecerse de agua la ciudad cuyo abastecimiento procedía del río lento.
—Mirad cómo corretean los niños, tan felices…los comerciantes con sus artimañas para vender al incauto…todavía no conocen el verdadero  miedo —acabó diciendo el señor de la noche y balbuceando una extraña melodía diabólica que se repetía varias veces.
La luna empezaba a tapiarse por los tristes nubarrones, deshaciendo esa bonita sonrisa que portaba  sutilmente. La noche se hizo de repente más oscura, parecía la antesala de algún suceso; los aldeanos mostraban inquietud, sabían que algún mal presagio se acercaba.
Entre esa noche de sombras y vacío, un cuervo se posó con cierta elegancia en el vuelo, en lo alto del mismo pozo. Esbozó de su fino y amenazante pico varios chillidos, como si fueran un cántico macabro. Mientras esgrimía ese terrible cantar, no dejaba de mover la cabeza de un lado al otro. Las gentes no daban crédito a lo que contemplaban, y un cierto temor empezó a sucumbir. Otro pájaro del ébano apareció y se posó cerca del otro animal. Este hizo lo mismo que él otro cuervo. Tres pájaros más se posaron en la piedra e hicieron lo propio, giraron la cabeza de un lado al otro y compusieron esos chillidos amenazantes que se asemejaban a un coro diabólico. Siete pájaros del ébano se acercaron al pozo. En ese instante desconcertante para las gentes.
—Todos hemos pecado ante dios. Todos hemos sucumbido ante la atenta mirada de nuestro señor —recitó un anciano, mientras se acercó a una estatua de Doz, que se encontraba al final de la plaza— ¡Quién no ha pecado, mi señor, provocado dolor, sufrimiento…y buscamos perdón en ti, y encontramos  vuestro perdón, perdónanos!—.
Varios hombres y mujeres abandonaron el lugar; tenían miedo de que algo les sucediera, no se fiaban de esas criaturas que solo traen el mal por donde pasan.
—¡Esbirros del innombrable señor de las tinieblas qué maldad aguardáis para nuestro pueblo! —acabó diciendo un joven comerciante agarrando un cuchillo.
—¡Niños! —gritó una dama— ¡Venid conmigo!—.Los niños fueron en dirección a la mujer, alejándose de la plaza.
La gente miraba fijamente a esos pájaros; asustados las miradas de los unos a los otros para ver cómo podían alejar a ese grupo de cuervos.
—Algo tenemos que hacer —dijo el anciano, mientras miraba a los demás, a la espera de ver alguna reacción.
—¿Y qué podemos hacer ? —comentó asustada una mujer—. Solo somos campesinos, no somos luchadores —acabó diciendo la dama, alejándose hacia los comercios.
—Lleváis razón, mi señora —dijo el joven del arma blanca— pero somos humanos y ellos solo son animales. ¿Qué temen las bestias? —Preguntó mirando a todos presentes—. ¡El fuego! ¡El fuego les devolverá a su mundo, el inframundo!—.
—Bien dicho, solo son simples animales.
—¡A por ellos! —gritaron.
—No os tenemos miedo —dijo la mujer que había salido del improvisado escondite, entre las tiendas y mesas de los vendedores.
—Rápido, coged las antorchas.
—¡Quemadlos! —Increpaban las gentes, acercándose a esas criaturas de la noche— ¡Que el fuego purifique estas almas corrompidas!— gritaban.
La muchedumbre se acercaba amenazante sobre los cuervos. Los cuervos seguían con su fuerte cantar, sin dejar de mover sus cabezas. De repente, el grupo de pájaros del ébano alzó el vuelo de forma unánime. Algunos de ellos  incluso chocaron contra las gentes. Fue un momento tenso, pero los aldeanos respiraban más aliviados.
—Ha sido todo muy extraño… —murmuró el comerciante que sujetaba el cuchillo.
—Da igual —dijo el hombre que estaba en la estatua y se levantó, alejándose de la figura divina— Mis plegarias os han salvado, paganos.

La multitud se iba dispersando del pozo, una de las pocas formas de abastecimiento de agua de esta ciudad.

—¡Cloc! —se escuchó resonando en el interior del pozo.
Las gentes de alrededor se giraron rápidamente.
—¡Cloc! —volvió a sentirse en las cavidades de la poza.
—Bha. Uno de esos torpes cuervos se habrá caído en el agua, por eso estos ruidos—.
—¡Yo no estaría tan seguro! —comentó el anciano.
La multitud se puso en dirección hacia su apreciado pozo, y volviendo a tener un renovado miedo en sus corazones. A cada paso que daba el grupo, más tensión se respiraba en el ambiente. Miraron por el interior del pozo, y no observaron nada.
—¡Cloc! —volvió a repetirse.
—¿Alguien ha visto algo?
—Yo no veo nada, nada de nada —comentó el comerciante del cuchillo— Espera…ahora sí que parece que algo se mueve en el agua, ¡alumbrad con las antorchas, rápido! —acabó mirando a ver si contemplaba algo en la penumbra. La luz de las teas iluminó las entrañas del pozo.
—No puede ser —Expresó atemorizado un vendedor que sujetaba el arma blanca— ¡Qué horror por dios!
—¡Arghh! —chilló una mujer.
—Avisad a los magos. Necesitamos saber si ha sido obra de algún tipo de magia malvada o dios nos ha castigo con severidad —expuso con gran sabiduría uno de los comerciantes.
—Lleváis razón, ellos sabrán qué hacer, voy a buscarlos —dijo el vendedor con el cuchillo, apretando el mango fuertemente y corriendo en busca de los hechiceros.
—Tardaremos mucho en limpiar esto y ya veremos si podemos  usar el pozo para un futuro...—. Entre esa agua, se podía ver a varios cadáveres de buitres en su transcurso de descomposición, y eso era difícil de entender por los aldeanos o ¿acaso la ciudad llevaba bebiendo agua en este estado durante todo el tiempo? Sabían que solo podía ser obra de la magia.
—Que todo el mundo se quede en sus casas, que nadie salga de ellas, hasta que esto se aclare.
—Sí, mejor, todo el mundo a sus moradas y avisad a los demás de lo ocurrido.
—Todavía no me lo acabo de creer… la verdad, ha sido todo tan rápido y extraño… —volvió a decir el vendedor de varios utensilios.
—¡Despierta, abre los ojos. Algo malo ha llegado  en esta tranquila ciudad…! ¡Que dios nos apiade de este mal! —acabó diciendo el anciano algo abatido.
     
