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Reto Una Imagen, Varias Historias I: "La torre de ámbar"
#1
[Imagen: Imagen_reto_Fantasitura.jpg]


    El depredador saltó sobre su presa cuando esta chocó contra una roca y salió rebotada hacia arriba, momento que  el avezado cazador aprovechó para cerrar sus mandíbulas sobre la indefensa víctima y zarandearla de un lado a otro con movimientos enérgicos de cabeza, para matarla. A continuación se volvió y miró a su amo con la rama de olivo firmemente apresada entre los dientes, convertida en un orgulloso trofeo de caza. El lance fue celebrado a partes iguales por perro y humano, con un enérgico movimiento de cola del primero y un jubiloso grito infantil del segundo.
    —¡Síííí…! ¿Viste cómo lo atrapó Giro, abuelo? —exclamó el chiquillo. El aludido, envuelto en una túnica de color azul marino cuya capucha le ocultaba el rostro, avanzaba con parsimonia mientras se apoyaba en un báculo decorado con motivos alados. Respondió con un gesto de asentimiento que debió satisfacer al muchacho, pues se alejó corriendo hacia su mascota. Esta se acercaba con la cabeza levantada, ofreciendo su presa para, en el último momento, escapar de un salto y volver luego a empezar, lo cual sólo servía para hacer reír al niño. Con los brazos en jarras y un falso tono de enfado, el muchacho lo llamaba. Al final, con mirada inocente y la nariz pegada al suelo, dejó el juguete frente a él a cambio de varias caricias. Luego se reanudaba el ciclo que, a ojos de cualquier observador, podía prolongarse hasta el fin de la eternidad.
    El camino se había ido haciendo más empinado y pedregoso a medida que el trío ascendía por la ladera del farallón, que se elevaba sobre la costa y permitía disfrutar de una vista espectacular. El hombre vio cómo su nieto, que ya se encontraba en lo más alto del risco, se había detenido y miraba al mar. Giro también pareció sentir el cambio en el estado de ánimo del niño, y se acercó, curioso, mientras olfateaba el aire. El viejo no necesitaba de las habilidades olfativas del animal para saber con exactitud la razón por la que el pequeño contemplaba con tanta atención el paisaje que se ofrecía a su mirada. Poco después conseguía vencer la distancia que les separaba y se unía a él en un momento que supo reconocer como único; sabía que aquello jamás volvería a repetirse. Y pensó que, tal vez, en eso residía el bello y sublime secreto encerrado en todo gran descubrimiento.
    —¿Qué es eso, abuelo?
    El anciano apoyó su mano libre sobre el hombro del muchacho y se concedió a sí mismo unos instantes a fin de recordar las muchas veces que había imaginado aquella escena, para poder así repetir en voz alta las mismas palabras que tan a menudo había pronunciado en su imaginación. Pero mientras en tan irreales ocasiones sus razones, sus motivaciones, siempre le habían sonado convincentes, ahora las dudas parecían tomar forma y solidificarse hasta adoptar el aspecto de formidables enemigos a los que no estaba seguro de poder derrotar. El breve tirón que sintió en la parte baja de la túnica le recordó que había alguien esperando por él.
    —Es, o mejor dicho fue, hace mucho tiempo, una torre de ámbar —contestó el anciano. En realidad su réplica no era más que una pequeña trampa que atraería al joven hacia una espiral de preguntas y respuestas cuyos  fundamentos últimos se perdían en la noche de los tiempos.    
