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[Fantasía épica] Ishmel
#1
Hola gente!

Q tal? Aquí os dejo un nuevo micro-relato, aunque lo voy a subir en tres partes para no provocar indigestiones Wink

El doble objetivo de este relato, igual que el otro que colgué 'Una historia de enanos' es por una parte practicar algo la escritura (porque todavia me considero un novato en esto y prefiero dar pequeños pasitos) y por otra profundizar en un personaje al que llevo un tiempo dando vueltas para convertirlo en protagonista de unas cuantas aventurillas... Big Grin

Pues nada más, muchísimas gracias por leer y espero vuestras críticas/opiniones/sugerencias Smile Smile

Saludos y nos leemos!
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#2
ISHMEL

PARTE I

El rayo de sol se filtraba por una rendija de la ventana y caía directamente sobre el rostro de la mujer que dormía sobre la cama. Junto a ella yacía un elfo, observando el suave movimiento de las sábanas que la cubrían, subiendo y bajando al ritmo de su respiración.

Con aire relajado, el elfo se desperezó y paseó la mirada por la habitación; una pequeña mesa y dos sillas constituían todo el mobiliario. Era sencilla pero se veía limpia y ordenada, excepto por la ropa de ambos, que se encontraba allí donde había caído. No había chimenea, pero las noches aún no eran frías en esa época del año, y además, no habían tenido precisamente problemas para calentarse. Cerró los ojos e inspiró con fuerza, recordando, y el perfume de la mujer inundó sus fosas nasales. Era un olor excitante y seductor, pero al mismo tiempo oscuro, enigmático; era una mezcla que le fascinaba.

En ese momento, como si hubiera adivinado que estaban pensando en ella, la mujer se movió ligeramente; despacio, abrió los ojos, parpadeando a causa de la luz que la deslumbraba.

Aradh garel, nínisel —dijo en élfico, volviéndose hacia ella y contemplando su rostro: la nariz pequeña, los pómulos marcados, los labios sensuales; incluso un elfo no tenía más remedio que admitir su belleza. La mujer se incorporó a medias y se apartó el pelo de la cara.

—Buenos días —respondió con una cálida sonrisa. La sábana le había resbalado hasta la cintura y dejaba a la vista sus pechos, pequeños y redondos. El elfo se quedó mirándolos, y ella fingió tardar un interminable momento en darse cuenta y tirar de las sábanas de nuevo hacia arriba, con un gesto lleno de coquetería.

—¿Es que nunca tienes suficiente? —preguntó desde detrás de sus largas pestañas. El elfo sonrió.— ¿Buenos días, gatita? ¿Desde cuándo soy tu gatita? —añadió frunciendo el ceño, acordándose de las palabras de él. El elfo sonrió de nuevo.

—No estás nada guapa con esa mueca —se acercó lentamente hacia ella.

—¿Lo dices en serio?

—Claro que no —se acercó aún más, y ambos se fundieron en un apasionado beso. La temperatura en la habitación pareció subir varios grados en un instante. Hábilmente, el elfo deslizó una mano por detrás del cuello de ella, pero antes de que la arrastrara de nuevo a las sábanas la mujer le apartó con delicadeza. Negó ligeramente con la cabeza.

—He de ir a por Ishmel. Nos tenemos que poner en camino cuanto antes. —Su respiración era agitada y tenía las mejillas encendidas; estaba arrebatadora. El elfo suspiró y, haciendo gala de una gran fuerza de voluntad, se dejó caer en la cama.

—Esa niña… significa mucho para ti, ¿verdad?

—Ya viste ayer de lo que es capaz. Es impresionante. Estoy impaciente por llegar a Santuario de Piedra y que el Maestro la conozca.

El elfo alargó la mano y la deslizó suavemente por la negra melena de ella.

—Tampoco fue para tanto —se enroscó un mechón de pelo entre los dedos. —Al fin y al cabo, congeló un vaso de agua y luego lo descongeló. Os he visto hacer cosas mucho más extraordinarias.

—Pero no a una niña de diez años —respondió ella con vehemencia. —Y no con esa facilidad. Nunca había visto un dominio del akhra tan grande a esa edad. Tiene un potencial enorme.

El elfo se encogió de hombros, como dando a entender que no tenía argumentos para rebatir las palabras de la mujer.

—De todas formas, no me refería a eso —dijo al cabo de unos instantes. —He visto cómo la miras cuando no te presta atención, y fíjate cómo hablas de ella. Nunca te había visto esa actitud con otros ôdalin, aunque tuvieran un gran talento. ¿Por qué esta niña es tan especial?

Había estado jugando con el pelo de ella, pero ahora lo soltó y la miró directamente a los ojos, esos ojos rasgados que revelaban que sus antepasados habían cabalgado libres por las vastas estepas del oeste, y que tanto se parecían a los suyos de elfo. Ella le sostuvo la mirada un instante, y luego se recostó en la cama otra vez, mirando hacia arriba, hacia las vigas de madera que se entrecruzaban en el techo.

—Mis padres vivían en una pequeña aldea de las Montañas Rojas, en Idaria, cerca de la frontera. No creo que la conozcas —hablaba con voz queda, y tenía la mirada fija, perdida en sus recuerdos. El elfo escuchaba con atención; estaba al tanto de los muchos rumores que corrían sobre ella, pero en todas las veces que se habían visto nunca antes le había hablado de su pasado—. Habían llegado allí antes de que yo naciera. Nunca he sabido por qué se marcharon de las estepas, pero en cualquier caso allí se les veía felices. Mi padre trabajaba en los campos, y mi madre era sanadora. Nuestra casa estaba cerca del río; mi hermana y yo solíamos ir a jugar allí, sobretodo en verano.

—No sabía que tenías una hermana —interrumpió el elfo. Ella se giró levemente y le miró.

