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Reto Ciudades I: "Si su ciudad existe"
#1
SI SU CIUDAD EXISTE


La primera ocasión que escuché hablar de Cenorionta fue en una anécdota que me contó mi tío al regresar de una de sus muchas expediciones al norte.
Me había hablado de una ciudad extraordinaria, de calles y edificios inolvidables; de gente de apariencia estupenda, de inventos que no llegarían a ser creados en nuestra sociedad sino hasta muchos siglos después.
Siempre me había fascinado viajar, por no decir las historias, así que cuando obtuve mi título de conde aproveché uno de los mandatos de nuestro gobernante para usarlo como excusa para salir de mi ciudad, ofreciéndome voluntario para entregar una carta en la Ciudad de las Montañas, aquélla con la que soñaba desde que era niño.
No demoré en juntar mis pertenencias y en conseguir un buen caballo que me llevara hasta la Cordillera del Norte, donde se encontraba ésta legendaria ciudad.
Dos meses me llevó llegar al camino que subía por las montañas, serpenteante y peligrosamente empinado. Tuve qué vender mi caballo en una posada de un pueblo cercano: no iba a arriesgar su vida considerando lo caro que me costó. Eso, sin embargo, me hizo tardar dos meses más en alcanzar la planicie en la que se encontraba la supuesta ciudad.

⌘⌘⌘

Llegué a Cenorionta a mediados de agosto, y lo que encontré fue una muralla de una altura exorbitante.
Lo primero que noté fue que el material de las puertas era osbasita mixta. La osbasita es una piedra preciosa de color gris, jaspeada, sumamente resistente, que puede utilizarse tanto en joyas como en defensas en murallas y palacios. La osbasita mixta es una combinación de osbasita refinada y osbasita reforzada. La primera pasa por un proceso de purificación que aumenta su brillo y, por ende, su belleza; la segunda es una aleación de esta piedra y acero al carbón, lo que la hace increíblemente dura. Es por esto que la osbasita mixta es considerada la piedra por excelencia, lo que la hace muy difícil de conseguir y a un costo que ni mil generaciones lograrían pagar. Entonces podía hacerme una idea de la riqueza de la ciudad que encontraría tras la muralla.
Lo siguiente que vi y lo que más me sorprendió, no obstante, fue la cantidad de ornamentos que cubrían por completo ambas puertas. Las figuras en alto relieve representaban paisajes varios, plantas y animales exóticos, escenas de batallas, dioses y reyes con atavíos pomposos. El detalle en cada pieza era exagerado, a tal grado que los ojos me llegaban a arder. Tenía que detenerme en cada centímetro de las esculturas para poder apreciar todos sus elementos.
Miré a ambos lados.
Las caras de la muralla eran de osbasita reforzada, con personajes de frente tallados en bajorrelieve. Por otro lado, las almenas eran de osbasita mixta blanca, y tenían ornamentos similares a los de las puertas.
Cuando por fin me rendí ante semejante obra de arte me di cuenta de que no sabía cómo entrar, hasta que, después de mucho inspeccionar, descubrí una pequeña abertura en el centro, desde donde un hombre me miraba con curiosidad.
―Buena tarde ―dije, acercándome a las puertas con paso apresurado―. Necesito entrar a la ciudad para hablar con el Máximo Savargot. Tengo aquí una carta con su sello.Soy el Conde Lisios de Dantemoryo.
El hombre examinó el documento y en un instante lo aprobó sin más. Un postigo se abrió ahí mismo y entré sin saber lo que me esperaba al otro lado de él.
La emoción me embargó. Sólo me dediqué a reír y a contemplar lo que había del otro lado.