    La bajamar había dejado expuestos los grisáceos y perfilados cimientos de la que, en otro tiempo, fuera una de las célebres torres de ámbar. Con el transcurrir de las generaciones, la que ahora contemplaban apenas podía considerarse una sombra de sí misma.  Un esqueleto de granito gastado y madera podrida, azotado por el viento y el agua. Sin embargo, en su época de mayor esplendor, esos mismos elementos desatados en forma de temporales no habían conseguido otra cosa que acariciarla, para orgullo y deleite de sus envidiados pobladores. A ambos lados del cuerpo principal, coronado por un torreón semiderruido, dos aleros esqueléticos se las arreglaban para sostener aún las estatuas de sendos dragones en actitud vigilante, una aptitud que se les atribuía desde tiempos inmemoriales, y que perduraría mucho más allá tras su desaparición, en el caso de que esta llegara a producirse.
    —¿Una qué…? —el muchacho, fascinado por tan inesperada novedad en la rutinaria vida que llevaba junto al mago, clavó su mirada en la insondable oscuridad que servía de refugio al rostro de Myran.
    —Una torre de ámbar, Renan  —repitió el anciano sin mostrar impaciencia. Luego, en tono más didáctico del que pretendía, añadió:
     »Siempre ubicadas, sin excepción, en el mar, pero próximas a la costa, las torres de ámbar fueron diseñadas para facilitar una defensa eficaz contra sus enemigos. Aunque, por lo que sabemos, no muchos de sus contemporáneos fueron tan insensatos como para desafiarlas abiertamente.
    —Pero es de piedra… —señaló el muchacho con el brazo extendido hacia la extraña construcción—. ¿Por qué se llama así?
    Myran, aprovechando que su nieto no podía verle la cara, sonrió ante el inocente comentario.
    —Las torres de ámbar no recibieron sus nombres por el material con el que fueron construidas, sino por la preciada sustancia que motivó su construcción y que, durante generaciones, constituyó su principal razón de ser. Al menos para los humanos que las erigieron.
    —¿Te refieres al ámbar, abuelo?  —preguntó  el muchacho abriendo mucho los ojos, pues de ninguna manera tenía a aquella resina amarillenta, quebradiza y fácilmente inflamable por algo más valioso que el oro, la plata o incluso que la sal.
        El mago se llevó la mano libre a la capucha y la echó hacia atrás, dejando ver un rostro tranquilo, armonioso y salpicado de arrugas. Su mirada inteligente atraía la atención de sus interlocutores.
    —No, Renan. Estoy hablando del ámbar gris.
    —¿El ámbar gris? —repitió Renan muy despacio en tono interrogativo. Era evidente que jamás había oído hablar de él.
    —Sólo algunos estudiosos de las antiguas civilizaciones reconocerían el nombre y, de ellos, al menos la mitad ni siquiera lo han visto con sus propios ojos. Pero cuando las torres de ámbar se encontraban en la cúspide de su poder, el ámbar gris era muy valorado.
    —¿Y qué ocurrió? —preguntó el niño, atrapado por aquella fascinante historia.  —¿Por qué terminaron en ruinas?
    —Se disolvió la alianza.
    —¿Una alianza? ¿Entre quién?
    El hombre rio entre dientes:
    —Jaja, está bien, Renan, pequeño granuja. Sé que no vas a parar hasta que te lo cuente, ¿verdad? —El mago no esperó por una respuesta que ya conocía, y empezó su narración.
    »Los pobladores de las torres eran buenos navegantes y se dedicaban a comerciar con toda clase de mercancías.
    »Sin embargo, en un momento concreto de su historia  del que se ignora la fecha exacta, ocurrió algo que imprimió un giro radical a sus vidas.
    Giro ladró dos veces al escuchar su nombre, provocando las risas en ambos humanos.
    —Tranquilo, Giro, no me refería a ti.
     »Desconocemos los detalles —continuó el mago tras calmar al animal—, pero sabemos que esos comerciantes establecieron algún tipo de alianza con otras dos especies, y los tres nuevos aliados obtuvieron ventajas decisivas.  
    —¿Pactaron con animales? —preguntó el joven como si se tratara de algo por completo ajeno a su experiencia.