—Su nombre era Alareshka, pero la llamábamos Lesha. Era tres años menor que yo. Siempre se enfadaba cuando le cogía sus muñecas, pero a mí me encantaba hacerla rabiar —sonrió, pero el elfo se dio cuenta de que era una sonrisa triste. —Te he dicho que mi madre era sanadora, pero eso no es del todo exacto —prosiguió—. Mi madre utilizaba el akhra para sanar, aunque nunca entendió lo que era en realidad. Nunca tuvo un maegakh que la guiara a través del Camino; supongo que aprendió a controlarlo de forma natural, sin ayuda de nadie. Sólo eso ya dice mucho de su capacidad. A veces simplemente preparaba infusiones, o mezclaba hierbas, pero la mayoría de las veces eso no era suficiente, y entonces tenía que usar el akhra. Recuerdo que a nuestra casa acudía gente de todo tipo; incluso los seguidores de Naal Zahar recurrían a ella, lo que pensándolo ahora, me parece bastante extraño, considerando lo que piensan ellos del akhra.

“Siempre acababa agotada, incluso a veces tardaba días en recuperarse, pero nunca se negaba. Un día le pregunté por qué lo hacía, por qué siempre estaba dispuesta a ayudar a cualquiera, aun a riesgo de su propia vida. Ella me sonrió y dijo que los dioses la habían bendecido con el don de la curación, y ella tenía la obligación de usarlo. «Tener la capacidad de sanar, y no hacerlo, es peor que un asesinato», me dijo.”

“En el pueblo había un sacerdote de Naal Zahar, un hombre anciano que cojeaba al caminar. Me acuerdo bien de él porque cuando nos visitaba mi madre preparaba una infusión que apestaba toda la casa. La primavera que cumplí once años murió, y un sacerdote más joven llegó a la aldea para sustituirlo. Era uno de los Hermanos de la Revelación. En esos años la Hermandad no estaba tan extendida como ahora, pero eran igual de fanáticos. Desde el primer momento la tomó con mi familia, especialmente con mi madre: que era una bruja, que sus curaciones eran una herejía, y otras cosas por el estilo. A mí me daba risa pensar que alguien pudiera considerar bruja a mi madre, pero mi padre pareció tomárselo muy en serio, porque al cabo de unos días nos dijo que nos preparásemos porque nos marcharíamos de la aldea a la mañana siguiente.”

“No sé si fue casualidad o si mi padre había hablado de sus planes con alguien, pero esa misma noche sucedió algo terrible, algo que cambió mi vida para siempre.”

“Me desperté en mitad de la noche con una extraña sensación, como un presentimiento, pero mucho más intenso, mucho más… urgente. Era como oír una voz dentro de mi cabeza, susurrando, sin cesar, apremiante. Estaba confundida y un poco asustada; era la primera vez que se revelaba mi poder. En ese momento no sabía de qué se trataba, pero estaba claro lo que sentía: necesitaba escapar inmediatamente de mi casa.”

“Aún estaba oscuro pero no faltaba mucho para el amanecer. Mis padres y mi hermana dormían. Nuestra casa sólo tenía una habitación, con una cortina que separaba la cama de mis padres de la de mi hermana y mía, que dormíamos juntas. Me levanté intentando no despertarla. Estaba descalza y noté el suelo frío y húmedo bajo las plantas de los pies. Despacio, me acerqué hasta la puerta y tiré del picaporte. La puerta chirrió y el corazón casi se me salió del pecho; tenía los nervios a flor de piel. Mi hermana se removió en sueños, pero no se despertó. Rápidamente crucé el umbral y salí al exterior. El frío de la madrugada me golpeó como un bofetón y me despejó completamente. Eché a correr por el prado hacia el río como si me persiguiera un dragón, aunque realmente no sabía bien por qué. Cuando ya me había alejado un buen trecho me paré y me di la vuelta. Todo estaba tranquilo. La luna era creciente, pero estaba nublado, así que no había mucha luz. Se oía a lo lejos el murmullo de la corriente. Entonces los vi.”

La mujer calló. Se había incorporado de nuevo. Tenía el ceño fruncido y el semblante tenso; se notaba que estaba abrumada por los recuerdos. Al cabo de unos instantes, el elfo no pudo resistirlo por más tiempo.

—Continúa—susurró con un hilo de voz. Ella tomó aire y prosiguió con el relato.
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#3
“Venían de la aldea y caminaban deprisa hacia nuestra casa. Los que iban delante llevaban antorchas. Pude reconocer al nuevo sacerdote, al joven, con el símbolo de Naal Zahar bordado en su túnica roja. Había más Hermanos con él, pero yo no los había visto nunca. La sensación dentro de mi cabeza se hizo tan intensa que parecía que me iba a reventar. Me eché al suelo para que no me vieran. Estaba muerta de miedo. Donde yo estaba el prado bajaba con una pendiente suave hacia el río; además la hierba estaba bastante crecida. Con la poca luz que había, era difícil que me vieran, pero aun así me quedé quieta como una estatua y me tapé la boca con las manos. Apenas me atrevía  a respirar.”

“Se detuvieron cuando llegaron a la puerta. Eran muchos, por lo menos una docena. Me fijé en que algunos llevaban espadas. Alguien debió de decir algo, porque todos las desenvainaron a la vez; las hojas brillaron rojas a la luz de las antorchas. En ese momento supe lo que iba a pasar, y pensé que tenía que gritar, o correr, o buscar ayuda; tenía que hacer algo.”

“Pero no hice nada. Me quedé callada, temblando de frío y de miedo, tumbada sobre la hierba, mientras uno de los hombres destrozaba la puerta de nuestra casa y todos los demás entraban tras él. Oí los gritos de mis padres y los chillidos de mi hermana, y al cabo de un momento vi cómo los sacaban a rastras. Mi padre tenía la cara llena de sangre y mi hermana se agarraba a mi madre, llorando, pero uno de ellos la cogió del pelo y de un estirón la tiró al suelo.”

“Supongo que sabían que tenía que haber otra niña, porque después de una breve reunión, comenzaron a buscar por los alrededores. Uno de ellos vino directo hacia mí. Yo no podía esconderme en ningún sitio, ni tampoco iba a salir corriendo, así que hice lo único que se me ocurrió: cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que aquel hombre pasara de largo sin verme. Oí sus pasos, blandos sobre la hierba, cada vez más cerca, y de repente se detuvo. Esperaba sentir sus manos sobre mí en cualquier momento, pero no sucedió nada. Entonces abrí los ojos y lo vi frente a mí, de pie; casi podría haberlo tocado si hubiera estirado el brazo. Recuerdo que tenía el pelo largo y sucio, y olía a alcohol y sudor. Estuvo un momento mirando hacia el río, a mi espalda, y luego, con un gruñido, se giró y echó a andar de vuelta.”