⌘⌘⌘

En mi ciudad natal, Dantemoryo, los ornamentos en las fachadas de los edificios son escasos, aunque tampoco hay nada en el exterior que favorezca la imagen de la ciudad: no hay plantas, ni estatuas, ni fuentes, ni ninguna otra clase de monumento. Es como un desierto, pero ¿qué podía esperarse de una ciudad minera?
En Cenorionta, sin embargo, los adornos sobraban en exceso.
La ciudad comenzaba con una avenida amplísima, con el alicatado más exquisito que haya visto en mi vida. Los árboles a ambos lados eran muy altos: casi parecía que rozaban el cielo con sus copas; además, sus sombras eran refrescantes. Aquí cabe mencionar que, a pesar de la altura a la que estaba ubicada la ciudad, el clima era cálido, aunque aún no logro comprender por qué. Muchos decían que ahí había magos que se encargaban de ello; otros, que la ciudad estaba construida sobre un volcán, tratando de dar una explicación algo más racional.
Las casas que rodeaban la avenida eran de dos niveles, de colores pastel. Sus puertas estaban talladas en bajorrelieve con imágenes similares a las de las puertas de la muralla. En cada uno de sus techos, a parte de la crestería, había tres mansardas que, al igual que el resto de las ventanas, tenían incorporadas contraventanas fijas. En el marcapiano de cada casa crecían flores de muchos colores, lo que explicaba la fragancia empalagosa que impregnaba el lugar.
La gente que habitaba ahí pertenecía a la clase media. No lo podía creer, porque sus vestimentas eran parecidas a los que los nobles en Dantemoryo utilizaban durante las fiestas especiales. Aquí las mujeres acompañaban sus vestidos hasta con excéntricos peinados. En una panadería pude ver a una joven que había esculpido un cisne con su cabello cobrizo.
Cada cuatro cuadras había parques. Los árboles y arbustos habían sido plantados en fila, separados de manera uniforme. En el centro de cada parque crecía una peondolia, una flor de la que sólo había escuchado en los cuentos de mi infancia. La peondolia es una flor que no se encuentra en ningún bosque, selva o desierto del mundo, pues es producto de la alquimia. Cuentan que hace varios cientos de años, durante la búsqueda de la creación del oro, un grupo de alquimistas decidió utilizar elementos naturales en sus fórmulas. El primer día mezclaron en sus componentes varias semillas de diversas flores; a la mañana siguiente, una flor de dimensiones descomunales había crecido en su laboratorio, destrozando sus hornos e instrumentos más preciados. Al descubrirlo, el gobernante de Cenorionta decidió comprar este secreto para crear su propio jardín de peondolias en su palacio.
Una maravilla más de esta ciudad.

⌘⌘⌘

Cenorionta estaba dividida en tres partes: la Periferia, el Creso y la Plaza Principal. Algo que me pareció curioso fue que estas partes estuvieran separadas por muros y que los rastrillos se levantaran sólo a mediodía, durante al menos dos horas, para dejar paso a los comerciantes y otras figuras de importancia. Cuando pregunté por eso, un hombre me comentó que era por cuestiones de seguridad, aunque yo había escuchado que las diferentes clases sociales no podían tolerarse entre sí. La clase media, en la Periferia, criticaba la suntuosidad de la aristocracia en el Creso; éstos, sin embargo, discriminaban la pobreza en la que vivía la clase media. No sabía qué razones se tendrían en el palacio, ubicado en la Plaza Principal, para mantener alejado al resto de la ciudad.
Como ya había pasado el horario establecido, no tuve otra opción más que la de alojarme en una fonda cerca del muro. Ahí tuve la oportunidad de apreciar por vez primera el interior de uno de los edificios.
Los tapices en las paredes tenían patrones florales dorados sobre un fondo azul, y los pisos estaban cubiertos de tapetes con texturas excesivamente elaboradas; los techos habían sido decorados con un artesonado pomposo, con delineados plateados. Varios candelabros colgantes iluminaban la estancia con sus cientos de velas. El cuarto que me asignaron no era muy diferente, aunque debo mencionar que la cabecera de la cama tenía talladas en bajorrelieve imágenes de ángeles y aves de colas larguísimas.
Me desvestí, mordisqueé el pan que había tomado de una de las mesas y terminé de beber mi cerveza. No tardé mucho en dormir.