                         FIN Continuara
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#7
Buenas compañero Rohman, tiempo sin leernos ¿verdad? En fin, quería pasarme antes por tu hilo, pero entre que estoy en el dragón lector, que en Wattpad me crujen a peticiones de que lea capítulos de la gente, y que a trancas y barrancas voy avanzando con Baile de Sombras, pues no he tenido mucho tiempo de seguir leyendo de las novelas que se van publicando en el foro. Bueno a lo que vamos. Creo no recordar este trozo en absoluto la ultima vez que nos leímos en Fantasía Épica, juraría que no lo llegaste a colgar allí. Si fue así, pues esta retocado y no lo he logrado identificar. He notado que tu narrativa a mejorado desde la ultima vez que nos leímos, y las descripciones son más cortas y concisas, con lo que logras darle más ritmo a la lectura. También me he podido fijar, por poner un ejemplo, cuando el cuanta cuentos narra como es la armadura del rey, y el guardia lo increpa diciéndole que todos ya conocen ese tipo de vestimenta, la contestación del viejo sirve para darle sentido a toda la detallada descripción de la armadura. Por ese lado me pareció una buena idea.
Ahora algunas cosillas que he visto, si que es cierto que algún fallo estructural de alguna frase he visto mientras leía, nada realmente destacable, pero si que me chirrió un poquito a leerlo. (No me preguntes donde, pues con el pedazo tocho que has colgado, no me sabría ubicar Xd) También he de decir que la historia en sí me sonó rara explicada así. Me explico, no he tenido la sensación de que fuese narrada por el cuenta cuentos, sino más bien que el narrador nos ha transportado a esa escena así or así. La segunda cosa, es que si realmente quieres que suene a cuento narrado por el cuenta cuentos, la narrativa tendría que ser diferente. No sé si me hago entender. No parece que el viejo lo este contando, sino que parece una vivencia contada por un narrador omnisciente que se encuentra en el lugar. A pesar de todo la historia se sigue bien, y no lleva a grandes confusiones. Un poco enrevesada la batalla en algún punto, pero bastante bien en normas generales. Lo que te comenté de la sensación, es muy probable que solo sea una sensación particular mía. En todo caso, como dije, he encontrado la narrativa bastante más pulida que la ultima vez que nos leímos.
Un saludo y nos leemos compañero.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#8
Buenas Fardis2 gracias por pasarte por este pedacito de mi alma. Pues la verdad como tu mismo has visto, la evolucion de la escritura se nota muchos, al igual que el capitulo que esta muy cambiada, retocada, aligereda, mas fluida. Antes había una parte donde etraba la b4estia del agua, Ineth, muy a a lo deus machine, al que he logrado que sea una entrada más creible y no tan de sopeton. Me falta pulir un pco el final y la historia del capitulo 1 estara acabada.En lo gramatical...e mejorado muhco pero aun es un nivel medio bajo, que se le va hacer..xD. Y lo del cuentacuentos, no quiero que sea realmente como si fuera un cuento en si del todo( no se no lo veo) aunque lo tendre en cuenta. La verdad que una vez revisado por ultima vez( falta algun retoque mas) más el retoque de la editorial tanto gramatical, estilo y cosas de esas, ganara mayor fluideza. Bueno fardis2, un saludo y nos leemos!
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#9
Buenas Rohman,

Veamos que nos traes en el segundo capítulo. La primera parte la he visto bien, tiene bastante fuerza, carácter...
La segunda parte también me ha gustado, los personajes son extraños y originales.
La tercera parte es la mejor para mí : todas esas escenas metafóricas-simnbólicas me gustan!

Pegas: algunos fallos gramaticales/de puntuación y la última parte la veo un poco "vacía", para mi gusto le falta algo de descripción

Perdona que no me explaye más pero la almohada me llama!

Nos leemos! Saludos
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#10
Cheers Buenas Aljamar, un justo volver a verte por aquí. Pues la verdad que ha este segundo capitulo le tengo un gran aprecio(falta alguno retoques más) pero es bastante definitivo como será. Pues me encanta empezar con un comienzo fuerte, atrayente para que el lector al saltar del primer capitulo, de tanta accion, encuentra una semi-continuacion de intensidad que ayudan a que las descripciones de los personajes se lleven mejor(algo por eso las rebajaré) Y la parte de los cuervos, pues, ya la puese una vez en un reto de el foro anterior( sin estar tan bien corregido como ahora...) y gusto mucho, dicen de mi, que se me da bien crear tension al lector, suspense y eso es lo que intento exprear en el libro; mucha tension al salir los personajes de sus murrallas, mucha magia y que desde al simple aldeano hasta los reyes, pueden morir. Un mundo que intentó que sea muy oscuro, mucha traicion y donde los seres del mal tiene mayor poder que el bien. Nos leemos y un saludo!
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