“Me quedé con la boca abierta, sin comprender nada. Era imposible que no me hubiera visto, ¿por qué se iba? Entonces, como si fuera una revelación, fui consciente por primera vez del poder del akhra en mí. De pronto comprendí otras sensaciones, otras situaciones… Fue como un relámpago de luz en mi mente. Y me di cuenta que había sido el akhra quien me había avisado de lo que iba a suceder esa noche.”

“Entonces pensé que podría haber avisado a mis padres y a mi hermana. Si hubiera prestado más atención a mis sentimientos, podríamos habernos anticipado, podríamos haber escapado. Una terrible sensación de culpa me invadió y comencé a llorar, sin pensar en que pudieran descubrirme. Ya no me importaba.”

“Al cabo de un rato comencé a oír un murmullo apagado y volví a prestar atención. Entre lágrimas vi que los Hermanos se habían colocado formando un semicírculo, delante de mi casa. Al parecer habían decidido seguir con su plan sin mí, porque estaban recitando algo, como una plegaria, que repetían una y otra vez. No entendía lo que decían; estaban demasiado lejos. Mis padres y mi hermana estaban de rodillas, delante de ellos, y varios hombres les sujetaban para que no pudieran moverse. Un Hermano se colocó detrás de mi padre y otro detrás de mi hermana. Empuñaban unas dagas largas y curvas. Se quedaron quietos, mirando hacia el sacerdote joven, como esperando su señal. Los demás Hermanos comenzaron a cantar más alto. Mi padre tenía los ojos cerrados y movía los labios deprisa. Mi hermana estaba llorando en silencio; las lágrimas le caían por las mejillas. La tensión se hizo insoportable. El clérigo inclinó la cabeza, una sola vez, y aquellos hombres los acuchillaron por la espalda. Así, sin más. Recuerdo aquel momento como si fuera ayer: la punta de la hoja saliendo del pecho de mi hermana, goteando sangre, sus ojos abiertos de par en par mientras caía al suelo como si fuera un muñeco.”

“Aquello fue demasiado. No pude resistir más y grité. Grité todo lo fuerte que pude. Grité de miedo, de rabia, de impotencia. Pero nadie me oyó porque mi madre también estaba chillando, fuera de sí. El sacerdote joven se le acercó despacio, con otro de esos cuchillos curvos. Los Hermanos cantaban todavía más alto, ahora estaban prácticamente gritando. Ella seguía chillando, y se retorcía, intentando soltarse de los hombres que la sujetaban, pero era inútil. El sacerdote llegó a su altura y cerró los ojos un momento. Luego los abrió, y con un rápido gesto le rajó la garganta. Los gritos cesaron de inmediato, y también el cántico de los Hermanos. De pronto se hizo un silencio terrible. La sangre salía a borbotones por el cuello de mi madre y le resbalaba por todo el pecho. Ella intentaba respirar, pero se estaba ahogando en su propia sangre. Por fin la soltaron y cayó sobre la hierba. Al cabo de unos instantes dejó de moverse y comprendí que había muerto.”

La mujer calló de nuevo. Había cerrado los ojos mientras contaba la última parte. Ahora una lágrima se deslizó por su mejilla. Los abrió otra vez y se volvió hacia el elfo.

—Llevaron los cuerpos dentro de la casa y le prendieron fuego a todo. Luego se fueron. Yo me quedé allí llorando, hasta que al final, no sé cómo, me dormí, porque cuando desperté ya había amanecido. Sabía que no podía quedarme en la aldea; si alguno de aquellos hombres me reconocía seguro que intentarían matarme. Tampoco se me ocurrió nadie a quien poder acudir; mis padres no tenían muchos amigos. Así que me marché. Sólo tenía la ropa que llevaba puesta y estaba descalza, pero no me importó; sólo quería irme, alejarme de aquel lugar. Estuve caminando hasta que me derrumbé de cansancio. Tenía hambre y sed. Había llorado tanto que ya no me quedaban lágrimas. Pensé en quedarme allí, tumbada bajo el sol, y no moverme más. Entonces un anciano se acercó, me miró y me dijo: «Tranquila, pequeña. Ya ha pasado todo.» —sonrió, y esta vez no había tristeza—. Así conocí al Maestro. Me llevó a Santuario de Piedra y me enseñó el Camino, y me puso el nombre de Dasha, que significa perdón. Me dijo que tenía que aprender a perdonar para encontrar mi Camino, y eso hice.

El elfo había permanecido en silencio todo el tiempo, absorbido por la historia que acababa de oír. Ella le miró. Se le notaba que no sabía bien qué decir.

—Es una historia terrible —dijo por fin.

—Sí.

—No tenía ni idea.

—No es algo que me guste ir contando.

—Claro.

Se hizo un incómodo silencio. Toda la alegría y la pasión de hacía un momento se habían esfumado. Al cabo de unos momentos, Dasha sacudió la cabeza y se levantó de la cama.

—Ahora ya sabes por qué Ishmel es tan especial para mí. Si la hubiera dejado con aquel clérigo gordo, la habrían condenado por brujería. La habrían asesinado. No quiero que le pase lo mismo que a mi hermana y a mis padres. Quiero que viva. Por eso tenemos que…

Se interrumpió bruscamente. Puso los ojos en blanco y se quedó quieta, como escuchando algo que sólo ella oía. El elfo no se alarmó; ya la había visto antes usando el akhra y sabía lo que estaba ocurriendo. Al cabo de unos instantes la mujer pareció volver en sí.

—¡Alguien nos está buscando! —exclamó—. Son varios. Creo que vienen a por Ishmel.

Comenzó a recoger su ropa por toda la habitación con rapidez. El elfo se levantó de la cama e hizo lo mismo.

—¿Son Hermanos de la Revelación? —preguntó mientras se ajustaba los pantalones.

—Creo que sí, pero no estoy segura. Al menos uno de ellos sí —movió la cabeza—. No lo entiendo. No esperaba ni siquiera que salieran tras nosotras, y mucho menos tan deprisa.