A la mañana siguiente desperté con un terrible dolor de cabeza que atribuí a las construcciones barrocas de Cenorionta. Había escuchado que era una ciudad fenomenal, pero jamás imaginé lo exagerada que sería.
Me vestí, bajé las escaleras y me abrí paso entre los empleados de la fonda que me ofrecían el desayuno con voces tan empalagosas como el aroma de las calles. Me dediqué a terminar el pan de la noche anterior. Estaba duro, pero en realidad lo prefería a comer algún platillo arreglado en forma de fuente sobre una base de frutas bañadas en chocolate y miel silvestre, pues no había dejado de comer semejantes exquisiteces desde que me alojé en la fonda y ya estaba harto.
A medio día levantaron el rastrillo. Respiré hondo y atravesé el muro imaginando lo que encontraría en el Creso.
Cuando llegué a Cenorionta lo primero que pensé al encontrarme en la Periferia fue que esa zona pertenecía a la clase alta, pues las construcciones eran demasiado lujosas como para pertenecer a cualquier clase menor. Ahora que sabía que no era así, y después de ver lo que había detrás del muro, sólo pude hacerme a la idea de que mi visita en calidad de conde era para ellos la llegada de un campesino.
Una explanada de casi un kilómetro se extendía a mi alrededor, rodeada de una pared de árboles sobre cuyas copas se podía ver un sinfín de cúpulas de diversos colores. Ahora el alicatado era más hermoso, hecho de mosaicos de osbasita refinada pintada dispuestos en forma de flores y figuras geométricas. Pero lo que me dejó boquiabierto fue un carro de tres ruedas que avanzaba sin la ayuda de caballos.
Este vehículo estaba hecho de madera negra con acabados dorados y dos personas podían ir sentadas cómodamente en él. Había varios de ellos que se internaban en las calles del Creso y otros que regresaban a la explanada a cambiar de pasajeros.
Me junté a un grupo de personas que escuchaban con atención a un hombre que explicaba el funcionamiento de los carros.
—Así es, damas y caballeros. Estas máquinas funcionan con Plaetium, la misma fuente de energía que utilizan los anartamios, las máquinas personales del Máximo Savargot.
En ese momento un hombre de metal, con torso ancho y extremidades largas y delgadas, se acercó caminando lentamente al expositor. Retrocedí bruscamente, asombrado.
—¿Que no conocen el Plaetium? Mi estimado público: el Plaetium es la Piedra Mágica que guarda en su interior la energía del Sol. —De uno de sus bolsillos extrajo un cilindro blanco que inmediatamente se tornó negro—. ¿Vieron eso? La física nos habla de la luz que es absorbida por este milagroso elemento, para guardarla en su interior y expulsarla en forma de movimiento, que ha sido puesto en práctica por nuestros ingenieros mediante la invención de los Carros Savargot.
La gente aplaudió entre exclamaciones de admiración y se acercó a manosear el vehículo. Yo, en cambio, no podía creer lo avanzada que era Cenorionta. Nunca antes había visto algo semejante en ninguna otra ciudad.
Di media vuelta para descubrir a un joven que me miraba sonriente. Vestía bombachos rosados y calzaba unos zapatos puntiagudos de un dorado brillante. Llevaba puesta una crespina blanca con una pluma tan grande como él y tan frondosa como los árboles circundantes. Se presentó como uno de los cocheros de los vehículos.
—¿Gusta de los servicios que ofrecen los Carros Savargot?
—Necesito que me lleves al muro de la Plaza Principal antes de las siguientes dos horas —aproveché la oportunidad—. ¿Puedes hacer eso?
El muchacho accedió y en unos instantes me encontraba sentado junto a él en uno de los carros. Frente a su asiento había un pedal con el que controlaba el movimiento del vehículo, que se puso en marcha el momento en que el joven accionó una palanca. Me sentí como un niño en Navidad.