    —Así es, Renan, aunque no eran dos especies cualesquiera. Aquellos hombres encontraron algún modo de comunicarse con los dragones, a quienes en aquel tiempo, según las inscripciones que han llegado hasta nosotros, los llamaban “silbantes” debido a su peculiar forma de expresarse. Sin embargo, hicieron mucho más que comunicarse. En un mundo en el que los reptiles alados, al igual que en nuestro tiempo, eran temidos y odiados, las torres de ámbar se convirtieron para ellos en un santuario.
    —¿Los dragones se refugiaron en las torres de ámbar? —el tono del muchacho dejaba ver sus dudas—. Esa de ahí no parece tan fuerte como para resistir a un ejército…
    Myran asintió despacio.
    —No habrían podido, en efecto, si sus pobladores se hubieran dedicado en exclusiva al comercio. Pero, según algunas tablillas de arcilla encontradas en varias torres, también practicaban artes arcanas.
    —¡Eran magos como tú! —Renan fue incapaz de controlar su sorpresa.
    Si no todos sus habitantes, desde luego sí muchos de ellos. De hecho, lo más probable es que fueran ellos quienes descubrieran cómo comunicarse con los silbantes.
    —¡Dragones y magos trabajando juntos! ¡Uau!
    Renan se mostraba extasiado ante aquella increíble historia. En ninguno de los muchos relatos que conocía había oído nada parecido a la colaboración, mucho menos un pacto, entre humanos y dragones.
    —Todo parece indicarlo, en efecto. Al principio de tan sorprendente cooperación, los dragones proporcionaron a los humanos valiosa información sobre lugares lejanos, lo que les permitió obtener productos exóticos para comerciar. Asimismo, los reptiles alados contribuyeron a la vigilancia y protección de los barcos durante sus peligrosas travesías. Pero su aportación se hizo más decisiva cuando, un día, los tripulantes de uno de aquellos barcos descargaron en el muelle de una de las torres una sustancia que, según explicó su capitán, habían encontrado en gran cantidad flotando en el mar.
    —¡El ámbar gris!
    —Exacto, Renan —el hombre premió la atención de su nieto con una palmadita cariñosa en la cabeza—. Esos hombres habían recogido el ámbar gris sin tener la más remota idea de qué era ni de su utilidad. Poco imaginaron entonces cómo aquel descubrimiento iba a cambiar sus vidas.
    —¿Por qué, abuelo? ¿Qué es y para qué sirve?
    —Se trata de una sustancia grisácea y de consistencia terrosa  que es excretada por una clase de ballenas  a las que, en aquellos tiempos, a causa del potente sonido que pueden emitir, denominaban “chasqueadoras”, aunque tú las conoces como “cachalotes” —el niño asintió y el anciano continuó su explicación—. El caso es que esa sustancia, inflamable y que desprende un agradable olor al quemarse, cuenta con propiedades muy apreciadas por los fabricantes de perfumes y cosméticos. En los mercados más importantes alcanzaba precios desorbitados.
    Tras realizar la necesaria aclaración para su nieto, el anciano recondujo su narración hacia el devenir de las ahora devastadas torres.
    »Los silbantes no sólo conocían la procedencia de aquella sustancia, sino que incluso desvelaron que ellos hablaban con los chasqueadores. Los magos comerciantes vieron la oportunidad y lanzaron su ofrecimiento: a cambio del ámbar gris, los habitantes de las torres se comprometieron a curar a todos los chasqueadores heridos o enfermos. Las ballenas aceptaron y de ese modo se formalizó el pacto.
    —¿Y qué ocurrió? ¿Cómo acabaron así? —el niño apuntó al ruinoso armazón, hogar en otro tiempo de una compleja cultura, y que ahora sólo servía de refugio a corales, gaviotas y araos.
    —Nadie lo sabe a ciencia cierta… —Myran frunció el ceño, pensativo—. Los habitantes de las torres se llevaron consigo ese conocimiento. En cuanto a los dragones, jamás volvieron a colaborar con humanos, y sin ellos también se perdió el contacto con los cachalotes. El caso es que…
    El hombre se interrumpió, como si se hubiera dado cuenta de que estaba hablando más de la cuenta.
    —¿Qué ocurre, abuelo?