—Bueno, no se irán sin conocer a Laglalin —dijo el elfo con una media sonrisa, mientras cogía su espada. Ella le miró de reojo.

—No tengas tanta prisa en usarla. Hablemos primero con ellos. Es posible que a ti te hagan caso por ser quien eres —contestó Dasha mientras ella también recogía su espada curva—. En el Camino está escrito: «La lucha es el recurso de los que no tienen razón. Lucha sólo cuando no tengas otra alternativa».

—Me parece bien —replicó el elfo—. Pero por mi experiencia con la Hermandad, no creo que nos ofrezcan ninguna alternativa más.

Dasha sonrió mientras se ajustaba las correas de su armadura de cuero.

—El Camino también dice: «Si no encuentras otra alternativa, es que no has buscado suficiente».

El elfo bufó.

—No me extraña que estuvierais a punto de desaparecer —dijo.

—Aquello no tiene nada que ver. —La mujer se encaró con el elfo, con una de las botas en la mano. La sonrisa se había borrado de su rostro—. De hecho, todos nuestros problemas comenzaron cuando su maravillosa Orden comenzó a alejarse del Camino. Ellos no eran verdaderos Maestros. No se puede ser un Maestro y preocuparse de tierras, y riquezas, y política. El Camino del akhra no consiste en eso y tú lo sabes. Aquellos desgraciados pagaron con creces su orgullo y su ambición, pero nosotros aún sufrimos las consecuencias casi ochocientos años después.

—Tranquila, no pretendía hacerte enfadar—el elfo alzó las manos intentando calmarla—. Lo siento. Sólo digo que es bastante probable que tengamos que luchar.

Dasha se relajó y apoyó una mano en el pecho de él.

—Lo sé. Yo también lo siento. Estoy un poco nerviosa.

En ese momento llamaron a la puerta. Los dos se giraron, con la mano en la empuñadura de sus espadas. Dasha miró al elfo.

—¿Quién es? —preguntó éste con voz firme.

—Os ruego que me disculpéis, Excelencia —se oyó una voz desde el otro lado. Ambos reconocieron al posadero—. Tengo una información que vuestra Excelencia debería conocer de inmediato.

—Pasa, Iashed —dijo el elfo, retirando la mano de la espada. Dasha no lo hizo.

La puerta se abrió y un hombre de mediana edad avanzó desde el pasillo, aunque no pasó del umbral. Estaba casi calvo, aunque conservaba algo de pelo alrededor de las orejas. Aquello, unido a una nariz ancha y unas orejas algo salidas lo hacían un personaje difícil de olvidar.

—Os ruego de nuevo que me disculpéis, Excelencia —repitió, inclinándose ligeramente ante el elfo. Si se había sorprendido al verlos en pie, totalmente vestidos y con las armas preparadas a aquella hora de la mañana, no dijo nada.

—Por todas las estrellas, Iashed, habla y di qué es eso tan urgente —exclamó el elfo, perdiendo la paciencia.

—Sí, Excelencia —el hombre se retorcía las manos, nervioso—. Acabo de saber que unos extranjeros han entrado en la ciudad. Al parecer uno de ellos es un Hermano de la Revelación. Están buscando a una joven de cabellos negros que viaja con una niña pequeña —al decir esto su mirada se desvió un instante hacia Dasha, pero rápidamente volvió a dirigirse al elfo—. Mi humilde posada tiene mucha fama, Excelencia, y es muy posible que pregunten aquí.

—Gracias, Iashed —el elfo miró a Dasha con el semblante serio—. Tus servicios son valiosos, como siempre. No queremos causarte problemas, nos vamos de inmediato.

—Es un honor ser de ayuda a vuestra Excelencia —dijo el hombre con otra reverencia—. Haré que preparen todo para…

La conversación se vio interrumpida por unos ruidos que venían del salón, en la planta de abajo. Un hombre estaba llamando a gritos al posadero. También se oía, más aguda, una voz de mujer.

—¡Es mi hija! —el hombre vaciló, sin atreverse a abandonar al elfo sin su permiso. Éste asintió ligeramente.

—Ve, Iashed. Nosotros mismos nos ocuparemos de los caballos. —El posadero corrió escaleras abajo a averiguar qué estaba sucediendo—. ¿Me acompañas?—dijo, dirigiéndose ahora a Dasha. Como la mujer dudaba, añadió: —Ishmel está segura en su habitación; ayúdame con los caballos y os podréis marchar antes.

Dasha terminó de ajustarse una hebilla y miró hacia la puerta, que el posadero había dejado abierta.

—Está bien, vamos —miró al elfo—. Cuanto antes terminemos, antes nos iremos.
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#4
Buenas, Aljamar!                                                                                        
                                                                                                       
He leído lo que has posteado, si he entendido bien es un relato corto, ¿no? Para ser novato como dices no me parece nada mal! Me ha gustado y me pregunto cómo continuará Smile

Te haré algunos apuntes y sugerencias que se me han ocurrido mientras leía:                            
                                                                                                       
- la primera frase: ¿no sería mejor contarla ya desde el punto de vista del elfo? Para dar a entender, por ejemplo, que es el elfo quien se fija en ese rayo de sol que ilumina el rostro de la mujer. Dicho así, parece que es una cámara externa la que llega al cuarto.

- «En ese momento, como si hubiera adivinado que estaban pensando en ella, la mujer se movió ligeramente; despacio, abrió los ojos, parpadeando a causa de la luz que la deslumbraba. —Aradh garel, nínisel —dijo en élfico,» Aquí, aunque parezca chorra, no me di cuenta enseguida de quién estaba hablando, ya que el último personaje del que se habla es la mujer.

- a veces el lenguaje poético de algunas frases desentona con otras palabras menos poéticas como «inundó sus fosas nasales». Je, bueno, es una impresión.

- al final del primer post: «y prosiguió con el relato.» No sé si es natural que la mujer llame «relato» a su propia historia.

- En «La puerta se abrió y un hombre de mediana edad avanzó desde el pasillo, aunque no pasó del umbral. Estaba casi calvo, aunque conservaba algo de pelo alrededor de las orejas.», se repite paralelísticamente un «aunque» que no me sonó bien al leerlo.