Si la Periferia ya era exagerada, el Creso lo era el cuádruple.
El Bulevar que atravesaba esta zona por el centro era amplísimo. El camellón tenía una increíble variedad de árboles, tan grandes como las montañas que rodeaban la ciudad.
Aquí, en lugar de casas, había palacetes que terminaban en cúpulas talladas con los mismos alto relieves de las puertas de la muralla. Bajo las cornisas había frisos con esculturas de distintos personajes, pintadas de tal forma que parecían personas de verdad. Cada edificación de cada esquina tenía un boínder ricamente ornamentado con bajorrelieves cubiertos en pan de oro. Todas las construcciones eran de osbasita refinada.
De los faroles dispuestos en la calle colgaban festones de flores, arreglos aparatosos que liberaban un aroma mucho más dulzón que el de la zona anterior; a ésto se sumaban los perfumes que los habitantes usaban y el olor de la comida recién hecha en todos lados.
Pude observar en otras calles que, como en la Periferia, abundaban los parques, aunque imaginé que en ellos habría más de una peondolia, al ser una planta extremadamente cara. Tampoco pude pasar el hecho de que todo estaba pavimentado con la misma piedra de la explanada… y que varios anartamios patrullaban la ciudad con sus dos ojos de cristal.
Antes de pasadas las dos horas llegamos al muro. Di las gracias al muchacho con una moneda de oro.

Cada una de las partes de la ciudad tenía dimensiones distintas, volviéndose más colosales conforme se subían los peldaños entre las diferentes clases sociales. Para dar una referencia, el vehículo en el que viajamos iba a la misma velocidad que un caballo a galope tendido, y con eso tardamos casi las dos horas en llegar al muro.
A ese mismo ritmo hubiese tardado cinco horas en recorrer la Plaza Principal.
Kilómetros de jardines cubrían el espacio que conformaba esta zona. Plantas exóticas entre las que se encontraban pendolias varios metros más grandes que las de la Periferia o el Creso, arroyos, puentes de balaustradas bañadas en oro, estatuas de casi dos mil metros de altura.
En ese lugar también había carros como los del Creso, excepto que ahora eran más grandes y hasta cinco personas cabían en ellos. Me tomé la libertad de pedir nuevamente sus servicios para llegar rápido a mi cita.

Tal como dije, tardamos casi cinco horas en llegar al Palacio.
Algo que noté durante el camino fue que no había ningún otro edificio en la Plaza Principal, así que todas las personas que había visto esparcidas por ahí tenían que vivir en el palacio del Máximo Savargot. Podrás imaginar el tamaño y la apariencia de la construcción.
Era como una ciudad dentro de otra ciudad. Al mirar a ambos lados, el edificio se perdía a la distancia; al mirar hacia arriba, el techo y los pisos superiores eran ocultados por las nubes, a varios miles de metros de altura.
No había pared que no estuviera cubierta en bajorrelieves o alto relieves pintados con plata y oro. Las ventanas eran enormes, y sobre cada una había un montante de abanico con vitrales de muchos colores. Las pilastras eran más anchas que diez hombres formados hombro con hombro y la entrada ni se diga. Varios anartamios paseaban junto al palacio.
Toqué a la puerta y esperé pacientemente. Unos segundos después, un hombrecillo salió a mi encuentro.
—Vengo a entregar una carta al Máximo Savargot —expliqué—, del Príncipe Shmavau de Dantemoryo.
Sin más, me dejó entrar.
Si tuviera qué describir el interior del palacio a detalle, entonces me tendrían aquí hasta mi muerte. Sólo puedo decir que todo en el interior estaba hecho de osbasita mixta: las paredes, los pisos, los techos, las fuentes y las esculturas. Los muebles eran de las telas y maderas más finas que jamás existieron y por todos lados había pinturas del Máximo y de sus antecesores. Candelabros gigantes de cristal colgaban de los artesonados y enormes repisas con cientos de colecciones de libros y extraños artilugios cubrían los espacios entre las ventanas.
Las miles de habitaciones estaban dedicadas a salas de estar, cocinas, baños y bibliotecas, además de pequeños vergeles con cúpulas de vidrio que dejaban pasar la luz del Sol, en los últimos pisos.
Finalmente llegué a los aposentos del rey. Sacudí mi ropa, aclaré mi garganta y peiné mi cabello. Golpeé la puerta suavemente, y tras escuchar un “¡Adelante!”, entré a la habitación.