    —Dime, Renan —dijo al fin el anciano—. ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar por conocer lo que les pasó a los habitantes de esa torre?
    —¿Qué quieres decir, abuelo? ¿Acaso existe alguna manera de saberlo? Si así es ¿por qué no lo has averiguado?
    —Fracasé —fue la escueta respuesta del mago, que sorprendió tanto al joven que no supo qué decir.
    Tras un momento de indecisión, Myran se llevó la mano al cinturón y extrajo del tahalí una daga con empuñadura decorada a juego con su bastón. Renan retrocedió un paso hacia el precipicio, desconcertado por el extraño comportamiento de su abuelo. Giro, que miraba a uno y otro sin comprender lo que ocurría, empezó a ladrar, nervioso. El mago extendió su báculo hacia el animal y este gimió un instante, luego enmudeció y se sentó.
    —No temas, Renan. Sólo quiero proporcionarte una oportunidad de satisfacer tu curiosidad.
    —¿Con una daga, abuelo? —el niño miraba el arma con aprensión, incapaz de adivinar las intenciones de su mentor.
    —No es para ti —respondió el hombre mientras apoyaba el báculo sobre un gran peñasco y extendía la mano. Luego, en un rápido movimiento, se hizo un corte en la palma de la mano.
    Renan abrió mucho los ojos mientras observaba cómo Myran dirigía su mano teñida de rojo hacia la torre, como si un observador oculto en las ruinas pudiera percibir su extraño comportamiento. A continuación, sin decir una sola palabra, el anciano extendió la mano hacia el joven y clavó sus ojos en los del muchacho. Este, sin saber cómo ni para qué, sí supo lo que el mago esperaba de él. Avanzó un paso hacia su abuelo y, con sumo cuidado, tomó la mano tendida entre las suyas. Esperó, algo desconcertado, pero nada ocurrió.
    —Concéntrate.
    La palabra surgió de los labios del mago en forma de susurro, pero resonó en la mente del muchacho como un trueno. Se rindió a ese mandato como si nada más importara en el mundo, y un calor interno recorrió su ser hasta alcanzar las yemas de los dedos. Sus manos se iluminaron con un tenue resplandor azulado, y la sangre, poco a poco, dejó de manar. El propio corte pareció plegarse sobre sí mismo hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula cicatriz.
    —No… no lo entiendo, abuelo. ¿Qué ha pasado?
    —La sangre de los habitantes de la torre corre por tus venas.
    —¿Cómo es eso posible?  
    —Las habilidades sanadoras de los magos comerciantes de las torres no provenían de los libros, como hoy en día. En ellos esa capacidad era innata, y la transmitían de padres a hijos.
    —¿Eso significa que soy descendiente suyo?
    —No se me ocurre explicación mejor —dijo el anciano con semblante serio, como si lo que acababa de averiguar no lo satisficiera.
    —¿Y ahora qué va a pasar?
    —Ojala lo supiera, Renan —el mago recuperó su báculo y se dio la vuelta para regresar, dejando que el joven fuera asimilando cuanto había aprendido.
    No se había alejado ni una veintena de pasos cuando el niño lo llamó. Se giró, pero el muchacho ya no le prestaba atención, esta se centraba en el mar. El anciano soltó un suspiro y ascendió una vez más hasta el borde del acantilado.
    —¡Mira, abuelo!
    El hombre dirigió la mirada hacia donde le señalaba su nieto, y esta vez fue a él a quien le tocó abrir los ojos con asombro. A punto de dejar caer el báculo, se frotó los ojos con la mano libre para cerciorarse. Allá, en el agua, muy cerca de la deteriorada base de la torre, una enorme cola de ballena se sumergía sólo para emerger poco después y soltar por un orificio de la enorme cabeza un potente chorro de agua, que provocó un grito de júbilo en Renan e hizo aparecer una sonrisa en el cansado rostro de Myran.
    Conteniendo las lágrimas, el mago sólo acertó a susurrar el bello y sublime descubrimiento:
    —Han regresado.    
     