- durante el relato, todo está contado de manera muy literaria. Tal vez añadiendo algunos apóstrofes al elfo así como algunos incisos de gestualidad se agilizaría la conversación y se recordaría al lector que está contando una historia (en especial en la segunda parte de la narración).

- lo que no me ha quedado claro es por qué la historia hace que Ishmel sea tan especial para ella. Le ha salvado la vida, está claro, pero ¿qué la hace diferente a los demás ôdalin? Bueno, supongo que se explicará en la continuación.

Por lo demás, me parece que hay muchos puntos positivos, como los diálogos o la interacción entre los personajes. Se crean muchas incógnitas y da la impresión de que hay un mundo construido detrás.

Por curiosidad, ¿quién pues será el protagonista de las siguientes historias de las que hablas? ¿El elfo o la mujer?

Espero que sigas posteando la historia Smile Tenía pendiente también leerme «Una historia de enanos». Creo que me la leí hace mucho tiempo, pero no tomé tiempo para comentar!

Saludos!
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#5
Hola Kaoseto!

Muchas gracias por pasarte y sobretodo por los comentarios! Veamos:

Quote:la primera frase: ¿no sería mejor contarla ya desde el punto de vista del elfo? Para dar a entender, por ejemplo, que es el elfo quien se fija en ese rayo de sol que ilumina el rostro de la mujer. Dicho así, parece que es una cámara externa la que llega al cuarto.
Mi idea era como comentas, una cámara externa que sitúa la escena. Pero tienes razón en que "el elfo" se presenta de sopetón y no queda nada bien...

Quote:Aquí, aunque parezca chorra, no me di cuenta enseguida de quién estaba hablando, ya que el último personaje del que se habla es la mujer.
Toda la razón otra vez!

Quote:el lenguaje poético de algunas frases desentona con otras palabras menos poéticas
La verdad,el tema del lenguaje es lo que peor llevo. Me gustaría darle un toque más natural/ácido (tipo Fardis, para entendernos Big Grin ) a toda la obra en general, pero sencillamente no me sale. Acabo siempre demasiado clásico  Dodgy

Quote:al final del primer post: «y prosiguió con el relato.» No sé si es natural que la mujer llame «relato» a su propia historia.
En teoría, esa frase la dice el narrador... a mí sí me parece bien!

Quote:En «La puerta se abrió y un hombre de mediana edad avanzó desde el pasillo, aunque no pasó del umbral. Estaba casi calvo, aunque conservaba algo de pelo alrededor de las orejas.», se repite paralelísticamente un «aunque» que no me sonó bien al leerlo.
Bien visto.

Quote:durante el relato, todo está contado de manera muy literaria
Ya te digo, me lleva de cabeza... y eso que he intentado no poner frases pomposas ni verbos raros. Sólo hay un inciso del elfo, y quizá debería haber más.

Quote:lo que no me ha quedado claro es por qué la historia hace que Ishmel sea tan especial para ella. Le ha salvado la vida, está claro, pero ¿qué la hace diferente a los demás ôdalin
La cosa es que Ishmel le recuerda a su propia historia y a su hermana. Cuando dice, al final: si la hubiera dejado la habrían matado, como a mi hermana. Quiero que viva, etc etc. Por eso comienza a contar su historia cuando el elfo le pregunta qué tiene de especial.

Sobre la continuación, sí, aún queda la tercera parte pero simplemente concluye la "escena", por así decirlo. No voy a ampliarlo porque he empezado una historia "de verdad" y me quiero centrar en ella.
Y sobre el personaje ganador... esperaré al final para desvelarlo! jejeje

Saludos y nos leemos!
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#6
Buenas de nuevo!

Gracias a todos los que se han pasado y en especial a kaoseto por ser la única (de momento Sad ) en contestar!

Os dejo la conclusión del micro-relato, espero que os guste y si tenéis que criticar algo, no os cortéis!

Saludos!
PARTE II

Bajaron juntos las escaleras. El salón no era muy grande, apenas una docena de mesas, pero se veía razonablemente limpio. Un alegre fuego mantenía la sala caldeada. A pesar de que aún era muy temprano, ya había un par de clientes tomando un desayuno que olía tremendamente bien. El posadero se encontraba de pie junto a la puerta, hablando con dos hombres. Estaban de espaldas a Dasha, así que no podía ver sus rostros, pero algo en ellos le llamó la atención, aunque no sabía qué. Uno de ellos era alto y delgado, y el otro más bajo y muy gordo; ambos llevaban las largas capas mojadas y sucias, como si acabaran de llegar de un largo viaje, y ambos permanecían con la capucha echada aunque estaban dentro de la posada. De repente le asaltó un extraño desasosiego y se detuvo bruscamente en mitad de la escalera. El elfo, que estaba a su lado, hizo otro tanto.


—¿Ocurre algo?

—No estoy segura —respondió la mujer, agitando la cabeza—. Algo va mal.

Miró a su alrededor. Las pocas personas del local no les prestaban ninguna atención; todo parecía tranquilo. En ese momento el posadero reparó en ellos, y les lanzó una mirada angustiada que Dasha no acertó a descifrar. El hombre gordo debió de notarlo, porque se giró hacia ellos, y Dasha pudo verle la cara. La mujer ahogó un grito.

—¡Es ella! —gritó, señalándola. Al instante todas las cabezas de la sala se giraron en su dirección. El elfo la interrogó con la mirada.

—Es el clérigo de Naal Zahar que acusó a Ishmel y ordenó su captura —musitó.

—Joder.

—No lo entiendo. Debería haber notado su presencia. —Miró al elfo a los ojos. —Algo va mal —repitió.