⌘⌘⌘

El resto, como dicen, es historia: asuntos políticos que jamás llegaron a acordarse, decisiones estrafalarias que no llegaron a ningún lado, conflictos armados que no fueron más que una amenaza.
Después de estos sucesos, Cenorionta cerró sus puertas a cualquier mensajero o embajador de Dantemoryo que llegara a la ciudad. No era de esperarse. Antes, la arrogancia de nuestro príncipe nos había costado varios aliados, y en su intento de recuperación se arriesgó a pedir de manera tan mediocre la unión de ambas ciudades.

“Al Máximo Savargot de Cenorionta:
Me permito escribirle a usted esta carta solicitando una inmediata alianza de nuestras ciudades.
Soy un hombre poderoso y de riquezas inimaginables; usted, en cambio, es un ermitaño que a las montañas ha decidido enviar a su gente, sumido en sus propias miserias.
Puede tomar esta oportunidad para hacerse ver y desmentir aquellos rumores de que su ciudad es un lugar de salvajes, si es que su ciudad existe.
¿Preferiría mantenerse así, o unirse a una nación poderosa que le brindará de tantos servicios y placeres como puede imaginar?
Tiene cinco meses para contestar; en caso contrario, supondré que se ha negado y se ha declarado hostil contra Dantemoryo.
Sin más, me despido.
Príncipe Shmavau de Dantemoryo, Gobrenante de las Tierras Meridionales, Señor de las Altas Ciudades del Imperio”

Decidí no regresar con la respuesta, porque bien sabía que aquel hombre no tenía la más remota idea de la ubicación de Cenorionta. Otros varios mensajeros llegaron a la ciudad con amenazas y peticiones más desesperadas, pero todos, al igual que yo, decidieron no volver.
Cenorionta ahora se mantiene segura entre las montañas, lejos de idiotas como Shmavau. Yo, por otro lado, disfruto de mi desayuno arreglado en forma de fuente sobre una base de frutas bañadas en chocolate y miel silvestre. Mi acento ya es dulzón.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
veamos el siguiente relato en subir: En este relato tengo contradicciones, pues no acabo de entender la constante repiticion de bajorelieve y pomposo, que al final hace uno la lectura algo repetitiva, podrías haber cambiado por otra palabra. En la parte del reto, la cuidad, esta de sobras cubierta, y debo decirte que en general no estuvo mal las descripciónes, aunque con alguna forma mas dinámica hubiera sido más llevadero. Me gusto mucho lo de la planta salida de la alquimia, uno le viene la idea del poder y dinero de la ciudad. Al final el conde extranjero se queda allí, menudo uno....no le gustaba viajar? o solo a sucumbido al dinero y placeres? Bueno, esto es todo y suerte en el reto!!!

PD: una estatua de 2000 metros?? Dios!!! eso si que es construir no lo que hacemos en spain.
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
https://joom.ag/Rx3W
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#3
Buen relato, una descripción profunda de la ciudad, que es un tanto barroca (la ciudad y la descripción).
Eso sí Cenorionta es el objetivo ideal de cualquier conquistador, una ciudad extremadamente rica y de fácil sitio al estar en una planicie   Big Grin
Nada es sencillo excepto la creencia en la sencillez.
El Dragón de Plata
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#4
Bonita ciudad es esa la de Cenorionta. Me ha gustado tu relato se entiende bien y logré imaginarme bien la ciudad.
Tal vez abundaban las repeticiones de atributos pues queda claro que la ciudad era muy bonita y decorada. Me encantó que al final el emisario se quedara en la ciudad, jeje eso si le agrega un buen peso a la belleza de la ciudad que no precisa de mucho esfuerzo al describir.