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Querido Autor o autora,

por favor, no olvidéis enviar tu nombre a la mano inocente, es decir, a mi.  Smile


Saludos, y mucha suerte!  Smile
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#3
Muy buenas! A ver, presupuesto de palabras dentro del límite (has apurado, eh? Wink ) y la imagen está bien insertada en el cuento.

Suerte!
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#4
Un texto muy bien narrado, ameno y descriptivo.
Presenta una historia interesante, con muchos matices tras ella. Sin embargo, la historia deja al lector un poco frío, puesto que realmente no ocurre gran cosa.
El relato se limita a presentar a los tres personajes (muy majo el perro, por cierto) y a narrar el pasado, pero en el presente de la historia no hay una historia como tal.
Creo que has intentado abarcar demasiado en poco espacio, pues la presentación, el ambiente y los personajes me han parecido bien elaborados y descritos. Pero al final falta algo que deje con la sensación de haber vivido algo.
"Toda historia tiene su final, pero el final de una historia es siempre el comienzo de otra nueva."
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#5
Buen relato, me ha gustado desde el desorientador comienzo hasta el conmovedor final.

En el aspecto técnico, lo he visto sólido, aunque en algunas frases del principio me ha parecido percibir un pequeño desbarajuste con los tiempos verbales que creo que deberían revisarse. Por lo demás, buenas descripciones y diálogos bien empleados para hacer avanzar la historia contada por el mago.

En el “debe” de la historia, quizá, sí podría ponerse el que se trate de un cuento más “contado” que “mostrado” y “vivido” por los personajes, aunque es hasta cierto punto comprensible por el límite de palabras.

Creo que ha sido un acierto enmarcar esa historia contada dentro de las enseñanzas de un maestro a su discípulo, y otro más el hacer confluir al final esa narración del pasado con el presente de los dos personajes. Eso le da un toque de “realismo” a la historia que no hubiera tenido si todo se hubiera mantenido como una narración.

La trama me ha gustado, es sólida, está bien trabajada, y aporta unos toques distintivos al ofrecer denominaciones alternativas a seres reales o fantásticos a los que conocemos muy bien que le dan mayor verosimilitud a esa civilización perdida que sostiene toda la historia.

En cuanto a los personajes, no resultan novedosos ni originales, son los arquetipos del mago y del discípulo, en este caso, quizá, con la curiosidad de que se trata de abuelo y nieto, son familia y eso le aporta un toque de emotividad que podría no haberse dado, pero poco más. La relación entre ellos no es conflictiva, aunque hacia el final aparecen sombras de sospecha que son despejadas enseguida. Sin embargo, es en la parte final donde esa relación entre abuelo y nieto cobra mayor importancia, y donde se alcanza la revelación final que aporta a la historia un giro insospechado y que deja un buen sabor de boca, pese a las preguntas que deja en el aire, y que hacen desear saber más de lo que ocurrirá a continuación.

Felicitaciones, autor.
«La palabra es tiempo y el silencio eternidad». Maurice Maeterlinck
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#6
Hola!

A ver, en la parte técnica lo he visto bastante bien, aunque falta cerrar algunos corchetes (o como se diga) de cuando el mago cuenta cosas, y hay un diálogo que no está marcado. No obstante se ve un aspecto muy trabajado.

En cuanto a la historia. Pues la verdad, me ha dejado un poco pichís, porque... ¿cuál es la historia? Parece un prólogo en el que presentas unos personajes, explicas la comunicación entre hombres/dragones/cachalotes y a partir de ahí escribirás algo más largo relacionado con la vuelta de estos últimos. No se sabe qué pasó a la gente de la torre, pero se insinúa que el nene podrá descubrirlo, pero queda muy inconcluso.

Me gustan mucho más los pasajes descriptivos o narrativos que los diálogos, que los encuentro poco naturales. En cambio me encanta cómo manejas el lenguaje en el desarrollo del texto: claro y fluido.

Suerte!
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#7
El relato es entretenido y la historia tiene un trasfondo interesante, esta todo bien escrito sin faltas ortograficas notorias, pero el principal defecto es que el relato nos deja con un gran ¿Einh...? su final es muy abrupto y no deja las suficientes explicaciones, se revela el linaje del niño, y luego, simplemente asi, vuelven los cachalotes, deja muy fuertemente la impresion que el autor no supo darle un final a esta historia.

Saludos.
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