El silencio se adueñó del salón. El hombre que acompañaba al clérigo, el alto, también se había girado y dio un paso hacia ellos. Tenía un rostro delgado en el que destacaba una nariz aguileña y una barba bien arreglada. Bajo la capa se veía un jubón con el emblema de la Hermandad de la Revelación. Clavó unos ojos duros y fríos sobre Dasha y, sin dejar de mirarla, le hizo una seña al clérigo, quien rápidamente salió al exterior y volvió a entrar al momento, seguido de cuatro soldados. Todos llevaban armadura con el símbolo dorado de Naal Zahar en la sobrevesta y en el pequeño escudo ovalado. Parecían tensos, pero no nerviosos; uno de ellos llevaba el casco rojo que denotaba que estaba al mando. Los soldados se situaron a ambos lados del Hermano, aunque no desenvainaron las armas, mientras que el sacerdote gordo se quedó detrás, en un segundo plano. Dasha y el elfo permanecían en mitad de la escalera; los demás clientes y el posadero habían desaparecido como por arte de magia.

Durante un interminable momento nadie se movió ni dijo nada.

—Soy Faedel, Embajador de la Liga de Comerciantes y miembro consultivo del Consejo de la Ciudad —dijo finalmente el elfo—. ¿Qué hacen unos Guardias del Imperio dentro del recinto de la ciudad? Habla, extranjero.

El zaharino pareció sorprenderse al oír con quién estaba tratando, pero se rehizo rápidamente. Inclinó levemente la cabeza, sin mostrarse ofendido por las ásperas palabras del elfo.

—Que la luz de Naal Zahar ilumine vuestro corazón, Embajador —dijo con una voz grave. Hablaba lo que ellos llamaban la Antigua Lengua despacio, con un ligero acento, pero se expresaba correctamente.

—Que vuestro corazón se ilumine con su luz —respondió el elfo, completando el saludo tradicional, aunque sin inclinarse.

—Sin duda vuestra presencia es voluntad de Naal Zahar, Embajador. Dado el propósito de nuestra misión, estoy convencido de que podremos contar con el apoyo de su Excelencia —dio otro paso más hacia ellos—. Hace varios días, una joven bárbara venida del Norte asaltó una de nuestras Casas de Oración y secuestró a una niña caída en desgracia que iba a ser purificada por Naal Zahar…

—Ishmel no había hecho nada malo y no necesitaba vuestra purificación —le cortó Dasha bruscamente. La voz le temblaba por la furia contenida—. Lo que hice fue salvarla de una muerte cruel e injusta en la hoguera.

El Hermano prosiguió, haciendo caso omiso de la interrupción.

—… para salvar su alma. En su huida la joven bárbara agredió al sacerdote Saaled —se giró para señalar al clérigo que permanecía tras él; el elfo se fijó en que parecía tener la nariz rota, y el pómulo izquierdo estaba algo hinchado—. También profanó varias estancias sagradas de la Casa de Oración, donde no está permitida la entrada a los infieles.

—El sacerdote Saaled es un cobarde y un degenerado —interrumpió de nuevo Dasha, mirando fijamente al clérigo, que había comenzado a sudar con profusión—. Y por lo que sé, no es el único. Por lo que dicen, incluso un bastardo tiene más honor que un clérigo de vuestro dios.

Sus palabras tuvieron un efecto inmediato. Los cuatro soldados desenvainaron las armas al unísono y avanzaron hacia ellos, pero el Hermano levantó ambos brazos y los soldados se detuvieron. El zaharino miró al capitán, y éste gritó una orden en su idioma. Despacio, los soldados volvieron a enfundar las espadas, lanzando miradas de odio a la mujer, y se situaron de nuevo a ambos lados del Hermano.

—Gracias por la ayuda, pero deja que hable yo, ¿quieres? —susurró Faedel a Dasha.

—Claro —gruñó ella —. Todo tuyo.

El elfo se encaró con el extranjero.

—No soy quién para cuestionar las órdenes del Emperador o sus leyes —dijo en un tono amable—, pero Namnis es una Ciudad Libre, y la Ley del Imperio no rige aquí. Hablo en nombre de todo el Consejo cuando digo que la presencia de fuerzas armadas extranjeras es intolerable —el elfo esbozó una sonrisa encantadora—. Lamentablemente, debo pediros que abandonéis la ciudad.

—No es el Emperador quien me envía —replicó el zaharino con su voz grave—, sino el Kezhel, que es la Voz de Naal Zahar en la Tierra. Si no me equivoco, en Namnis se permite la Libertad de la Fe, y por tanto la Ley de Naal Zahar debe cumplirse. En este documento —prosiguió mientras sacaba una pequeña carta enrollada del interior de su capa y alargaba el brazo hacia el elfo—, su Excelencia podrá comprobar la veracidad de mis palabras.

El zaharino permaneció con el brazo extendido durante unos instantes, y cuando se hizo patente que Faedel no tenía intención de acercarse, guardó de nuevo el pergamino. El elfo observó de reojo a los soldados. De momento, mantenían los brazos cruzados, lejos de las empuñaduras de sus espadas.

—No veo Guardias de la Hermandad aquí —señaló a los cuatro guerreros—, sino soldados del Emperador. Si es el Kezhel quien os envía, no deberíais haceros acompañar por tal escolta. —Se cruzó de brazos. —Debo insistir en que abandonéis la ciudad.

—Tal vez debería intentar apresarme el sacerdote —terció Dasha de repente, con una sonrisa socarrona. Faedel la fulminó con la mirada.

Los soldados se agitaron ante la nueva provocación. El capitán miró a su superior en espera de órdenes, pero el zaharino permaneció callado, con el semblante serio. Frunció el entrecejo y se dirigió de nuevo al elfo.

—Los seguidores de Naal Zahar son poderosos e influyentes en Namnis, como bien sabe su Excelencia. Si llegara a oídos del Kezhel que un miembro del Consejo de la Ciudad ha impedido el cumplimiento de la Ley de Naal Zahar, montaría en cólera. ¿Es tan importante esa niña para su Excelencia?

—Las Leyes de la Ciudad son claras —el elfo no se amilanó—. ¿Tan importante es esa niña para el Kezhel que está dispuesto a quebrantar la paz y provocar la cólera del Consejo?

El rostro del Hermano se ensombreció aún más. El capitán dijo algo, señalando la puerta; obviamente le preocupaba que alguien pudiera entrar en cualquier momento y equilibrara las fuerzas. El Hermano pareció considerar la situación durante unos instantes.

—Su Excelencia el Embajador haría bien en abandonar la posada ahora —dijo finalmente con su voz grave.

Faedel enrojeció ante la velada amenaza.