Suerte.
Tonto aquel que presta sus libros... y mas tonto aún aquel que los devuelve


[Imagen: jpg]
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#5
"Me sentí como un niño en Navidad". Esa frase sobra. Nos estas hablando de un mundo de fantasia, no deberias meter referencias a algo real. Es una de las normas basicas de la fantasia, aunque a veces cuesta cumplirla. Lo mismo ocurre cuando has usado en algun momento la palabra 'barroco', que es un movimiento artistico del siglo XVII y en un mundo de fantasia no deberia existir.

Por lo demás, la ciudad es realmente interesante (aunque las estatuas de dos mil metros de altura y el palacio de varios miles, son demasiado exagerados no me jodas xD), y el interes que genera la ciudad hace mas amena tanta descripción. No he visto errores de ortografia, aunque si alguna que otra repetición como ya te han dicho.
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#6
Bueno, aquí tenemos una vasta descripción de una ciudad. Creo que la prosa que describe ha sido correcta, prolija, pero que no sobresale. Te has gastado bastante en describir murallas, interiores de ciudad y materiales que utiliza, pero por ahi como pega, me hubiese gustado que el atractivo de quedarse en aquella ciudad escondida para el protagonista proviniera no solo de la masiva arquitectura sino de otros aspectos igual de importantes en una ciudad, como las personas o los alrededores y que vive en esos alrededores. Así descrita parece que viven pocas personas y es un gigantesco bastión algo vacío.

Dentro de todo, lo creo un relato correcto, autor/a.
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#7
Un relato bien narrado en el que he visto pocos errores, destacando principalmente algunas tildes mal puestas.
Coincido con Cabro en cuanto a la inconveniencia de esta frase "Me sentí como un niño en Navidad". Leerla me sacó del relato.
En cuanto a la ciudad descrita, me ha parecido bien retratada, con imágenes muy claras y llenas de maravillas. Sin embargo, la ciudad en sí me ha resultado un tanto exagerada. A parte de la estatua de 2Km que señala Rohman, las dimensiones de la ciudad, que se pueden adivinar por los tiempos que tarda en recorrerla el protagonista, son demasiado enormes. Más que una ciudad parecería que se trata de un reino rodeado por una muralla.
Muy interesante la ciudad, eso sí, una mezcla de mundo medieval y robotizado.
También me ha gustado el contraste entre Cenorionta y Dantemoryo.
"Toda historia tiene su final, pero el final de una historia es siempre el comienzo de otra nueva."
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#8
(24/12/2015 10:19 AM)Cabromagno escribió: "Me sentí como un niño en Navidad". Esa frase sobra. Nos estas hablando de un mundo de fantasia, no deberias meter referencias a algo real.

Bueno, hay que decir en defensa del autor, que esas frases también las mete Tolkien en sus novelas, haciendo referencia al sonido de locomotoras o referencias a oficinas postales.
Nada es sencillo excepto la creencia en la sencillez.
El Dragón de Plata
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#9
(26/12/2015 09:29 AM)Zarono escribió:
(24/12/2015 10:19 AM)Cabromagno escribió: "Me sentí como un niño en Navidad". Esa frase sobra. Nos estas hablando de un mundo de fantasia, no deberias meter referencias a algo real.

Bueno, hay que decir en defensa del autor, que esas frases también las mete Tolkien en sus novelas, haciendo referencia al sonido de locomotoras o referencias a oficinas postales.

Te respondere con una frase de madre... ¿Si Tolkien se tira por una ventana tu también lo harias? Big Grin
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#10
(26/12/2015 09:19 PM)Cabromagno escribió: Te respondere con una frase de madre... ¿Si Tolkien se tira por una ventana tu también lo harias? Big Grin

Le seguiría hasta más allá de los mares de metal fundido de los infiernos Big Grin
Nada es sencillo excepto la creencia en la sencillez.
El Dragón de Plata
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