—¿Osáis amenazar a un miembro del Consejo? —inquirió, llevándose la mano a la empuñadura de la espada. Al instante, los cuatro guardias hicieron otro tanto. El Hermano se llevó las palmas cruzadas sobre el pecho y se inclinó, en el gesto de disculpa común en el Sur.

—Su Excelencia pone palabras en mi boca que no he pronunciado —respondió, aunque sus ojos miraban fijamente al elfo, duros y fríos.

La sala se sumió en un silencio tenso. Todos parecían contener la respiración, expectantes.

—¡Bueno, ya está bien! —intervino de pronto Dasha, desenvainando su espada curva.  Siete pares de ojos la miraron sorprendidos. —Vuestros modales sureños hacen interminables las conversaciones. No voy a entregarte a Ishmel y no voy a irme contigo a ninguna parte —señaló la puerta con la punta de la espada mientras miraba al Hermano a los ojos—. Harías bien en abandonar la posada ahora, zaharino.

El Hermano apretó los dientes y miró al capitán. Éste desenvainó la espada, y sus hombres le imitaron en el acto. El elfo hizo otro tanto con Laglalin.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó el elfo, sin dejar de observar a los soldados. Dasha le miró de reojo.

—Siento decírtelo, pero creo que no les estabas convenciendo.

—Ya. ¿Y que pasa con tu solución pacífica?

—Espera y verás.

La mujer cerró los ojos y comenzó a mover los labios en silencio, aislándose de todo lo que la rodeaba.

El elfo se despreocupó de ella y volvió su atención hacia el peligro. Los guardias se habían acercado hasta el pie de la escalera, pero no parecían saber qué hacer a continuación. Faedel y Dasha se hallaban en una posición elevada, lo que les daba una importante ventaja; además, la escalera apenas tenía anchura para ellos dos, así que no podrían atacarles todos a la vez.

El elfo musitó una corta plegaria dirigida a sus antepasados, preparándose para el combate, pero de repente los soldados dejaron caer las armas y se taparon los oídos con las manos, con el rostro contraído por el dolor. El elfo miró a Dasha. Su rostro estaba tenso por la concentración, y unas gotitas de sudor brillaban en su frente, pero lo que fuera que estaba haciendo parecía funcionar. Los guardias cayeron al suelo, indefensos.

De pronto, la mujer lanzó un grito de angustia y se desplomó; habría caído rodando escaleras abajo si el elfo no hubiera estado rápido para sujetarla.

—Estoy… bien… tranquilo —jadeó, aún en brazos de Faedel, intentando recuperarse.

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé —contestó mientras se incorporaba con esfuerzo. Miró al Hermano— Siento como si me hubieran golpeado la cabeza con un martillo.

—El poder de Naal Zahar es grande, bruja —la voz grave del Hermano retumbó en la sala.

—No me jodas—replicó Dasha—. ¿Cómo has hecho eso? ¿Quién te ha enseñado?

El zaharino abrió la boca para responder, pero no llegó a articular palabra; algo por detrás de la mujer atrajo su atención. De repente, todo el salón quedó en silencio. Dasha y Faedel se miraron y se dieron la vuelta a la vez.

Ishmel estaba de pie en lo alto de la escalera.


La niña sostenía un cuenco con una mano, mientras con la otra se frotaba los ojos, aún medio dormida. Vio a Dasha arrodillada en mitad de la escalera y le sonrió, pero entonces su mirada abarcó toda la sala y se clavó en el sacerdote, Saaled. Su rostro palideció y dio un paso atrás. El cuenco le cayó de las manos y se estrelló contra el suelo en mil pedazos. Por un instante nadie se movió.

—¡Cogedla! —rugió el zaharino.

Los soldados, aún aturdidos, subieron en tropel sin ningún orden. Faedel se abalanzó sobre el primero de ellos, las espadas de ambos se trabaron y el elfo le lanzó de un empellón contra sus compañeros, que perdieron el equilibrio y cayeron con estrépito hasta el suelo. Dasha buscó a Ishmel con la mirada; estaba acurrucada en el suelo, hecha un ovillo. Se giró hacia Faedel.

—¡Está temblando! ¡Creo que le ha dado un ataque!

Los soldados volvían a la carga. El elfo cogió a Dasha por el brazo.

—¡Llévatela de aquí! ¡Corre!

—Pero…

—¡Marchaos!

Dasha se agarró a la barandilla y comenzó a subir con esfuerzo. La cabeza todavía le daba vueltas. Por detrás se oía el entrechocar del acero y los gruñidos de Faedel; el elfo no podría contener a los guardias por mucho tiempo. Llamó a Ishmel, pero la niña no reaccionaba, parecía que no era consciente de lo que sucedía a su alrededor.

De pronto el cielo se oscureció y comenzó a hacer un frío intenso en la posada. Los soldados detuvieron su ataque, desconcertados. Una sensación de peligro inundó la mente de Dasha, que se vio obligada a arrodillarse, mareada. Cuando por fin entendió lo que estaba pasando, miró hacia arriba, hacia Ishmel.

—¡Oh, no! —musitó, y entonces el mundo explotó.


***


Dasha sacudió la cabeza y se incorporó despacio hasta quedar sentada. Olía a quemado. Tosió y unas gotitas de sangre mancharon el suelo. Se palpó la cara con cuidado; tenía un corte bastante feo en la frente. Miró a su alrededor, asombrada: las mesas estaban volcadas, los cristales de las ventanas rotos... Había fuego por todas partes y el ambiente estaba lleno de humo. Se fijó en el suelo: estaba totalmente negro, carbonizado, como si un rayo hubiera caído precisamente ahí, como si… Sin salir de su asombro, miró hacia arriba: un agujero enorme en el techo de la posada dejaba ver el cielo azul de la mañana.

Tosió de nuevo. Hacía mucho calor. Oyó un gemido a su izquierda. Intentó levantarse, pero le fallaron las fuerzas, así que se arrastró como pudo en dirección al sonido. Rodeó un montón de escombros y vio a Faedel en el suelo, boca abajo.

—¡Faedel! ¡Faedel! —le dio la vuelta y le abofeteó. El elfo se incorporó de golpe, tosiendo e intentando respirar al mismo tiempo.

—Prefería cuando me besabas —exclamó mientras recuperaba el aliento—. ¿Qué ha pasado?

—No estoy segura, pero creo que Ishmel ha creado una tormenta y ha descargado un rayo sobre la posada —le contestó Dasha.

—¿Qué quieres decir? ¡Eso es imposible!

—Ya te dije que era una niña fuera de lo común. —La mujer se levantó trabajosamente y le tendió una mano a Faedel. —Vamos, tenemos que encontrarla y salir de aquí.

Avanzaron a través del humo por entre los restos de la posada. Los ojos les comenzaron a llorar y cada vez se hacía más difícil respirar. Vieron a uno de los soldados debajo de una viga. No se movía. Oían gritos del exterior, pero de momento parecía que nadie hacía nada para sofocar el fuego que ya rugía sin control por toda la sala. Por fin, cuando ya parecía que no iban a encontrarla, Faedel señaló hacia un punto frente a ellos. Ishmel estaba tendida cerca de la pared, bajo una ventana.

—Ishmel, pequeña —Dasha la cogió en brazos con suavidad. La niña abrió los ojos.

—¿Qué ha pasado? —dijo con un hilo de voz.

—Ahora no hay tiempo—respondió Dasha con una expresión de alivio en su rostro—. Luego hablaremos, vamos.

Faedel saltó a la calle por la ventana y cogió a la niña. Después, la mujer hizo lo propio, y los tres corrieron hacia el gentío que se había reunido alrededor del edificio en llamas y se perdieron entre la multitud.

 

***

 

—Gracias por todo —dijo Dasha. Faedel los había conducido hasta la casa de un amigo suyo, fuera de las murallas de la ciudad y a salvo de miradas indiscretas. Allí habían pasado la noche, y su anfitrión les había proporcionado ropas, comida y el caballo sobre el que ahora se despedían ella e Ishmel.

—No ha sido nada —contestó el aludido, haciendo una pequeña reverencia. Se encontraban en el patio de columnas típico en las casas élficas, poco antes del amanecer—. Siempre es bueno estar en deuda con Faedel —añadió, mirando a su amigo, que estaba de pie junto a él.  Éste comenzó a decir algo, pero la mujer le interrumpió:

—No le quites importancia. Santuario de Piedra, a través de mí, está en deuda contigo —el elfo hizo una nueva reverencia. Dasha se dirigió a Faedel—Nos vamos ya. Quiero llegar cuanto antes y contarle al Maestro lo sucedido con ese misterioso Hermano—frunció el ceño—. No se me ocurre cómo pudo bloquear mi akhra, nunca me había pasado algo parecido.

—Y estoy seguro de que estará encantado de conocer a nuestra pequeña, ¿verdad? —dijo Faedel, dedicándole una de sus encantadoras sonrisas a la niña. Ésta se la devolvió con timidez, pero no dijo nada; apenas había hablado desde el día anterior.

Dasha, sonriente, le revolvió el pelo con suavidad, luego cogió las riendas y picó espuelas. El caballo resopló e inició un suave trote.

—Cuídate —gritó Faedel cuando el animal cruzó el pórtico de la entrada.

—Tú también —le contestó ella, volviéndose a medias, sin detener su montura.

Los dos hombres permanecieron de pie, en silencio, mientras el sol naciente asomaba despacio por el horizonte y Dasha e Ishmel se empequeñecían en la distancia.

—Debe ser una mujer excepcional —comentó finalmente el amigo de Faedel.

—Sin duda, amigo mío —respondió el elfo. —Sin duda.
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#7
Tu historia está bastante interesante (puntos extras por poner un elfo entre los protas Big Grin). Espero leer la ultima parte pronto.
Great power can come from anger, but you may lose yourself in the process. Therefore, your mind must remain calm, and your spirit must be still.

[Image: firmabahamut.jpg]
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#8
Buenas compañero Aljamar, siento el retraso por no haberme pasado antes por tu historia, se que tiene ya unas cuantas semanas colgada, pero entre el dragón e historias varias, no he tenido demasiado tiempo para poder a pasar a leer los proyectos de los compañeros. Y desde luego de ellos uno es el tuyo Wink
La primera parte me ha resultado bastante fluida y desarrollada, un poco confusa en algún momento de la conversación que no tuve muy claro quien habló, si él o ella, aunque solo en un nimio lapso de tiempo. Como digo me ha gustado como has desarrollado este punto del relato, con un comienzo algo romántico y acaramelado, pero que luego ha acabado dejándonos con un misterio de tres pares de narices, pues el corte antes de relatar la experiencia, evocarla o rememorarla, ha estado muy conseguido el jodido. La narrativa ha estado amena y la escena se ha visualizado con claridad. Vamos compañero que ha estado un muy buen comienzo. Y por cierto, algo me dice que el personaje que tienes intención de desarrollar aún tan siquiera a salido a escena, aunque si bien se ha nombrado y dejado algún matiz de regalo. Idea Felicidades XD Mañana me paso y la continuo compañero. Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#9
¡Buenas a todos!

Gracias por comentar, Anzu y fardis! Siempre se agradecen las opiniones de la gente de por aquí…

Primero, siento la confusión pero no va a haber más continuación del mini-relato. Dije tres partes y he colgado tres posts pero no estaban bien numerados… un poco lío pero vamos, que lo que está es todo.

Anzu, gracias por el comentario y si quieres probar tengo otra historia con enanos aquí.  Wink

Fardis no te preocupes, apenas llevaba una semana. Como bien dices, los diálogos y también un poco el vocabulario es lo que más me cuesta y sé que tengo que mejorar. Ahora estoy con una historia larga, que tiene sus propios problemas: el ritmo, el cambio de personajes/escenarios… Voy por el capítulo 3; así que dentro de poco comenzaré a subir el principio. A ver qué tal va saliendo…

En cuanto al personaje “de futuro”… he de confesar que he hecho trampa.  Tongue Realmente son tres, pero quería saber opiniones no influenciadas sobre el tema. Dasha, por supuesto, es una de las protas de mi futura novela, pero Ishmel y el malo malísimo del Hermano de la Revelación también tendrán su papel. Cool

Un saludo y nos leemos!
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